¿Qué significará el tiempo sin relojes?
Mostrando entradas con la etiqueta los detalles hoy me roban. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta los detalles hoy me roban. Mostrar todas las entradas

domingo, 7 de junio de 2015

utopía perdida



Pero qué voy a hacer yo ahora, dónde me mezco ahora, dónde reposo, dónde reviento, dónde me revuelco hasta que me cruja la vida y me cruja el alma y me cruja este matojo de huesos que soy, estos huesos anchos y altos y tan duros, carajo, tan duros. Qué hago, que alguien me diga qué puedo hacer hoy, en este momento, en este minuto tan de fuera, tan de cosas ácidas y picantes que matan la lengua y la garganta y rompen, rompen, siempre rompen, por qué rompen. Por qué. Para qué. He perdido las cartas, todas las cartas. Todo el montón de cartas que escupí a la utopía utópica de mis sueños, la quimera de cartón que andaba por la calle moviendo el culo, moviendo los tobillos, dando pisadas de golpe duro y sonoro. Como una canción. Como un tap tap tap de vida, de esperanza. Yo le escribía cartas pero nunca se las mandé, nunca salieron de mí, solo eran mías, papeluchos con ratos escritos y olas de mí, solo era yo haciéndome agüita encima de una hoja y escribiendo con la caligrafía más fea, más larga, más picuda de mi vida. Pero qué caos, qué desorden, dónde habré puesto el montón. Dónde estaré esperándome llegar, doblada en esquinitas y temblando porque estoy tan sola, porque no llego y poso el ojo y me releo y me reencuentro, me hallo de nuevo en palabras y vértices gélidos. Y no es solo eso. Qué voy a hacer. No sé de qué ha servido todo, escribirle cartas, escribírmelas, si después no voy a poder abrirlas y ver, ver, ver. Y resentir. Rerespirar. Tantas cosas que le dije tan bajo que ni siquiera las hablé. Tanto silencio roto con las letras salpicadas. Sacas lo peor de mí, decía en una, sacas lo peor de mí pero no me importa. Solo recuerdo fragmentos, y un color, y una inclinación de los dedos, un atranque de pulmones. Pero y las aristas. Y las esquinas. Tengo miedo, tengo miedo, me asusto y no sé qué voy a hacer yo ahora, no sé cómo seguir andando si he perdido todo lo que sentía, si he perdido todo lo que vivía, si los recuerdos son cada vez más imprecisos y se ha diluido la melodía del andar de la quimera. Y la calle no se acuerda. No conservo los pinchazos. No conservo el abrazo de rodillas en la cama, el mirar a la pared y verla blanca pero con un rostro. No hay más, no hay más, he perdido las cartas y me he perdido a mí. No sobrevivo al tiempo. Jamás voy a ser eterna. Pero el reloj, pero los años. Pero pronto voy a acordarme solo de una prenda de ropa, solo de un lugar. Y todo vacío. Y yo vacía. Me diluyo poco a poco, siempre lo siento, soy como un polo que se derrite, y las gotas desaparecen cuando resbalan y llegan al piso. Ya me voy. Ya me marcho. No estaré para recordar una nube de vapor tras la nariz. No estaré para acordarme de una pregunta sin réplica. Pero qué voy a hacer yo ahora. 

lunes, 8 de diciembre de 2014

breve y profunda



soy breve 

un pulso

un soplo

tengo huecos

poros

rotos

me despego

en las costuras

que ya nunca

tienen hilos

sólo puntos

infinitamente hondos

que en lo ancho

son chiquitos

ínfimos

exactos

y en los que después

al soplar

se pierde el aire

yo soy breve

y profunda

soy un pozo

y una gota

caída

brevedad

distancia

yo

nada


(para ng
por reconocimiento de sus rotos
en la mujer breve y profunda
que también yo soy)





 

domingo, 7 de diciembre de 2014

yo rotonda


Están construyendo una rotonda en la entrada a mi pueblo. Cada semana, al volver a casa, veo la obra. Yo no la busco. Me olvido de que ahí se mueve algo, de que mientras yo ando o como o pregunto unos obreros arman una curva de mentira. Solo la recuerdo cuando regreso. La veo y es más grande y más perfecta y cada vez más redonda. Los trabajadores son rápidos. La rotonda es distinta todas las semanas. Y cuando la oteo, el mundo se achica y se reduce a ese segundo. Los regresos se me funden, son viscosos. Mi abuelo me sube en coche a veces. Pasamos rodando por el paritorio de cemento. Me dice, mira qué avanzada va la rotonda, y cavila sobre cómo será cuando la terminen, qué les falta para que la rotonda sea rotonda. Dentro de poco acaban, cierra siempre. Yo fijo la vista en los bloques medio desnudos y me callo. La obra me da miedo. Me asustan los ladrillos. Crece, y yo no sé cómo crecen las rotondas.
Intento no mirarla. Lo intento con ganas. Cuando voy por la gasolinera, lanzo la vista hacia el techo del coche o de la guagua y me concentro. Bizqueo. Pero se me vuelan las cuencas y la falsa curva me sacude desde dentro, esta vez ya vestida con cemento, con la altura perfecta. Y más lisa. La semana pasada se le veían maderas y trozos de bolsa, y el cemento era rugoso como la piel del techo de la guagua. Me asusto porque vivo fuera y las rotondas crecen y las flores brotan y cuándo pusieron las luces de navidad, cuándo las encendieron. Mi pueblo parece otra cosa, y todo empieza en el filo de una rotonda que aún no sirve para girar. La ansiedad me muerde, un gusano dentro, porque la guagua va despacio y allí en el muro hay un cartel de un concierto del que no me he enterado. Me da miedo no leerlo.
Construyen la rotonda al lado de la gasolinera. Justo delante de la entrada al pueblo. Como una bandera que baila y me grita que no soy, que no vivo, que no estoy. Que vengo para irme como un extrajero o el técnico de la Telefónica. Mi abuelo imagina cómo será la rotonda cuando esté acabada y yo sé que tengo miedo y me muerde el coco.
Me asusta, me asusta, me asusta. Un día llegaré y querré no mirar pero lo haré, y la falsa curva estará terminada y resplandeciente y algún concejal la habrá inaugurado, y en el periódico ondeará una foto de ésas de corbata y manos, besos. Y miraré y la veré. La rotonda estará hecha, lisa, alta. La guagua seguirá rodando, y eso es lo que me asusta. Me asusta entrar al pueblo, que será ya un pueblo con rotonda nueva, y ver que las casas son más grandes y no hay bancos en las plazas y hay agua corriendo por los carriles y los viejos ya no me saludan porque son otros y el sendero a la montaña no tiene esas piedras que te agarran los pies para que no resbales. Me asusta la rotonda y me escondo, me arrebujo en el asiento como un ovillo de persona. No voy a mirar, porque si aprieto bien los ojos ya no hay obra, desaparece, se va y vuela y solo permanece la entrada que me saludó cada tarde, la puerta que me guardó de lo que no era mi cosmos. Si retuerzo los párpados y no veo, ya no hay supermercado nuevo ni farolas altas ni obra parada, solo la nave que ya nadie derrumba, y la señora que se sienta en el escalón de mi calle me sonríe porque no he bebido caldo de pollo en su velatorio ni he observado las ventanas cerradas de su casa. Si no miro, la rotonda ya no está. Y todo sigue igual.
 

lunes, 29 de septiembre de 2014



A mí las palabras nunca me han salvado.
Nunca, ni una sola vez. 

