¿Qué significará el tiempo sin relojes?
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domingo, 27 de noviembre de 2016

domingo, 27 de noviembre de 2016

No van a escucharte. Aunque grites, aunque sudes. Nadie oye las secreciones de tu cuerpo. Ni el calor ni la saliva ni la humedad entre las piernas. Déjate. Hay una mancha enorme en el techo, pero déjate. Serás más cómoda si empiezas a hacer como si nada y si empiezas a levantarte por las mañanas y a convertir el dolor en un juego. Si me muevo, si me tuerzo. Si hago así hay una marea de cuchillos en mi barriga. Si hago así pienso en las manos y me duele dentro.

Felicidades: ya no eres una adolescente.

Felicidades: ya no tienes que llevar camisas sueltas para ocultar que tienes tetas. Y que no quieres que te toquen las tetas. Que no quieres dedos sucios por encima de los pezones. Que quieres echarte a llorar y mojarte los rizos con las lágrimas y decir la vida no tiene sentido. Porque felicidades: la vida no tiene sentido. Y no van a escucharte. El ruido de los muelles del colchón. Cuando te giras, trozo de nada. ¿Cómo puede la nada, eh, tener trozos? Trocitos, pedazos, puntas. Como una pared rasposa. Siempre has imaginado la nada como una pared rasposa y siempre has pasado los brazos por la nada hasta hacerte daño. Quieres sangrar, lo sé. Solo para saber. Solo para convertir el dolor en un juego. ¿Vas a dejar de escribir cosas tristes?

¿Vas a dejar de hacer cosas tristes?

Pero déjate. Pero coge los hilos con los dedos y retuércelos. Pero muérdelos. Pero métetelos en la boca. En la boca, en la profunda boca. Tu boca llega hasta la tierra. Tu boca traspasa la tierra y excava y descubre las capas terrestres y es reconocida mundialmente por su servicio a la ciencia y se suicida porque esa vida no le gusta. Tu boca no lo planeaba. En la desgraciada boca. Para que te tragues los hilos. Para que hagas la digestión y los hilos se mueran. Para dejarte. Para dejarme. ¿Qué pinto yo en todo esto?

Es posible que se te caiga el pelo. Posible que sueltes algo por la piel. Nadie escuchará tus secreciones. Nadie las oirá cuando se despeguen de tus brazos y corran por el suelo y hagan una catarata en la ventana de tu cuarto. Por esa ventana no se ve nada. Por esa ventana solo se ve una plaza vacía. La atrocidad, mujer, la atrocidad y el cuerpo cansado.

No me mires. No quiero que me mires nunca más.

Ya no tienes edad para mirarme. Has elegido hacerte mayor (y no matarte al cumplir los quince, y no abandonar la isla y reducirte a un hueso partido por la mitad. Y no perder la identidad. Las gafas. El pelo. El ánimo). Has elegido el tiempo y la lucha contra el miedo y las costuras de la casa. Pudiste haberte quedado ahí. No avanzar más. Dejar que te atravesara como un murmullo, como un grito, como el goteo de tus secreciones y todo eso que no oirán jamás. Pudiste haberte quedado donde no te oían. Donde no te oían.

Y ahora si toses traspasas la pared. Y ahora si hablas no puedes guardar secretos. Y ahora si te ríes todos participan. 

¿Cómo te levantas por las mañanas? ¿Cómo te tragas el café? ¿Cómo representas los papeles que te dieron cuando naciste y que te quitaron cuando naciste y que te dolieron cuando naciste? Aquí no van a escucharte. Allí te espiarán. Sabrán cuándo te mueves y de qué manera lo haces. Sabrán si tu cara es de disgusto o de alegría (pocas veces, lo vaticino). Si finges, si eres real. Es posible que no seas real. Es posible que solo hayas traspasado la realidad cuando mirabas el techo desde la cama y doblabas los dedos de los pies hasta el calambre. Es posible que solo te hayas conocido cuando querías rajarte las piernas.

Muy posible, filo de nada, que tu genialidad esté en tu tristeza.

Pero tú miras con tristeza, y comes con tristeza, y ríes con tristeza. Eres feliz con tristeza. Haces el amor con tristeza. Sientes chispas con tristeza.

Mentira, mentira, mentira.

Querría eliminarla y dispararle en la cara. Desfigurarla. Convertirla en otra idea. Que me acompañara de otra forma o con otro color en la punta de los ojos. Con otra forma de verme. De estirarme. Yo (porque ahora hablo yo, réplica) no estoy triste. Hoy no estoy triste. Hace un par de días me metí en la cama y sentí que me vibraban las piernas. Hace un par de días me dolía el estómago de reírme y vi cómo la habitación se difuminaba con mis estertores. Hace tiempo que sé, réplica, que no me iré de aquí silbando. Que no todo es tan denso y que puedo hacer que no me escuchen.

Que no escuchen mis secreciones.

Porque ya no soy una adolescente.

Y este olor a libro viejo y estas ganas de moverme. Y el recuerdo de la cama. La cama que me cogía como una dentadura. Muerde, muerde, muerde. La narcotización del sueño. Del sueño y de la huida y del escape, porque esa era la única realidad posible. Para mí. Empecé a tener pesadillas y me convertí en un mirlo. Y en la noche.

Soy el cuerpo de la noche. Estoy estrellada hasta los labios. No sé razonar.

Llaman a mi puerta, réplica. De formas que no imaginas. De formas que no cuentas cuando dices que van a oírme y que decidí hacerme mayor. Llaman a mi puerta y dicen tiempo. En las bocas de mis amigos hay siempre sabor a óxido. Y una mota fría, ¿entiendes? Y con esa mota fría rezan por mí y rezan por ellos y les hablan a los árboles. ¿Qué dirán de mí los árboles? ¿Lo mismo que tú? ¿Les habré traicionado cuando salí de la grieta (de la grieta que se forma entre las costillas y los pechos) y me cambié de cara? Traiciono todo lo que toco. Todo lo que toco lo traiciono. Debería haberle dado forma al mundo con las manos, pero me quedé parada en un banco y me fumé tres cigarrillos y se me cayó el fuego a las piernas. Cicatrices: tú.

No me mires. No quiero que me mires nunca más.

Ya no tengo edad para que me mires. Quise cosas de ti, pero ahora. Ahora. No puedo convertir el dolor en un juego. No tolero el dolor. He perdido la capacidad de provocarme dolor. De aguantar mi propio dolor. ¿Cómo te llamas? ¿Vas a decirme alguna vez cómo te llamas?

