tengo un sueño tengo sueño querías dormirte en mi pelo en mi hueco vacío pensado pelo ayer bebí tanto vino y me sentí flotar los pies por encima de gente que bebía mucho vino y se sentía flotar los pies por encima de mí el tinto me recuerda que ya no soy una niña que escondo la tristeza debajo de una falda verde y un trago y dos tragos cinco alguien me abanica por la espalda me recoge el pelo en un puño y enfría el lunar de mi nuca el pelo mi pelo tu sueño roncas dentro de la cabeza mi cara está debajo y mi boca y mi boca y mi boca habla sin parar sobre bocas que hablan sin parar por qué no dejé de pensar en ti mientras alguien me abanicaba la otra cara es tan generoso el gesto de regalar aire mi pelo mi sagrado pelo tu estampa tu cara de espacio arrepentido soy un templo no soy un templo no me quiero de hecho me detesto tengo heridas todas regadas este cuerpo no sostiene mi pelo mi terreno pelo tengo sueño tengo un sueño entre las fibras entre los cielos entre el espacio y tú vete he mentido nunca voy a odiarme pero cuando alguien me recoge el pelo mi sagrado pelo entre los dedos yo solo pienso en ti en ti en sentirme tu café tu suelo y estoy más allá pero a la vez a la vez malaquita y un saxofón triste que llora y vino y una falda verde
Las mejores historias son las que hablan de lo que no cuentan, ésas que tienen otras letras impresas en los márgenes y entre los huecos de los renglones. Las mejores historias son las que dejan rendijas, grietas pequeñas por las que descubrir qué es lo que se mueve dentro de todo.
¿Qué significará el tiempo sin relojes?
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domingo, 16 de agosto de 2015
martes, 28 de julio de 2015
44
Me asusta tu ansia voraz. Me da miedo tu cuerpo, el arco de tu espalda, la redondez de tus dedos. Esa boca de comerme. Que hayas tenido, lo confieso, otros cuerpos en la punta de la lengua, otras almas detrás, me aterroriza. Que no sea este un movimiento espontáneo me deshace. Solo el hecho de pensar que las civilizaciones se han basado en este desgajar de la piel. O en el brillo que hay detrás de tu luna ocular. Estoy temblando de puro estupor. Esto es lo que ha hecho tanto daño. Mil mujeres gritan detrás de tu dureza. Mil mujeres chillan, se aterrorizan, y sin embargo tú has amado a algunas, las has mirado también con este guiño que ahora guía mis pliegues hacia el cielo raso. Me asustas. Ese hueco de perderme. Ese gesto de saberme. Esa flor de doblarme. Un vértice deshecho en mi ombligo-remolino, ombligo pasajero, ombligo de tantos otros cuerpos. Tengo miedo del crujir de los huesos. Me horroriza no saberme mía, ¿lo ves?, por esto este caerme y adiós para siempre.
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jueves, 4 de junio de 2015
filo filoso
Tenemos un filo filoso en los ojos. Esquina perdida. Siempre sube a la azotea y nos arrastra, nos corre con piernas nuestras por escaleras-vórtice. En lo alto de todos los edificios hay una escalinata blanca, blanca y neutral, que no dice nada. Nunca solloza. Nunca rebosa en holas. Y el filo filoso nos despunta con un brazo al bajo del primer escalón. Dice suban. Dice suban. Dice arrastro con palabras sus cuerpos de huecos. El ojo esboza una sonrisa boba. Sonrisa de loco. Como una media luna curvada en la piel rostriza. Tenemos una esquina podrida. Y miramos con el filoso filo a lo alto del subidero. A lo alto, lo lunar. El cielo raso.
Investigamos como detectives de lo punzante. Libros, libros y hojas llenan los vértices de mi mesa escalonada. Subimos y bajamos, bajamos y subimos. Arrastradas. Pero quietas. Y salimos a la calle. Calle mordida. Hay luces que ciegan y coches veloces y personas que enseñan dientes de pincho, dientes de caminos hacia estómagos de colchón y piezas. Saludamos y miramos. Y partículas condenan el filo filoso del ojo: no entra igual, no sabe igual, la mirada hace siempre esquina y el redondo señor que vende redondas sandías con su redonda risa de redondez circular parece un cuadro, un Mondrian, un azulejo. Tenemos filo filoso en ojos y cuadros cuadrados y boca dice no entender y siempre la azotea, siempre escalinata, siempre el cielo que no tiene forma, cielo que corre más allá de la esquina perdida.
De lo alto de un árbol bajan los dedos. Hacen pasitos. No hay misterio. Yo no me retiro del cielo raso. Siento piernas en suelo-azotea. Espero plurales. Decido que no, que no. La luna es cuadrada. Pero redonda. La luna es un cuadro. Pero sin marco. Porque tenemos en los ojos un filo filoso. Pero llegas. Pero te sientas. Pero me hablas. Pero el túnel pupilar te atraviesa por el fondo. Y te veo. Tú siempre eres redonda.
(para Andrea Abreu
entiendo la forma del ojo
por el que miras y ves)
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domingo, 31 de mayo de 2015
de mares y charcos
¿Recuerdas lo mucho que temíamos esto, la fuerza con la que nos mordíamos el filo de los dedos para sofocar las ganas de un grito, las ganas de un vete, las ganas de un ya no? ¿Recuerdas, recuerdas la lluvia de arena en el fondo de la vasija de un reloj, el reguero de falsa playa cubriéndonos la piel y dejándonos un falso moreno, una falsa apariencia de sol de verano, solo para marcharse después tras el agua y dejarnos blancas, pálidas, rojizas? ¿Recuerdas? Ahora se acabó. El reloj terminó de colorear su falda. Hay una base llena, completa, que muerde al tocar. Porque mi dedo trata de coronarla, ¿lo sabes o no lo sabes? La yema se posa en la barriga de cristal y antes de llegar ya he imaginado toda una vida, la sucesión de tranquilidad y magia después de acariciar en lo leve la curvita lisa. Pero no es así, no, porque cuando toco con cuidado, cuando llego, un diente sale de donde no había y me estruja y me estruja y todo es para doler, todo es para dolerme, porque lo merezco. Lo sé, yo lo merezco.