miércoles, 20 de agosto de 2014

limpiar


-Límpialas.
-¿Eh?
-Que las limpies.
Me tira una gamuza y yo la miro, y después miro el paño, y me quedo pillada, colgada del aire. Y el aire se enquista, y yo no siento nada. Que las limpie. ¿Que limpie qué? La mesa no tiene nada. Está limpia. Ya recogí los platos y pasé un paño mojado, y después uno seco, y ella no puede mirarme ahora, de repente, y decirme que las tablillas de la mesa están sucias. Porque están limpísimas. Y ya está.
-¿Qué cosa?
 Magdalena retrocede y lanza la coleta como un látigo. Se gira sobre los talones. Me clava las pupilas y levanta una ceja, sólo una.
-Las gafas.
-Las gafas...
Las gafas. A veces me pasa, no sé, que me olvido de que las llevo. Y todo el mundo me recuerda que las tengo sucias, asquerosas, llenas de mierda. Que no saben cómo cojones veo con tantos lamparones y tantas manchas y tanto brillo opaco. Y yo me olvido, y ya está. Y ahora Magdalena me mira y espera una respuesta, no una verbal, no una repetición del sintagma que ella escupió antes que yo. No espera eso, sólo que agarre la gamuza, que está medio doblada y estrujada encima de la mesa, y que limpie los cristales. Sólo eso.
-Siempre las llevas asquerosas. Y no te entiendo.
Se sienta delante de mí. Apoya la barbilla en la base de la mano y me escruta, y escruta los cristales blanquecinos de mis gafas, y yo me pregunto en qué momento esto dejó de ser un consejo, un recordatorio.
-No me entiendes -recito.
-No.
Y un dedo se alza sobre los demás, y es la revolución dactilar, un golpe de estado, el dedo índice se posa deprisa sobre los labios, y se desliza por la piel, y el dedo rebelde hace que el semblante mute, ya no es el mismo, esto ya no es un consejo, un recordatorio.
-¿Tú notas cuando se te ensucia la piel, Magda?
Me pongo recta. Meto hacia dentro la parte baja de la espalda, y convierto mi cuerpo en un ángulo recto que desafía todas, todas las leyes de la geometría. Pero yo estoy recta, y respiro mejor. Por mis canales se desliza el aire. Magdalena tarda en contestar. Está pensando. Desvía los ojos a la derecha. El dedo sigue ahí; me reta y le reto, y reto al cuerpo entero. 
-Cuando la miro y está sucia. Pero tengo que mirármela, ¿no? Es mi cuerpo, y mi cuerpo es mi responsabilidad.
-Yo me olvido de que llevo gafas, igual que tú te olvidas de que tienes piel. Es así como funciona el cerebro. Si yo tuviera siempre en la cabeza que llevo un puente de pasta encaramado encima de la nariz y las orejas, ¿crees que no me obsesionaría? Y si tú, o yo, o quien coño sea, se pasa el día pensando que tiene piel, pielecitas muertas encima de otras que dentro de poco la palmarán, entonces tenemos delante a un obsesivo. Así funciona el mundo. Así funciona la mente, y mi mente es mi responsabilidad, ¿no crees?
Suelta todo el aire en una bocanada, y el aire anida en el gas y me azota en la cara.
-Y yo qué sé. Límpialas ya -y se pone en pie, y da un paso, y se para un momento-. Que nos vamos.
Está de espaldas. Yo me pongo más y más recta, cada vez más, y no toco la gamuza ni quiero limpiar las gafas. Porque veo bien, porque no me da la gana, porque esto es más que un consejo, que un recordatorio.
-Me olvido de que llevo gafas, y las gafas son parte de mí. Van conmigo a todas partes. Y cada lamparón cuenta mi día. Cuando me las quito por la noche están asquerosas, yo lo sé. Pero esa suciedad es sólo una expresión de mí misma. Como todo. Como la piel llena de tierra, o de grasa, o de arañazos. O como el pelo cuando huele a humo o está lleno de salitre o de hojas secas. Y, qué sé yo, me olvido de que las tengo y me olvido de limpiarlas, y lo hago porque ver la suciedad encima de mis ojos, esa película blanquecina y semiopaca que me cubre la vista, es como tener encima un residuo del día. Es decir... Vivo, y se acumula mierda, y a mí puede parecerme que la vista sólo se me nubla por lo vivido, que no es porque tengo ahí unos cristales adherentes que se quedan con todas las motas de polvo y con todas las huellas dactilares. Yo vivo, y a veces me parece que crecer es acumular, que lo que veo o lo que me impide ver es la suciedad de vivir. Que el cuerpo se vuelve imperfecto con el tiempo y salen arrugas y estrías y nos hacemos daño, y eso no le quita valor. Lo dignifica. La vida al final es como, no sé, como un tatuaje, ¿no?, y tener mierda encima significa que has sentido cosas. Que has tenido algo delante. Y si tengo las gafas sucias es porque me olvido de que las llevo, y si me olvido de que las llevo es porque quiero crecer. Y ser mejor. Y vivir. Así que déjame en paz, joder.
Paso, paso, paso. Magdalena arranca a andar cuando paro, y oigo cómo cierra la puerta del baño de un portazo. Y después el fechillo. Y esto es más, más que un simple consejo, que un simple recordatorio. Y yo no sé si con la suciedad del alma las palabras esconden más. Si una escena normal puede convertirse en una guerra, en bombas y pólvora y sangre. No lo sé. Pero Magdalena está abriendo el grifo de la ducha, yo lo escucho, y yo sigo en la mesa de la cocina, y sé que se va a quedar en casa porque a mí no me apetece limpiar las gafas. Porque yo me olvido de que miro a través de dos cristales. Porque yo necesito refuerzos para ver mejor. No sé...