Adiós. Adiós. Todos pueden oírme. Es mejor que no sepan que hablamos. Es mejor que no lo entiendan. Si lo hacen, réplica, podrían destrozarme. Y me convertiré en palitos de madera antes de que me destrocen. Para que puedan romperme mejor. Para que puedan terminar con lo que intento que no suceda. No tendré que salvarme más si nos escuchan. Y podré tocar la podredumbre de la pared y bajar hasta el sótano y dormir, dormir. Esconderme y esperar. No conozco a nadie que lo haya hecho, pero creo que es porque todos han desaparecido.

Vamos a desaparecer y nadie va a querer agujerear los muros para vernos.

No habrá visitas. No habrá música. Nadie que pague una hora de televisión para verla con nosotras. Si se acaban los libros no traerán otros nuevos. Si se acaba la vida no traerán otra nueva. Nos condenaremos a esta boca inmensa y a este placer discontinuo. ¿Dónde sientes el placer? Yo en ningún lugar. Es solo una idea, ¿entiendes?

Te pondré una tirita. Entonces te irás. No quiero que me mires. No quiero escucharte. No sabrás vivir sin mí, pero

nunca te pedí que nacieras. Ni tú a mí. Ni tú a mí, filo de nada. 
         

sábado, 30 de enero de 2016

conversación


Hace mucho tiempo que no me enfrento a mí misma. Escribir es responderme, muchas veces, pero hay días en que escribir es solo preguntar. Preguntar, preguntar como una loca, preguntas brotándome de los poros y de los ojos y de la boca. Y si hay silencio, si no hay ruido, también pregunto: me pregunto con la sangre y con las vísceras y con los dientes. Me muerdo para preguntarme. Me duelo para preguntarme. En la calle hay diez señoras, un grupo de señoras, que me miran como si estuviese loca: llevo unos pantalones rojos, caídos y tristes, y una camiseta pegada al miedo. ¿De qué tengo miedo, Aida? ¿Qué me asusta? Me asusto. Tengo toda la razón: me asusto. Cuando salto de los ojos hacia el suelo y me estrello. Me estrello, exploto, lleno de mí la calzada y los pies de los que pasan. ¿Paseas apaciblemente, transeúnte? Llévate un pedacito de este cuerpo roto, tocado, deshecho. Llévate un pedacito del fantasma que me escupe dentro, que me hace subir el vapor hasta los ojos. Que me entierra. Aida, no entiendes bien lo que pasa. Aida, has soñado algo horrible.

Sí, es cierto. He soñado que aceptaba las cosas malas. He soñado que había pasado algo distinto porque yo había sido distinta y había cedido, y me había doblado como una vara de hierro. Los clavos torcidos. No: me había quedado recta, lo había dejado estar, no me había hecho curva. Soy la curva. Soy el clavo que tiende a la izquierda, que ya no espera que nadie lo enderece. Lo derecho es el peligro. Lo recto es la muerte. Muerte de mis manos, de mis dedos, muerte de mis ojos llorosos y mis dientes de sonrisa que muerden, muerden el aire y lo hacen y me duelo, Aida, me dueles en el centro del estómago.

¿Qué te pasa? Nada, Aidita. Es la vida. No es nada, pero has soñado algo horrible. Has soñado que decías que sí. ¿No lo entiendes? Que decías que sí. Todos los sueños son una reconstrucción de imágenes que hemos visto. Que hemos construido a partir de fragmentos y trocitos de lo que hemos vivido. Es así, no hay otra vuelta. Has construido un sueño horrible a partir de qué. A partir de todo. Has cogido una imagen vivida (por desgracia, cariño mío) y la has hecho trizas. Y las voces. Agarraste las voces ocultas en tu cráneo, guardadas en el cajón de lo inútil, de lo que no se enseña, de lo que no se toca. Aguja e hilo para el sueño. Has soñado algo tan horrible.

No era horrible. Sí era horrible. No era horrible. No había dolor. Pero era horrible. Coincidimos: era peor. Era peor un sí que un no, era peor porque no tenías derecho a decir que sí y sí tenías derecho a decir que no aunque a todos los efectos aquel no fuera tomado como un sí. Como un no inválido. Como un no injusto. ¿Por qué? ¿Para qué?

Para eso. Solías mirarte al espejo con rabia. Solías mirarte y decirte eres imbécil y decirte no lo cuentes nunca. Después empezaste a tener curiosidad. ¿Quién soy? Aida, ya sabes lo que eres. Aida, no puedes esconderte de mí. De ti. Aunque saques los pedazos con el humo y los veas bailar y fundirse y ser otros y ser tú. Hace mucho tiempo que no te enfrentas a ti misma. No te gusta lo que puedes decirte. Sí te gusta, a la vez, yo lo sé. Te gusta porque vas a dejarlo ir, no te gusta porque no te ves con derecho a perdonar. Esto no es mío. Esto es del mundo. Perdonar significa decir que no importa, y decir que no importa es una falta de respeto para todas las que lloran y se retuercen los pies y se mecen en un campo sin raíces. Lo sabes tan bien, lo entiendes tanto. No te creas: también te duele por ti. Porque solías mirarte con rabia. Porque sabes lo que sentiste cuando pasó y cuando soñaste algo horrible.

¿Cómo puede dolerte todavía? Pues me duele. ¿Cómo puedes sentirlo todavía? Pues lo siento. Encima. Como un bloque de hormigón. Presionando y respirando y haciéndome daño. ¿Cómo quieres que perdone, cómo quieres que perdone lo que sigue ahí? A ti ya te he perdonado, Aida, lo sabes bien y por eso puedes mirarme y darme besos y saber de mí. Si no fuera así, créeme, seríamos dos y viviríamos aisladas y nos caeríamos cada una por su lado en el borde de la acera. Confío en ti. Hace mucho que no nos enfrentamos, pero confío. ¿Cómo puedes confiar? ¿Cómo puedes pensar que? Lo que pasa es que has soñado algo tan horrible.

