¿Qué significará el tiempo sin relojes?
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sábado, 12 de marzo de 2011

Cu, cu, cu.



-Eres diferente -dices, y obviamente te creo.
Coges tus zapatos y sales al salón cojeando, fundiéndote con el escenario. Ahora puedo decir que estoy frente a una desconchada pared azul, una cómoda beige con figurillas de metal, el marco de la puerta y un pobre chico cojo con el pelo negro.
Claro, me has otorgado el honor de ser diferente y puedo hacer cosas que no comprendería nadie.
Corro hasta el salón y salto sobre ti, haciendo que la muleta caiga al suelo con nosotros dos.
Te miro y veo ojos negros y una nariz sorprendentemente tuya. Sonrío. Tú no.
-¿Tienes miedo a las alturas? -digo en un susurro sin que la sonrisa se desvanezca. Te quedas mirándome, debajo, con los ojos ligeramente entornados y las aletas de la nariz abiertas. Me veo reflejada en tus ojos (no sé si en el iris o en la pupila, ya que en tus ojos no se distingue la una de la otra y ya puedo esperármelo todo).
-No...
-Tenemos plan para esta tarde. Espero que no me hayas mentido. -me pongo en pie, dándote tregua. Me apoyo en el marco de la ventana de mi pequeña cocina americana y observo como una pequeña mariquita anda por él - En serio, espero que no lo hayas hecho nunca -ofrezco mi dedo a la mariquita, pero no sube, lo cambio de sitio varias veces y el bichillo no cede. Increíble: una mariquita me estaba recordando a mí misma.- porque me enfadaría y...
Me giro, abandonando a la mariquita, y te veo tendido en el suelo, con la mirada perdida y las mejillas rojas, una leve sonrisa se pintaba en tu rostro (pero muy, muy leve) y tamborileas con los dedos.
-¿Podrías -dices, con la sonrisa creciendo y reflejándose en tus ojos- ayudarme a levantarme?
-Claro...
Había olvidado que eras cojo.
Agarro tu mano y, agachada, te paso el brazo por mis hombros. Terminas sentado y se para el mundo al tiempo que se oye la campanilla del reloj antiguo de la pared.
Y a las tres en punto, así sentado, me robas un beso y yo entiendo que con eso quieres decir que no me vaya nunca. ¿Para ayudarte a levantarte del suelo? No. Para tirarte, estrujarte, mirarte, abrazarte, gritarte, sonreírte, quererte, hablarte, alegrarte, odiarte, cuidarte, para que me cuides, me estrujes, me mires, me abraces, me grites, me sonrías, me quieras, me hables, me odies, me alegres, sin mediar palabra, en el suelo de la cocina...


sábado, 11 de diciembre de 2010

Podéis elegir: O vivir perdiéndote ocasionalmente en el pasado o terminar por no recordar quién eres, terminar anclado en planificaciones.

-Recuerdo un día en especial. Ella llevaba una camiseta color mostaza y unos vaqueros gastados. Se había recogido el pelo con un lápiz... esas cosas de mujeres, ya sabes. La miré y me miró y pensé que mis ojos eran los más afortunados en ese preciso instante; esa era la visión más bonita que podría estar viendo. Dijo algo sobre Neruda que no escuché y sonreí por inercia. Idiota de mí. Émi me preguntó, entonces, si creía en el destino. En medio de una biblioteca, recogiendo los bolígrafos y guardando los apuntes, esa no es la pregunta más adecuada. Pero Émi era así: impredecible. Le dije que creía en algo parecido... -algo parecido, algo completamente ridíclo; una especie de energía que dicta las desiciones importantes, como cambiar de país o con quién te casarás-. Ella me contó que el destino la había separado de sus padres con ocho años debido a una enfermedad que terminó con la vida de su madre, y después al suicidio de su padre. Por eso ella no quería creer en el destino. ''Puede traerte cosas buenas, Émi. Repasa los momentos que te han parecido agradables, de tu vida. Cosa del destino.''. Al final, por cosas de éste, me vine a España sin haberle confesado a Émi lo que realmente me hacía sentir, ¿entiendes? Dejé muchas cosas en París, pero eso es otro asunto. Ése fue el peor error de mi vida, porque realmente yo sabía que ella no sentía nada por mí en ese sentido, pero no importa. Ella tenía que haberlo sabido.
-¿Sigues pensando en Émi?
-Buenas noches, Damián.