domingo, 16 de febrero de 2014

de la utilidad

-Camarero.
Ni puto caso.
Qué se le va a hacer. Me toca beberme el café amargo. Me lo llevo a los labios, cierro los ojos y bebo. Y bebo, y bebo, y bebo... y al final me termino el café de golpe, porque está asqueroso. Estoy pagando por algo que no me gusta; no soy capaz de hacer otra cosa porque el camarero, señor del delantal inútil, no me escucha. Y si no me lo bebo se enfría, y si se enfría no hay café. Yo, al contrario que él, sí presto atención a los dictámenes sociales y a lo que exige cada escena. Así que apuro el líquido como una señora. Y después poso la taza sobre la mesa. Y ni siquiera dejo que tintinee sobre el platillo.
Con el dedo llevo a mi boca los insuficientes granos de azúcar que quedaron en el fondo de la taza. No contrarrestan el sabor a café amargo, o poco dulce, qué más da. Y tampoco el regusto salado, saladito de las palabras que no sirvieron para nada más que para activar mi aparato fonador. La glotis se abrió en un intento desesperado de dejar pasar el aire, y ahí, el primer fonema, velar y sonoro, se unió a la complejidad de una vocal de apertura máxima, y después llega la nasalidad de la letra que interrumpe la explosión de la doble vocal que luego vibra, vibra, vibra y vuelve a cerrarse un poquito, y vuelve a vibrar, y después el fonema que convierte la boca en su representación gráfica deja paso al silencio. Y todo eso, todo ese despilfarro de aire en una vomitona bucal, todos los movimiento de la lengua, la lengua en suspensión, la lengua a los alveolos... todo eso para sofocar las palabras con un café de mierda, sin sabor a nada.
¿De qué coño sirve la lengua cuando no comunica?
Nos desgañitamos en dejar en el aire sonidos en forma de oraciones. Y esperamos, no sé, que llegue alguien y por arte de magia agarre el bullicio, que se lo meta dentro del cerebro y lo solape con sus conexiones neuronales. Nos derramamos por la garganta como idiotas, y pedimos más azúcar o menos frío o un poquito más de amor. Tiene que haber acción más allá de las palabras. Si no, simplemente estaremos poniendo en funcionamiento el sistema que tiene el cuerpo para que el monólogo interno se disipe un poquito. Qué gasto de tiempo. Qué despilfarro de energía. Me dan ganas de ponerle la zancadilla al camarero. Al camarero, a la dependienta de la perfumería, a aquel profesor del instituto, a la vecina pesada, a la policía, a mí. Yo quiero mi energía. Y un poco más de azúcar.
Quizás algunas veces no busquemos una acción. A veces soltamos las palabras esperando que, ¡pam!, recaigan en alguna cabecita y se queden ahí para siempre. A veces los vocablos son, simplemente, café dulce. Se beben, se disfrutan. Regalas las palabras, y no esperas que alguien llegue y te dé algo a cambio, ni siquiera las inviertes en tu supervivencia. Sólo esperas que el eco de tus palabras no se disipe, que el receptor se haga con ellas y le hagan un poquito más feliz. O que le jodan, vamos.
Sin embargo, ambos discursos necesitan predisposición. No sólo la mía al hablar; si no hay nadie que escuche, es imposible que las palabras cumplan su función. Y no habrá otro sobre de azúcar, ni tampoco una sonrisa de más. Las cuerdas vocales no son nada, absolutamente nada si no hay oídos cerca. Nada. Valen lo mismo que un caramelo dentro del papel. Sólo serán ruido. Sin nadie que escuche, las palabras solamente sirven para incrementar el bullicio del mundo, para hacer que otros no escuchen los fonemas que corren en manada hacia su entendimiento. Son un despilfarro.
Y yo he caído en el juego. Solté una palabra que nadie escuchó. O que alguien escuchó, pero hizo como que no oía nada. Y me siento inútil, porque las palabras son lo que conforman la imagen que doy al mundo, y si mis palabras son inútiles... pues eso.
A mi lado vuelve a pasar el camarero. El delantal ondea a su paso. Me pregunto para qué querrá un camarero el delantal si lleva el uniforme debajo. Supongo que importará exactamente lo mismo que se manche el delantal que los pantalones, si, al fin y al cabo, cuando termine la jornada se quitará la ropa y se embutirá en sus prendas de gala. ¿Qué más da? Alguien debería decírselo. Alguien a quien escuche. Alguien que sepa cómo articular más alto las palabras. Alguien que no se deje amilanar por el ruido que ahora lo cubre todo, que lo anula todo, el ruido del malestar y la deformación de las ideas y...
-¡Mierda!
La palabra sale de mi boca con desatino. Sale deprisa, veloz, indiferente... y se posa en el aire, y surfea por los canales del oxígeno, y se alza hacia el techo y acaricia el gotelé y juega con la luz del fluorescente que parpadea al compás del tiempo perdido. Y cojea, y se desinfla, y no es más que un poco de saliva que se mezcla con el espacio y termina disipándose y viajando poco a poco como un avión de papel con garabatos. Y se desliza, y va bajando despacito, y al final, sólo al final, recae de nuevo en mis oídos, y me oigo a mí misma decir una palabrota porque el gilipollas del camarero sordo me tira una manzanilla ardiendo sobre las piernas, y yo llevo una falda sin medias y...
-¡Joder!
Y nadie me escucha porque la taza choca contra el suelo y todo el mundo se alborota. El camarero se cae, tumba una mesa y le tira a una señora la bandeja en toda la cara. Yo, aún sobre la silla, maldigo sólo al aire, sólo en el aire. Y me quema, y también me quema la garganta, y digo más y hablo más y comunico cada vez menos. Soy una pistola de agua que derrocha su contenido, su cabeza, su utilidad. No puedo dejar de escupir sonidos malsonantes. Aunque nadie me oiga, porque soy consciente de que todos están pendientes del señor que se retuerce en el suelo y se agarra la pierna como si ésta, por alguna razón, fuese a desprenderse de su cuerpo. Él también chilla, pero no es capaz de hablar. Yo, por el contrario, hablo a solas. Y disfruto cada uno de los sonidos que se desprenden de mí, porque con cada uno de ellos se difumina un poquito el escozor y también lo que llevo dentro. Porque le doy forma.
Lo comprendo. Mientras suelto el enésimo taco, llega a mí la certeza. No sólo existe la comunicación, no sólo se funciona en la medida en que se transmite. Podemos dirigirnos las palabras a nosotros mismos, meter la pistola en la garganta y dejar que el ruido cause placer, dejar que la palabra vaya más allá de la mera utilidad para convertirse, cuando la cabeza desborda, en necesidad. 

miércoles, 29 de enero de 2014

muñecas rusas que no acaban jamás


La mente es algo extraño. Es como si, dentro de nuestra cabeza, habitase otro ser. Un ser que no sé qué tendrá de divino, pero al que tratamos de dios. Yo le ruego a veces, le pido que materialice mis deseos en decisiones o palabras o hechos o iluminaciones repentinas. La comunicación intrapersonal puede ser fascinante. Todos tildamos de loco a quien oye voces, a quien se deja dominar por ellas y actúa siguiendo los dictámenes de los aullidos que bullen dentro del cráneo. Pero todos, absolutamente todos, poseemos un ser en el interior de la cabeza que nos habla, que nos contesta, que escucha nuestros ruegos y nos dice, a veces, que somos unos gilipollas y no merecemos ni pan. Y muchas, muchísimas veces tiene razón. Quizás demasiadas. Porque nadie en esta mandarina global nos conoce más que ese ser que oscila entre nosotros y el cielo, que se duerme cuando dormimos y aparece de nuevo junto al barullo de un despertador que se cae a trozos y que ojalá, joder, ojalá se caiga...
La mente, la conciencia. Yo. Yo soy dos. Mi parte embutida en órganos elásticos, mi interior más profundo. Soy lo que quiero, lo que busco, esas aspiraciones que me hacen agarrar la vida con las uñas o soltarla y pisarla para que se llene de tierra. Mis miedos, a la vez, que en realidad se funden con esas aspiraciones llevando delante la etiqueta o el prefijo del “no”. Todo va unido. Esos pequeños rasgos, esas decenas de muñecas rusas que, unas dentro de otras, bailan. Y tiemblan, y hablan a voces, y a veces, creo, a veces hacen el amor... Estas capas, al final, se reducen a una sola. Ésta es la visible, la matriuska madre, la que da la cara por las demás y sale y dice “estoy aquí”. Pero yo soy dos. Está también mi parte racional, mi parte divina, la que tiende al cielo, o al menos mi matriuska así lo cree. La parte con la que dialogo, con la que me peleo a veces, a la que de vez en cuando me apetece renunciar. Esa parte puta pero a la vez maravillosa. La razón humana. Yo. Yo.
Quién coño me manda ahora a meterme en consideraciones metafísicas. No quise estudiar Filosofía porque me emperré en ser periodista, y por lo visto ahora a mi cabeza hueca le da por llenarse de ideas tontas. Ideas sobre sí misma, que al final no sirven para nada.
Sólo hay una idea que me importa: que la mente es algo extraño. Que nos rogamos. Y, por alguna razón, el mundo no nos hace caso. No recibe nuestras ondas, y al final la esperanza que crea el deseo se disipa y sólo queda, sólo permanece un poco de humedad en la comisura de los labios.
Pienso que quiero verle, a veces. Lo pienso ahora, qué coño. Ojalá pase rápido y, no sé, me vea. Me da igual no verle. De hecho, quizás me haga la borde y me enfrasque en el refresco, o tal vez me ponga a mirarme la puntera de las botas para aparentar que me da igual. Que estoy cabreada. Que no me estoy rogando verle. Sí. La verdad es que me gustaría que pensase en mí un solo instante, aunque sólo lo hiciese en el preciso segundo en que mi figura entrase en su campo visual.
Oye, no. No quiero verle. Porque eso implicaría un cambio. No sé cómo explicarlo, pero así lo siento. Es como si cada vez que le viese, algo dentro de mí se ajustara. Como si viviese en la medida en que le veo, en que me ve. Cosas de la empatía. Me refugio en él ante la inexistencia de un recipiente dentro de mi cuerpo. Es mi conciencia, que se eleva y me araña los hombros, aunque tenga dos huequitos, dos yos donde asentarse. Y he creado un tercero, otro recipiente más, ajeno a mi cuerpo, que no tiene ni idea de que es una extensión de mí, de que necesito que conecte conmigo en la medida de la interacción para poder sentirme así completa. Es triste, soy triste; no quepo en mí, y me doy. No al mejor postor, sino al primero que me mostró, en las pupilas, una estrella. Un destello pequeñito, mínimo, que no tenía nada que ver con los dibujos estelares que, cuando niña, me enseñaban en el colegio. Sin embargo, supe que era una estrella, y pensé que, joder, a mí me gustaría vivir ahí dentro... Y, buscando una sede para mí, una delegación de mi existencia, reparé en la estrella. Pero hoy, ¿cómo lo digo? Me siento mía. Y me doy cuenta de que el vicio de verle sólo me trae reencuentros. Y pienso, no sé, que quizás la parte que guardé en sus costillas sea precisamente la parte de mí que yo desecho. Una parte podrida, asquerosa. Porque la mente es algo extraño, y el subconsciente también. Y puedo quedarme con estas dos partes, emoción y raciocinio, sin que mi parte de contenedor venga a mí. Así que no, no quiero verle. No quiero que se pase por aquí, ni siquiera que me eche una de esas miradas que me demuestran que no es mío, que jamás nadie guardó en mí un trozo de sí mismo.
Pasa un coche, dos, tres... y todos los miro con indiferencia, terca como una mula, bebiendo un buche de Coca-cola que me transporta hasta una dimensión de acidez. El mundo me importa una mierda. No escucho, dentro de mí, ningún gemido. No hay arañazos ni fricción. La matriuska ninfómana parece haber dejado en paz a las demás. Quizá se le haya cortado el rollo con tanto filosofeo. Yo qué sé. Al final, la metafísica palia el ansia de calor humano. Aunque, en realidad, siento un temblor. Oigo voces tenues. Echo un ojo, me contemplo; oteo mis cañerías un instante para, después, reírme un poco. Las matriuskas se revuelven, se quejan. Piden mi dimisión. Soy la muñeca rusa que recubre al resto, y no me quieren. Yo no me quiero. Porque soy dos, tres, y soy demasiadas pero, a la vez, si no me ve, no me completo. Pasa un coche blanco, uno gris, verde, rojo; un arcoíris urbano. Y todos los detesto. Porque no quiero verle. No voy a rogarle hoy a mi parte divina que me permita fijar los ojos en su cuerpo. Hoy el único cuerpo que me interesa es el mío. Yo, yo y mis matriuskas; yo y yo.
Aunque quizás no querer verle sea un mecanismo desesperado para que el mundo me conceda mi deseo.
¡Joder!

