¿Qué significará el tiempo sin relojes?
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domingo, 8 de mayo de 2016

sin título

Yo ya te conocía antes de ti, aunque no lo admitas. Ya te había respirado, y una tarde en que me echaron el tarot medio en broma (tengo amigos tan irreverentes, comprendes) apareciste: vas a pasar una época oscura y vas a tener un amor a medias. Sé que nunca te lo he contado y que te va a extrañar ese silencio dentro de mi ruido existencial. Lo sé. Pero cómo iba a decirte que habías aparecido entre la oscuridad de mi cuarto, que te habías colado por las rendijas de una ventana casi descuartizada y me habías cogido por las piernas, por la cintura, casi sin tocarme. A medias, rozándome con la mitad de la mano. No te lo vas a creer: dicen que esa baraja está maldita. Mis amigos la compraron en una tienda de segunda mano. Siempre me han dado cierto reparo las cosas compradas en tiendas de segunda mano (menos los libros, ya sabes), pero aquellas cartas, pero esos dibujos. Dalí. Cuando se desplegó la mía ya sabía que decía la verdad: oscuridad, mitades. Pensé en ti, te lo juro. Pensé en ti aunque no supiera que eras tú, pero de pronto una habitación oscura y un cuerpo delgado, un pelo largo sobre la playa de una cama hecha. Sábanas blancas. Te escondías entre tus manos y saltabas hacia mí como un pájaro. Lo supe: la clave.

Tú eres la clave, la contraseña que hace funcionar todo esto, la mancha que me explica y me rehace. Desde tus ojos me miro, tópico insoportable de las cosas a medias. Aunque pienses que soy quizá más alegre o que me duele menos el cuello. Ya te conocía, muchachita. Estabas dentro de mí y me esperabas (mis tripas un tarot, mi sangre el filo de la baraja). Porque yo. Porque tú. Te lo cuento: yo estoy del lado de las cosas que no funcionan, del terco lado de las cosas que no sirven para nada, solo para pensar y respirar y mirar a lo lejos. Estoy del lado de las habitaciones vacías. De una soledad tan crispada, comprendes, tan crispada como cualquier otra cosa que tampoco sepa nombrar. Y a veces no me comprendo. Toda la vida sin poder comprenderme. Toda la vida peleándome conmigo por las mañanas, como si me peinara, como si alisara un cabello rebelde (también lo tengo) para que parezca normal. Todas las podridas mañanas mirándome y diciéndome adáptate, destrózate, cállate. Y las cartas: algo a medias. Tú, de pronto, un rayo. Porque no puedo tenerte del todo, ni he podido ni podré nunca, y no hablo de tenerte como algo material (claro que no), sino de alcanzarte, comprenderte, poder esbozar un pueril mapa de tu ciudad en ruinas. Claro que lo sé. Tengo a mis propios Díaz Grey y Elena Sala bailando en una Santa María reinventada, los tengo y son diferentes y los dos tienen curvas parecidas. Hacen lo que yo no puedo. A medias. Oscura. ¿Estaba maldito el tarot, están malditas todas las barajas, yo estoy maldita? ¿Yo me estoy pudriendo? ¿Me escuchas? ¿Entiendes que ya te conocía, que te he conocido siempre, que me dejaría arrastrar por ti hasta el mismísimo fondo de todo?

Hélène: ¿qué te pasa? Tú eres las habitaciones vacías y el susurro, las pieles y las gotas, las islas y las aceras. Niña triste, broken beauty, vieja amiga. La diferencia es que yo estoy así de rota, me han roto y tengo una cicatriz que me puebla y un cortar por aquí, pero tú naciste rota, tú eras disfuncional desde el vientre y tu primer llanto fue una declaración de intenciones. El mío no lo sé, aunque es cierto que soy de gelatina hasta la médula y tiemblo con cualquier cosa. Mi ciudad, eres el pasadizo secreto de mi ciudad, el recoveco que me encuentro casualmente y que me lleva hasta el centro, hasta los sofás descascarillados en el corazón de mi ciudad. Y a través de ti me he sentado y he fumado y he leído los libros que solo se imprimieron para esas estanterías. A través de ti, clave de mis costillas, he encontrado el hueco vacío en el que dormir o esperar o masturbarme sin que nadie me mire, sin que nadie me juzgue. Pero allí estoy sola, a veces estás conmigo y es solo un engaño, en realidad tus ojos miran hacia otras paredes y cuando te enseño las heridas no las estás viendo. Una época oscura, comprendes, porque allí no hay lámparas, porque no las he llevado, porque tú no traes luz. Es tarea mía encontrar cómo prender las bombillas. Es mi papel, soy yo, tú eres el pasadizo pero la ciudad es mía, reino sobre ella como una gallina sobre sus plumas, me hundo en ella como las gotas en el agua. Hélène, eres sumamente Hélène.

Ya te conocía antes de que fueras una desconocida. Antes de que existieras para mí. Antes de esas preguntas, para qué sirve el Arte, cuál es la utilidad del Arte. La clave de todo, ¿sabes?, la clave de ti y de mí. Servimos para lo mismo. Para abrir canales. Para saltar precipicios. Para romper ideas. El problema, supongo, es que yo soy infinitamente buena para ti y puedo salvarte, y tú eres para mí como la invitación a un pozo en el que puedo ahogarme, en el que deseo ahogarme, en el que jamás debería ahogarme. Puedes acabar conmigo, lo sé. Y por muchas cosas, muchísimas cosas, me he destruido a mí misma para volver a hacerme, para arrancarme las cosas superficiales y encontrar mi centro, encontrarme, dejar de decirme cállate y suplicarme que hable, que chille, que muerda, que cante lo peor que se me ocurra y que pinte los muros con sangre porque estoy obligada a vivir, y a andar, y a menstruar, y a ser cosas que otros me adjudiquen o que yo misma me obligue a ser. No me obligo, escucha: desde esta habitación me he convencido de que no hay vías malas, de que es justo escupir toda la ansiedad y respirar tranquila, de que no tengo la culpa de nada y la vida, verás, la vida es solo una baraja, amigos irreverentes, la muerte que se aproxima como una tormenta. Tú estás tan triste, tú haces tanta justicia a esa imagen de la habitación a oscuras y solo una voz, estar tumbadas, mirar el techo, hacer el amor sin ceremonia y destruirnos despacio, Hélène.