Y ahora. Ahora todo da igual. Un mar importa lo mismo que un charco. La distancia más difícil es la piedra que nos separa. Todo lo demás da lo mismo. La geografía no es nada. El agua no es nada. Lo único potente, lo único real somos tú y yo, y una mesa de madera que vale por tantos kilómetros como un cuarto de curva de globo. Sonríes y sonrío. Pero recordamos lo mucho que temíamos esto, el vapor de un chocolate caliente que era blanco y era todo menos chocolate, y pies cubiertos por arena de playas con flores amarillas y no de relojes secos. Esa camiseta de los Rolling sigue guardada en la gaveta de mi cuarto, ¿sabes?, y unos Converse negros reposan boca arriba, con toda su vocación de pisada, en la zapatera. Viejos y sucios. Sucios y viejos. Ahora solo pesa la certeza de antes. Tú te ibas y yo no. Una certeza escondida tras los pliegues de los ojos. No se miente con los ojos apretados. No se miente en la curva del abrazo. Te digo la verdad. Te la escribo. Tú no estabas, pero yo tampoco. Ya no estoy. Soy como la sala de ese bar. Con un cuadro nuevo, mesas diferentes, un olor a churros que siempre ha sido el mismo pero que ahora cada vez es diferente. Personal nuevo. Otra carta. Sin el chocolate caliente de antes. ¿Sabes el susto de llegar y pensar que todo seguirá igual, que te va a invadir una ola de sensaciones viejas, y ver después que ya no? Ya no. Es eso. Y lo entiendo.
Un mar o un charco. Culpa mía. Lo siento y no lo siento. De todas las maneras posibles. Estoy equivocada, equivocadísima, y el error me sonríe desde lo alto de un reloj de arena que me tiene enterrada. Pero no hay verdades absolutas, no hay normas ni nada escrito sobre esto. Mares y charcos. Y pies que no saltan. Lo siento, lo siento, ya no servimos chocolate blanco. Lo siento, lo siento, en las playas ahora no hay arena. Solo olas. Y flores amarillas.
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miércoles, 27 de mayo de 2015
915
Pero sí. Tengo miedo de levantarme un día y decir ya no te quiero, ya no me apetece verte. Me asusto. Tengo miedo de cambiar la mente de repente. De obligar a la vida a mutar por mí, para mí, y a vivir en un pliegue controlado siempre, configurado siempre por mi cabeza. Mi cabeza o mi centro, no lo sé, o solo la revelación de lo que quiero de verdad. Tengo miedo, sin embargo. Un miedo que me pincha. Que atornilla. Gira el miedo, gira en curvas de muerte inmortal, y una capa de sangre que es agua que es sal me corta, me corta, me dice que me corté. Tengo tanto miedo de mí. Tanto miedo conmigo. Miedo de dinamitarme, de boicotearme, de hacerme la vida imposible desde el núcleo de mi propia capacidad de vivir. Y qué si hay una rotonda en la entrada al pueblo, y qué. Al final, al final yo termino condenándome siempre porque las cosas cambian y yo cambio, y me doy cuenta despacio, desde el filo de mi casa huesuda. Pero no es así. No es así. Soy yo la que hace que todo, todo dé vueltas y se revuelva y cambie de forma. Yo. La obstinación que produce levantarme una mañana y mirar por la ventana y coger aire en lo profundo y decir no, ya no quiero esto, ya no soy igual. No es que la vida me defraude, no es que la vida pierda sentido en un día concreto, es que yo misma siento que ya no pertenezco, que ya no vuelo con la misma cometa a la espalda porque me he soltado y no hay cuerdas, no hay soporte, solo mi cuerpo que cae a través del aire y ríe. Ríe, ríe porque disfruta del momento preciso, exacto de estar cortando en dos, en tres, en cinco el aire, porque disfruta de pulmones llenos y ojos que no ven la realidad. Solo formas distorsionadas por lo veloz. Vivir siempre en la caída, dicen. Siempre como Alicia. Cavando agujeros para poder caer más, más lejos, más abajo. No es el fondo. Es el despliegue. Es la sensación de estar volando cuando lo que pasa, lo que de verdad sucede, es que te vas a despeñar sin remedio contra un suelo escarpado. Soy más barranco escarpado que río de ondas suaves. El fondo soy yo. Soy lo hondo, lo profundo. Cavo para encontrarme. Caigo para encontrarme. Pero estoy. Yo ya estoy. Yo estoy en el fondo de mí cuando descorro la cortina y respiro mucho, respiro más e hiperventilo y creo que puedo volar como los globos. Cuando decido que ya no quiero, que ya no puedo, que ya no hay caso. Y quiero tanto. Quiero tanto, esa es la verdad. Tengo bordes que se distorsionan en un amor intenso a voces, a personas, a pulmones que respiran y ojos que dilatan pupilas por la luz. Quiero todo lo humano y se me hincha el estómago cuando alguien llora, es lo cierto, carajo, es la verdad. Sería capaz de rajarme la pierna para que me duela solo a mí, porque no importa tanto, porque yo sé que puedo soportarlo y quizás otros no puedan, y eso es amor. ¿Es amor? A veces, a veces pues voy en el tranvía y me pongo a observar a los demás, y entonces sé que los quiero. Que me conecto. Porque una mujer baila sola y lo que pasa es que lleva una mochilita con un bebé, y una señora se mira los zapatos y se sujeta a la barra para no caerse, y dos amigas van vestidas de playa y se miran como si la sal fuera la última meta de la vida. Y las quiero a todas, a todas, porque son personas y sienten como yo y la vida es maravillosa, todo vale la pena, la calle da calor y siempre hay alguien esperando para sonreír. Y la sonrisa es más, más, más que un simple levantamiento de comisura. Pero no sé. No sé, no sé, no sé. Al día siguiente me levanto y ya no quiero. Ya no. Porque estoy sola. Porque me dejan sola. Porque reprocho. Porque me vuelvo dura por dentro y ya no siento tanto. Y me da miedo. Me da miedo cuando lo único que noto más allá del calor es un dolor macizo detrás del ojo izquierdo, mi ojo nulo, un ojo que alcanza menos del 90% de visión incluso con las gafas adecuadas. ¿Soy mi ojo? ¿Soy yo mi ojo vago? ¿Y si a veces, aunque tenga delante la lente perfecta, el instante de verdad, el amor condensado y alguien que tiene que importarme hasta que se me tranquen las vías, nos reduzco a mi mirada y a mí a una no-totalidad, una no-capacidad? ¿Y si lo que pasa es que soy un poco nula? No lo sé. Porque a veces en la calle siento calor, y a veces siento desde el centro que lo único que vale la pena en la vida es arrancarle pelos al césped con alguien al lado, alguien que te cuenta cómo se ve el mundo desde sus ojos capaces, alguien que te importa, alguien por quien te rajarías la pierna. A veces sé que quiero tanto, tanto, que intento tocarles a los demás algún punto, un brazo, algo, solo para dejarles entrar todo lo bueno que siento, para eliminar de ellos cualquier negrura y compartir, compartirme, darme. Solo eso. Y me siento global, total, completa. Libre. Pero, ¿sabes lo que pasa? Que cuando cierro el ojo izquierdo y miro solo con el derecho y las gafas, parece que mi visión alcanza un 100%. Que los contornos son nítidos. Aunque mi ojo malo, ojo nulo, siga ahí, encerrado en la jaula-párpado. Y a veces también pienso ya no quiero, ya no siento, prefiero encerrarme a mirar el techo y no ver a nadie. Y no cojo el teléfono. Y no me río. Y digo pues sí, yo hago lo que me da la gana, yo soy así, me da lo mismo. Y lo peor, sinceramente, lo peor es que sí, me da lo mismo.
