¿Qué significará el tiempo sin relojes?
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sábado, 28 de enero de 2012

Una de tantas.

Querido Allan:
Que les den. A los prejuicios de mierda y a los cánones. Al "no puedo", al "no voy a intentarlo" y al "no sirvo". A las despedidas y a los supuestos errores que a mí me parecían aciertos, a las limitaciones, a querer y no poder, al pesimismo, a las quejas, a la tristeza, la rabia y la nostalgia, a las ideas impuestas de antemano, a los lunes, a las líneas mal hechas, a todas las cosas que te gustaría borrar pero a la vez gritar con orgullo que las has vivido, a quien ha dicho quererte y no lo hacía, a las malas noticias, a ti, a ellos, a la diferencia entre bueno y malo y a todo lo que te de la gana. Machácalo todo y deshazte de ello. Y que le den también a la vocecita que te dice que es imposible que lo logres.

PD:

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Del diario de Allan.

Querido Diario:
La quiero, de una forma dolorosa pero tan, tan agradable... La quiero, con locura. Siempre ha sido así y lamentablemente, así seguirá.
Y a veces parece que ella siente lo mismo que yo. A veces puedo ver esa mirada que tanto he buscado y extrañado, en ella. Pero otras... Otras veces no la veo y me pierdo, la busco y no soy capaz de encontrarla. Y pienso que tal vez nunca haya estado ahí.
Sé que la solución más fácil sería ''alejarme''. Pero, el problema, es que eso ya lo he hecho y no ha funcionado. La quería con la misma maldita intensidad, y extrañarla es peor que tenerla cerca y sentir ganas de llorar cada vez que coge mi mano.
Es tan doloroso querer así a alguien que te quiere, pero de otra manera...
(A veces me gustaría desaparecer.)
Allan Bonnet.

sábado, 12 de febrero de 2011

23/3/10. Querido Diario:


Hoy ha sido un día complicado.
No pensaba salir de casa hasta que Allan me llamó y me animó a ir a dar una vuelta. Fuimos a donde siempre, pero no fue como siempre. Compramos granizada de café y, hasta ahí, bien. Entonces le miré y vi cosas que -según quiero recordar- nunca había visto en él. Me di cuenta de que, aunque lo niegue, la verdad siempre sale a la luz, y las mentiras y omisiones quedan aplastadas contra ésta. Se sentó al borde del callejón y yo no supe que hacer, porque tenía los ojos llenos de lágrimas.
Finalmente, me senté en el suelo, apoyada en el muro, a algo así de dos metros detrás de él. Se levantó y se sentó a mi lado, y no sé qué pasó pero cuando nuestros labios se rozaron volví a llorar. Lloré durante un rato, como una niña pequeña.
¿Por qué lloraba? Me lo llevo preguntando desde que la primera lágrima comenzó a salir de mis ojos. Y tengo teorías:
a) Miedo. A perderle, al rechazo, a los cambios, a mí misma, a quererle de otro modo.
b) Porque (puede sonar engreído, pero este es mi diario y no lo leerá nadie más) he visto como me mira. Y no sé si yo seré capaz de corresponder algo tan grande.
No puedo entender. Hay cosas que las personas como yo somos incapaces de asimilar, de pensar, incluso. El amor es una de ellas. Por la costumbre a sufrir o a no saber querer. Porque, nuestros corazones son una prisión con paredes rojas.
Alicia Lemoine.

lunes, 13 de diciembre de 2010

... et Lemoine.