Y verás, broken beauty: tu cuerpo delgado me llega como lo que yo nunca seré, como una invitación a mí misma desde lo ajeno. Lo ajeno que a la vez me atrae indiscriminadamente, cruelmente, que dice tanto de mí como las antenas de los edificios de mi ciudad. No eres mi ciudad, pero eres los carteles que recorren los muros y la lluvia que cae de vez en cuando, siempre bajo el aviso de unas nubes horrorosas, oscuras, a medias. Si tuviera que decirte algo sería que las cosas que nos gustan también nos definen, y que a ti te gustaban mis nudos, mis problemas emocionales y mis calles llenas, pero siempre he sido demasiado buena para ti como para que puedas quererme. Sí, Hélène, te he bautizado así porque puedo permitirme el lujo de sentirme como Juan, como Nicole, como Celia, de temerte y a la vez querer acercarme a ti hasta estar dentro de tu espacio. De temerte, tenerte pánico porque puedes hacer que me hunda, que me cierre, que me derrumbe. No ibas unida, comprende, a la etapa oscura que me vaticinaba un tarot maldito, pero sí que formabas parte de ella y eras quizás el campo determinante, lo que me hacía falta para dejar de atarme y de deberles cosas a los demás, para dejar de obligarme a no ser lo que soy. Y ya te conocía, claro que te conocía, Elena Sala, Díaz Grey, todas las cosas, el borde de un ojo, los párpados cerrados, un cuerpo, humedades, la prohibición de decirte lo que eras después de un orgasmo porque entonces, porque quizá, pero yo nunca te mentí, ni siquiera entonces, ni siquiera cuando no sabía. 

jueves, 25 de febrero de 2016

carta a jc

De nuevo te escribo, de nuevo me arranco las tripas y las esparzo sobre este papel quemado. ¿Las ves, ves cómo se tuercen y lo llenan todo de sangre? Porque yo soy sangre. Hay días en que no lo noto. Otros, sin embargo, sangro. Por la boca. Por los ojos. Por la vagina. Estoy llena de cosas, y a veces las cosas se salen de mí porque ya no quieren estar conmigo o porque quieren que me vea, ¿comprendes?, que vea que no soy solo esta piel que me cubre cruelmente y me aleja de. Tengo ganas de cortarme el pelo al cero y raparme las cejas y arrancarme las pestañas. La piel a jirones, Julio, como quitar un pellejo de los labios y acabar llevándote a cambio un trozo enorme, inmenso. Una vez, cuando iba al colegio, mi vecino me contó que se había quitado un trozo de piel del dedo y había acabado arrastrándola toda y había tirado una copia (transparente) de su cuerpo a la basura. Me pareció una historia fascinante, me la creí y quise rebuscar en el contenedor para ver si era cierto. No me hizo falta: esas cosas, amigo mío, son ciertas de algún modo. Como es cierto el humo de los cigarrillos de Rayuela, como es cierto el cuerpo anudado de la Maga y la locura de Horacio, la locura, la insana y brillante locura de Oliveira después de enderezar todos*los*clavos.

Y la locura, Julio. ¿Yo estoy loca? Es decir, ¿yo tengo dentro lo que tenía Horacio, lo que le condujo a un hospital y la ventana y encontrar a la Maga en todas las esquinas? Algo que se lleva dentro. Todo lo que somos es consecuencia de lo que somos, a su vez, en el centro, en el fondo de todos los fondos. No es ningún pozo. Es el estómago. Dime: ¿me va a tocar pintar enanitos como Nicole, desenterrar los colores ancentrales de los enanitos y acabar con un diccionario ilustrado, o voy a desear que Marrast me arranque la piel sobre la mesa? ¿Voy a amar a Hélène, no es cierto que ya he amado a Hélène, que todos tenemos una Hélène y no tanto una Maga porque yo soy, en realidad, la Maga? Bisbis bisbis. ¿Celia? No soy tan tonta. ¿Horacio? ¿Puedo volverme loca? ¿No es cierto que ya me he caído, que tenía un límite y lo he pasado y me he visto mejor fuera, mejor en el fondo de la zanja? Porque en el fondo, querido, había un camino. Y por ese camino se llegaba al mundo. Mi madre me lo dijo una vez: y qué pasa si rompes tus propios límites. Y qué pasa, mi niña, si tú vas cambiando con la vida. Y qué pasa, mi niña, si la piedra es de piedra y tú eres de carne.

Algún día veré cómo se acaban las cosas. Desde el borde de algo. Y saltaré. Sin tablas entre ventanas (inestables, falsos puentes), sin colchones. Saltaré y me caeré en lo que haya, un vuelo arriesgado, un vuelco a las cosas. No sé lo que pasará, y además soy consciente de que no lo voy a encontrar en las páginas de ningún libro. Aunque los libros sean mi vida, aunque sean mi casa y mi estrella. Todos*los*clavos. ¿Cuál es la utilidad de enderezarlos, eh? ¿Qué pasa, eh? Quiero vivir, ¿sabes? Verlo todo, sentirlo todo, serlo todo. Encontrar la grandeza y la pequeñez de todas las cosas. Hay días en que no tengo fuerzas (cuando no se me ve la sangre, o cuando se me ve, no estoy del todo segura), pero a veces, a veces me ahogo por dentro porque tengo demasiadas cosas. Me podría ahogar, podría naufragar en un vaso de agua. Pero lo bueno, Julito, es que también podría nadarlo.

Decido. Decido. Decido.

¿Enderezo los clavos o los tuerzo? ¿Sangro o me recojo?

Las tripas, Julio, están aquí, sobre este papel ausente. El estómago es la vida. Los ovarios son la vida. El útero es la vida y yo soy la vida. La vida es la Maga que se contempla en el espejo y se recoge los pechos con las manos. Su cuerpo desnudo, querido Horacio, querido Julio, eso es la vida, y mi vecino arrancándose toda la piel del cuerpo. Vivo en los libros y los libros existen, y la Maga existe, y existe Hélène, mi Hélène querida que ha sido otra Hélène y que existirá siempre (porque su sombra es más densa que las demás, y más fría). Qué cruel esta piel que me cubre y no me deja enseñar lo que tengo. Qué ganas de morderla. ¿Para eso sirve la desnudez? ¿Para estar más cerca, más cerca, siempre con una barrera finísima pero más*cerca*que*nunca?

