¿Qué significará el tiempo sin relojes?
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lunes, 7 de septiembre de 2015

seísmo torpe


Quiero un cerco de duros talones a mi alrededor. Que sea montaña y verja celestial, temple olvidado a mi derecha. Hace frío y yo soy pequeña. Guárdenme. Guárdenme del tiempo. Del clima, del clima guárdenme. Duros pies aterrados. Los cuerpos se voltean, juntan junturas, terminan de hacerse: no me miran, nadie me mira, soy invisible. A salvo. Tenue. Me disuelvo. Sálvenme de él, de ti, de los dedos y las manos y las bocas. Quiero una jaula de pies invertidos. Donde moverme. Donde nadar. Tiemblo, reja, tiemblo como un terremoto de mí, de mí misma soy seísmo torpe. Y si me traiciono, si me esquivo detrás de mi cerco de duros talones, es vacío. Y si me muerdo, es por suavidad. No me alcanza. No me alcanza la mano rota rompedora rompiente. No me estira la piel y no arranca la tela. Mi uniforme es respetado. Uniforme de presa por seguridad. Saben que estoy y sin embargo. Sin embargo, verja celestial. Quiero un cerco de tristes guardianes ciegos. Cierro las piernas. Veo cómo vomito miedo. Que no me toque, que no vuelva a tocarme. Seísmo torpe.


viernes, 24 de julio de 2015

boca callejera



Sigue tu beso de eclipse guardado en mi boca. Todos los días me golpea. Me ensancha la garganta, me escupe palabras de luto y espera de mí que me calle. No es mío. Es un moratón hinchado, loco, y lleva dentro un dolor de beso roto. Así ya no puedo, boca callejera. Así no camino, así no como, así no hay vida detrás del eclipse que empuñaste en mí. Fue aquel baile, fue aquel susurro, mi cuello como para esconderte los ojos de la luz que no querías. Por poco rozaste el hueco, con la gélida punta de la nariz repasaste el contorno, un arco, la arquitectura de mí (que se rompe ahora, que tiembla ahora, que no es ya mía con este beso invasor y maligno). No puede ser. No puede ser todavía que salieras del pozo y miraras mi mirada de vista, que posaras al menos la esquina de tu labio de calle en el filo de mi boca bailarina. Sonrisa de eclipse en mi seriedad más absoluta. Pero tronaba la música en la sala, y todos reían, y nadie sospechaba que tú guardabas aquí, en mi fondo, un beso de eclipse mortal. Me está matando, carajo, me mata: es puntiagudo como el cielo, huele a tiempo, sabe a sal. Boca callejera. Algún día tendrás que venir a recoger tus pertenencias. Quiero decir tu estela. Quiero decir que intento por todos los medios escupir tu luna ensombrecida. En la noche, sueño siempre que se va. Y sonrío. Pero entonces. Entonces el pincho de tu beso de eclipse me tira de un hilo, me deforma la forma de la risa. Aquí estoy, grita, estoy aquí y solo te salvará la muerte. Para siempre viviré en la espera del beso que no reclamas, del beso que ya no esperas, del beso muerto para todos excepto para mí. 


jueves, 16 de julio de 2015

amor que se desnutre


Este amor condenado a ser chiquito, a no aprender a andar, a chuparse el dedo. Amor mínimo, mi amor que gatea hasta la mesa y se abraza a la pata y llora. Por qué vamos a hacerle pensar que va a ser como las plantas de lenteja. Mi abuela tiene una hija con síndrome de down y nadie le ha dicho nunca, nunca jamás, que va a poder vivir aislada y salir a hacer footing sola en la mañana; nadie le ha dicho que los demás la mirarán con odio o misericordia o temblor ahogado. Es triste la historia de mi tía. Es triste la historia de este amor. Pero yo lo acaricio, lo acaricio y le canto por lo bajo como hacen las madres con sus hijos cuando todavía están pequeños. Soy la mamá de mi microamor. Lo alimento, le enseño cosas, veo caer por su cuerpo niño gotas de ducha. Sus fracasos son los míos, aunque sea injusto, aunque él quiera rebelarse y decirme que no me meta en su vida (¿o no?, está tan chiquito...). Claro que lo entiendo, a mí me pasa igual: mis problemas no son cosa de este amor, que es solo una bolita alojada tras el oído, muy al fondo, con las algas. Todo va por fuera, la vida es más grande. Este amor está acabado, roto desde el comienzo. Pero yo lo cuido y le sonrío y le leo mis cuentos más fáciles, menos míos, y me muevo como una cuna para que me suenen los ronquidos de este amor deshilachado. Afectos más pesados me placan y me lloran y me trepidan el sexo. Luchadores de terreno acuático, buceadores de mi mar acongojado. Vengan, vengan: los espero mordiéndome la boca bajo la barca. Quiero más a otros, lo confieso. Pero este amor es tan chiquito, tan que se desnutre, que no lo saco nunca. Y siempre le doy de comer. Si no, se me muere.


sábado, 6 de junio de 2015

carta de bombilla


Dice clac la bombilla en su carta. Nada más. Solo que clac, que requeteclac, que taponazo cortado y caligrafía horrorosa, muy redonda, pequeña y escupida. Dice clac. Está rota y cascada y breve. Ya no brilla más. Es contraseña epistolar. Solo clac, pero al tanto una historia, al tanto un cuento y un destino, un futuro ahuecado en el sobre cobrizo y el ser de bombilla. No hay senda. No hay vías. Solo queda un silencio sin luces, sin luces, porque se apagaron los brillos del portón denso. La calle se ha vuelto loca y ve figuras que la andan por encima y van descalzas, van con dedos blandos que la tocan como un piano. Ya no hay luces y no vemos. Y lo vemos todo. Porque clac. Porque requeteclac. Y ahora yo, que estoy sentada y tengo el folio en la rodilla, soy lava. Te he querido volcán. Sin giros ni carreras. Pero las luces ya no van a contarme la nariz de las ovejas, piedra mía, y me sostengo atada a ti para que la ola no me revuelque. Y no hay luz, sin embargo, y la humedad no está. Porque no la veo. Porque clac, bombilla, el sol de noche. Te he querido tiempo, y creí verme sorber relojes con una pajita amarilla. De esas de cine y butaca, de esas que me pido por reírme un poco y comprender bajito, muy por debajo, que en lo oscuro no hay amarillos ni azules ni rojos ni líneas verticales sin sentido. Yo ya no aspiro arena de minutero. Aunque te haya querido a hora marchita, a hora caducada, a hora para consumir preferentemente antes de hace años, tres, cuatro, no lo sé. Clac, clac dice la bombilla, clac escribe mientras la espero apagarse en beso oscuro. Ya la luz no brilla, ya no sé seguir con el camino, lo confieso, no tengo ni idea. Y te marcho. Te ando lejos. Te subo a aviones. Te viajo desde mi vértice de mesa, desde la espalda de una taza sin humo ni café, taza de garganta corrediza, de pimienta estornudada. Te adioseo. Te despido volcán. Dice clac la bombilla. Y muere. Quizá nos quedamos sin luz sin habernos navegado. En la noche de sol triste. En el abrazo último, el abrazo solo, el abrazo pre-aviones y pre-tiempo que ha pasado y ha mordido y por qué carajo me escriben las bombillas.