sábado, 28 de diciembre de 2013

ese reloj se está tirando a mi esperanza


la opción. ¿cuál es?
la opción.
la opción de recuperarte, de volver a ti como si fuésemos imanes de polaridad opuesta.
y, sin embargo, mientras intento sacar fuerzas de flaqueza, calculo mentalmente la tormenta de acontecimientos que estoy apunto de desencadenar.
tú, yo.
tú yo.
tuyo.
yo qué sé...
creo que tenderíamos de nuevo hacia abajo, que no merecería la pena. que quizás al principio el cemento cuajase, pero más tarde volveríamos a tirar para librarnos de lo que nos une y desligar nuestros ciclos vitales. me mentirías un poco, y yo te colaría historias de ésas que mi cabeza produce para que no te aburras de las curvas de mi montaña rusa. nos inventaríamos de nuevo una realidad, y crearíamos, imaginando, un mundo en negativo en el que pudiésemos cambiar nuestra composición atómica para no ser los mismos pero, a la vez, serlo. y contaríamos las baldosas del cielo. catalogaríamos las flores que brotan en la acera. me reiría de ti un rato, y tú te reirías conmigo.
me deslumbra la posibilidad de acceder, de nuevo, a ti. o a nosotros, a lo que creábamos. a aquel universo alternativo que solamente era tuyo y mío, que se regía bajo nuestras normas nunca escritas pero totalmente interiorizadas. lo admito, quizá sería terriblemente acogedor volver a meterme bajo los rayos de tus pupilas. sería inefable permitir que fuésemos ambos quienes moldeásemos, como conjunto, nuestras vidas. es difícil, aburrido hacerlo sin ti. no. quizá no. quizá no es difícil hacerlo sola, sino que hacerlo contigo me parece una opción fácil, factible.
sin embargo, llegaría una bajada y volveríamos a tomar constancia de que el mundo en negativo comprende exactamente los mismos defectos, las mismas virtudes que el mundo real. dar una vuelta completa no importa, porque todo vuelve a su cauce. quizás al principio todo parezca distinto, pero todo se dilata con el tiempo, y el más mínimo fallo, la más mínima desviación en el camino se convierte en grande con el correr del reloj..
hay dos líneas paralelas. dos vías paralelas. y, en un arranque, las giro. 180 grados. les doy media vuelta, de manera exacta, medida, obsesiva. y mis vías no se juntan. quizás, si las mareo y les doy vueltas, pueda llegar a pensar que lo que veo es un círculo y, a causa de la velocidad, las propias líneas piensen que se tocan. y quizá rían, y lloren de alegría, y acaricien el aire, y conviertan esos instantes en vida, y giman y tiemblen y se retuerzan pensando que, entre las vueltas, están follando. pero, al parar, las líneas vuelven a mostrar su apariencia original. jamás van a tocarse. por mucho que anden, que crezcan, que tiendan hacia arriba, hacia detrás, hacia la izquierda, nunca, jamás se rozarán...
su distancia jamás disminuirá.
tú y yo somos así, ¿sabes? somos paralelos. cuando estamos juntos, damos tantas vueltas que nos mareamos, nos desconcertamos y nos embutimos en ese cuento, en esa realidad ajena que nos inventamos y que hacemos nuestra. y, mareados, no sabemos qué ocurre. así que nos ponemos en el mejor de los casos, y pensamos, atolondrados, imbéciles, terriblemente gilipollas, que esto tiene sentido. que podemos. que por fin hemos llegado a tocarnos, que hemos conectado, que nos hemos vuelto anillos con un pequeño roto por el que juntarnos y no aros herméticamente enteros y terriblemente solos.
entonces, ¿de qué sirve la opción? ¿de qué me sirve recuperarte un rato, girar como una loca y arquear la espalda en un plástico orgasmo que después me deje dando vueltas, desajustada al mundo real? ¿qué importa que me divierta el giro si después me caigo al suelo?
somos líneas paralelas, y lo malo del razonamiento es que, utilizándolo, podemos adelantarnos a lo que la experiencia va a enseñarnos. podemos saltarnos el paso, dejar de cometer errores simplemente basándonos en un razonamiento que parta de leyes ya demostradas, de conceptos refritos. no me hace falta girar para saber que voy a marearme, y no me hace falta correr hacia delante como una imbécil para corroborar que nunca llegaremos a tocarnos de verdad.
razono...
y me doy cuenta de que será lo mismo que haga uso de mi opción, porque volveremos a crear imágenes de mentira y, al final, terminaremos con las manos vacías y llenas de arañazos. puedo adelantarme, y mientras hago acopio de fuerzas, desisto. no es cobardía. es inteligencia.







(Quiero añadir,
por el bien de tu salud mental,
que "a bocajaro" significa que no he tocado el texto.
Escribo, cuelgo,
y como salga el desvarío)



domingo, 1 de diciembre de 2013

retales


1.
a veces me canso y me entran ganas de olvidarte, de sacarte de mis nudos y robarte mis sonrisas.
pero pienso, entonces, qué coño sería de mí sin tus tardes de alto voltaje,
sin tu azul eléctrico
y el aura que desprendes y que cambia la composición atómica de todo lo que pende en el mismo aire que tú.
me imagino sin ti y me analizo contigo,
me visualizo antes de ti y me recuerdo contigo.
y aquel primer libro, aquellas palabras que unieron nuestro habla e hicieron boom...
tú,
yo,
ajenos...

2.
y que me duela.
me importa una mierda que me duela, porque allí donde nace el dolor se encuentra la honda cicatriz de lo vivido.
que me duela. que me vibre la cabeza de pura impotencia. que raye en lo insoportable y mis pupilas chillen tacos. que el dolor se dé prisa y acuda en el preciso instante en que el golpe es dado para que mi cerebro hilvane golpe y dolor,
escenario y sujeto,
vida y vida.
que me duela y que recuerde tu cara inflingiéndome dolencias. que me quede claro que lo importante de una herida no es la marca que queda en la piel, sino el instante en que ésta es dañada. que me quede claro que mis cicatrices nunca serán tan mías como de quien me rasgó el cuerpo con uñas de león.