Necesito leer. Necesito encerrarme en las palabras. Necesito existir. Necesito sangrar. Necesito escribirte.
 

sábado, 10 de octubre de 2015

sin título (para qué)


"I'll always remember you like a child, girl"
Wild World - Cat Stevens



Mira: yo sé todas tus cosas. Tu cuerpo y tu estrella y tus labios de rojo rojizo. Sé tus calles, las dobleces y los atajos. Los huecos más asquerosos y dónde se llora mejor. Y no aguantarías descubrir cuántas cartas te he escrito. Esta es la última, te lo prometo, y voy a cumplirlo porque tengo los ojos llenos de legañas y el pijama pegado al miedo. Hoy quiero estirar tu boca y tejerme el mapa. Andar los callejones de ti con todos mis pies. De verdad, con todos. Siempre he sabido dónde tienes las costuras. Te he remendado dos veces, tres, cinco. Tantas de mis manos pinchándote y haciendo cruces con el hilo. Lo siento, mujer-avión, pero ya no. Ya no te persigo. Te estoy subiendo a ese vuelo que te lleva tan lejos. Y estoy fría y estoy despierta, y tengo una bola de ti en la garganta. Pero hablo sin parar y vomito ruido y nadie me dice cállate, nadie me trae a casa, nadie me da los besos de tus besos de puzzle de besar.

Te vas a ir. Yo me quedo con la huella de tus piernas, de tus manos, de tu pelo. De tus brazos largos. Sé que me has mirado siempre como se mira a lo más pequeño. Lo más chico pero lo más importante. Como un grano de arena que salva de la muerte. No te echo de menos, niña. No te busco entre los parques. Tampoco lloro. Te tengo a veces entre notas, y es una cosa cálida, pero ya no te veo tocar con los dedos y esas uñas tan jodidamente largas. Siempre vienes como eras antes de ti, antes de mí, de mi traje a rayas y mi sonrisa feliz. Como cuando todo era más triste y el dolor estaba más cerca. Lo que eres ahora (lo que no se me aparece, a lo que no escribo esta carta) no me sirve. No me calza, ¿entiendes? Y me hace daño, me aprieta en los pies. Y creo que es justo, chiquilla, irte por tu lado y no por el del zapato. Qué egoísta, qué egoísmo tan guarro, Aidita, dirás. Ya lo sé. También sé todas mis cosas.

Pero créeme, siempre me voy a acordar de ti. De ti en aquellos días. De tu forma de andar y tu miedo a pocas cosas. De la versión de ti que conozco, que sigo conociendo, que me despierta y me hace estar aquí, aquí sola y hueca y lejos del salvador vaso de agua. Niña, mi niña, entiéndeme: no tienes derecho a hacerme tragar tus horas de vuelo, tu casa nueva, tu vajilla de estudiante lejana. Yo tampoco puedo hacerlo. No me quieres con mis libros de segunda mano y mi cafeinomanía y mis juegos metafísicos. Sí con mis uñas pintadas de negro galáctico. Así que déjame, mujer. Déjame durmiendo en el filo de tus calles. Dando vueltas como un trompo. Ahora, justo ahora, todo lo que fui vive contigo. Y lo que tú eras (tu risa, el camino de tus dedos, los besos tristes) está aquí. Me despierta para que lo acurruque y le cuente cuentos y le deje vivir una vida y no una tristeza de marcha. Seguimos juntas, chiquilla, y eso es el siempre. Pero no te escribo más. Ni te llamo. Se acabó, y te quiero más así. 

miércoles, 26 de agosto de 2015

de tu casa y yo


y por qué no hablarte francamente. por qué no decirte que es así, que ir a verte puede hacer que salte por los aires o que me caiga. es la posición, la postura precisa para adoptar dos direcciones diferentes: arriba, el cielo raso, o abajo, el suelo, que a la vez es siempre raso. está claro que los límites de tu casa no van a dejarme ir más allá. pararán mi cuerpo cuando salga disparada hacia donde no decido, hacia donde no quiero ir. como una red para cadáveres desparramados. yo no voy a estar muerta, claro. pero cómo voy a moverme. cómo voy a darle a qué botón. es el destino, ¿lo sabías?, aunque no creo en él ni creo que tenga por qué hacerlo. pero no depende de mí. ni siquiera de tus ojos, de cómo les dé por chocarme encima. de nada, querida mía, de nada. es tu endemoniada casa. voy a entrar por la puerta, voy a mirar los cuadros, las fotos. voy a respirar tu aire y pondré el culo en tus sillas y me beberé tu café y me reiré de tu voz y todo eso es tuyo, no mío, nunca mío. ¿por qué voy a decidir yo hacia dónde me sacude la fuerza, si levito o si me caigo de boca contra una baldosa y me parto todos los dientes, todos, uno a uno? no, yo no tengo ese derecho. así que es por eso. por eso a veces me quedo callada y te sonrío y te digo otro día, mejor otro día porque hoy me duelen los ovarios o porque hoy estoy hasta la grieta de todo. yo, la verdad, soy como un pozo destapado, y me pongo a mirar y veo solo un círculo de luz. y nubes, o azul, o una ponzoña blanca y podrida. así que mi visión del mundo es una cosa circular. limitada. es decir, veo lo que me da la gana, aunque a la vez no: jamás habría elegido un círculo. qué tiene que ver eso con las columnas de tu casa, me dirás. la cosa es, ya que hablamos francamente, que quizá me pare y mire y solo vea una foto colgada, medio torcida, o una barrita de incienso, o una alfombra del ikea. y tú ya no vas a estar. serás solo la figura que camina por ahí todos los días, la deseada figura que recorro en la cabeza, y ya no serás real. solo el círculo y tu casa. o igual no, igual dejo de ver todas las paredes y todo el suelo y el cielo raso y mi sol azul se concentra en las líneas de tu cara. entonces qué, dime. entonces qué pasa. arriba, abajo. no sé hacia dónde me voy a tirar. yo, mi pozo. a veces prefiero tenerte lejos, ¿sabes?, a que me pases los dedos por la nuca. el círculo, es el círculo...