No se lo contaré a nadie. No importa. Son fragmentos vividos: se quedan en secreto. Eso te pregunto. Si quieres. Si prefieres. Porque es tan horrible. Y no van a entenderlo. No como yo, niña loca. No como yo. Yo sí que te sé. Yo sí que lo sé todo.
 

miércoles, 26 de agosto de 2015

de tu casa y yo


y por qué no hablarte francamente. por qué no decirte que es así, que ir a verte puede hacer que salte por los aires o que me caiga. es la posición, la postura precisa para adoptar dos direcciones diferentes: arriba, el cielo raso, o abajo, el suelo, que a la vez es siempre raso. está claro que los límites de tu casa no van a dejarme ir más allá. pararán mi cuerpo cuando salga disparada hacia donde no decido, hacia donde no quiero ir. como una red para cadáveres desparramados. yo no voy a estar muerta, claro. pero cómo voy a moverme. cómo voy a darle a qué botón. es el destino, ¿lo sabías?, aunque no creo en él ni creo que tenga por qué hacerlo. pero no depende de mí. ni siquiera de tus ojos, de cómo les dé por chocarme encima. de nada, querida mía, de nada. es tu endemoniada casa. voy a entrar por la puerta, voy a mirar los cuadros, las fotos. voy a respirar tu aire y pondré el culo en tus sillas y me beberé tu café y me reiré de tu voz y todo eso es tuyo, no mío, nunca mío. ¿por qué voy a decidir yo hacia dónde me sacude la fuerza, si levito o si me caigo de boca contra una baldosa y me parto todos los dientes, todos, uno a uno? no, yo no tengo ese derecho. así que es por eso. por eso a veces me quedo callada y te sonrío y te digo otro día, mejor otro día porque hoy me duelen los ovarios o porque hoy estoy hasta la grieta de todo. yo, la verdad, soy como un pozo destapado, y me pongo a mirar y veo solo un círculo de luz. y nubes, o azul, o una ponzoña blanca y podrida. así que mi visión del mundo es una cosa circular. limitada. es decir, veo lo que me da la gana, aunque a la vez no: jamás habría elegido un círculo. qué tiene que ver eso con las columnas de tu casa, me dirás. la cosa es, ya que hablamos francamente, que quizá me pare y mire y solo vea una foto colgada, medio torcida, o una barrita de incienso, o una alfombra del ikea. y tú ya no vas a estar. serás solo la figura que camina por ahí todos los días, la deseada figura que recorro en la cabeza, y ya no serás real. solo el círculo y tu casa. o igual no, igual dejo de ver todas las paredes y todo el suelo y el cielo raso y mi sol azul se concentra en las líneas de tu cara. entonces qué, dime. entonces qué pasa. arriba, abajo. no sé hacia dónde me voy a tirar. yo, mi pozo. a veces prefiero tenerte lejos, ¿sabes?, a que me pases los dedos por la nuca. el círculo, es el círculo...

lunes, 6 de julio de 2015

explicación de mí


Qué pasa si no tengo nada prieto, nada, ni siquiera el alma. Qué sucede si mi geometría es absurda, si pienso de lado y siento en zigzag, si muerdo en esquina y no con media luna. Te digo lo que pasa: hay ahí una fila de zapatos, todos preciosos, alineados como en una foto, una foto medida por el fotógrafo hasta el punto de que la curvatura de la liga que desborda es perfecta. Hay ahí una lista de zapatos que representan caras y vidas. Todos son iguales. Como copias. Como recién salidos del horno de Platón, ¿sabes?, pero hay uno en el centro que no sé. Es más alto. Está torcido. La goma está manchada. Y el color, el color rompe con todo. Pasa que el zapato es diferente, y la imagen bizquea. ¿Vemos más allá de la foto? Dime, ¿ves más lejos? Dentro de los zapatos hay pies. Siempre. Pies presentes o pies ausentes (como el número tres que se intuye siempre pegado al siete, el negativo que falta para llegar a la perfección redonda, la esfera cerrada). Ahí estamos: zapatos, pies, sobre cada par se alza un cuerpo bonito y rosado y humano, sobre cada uno, y todos son diferentes, todos tienen sus cosas, son piernas y brazos pero con distinta forma y cicatrices que no puede tener nadie más, nunca. Pero. Pero recorres la imagen hacia abajo y llegas a los zapatos. Entonces te das cuenta: todos los cuerpos son iguales, siguen una estructura ahí arriba, estructura mental, vida medida, y alguien lleva los tenis sucios y torcidos y son rojos y no blancos y qué pasa con ella, qué pasa con ella. Nada, nada, nada, ni el alma. Déjame que te diga algo: tengo las caderas anchas, los pechos grandes, celulitis, sí, sí, las mujeres tenemos celulitis, y soy blanda y suave, y si te da la gana me puedes decir gorda. Te sonrío. Déjame que te diga otra cosa: lloro, me río como una loca, bailo y hago reír, muerdo al besar, respiro y me gusta. Dime idiota. Dime imbécil. Dime lo que te dé la gana, porque, ¿sabes?, ya he aceptado que soy el cuerpo que se alza sobre el zapato sucio, ya me he visto crecer así, y qué pasa si no tengo nada prieto. Ni siquiera el alma. Qué pasa si soy, en realidad, el reflejo de mí misma, fuera y dentro, si la nariz redonda significa que soy un círculo. Del todo. Qué pasa si no me da la gana de seguir al resto. Me gusta ir con gente que tampoco lo haga. Personas libres. Yo soy libre. Y sí, mírame: tengo celulitis y me gusta meterme debajo del agua y abrir la boca. ¡Bah!