3.
ya no tienes en mí ese efecto desolador del alud que solapa mi existencia y la del suelo.
ya no me calcinas la vista ni haces que se me hundan las pupilas en una negrura superior a la absoluta;
la de tu pelo.
ya no me muestro pendiente de tu acento, de tu voz que se enreda, del color de tus palabras y tu mala memoria.
y tu caminar ya no nubla mis sueños, la parte más oscura de mi subconsciente. ya no me pregunto, tonta y muda, qué quiero de ti.
y es que me he zafado de ese infierno de cuestionario,
la inefable lista de preguntas que día a día me pasaba por un resquicio de la jamba de mi puerta
y que naturalmente me negaba a contestar sin evasivas.
he tumbado mis fronteras y ahora, como el pirata, soy libre y no tengo patria.

domingo, 17 de noviembre de 2013

vida


-No creo en problemas. No creo en dificultades, ni en heridas, ni en perjuicios; ni siquiera creo que exista un sufrimiento objetivo, un hecho que, sin importar la vida en la que se plante, pueda joder una existencia, tanto la del jeque indio como la del hijo del kiosquero. Así que no vuelvas a preguntarme, por favor, qué problema tienes. Porque así lo único que consigues es que te mire y me entren ganas de tirarte el café encima. Sí, y no me mires con esa cara, joder, que sabes que puedo hacerlo. No hay ninguna ley física que impida que mi mano, ésta que levanto ahora, agarre la taza por el, ¿cómo se llama?, ah, sí, agarradero, ¡qué casualidad!, y la mueva de una manera determinada y, gracias a la gravedad, la fuerza y la inercia, vaya todo a parar a tu pecho. El caso es, en fin, que no tienes ningún problema. Ni uno solo. ¿Y sabes por qué? Pues porque eso a lo que tú llamas problema, agravio, contratiempo, disgusto, contrariedad, obstáculo, impedimento o traba, se llama, simplemente, vida. O aprendizaje, como quieras. Y es el aprendizaje más especial de todos, porque a medida que lo aprendas, lo utilizarás. No existe diferencia entre la aplicación y el momento de asimilarlo; todo va unido, cosido. Y a medida que aprendas algo, aparecerán nuevos muros; y lo que debes hacer con los muros es, sin duda, saltarlos. Porque más allá del cemento siempre hay existencia, y la palabra ‘obstáculo’ no deja de ser sino una excusa para empequeñecer las posibilidades y volverte ínfimo para caber en cualquier rincón y así descansar. Descansar sin haberte cansado. Así que intenta que eso a lo que llamas ‘problema’ en realidad sea un simple capítulo de tu historia, que no se convierta en un impedimento, que te haga crecer, aprender. La vida, al fin y al cabo, es un cúmulo de experiencias, y nadie ha especificado jamás que las experiencias deban ser, por manual, satisfactorias. A veces toca joderse, y el simple hecho de que yo ahora te lance el café encima te enseñaría a quitar las manchas de una camisa blanca. Y si no saliese, aprenderías que no debes quedar conmigo llevando tus prendas de gala, y mucho menos si me vas a preguntar gilipolleces y después me vas a mirar con cara de culo, así, como si no quisieras que te conteste. ¿Para qué preguntas si después te asustas? O, mejor, ¿para qué te asustas, si tú has preguntado?... En fin, que no tienes ningún problema, y te pido por favor que te jodas y que sientas el dolor, que supures esperanza y crezcas con cada paso, pero que tus pasos sean rápidos, concisos, que no pegues nunca los pies al suelo más de lo inevitable. Porque, y vuelvo a incidir en la física, la única manera que cualquier cuerpo tiene de desprenderse un poco de la ley de la gravedad es correr, levantar los pies del suelo y no pararse; convertirse en un ente frenético que luche y ande y corra por decisión propia y no porque cualquier ley estúpida se lo imponga. Porque, ¿sabes?, yo podría tirarte el café. Una ley cualquiera me permite hacerlo. Pero no me da la gana, y ahí estás, seco y tranquilito. No te toca ahora aprender cómo lavar la ropa, sino cómo no ser el clip que se mueve tal y como dicta el imán. 

jueves, 14 de noviembre de 2013

de agua.



Cae una gota. Se desprende del grifo. Es un parto rápido, sencillo, antinatural. Es imposible comparar la porosidad de este fin de una tubería mohosa con una cascada de aguas en eterna combustión. Cae sobre el vaso, rebota y se funde con el agua. Y pasa a ser agua, también. Cae otra gota. Y otra. Y más. Y ya la gota primaria no significa nada, porque he visto tantas que, cerrando los ojos, también puedo ver el proceso. Y a cada gota el vaso se llena un poco, y al final rebasa, y al final todo termina por explotar porque vivimos en un recipiente que no tiene más escape que el superior. Y al escape superior, déjame decírtelo, sólo se llega llenando, llegando al tope, reventando...

viernes, 1 de noviembre de 2013

de beber

Hace crujir los dedos. Pestañea. Respira. Su corazón late. Sístole, diástole. La sangre hace slalom. Un tic inconsciente le recorre la pierna izquierda, que oscila en el aire como un metrónomo que marca los vaivenes, susurros y gruñidos que el reloj no se atreve a mostrar. Sus ojos se cierran y le miro las pestañas, y no consigo ver la sombra de aquellas lágrimas que horas antes, según me cuenta, estuvieron ancladas a esos pelillos de pincel. Mueve las manos, corta el aire con los dedos, desvía mi mirada y la lanza hacia el reloj. Pero no, yo me niego, me niego y me concentro de nuevo en el proceso de normalidad de su cuerpo.
El café está caliente. Arde. Y el aire acondicionado, demasiado frío. Y a veces los contrarios no se compensan, porque la lengua ardiente y los pies gélidos están demasiado lejos.
“Querido Víctor”, pienso, “quiero verte de nuevo”.
Si no me habla, juro que grito.
-¿Quieres? –dice, como si me leyese el pensamiento, ofreciéndome su taza de té negro hindú.
Observo la taza. Oscuras olas coronan el líquido debido al movimiento que ella, motor de este stage, realiza.
Quizás yo sea una taza de té, de té muy negro y lleno hasta las trancas de azúcar, que se revuelve despacito si unos dedos de pianista alzan el recipiente en el que el mundo me contiene para que no me desborde.
-No, gracias –suelto, y me convenzo de que beberme a mí mismo no debe ser para nada ético.
Sonríe.
Ella es whisky, un whisky caro, exclusivo, de ésos que no vas a encontrar en la estantería de la casa del abuelo. También la moldea un vaso o una botella, un recipiente con forma definida que calca esa silueta en la esencia de lo que contiene. La define el mundo o la vida o esta ciudad asquerosa, la define y cuando alzan el vaso se turba la tranquilidad de sus aguas y todo, por un instante, se revoluciona. Y si alguien pega los labios al vaso, si alguien se atreve a consumirla y a meterse en el cuerpo un líquido precioso, echando a perder el esfuerzo de fabricación en un acto muchísimo más simple y precario, si alguien se atreve a beberla, será ella quien haga oscilar todo y llegará la embriaguez. Revolverá a quien la hizo cambiar de estado. Y después llegará la resaca.
Me pongo en pie y muevo los pies siguiendo lo que yo supongo como el lub-dup de su órgano más vital. Y en la barra, le pido un whisky del más caro a la camarera castaña, corredora de fondo de la vida de este cuchitril.
Y en la mesa me lo bebo mientras la miro, mientras la miro a ella, a un whisky sólido que también me mira a mí bebiendo té negro. Y ambos nos bebemos, nos saboreamos, paladeamos nuestros cuerpos ejerciendo en nosotros la violencia que sólo puede ejercer quien aboga por terminar con la vida de algo. Sin palabras, nos bebemos. Sin palabras, nos marchamos. Y sin palabras, seguimos con esta mierda de espiral vital.