-Buenas tardes, señora Lemoine. ¿Está su hija en casa?
La madre de Alicia me miró como si hubiera visto a un fantasma. Había envejecido veinte años en cuatro y parecía más sola que nunca. Alicia me comunicó en una de sus cartas que sus padres estaban en proceso de divorcio.
-Alicia no vive aquí. -se me quedó mirando dubitativa, como si masticara dudas- ¿Eres Allan?
-Sí. Llegué a París hoy y quería... bueno... saludar a Alicia. ¿Podría decirme dónde vive ahora, porfavor?
-Espera un momento.
Entró a la casa y emparejó la puerta. Observé el jardín: Ya no habían columpios ni barbacoa, y prácticamente tampoco habían flores. No parecía ni siquiera un eco del jardín en el que pasé horas tumbado, mirando el cielo. El césped estaba seco en algunas zonas y una montaña de escombros saludaba desde una esquina. Pensé que el jardín había envejecido de la misma forma que la dueña de la casa, veinte años en cuatro.
-Toma. Espero que tengas suerte con ella, chico. Últimamente está más difícil que nunca.
Tomé el papel y le di las gracias. Me disponía a voltearme cuando puso su mano sobre mi hombro.
-Sé que te ha echado de menos.
-Gracias de nuevo, señora Lemoine. Ha sido un placer volver a verla.
Andé por las calles que tanto conocía, con ganas de convertirme en un Spiderman viajero y ascender por las paredes de los gastados edificios. Aún recordaba con una intensidad de cuento como jugaba con las llaves al recorrer estas calles, como hablaba por teléfono o como, simplemente, andaba. Pasé por la vieja heladería y me detuve a, prácticamente, saludar al anciano helado gigante que hacía de portero. Di un rodeo para no pasar por casa y, maleta en mano, llegué al Boulevard Sébastopol. Saqué el pequeño papel que la madre de Alicia me había dado y me adentré en uno de los edificios. El portal olía a amoníaco y a muerte. Subí hasta el segundo piso y me deleité leyendo la placa de la puerta: ''2º F. Alicia Lemoine.'' Toqué la puerta con los nudillos y no se oyó nada. Solté la maleta, que hizo más ruido del que esperaba. Esperé hasta que se oyó el ruido de varios cerrojos. Tres. La puerta se abrió y la mayor de mis sonrisas acudió a mi rostro. Pero se desvaneció de repente. No era ella quien abría la puerta. Era un hombre de unos veinticinco años. Tenía el pelo oscuro, los ojos verdes, sarcásticos, barba de tres días. En ese momento se me antojó el rostro del mismísimo diablo.
-Disculpe... -carraspeé- ¿la señorita Alicia?
-Ha salido. ¿Eres amigo suyo?
Sonreí sarcásticamente, respondiendo a su mirada.
-Sí. Me llamo Allan. Allan Bonnet. ¿Y tú eres...? -Estiré mi nombre deseoso de que me reconociera. De que Alicia le hubiera hablado de mí y se le borrara la sonrisa.
-Yo me llamo Louis. Soy el compañero de piso de Alicia.
-¿Y por qué no está tu nombre en la placa?
-Oh, hemos encargado otra. Acabo de mudarme.
-¿Sabes a dónde ha ido, Louis? -Dejé pasar el hecho de que ese hombre de ojos verdes viviera con ella, y, siendo totalmente optimista, imaginé que sólo era eso, su compañero de piso.
-No lo sé... nunca dice a dónde va cuando está así.
-¿Qué quieres decir con así?
-Pues... estaba triste, ya sabes. Mencionó algo sobre que echaba de menos a alguien que quería mucho y que presentía algo. Pero fue después de estar viendo fotos de... -puso cara de haber recordado algo, puso ojos de miope y adiviné que debía usar gafas- ¿Tú te llamas Allan, has dicho? ¿Allan Bonnet?
Hice un gesto afirmativo con la cabeza y Louis abrió mucho los ojos.
-¿Acabas de... volver de Dublín?
-Sí...
-Oh, mon dieu. Ve a buscarla... No te entretengo más. No sé dónde está, pero tú debes saber a dónde va en estos momentos. Al fin y al cabo -sonrió- la conoces mucho mejor que yo. Suerte.
Cerró la puerta antes de que tuviera tiempo de darme la vuelta. Comenzó a sonar algo de Love Of Lesbian, un grupo español que solía escuchar antes de marcharme.
Debería sentirme aturdido y comenzar a buscar a Alicia en todos los rincones, pero yo ya sabía donde estaba. Había ido al callejón... estaba seguro. Y tan seguro. Ella me dijo que iba a volver sólo en dos casos: Si yo volvía o si se enamoraba. Creería que no lo había cumplido por ir por otras razones, pero lo que ella no sabía es que había cumplido la primera condición. Y que tenía una cita con el destino.
Bajé corriendo las escaleras y no cesé el ritmo hasta salir del bulevar. El callejón quedaba bastante cerca y adiviné que era mejor estirar el momento. Estaba realmente nervioso. Sentía mariposas en el estómago; todo un enjambre de ellas. Entré al viejo edificio abandonado y salté el hueco -en el que iría un ventanal, supongo- que daba a la entrada del callejón. Me destuve antes de doblar la esquina y me di cuenta de que me había olvidado la maleta en algún sitio. Tanto daba. Oí un suspiro y... lo reconocí al instante. El callejón era una especie de mirador olvidado. Era un espacio entre dos edificios, que quedaba alto, y al final había una caída bastante grande. Desde ahí podías ver la ciudad, observarla, imaginar qué estaba pasando. Y, sentada al final, con los pies colgando, estaba ella. Se había cortado el pelo y ahora lo llevaba un poco por debajo de los hombros. Seguía tan perfectamente negro como siempre, tan perfectamente suyo. Llevaba un jersey gris y unos vaqueros oscuros, por lo que podía verse.
Andé lentamente todo el callejón para que no me oyera... Me sentí con casi diecinueve años y los versos al hombro... me sentí perdido como solía estar, en los ojos más azules que he visto nunca. Miré la pared y sonreí. Seguía allí. ''I will follow you forever''.
Me senté, despacito, a su lado. Miré a mi izquierda y vi a una Alicia sorprendida. Pestañeaba mucho y tenía los ojos muy abiertos. Tenía el flequillo como siempre. Los ojos, como siempre. Los labios... como siempre. El rostro, en fin, como siempre. Miré hacia delante y moví los pies.
-No ha cambiado nada... -susurré.
De pronto, Alicia me abrazó, como si acabara de reaccionar. Correspondí el abrazo y noté lágrimas en mi hombro.
-¿Qué pasa, Alicia? ¿No te alegra que haya vuelto? -Mi voz sonó como un suspiro, como una noche de tormenta.
-No seas idiota... yo... oh Dios, Allan, espero que seas tú de verdad, que no me esté volviendo loca... ¿Por qué no me llamaste? Podría... podría haberme puesto otra cosa, y... te habría preparado algo de comer y te habría invitado a casa...
-Entonces... ¿me has echado de menos, de verdad?
-Con cada célula de mi cuerpo, Allan... -me abrazó más fuerte. No pude evitar llorar yo también. Lloramos durante un rato, como idiotas. Como dos idiotas llorando de felicidad por estar juntos de nuevo, por encontrar su hogar de nuevo en los brazos del otro.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Bonnet.

