Las mejores historias son las que hablan de lo que no cuentan, ésas que tienen otras letras impresas en los márgenes y entre los huecos de los renglones. Las mejores historias son las que dejan rendijas, grietas pequeñas por las que descubrir qué es lo que se mueve dentro de todo.
¿Qué significará el tiempo sin relojes?
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jueves, 3 de diciembre de 2015
55
will you still love me when i've got nothing but my aching soul?
y me dijiste que sí
y creí que sí
domingo, 31 de mayo de 2015
de mares y charcos
¿Recuerdas lo mucho que temíamos esto, la fuerza con la que nos mordíamos el filo de los dedos para sofocar las ganas de un grito, las ganas de un vete, las ganas de un ya no? ¿Recuerdas, recuerdas la lluvia de arena en el fondo de la vasija de un reloj, el reguero de falsa playa cubriéndonos la piel y dejándonos un falso moreno, una falsa apariencia de sol de verano, solo para marcharse después tras el agua y dejarnos blancas, pálidas, rojizas? ¿Recuerdas? Ahora se acabó. El reloj terminó de colorear su falda. Hay una base llena, completa, que muerde al tocar. Porque mi dedo trata de coronarla, ¿lo sabes o no lo sabes? La yema se posa en la barriga de cristal y antes de llegar ya he imaginado toda una vida, la sucesión de tranquilidad y magia después de acariciar en lo leve la curvita lisa. Pero no es así, no, porque cuando toco con cuidado, cuando llego, un diente sale de donde no había y me estruja y me estruja y todo es para doler, todo es para dolerme, porque lo merezco. Lo sé, yo lo merezco.
Y ahora. Ahora todo da igual. Un mar importa lo mismo que un charco. La distancia más difícil es la piedra que nos separa. Todo lo demás da lo mismo. La geografía no es nada. El agua no es nada. Lo único potente, lo único real somos tú y yo, y una mesa de madera que vale por tantos kilómetros como un cuarto de curva de globo. Sonríes y sonrío. Pero recordamos lo mucho que temíamos esto, el vapor de un chocolate caliente que era blanco y era todo menos chocolate, y pies cubiertos por arena de playas con flores amarillas y no de relojes secos. Esa camiseta de los Rolling sigue guardada en la gaveta de mi cuarto, ¿sabes?, y unos Converse negros reposan boca arriba, con toda su vocación de pisada, en la zapatera. Viejos y sucios. Sucios y viejos. Ahora solo pesa la certeza de antes. Tú te ibas y yo no. Una certeza escondida tras los pliegues de los ojos. No se miente con los ojos apretados. No se miente en la curva del abrazo. Te digo la verdad. Te la escribo. Tú no estabas, pero yo tampoco. Ya no estoy. Soy como la sala de ese bar. Con un cuadro nuevo, mesas diferentes, un olor a churros que siempre ha sido el mismo pero que ahora cada vez es diferente. Personal nuevo. Otra carta. Sin el chocolate caliente de antes. ¿Sabes el susto de llegar y pensar que todo seguirá igual, que te va a invadir una ola de sensaciones viejas, y ver después que ya no? Ya no. Es eso. Y lo entiendo.
Un mar o un charco. Culpa mía. Lo siento y no lo siento. De todas las maneras posibles. Estoy equivocada, equivocadísima, y el error me sonríe desde lo alto de un reloj de arena que me tiene enterrada. Pero no hay verdades absolutas, no hay normas ni nada escrito sobre esto. Mares y charcos. Y pies que no saltan. Lo siento, lo siento, ya no servimos chocolate blanco. Lo siento, lo siento, en las playas ahora no hay arena. Solo olas. Y flores amarillas.
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lunes, 22 de diciembre de 2014
00
Ya no creo en los espejos. A todos los tomo por mentirosos. Me voy de ellos. Quién es capaz de decirme que ahí, donde sólo se ve mi cara, estoy yo. Si me miro veo un rostro. Sólo veo a alguien. Pero yo no sé si ese alguien está pensando, o si le duele el estómago o tiene inquietudes metafísicas. No lo sé. Y lo que a mí me distingue de los demás, lo que me hace saber que yo soy yo, es precisamente eso. Que me veo en lo que pienso. Y los espejos, qué cosa. Sólo una mujer.