miércoles, 21 de agosto de 2013

astronomía



miro tu foto, me doy el tiempo y el espacio para mirar tu foto un instante antes de clickar la "x" y que la marea de píxeles se disuelva, antes de que el contenido de mi pantalla cambie y vuelva a mostrarme algo totalmente ajeno a ti. pero miro tu foto porque ahora los píxeles te recrean a ti, son como un minúsculo collage de granos de arena que recrea la silueta y el relieve de tus facciones. y veo tu nariz, la montaña de tu cara; atisbo tu boca, la perfección trasmutada en labios, en carne y en rojo, en las ventanas de una garganta raspada de tanto guardar el habla; oteo tus pecas, píxeles oscuros de tu cara y tu piel, la tecnología en la maravillosa recreación de una playa, arena y piedras; diviso tus ojeras, profundas cicatrices de tus superficiales noches sin dar tregua al incesante movimiento de tu mundo; acecho tu cuello, la pálida piel que asoma por encima de esa camisa tan fea, tu garganta a la que corona un pequeño alien que piensa si ahorcarte, sí, hay quien lo llama nuez; espío tu piel, tus poros, la marca de tu afeitado mal hecho. miro tu foto, contemplo tu imagen, ésa que decías que era sólo carne, ésas de la que querías que no me fiase porque las viejecillas te tomaban por una buena persona. y me maravillo con la magia de la tecnología, con el hecho de tenerte en mi pantalla, sonriéndome como si nunca me hubieses, ¿cómo se dice? ¿fallado o follado? qué importa, como si nunca hubieses escapado de la ebullición de mi existencia. cómo le habría gustado a julieta golpear con el dedo un óvalo de plástico y tener a su alcance todo un álbum de fotos de romeo, o a ulises poder contemplar el suave y lejano cabello de penélope estático en el tiempo, o a apolo poder ampliar sus recuerdos sobre el rostro de dafne antes de que tuviese ramas. qué magia la del siglo actual, con qué facilidad podemos evocar el rostro que nos partió la vida y observarlo o espiar lo que ya creíamos olvidado o tirarle dardos con la mente. y siempre está ahí, esperando tu visita, quizá provocándote, haciendo que te jodas al pensar que las pantallas no son portales de ciencia-ficción ni máquinas del tiempo, y el instante congelado en la fría superficie del pc te hace revivir en el circo de la mente tantísimas otras fotos que nunca tomaste... pero, ¿realmente puede esta marea de minúsculos puntos acercarse, de alguna manera, a ti? ¿te estoy mirando o fijo la vista en una falsificación, en la carcasa vacía de un hombre, en un simple cuerpo pegado a una foto que alguien subió y que yo bajo a mis suburbios? falta ese telescópico brillo de tus ojos, la estrella polar que me gustaba encontrar mientras te miraba muy de cerca y me concentraba en redescubrir los rincones de tu yo presente, y esa otra versión, la nebulosa de cuando te quedabas un poco ido y mirabas al infinito y parecías discernir el alma del aire o de los pajaritos de papel. quizá por eso mire tu foto, quizá por eso haya tecleado el nombre que al comenzar tu existencia te fue asignado, quizá no sea como todas esas veces que miré nuestras fotos mientras bebía una o dos o tres o cuatro o cinco o seis cervezas, tal vez éste no sea un arranque de nostalgia de ésos capaces de tumbar la muralla china y joder siglos de defensa bien planeada. podría ser esto una misión de reconocimiento, yo en busca de destellos en el cielo, sólo astronomía.

miércoles, 24 de julio de 2013

acto y forma

Me pregunto si en nuestros objetos residirá nuestra presencia. Si es posible que, entre los hilos de la materia, quede algo, una pequeña hebra de la parte más pura de nuestro ADN. Quizá en los objetos personales, en los cercanos, en los que disfrutamos. Me pregunto si es posible tener cerca la presencia de una persona solamente teniendo entre tus manos un objeto al que ha mimado de forma bilateral. Puede ser, no sé cómo ni por qué, una especie de consuelo; pensar que ahí donde tú posas los dedos el dueño del objeto también los ha posado, y darte cuenta que tal vez de alguna forma y por algún desbarajuste del espacio-tiempo, rozas sus dedos al rozar la caricia de la que se deshicieron. Cerrar un libro ajeno y posar levemente los labios sobre el conjunto de hojas, sobre la historia cerrada, el mundo encerrado; girar el reloj de arena blanca que no es mío; escuchar un CD cuyas notas han llenado ya los oídos de alguien que también tuvo mis palabras embutidas en el cerebro; rozar el papel con un lápiz que alguien olvidó entre mis cosas; intentar arreglarme el pelo con una horquilla que alguien me prestó cualquier noche de ésas que se hacen pasar por día. Gestos, actos insignificantes pero que, de una manera u otra, te acercan a los dueños de lo que, casi sin querer, por un momento proclamas como tuyo. Ya alguien amontonó las páginas leídas, la arena del reloj ya se consumió marcando el tiempo de otro, alguien ya tarareó al ritmo de Dire Straits mientras el CD giraba y era golpeado por el láser del reproductor, el lápiz ya esbozó otra letra, la horquilla ya sirvió para que a otro no se le amontonase el cabello frente a los ojos.

¿Para qué queremos objetos si no es para mimarnos? ¿Qué coño me importa que La Metamorfosis quede bonito, tan fino y pequeño, en el estante si no voy a crearme un nudo en la garganta con la agonía de Gregorio Samsa? ¿Y no quedo yo dentro de ese mimo, del disfrute, como si el tiempo que he gastado arañándome la vida frente al papel se quedase grabado a fuego entre la tinta? ¿De qué me sirve la lámpara si la luz me importa un carajo? ¿No puedo evocar las mil y una noches que pasé con ella antes de que la obsolescencia programada terminase de cuajar, o los días que quise convertir en noche cerrando fuerte las persianas para aislarme y, como una línea paralela, no llegar a tocar nunca el mundo que me esperaba fuera? Es el acto, no la forma. Es la vida, no el tiempo. Y me pregunto si no es bonito llevar contigo un pedacito de las horas que alguien que consumió las tuyas gastó con un acto de ésos que le definen. Quizá sea mi única manera de recordar, de agarrarme al poste para que no me arrastre la marea. Quizá sea solamente una forma de clavarle las uñas al tiempo para que tenga piedad y no pase tan deprisa. Un plan no tan estratégico para que la corriente del río no me lleve tan deprisa hacia el mar.

¿Y si puedo reconstruir tu vida, a ti, a base de objetos que nunca creíste que necesitarías? ¿Y si el reloj de la mesilla de noche te define mil veces mejor que cualquier curriculum vitae? ¿No has pensado nunca que, al darle uso a algo, lo cambiamos para siempre? Exactamente como nosotros. Las personas, cuando somos usadas tanto por otros como por nosotros mismos, cambiamos. Nos volvemos más competentes o más experimentados o más hijos de puta, y nos vamos quedando marcados con todos y cada uno de nuestros pasos sobre cualquier tipo de superficie. Como los objetos. Tal vez, de alguna manera, no seamos más que ellos.

No sé si juguetear con un simple y fácil de encontrar moño rojo sea la forma idónea de evocar a quien me lo prestó y a quien, naturalmente, nunca se lo devolví. Al fin y al cabo, sólo es una coleta. Lo importante es el tiempo que se ha usado y el cabello que ha sujetado. Nada más. O tal vez sí importe que sea un moño rojo y lo otro sea un desvarío. Quizá sólo sea yo, que necesito ayuda para recordar y que, paradójicamente, necesito hacerlo para no perderme. Pero lo que sé es que siento más cerca mi vida y a los que entraron en ella con una fuerza de ocho en la escala Richter si me quedo un pedacito.

Me pregunto si no influirá en la composición de la pintura de uñas verde fluorescente del chino que alguien con quien el tiempo perdido era y es tiempo encontrado y yo pasásemos por delante y amenazásemos con comprarla algún día. Así, por reírnos, porque era fea. Quizá quien tenga el mal gusto de comprarla no se entere de que ese bote de pintura es también nuestro porque, aunque nunca fue de nuestra propiedad (y menos mal), disfrutamos de él. Y es que no es la forma, es el acto.

Las viejas llaves de mi padre siguen colocadas en el mismo hueco del mismo cajón donde las dejó. El llavero es rectangular, de metal y muy pesado, como supongo que deben ser los llaveros antiguos para poder ser calificados de medianamente viejos. “O'neill, Santa Cruz, 1952”, dice, lo primero con una tipografía azul que me hace recordar las olas, “Santa Cruz” en letra roja y cuadrada y la fecha dentro de una estrella amarilla que parece una explosión perfectamente calculada. Tiene seis llaves. Sé perfectamente cuáles son las de mi casa por la forma dentada, las dos con grandes picos hacia dentro que, desde que tuve las mías, me parecieron peculiares. El manojo de llaves lleva años en el cajón. Y sí, las llaves son perfectamente válidas. Hemos hecho decenas de copias, y muchas veces nos hemos visto en un apuro por no tener una llave de sobra. Y éstas seguían ahí, llenas de polvo, esperando quizá que a mí me diese un arranque de nostalgia y las sacase del cajón para hacerlas tintinear. Pero no es la llave. Me da igual hacer mil copias. Es el acto. Es él volviendo a casa y metiendo la llave en la cerradura. Soy yo corriendo a la puerta. Es él, cuando le conocía menos pero era más mío. ¿No puede un pedacito suyo estar sujeto a la parte dentada de la llave, como el tiempo que se congeló sobre el frío del metal cuando las llevaba en el bolsillo y salía del trabajo? ¿No es lógico que nadie se haya atrevido ni vaya a atreverse jamás a abrir la puerta con esa llave? ¿No somos un poquito lo cotidiano, los actos que repetimos día a día como si de una coreografía a cámara superlenta se tratase?