sábado, 3 de enero de 2015
para que yo
la otra mañana me desperté, había soñado contigo, me doblé en la cama, no podía moverme porque en mi cabeza me habías echado, apenas te habías inclinado para despedirte de mí antes de que me marchara escaleras arriba, una subida poco ascenso, una bajada sin ti a través de un canal hacia las nubes y una mano encerrada para siempre en el bolsillo, los dedos que sudan, y tú, yo te sueño, me doblé en la cama y abracé mis costillas, no podía cerrar los ojos del todo pero los muy hijos de puta tampoco querían abrirse, me volví la muñeca que siempre me mira desde la antigua habitación de mi madre, con los ojos como líneas, cerrados apenas, y me vi desde fuera porque yo ya no era una chica que dormía sino un cuerpo de porcelana, se me había ido la vida por los huecos de los dientes, me había fumado toda mi existencia porque tú, en mi coco, me dijiste que era mejor que me fuera, así, nada más, y yo me desperté asqueada y me miré por fuera y respiré y me vi sin filtros, sin nada, por qué coño te quiero, pensé, no sé por qué pero lo hago, y te me clavas por dentro de los párpados, tengo los ojos llenos de sangre y por eso no veo, tengo los ojos tintados en rojo porque una astilla me da vueltas en la piel, un tornillo de madera que no es de nada, sólo de olor y sueños que terminan siendo pesadillas en las que no hay monstruos ni vampiros ni nada, alguien que pide que me vaya, me desreclama, por qué no es todo distinto, por qué no encaja todo para que yo, para que yo, para que yo no sea más la muñeca con los ojos casi cerrados, inerte, blanca, mirando poco.
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domingo, 7 de diciembre de 2014
yo rotonda
Están construyendo una rotonda en la entrada a mi pueblo. Cada semana, al volver a casa, veo la obra. Yo no la busco. Me olvido de que ahí se mueve algo, de que mientras yo ando o como o pregunto unos obreros arman una curva de mentira. Solo la recuerdo cuando regreso. La veo y es más grande y más perfecta y cada vez más redonda. Los trabajadores son rápidos. La rotonda es distinta todas las semanas. Y cuando la oteo, el mundo se achica y se reduce a ese segundo. Los regresos se me funden, son viscosos. Mi abuelo me sube en coche a veces. Pasamos rodando por el paritorio de cemento. Me dice, mira qué avanzada va la rotonda, y cavila sobre cómo será cuando la terminen, qué les falta para que la rotonda sea rotonda. Dentro de poco acaban, cierra siempre. Yo fijo la vista en los bloques medio desnudos y me callo. La obra me da miedo. Me asustan los ladrillos. Crece, y yo no sé cómo crecen las rotondas.
Intento no mirarla. Lo intento con ganas. Cuando voy por la gasolinera, lanzo la vista hacia el techo del coche o de la guagua y me concentro. Bizqueo. Pero se me vuelan las cuencas y la falsa curva me sacude desde dentro, esta vez ya vestida con cemento, con la altura perfecta. Y más lisa. La semana pasada se le veían maderas y trozos de bolsa, y el cemento era rugoso como la piel del techo de la guagua. Me asusto porque vivo fuera y las rotondas crecen y las flores brotan y cuándo pusieron las luces de navidad, cuándo las encendieron. Mi pueblo parece otra cosa, y todo empieza en el filo de una rotonda que aún no sirve para girar. La ansiedad me muerde, un gusano dentro, porque la guagua va despacio y allí en el muro hay un cartel de un concierto del que no me he enterado. Me da miedo no leerlo.
Construyen la rotonda al lado de la gasolinera. Justo delante de la entrada al pueblo. Como una bandera que baila y me grita que no soy, que no vivo, que no estoy. Que vengo para irme como un extrajero o el técnico de la Telefónica. Mi abuelo imagina cómo será la rotonda cuando esté acabada y yo sé que tengo miedo y me muerde el coco.
Me asusta, me asusta, me asusta. Un día llegaré y querré no mirar pero lo haré, y la falsa curva estará terminada y resplandeciente y algún concejal la habrá inaugurado, y en el periódico ondeará una foto de ésas de corbata y manos, besos. Y miraré y la veré. La rotonda estará hecha, lisa, alta. La guagua seguirá rodando, y eso es lo que me asusta. Me asusta entrar al pueblo, que será ya un pueblo con rotonda nueva, y ver que las casas son más grandes y no hay bancos en las plazas y hay agua corriendo por los carriles y los viejos ya no me saludan porque son otros y el sendero a la montaña no tiene esas piedras que te agarran los pies para que no resbales. Me asusta la rotonda y me escondo, me arrebujo en el asiento como un ovillo de persona. No voy a mirar, porque si aprieto bien los ojos ya no hay obra, desaparece, se va y vuela y solo permanece la entrada que me saludó cada tarde, la puerta que me guardó de lo que no era mi cosmos. Si retuerzo los párpados y no veo, ya no hay supermercado nuevo ni farolas altas ni obra parada, solo la nave que ya nadie derrumba, y la señora que se sienta en el escalón de mi calle me sonríe porque no he bebido caldo de pollo en su velatorio ni he observado las ventanas cerradas de su casa. Si no miro, la rotonda ya no está. Y todo sigue igual.