Allan salió del aeropuerto con una sonrisa que parecía pintada en su cara. Ni siquiera se molestó en ponerse el abrigo, estaba demasiado ocupado como para tener frío. Por fin respiraba de nuevo el aire de su ciudad. Por fin vivía en el mismo marco en el que había nacido. Corrió arrastrando las dos maletas, que eran más de la mitad de altas que él. Subió al taxi y no dio la dirección de su casa. Estaba deseando llegar y abrazar a su madre por primera vez en cuatro años, pero había algo que deseaba aún más. Dar una sorpresa. Quería ver a alguien, quería comprobar que estos cuatro años de distancia y penumbra no había dejado rastro en su rostro. Que sus ojos seguían brillando con la misma intensidad.
Ni siquiera podía pestañear. Estaba en París, ¡en París! Su estancia en Dublín ahora no era más que un recuerdo. Las noches de nostalgia, las cartas y la sensación de vacío ahora no eran más que recuerdos no muy felices. Irlanda quedaba ya lejos.
Bajó del taxi y sintió que rozaba el cielo, ahí estaba la casa del color de éste. Subió los tres escalones hasta la puerta lentamente, como si quisiera estirar este momento. En realidad, se sentía nervioso. Tras cuatro años volvería a verle la cara... Se tocó la perilla y sonrió, ya frente la puerta. Bajó un poco y agarró el collar que, colgado de su cuello, destacaba sobre su camiseta oscura. Una chapa de botella.
Estiró la mano y tocó el timbre de Alicia. Por fin estaba en casa.

miércoles, 4 de agosto de 2010

¿Nunca terminarás esa carta?