Renuncio. Yo no soy lo que veo.
Y ella tampoco merece que la obligue a ir por donde iría yo.
martes, 18 de noviembre de 2014
suelo
Hay suelo bajo el suelo. Garajes. Zulos. Cloacas. Todo un sistema, un ramaje oculto que perfora la calle. Yo piso, y puedo hacerlo con fuerza, puedo dar un golpe a la acera con la suela de las botas para demostrar que no caigo más, que estoy en el tope. Y si lo hago con mucha fuerza me duelen los pies. Se quejan dentro de los zapatos. Eso podría ser prueba suficiente: estoy dándole un golpe a una mole de cemento y piedra y lava muy vieja, a la dureza hecha materia, a la isla, al globo, a la Tierra. Lo próximo, las antípodas. Y sin embargo, hay suelo bajo el suelo. Y lo que piso sólo es la piel, una pequeña capa, y debajo de ella hay vacío, aire, espacio. Piso el suelo y sólo eso me sostiene; el suelo está casi suspendido, apenas sujeto por un pequeño pilar, por el lado de una vena del ramaje. Y qué más. Corre agua debajo de mis pies, a veces. Yo no la siento. Ando sobre ella.
domingo, 6 de julio de 2014
de preguntas
A veces me hago preguntas, y antes de terminarlas, antes de cerrar la interrogación, ya sé lo que me voy a responder. Pero a mí, desde siempre, se me dan mejor las preguntas que las respuestas. Y en realidad qué importa, si una respuesta jamás va a influir en la cadencia del ritmo, en la bajada de las cuerdas vocales cuando la lengua pregunta. Qué más da, si a mí me gusta sentir cómo me derrapan los fonemas por la boca mientras me cuestiono todo, mientras ignoro que ya tengo las respuestas dentro de mi coco, y que si están ahí y no hacen nada, hacerlas salir no va a significar una mierda. Y qué, si a mí me gustan las palabras, y mi vida tiene más que ver con las preguntas que con las respuestas. Qué me importa, si en algún momento alguien puede escucharme y aspirar la cadencia de la interrogación con el caracol del oído, y puede que me dé una contestación distinta a la que yo, desde las esquinas de mi cráneo, diseño. Y ésa es, de alguna manera, la gracia. Que puede llegar alguien, cualquiera, y aportarme algo más, algo que se salga de lo que yo sé. Porque en mi cabeza cabe poco, y puedo procesar muy poquito. Y tal vez, no sé, tal vez pueda agarrar con imperdibles lo que los demás me dan. Y quizás por eso, sólo por eso mi vida tenga más que ver con las preguntas. Mi vida y también yo. Porque soy humana. Y quizás mis ojos, más allá de la miopía y el astigmatismo, tengan una arquitectura perfecta. Tal vez mi nariz aspire como es debido, y mi lengua sea perfecta, y yo sea un ser humano como los demás, y mi cuerpo funcione así, como la máquina mejor construida por la naturaleza. Pero yo, mi alma, lo que soy, lo que somos todos, está torcido. Y ahí, justo ahí, está lo bueno.
Y no sé, ¿seguirás leyéndome?...
viernes, 6 de junio de 2014
06 06
Y joder, joder, joder... Hoy me levanté de la cama, y puse los pies en el suelo, y desdoblé las muñecas, y ya no era la misma.
Voy aprendiendo, tal vez.
O creciendo.
Y quizás me equivoque, quizás me equivoque siempre, porque puede que me haya torcido en algún punto del camino, así, un poquito, y puede que esa ínfima desviación me lleve a chocarme alguna vez con las líneas que tendrían que ser paralelas a mi cuerpo. Quizás me equivoque, pero no importa.