Intento no mirarla. Lo intento con ganas. Cuando voy por la gasolinera, lanzo la vista hacia el techo del coche o de la guagua y me concentro. Bizqueo. Pero se me vuelan las cuencas y la falsa curva me sacude desde dentro, esta vez ya vestida con cemento, con la altura perfecta. Y más lisa. La semana pasada se le veían maderas y trozos de bolsa, y el cemento era rugoso como la piel del techo de la guagua. Me asusto porque vivo fuera y las rotondas crecen y las flores brotan y cuándo pusieron las luces de navidad, cuándo las encendieron. Mi pueblo parece otra cosa, y todo empieza en el filo de una rotonda que aún no sirve para girar. La ansiedad me muerde, un gusano dentro, porque la guagua va despacio y allí en el muro hay un cartel de un concierto del que no me he enterado. Me da miedo no leerlo.
Construyen la rotonda al lado de la gasolinera. Justo delante de la entrada al pueblo. Como una bandera que baila y me grita que no soy, que no vivo, que no estoy. Que vengo para irme como un extrajero o el técnico de la Telefónica. Mi abuelo imagina cómo será la rotonda cuando esté acabada y yo sé que tengo miedo y me muerde el coco.
Me asusta, me asusta, me asusta. Un día llegaré y querré no mirar pero lo haré, y la falsa curva estará terminada y resplandeciente y algún concejal la habrá inaugurado, y en el periódico ondeará una foto de ésas de corbata y manos, besos. Y miraré y la veré. La rotonda estará hecha, lisa, alta. La guagua seguirá rodando, y eso es lo que me asusta. Me asusta entrar al pueblo, que será ya un pueblo con rotonda nueva, y ver que las casas son más grandes y no hay bancos en las plazas y hay agua corriendo por los carriles y los viejos ya no me saludan porque son otros y el sendero a la montaña no tiene esas piedras que te agarran los pies para que no resbales. Me asusta la rotonda y me escondo, me arrebujo en el asiento como un ovillo de persona. No voy a mirar, porque si aprieto bien los ojos ya no hay obra, desaparece, se va y vuela y solo permanece la entrada que me saludó cada tarde, la puerta que me guardó de lo que no era mi cosmos. Si retuerzo los párpados y no veo, ya no hay supermercado nuevo ni farolas altas ni obra parada, solo la nave que ya nadie derrumba, y la señora que se sienta en el escalón de mi calle me sonríe porque no he bebido caldo de pollo en su velatorio ni he observado las ventanas cerradas de su casa. Si no miro, la rotonda ya no está. Y todo sigue igual.
viernes, 8 de agosto de 2014
despresurización
-Oye, niña. ¿Adónde lleva esto?
-Los chalecos salvavidas se encuentran situados debajo de sus asientos. Se introduce la cabeza por la abertura, se abrocha el cierre de la parte delantera y se ajusta a la cintura tirando del extremo. Para inflarlo tire fuertemente de la palanca roja. Siempre en el exterior del avión. En caso necesario puede inflarlo soplando por el tubo.
-No sé qué hago aquí. La vida se me cae a trozos. No a mí, al mundo. Por las mañanas, cuando enciendo el televisor, la pantallita condensa una ínfima parte de toda la tristeza que brotó en el mundo el día anterior. O el mismo, qué sé yo. El caso es que es tristeza, aunque esté caducada; y ese pequeño chupito de tristeza me emborracha, y me da para todo el día. Y al día siguiente, cuando ya se me pasa el efecto etílico de las lágrimas ajenas, vuelvo a encender la tele y vuelvo a poner las noticias y vuelvo a ver niños que pasan hambre y gente que grita y un altruismo que se pasa de egoísta y faltas y excesos. Y otra vez. Otra vez me lo bebo todo.
-En caso de despresurización, se abrirá automáticamente un compartimento situado encima de sus asientos que contiene las máscaras de oxígeno. En ese caso, tire de la máscara, colóquela sobre la nariz y la boca y respire con normalidad.
-Creo que no me entiendes, ¿eh? Yo hablo de cicatrices, no de accidentes. Cicatrices de hoy y de ayer. Quizás, pensándolo mejor, la peor sea la tristeza que está caducada, ¿no? La que se pudre y huele mal. Que la tristeza sea vieja, que siga siendo reconocida como tal implica que sigue existiendo la desesperanza. Que aún hay líquido en la botella, ésa que ahoga y aprieta. Si no hubiera tristeza nueva la antigua sería simplemente un picor. Una roncha.
-Cada asiento dispone de un cinturón que se abrocha insertando la trabilla en el enganche correspondiente. Para soltarlo, simplemente levante la lengüeta del enganche. Como medida de precaución adicional, le recomendamos que permanezca con el cinturón abrochado durante el vuelo. Muchas gracias por su atención, y feliz vuelo.
-A la mierda...
domingo, 3 de agosto de 2014
glup
Tomate, queso, jamón, champiñones, alcaparras, pepperoni y orégano. La pizza perfecta. Sólo pizza, una compra cuantiosa, un capricho. El viejo me miró de arriba a abajo. Como si me estuviese comprando unos zapatos de suela roja. Las córneas de Gustavo derraparon por mi cuerpo a la velocidad del estornudo. Y yo podría haber pensado, no sé, que me estaba mirando las tetas, o que llevaba puesta una camiseta fea. No sé qué prefiero. Pero sabía a ciencia cierta que lo que le extrañaba a Gustavo era mi compra. Un círculo de pan, queso e ingredientes, de la marca más cara. Tres noventa y cinco. Todo pagado con monedas, moneditas de diez céntimos. Y la mujer que esperaba detrás de mí, casi solapada a mi culo, porque mira que el súper es pequeño, también oteaba mi cuerpo. Y no puedo confirmarlo, pero notaba sus ojos clavados en mi nuca y en el contorno trasero de un brazo que desmenuzaba una pila de monedas.