Me veo totalmente incapaz de conservar eternamente a quienes consiguen que se me dilaten las pupilas o que los lugares se vuelvan menos feos. Sin embargo, puedo guardar el acto que lleva implícito la forma y así, cuando doy la vuelta al reloj de arena, sentir que quien me lo pasó sigue delante viendo cómo la arena cae en un chorro no líquido hacia la parte baja, cómo pasan los tres minutos que contabiliza, y solaparme con ella durante 180 segundos para sentir que, de alguna manera, entiendo su rutina. Puedo quedarme con los pasajes subrayados de Diez Negritos, con el mimo, la mirada, la lectura, el segundo. Y es que no es la forma, es el acto. 

jueves, 6 de junio de 2013

manifiesto del que llueve




Caigo en picado desde el filo de mi casa de algodón. Y a mis pies veo que el mar está gris; no hay olas ni barcos que rompan con la armonía del eterno gigante que siempre espera una revolución. Me deslizo entre el aire que, juguetón, me abre paso entre sus cuerdas y me susurra bajito que allí abajo está la vida. Y sobre el mar, justo ahí, donde no hay olas, aterrizaré. Descansaré sin descarrilar sobre las aguas grises que reflejan lo que ocurre en las alturas; y volver, respirar, fluir... 
A mi lado, compañeros se desploman como yo en este viaje que podría llevarnos hacia el mismísimo núcleo de la Tierra o, quizá, hacia el agua. ¿Cómo no ser como ellos? ¿Cómo desafiar las leyes de la física y caer en el océano sin fundirme con gotas que, aunque viven de este ciclo, no tienen nada que ver conmigo? ¿Cómo estirar el tiempo y vivir en él y de él sin transfigurarme en el arquetipo de la gota que se vuelve agua que a su vez se vuelve mar? ¿Cómo no ser parte del todo? 
Así me deslizo, eterna y fría, fruto de la tormenta perfecta. Corro hacia abajo y, aunque no hallo una corriente de aire que me guíe, me abro paso entre el destino. Y es que es deseable caer y descansar sobre el mar aun sabiendo que volveré a ascender a las nubes, y quedarme flotando entre gemelos que no conozco y mirar los peces y jugar con las estrellas de mar. Pero, ¿y desafiar al destino? ¿Y si no quiero aquello que me imponen por ser quien soy, por estar abocada a desprenderme del mismísimo cielo? Quiero y no quiero, y por no desearlo, lo ambiciono. Y aunque pienso, sigo desplomándome y echo una mirada a mi ineludible destino. Me acerco cada vez más, centímetro a centímetro, y el mar sigue siendo gris y yo sigo estando viva. Y entonces, casi sin querer, con ojos de miope veo azoteas y carreteras que se unen y se separan, que parecen las venas de un cuerpo quieto pero lleno de vida. Es aquel océano que desde lo alto me pareció grisáceo; el destino. No hay mar, sólo yo y los edificios. A mis pies hallo historias, y me parece que sobre cada cubículo habitable se alza una nube distinta a la que me sirvió de alojamiento; una nube más traslúcida y tangible.

Cierro los ojos y me solapo con el muro del edificio más alto. Patino por sus ladrillos y ya no sé qué soy; escalo a la inversa y, cada vez que me topo con un cristal, siento frío y veo el origen de esas nubes cotidianas que sólo vemos si aprendemos a mirar. Diviso dolor, angustia y amor; vacío, indecisión y esperanza; partículas que evitan un destino que les fue otorgado nada más ser extraídas del cuerpo caliente que les dio la vida. Me deslizo, lo hago con lentitud, saboreando el momento, acariciando el hormigón. Desconcho la pintura, marco las paredes, dejo mi huella. Y cuando llego al asfalto, cuando la vida se me vuelve horizontal, cuando las corrientes me llevan por las venas de la ciudad, tomo constancia de que esquivé el destino al que me orientó la naturaleza. O quizá me evitó él a mí. O tal vez, sólo tal vez, siempre estuve equivocada. Termino así, sobre la carretera, sin ser una más. Siendo sólo yo.

viernes, 10 de mayo de 2013

de huracanes sin destino

Dejas tu huella en ellos, la prueba clave de tu existencia.

Arrugas sin querer sus apéndices y órganos; doblas las esquinas de sus páginas.

Dejas impresas con rimmel tus huellas dactilares mientras acoges en el devenir infinito de la vida un par de minutos en los que arremolinarte en el despreocupado gesto de dar la vuelta al papel y pasar página.

Subrayas los pasajes o frases o palabras que convirtieron tus ojos en platillos volantes y los vuelves únicos, irrepetibles, tuyos; te solapas con ellos.

Cuando alguien, despreocupado y decente, suyo y de nadie, lleva a las córneas de paseo por las hojas que rozaste con el alma y con los dedos y ve en ellas el reflejo de tu caricia, tu presencia, parte de tu vida, las manchas de maquillaje, las de chocolate, la portada que doblaste sin querer, el amor que desprendía tu lectura, consigue imaginarte agazapada sobre una historia que se abre de piernas.

Y si nace de su lectura alguna idea, alguna esperanza, algún rescoldo de ilusión, un buen sentimiento, y si se le clavan las palabras en el hipotálamo y las guarda bajo llave en los cajones, quedará siempre ahí la huella de su lectura fusionada con la cicatriz de cuando tú, digna, espléndida, completa, enérgica, abstraída, tuya, unilateral, esnifabas las letras para no perderlas jamás.

Y las horas de lectura serán compartidas, dejando en las páginas, las compañeras, la constancia de que ahí estuviste bailando con hipérboles, devorando metáforas, arañando comas, disfrutando historias, esquivando el tiempo sentada en la cama con el mundo sobre las piernas y la vida redoblada en la punta de los dedos.

Quedarás siempre materializada entre los rotos del papel, en la acogedora textura de las partes de una historia, y te irás tejiendo poquito a poco mientras la haces tuya, ya sea con lápiz, bolígrafo o ese pequeño cerco dibujado por la gota de agua que brotó de tus ojos y que nadie reconoce. Sólo el libro.