''Querida Alicia:
Las cosas no van bien.
Desde que recibí tu última carta he caído en un estado de inconformismo que me sorprende. Sabes que no soy así.
Me he dado cuenta de bastantes cosas en estas semanas. Por eso mismo no te he escrito. He estado tan encerrado en mí mismo que me daba miedo lo que pudiera decirte.
Y me sigue dando miedo, pero por ese mismo motivo te escribo.
Teníamos una promesa. Nos contaríamos todas las cosas importantes que nos pasaran. Y siempre contestaríamos a las preguntas del otro.
Esta carta está relacionada con las dos partes de esa promesa, Alicia.
Quiero que me cuentes, para empezar, de quién estás enamorada. No me había atrevido a preguntarlo. Ni siquiera a plantearme de quién se trataba. No quería caer en una espiral de melancolía, simplemente.
También tengo algo que contarte.
Creo, que siento demasiadas cosas a la vez. Y eso no me agrada. Si tuviera que describir mis sentimientos con un color (como solíamos hacer, ¿recuerdas?) sería el blanco.
Concretamente siento demasiadas cosas por una persona cercana a mí. Desde que vine a Dublín no consigo sacarme a esa persona de la cabeza. Sé que es una frase muy típica, pequeña, pero no puedo describirlo de otra manera. Cada vez que respiro, cada vez que me muevo, cada vez que pestañeo, ella está presente. Presente y con bastantes kilómetros de por medio.
No puedo dejar de recordar la última vez que la vi. Me es imposible no recordar el olor que había en el ambiente y su vestido azul cielo.
Creo, que algo crece con tanta fuerza dentro de mi corazón que me oprime el pecho. Lleva creciendo bastante tiempo, pero no me había dado cuenta hasta hace poco.
Alicia, me refiero a que no puedo sacarte de mi cabeza.
Si hubieras mencionado el beso en alguna de tus cartas, creo que habría tenido fuerzas para decirte lo que sentí.
Pequeña, creo que estoy''

Arrugué el papel y lo tiré al otro lado de la habitación. Me tumbé en la cama suspirando y cerré los ojos.
No tenía valor ni siquiera para escribir las palabras exactas y terminar la carta.

miércoles, 21 de julio de 2010

Última noche.