Tomate, queso, jamón, champiñones, alcaparras, pepperoni y orégano. La coloco en la nevera. En el segundo estante, justo encima de las dos latas de cerveza. Y de nada más. Cierro la nevera de un portazo, ando hacia el sofá y me tiro encima. Mi cáscara cae con fuerza sobre los cojines, y apoyo la cabeza en el brazo de un sillón viejo, feo, que algún día, pero alguno, debería cambiar. La tela me pica en la oreja. Pienso en el tomate, los champiñones, el queso. Están apelotonados en el cuadro frigorífico de la nevera. Y justo debajo las cervezas siguen borboteando. Las latas están cerradas; las anillas, intactas; el material, liso. Alguien fabricó el líquido, ideó la receta que una marca cualquiera utilizaría para crear un fluido capaz de emborrachar, capaz de pelear en las campañas de marketing, en la competencia monopolística, en el capitalismo. Alguien vertió el agua, alguien fermentó la cebada, alguien gaseó la mezcla. Y otra persona formó en papel el esquema de una lata perfecta que no consintiera que el líquido vital se desparramara en una bolsa de supermercado antes de cruzar la bahía de cualquier garganta mayor de edad. En teoría. Alguien tatuó la información en el envase, colocó la anilla, lo cerró a presión. Todo para que yo un día me beba la cerveza. Eso sí, bien fría.
Y sin embargo, a mí no me gusta la cerveza sin comida. A mí sólo me gusta beberla mientras ceno, o mientras almuerzo. Y acumulo las latas en la nevera, porque nunca quiero tomarlas solas. Al final, terminé comprando la pizza más cara porque tengo que beberme dos latas, dos putas latas, y necesito algo que me propulse. Estoy en la cuerda floja, y no puedo permitir que el líquido termine reposando en una lata abierta sobre la mesa de mi cocina. No, eso no.
Son las nueve. Me levanto. Abro la nevera, que está muy vacía. Cuando saco la pizza ya sólo duermen dentro las dos latas rojas de cerveza especial. Pongo la pizza sobre la encimera. Apoyo las palmas en el poyo, estiro los brazos y suspiro... Suspiro con fuerza, desgarrándome los órganos con el aire de mi cocina. Y mientras mi cuerpo procesa el aire, el oxígeno en los canales más profundos a los que sólo llega la magia del suspiro, arranco el plástico que cubre el pan, tomate, queso, jamón, alcaparras, champiñones, pepperoni, orégano. Saco la pizza con cuidado, porque el pan siempre es frágil, aunque sea la más cara del súper de Gustavo. Puto Gustavo. Abro el horno con el codo y meto el pan redondo dentro, después cierro y doy calor. Y mientras giro la rueda, mientras programo cómo se cocerá la cena, pienso en esas puñeteras cervezas apiñadas en el estante bajo de una nevera que siempre fue barata, que siempre enfrió poco, que siempre estuvo llena. Dentro de la lata hay gas. Durante cada hora, cada minuto, cada segundo de mi vida unas burbujas ácidas suben y bajan, corren dentro de un envase opaco. En un líquido frío que ni siquiera cubre las expectativas necesarias de un fluido en ebullición. No hay nada natural ahí dentro. Sólo burbujas, una reacción creada por el hombre, por aquel loco que estudio cómo fabricar cerveza, por aquel visionario que una vez ideó la primera, la primerísima. Un caos de pompas enanas.
Es eso... Eso es lo que me jode. Que en mi nevera, que es mía, haya un montón de burbujitas sin dirección, sin metas, sin cumbre. Que esa reacción no la pueda controlar ni sofocar, y que a mí no me guste la cerveza sin comida. Y no puedo terminar con el movimiento. No puedo tragarme el estrés, el nerviosismo de algo que nunca se para. Porque no puedo llegar con toda mi cara a casa de mamá y sacar del bolso dos cervezas, dos, con lo que ella las odia, y abrir la anilla y hacer clac, y tumbar la lata en la mesa, y sentarme a comer y llevarme a los labios el aluminio que contiene la perdición más absoluta de papá. Yo no puedo, y si al menos comiera en casa, si al menos almorzara aquí todos los días, o dos, aunque sea, entonces podría servir la cerveza en un vaso, y disfrutar un instante de la libertad de las putas burbujas, y ver cómo ascienden y descienden, y sentirme mía al momento, porque iría a terminar con ello, y podría vaciar la nevera del todo, y podía dejar de guardar siempre en el fondo del electrodoméstico que menos uso dos envases de mierda, de algo que no me gusta sin comida. Pero estoy al paro, y cuando las compré tenía pasta, y me chuté las otras cuatro en cuatro almuerzos distintos, y ahora ya no puedo, ahora ya no debo.
Pero la pizza va a empezar a crepitar en el horno. Y me la voy a comer. Y las cervezas van a desaparecer del fondo de la nevera.
Me siento en el sofá. Dentro de nueve minutos, la gloria. La pizza perfecta. Puto Gustavo. No se creía que le estuviera pagando, vamos. Qué gilipollas. Me toco el muslo derecho con la yema de los dedos, y aprieto hasta que siento la línea de las uñas a través de la ceñida capa de mis pantalones. Puto Gustavo, y deslizo los dedos, con que le pague, con eso tiene, y me araño, por mucho que conozca a mi padre, y me toco el borde, y levanto la camiseta y palpo la piel de mi vientre, por mucho que lo conozca, no tiene por qué desconfiar de mí, y la piel es suave, y está fría, y noto cómo se estremece bajo el incendio de mi propio contacto, porque yo no soy mi padre, y yo era maestra, y él lo sabe, y hago espirales en mi piel rabiosa, y después pasó todo aquello, y yo no tengo la culpa, mi padre es un borracho...