domingo, 7 de junio de 2015

utopía perdida



Pero qué voy a hacer yo ahora, dónde me mezco ahora, dónde reposo, dónde reviento, dónde me revuelco hasta que me cruja la vida y me cruja el alma y me cruja este matojo de huesos que soy, estos huesos anchos y altos y tan duros, carajo, tan duros. Qué hago, que alguien me diga qué puedo hacer hoy, en este momento, en este minuto tan de fuera, tan de cosas ácidas y picantes que matan la lengua y la garganta y rompen, rompen, siempre rompen, por qué rompen. Por qué. Para qué. He perdido las cartas, todas las cartas. Todo el montón de cartas que escupí a la utopía utópica de mis sueños, la quimera de cartón que andaba por la calle moviendo el culo, moviendo los tobillos, dando pisadas de golpe duro y sonoro. Como una canción. Como un tap tap tap de vida, de esperanza. Yo le escribía cartas pero nunca se las mandé, nunca salieron de mí, solo eran mías, papeluchos con ratos escritos y olas de mí, solo era yo haciéndome agüita encima de una hoja y escribiendo con la caligrafía más fea, más larga, más picuda de mi vida. Pero qué caos, qué desorden, dónde habré puesto el montón. Dónde estaré esperándome llegar, doblada en esquinitas y temblando porque estoy tan sola, porque no llego y poso el ojo y me releo y me reencuentro, me hallo de nuevo en palabras y vértices gélidos. Y no es solo eso. Qué voy a hacer. No sé de qué ha servido todo, escribirle cartas, escribírmelas, si después no voy a poder abrirlas y ver, ver, ver. Y resentir. Rerespirar. Tantas cosas que le dije tan bajo que ni siquiera las hablé. Tanto silencio roto con las letras salpicadas. Sacas lo peor de mí, decía en una, sacas lo peor de mí pero no me importa. Solo recuerdo fragmentos, y un color, y una inclinación de los dedos, un atranque de pulmones. Pero y las aristas. Y las esquinas. Tengo miedo, tengo miedo, me asusto y no sé qué voy a hacer yo ahora, no sé cómo seguir andando si he perdido todo lo que sentía, si he perdido todo lo que vivía, si los recuerdos son cada vez más imprecisos y se ha diluido la melodía del andar de la quimera. Y la calle no se acuerda. No conservo los pinchazos. No conservo el abrazo de rodillas en la cama, el mirar a la pared y verla blanca pero con un rostro. No hay más, no hay más, he perdido las cartas y me he perdido a mí. No sobrevivo al tiempo. Jamás voy a ser eterna. Pero el reloj, pero los años. Pero pronto voy a acordarme solo de una prenda de ropa, solo de un lugar. Y todo vacío. Y yo vacía. Me diluyo poco a poco, siempre lo siento, soy como un polo que se derrite, y las gotas desaparecen cuando resbalan y llegan al piso. Ya me voy. Ya me marcho. No estaré para recordar una nube de vapor tras la nariz. No estaré para acordarme de una pregunta sin réplica. Pero qué voy a hacer yo ahora. 

domingo, 31 de mayo de 2015

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Qué ganas tontas tengo hoy de acordarme de ti. Hacía mucho tiempo que no te pensaba. Mi vida ahora es otra cosa, ¿sabes? Estoy creciendo. Crezco bien, con cimientos fuertes, y todavía no se me ha ido la pinza. Lo sé, te estás riendo. Estarás pensando que el hecho de celebrar que no me he vuelto loca me delata un poco, ¿no? Puede ser. Pero sí, sigo con la manía de los bordes y esas cosas, el filo de una cuerda floja que en realidad, pues en realidad es solo filo. Ríete de mí, pero, contra todo pronóstico, sé disfrutar de las cosas chicas, y sé sentarme en la azotea y mirar el cielo y sonreír. Antes no, antes era otra cosa. O sí, tal vez sí, pero cuando tú estabas detrás de mí, o delante de mí, o en el fondo de mí, el cielo era como más opaco, como más loco. Loco en el sentido de las cosas revueltas que pierden el color. Como cuando mezclas muchos tonos de pintura y sale marrón. Y así estaba yo, también, si lo piensas. Pero ahora no es así. Aunque hoy me haya parado a pensar en ti, por las avellanas y eso. Mira, mi casa ha cambiado muchísimo, y ya no tengo ni la mitad de cojines para el sofá. Antes tenía un montón, ¿te acuerdas?, y nos revolvíamos encima y tú tenías el pelo castaño y brillante aunque estuviera lleno de gomina, y a pesar de mí. Todo era muy bonito. Pero ya estaba yo con mis cosas de bordes, de barrancos escarpados, de que el vértigo solo es un flojo deseo de caer, y tú no te aguantabas mis tonterías de niña que se cree sola, que se cree improbable, que se cree hueca. Tenía miedo de caerme dentro de mí. Esto se me ha revelado con el tiempo y no te lo reprocho, créeme, no te reprocho nada, pero tú no has estado para entenderlo. No has estado en los ratos de llanto apurado, casi con prisa, para salir después por obligación y encontrarme sentada en un banco solo para retrasar un poco la obligación de hablar con alguien como si no me temblara cada porción de hueso. No has estado en los silencios. ¿Qué habrás estado haciendo? A veces te imaginaba sentado en la barra de un bar, con un gin tonic, que antes no te gustaba pero supongo que ahora sí, riéndote de algo que dice el idiota de al lado. Tú eres muy así. Siempre con tu manía de la risa por compromiso. Pero no has estado cuando me he echado a reír por puro convencimiento, por querer huir un rato de lo que está fuera del instante de apretar bien los ojos y tirar del estómago hasta la misma punta de la boca. No sé, la verdad es que no entiendo por qué hoy me he acordado de ti (sí, por las avellanas y eso). Porque tú no crees en el subsuelo, y te refieres a que tenga la regla diciendo que estoy mala. Porque tú tienes la manía de las ventanas. Porque tú te fuiste y me dejaste aquí sola con mis vértigos y una lágrima guardada siempre en la comisura, siempre siempre siempre ahí trabada con algo, aquí me dejaste con mi nudo eterno de garganta podrida y las avellanas de mierda que me están mirando como diciendo no nos comas, no nos comas. No sé qué estarás haciendo, pero me dejaste sola. Sola como nadie. Pero me da igual, ¿sabes?, no me importa mucho. Porque al fin y al cabo solo necesito el café, y las avellanas, y las ganas de sentarme en la azotea y sonreírle al azul del cielo. Porque, aunque no podrías haberlo imaginado, aunque habrías apostado todo tu dinero a lo contrario, no se me ha ido la pinza. Y estoy creciendo. Y mi vida es otra. Y todos los cojines están en el armario, descomponiéndose y preguntándose entre lloros cuándo vamos a volver a hacer una cama en medio del pasillo. Pues ya les contesto: nunca. Adiós. 