martes, 18 de agosto de 2015

nota


hola mamá. he engordado 700 gramos. ya no me duelen los hombros, pero tengo un pinchazo imposible en la cabeza. lo único que me lo cura es janis joplin. me acompaña al baño y a la cocina y al dormitorio. es una diosa, con esa voz de cosa rota y esa nariz. ayer se me cayó el jarrón de la abuela al suelo y se desperdigó por todo el salón. todavía no lo he recogido. las flores sí, las flores estaban secas y creo que necesitaban carse (te he dicho miles de veces que no me gustan las flores cortadas). la gravedad, mamá. me preocupan esos 700 gramos. la tierra me atrae. pero debería ser al revés: adelgazar, reducirme hasta el hueso, pegarme la piel al músculo y después ya no ser. pero no. más carne, más vida, más cosas que arrastrar con mi fantasma. más asida al suelo y los jarrones rotos y las cosas que. janis, mamá, janis. toso mucho. toso y me raspo por dentro. no estoy triste, no te preocupes, pero ojalá lo estuviera. abrazos. 


lunes, 10 de agosto de 2015

por alejandra pizarnik


Pero somos culpables de vivir en un mundo que no supo amparar a Alejandra. Se suicidó a los 36 años, después de haber intentado muchas veces llegar a lo más profundo: pastillas, una clínica, las perras palabras que ya no abrían huecos sino que. Qué tiene el poeta, qué, que se refugia en sí mismo. Qué tuvo Alejandra que prefirió dejar de respirar (con ese asma, ya lo sabes, con ese asma que recordaba al ahogo) antes que conectarse con lo de fuera de la ventana del negro hospital. Llegaban cartas, salían papeles. Todos anunciaban que se estaba cayendo, y Alejandra veía las lilas que se deshojaban, cada día se acercaba más el pétalo a la sombra. Comprendió que la caída era ella. Escribió sobre los bordes del silencio de las cosas. Vio en todo lo callado una presencia, y seguramente la presencia no sería más que ella, ella o alguien que había cerrado la boca en torno a sí y no había entendido nunca la materia de los pájaros. Atropelladamente escribía. Los libros y les cahiers esparcidos por el suelo. Las cartas de Julio, de Silvine, a León. Con todos ellos intentó compartir el fantasma, pero el fantasma seguía empeñado en quedarse entre las venas de Alejandra. Y una colilla podía contagiar la tristeza. Cualquier cosa, cualquiera, en esos días de grises templados y de cabeza convertida en pinza. El miedo, Alejandra, el miedo insoportable de las jaulas o tal vez del no saber qué hacer fuera de las jaulas. Se suicidó muy joven, pero ya había vivido. Ya se había contagiado de la sombra. De la sombra opaca que crecía dentro como un poema sin palabras. La muerte de Alejandra no estaba en un bordillo, en un cáncer, en un difuminarse. Ella era su muerte. Se llevaba dentro como si cargara un feto. Maduraba el morirse cada día, copiaba la longitud de su estirón. Yo soy mi muerte, quizá la frase que le dio más miedo y sin embargo la que gritan todos los ríos. No nos merecemos este mundo, este cielo en la noche hueca, sin Alejandra. Bichito. No podemos pretender vivir felices sin pensar en su agonía apagada, en un cuerpo herido por las palabras que giraban en la boca. Dónde está Alejandra, adónde huyó. En el lenguaje, tras los pliegues, vive Sombra: nos acecha, nos recuerda lo culpables que somos por haber dejado brotar un dolor metálico a la totalidad. El poema de la muerte más dulce está escrito en el cuerpo despojado de su boca. Ciego mis ojos por mi culpa. Ciego mi cuello y yo también insisto en abrazar al mundo.

lunes, 6 de julio de 2015

cuando dejaste de leerme


¿Te imaginas que vuelvas a leerme? Con esos ojos que cambian de color, y un lunar agarrado por siempre a la media luna del rostro. Los dedos largos, duros, haciendo ruido sobre el teclado. Y la boca. Un poco de barba y tú. Los dientes separados, la lengua fría, el beso escondido siempre ahí. Muerdes porque me lees. Te acuerdas de mí. Las noches, los chistes. Yo. Y no piensas, no piensas que sea así, que estés impreso levemente en el bordes de las palabras. Entre líneas. No estás, es cierto. Pero ¿te imaginas que vuelvas a leerme, y que aparezcas ahora, plaf, encima de esto, de esto, hoy para ti? Como antes. Como siempre. Como cuando te ponías una corbata negra sin venir al caso. Piénsalo. 

(Te puedo escribir, sin embargo, con toda esta libertad, porque ya no me lees. Porque los ojos se quedaron anclados a un marrón barroso, los dedos se torcieron, ya no hay música en objetos sordos. El beso salió disparado a la pared. Y no muerdes, ya no muerdes nada, solo bebes una y otra vez y te has metido en ese mundo de noche y mañanas que no están. Lo sé. Claro que lo sé. Ahora no piensas más en mí. Ya no estoy, no estamos: nos hemos hecho nudos de aire, nadie nos ve, no nos vemos, volamos lejos. Parecemos iguales. La sucesión lógica de las cosas. Tú así, bebiendo. Yo así, bebiendo. Cosas distintas. Todos los espasmos de risa que salían de mí se borraron del cuerpo. Ya no los recuerdo. Y las veces que lloré me parecen tontas. Te pasa lo mismo. Y te escribo. Para que no me leas. Porque a veces, cuando nadie entiende nada, cuando nada se cae de intenso, cuando mi beso se vuelve a esconder, yo sí que me acuerdo de ti, y soy una cabrona)