Qué coño
martes, 3 de diciembre de 2013
lunes, 17 de junio de 2013
porque sí
Me dijiste una vez que todo tiene que terminar a su tiempo, que a veces no es bueno empeñarse en seguir con algo que ya no da más. Y aquí estoy yo, estirando tu ausencia como si aquello pudiese haber durado para siempre. Y es que a veces pienso que podríamos hacer retroceder las agujas del reloj y ser de nuevo simplemente tú y yo. Pero todo tiene que terminar a su tiempo, incluso eso. Me dejaste ir, nos dejamos ir, y decidimos no empeñarnos en seguir con algo que, créeme, agotamos.
Buenas noches, estés donde estés, hagas lo que hagas, quieras lo que quieras, pienses lo que pienses. Hoy no estoy guerrera. Tal vez ya empiece a ser la buena chica de la que quisiste haberte enamorado. O quizá siga siendo yo. Una buena chica no te escribiría precisamente a ti.
miércoles, 5 de junio de 2013
el arte de sentir
Y,
quién sabe, tal vez todo esto sea una tontería. Pero un día -uno
bueno- me di cuenta que sientes demasiado. El hecho de que me dé
cuenta verifica precisamente mi teoría; a veces, y sé que sin
querer, los sentimientos se te agolpan -muy ruidosos- en el filo de los
poros y tú, incapaz de guardártelos de nuevo, los dejas salir.
Ellos ascienden libertarios por el aire que ocupa el radio de acción
de todo tu ser; suben, corren, galopan, te marean. Y es que cuando
quieren salir y fluir y volar por el mundo como pájaros que no
tienen alas ni plumas, cuando se amarran la cuerda y la lanzan al
exterior esperando que se agarre a cualquier roca más dura que tú, justo en ese momento, crecen. Crecen, lo hacen deprisa y sin
pausa, crecen corriendo, como sólo ellos saben hacerlo; se
multiplican y brotan de lugares insospechados y se unen con la cinta
adhesiva del autoengaño. Y entonces, de repente, ya no caben dentro
de ti. Lo único que puedes hacer es dejarlos salir. Es en ese
momento cuando dejas patente que eres de sentir y callar, de guardártelo todo en los bolsillos que el cuerpo no deja ver y, cómo
no, sentir. Sentir mucho en poco tiempo.
¿Podría
alguien, en una de esas fugas sentimentales, robarte un pedacito de
eso que dejas ir con facilidad y fragilidad? Yo querría. Tal vez
para comprobar cómo es sentirlo todo de golpe y seguir teniendo
tiempo para aparentar que aquello que te oprime los párpados no es
más que creatividad. Querría. Pero no tengo pasamontañas ni saco;
sólo tengo córneas y un sueño por el que mereció la pena pasarse
la vida en una eterna fase REM (Rapid Eye Movement,
quizá lo que me haría falta para robar algo que va más deprisa que
yo). ¿Podría yo recibir un poco de ese sentir, de ese dolor agudo,
y guardármelo para siempre como un souvenir del
interior de tus costillas? Querría.
viernes, 10 de mayo de 2013
de huracanes sin destino
Dejas tu huella en ellos, la prueba clave de tu existencia.
Arrugas sin querer sus apéndices y órganos; doblas las esquinas de sus páginas.
Dejas impresas con rimmel tus huellas dactilares mientras acoges en el devenir infinito de la vida un par de minutos en los que arremolinarte en el despreocupado gesto de dar la vuelta al papel y pasar página.
Subrayas los pasajes o frases o palabras que convirtieron tus ojos en platillos volantes y los vuelves únicos, irrepetibles, tuyos; te solapas con ellos.
Cuando alguien, despreocupado y decente, suyo y de nadie, lleva a las córneas de paseo por las hojas que rozaste con el alma y con los dedos y ve en ellas el reflejo de tu caricia, tu presencia, parte de tu vida, las manchas de maquillaje, las de chocolate, la portada que doblaste sin querer, el amor que desprendía tu lectura, consigue imaginarte agazapada sobre una historia que se abre de piernas.