miércoles, 27 de mayo de 2015

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Pero sí. Tengo miedo de levantarme un día y decir ya no te quiero, ya no me apetece verte. Me asusto. Tengo miedo de cambiar la mente de repente. De obligar a la vida a mutar por mí, para mí, y a vivir en un pliegue controlado siempre, configurado siempre por mi cabeza. Mi cabeza o mi centro, no lo sé, o solo la revelación de lo que quiero de verdad. Tengo miedo, sin embargo. Un miedo que me pincha. Que atornilla. Gira el miedo, gira en curvas de muerte inmortal, y una capa de sangre que es agua que es sal me corta, me corta, me dice que me corté. Tengo tanto miedo de mí. Tanto miedo conmigo. Miedo de dinamitarme, de boicotearme, de hacerme la vida imposible desde el núcleo de mi propia capacidad de vivir. Y qué si hay una rotonda en la entrada al pueblo, y qué. Al final, al final yo termino condenándome siempre porque las cosas cambian y yo cambio, y me doy cuenta despacio, desde el filo de mi casa huesuda. Pero no es así. No es así. Soy yo la que hace que todo, todo dé vueltas y se revuelva y cambie de forma. Yo. La obstinación que produce levantarme una mañana y mirar por la ventana y coger aire en lo profundo y decir no, ya no quiero esto, ya no soy igual. No es que la vida me defraude, no es que la vida pierda sentido en un día concreto, es que yo misma siento que ya no pertenezco, que ya no vuelo con la misma cometa a la espalda porque me he soltado y no hay cuerdas, no hay soporte, solo mi cuerpo que cae a través del aire y ríe. Ríe, ríe porque disfruta del momento preciso, exacto de estar cortando en dos, en tres, en cinco el aire, porque disfruta de pulmones llenos y ojos que no ven la realidad. Solo formas distorsionadas por lo veloz. Vivir siempre en la caída, dicen. Siempre como Alicia. Cavando agujeros para poder caer más, más lejos, más abajo. No es el fondo. Es el despliegue. Es la sensación de estar volando cuando lo que pasa, lo que de verdad sucede, es que te vas a despeñar sin remedio contra un suelo escarpado. Soy más barranco escarpado que río de ondas suaves. El fondo soy yo. Soy lo hondo, lo profundo. Cavo para encontrarme. Caigo para encontrarme. Pero estoy. Yo ya estoy. Yo estoy en el fondo de mí cuando descorro la cortina y respiro mucho, respiro más e hiperventilo y creo que puedo volar como los globos. Cuando decido que ya no quiero, que ya no puedo, que ya no hay caso. Y quiero tanto. Quiero tanto, esa es la verdad. Tengo bordes que se distorsionan en un amor intenso a voces, a personas, a pulmones que respiran y ojos que dilatan pupilas por la luz. Quiero todo lo humano y se me hincha el estómago cuando alguien llora, es lo cierto, carajo, es la verdad. Sería capaz de rajarme la pierna para que me duela solo a mí, porque no importa tanto, porque yo sé que puedo soportarlo y quizás otros no puedan, y eso es amor. ¿Es amor? A veces, a veces pues voy en el tranvía y me pongo a observar a los demás, y entonces sé que los quiero. Que me conecto. Porque una mujer baila sola y lo que pasa es que lleva una mochilita con un bebé, y una señora se mira los zapatos y se sujeta a la barra para no caerse, y dos amigas van vestidas de playa y se miran como si la sal fuera la última meta de la vida. Y las quiero a todas, a todas, porque son personas y sienten como yo y la vida es maravillosa, todo vale la pena, la calle da calor y siempre hay alguien esperando para sonreír. Y la sonrisa es más, más, más que un simple levantamiento de comisura. Pero no sé. No sé, no sé, no sé. Al día siguiente me levanto y ya no quiero. Ya no. Porque estoy sola. Porque me dejan sola. Porque reprocho. Porque me vuelvo dura por dentro y ya no siento tanto. Y me da miedo. Me da miedo cuando lo único que noto más allá del calor es un dolor macizo detrás del ojo izquierdo, mi ojo nulo, un ojo que alcanza menos del 90% de visión incluso con las gafas adecuadas. ¿Soy mi ojo? ¿Soy yo mi ojo vago? ¿Y si a veces, aunque tenga delante la lente perfecta, el instante de verdad, el amor condensado y alguien que tiene que importarme hasta que se me tranquen las vías, nos reduzco a mi mirada y a mí a una no-totalidad, una no-capacidad? ¿Y si lo que pasa es que soy un poco nula? No lo sé. Porque a veces en la calle siento calor, y a veces siento desde el centro que lo único que vale la pena en la vida es arrancarle pelos al césped con alguien al lado, alguien que te cuenta cómo se ve el mundo desde sus ojos capaces, alguien que te importa, alguien por quien te rajarías la pierna. A veces sé que quiero tanto, tanto, que intento tocarles a los demás algún punto, un brazo, algo, solo para dejarles entrar todo lo bueno que siento, para eliminar de ellos cualquier negrura y compartir, compartirme, darme. Solo eso. Y me siento global, total, completa. Libre. Pero, ¿sabes lo que pasa? Que cuando cierro el ojo izquierdo y miro solo con el derecho y las gafas, parece que mi visión alcanza un 100%. Que los contornos son nítidos. Aunque mi ojo malo, ojo nulo, siga ahí, encerrado en la jaula-párpado. Y a veces también pienso ya no quiero, ya no siento, prefiero encerrarme a mirar el techo y no ver a nadie. Y no cojo el teléfono. Y no me río. Y digo pues sí, yo hago lo que me da la gana, yo soy así, me da lo mismo. Y lo peor, sinceramente, lo peor es que sí, me da lo mismo. 