domingo, 5 de mayo de 2013

gestos que delatan


Tal vez algún día me pillen las palabras en el fondo de la mente y, al haber pasado tiempo, se hayan dado cuenta que las palabras bien dichas pueden causar adicción. Quizá al registrar las palabras como droga se hayan dado cuenta que la más dura del catálogo es la medicina no legal que nace en algún lugar de un cerebro demasiado productivo, recorre el cuerpo en una corriente eléctrica, sube por la garganta y sale de forma cálida, con acento y expresiones propias, con elegancia y expresividad, como un torrente de letras y sílabas que encandila y emociona. Quizá al descubrir que personas inquietas y que no atienden a nada, como yo, como él, como ella, como algunos, se quedan escuchando frases aleatorias como si fuesen niños escuchando Caperucita Roja, se alarmarían. Y entonces, en alguna sala de alguna comisaría de algún lugar que todavía no quiero saber dónde está, yo estaré declarando porque me han pillado un cargamento kilométrico de palabras dobladas con cuidado en una esquina de mi mente cuadrada. Y saldrá en algún periódico local de algún lugar de algún país cuyo nombre no me importa que han pillado a una mujer cuya vida no quiero desvelarme con un alijo de la droga más dura conocida hasta el momento: las palabras escuchadas que brotaron de unos labios que fueron la puerta de salida de las ideas que ya no le cabían. No van a pillarme sólo palabras. Encontrarán en mi cabeza una colección de libros digna de la biblioteca más grande del mundo, un archivo completo, algo de lo que no podrán librarse con facilidad. Y tal vez ese rumor de que los policías consumen lo que requisan sea verdad y en este futuro que no quiero saber de qué va siga ocurriendo, y tal vez esnifen, fumen y se pinchen las letras y aterricen dentro de ellos para no moverse de ahí. Se colocarán con los años que regala y expone sólo en sus palabras, en las pupilas y en el mechón de su pelo; años que se esconden donde nadie los ve pero a los que nadie obligó a ocultarse. Lo hacen por decisión propia, porque las grandes personas no tienen edad ni nacionalidad ni posición social. Las grandes personas son. Simplemente eso. Y no me importará que se chuten mi archivo personal y me lo arranquen  de dentro de las venas con las uñas. Todos los que hemos sido agarrados por una lluvia de palabras bien dichas por la que en un futuro se habrá convertido en nuestro camello sabemos que en este caso robar es compartir. Y las palabras están dentro de nosotros porque no pueden sacarse, porque están pegadas a conciencia por el pegamento de las miles de reproducciones que han tenido en nuestro recuerdo y las miles de cosas aprendidas con las miles de palabras que brotaron de una boca que nadie pensó que escondiese tanta información debajo de la lengua. Las letras mágicas de pólvora y sal consiguieron, nadie sabe cómo, fusionarse con nuestros huesos y músculos y volverse en un suspiro parte de nosotros. Se convirtieron en parte de la configuración del aparato electrónico en el que nos volvemos cada año que pasa; se volvieron nosotros y nosotros nos volvimos ellas, porque así es la vida y así somos. Podemos no recordar el momento, el lugar o las circunstancias en las que los sonidos que le rasparon la garganta invadieron el interior de nuestros oídos y empezaron a bailar con nuestra vida; podemos ignorarlo todo pero recordar siempre el mensaje, lo que quería decir, lo que dijo, lo que no calló. Nosotros, los eternos interlocutores que tal vez en algún momento hayan dejado de oírla pero que siempre la estarán escuchando, sabemos que jamás podrán quitarnos esta adicción a las palabras bien dichas. Y es que a veces una palabra deja huellas imborrables, imposibles de tapar, irreprimibles; a veces las palabras son dolencia y medicina; a veces podemos convertir sin querer una conversación en un libro nunca escrito publicado por la editorial del recuerdo y leído por una sola persona.






(párrafo 2)

sábado, 6 de abril de 2013

círculos concéntricos y poco más


"Olvídalo. La vida no son círculos concéntricos."
No puedo evitar reírme cuando sus palabras resuenan en mi cabeza. Me río como una loca, sola en el sofá con una revista abierta sobre las piernas y la mente cerrada sobre los hombros. Le recuerdo. Su imagen aparece poquito a poco, haciéndose esperar y yo no me impaciento. Primero son sus ojos, negros como el cielo que me espera en el balcón; luego aparece su rostro al completo y vuelvo a reírme. Soy así de simple. Ya sé cuántas pestañas tiene y no tengo por qué seguir contándolas. No me importa recordarle a medias mientras le cuento a mi amigo envuelto en cristal lo que pasó. 
-Fue todo una mierda -le susurro, rascando su etiqueta con la uña del dedo índice. 
Miro el reloj. Son las doce en punto. Ni un minuto más ni uno menos. Le hago una peineta, harta de preguntarle por qué conspira con el mundo para romperme los días y atraer mi mirada justo cuando son las en punto y puede darme por pensar que he perdido otra hora sin hacer nada. Observo la botella. No sé cuándo la compré, pero estoy segura de que lo hice en esa tienda tan fea que está a dos calles. Pensar que viene de ahí me pone el vello de punta, y no precisamente de la emoción. Me imagino al dependiente colocándola en la estantería, preguntándose si la compraría un ejecutivo importante o una mujer con tacones. Premio: una idiota en chanclas; una idiota sin corazón. Supongo que malgastar una bonita noche de primavera sentada en el sofá, botella en mano -o en boca, según el momento-, recordando estupideces es no tener corazón. Por lo menos sé que hacer daño a las personas que quieres es no tenerlo. ¿Y a quién voy a querer más que a mí misma? 
Vuelvo a reírme porque la ocasión lo merece y su imagen no me deja. La tengo tatuada en el cerebro. He intentado arrancarla miles de veces y sólo he conseguido abrirme heridas y rasgar mis cicatrices. Bebo otro sorbo y ya la garganta no me pica; tal vez la tenga quemada de guardarme las palabras. Trago y a la vez intento doblarme, volverme el mínimo y perderme entre la oscuridad de mi propio cabello. Y no lo consigo. Últimamente soy un conjunto de despropósitos pegados con superglue 
-Fue una mierda, y mi hermana siempre me decía que toda la mierda es pasajera. Entonces, ¿por qué yo no avanzo? 
Miro la botella. Me doy cuenta de que estoy esperando su respuesta. Me doy cuenta de que ya la tengo yo, dentro de mí. Y me da igual. Me da igual porque sé que responderme no va a servir de nada; si ya tengo la respuesta y me aporta más bien poco, ¿para qué sacarla a la luz? ¿Para qué darme más motivos para hacerme un ovillo en el sillón y morderme los labios entre tanto autoengaño? Me he convertido en esto. En sábados por la noche en pijama, en botellas que se vacían a la velocidad del tren, en pañuelos manchados de rimmel. Me he convertido en otra persona, en aquélla que siempre odié. Y a fuerza de haberme convertido en ella me doy cuenta que nunca tuve que odiarla; a fuerza de ser alguien que no soy me doy cuenta que ser yo era difícil. Y puede que me dé pereza volver a vivir de la misma forma. Puede que me deje ganar. Al fin y al cabo, mi vida la manejo yo. Me miro las muñecas en busca de algo parecido a un hilo. Y no encuentro nada. Lo que yo decía: no tengo mi un pelo de marioneta.  
La vida no son círculos concéntricos... ¿Cuántas veces habré intentado entender cuál fue el desvarío que le llevó a escupir esas palabras? Ni siquiera fui yo quien se las arrancó. Simplemente las soltó como si llevase muchísimo tiempo guardándoselas debajo de la lengua, y yo le miré con los ojos entrecerrados, esperando disculpas o explicaciones. Pero no las hubo. No hubo nada, sólo su sonrisa de niño malo y la mía de medio lado que se esforzaba en disimular lo que realmente me hizo gracia. ¿La vida no son círculos concéntricos? ¿Nada influye en lo que ocurre? ¿Los episodios vividos van aparte, puedes dejarlos de lado o guardarlos en cualquier cajón para seguir viviendo? En fin. 
No se puede bucear en unos ojos que el recuerdo te regala. No se puede leer una mente que está dentro de la tuya. Así que asumo que se me acabó el tiempo de hacerlo. Se escurrió por mi piel y cayó al suelo como gotas de sangre. Y el tiempo que ya no está me hace pensar en las gafas de buceo emocional que nunca llegué a ponerme. Nunca llegué a satisfacer mi curiosidad y meterme dentro de la mente más profunda de nuestros dos centímetros habituales de distancia. Y no lo hice porque creía que nunca me faltaría tiempo para hacerlo; no lo hice porque pensaba que era preferible descifrar el acertijo poco a poco. Me quedé así, cosiéndome a él, arañando nuestros lazos y pegándome al vacío. Se movió algo dentro de mí. Estoy segura. 
Clavo la mirada en la botella. Llena se veía más bonita. No tenía dibujados estigmas de culpa. La lanzo contra la pared con tanta fuerza que me asusto, y una lluvia de cristales acuna las nebulosas de mis ojos. Oigo como caen al suelo pero no lo escucho; solamente escucho mis propios pensamientos, que en estéreo se repiten con el ímpetu de una tormenta de las que suspenden conciertos. Ojalá pudiera quitarme estos auriculares internos y dejar de oírme un rato, ya que parece que no soy capaz de callarme.    
Me pongo de pie y, joder, me clavo un cristal. No me duele tanto porque ya soy inmune a cualquier tipo de dolor; soy como una armadura viviente que, sin nadie dentro, camina por sí sola; soy algo que está roto y ya no puede volver a romperse, a consumirse, porque no puede ir a peor. O tal vez sólo esté un poquito borracha. Quién sabe. Y es que la vida son círculos concéntricos y yo estoy encerrada en uno.