Y si nace de su lectura alguna idea, alguna esperanza, algún rescoldo de ilusión, un buen sentimiento, y si se le clavan las palabras en el hipotálamo y las guarda bajo llave en los cajones, quedará siempre ahí la huella de su lectura fusionada con la cicatriz de cuando tú, digna, espléndida, completa, enérgica, abstraída, tuya, unilateral, esnifabas las letras para no perderlas jamás.
Y las horas de lectura serán compartidas, dejando en las páginas, las compañeras, la constancia de que ahí estuviste bailando con hipérboles, devorando metáforas, arañando comas, disfrutando historias, esquivando el tiempo sentada en la cama con el mundo sobre las piernas y la vida redoblada en la punta de los dedos.
Quedarás siempre materializada entre los rotos del papel, en la acogedora textura de las partes de una historia, y te irás tejiendo poquito a poco mientras la haces tuya, ya sea con lápiz, bolígrafo o ese pequeño cerco dibujado por la gota de agua que brotó de tus ojos y que nadie reconoce. Sólo el libro.
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miércoles, 10 de abril de 2013
y ya no sé
Que quién soy, dices. Que en quién me he convertido.
No soy nada. Soy un trozo de materia fría que no sabe ser estable, que rompe con todo, que no sabe estar callada, que no te dejará pasar delante. Soy un poquito de nada dentro de una taza manchada de café, y no me importa porque sé lo que soy y sé por qué. Sé a dónde voy, a dónde quiero ir. Sé en todo momento dónde estoy. Y saberlo es lo único que pido; sólo eso y poder levantarme cada día y decirme a mí misma que no tengo nada que esconderme, que soy quien soy y no quien debo ser. Porque no creo en nada que no mueva lo que llevo dentro. No creo que nada que no sea de verdad. Tal vez (y sólo tal vez) me equivoque. Sé que siempre me llamo idiota. Sé que siempre digo que no me entiendo, que no sé nadar dentro de mí. Pero nada de eso quiere decir que no sepa que soy quien quiero ser, quien soy por dentro.
Así que si tú, precisamente tú, me preguntas quién soy te contestaré con un silencio espeso (de ésos que odias). Y lo haré porque a veces también soy silencio. No esperes más de mí. Al fin y al cabo, no soy ni seré nunca quien debo ser (quien tú quieres que sea).
Gracias por darme lecciones que antes no entendía. Y discúlpame por no abrirte la puerta de mi cabeza. Perdí la llave.
viernes, 29 de marzo de 2013
40
Ojos. Del color del café. Me moldean con los lásers de sus pupilas. Me cambian, pero por dentro. Así, dejo de ser la misma idiota de siempre para ser, cómo no, algo nuevo.
Pero idiota, al fin y al cabo.
miércoles, 20 de febrero de 2013
Tendiendo a gris
Te dejo buscarme sólo si me traes la vida a gritos,
si compartes conmigo un par de tragos de amagura
y me prometes que al marcharte no dejarás palabras flotando en el aire.
Te dejo buscarme, pero haz el favor de encontrarme.
Y si no me encuentras grita,
que cuando se trata de tu voz el sonido conspira conmigo
y te trae siempre directo a mis oídos.
Y vuelta a empezar.
miércoles, 6 de febrero de 2013
paso a paso
Sigo esperando el día en el que sobren las palabras entre tú y yo; el momento, la parte mínima de ese día infinito y deseado, en el que puedas decírmelo todo sin decir una palabra. Cuando ocurra, cuando el día llegue y yo -la eterna duda viviente- me de cuenta de que mi espera mereció la pena, podremos romper las normas y seguir, marcar el ritmo y dejar de vivir a medias. Podremos, porque siempre se puede, olvidar el pasado y construir un nuevo presente con las piezas de Lego más grandes del mundo. Construirnos, o reconstruirnos, y empezar a hacer camino al andar; andando en línea recta, no en círculos, aunque la costumbre siempre gane. Y poder para siempre decir que lo intentamos, que devoramos las palabras y dejaron de flotar, de mezclarse con el aire y meterse dentro de nosotros.