domingo, 31 de mayo de 2015

44321



Qué ganas tontas tengo hoy de acordarme de ti. Hacía mucho tiempo que no te pensaba. Mi vida ahora es otra cosa, ¿sabes? Estoy creciendo. Crezco bien, con cimientos fuertes, y todavía no se me ha ido la pinza. Lo sé, te estás riendo. Estarás pensando que el hecho de celebrar que no me he vuelto loca me delata un poco, ¿no? Puede ser. Pero sí, sigo con la manía de los bordes y esas cosas, el filo de una cuerda floja que en realidad, pues en realidad es solo filo. Ríete de mí, pero, contra todo pronóstico, sé disfrutar de las cosas chicas, y sé sentarme en la azotea y mirar el cielo y sonreír. Antes no, antes era otra cosa. O sí, tal vez sí, pero cuando tú estabas detrás de mí, o delante de mí, o en el fondo de mí, el cielo era como más opaco, como más loco. Loco en el sentido de las cosas revueltas que pierden el color. Como cuando mezclas muchos tonos de pintura y sale marrón. Y así estaba yo, también, si lo piensas. Pero ahora no es así. Aunque hoy me haya parado a pensar en ti, por las avellanas y eso. Mira, mi casa ha cambiado muchísimo, y ya no tengo ni la mitad de cojines para el sofá. Antes tenía un montón, ¿te acuerdas?, y nos revolvíamos encima y tú tenías el pelo castaño y brillante aunque estuviera lleno de gomina, y a pesar de mí. Todo era muy bonito. Pero ya estaba yo con mis cosas de bordes, de barrancos escarpados, de que el vértigo solo es un flojo deseo de caer, y tú no te aguantabas mis tonterías de niña que se cree sola, que se cree improbable, que se cree hueca. Tenía miedo de caerme dentro de mí. Esto se me ha revelado con el tiempo y no te lo reprocho, créeme, no te reprocho nada, pero tú no has estado para entenderlo. No has estado en los ratos de llanto apurado, casi con prisa, para salir después por obligación y encontrarme sentada en un banco solo para retrasar un poco la obligación de hablar con alguien como si no me temblara cada porción de hueso. No has estado en los silencios. ¿Qué habrás estado haciendo? A veces te imaginaba sentado en la barra de un bar, con un gin tonic, que antes no te gustaba pero supongo que ahora sí, riéndote de algo que dice el idiota de al lado. Tú eres muy así. Siempre con tu manía de la risa por compromiso. Pero no has estado cuando me he echado a reír por puro convencimiento, por querer huir un rato de lo que está fuera del instante de apretar bien los ojos y tirar del estómago hasta la misma punta de la boca. No sé, la verdad es que no entiendo por qué hoy me he acordado de ti (sí, por las avellanas y eso). Porque tú no crees en el subsuelo, y te refieres a que tenga la regla diciendo que estoy mala. Porque tú tienes la manía de las ventanas. Porque tú te fuiste y me dejaste aquí sola con mis vértigos y una lágrima guardada siempre en la comisura, siempre siempre siempre ahí trabada con algo, aquí me dejaste con mi nudo eterno de garganta podrida y las avellanas de mierda que me están mirando como diciendo no nos comas, no nos comas. No sé qué estarás haciendo, pero me dejaste sola. Sola como nadie. Pero me da igual, ¿sabes?, no me importa mucho. Porque al fin y al cabo solo necesito el café, y las avellanas, y las ganas de sentarme en la azotea y sonreírle al azul del cielo. Porque, aunque no podrías haberlo imaginado, aunque habrías apostado todo tu dinero a lo contrario, no se me ha ido la pinza. Y estoy creciendo. Y mi vida es otra. Y todos los cojines están en el armario, descomponiéndose y preguntándose entre lloros cuándo vamos a volver a hacer una cama en medio del pasillo. Pues ya les contesto: nunca. Adiós. 

domingo, 1 de diciembre de 2013

99



Querer escribirte. Que se alineen los planetas o agujeros negros y yo sea capaz de agarrar un folio en blanco y convertirlo en parte de nosotros. Querer escribirte, querer que me leas. Ambicionar el movimiento de tus ojos sobre el producto de la oscilación de mi mano derecha, sobre la caricia que, sin acariciar, ejerzo sobre el lienzo. Desearlo. Desearte. Desearnos.
Más allá del deseo existe la aspiración de querer.
Te escribiría, hoy, que estoy abajo. Que el sillín se mueve demasiado. Que la barra de seguridad amenaza con ceder. Y yo siento vértigo. Un vértigo maldito y asqueroso que me muestra sutilmente que siento deseos de caer. Te escribiría que hace mes y medio que no bebo café porque no soy capaz de consumir nada que amenace con mantenerme despierta. Porque sólo cuando sueño soy capaz de pensarte como un ente y no como un concepto. El concepto de mis ojeras.
Podría escribirte la historia de mi vida. Cómo nací, cómo crecí y me convertí en la zorra que tiene que reprimir el impulso de quemar tus cartas. 
Te escribiría que te necesito. 
Te contaría que me dueles.
Sin café, sin nicotina, sin alcohol, sin ti. Sin mí.
¿Qué te escribo, si me faltas?
¿Qué te cuento, si no pienso?
Me gustaría a veces poder volverme de tinta y pegarme al papel, quedarme solapada para siempre con la creación de mi parte emocional para no ser jamás de mentira...
Me gustaría a veces poder hablar conmigo misma, escribirme cartas sin recordar que las he escrito y sorprenderme al ver un sobre en el buzón. Y así poder trasladarme conceptos sin atorrollarlos por el hecho de haberlos consumido ya al darles forma, de ser prosummer. Poder escucharme. Que mi habla no esté contaminada porque mi cerebro sepa lo que quiero contarme antes de verbalizarlo. Y sin embargo, hablar contigo quizá sea la forma más cercana.
Querer escribirte. Querer que me leas. Querer leerme. Querer que me escribas.
Y sentir el vaivén...

sábado, 20 de octubre de 2012

Y con esto, fin.

Querido Nathan:
¿Sabes eso de las personas venenosas? Personas que te miran con ojos tristes y te hacen querer acercarte a ellos. Te obligan a obligarte a formar parte de su historia. Y luego, cómo no, cuando empiezan a hacerte daño, así, poco a poco, no puedes dejarlas. Lo intentas, lo intentas y lo intentas, pero no puedes.
Una vez conocí a una persona así. En un aleteo de pestañas ya me había embaucado y se había vuelto parte de mí. Me contó historias que me creí, le conté las mías y, para colmo, siempre me consideré la que llevaba la situación.
Y empezó a envenenarme. Empezó a hacerme daño, a romperme el corazón. Y yo quería escapar de aquello, volver a pegar mis pedazos y olvidar.
Pero, ¿sabes qué es lo peor de las personas venenosas? Que cuando las tienes las odias, y cuando no las tienes, las quieres. Es un círculo vicioso que no te deja estar bien. O estás mal o estás peor, nunca puedes librarte del veneno, que se te mete dentro y no te deja vivir. Te agarra el corazón y te lo estruja. Te hace llegar a odiarte.
Lo peor de todo es que, aunque ha pasado mucho tiempo, sigo teniendo dentro parte de aquello. Sigo pensando en los buenos momentos, cuando el veneno todavía no había empezado con lo suyo (no es el veneno, es la dosis) y no sabía lo que podía pasar. Añoro esos días.
Eso es lo peor, Nathan, la nostalgia es la peor parte. La nostalgia te empuja a un pozo del que es casi imposible salir. 

sábado, 22 de septiembre de 2012

22/9/11.