viernes, 2 de enero de 2015

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-Como esos audios en vivo, ¿sabes? Justo así. Los graban en conciertos, o en salas, o en bares. Se prepara todo para grabar, los equipos, y para que el sonido sea bueno dentro del recinto. Imagínate que un tío empieza a tocar. Se sienta en un taburete alto, con el micrófono delante, sólo él y una guitarra, y recorre las cuerdas con los dedos, alza la voz, desgrana una canción. El técnico de sonido tiene que regular la voz que sale por los altavoces, al menos la intensidad del sonido. Tiene que equilibrar al vocalista con la guitarra. Todo eso para que el sonido quede bien grabado, para que el audio se escuche y después alguien pueda exprimirse con la repetición cansina de lo que pasó en una sala llena de cabezas. Tal vez el cantante esté un poco pedo. Y eso, en la voz, se nota. Y se repite, se repite, se repite. Una chica se estira en el sillón, introduce los dedos en el elástico de las bragas, escucha el glup, la cadencia de la nota borracha. Al rato se cansa y le da a la flecha que la lleva al pasado, y selecciona un audio de estudio. Y por qué. Porque en el título del archivo le dice que el audio es en vivo, que es imperfecto, que no se abstrae de una realidad normal y crea un clip fuera de la garganta, de los dedos. Que el audio en vivo es más humano. Y eso no mola. Pero en realidad lo que pasa es que en el estudio hay personas que están tocando la guitarra, la batería, cantando a gritos; antes de llegar, el vocalista se tomó dos gin tonics y tiene un puntillo ligero, pequeñito de tambaleo. Y qué. Graban y editan, tiene que escucharse todo con equilibrio, se regulan los niveles, se pulen los ruidos. Y la calidad se dispara porque después, al escuchar, sentimos que la canción existe como algo, un concepto, y que está ahí, rueda con el reproductor. Las etiquetas, dicen. Yo no sé. Pero somos igual de humanos en una sala de conciertos que en un estudio de grabación. Como esos audios en vivo, exactamente como los audios en vivo. Porque tengo una vida de estudio y no me lo creo, en realidad mi vida corre en vivo. En realidad mi vida es más humana y está borracha y nadie tiene fe en ella, le dan a pausa justo cuando empieza, buscan la verdad que se abstrae. De mí, del globo. Eso quieren, la legitimidad que otorga una casa de discos, y no entienden que tal vez al vocalista se le oiga mejor en una sala porque le alimenta el calor de quien escucha, sus ojos cerrados, los labios mordidos, los dos que se besan mientras suena el estribillo. No. No comprenden. Lo bueno está establecido, y dime tú por quién. Porque soy yo quien vive. Y mis juicios, qué coño importan mis juicios. Sólo son susurros grabados en la esquina de un pub. no-megustan-laspuertasquegiran-no. ¿Será que las palabras en vivo se transcriben todas en minúscula? ¿Será que mi vida es más pequeña y resulta que...? Como esos audios en vivo. Como esa gente que aplaude y respira con los acordes. Y molestan. Embrutecen. Hay un botón cuadrado que significa parar. Ése es mi botón. Como el de esos audios en vivo.

viernes, 15 de agosto de 2014

el tiempo sin relojes (número mil, creo)



-Y si yo me fiara del reloj, ¿sabes lo que pasaría? Que me explotaría la cabeza. Que me saldría humo por las orejas y tendría que cambiarme de ropa, porque el calor penetraría en la tela y la dejaría apestando. Si yo me fiara de ese círculo con manecillas sin dedos, si le hiciera caso al tictac o a la distancia entre los números, entonces podría estar en Gran Bretaña. Podría estar en Londres bebiendo y bebiéndome los días, y mi vida podría ser distinta, y yo podría ser otra persona. Y sin embargo, estoy dentro de una isla chica a la que llaman la Isla Grande. A mí el reloj no me dice quién soy ni dónde estoy ni por qué. Y yo quiero saber por qué. Mi vida se basa en las putas ganas de saber por qué. El reloj es inútil, y el sonido del mecanismo es tonto y me da ganas de romper cosas. El tiempo no debería medirse, y tendría que poder estirarse como un chicle o escacharse como cualquier otra cosa. El tiempo debería ser dúctil y laxo y mío, mío, sólo mío. No de un par de agujas o de carteles con números o de los trazos en la pantalla de mi móvil. No quiero fiarme del reloj porque cuando fijo la vista en los números siento que todo lo que tengo alrededor es un decorado, cartones y trazos de brocha gorda, todo de mentira, todo hecho con un presupuesto muy bajo. Los husos horarios no miden la distancia, sólo son creaciones de un tío con bigote y gafas de culo de botella. No hay verdad en la hora, no hay hora en la verdad. Y yo estoy cansada de mentiras, ¿entiendes?, porque vivo en un mundo en el que todas las paredes son falsas y todo es un truco y no hay nada, nada que sea real. Vivo en un mundo en el que todo se tapa, todo se esconde, todo se esquiva. Un mundo de cartón piedra y papel de ése duro, joder, que no sé cómo se llama. Pero ¿sabes lo que pasa?... Que yo vivo y tengo una rutina, y la sociedad me obliga a desbloquear el móvil y mirar la hora, a darme prisa cuando se me hace tarde y a esperar de vez en cuando a que pasen los minutos y los microsegundos. No entiendo por qué no puedo rebelarme contra los relojes. Pero a veces pienso, no sé, que hasta en la revolución hace falta saber qué hora es... ¿Qué significará el tiempo sin relojes?

domingo, 27 de julio de 2014

conmigo




-Yo no sé coser. No tengo ni idea. A veces oigo a la gente hablar de puntadas, de tipos de hilo, de nudos y cosas así, y no sé, me mareo un poco. No me gusta coser, y cuando agarro la aguja siempre tengo miedo a que me cree un hueco en las yemas de los dedos. Porque la aguja no es de piel; es de metal, y además de un metal duro y frío. Y es como si fuese a deslizarse por mis dedos, como si fuese a derrapar por mis huellas dactilares, y así no hay quien cosa, no hay quien arregle ni un mínimo agujero... Y me doy cuenta a veces de que en realidad ese miedo no es nada. Sólo es una excusa. Quiero decir, que te dé miedo una grieta en la piel es una gilipollez. Pero en realidad también es una gilipollez como una casa no saber coser. Porque coser es fácil, y es básico, y dentro de algunos años me hará mucha falta, y yo no voy a saber ni siquiera arreglar un calcetín o subir un vuelto, ¿y entonces qué? Es más fácil no querer coser que no saber hacerlo. Y sin embargo, pues, joder, me da lo mismo. Me da lo mismo, porque a mí no me atraen las agujas ni los hilos, no me atrae arreglar lo roto, sólo el instante de romperlo. Y todos me dicen, eh, Aida, qué pasa, las mujeres tienen dedos buenos para coser, ¿sabes?... ¿Qué coño es eso? Soy una mujer, pero eso no significa nada. Tengo los dedos largos, y tengo pestañas de tía, y en el núcleo de mi centro se halla la llama, la chispa femenina, y no sé tener la cabeza quieta, y sí, sí, sí, yo también lloro mucho cuando tengo la regla, el otro día se me cayó un huevo al suelo de la cocina y me rompí en gotitas saladas, y yo también disfruto del rimmel negro que me mancha los dedos como la tinta de una pluma cada vez que lloro y moqueo, también disfruto de ello, porque sé que estoy sintiendo. Yo también abro la boca cuando me pinto las pestañas. Tengo dedos de mujer, y con ellos hago muchas cosas. Pero coser, ¿por qué? ¿Por qué tengo que saber coser, por qué tengo que disfrutar del frufrú de la tela, del frenazo al clavar la aguja entre los hilos y apuñalar, apuñalar las vestiduras?... No lo entiendo. A veces me cuesta captar las cosas, ya lo sé. Soy un poco corta de eso que vive detrás del flequillo. Sin embargo, sé cuándo me están diciendo una gilipollez. ¿Qué significa, venga, qué cojones es ser mujer? No hay nada. No hay nada que defina lo que somos, sólo una biología obtusa, y a veces ella tampoco acierta. No hay nada que me obligue a ser quien soy, y tampoco a ser quien no soy o ésa que debo ser. Y puedo asegurarte, te lo digo en serio, que yo no tengo dedos buenos para coser. ¿Los ves? Míralos. No significan nada. Lo único que importa es lo que hago con ellos. Por sí solos no són más que huesos, carne y piel. Y si yo no sé coser, entonces mis dedos no sirven para eso. Por mucho que sea mujer, hombre o lo que sea. Todo eso, todo lo que nos dicen, todo es cultura. Todo es una construcción social, la creación de unos papeles que a veces constriñen y joden. Me gusta ser mujer, y es quizás mi única naturaleza, la única forma en la que este ser raro y con manías que soy yo se desarrolle, y sin embargo no me siento orgullosa de serlo porque nacer mujer en realidad no es nada. No hay nada que pueda hacer un hombre que una mujer no pueda hacer, o sentir, y viceversa. Todo depende de lo que lleves dentro. De quien seas. De querer coser o no, no de tener buenos dedos. Y por cierto, que sepas que la tía que debo ser, esa imbécil, me cae como una patada en el culo.