Algún día. Suena cercano, pero no callamos nunca y todavía no me he cansado de escuchar tus palabras huecas.
lunes, 4 de febrero de 2013
De destino inexistente y vacío incurable
Así, veo como todo se agota, y lo que yo creía una fuente inagotable de sueños se convierte en algo que debo cuidar. Me convierto, de repente y sin querer, en cuidadora de mí misma y dejo de ser libre porque llevo un lastre que me frena. Ya no creo armonía, no creo esperanza, ya no creo nada y tampoco creo en nada; soy como un cigarro que alguien terminó de fumar, como una botella vacía y una hoja llena hasta los topes. Hay algo, una de esas muchas cosas, que me pellizca desde dentro del alma y me hace fruncir el ceño. Es algo transparente, casi invisible; cuando creo que se ha ido vuelve, y cuando creo que lo llevo dentro, no lo encuentro. ¿Qué soy yo, si no puedo vivir con ello pero tampoco me conformo con que no esté? ¿Qué soy yo, o quién soy, si prefiero sentir pellizcos a no sentir nada, a gastarme del todo, a sentir que puedo evaporarme y ser como el humo de una vela? No hay nada más allá de lo que me obligo a creer, y la vida va girando como una peonza. ¿Y si me mareo? La cosa es girar. Seguir el ritmo del mundo para que, en apariencia, éste te siga a ti; ir siempre al mismo ritmo o un paso por delante, sin dejarte nunca pisarle los talones a la vida. Si tienes la valentía suficiente para nadar contracorriente, entonces inténtalo.
Pero si me vacío, si me gasto, si termino del todo con lo que llevo dentro y el aire se me escapa por los poros o, quizá, en un suspiro interminable, si la vida me adelanta y me quedo rezagada, siendo siempre la última, no pienso pensármelo. La vida va cambiando de color, y del rojo ardiente al azul oscuro no hay ni medio paso; del verde al gris, ¿qué puede haber? Si todo tiende a gris y las líneas apuntan al suelo, ¿qué puede haber? Estás tú, siempre ahí, marcando la diferencia, marcando el punto de partida y corriendo con fuerza, dejándote las suelas de los zapatos porque, si la vida se te escapa, tienes que ir tras ella. Si la vida avanza demasiado deprisa, vas a tener que ganar velocidad. Si te paras, no te va a esperar; si te paras, te vacías. No hay segundas oportunidades. Sólo hay una, y está ahí, puedes verla. Avanza, corre aunque te duelan las piernas y te quedes sin aire; corre aunque no veas nada, aunque te parezca que el suelo vaya a abrirse y a comerte. La única forma de caerte, es detenerte. La única forma de quedarte sin ganas, es quedarte atrás. La única forma de quedarte sin esperanza, es dejarla ir. La única forma de vivir es correr, girar, seguir. Siempre adelante, aunque lo que lleves dentro de lo impida, aunque quieran obligarte a parar.
Corre, avanza, no te pares nunca. Algún día llegarás a tu destino.
Y tú, ¿buscas o esperas?