Abril nos prometió ser nuestro. Prometió regalarnos sus flores, su olor, sus colores y toda la felicidad que pudiera darnos solamente con existir. Nos prometió ser siempre un símbolo de algo tan bonito como él, para recordar aquello cada vez que el calendario se atreviera a repetirlo. Nos lo prometió dos veces, la primera después de meditarlo mucho y la segunda totalmente de repente. Y tú me prometiste regalarme todos los abriles de tu vida para unirlos a los míos y así vivir siempre en el cálido murmullo de la primavera. Viví aquellas sensaciones con intensidad simplemente porque eran tuyas (todo lo que yo podía ser, sentir o vivir en ese momento era plenamente tuyo). Y no hablo de mayo, julio o septiembre. Hablo de abril, tanto aquel que imaginamos como el siguiente que vivimos de puntillas y con las pupilas dilatadas. Hablo de felicidad, de noches muy cortas, de inocencia, de mi cara sonrojada y tu sonrisa más tierna. Si abril hubiera sido eterno... No me habría importado vivir siempre en aquella historia mitad verdad, mitad mentira, vivir en tus ojos cuando salpicaban alegría.
Pero abril no duró para siempre. Nada lo hace porque no podríamos disfrutarlo con plenitud. Llegaron los demás meses y nos pusieron caras largas hasta dar la vuelta a nuestra sonrisa. Llegaron y nos llenaron de la más negra oscuridad que pueda haber jamás y me hicieron llegar a decirte que te odiaba. Te hicieron negármelo todo. Me hicieron chillar. Te hicieron hundirte en un vaso vacío. Me hicieron llorar. Te hicieron intentar salvarme de mí misma. Me hicieron decirte que me dejaras ir. Y al final, te hicieron odiarme. Nos placaron con fuerza y caímos al abismo de las historias sin final feliz, nos hundimos en él.
Y creí que todo tendría un final digno aquel día en el que quise romper el hilo plateado. Tiré la rosa seca a la basura y me deshice de aquella carta que te había escrito. Intenté tirar a la basura todo lo que tenía dentro (todo era tuyo, ¿recuerdas?) y ahí cometí mi gran error: no fui capaz. Seguí con los sentimientos fluyendo por mi cuerpo y dejando secuelas. Pero no quería quererte, no quería seguir sonriendo cuando me decías que me querías. Llegué a odiar abril por no cumplir su promesa, por esfumarse y regalarme un 22 de septiembre de sabor amargo. ¿Qué le había hecho yo, que lo viví con ganas y prometí recordarlo durante toda mi vida? ¿No es eso a lo que aspira un mes, a ser recordado, a contener felicidad? Pero todavía había esperanza. Eso era lo que yo creía, que seguíamos siendo el uno para el otro y que seguíamos teniendo permiso para querernos cuando llegó la verdadera tormenta (la que nos habría arrancado la cabeza si le hubiésemos dejado hacerlo): tres palabras. Tres palabras de mierda que se metieron dentro de ti y te obligaron a responderlas con cientos más. "Ojalá lo pareciera". Creo que nunca las voy a olvidar, que están grabadas en piedra dentro de mi cabeza y que siempre va a quedar ese arrepentimiento oscuro donde antes tenía guardados los colores de la primavera y el amor.
El calendario se ha atrevido a marcar de nuevo la fecha del principio del fin y yo... yo me quedo mirándolo como una tonta y pensando en lo que habría pasado si hubiera sabido quererte. Me gustaría volver y comprobarlo, pero ¿acaso no es esa la gracia de la vida?

LUZ/ -

lunes, 17 de septiembre de 2012

Bleh.

Recuerdo perfectamente aquellas noches. Te alojabas en mi cabeza mientras intentaba dormir, te hacías un pequeño hueco en mi mente y me llenabas de recuerdos no muy lejanos, alegría presente y planes de futuro. Me hacías pensar que eras un pequeño cúmulo de esas tres cosas: un pasado dulce, un presente efímero y un futuro alegre. Qué ironía, porque recuerdo que una vez me dijiste que yo era un cúmulo de las cosas malas que te habían pasado en la vida. Tú mi supuesta vida y yo lo malo de la tuya.
Ahora tengo la cabeza vacía en esos momentos. Muchas veces, en los momentos malos, deseé no pensar en nada y conseguir así evadirme del mundo, pero no es tan dulce como yo creía. No me gusta concentrarme solamente en que tengo los pies fríos. Me parece una estupidez y, además, no me gusta que hayan recuerdos allí donde antes hubo sentimientos. Tal vez por eso me guste eliminarlos.
Dime, ¿en qué voy a pensar ahora cuando me esté quedando dormida? No me quedan más finales felices que inventar.

(...tal vez sólo sirviéramos para eso,
¿no? Ojalá...)