Dibujo remolinos, tatúo mi piel con los pensamientos de una cabeza llena de burbujas. Y pienso de repente que el fondo de mi coco es como las latas de cerveza. Que tengo miles de pompas creciéndome dentro, y suben y bajan y corren, y se deslizan a través de la porosidad de mi cerebro. Y pasan de hemisferio en hemisferio, y se divierten y navegan, y no hay leyes, no hay nada dentro que les haga parar. Sólo hay espacio. Sólo hay burbujas, burbujas de carreras. Y el mundo es mi nevera, y yo también soy opaca. Con la yema del dedo índice, trazo una línea desde el bajo del ombligo hasta el punto del estómago en que la piel se vuelve obscena. Frío, duro. A mí nadie me pensó. Yo vine de repente. Y sin embargo, también soy lata. Y también tuve precio, o valor, no sé. Y crecí con unos padres deficientes, y a los 12 años probé por primera vez el ron, y no me gustó. Y Gustavo lo sabe. Nunca comí pizza para cenar. Sólo bocadillos de paté y mermelada, y ahora no soporto el contraste de lo dulce y lo salado, de lo ácido y lo amargo. Nunca acumulábamos cervezas en el fondo de una nevera vacía, vacía porque no tengo dinero para llenarla, y porque la misma madre que me llevaba al parque para que no viera vomitar de pura resaca a mi padre, esa madre, ahora me hace de comer. Nunca acumulamos cervezas, porque en casa siempre faltaban y, a la vez, sobraban siempre.
Pero ahora, ahora lo sé. Lo sé ahora, mientras me toco las tetas, porque me apetece y me relaja. Yo era esa cerveza que sobraba, con una ebullición antinatural alojada entre las sienes. Y nadie podía controlar las burbujas que subían y bajaban. Nadie era capaz de hacer que yo dejara de pensar, que dejara de darme cuenta de lo que pasaba alrededor de mi cuerpo, un cuerpo que no era yo. Ni mi madre ni mi padre ni nadie. Y tal vez a ellos les ahogara que yo estuviera tirada en la cama, de noche, con los pies en alto y la cabeza en marcha. Quizá sintieran en su cráneo el repiqueteo del mío. Y yo ahora, aunque intento ahogar mis propias latas, aunque intento librarme de lo que acumulo en mi propia nevera, que ya no es mía, que no es mía desde que mi padre apareció por la academia y tuvo que usar el puto mechero, acumulo mierda.
Quiero beberme las cervezas. Porque en el fondo de esas dos latas de aluminio reside mi libertad. Justo ahí, con el brillo metálico, duermen mis derechos. Porque cuando me las beba dejaré de preocuparme por las burbujas. Y podré dormir tranquila, y las esquinas de mi cabeza no estarán en el fondo de la nevera. Y por eso necesité gastarme casi cuatro euros en una pizza. En la pizza perfecta. Porque si no, jamás podré bebérmelas. Porque a mí no me gusta demasiado la cerveza, sólo cuando como. Quiero bebérmelas. Dentro de un par de minutos, justo de un par, estaré sentada a la mesa con una pizza entera, toda para mí, y un vaso vacío y dos latas de cerveza. Y abriré la primera lata. Tendré delante las burbujitas, burbujas locas, disparadas. Y verteré el contenido en el vidrio, y el líquido cambiará de molde, de la lata a un cilindro que se estrecha en la base, y mi cabeza mutará en cuanto la cerveza caiga a través de mi garganta quemada, carbonizada.
Y sin embargo la pizza se está quemando en el horno, y a mí la cerveza sin comida no me gusta...
jueves, 1 de mayo de 2014
42
Es que yo estoy un poco torcida, y a veces por la mañana ni siquiera intento peinarme para tratar de remediar el desastre que crea la propia naturaleza de mi cabellera, y dejo que me crezcan las uñas y sólo me las limo cuando ya están irremediablemente feas, y tengo la nariz grande, y el pelo rizado y de varios colores, y a veces pienso demasiado, y escribo de tal forma que al final me acaban doliendo los dedos porque es la única forma de flagelarme un poco, y me importa una puta mierda no tener edad para beber tanta cerveza y para decir tantas palabras feas, y me gusta ver a los demás fumar pero soy incapaz de hacerlo porque cada vez que me llevo el cigarro a los labios siento un tirón en la garganta, y tengo los pies grandes y las orejas pequeñas y trazo todas las mañanas una gruesa línea negra alrededor de las curvas cerradas de mis ojos, y los ojos los tengo gastados ya de leer cada vez que se me abre un oasis en el reloj, y duermo mucho, y madrugo poco, y siempre llego tarde a clase, y tengo una teta más grande que la otra, y tengo un ojo vago, y a veces hablo gritando, y tengo la voz un poco rota, así, como si me saliera de algún punto que se encarama en lo hondo de mi garganta y raspa el habla, y hablo un poco raro, y no sé pronunciar la 'ch', y tengo los dedos gruesos pero largos, y no me sé, y no me conozco, y no me veo, y a veces en vez de intentar decidir espero a que la idea venga sola, a que nazca sola, a que aparezca de repente en el foro de mi puto coco, y soy leal hasta los huesos, y no me lo soy a mí misma, y tengo embutido dentro del cráneo un inefable complejo de culpa que se regenera como la cola de un lagarto, y tengo la barbilla redonda, y los labios finos, y entre mis dientes se abren profundos huecos que llegan hasta donde acaba la garganta, y la línea que define el rostro me la cubre un lunar, y tengo las pestañas en una eterna curva cerrada, y a veces soy una zorra, y otras me paso de buena, y siento a veces que el airecillo de la calle no me entiende, y entonces no me entiende nadie, y ya está, a la mierda, nadie comprende nada, y me siento sola a veces, y de vez en cuando encuentro una baldosa, así, en el suelo, que me refleja desde dentro, que me refleja las tripas y la sangre y las vísceras y un alma en la que siempre me cuesta penar, y en la baldosa también se encarama la figura de alguien más, como si surgiera de su núcleo, y entonces hallo un doble, y llega alguien que también se tuerce un poco, alguien a quien también se le rompe el fondo de la voz en algún punto de la garganta, alguien que sueña despierto y se araña los brazos para cerciorarse de que no tiene por qué mierda estar durmiendo, alguien que también se desliza por el tiempo y no cambia nunca y tiene sueños y siente sin filtros y duerme con dificultad y no sigue cánones y escribe a martillazos y lee a latigazos y se cose a las pestañas las horas que quedan para que el futuro llegue y se lo cargue todo, todo y a todos y explote, alguien que se engancha a la vida, alguien que llora de repente, alguien que ríe de rebote, alguien que jode sin querer, alguien que disfruta de sus propias heridas, alguien que sabe dónde está pero no para qué, alguien como yo, así, que se peine poco el alma, y, no sé, la vida es un poco menos puta...
jueves, 10 de abril de 2014
¿quiénes son las mujeres buenas?