viernes, 11 de julio de 2014

diálogos conmigo


-Y quizás mi problema sea, no sé, que tengo demasiado claro quien soy. Que sé con demasiada certeza qué es lo que me forma, cuáles son mis valores, cuáles son los raíles de mi locomotora. Y la certeza se vuelve roma con el tiempo, porque a veces tengo delante de mí una oportunidad, un buen plan, ¿sabes?, y lo mando a la mierda. Porque yo sé quien soy. Y no me da la gana de que venga alguien a decirme cuáles son mis vértebras. Tengo toda la vida por delante, ya lo sé, no me mires con esa cara. Que no me mires así, coño. Tengo toda la vida por delante, y algún día aprenderé a no ser tan soberbia, y seré capaz de aprender que lo que me corre por las venas sólo es sangre, que lo que me permite hablar sólo es saliva, no algo íntegramente mío... Pero es que yo creo en la igualdad. Y dentro de esa igualdad sólo cabe un mundo en el que todos, absolutamente todos seamos diferentes. Un mundo en el que cada uno sepa quien es, en el que cada uno pueda argumentar las cosas o las mierdas que le forman con concisión. Yo soy igual que tú, y sin embargo, tú y yo somos distintos, porque no vivimos dentro del mismo cuerpo, ni bajo la cúpula del mismo cerebro, ni hemos vivido igual. Que todos seamos iguales requiere que entendamos que tenemos valores diferentes, formas distintas de ver la vida, de tocar el mundo, de saborear el dulce, ácido o amargo de la existencia. Pero yo, no sé, creo que lo tengo demasiado claro, que me he formado una imagen de mí demasiado pronto. Y este mundo, que está vacío y podrido, nunca va a entender eso. Porque nunca entiende nada. Porque no somos iguales, porque la igualdad no es nada, sólo un vicio que tenemos algunos. Y la diferencia, entonces, tampoco existe. ¿Me das un poco de café?... Gracias. Mira. Tú tomas el café fuerte, y yo siempre pido un cortado flojito. Y el problema está en que yo sé que me gustan los cortados flojos y ya está, a la mierda los cortados duros, fuertes, concisos, de café y una manchita de leche. A tomar por el culo. ¿Tú cedes? ¿Tú puedes tomar el café flojo aunque te guste arrugar la nariz en el primer sorbo? Igual sí, yo qué sé, te he visto tomar cafés de todo tipo sin quejarte, sin decirle al camarero que es un gilipollas, o sin dejar que se te vea en la cara que estás lanzando tacos cerebrales... Pero yo tengo demasiado claro quien soy. Demasiado. Y si pruebo cosas nuevas es sólo porque sé que me gusta probarlas. Y en realidad soy muy joven, ¿no? Demasiado, también. En fin, tampoco tengo ni puta idea de por qué tengo que contarte esto ahora, pero con todo eso de que hoy haga fresco, de que la luna esté grande, yo qué sé. Supongo que, a la vez, te estoy explicando que tengo muy claro quien eres tú, quienes son todos. Y por eso me jode tanto, tantísimo que la gente a la que quiero se traicione. Me jode que hagan cosas que ellos mismos, lo que son y su arquitectura no merezcan. Me revienta. Tengo demasiada fe, ésa es la cosa, demasiada fe en los demás, demasiada fe en mí, que a veces me resulto tan inaccesible como todos los que no comparten tripas conmigo, pero me falta fe en el mundo. En este globo inservible con los polos achatados. Y me da por pensar a veces, no sé, así, a bocajarro, que no nos merecemos esta mierda de sitio. Que nosotros sí somos dignos, pero que no vamos a poder hacer nada, que vamos a seguir estancados, ahogándonos en nuestros propios fluidos, porque esto no va a marchar nunca. Porque hay demasiada división, demasiada intransigencia. Porque el mundo también tiene demasiado claro quien es. Y lo hemos ido formando a lo largo de una Historia que no ha sido sino una sucesión de peleas. Y, como se suele decir de coña, hemos creado un monstruo. Un ser que es diferente a nosotros, que difiere de nuestro concepto de vida, y que nos pega, y nos pega, y nos pega, y nos domina, y está siempre por encima de nosotros, de nuestros valores, de eso que somos, de eso de lo que estamos tan seguros. Un ser al que nadie puede arrebatarle nada, porque el orden ya está creado y hay demasiado cemento, demasiado hierro, demasiada burocracia. Y los que están con el sistema son aquéllos que tienen el poder, mira tú qué risa. Son ésos que nos miran en ángulo cenital, como siempre, y, como decía aquel texto, se frotan las manos. Ay, no sé... Nosotros podemos ser lo que nos dé la gana. Ahora y siempre. Podemos llevar dentro lo que queramos, del mismo modo en que podemos mover los dedos, hacer como si bailaran. Y dentro de nosotros podemos cargar estrellas, y chispas, y fuego líquido. Pero ¿y el sistema? ¿Qué pasa con él? ¿Por qué no se mueve, por qué no avanza, por qué no levanta las piernas y se echa a correr de una puta vez? ¿No somos nosotros, el sistema? ¿No se compone de un montón de personas, de un montón de cuerpos con fe, convicciones, con el problema de tener demasiado claro lo que son? No. No, no y no. La estructura es un bicho. Un bicho de mierda. Y nosotros le echamos de comer, y le damos el café como le gusta, siempre como le apetece. Le gusta fuerte, ¿sabes? Duro. El mundo es un poco sádico. Lo hemos hecho así. Porque a él lo hemos hecho nosotros, y romperlo nos haría tambalearnos, nos haría sudar, y escurrirnos como gotas, gotitas... Y sin embargo, ¿no crees que merece la pena? ¿No crees que vale la pena desajustarnos un rato, marearnos y girar como trompos, sólo un poco, para poder ser libres, para poder ser siempre iguales, iguales y distintos, y dejar de echarle de comer al bicho, o de tolerar que otros lo hagan? Yo creo que sí... Pero no sé, joder, no sé cómo hacerlo. Tengo demasiado claro lo que soy, y lo que somos, y ése es mi problema. Y ahora, sólo porque sé que quiero torturarme, me voy a pedir un café como ése. Pero sin leche condensada. Nunca cederé a la leche condensada.