Era una noche de verano, de estas que ponen el vello de punta.
Era la última noche de Allan en París antes de irse a Dublín.
Me había escapado de casa para despedirme de él. Y no me arrepiento de haberlo hecho, aunque me cayeron un par de meses de castigo.
Nos pasamos la noche charlando y con los ojos llenos de lágrimas.
No podía creerme lo que pasaría la mañana siguiente. Allan cogería un avión y se iría. Después, nos olvidaríamos el uno del otro, y...
-Sabes que no te voy a olvidar, ¿verdad?
¿Me había leído la mente?
Le abracé. Ya debía de ser muy tarde. Deseaba que nuestro callejón desplegara su magia y estirara la noche...
-¿Seguirás viniendo al callejón?
-El único motivo por el que volvería sin ti sería por necesitar aclarar mis ideas. Por enamorarme. Sí, sólo pienso volver al callejón por dos motivos: Que vuelvas, o que me enamore.
-Alicia, es hora de irme... el avión sale a las ocho. Son las cuatro y mis padres estarán trinando.
Todo se detuvo. Sabía que este momento iba a llegar, obviamente... pero no esperaba que fuera tan pronto. Comencé a llorar, mojándole el hombro.
-¡No llores! Porfavor. No quiero llevarme ese recuerdo... no quiero verte llorar.
-¿Cómo no voy a llorar? -Levanté la cabeza de su hombro, y al parecer le afectó esa imagen.
-Alicia, te prometo que nunca me olvidaré de ti. Estaremos en contacto. Escríbeme cuando te veas en una situación extrema. Llámame si lo necesitas. Y recuérdame cuando puedas.
-Te quiero...
-Y yo a ti, pequeña, ya lo sabes.
Pasaron varios segundos hasta que yo pude contestar. Seguía llorando. Y él tenía los ojos aguados.
-Te prometo que cuando vuelvas tomaremos granizada de café y vendremos al callejón. Te abrazaré cuando tenga frío y tú me darás tu abrigo. Jugarás con mi pelo y yo me reiré de la cara de embelesado que pones cuando canto bajito. Meteré notas debajo de tu puerta. Iré a tu casa sin avisar y te gritaré desde la calle para que me abras la puerta. Te quitaré los cascos del iPod para que se oiga alto la música que estés oyendo. Te cogeré de la mano sin que te des cuenta. Veremos Alicia En El País de Las Maravillas. Tomaremos helado en la heladería de la esquina, esa que tiene un cuadro que siempre miras. Me agarraré de ti cuando bajemos unas escaleras, para no caerme. Nos tumbaremos en el césped de mi jardín e imaginaremos las formas de las nubes. Me acariciarás la espalda para que me den escalofríos. Es lo que hacemos todos los días. Y nunca me ha parecido tan especial
-Si pudiera quedarme te regalaría mis días para hacer esas cosas...
-¿Todos?
-Y cada uno.
-Que te vaya bien en Dublín...
Dije esas palabras con una resignación increíble. Me hicieron aceptar que se iba.
-Ali... me irá bien si tú me lo deseas.
No sé cómo ni por qué, cerré los ojos, suspiré, y terminamos a dos dedos de distancia. Y sentía como respiraba. Le besé, o me besó, no lo sé exactamente.
Pero ese beso me hizo sentir demasiadas emociones a la vez. Sentí -predije- que mi vida estaría realmente vacía sin Allan. Sentí que si viviera siempre en sus brazos, nunca tendría miedo. Sentí que estábamos hechos el uno para el otro, y que lo habíamos descubierto apenas cuatro horas antes de su marcha. Sentí que mi vida me había empujado a ese lugar. A ese momento.
El beso fue lento y me aceleró el pulso.
Esta escena era exáctamente lo que nunca imaginé. Allan y yo así. Allan apunto de marcharse. Y si eliminamos lo de que se iba, era la escena más bonita que podía haber imaginado.
Y en ese momento me di cuenta de demasiadas cosas. Cosas que ahora mismo no puedo recordar, ya que volverían a salir a la luz.
No sé cuánto duró ese beso, pero incluso si hubiera durado cien años, hubiera sido poco para los dos.
Después, nos quedamos mirándonos a los ojos, sin más, un rato. En sus ojos podía ver miedo endulzado con una pizca de... ¿amor?
-Me tengo que ir ya... -Susurró.
-Llévate esto. -Me quité el collar que llevaba puesto. Era una chapa de botella. Siempre llevaba ese collar, era algo así como mi amuleto.
-Ten tú esto. -Allan siempre llevaba un anillo de plata con una inscripción: ''Sueños rojos y de color café.'' Él solía decir que eso hacía referencia al amor. Cierta vez me dijo que se lo regalaría a alguien realmente especial en su vida. A alguien que quisiera de una forma distinta. Y al recordar esto, me sentí bien.
Me dio el anillo, me miró con los ojos aguados, se dio la vuelta y comenzó a andar. No me pareció mal que no dijera nada más. Con esa mirada me lo dijo todo.
-¡Allan, te quiero! -Grité cuando ya estaba a cuatro o cinco metros de mí. Se giró y pude ver que lloraba.
Ese instante me dolió tanto que se me quedó grabado en la memoria. No dije nada, él tampoco. Siguió andando con las manos en los bolsillos.
Me quedé ahí sentada, sola. Con los labios rojos aún. Con el anillo con la inscripción más extraña que había visto.

viernes, 16 de julio de 2010

Dublín-París. Allan-Alicia.