Las mujeres buenas, ¿sabes?... son aquéllas que hablan poco. Muy poquito. Son las que lanzan vocablos al aire como si los paladearan, como si nadie más en el mundo mereciera un fonema procedente de la glotis femenina. Una buena mujer jamás, repito, jamás obliga al esófago a derretir el habla, a hacer salir a golpetazos lo que se esconde en el centro del costillar. Las mujeres buenas, bueno, pues son aquéllas que se callan, que contemplan los signos gramaticales que otros imprimen en el aire, aquéllas que se sientan con las piernas bien cerradas para que no se suba la falda, ésas que sólo ven ritmo en la música y no en la letra, en las palabras, en la melodía verbal. Una mujer buena nunca derrocha nada, ni la memoria ni las especias. La buena mujer, ésa de verdad, construye la feminidad en el fondo del silencio.
Y, en fin, mírame. Mírame ahora. Estoy intentando desviar la mirada porque no me da la gana, no me da la puta gana de verme reflejada en el espejo. ¿Qué gano con verme? Sólo soy una mujer, no una mujer buena, sino simplemente una fémina tumbada en el sofá sin ningún tipo de orden en la colocación del cuerpo. Y la copa... En fin, ¿para qué quiero verla en el reflejo? Hoy me apetece beber sin ver. Con los ojillos cerrados, con el trago mudo, con el tacto intacto. Sólo el vino... El paladar y el vino. Sin imagen. Así que a ratos cierro los ojos, y también a ratos desvío las pupilas para que no se topen otra vez conmigo.
Las mujeres buenas no beben vino tan temprano. Soy total e irrevocablemente consciente de ello. Sólo beben alcohol de noche, acompañado de una buena cena, y es el hombre quien lo sirve en la copa, como en aquel libro japonés...
Aunque no la veo, sé que la imagen del espejo oscila, que se le levanta el pecho y los labios con regustillo etílico se le curvan. Me río un poco, bajito y a solas. Las mujeres buenas... no sé, no creo que las mujeres buenas se fumen a medias los libros, que los inhalen y no los exhalen nunca. No creo que lleven dentro del coco tanta materia como para poder obstinarse con un pasaje, con la pequeña estrofa de un poema sin métrica pero esquemático. Y, la verdad, no sé si las mujeres buenas, o los hombres buenos, o cualquier ser humano con un poquito de bondad o inteligencia podría cuestionarse los versos. No sé si podría contradecir la verdad absoluta de la poesía, el rumor intrínseco de lo escrito, la estructura que desprenden las palabras y esa forma de hacernos saber, mediante el ritmo, que el autor lo conoce todo. Tampoco sé si las mujeres buenas leen poesía. “Por ejemplo/una mujer es buena/cuando entona desafinadamente los salmos/y cada dos años cambia el refrigerador/y envía mensualmente su perro al analista/y sólo enfrenta el sexo los sábados noche”, escribió una vez Benedetti.
No tengo ni idea de cómo escribir poesía. Pero sé leerla. Y soy consciente de que los versos no son estáticos. Son como el agua, como agua en desnivel. Fluyen, corren, escapan. Y no tienen una forma fija. No sé si esto lo sabrán las mujeres buenas. Pero, cuando leo o cuando escribo, tengo muy claro que los dibujos que forman las palabras no serán nunca los mismos para mí que para quien lee conmigo. Todo depende del marco, del entendimiento de quien se chuta el pensamiento o la emoción de otros. Y por eso al leer a Benedetti, al llegar a esa estrofa de un bonito poema, puse atención al ruido de mi nevera rota y me di cuenta de que jamás he tenido perro, de que el sexo no se enfrenta, y, aunque me cueste admitirlo, me pregunté lo que era un salmo. Entonces vino a mi mente la imagen de una mujer que es buena, de una mujer cuya nevera anda como la seda, de una mujer que nunca se atreve a cuestionar los versos que otros escribieron.
Y yo... Yo, pues nada, me puse a hablar conmigo. Por codos y rodillas. Ya me ves.
Apuro el último sorbito de vino y, con todo el pesar del mundo, me pongo en pie. Camino hasta la cocina, lavo la copa y la poso sobre la encimera de granito. Me apoyo en la mesa y, con los ojos entrecerrados por puro teatro, la miro. La flor de mi cocina. Y el ruido del viento, el del refrigerador...
Sí, la copa tiene pinta de flor. La raíz geométrica que penetra en la encimera y clava el cristal al frío, el tallo enhiesto que sólo se curva con elegancia en lo bajo, y el capullo translúcido de tulipán defectuoso... La verdad es que le falta algo para evocar la primavera. Algo sencillo, pequeño, ínfimo. Sólo un toque que convierta la copa vacía en flor. Agarro la botella de vino, me deslizo con supuesta elegancia y, con un suave golpe de muñeca, lleno la copa. Y voilà. Un romántico tulipán violáceo, una flor exuberante que comparte con las de verdad la provocación de la pulsión de asomar la nariz al precipicio cristalino y aspirar un olor narcotizante.
Las mujeres buenas llenan la casa de flores.
Hago círculos con el dedo índice en el filo del cristal. Mis uñas, de un violeta electrizado, no hacen justicia al color del líquido. Bajo por el capullo del tulipán, poso mis dedos en el tallo transparente y, tras pensarlo una milésima, me llevo la copa a los labios. Y, ¡zas!, una copa de vino nuevecita para mí, sólo para mí. Un tulipán muy caro.
Me dirijo de nuevo al salón. Por el camino arreglo un par de velas sin llama que se tambalean. Las coloco con cuidado, intentando compensar la gravedad y el ángulo del desgaste en la base de la cera.
La azul un poco a la izquierda, y la blanca así, un poquito más allá...
Entonces me giro, con la misión ya terminada, y me veo en el espejo. Podría irme, dirigirme al sofá y volver a obstinarme y a permitirme desviar la mirada de mi figura. Sin embargo, me quedo ahí, de pie frente al espejo de cuerpo entero.
Suspiro. Una mujer en pijama. Pantalón corto, camiseta de poca tela. Sujetador ausente. Un tulipán granate en la mano izquierda. La postura inquieta. El peso apoyado en una de las caderas. Yo. Maletín inexplicable de feminidad truncada.