martes, 10 de junio de 2014

ojos



–Oye, ¿sabes?... -dijo ella-, me gustaría tener una visión global, no sé, como un superpoder. Un prisma clavado en la córnea, que se abra y se expanda y lance mis pupilas hacia todos lados. Como un embudo, algo así, que mi ojo se abra un poco más a cada centímetro y tenga en el extremo un tamaño totalmente distinto al de la mierda de agujero por el que estoy condenada a mirar. Y que sea redondo, que me dé la vuelta a la cabeza, y al cuerpo, y a los brazos, y que me deje verlo todo, todo. Que no me corte la mirada. Quiero poder ver más allá de mí y de mi percepción, que mi vista no sea jamás limitada, que nadie pueda acusarme de tener una simple y rácana mirada de sujeto. No saberlo todo, pero sí tener los medios para hacerlo; no me importa no ser capaz de comprender lo que hay a mi alrededor, qué son esas figuritas que traspasan el velo de mis ojos y navegan a través de mis nervios oculares. No me importa. Pero quiero tener la opción, ser capaz de mirar, de traspasar las fronteras, y si algún día, por casualidad, me da por meditar, podré entender tanto, tantísimo como abarquen mis ojos-embudo. Y si no quiero, si no me apetece hacer gimnasia mental, darle cuerda al coco, entonces simplemente puedo buscar la amplia belleza en el sentido más primario.
 
Lo dijo, juro que lo dijo, convencida y todo. Lo dijo. Y justo después me miró y sonrió, y repitió algo sobre la belleza. Y yo pensé, joder, esta tía no comprende que lo dulce de la belleza y de la vida está en no abarcarlo todo, en no tenerlo todo. No entendía que el sujeto siempre parcializa, y que si tienes opción de verlo todo, entonces estás jodidamente ciego...

jueves, 1 de mayo de 2014

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Es que yo estoy un poco torcida, y a veces por la mañana ni siquiera intento peinarme para tratar de remediar el desastre que crea la propia naturaleza de mi cabellera, y dejo que me crezcan las uñas y sólo me las limo cuando ya están irremediablemente feas, y tengo la nariz grande, y el pelo rizado y de varios colores, y a veces pienso demasiado, y escribo de tal forma que al final me acaban doliendo los dedos porque es la única forma de flagelarme un poco, y me importa una puta mierda no tener edad para beber tanta cerveza y para decir tantas palabras feas, y me gusta ver a los demás fumar pero soy incapaz de hacerlo porque cada vez que me llevo el cigarro a los labios siento un tirón en la garganta, y tengo los pies grandes y las orejas pequeñas y trazo todas las mañanas una gruesa línea negra alrededor de las curvas cerradas de mis ojos, y los ojos los tengo gastados ya de leer cada vez que se me abre un oasis en el reloj, y duermo mucho, y madrugo poco, y siempre llego tarde a clase, y tengo una teta más grande que la otra, y tengo un ojo vago, y a veces hablo gritando, y tengo la voz un poco rota, así, como si me saliera de algún punto que se encarama en lo hondo de mi garganta y raspa el habla, y hablo un poco raro, y no sé pronunciar la 'ch', y tengo los dedos gruesos pero largos, y no me sé, y no me conozco, y no me veo, y a veces en vez de intentar decidir espero a que la idea venga sola, a que nazca sola, a que aparezca de repente en el foro de mi puto coco, y soy leal hasta los huesos, y no me lo soy a mí misma, y tengo embutido dentro del cráneo un inefable complejo de culpa que se regenera como la cola de un lagarto, y tengo la barbilla redonda, y los labios finos, y entre mis dientes se abren profundos huecos que llegan hasta donde acaba la garganta, y la línea que define el rostro me la cubre un lunar, y tengo las pestañas en una eterna curva cerrada, y a veces soy una zorra, y otras me paso de buena, y siento a veces que el airecillo de la calle no me entiende, y entonces no me entiende nadie, y ya está, a la mierda, nadie comprende nada, y me siento sola a veces, y de vez en cuando encuentro una baldosa, así, en el suelo, que me refleja desde dentro, que me refleja las tripas y la sangre y las vísceras y un alma en la que siempre me cuesta penar, y en la baldosa también se encarama la figura de alguien más, como si surgiera de su núcleo, y entonces hallo un doble, y llega alguien que también se tuerce un poco, alguien a quien también se le rompe el fondo de la voz en algún punto de la garganta, alguien que sueña despierto y se araña los brazos para cerciorarse de que no tiene por qué mierda estar durmiendo, alguien que también se desliza por el tiempo y no cambia nunca y tiene sueños y siente sin filtros y duerme con dificultad y no sigue cánones y escribe a martillazos y lee a latigazos y se cose a las pestañas las horas que quedan para que el futuro llegue y se lo cargue todo, todo y a todos y explote, alguien que se engancha a la vida, alguien que llora de repente, alguien que ríe de rebote, alguien que jode sin querer, alguien que disfruta de sus propias heridas, alguien que sabe dónde está pero no para qué, alguien como yo, así, que se peine poco el alma, y, no sé, la vida es un poco menos puta...