¿Qué hay debajo del miedo, de la ira y del dolor? ¿Qué hay en el fondo, justo en el núcleo, donde todo surge y todo termina? ¿De qué color son los malos sentimientos? ¿Cuál es el límite? ¿Existen los motivos, o solamente somos marionetas del momento, de nuestro propio instinto? ¿No es cierto que somos como el niño temperamental, la madre clemente, el abuelo que fuma en su pipa observando el infinito, como los que se ven vacíos y apretados, cada vez más, por unas cadenas que ellos mismos crearon tiempo atrás? ¿Y con qué materia? ¿Existe algo que podamos crear dentro de nosotros mismos, algo que persista, la base de todo, algo a lo que llamar nosotros, o somos, sin más, producto del azar? ¿Qué es el azar? ¿Existe? ¿Las casualidades están ahí o simplemente se empeñan en jodernos o alegrarnos la vida deliberadamente? ¿Quién soy? ¿Quién eres? ¿Quiénes somos? ¿Tenemos que conformarnos con lo que tenemos, con lo que somos, o podemos mirar más allá, perseguir un horizonte que podemos imponer nosotros mismos, ahora, aquí, de esta forma? ¿Podremos caminar hacia él, siempre con paso firme y la mirada puesta en la meta, o tendremos que quedarnos estancados, observando siempre ese horizonte infinito que jamás podremos alcanzar? ¿Se moverá a medida que avancemos, alejándose de nosotros poquito a poco, oponiendo resistencia y haciéndonos sudar? ¿O será benevolente y nos dejará llegar si tenemos ganas, si utilizamos ese intento de herramienta llamado "esfuerzo" que nos empeñamos en dejar a un lado? ¿Sentiremos algo cuando lleguemos o habremos dejado atrás los sentimientos -miedo, ira, dolor-, existiendo en un plano distinto, buscando una nueva víctima, como asesinos en serie? ¿Es eso la vida, decidir si buscas o esperas?
Y tú, ¿buscas o esperas? ¿Buscas u observas? ¿Ves pasar la vida o intentas que ella te vea pasar a ti, difuminado por la velocidad? ¿Vas rápido o despacio? ¿Cambias, permaneces o estás siempre en el limbo, con el cambio buscándote y contigo evitándolo, huyendo de él por culpa de tus queridos amigos los opresores, Miedo, Ira y Dolor? ¿Buscas el cambio y la vida te pega al suelo, siempre sin dejar que te muevas, temiendo que huyas de ella y no vuelvas jamás? ¿Vas contra el mundo o giras con él, siempre respetando la armonía, sin romper las normas, sin romperte? Y tus esquemas, ¿están rotos? ¿Vives al margen de ti mismo? ¿Sigues tus normas o las que el trío fatídico te impone con mano de hierro y arte infame? ¿Quieres o no? ¿Esperas a que la puerta se abra o la abres de una patada? ¿Haces las cosas claras o llevas máscara, en un eterno carnaval urbano que funciona como invitación al purgatorio? ¿Te conoces, te conocen o te conocías? ¿Preguntas o respondes? ¿Eres un acertijo viviente o descifras otros? ¿Vida o supervivencia? ¿Amor propio o propiedad? ¿Suerte o consecuencia?
viernes, 1 de febrero de 2013
Los sentimientos, si los multiplicas por tres, dan cero.
Nadie preguntó por mis ojeras,
esas que llevaban tu nombre escrito a fuego
y una noche oscura guardada
para siempre en el filo de su curva,
torturándome por la mañana,
recordándome lo que la vida me prohibía,
que me faltabas y que sin ti
también faltaba yo a medias.
Nadie preguntó, doy las gracias en silencio
porque no sé mentir ni decir la verdad.
A medias, también te llevo,
y te llevo en los bolsillos
porque no sé dónde guardarte.
Puedo cegarme
si no me dejas ver la luz.
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LotL,
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jueves, 17 de enero de 2013
Consecuencias de tus paseos a media mañana
Cuando te vi caminando bajo mi ventana con las manos en los bolsillos, me volví incapaz de apartar los ojos. Andabas con aire serio, implacable; tal vez ni siquiera recordaras que estabas deambulando por mi calle, debajo del edificio en el que perdiste parte de tu vida aquellos días. Y mientras, yo, que me quedé el tiempo que perdiste y lo guardé para mí, te miraba pensativa. No esperaba que miraras hacia mí, hace tiempo que mi mirada dejó de ser un imán para la tuya. No lo hiciste, no miraste, y como siempre me tocó a mí asimilar que no vas a volver a mirar a mi ventana y que, tal vez, no lo hagas porque eres perfectamente consciente de que la fachada azul de mi casa podría clavarse en tus pupilas y hacerte preguntarte qué es de mí. Sin embargo, te detuviste, frío como el hielo, y te sentaste sin ganas en el banco. En mi banco. El que ya no es tuyo, el que ya no es nuestro; como dos padres que se divorcian y comienzan una desarmada guerra por la custodia de los niños, luchamos por ese territorio. Le grabaste aquella frase que tanto odio esperando que acercarme a él pudiera proporcionarme una tristeza asquerosa (simplemente por la satisfacción que pudiera darte que lo más cercano a mi puerta me trajera malos recuerdos) y yo, menos predecible que de costumbre, empecé a sentarme en el banco de la discordia la mayoría de las mañanas mientras tú pasabas por delante. Después, concediéndome la victoria, cambiaste de ruta y no te volví a ver en meses. Hasta el feroz momento en que te vi, hace horas, sentado en el puto banco, mirando el móvil. Me apoyé en el alféizar de la ventana, cansada de todo y de nuevo de ti, de mí y de la materia oscura que siempre me oprime el pecho cuando pienso en ti. De echarte de menos cuando no sé hacer otra cosa. De recordarte y recordarme, y de ponerme a revivir momentos que nunca me han llevado a ninguna parte.