Bebo un sorbo de la copa, sin dejar de contemplarme.
Me acerco un poco. Bebo de nuevo. Me acerco un poco más. Y vuelvo a beber. A cada paso, un sorbo. Y así termino viéndome solamente el rostro en el espejo, no sé si por ganas de hacerlo o por las machaconas ganas de beber. Allí, unas ojeras ocasionales endurecen los rasgos. Bajo un poco la cabeza. Tras las pestañas que la naturaleza se encargó de rizar en la genética, unos ojos muy marrones se escrutan a sí mismos. Metamirada. Me alejo un poco, y vuelvo a beber. Cada vez tengo más cerca el fondo de la copa. Es como si le estuviese arrancando, pétalo a pétalo, un sí o un no al cristal.
Con esa nueva idea en la cabeza, me arrellano en el sofá. Esta vez sí me miro.
Una mujer buena...
Una mujer buena no se miraría mientras bebe vino por la mañana, aún en pijama. No buscaría respuestas en la sombra del alcohol. No bebería a sorbitos por seguir el ritual y no por guardar la compostura.
No soy una mujer buena. Quizá, si lo fuese, podría echarme a llorar ahora mismo; tal vez el jugo ocular que me habría arrancado la imposibilidad de hacer feliz a la sociedad se derramase por mis mejillas. Y tal vez, sólo tal vez, el tinto esté rico con un poco de sal.
Las mujeres buenas, ¿sabes?... son aquéllas que intentan complacer al mundo con actos que no las representan. Al menos, creo, si adaptamos los parámetros del adjetivo “bueno” a la anquilosada melodía del reproche social. Las mujeres buenas son ésas, ésas que hacen lo que dictan las convulsiones ajenas y se anudan los imperativos a la espalda. Ésas que cambian el refrigerador cada dos años para que nadie vea que está feo, ésas que anteponen el mundo a la vida, ésas que se guardan las palabras para cuando sirvan o simplemente encajen.
Ahora miro la punta de mis dedos, y los muevo como si bailaran. Y pienso, entonces, que sí. Que hablo demasiado, que pienso demasiado, que bebo demasiado. Que cuestiono lo que leo, oigo y digo. Que no acumulo palabras para guardarlas, para usarlas después con fuerza y contundencia cuando queden bien, sino que las vomito a cada rato. Que no dibujo una línea imaginaria en la rodilla para decirme que de ahí no sube el corto de la falda.
Sin embargo, y debajo de toda esa capa de nula adecuación social, tengo algo. Va más allá de las copas de vino antes de mediodía, de la postura incómoda en el sofá. Intento encontrarlo ahora en el fondo del cristal. Deshojo la copa a sorbos, tragando poco a poco el líquido sólo por seguir el ritual. Tal vez habría sido más adecuada la cerveza.
Y me hallo buscando, me hallo intentando recabar qué es lo que tengo dentro, me hallo haciendo algo tan egoísta como pensar íntegramente en mí. Y me pregunto, entonces, si las mujeres de verdad, las que no necesitan ser buenas, no serán ésas que se olvidan de conformarse simplemente con lo que otros encontraron en ellas.
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lunes, 28 de octubre de 2013
lunes, 19 de agosto de 2013
sobre Jane Eyre y radiografías
Hablamos, hablamos del oscuro caserón del señor Rochester, de la risa aguda que Jane oía en el pasillo, de cómo la mente puede jugar con el mundo y conjugarlo como un verbo, de cómo aquella muchacha de dieciocho años parecía tener treinta, de cómo el amor podía darse en las circunstancias menos adecuadas para nacer pero en las más propicias para cuajar si lo hacía, de una historia pasional de ésas que inspiran el correr de la vida. Hablamos de vestidos de época y de la hostilidad que una familia acomodada podía llegar a mostrar por la sobrina huérfana, y él intercaló aquella primera frase de Ana Karenina, "todas las familias felices se parecen, pero las desdichadas lo son cada una a su manera". Me contó que escribía pero que no había nacido para ello; se hacía radiografías del alma, dijo. Escribía como si tocase el piano, a la velocidad de la mente, la dejaba libre. Quizá como leer pero al revés: no adaptaba su vida al ritmo, sino que adaptaba el ritmo a la vida. Después lo leía todo despacito y volvía a meterse dentro lo que había echado a golpes del interior del pecho. Y aquella lectura le ayudaba a conocerse, a construirse a partir de quien ya era.Me olvidé de todo: del ruido, del sitio, del olor, del dolor de mis dedos, del tiempo, de lo injusto, de lo mío, de lo ajeno, de mis dramas, de mis comedias, de la eterna imposición en la que mi vida había mutado. Aquel muchacho parecía tener el don de vaciarme la cabeza hablándome de literatura. Y es que su lengua era pluma y el aire tintero, y yo miraba embelesada cómo se movía aquella boca de tapas duras e intoxicaba la estancia con el rumor de las vivencias no vividas.
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viernes, 5 de julio de 2013
tiempo poco fugaz
Me disparó. Lo único que hice fue dirigir la vista al cielo, y el azul de sus esquinas me trajo a la cabeza fragmentos de pedazos de trocitos de mi vida. No suelo arrepentirme de nada. Me obligo a no hacerlo. Me estrujo los sesos para ser capaz de pensar que las cosas que hago las hago por algo. Y así quizá pueda llegar a convertirme alguna vez en mi propia heroína, en la chica que no falla nunca. Pero acababa de fallar. La bala salió disparada como un pájaro de su pupila derecha y me perforó la piel (aunque tal vez pudiese parecer, en un perfecto mundo a cámara superlenta, que me acariciaba). Jamás supe salir de aquel segundo. Me quedé oscilando en él, nadando por sus canales, reviviendo una y otra vez la mirada que, en un suspiro, me condenó a una eternidad digna del filo de un caleidoscopio. Y aquel cielo al que dirigí mis ojos, armas descargadas de mi alma, no hizo sino apretarme el pecho, hacerme revivir (sin vivirlos) instantes de una vida que no iba a repetirse. No lo haría porque acababa de quedarme embutida en una escena muy fea. Y es que en vez de guardar el tiempo conseguí que el tiempo me guardase a mí.
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