Allan, estoy desesperada. Siento que estoy al borde de un precipicio, y que podré caerme en cualquier momento.
Te dije que te escribiría en una situación extrema. Te lo prometí. Y aquí estoy, apretando fuerte en lápiz contra el papel y juntando fuerzas para no ponerme a temblar.
Necesito gritar. Con todas mis fuerzas y tan alto que me oigas allá en Dublín. Creo que haré eso después de escribir esta carta.
Allan, solías decir que la vida no es fácil. Que en cada esquina te esperaba una sorpresa, buena o mala. También solías decir que todo pasa por algo. Creo que eso es lo que más me he repetido desde tu marcha. E intento sacar fuerzas de tus palabras, ¿sabes?
No sabes cuánto te necesito ahora... necesito que me abraces y me digas que todo está bien. Volver a sentirme fuerte y útil entre tus brazos. Pero sé que, por mucho que desee eso, sigues en Irlanda.
Y después de todo, Allan, sigo teniendo sueños rojos y de color café. ¿Sabes a qué me refiero, verdad?
Siento que floto y caigo al vacío. Que las estrellas se han apagado y la luna se ha ido de vacaciones. Siento usar una frase hecha, sé que no te agradan, pero me siento como un pez fuera del agua. O tal vez en la pecera equivocada.
Hoy, he ido al callejón. ¿Lo recuerdas? Solíamos ir al callejón cuando teníamos que aclararnos las ideas. Estaba igual que siempre. Seguía ahí nuestra pintada -y promesa-. Por un momento pensé que podía oler la granizada de café. El callejón sigue teniendo ese efecto de verlo todo un poco más fácil. Pero al llegar, no pude evitar llorar. ¿Tienes idea de lo vacío que se ve sin ti sentado en el suelo? ¿Tienes idea de lo silencioso que se oye sin tu voz? Ojalá que no puedas imaginártelo.
Allan, ¿recuerdas que la última vez que fuimos al callejón, te dije cuál sería el único motivo por el que volvería sin ti? Si lo recuerdas, creo que no hace falta explicarte nada más. Pero por si tu memoria no llega a tanto, por si ese momento fue más especial para mí que para ti, te diré el motivo por el que te escribo.
Me he enamorado, Allan.
Me he enamorado y es una sensación tan desesperante que siento que me va a explotar el pecho.
PD: Te extraño.
Alicia Lemoine.


...


¡Alicia! Cuando vi que había recibido una carta tuya, me puse tan contento que tuve que saltar. Pero en cuanto leí el motivo, me preocupé muchísimo. Eso que me cuentas me ha descolocado. No el hecho de que te hayas enamorado, eso es perfectamente normal, y lo sabes. Lo que me descoloca es que te sientas así. Que tu maravillosa sonrisa se esté borrando. ¿Sabes lo que me gustaba esa sonrisa, querida Alicia? Ni te lo imaginas.
Gracias por recordar el escribirme en una situación extrema.
Pero, ¿qué te voy a decir que no te haya dicho antes, pequeña? Incluso el amor más doloroso -y veo que el tuyo te duele muchísimo- tiene su parte bonita. Solamente tendrás que buscarla, Ali. ¿Me prometes que lo harás, verdad? ¿Me prometes que no te derrumbarás, y seguirás con esa sonrisa en la cara?
Alicia, ¿sabes? en realidad me alegra que te hayas enamorado. No por tu sufrimiento, claro. Sino porque haya una persona tan maravillosa en este planeta como para merecerse tu amor.
Que sepas, pequeña, que sí que recuerdo lo que me dijiste del callejón. Recuerdo cosas sobre nosotros que seguramente tú no recuerdes. ¿Por qué? Porque lo especial permanece, con la misma intensidad que se vive. Recuerdo tantas tardes sentados en el suelo del callejón... en algunas tú llorabas. Y yo hacía lo que siempre solía hacer, abrazarte y decirte que todo iba a ir bien. Sí, Alicia, porque haré eso siempre que tú lo necesites. Decirte que todo irá bien. Porque sabes que irá bien, pero sólo necesitas que yo te lo recuerde.
No estés triste, ¿vale? Grita si lo necesitas.
Alicia, cierra los ojos e imagínate que estoy ahí... diciéndote que nada es fácil pero que todo se arreglará. Yo lo hago.
Y ve Alicia En El País de Las Maravillas. Eso te animaba. Solías imaginarte que eras tú la que vivía todas esas aventuras, ¿recuerdas? Y añadías un personaje, a ''un tal Allan'' (al que siempre invitabas a helado de yogur).
Pequeña, por muy difícil que lo veas todo, piensa que en tres o cuatro años, si puedo, estaré contigo allá en París. Es lo que más deseo.
Te quiero más que a nada. Recuérdalo siempre.
Allan Bonnett.