Te observaba, ahí, sentado a unos metros de mi ventana. Sabía que no me estabas provocando. Parecías una persona nueva, totalmente distinta, a la que le hubieran vaciado la cabeza y, después, se hubieran olvidado de guardarme. Se llama amnesia selectiva y la sufren los que son como tú, pensé, regalándome a mí misma un poco de autocompasión. Pensar en que algún día nos quisimos y lloramos por perdernos, en que algún día separarnos era algo imposible y la idea de poder llegar a odiarnos podía hacerte daño, me parecía una locura. Son cosas que ocurrieron, hechos de mi vida que tengo bien guardados en el cajón de las cosas inútiles; son pasajes del libro de mi vida que alguien se ha encargado de emborronar. El tiempo, con sus garras ponzoñosas, se metió dentro de mí -y de ti, tal vez- y se dedicó a jugar con los hilos de mi cabeza, de mi corazón y de mi alma hasta dar con la combinación perfecta, aquella que pudiera hacernos caer en la indiferencia más maquinal y absoluta. O quizá, simplemente, no lo premeditara y somos producto del azar. Quizá no haya nada más allá e, igual que te miraba desde la ventana con ojos dubitativos, podría haber estado dándote una bofetada, contándote las pestañas o mirándote a los ojos. En cuanto lo comprendí, te miré de forma distinta. Te miré y te estudié, buscando algo en ti, algo tan pequeño como un grano de arena, a lo que agarrarme; algo estúpido, irracional, una locura pequeña pero significativa que pudiera mostrarme que el destino existe, que notabas mi presencia y que podía irme a dormir tranquila. Y, como esperaba, no encontré nada. Te pusiste en pie y comenzaste a andar de nuevo, llevándote mi esperanza debajo de las suelas de tus zapatos negros. Te llevaste mis delirios contigo, tanto aquella noche como esta mañana y me dejaste hueca, insuficiente. Me devolviste al devenir irracional de mi vida; a la velocidad que me lleva y me maneja; al mareo constante, por culpa del movimiento; a la tortura de sentirme como me sentía antes, dolorida; a la horrible sucesión de imágenes que son mis días cuando pienso en ti e intento recordar mis errores. Te llevaste muchas cosas, pero con tu presencia y con la palpitante demostración de tu olvido -de tu amnesia selectiva- me trajiste recuerdos, el dolor de una herida a la que le han echado sal. Sin saberlo, hiciste que volviera a preguntarme quién eres, quién soy, quiénes fuimos. Hiciste que volviera, después de mucho tiempo, a cuestionarme a mí misma y a compararme con esa versión pasada de mí -y totalmente ajena a la actual- a la que tantas veces he odiado. Y no quiero pensar en nada que tenga que ver con la oscuridad de tu mirada sobre mis manos de dedos largos. No quiero sentirme vulnerable. Y es que, cada vez que apareces de nuevo, consigues devolverme al pasado a mí y sólo a mí, convirtiéndome en un complemento vintage de mi vida, que no tiene lugar entre la novedad y el avance.
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