martes, 11 de septiembre de 2012

Adiósadiósadiósx

Querido Robert:
Hace tantísimo tiempo que no te escribo... diría que meses. No te voy a pedir disculpas por eso, si es lo que estás esperando.
Han sido los meses más fáciles de mi vida. Puedo respirar, puedo moverme con tranquilidad, puedo ser yo sin un que me defina. Creí que no podría vivir sin tu supuesta electricidad y tu sonrisa triste, pero lo conseguí y ahora puedo decírtelo con total seguridad: soy feliz sin ti. Muchísimo más feliz de lo que fui cuando te tenía a mi lado. Joder, no te necesito. Cuando me di cuenta de ello sentí que podía estirar la mano y tocar el cielo, me dieron ganas de gritar que estaba bien. Yo misma me había estado haciendo la vida imposible, obligándome a mí misma a preguntarme qué sería de mi vida si tú no te hubieras ido de ella (y ahora lo que me pregunto es qué habría sido de mi vida si tú no hubieras llegado). Me obligaba a sentirme mal, por raro que parezca, porque sentía que era lo que debía pasarme, porque al fin y al cabo durante un tiempo fuiste algo muy importante para mí. Casi como mi oxígeno. Pero casi.
Y ahora, ahora ya puedo sentir cosas sin ti para que las acentúes. Cuando camino oigo mis pasos, cuando toco la corteza de un árbol la siento, cuando me caigo siento dolor. Y cuando pienso en ti, Rob... cuando pienso en ti no siento absolutamente nada. Ni siquiera vacío. Nada. Una nada enorme y palpable que me llena y me hace reírme a carcajadas.
Entonces, solamente me falta una cosa por decirte: Gracias. Gracias por el daño causado, que me hizo muchísimo más fuerte. Gracias por las experiencias, que me hicieron aprender que nunca debo confiar en alguien que no me ha demostrado nada.
Tu existencia... ya no me parece injusta.
Y recuerda, Robert, que mi vida la controlo yo, no tu recuerdo.
Adiós,
Isabella



(¿Un mosquito puede resucitar?
Ya sabes de lo que hablo.
Y sabes que te hablo a ti.)

miércoles, 4 de julio de 2012

-15-

Tengo una costumbre que no te gustaría. La costumbre de recordar el color de tus ojos y el contraste con tu cabello y de recrear mentalmente tus palabras. La costumbre de no olvidar aquel estampado que a ambos nos parecía bonito ni que los dos sabemos poner las mismas excusas y, a su vez, desenmascararnos. No te gustaría. No te gustaría que la parte fuerte se viniera abajo, que la situación se hubiera dado la vuelta y que ahora fuera yo la débil. Pero así es lo nuestro, va dando vueltas sobre sí mismo y cambiando nuestros roles, obligándonos a ser lo que antes odiábamos y haciendo que podamos comprendernos. Ni bueno ni malo, sino con dos caras, como una moneda; ni normal ni peculiar, sino nuestro.
Tengo la mala costumbre de recordarte sin darme cuenta, pero no echo de menos los días en los que estabas en todo lo que hacía. 

sábado, 28 de enero de 2012

Una de tantas.

Querido Allan:
Que les den. A los prejuicios de mierda y a los cánones. Al "no puedo", al "no voy a intentarlo" y al "no sirvo". A las despedidas y a los supuestos errores que a mí me parecían aciertos, a las limitaciones, a querer y no poder, al pesimismo, a las quejas, a la tristeza, la rabia y la nostalgia, a las ideas impuestas de antemano, a los lunes, a las líneas mal hechas, a todas las cosas que te gustaría borrar pero a la vez gritar con orgullo que las has vivido, a quien ha dicho quererte y no lo hacía, a las malas noticias, a ti, a ellos, a la diferencia entre bueno y malo y a todo lo que te de la gana. Machácalo todo y deshazte de ello. Y que le den también a la vocecita que te dice que es imposible que lo logres.

PD:

sábado, 5 de febrero de 2011

Días sin sentido


Porque el mundo es grande y parece no querer que sea mi sitio. Ahora cada día es idéntico al anterior, un bucle infinito, la monotonía siempre esperándome, y yo rota, cayendo. Siempre es lo mismo. Ojalá pudiera encontrarte ahora. No quiero esperar años, entiéndeme y aparece para entenderme por completo. Para ser un puzzle, para saber quién eres, para olvidar, para quererte. -Para ser un puzzle, para que sepas quién soy, para que olvides, para quererme.-


Hoy tengo uno de esos días tontos, ¿sabes? Uno de esos días en los que sólo te apetece sentarte al lado de la ventana y ver pasar el tiempo, evitando el tic tac del reloj que te recuerda que éste pasa rápido. Reflexionas sobre lo que has dejado escapar -tanto, tantísimo- y sobre lo que no. Sobre qué deberías hacer y cómo, aunque sea inútil.

Sabes que la vida está compuesta de pequeñas cosas, de pequeñas personas que a veces te fallan y a las que a veces fallas, que a veces te necesitan o necesitas tú. Sabes que esa tela de araña compuesta de personas es lo más importante y que debes conservarla intacta, suave, sólida aunque frágil. En vez de esperar, te das cuenta de que debes moverte tú y buscar... Pero hoy no, hoy es uno de esos días tontos.

Juliette.

domingo, 30 de enero de 2011

Una de esas desiciones estúpidas que se toman por motivos asficciantes:

''Deja de fumar. He encontrado el cenicero lleno de colillas y ya sabes lo que opino de ello.
PD: Me marcho a Barcelona. Cuando leas esta nota, ya estaré en el aeropuerto. No sabía como decírtelo, no pienses que estoy huyendo.''
Solté el post-it, aunque se me pegó al dedo en vez de caer, y tuve que despegarlo. Pensé que estaba de broma. O pensé que quería pensarlo.
Andé por toda la casa, estresada, esperando verle tirado en la cama o viendo la tele. Nada. Entré en su habitación y abrí el armario; estaba vacío. Abrí los cajones, tirándolos al suelo. Vacíos.
Me senté en la cama, anonadada, intentando explicármelo, intentando buscar algo en mi cabeza que tuviera forma de respuesta.
Y fijándome en la mesilla de noche, pude ver otro papel amarillo. Estaba pegado a la lámpara y había una sola línea escrita en él. ''Mira encima del armario.''.
Encima del armario había otra nota. El papel era más grande y la letra más torcida, más insegura. Ahí, ahí estaban mis respuestas.
''Vale, sí estoy huyendo.
Decidí irme a Barcelona hace dos meses, no quería decírtelo porque no estaba seguro de que quería irme. Tampoco quería que tuviéramos que despedirnos, porque odio verte llorar.
Y, llámame cobarde, pero escribiendo soy más valiente, y soy capaz de decírtelo todo. Te preguntarás, ¿qué quiere decirme este imbécil? ¿de qué huye? ¿por qué hace todo esto?
Me han encantado estos años de amistad. Han sido tanto como toda una vida para mí, no sé si para ti lo han sido. Hemos tenido nuestros más y nuestros menos, nuestras verdades y nuestras mentiras, nuestras confesiones y nuestras omisiones. Como cuando yo hacía como que no me importaba nada de lo que me decías, que no me sentía mal cuando me hablabas de tu mal de amores y yo te decía que siempre hay luz al final del túnel.
Hoy no es un día cualquiera, hoy es catorce de febrero, San Valentín, y por eso, aunque me marche, tengo que decírtelo. Aunque pueda que no nos volvamos a ver por mi cobardía y mis estupideces, por mis ganas de complicarlo todo. O de no sufrir teniéndote a mi lado sin poder tenerte al completo.
Eres una persona fascinante, ¿no te lo he dicho nunca? Siempre me ha gustado mirarte mientras cocinas o, simplemente, mientras no haces nada. Te reirás de mí por esto. Quiero que sepas que te amo y siempre lo he hecho, de lejos, de cerca, del revés y con lágrimas de por medio. De eso huyo: de todo lo que siento, para que las heridas no puedan calar más hondo y destrozarme más. Me marcho para intentar olvidar y sanar, para seguir mi vida...
Te voy a echar tanto, tantísimo de menos. Pero esta es mi desición, porque sé que no sientes lo mismo por mí, ¡y soy un idiota!
Perdóname.''
Las lágrimas me bajaban por las mejillas. ¿Pero qué mierda estaba haciendo ese idiota?
Otra vez... sola.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Es tan fácil decir adiós, pero tan difícil hacerte a la idea...

Estimado Damien:
Ante todo, quiero puntualizar que si este asunto no te importa lo más mínimo, puedes dedicarte a hacer papiroflexia con esta carta en vez de leerla.
Nos merecemos más que esto, Damien. Somos sol y luna, día y noche, no podemos vivir en el mismo plano, nos anulamos... Siempre terminará pasando algo y volveremos a separarnos, volveremos a creer que nos odiamos y nos buscaremos... y nos encontraremos. Yo te diré ''creía que me habías olvidado'', y tú dirás ''yo sabía que tú no lo habías hecho''. Entonces, porque donde hubo fuego siempre quedan cenizas, volveremos a sentir un anuncio de lo que puede volver a pasar, de lo que podemos volver a sentir.
Y tendré (tendremos) miedo. Y no podremos querernos, porque nunca hemos podido... o sí hemos podido, pero mínimamente. ¿Entiendes? Debemos decirnos adiós definitivamente. No un adiós a medias, no un hasta pronto... debemos decirnos hasta nunca. O más bien hasta siempre... Por eso te escribo.
Por eso, debemos separarnos. Para idealizarnos y querernos pensándonos, para dejarnos huella pero no cicatriz, para no podernos hacer daño sino sonreír cuando nos recordemos. Porque no me voy a olvidar de ti, y te pido, aunque sé que no hace falta, que me recuerdes. Quiero formar parte de tu vida aunque no de tus días. Sé que parezco egoísta pero, Damien, siempre lo he sido. Esta situación en la que nos hemos visto estos últimos dos años, es horrible. No me gusta. Porque el otro día cuando me llamaste, cuando me dijiste que estabas en el portal y yo no quise bajar, sentí algo que creía olvidado desde hace tiempo. Y me duele, joder.
Tengo que darte las gracias por enseñarme a querer de esa manera, por enseñarme también que del amor al odio hay un paso y que también se puede retroceder...
Adiós, Damien. Suerte en todo.
Recuerda: Idealicémonos, querámonos como se quiere a alguien que ha muerto.
Y ahora vendría un te quiero, pero no quiero admitir nada.
Sofía.


(Sigue en www.asesinandocorazones.blogspot.com)

sábado, 29 de mayo de 2010

¿La mejor forma de romperle el corazón?

Cuando me doy cuenta de que te estoy esperando, me río silenciosamente. La situación pasó de ser tensa a ser embriagadora. La verdad, nunca me paré a pensar en ti de ese modo. Nunca me percaté de que tus ojos brillan de una manera que incluso a distancia, hipnotiza. Eres dulce. Eres muy dulce. Lo sé por tu forma de darme las gracias cuando te aconsejo. Querido, no quiero que volvamos a lo mismo. No quiero entrar de nuevo en ese remolino de monotonía que es tu vida. No me apetece para nada dar vueltas en un decorado que siempre es igual. Porque aún sin ti, caigo en la monotonía, y me desespera. ¿Te imaginas como sería contigo? Me mareo solo de pensar en lo homogénea que sería mi vida. Por eso no quiero esperarte. Me iré, sí. Me iré y te dejaré tirado una vez más. Lárgate con ella, empaqueta toda tu monotonía y regálasela, si quieres, de mi parte. Odio tu tranquilidad. Odio que veas la vida pasar, y no hagas nada para aprovecharla. Por eso, dejaré de esperarte. Sacaré de mi corazón hasta el último aliento que llevaba tu nombre. Eh, lo siento. Te he dejado un paquete de celo encima de la mesilla de noche para que pegues tus pedazos.
Perdóname por mi cobardía. Te prometí el cielo... y sólo pude darte un puñado de tierra. Pero no debiste confiar en mí, dulce persona. Nunca confíes en quien te diga ''confía en mí''.
Tu excéntrica compañera.

Solté el papel que tenía entre las manos, y suspiré. ¿Monotonía? ¿Qué tenía en la cabeza esa zorra que siempre me abandonaba?
Miré hacia la mesilla, sin pensarlo, siquiera, y descubrí algo que me hirió totalmente. Había un paquete de celo en la mesilla. Y unas pastillas para la jaqueca. ¿Quién se creía?
Y me volví a quedar solo, mirando las manchas de café que resaltaban en el papel que tenía delante de mis pies... Y sus besos siempre a cuestas.

lunes, 24 de mayo de 2010

Al final, acabarás ahogándote en tus miserias.

¿Creías que ibas a poder arreglarlo todo? ¿Creías que ibas a poder juntar los pedacitos de mí que habías hecho caer al suelo? Para tu información, ya los junté yo hace mucho tiempo.
Para mí no eres más que recuerdos. Recuerdos que tengo asumido que no voy a volver a vivir. Así que, por más que pudiera/quisiera, no. No voy a volverme estúpida otra vez por ti. No voy a sacrificar mi orgullo.
Pero, ¿sabes lo peor? Siempre que digo: ''ya puedo estar sin él, no le necesito'', apareces, como de la nada. Apareces y te dedicas a amargarme... ¿es esa tu aspiración en la vida? ¿Amargarme?
Al final, acabarás ahogándote en tus miserias...