¿Qué significará el tiempo sin relojes?
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sábado, 30 de enero de 2016

conversación


Hace mucho tiempo que no me enfrento a mí misma. Escribir es responderme, muchas veces, pero hay días en que escribir es solo preguntar. Preguntar, preguntar como una loca, preguntas brotándome de los poros y de los ojos y de la boca. Y si hay silencio, si no hay ruido, también pregunto: me pregunto con la sangre y con las vísceras y con los dientes. Me muerdo para preguntarme. Me duelo para preguntarme. En la calle hay diez señoras, un grupo de señoras, que me miran como si estuviese loca: llevo unos pantalones rojos, caídos y tristes, y una camiseta pegada al miedo. ¿De qué tengo miedo, Aida? ¿Qué me asusta? Me asusto. Tengo toda la razón: me asusto. Cuando salto de los ojos hacia el suelo y me estrello. Me estrello, exploto, lleno de mí la calzada y los pies de los que pasan. ¿Paseas apaciblemente, transeúnte? Llévate un pedacito de este cuerpo roto, tocado, deshecho. Llévate un pedacito del fantasma que me escupe dentro, que me hace subir el vapor hasta los ojos. Que me entierra. Aida, no entiendes bien lo que pasa. Aida, has soñado algo horrible.

Sí, es cierto. He soñado que aceptaba las cosas malas. He soñado que había pasado algo distinto porque yo había sido distinta y había cedido, y me había doblado como una vara de hierro. Los clavos torcidos. No: me había quedado recta, lo había dejado estar, no me había hecho curva. Soy la curva. Soy el clavo que tiende a la izquierda, que ya no espera que nadie lo enderece. Lo derecho es el peligro. Lo recto es la muerte. Muerte de mis manos, de mis dedos, muerte de mis ojos llorosos y mis dientes de sonrisa que muerden, muerden el aire y lo hacen y me duelo, Aida, me dueles en el centro del estómago.

¿Qué te pasa? Nada, Aidita. Es la vida. No es nada, pero has soñado algo horrible. Has soñado que decías que sí. ¿No lo entiendes? Que decías que sí. Todos los sueños son una reconstrucción de imágenes que hemos visto. Que hemos construido a partir de fragmentos y trocitos de lo que hemos vivido. Es así, no hay otra vuelta. Has construido un sueño horrible a partir de qué. A partir de todo. Has cogido una imagen vivida (por desgracia, cariño mío) y la has hecho trizas. Y las voces. Agarraste las voces ocultas en tu cráneo, guardadas en el cajón de lo inútil, de lo que no se enseña, de lo que no se toca. Aguja e hilo para el sueño. Has soñado algo tan horrible.

No era horrible. Sí era horrible. No era horrible. No había dolor. Pero era horrible. Coincidimos: era peor. Era peor un sí que un no, era peor porque no tenías derecho a decir que sí y sí tenías derecho a decir que no aunque a todos los efectos aquel no fuera tomado como un sí. Como un no inválido. Como un no injusto. ¿Por qué? ¿Para qué?

Para eso. Solías mirarte al espejo con rabia. Solías mirarte y decirte eres imbécil y decirte no lo cuentes nunca. Después empezaste a tener curiosidad. ¿Quién soy? Aida, ya sabes lo que eres. Aida, no puedes esconderte de mí. De ti. Aunque saques los pedazos con el humo y los veas bailar y fundirse y ser otros y ser tú. Hace mucho tiempo que no te enfrentas a ti misma. No te gusta lo que puedes decirte. Sí te gusta, a la vez, yo lo sé. Te gusta porque vas a dejarlo ir, no te gusta porque no te ves con derecho a perdonar. Esto no es mío. Esto es del mundo. Perdonar significa decir que no importa, y decir que no importa es una falta de respeto para todas las que lloran y se retuercen los pies y se mecen en un campo sin raíces. Lo sabes tan bien, lo entiendes tanto. No te creas: también te duele por ti. Porque solías mirarte con rabia. Porque sabes lo que sentiste cuando pasó y cuando soñaste algo horrible.

¿Cómo puede dolerte todavía? Pues me duele. ¿Cómo puedes sentirlo todavía? Pues lo siento. Encima. Como un bloque de hormigón. Presionando y respirando y haciéndome daño. ¿Cómo quieres que perdone, cómo quieres que perdone lo que sigue ahí? A ti ya te he perdonado, Aida, lo sabes bien y por eso puedes mirarme y darme besos y saber de mí. Si no fuera así, créeme, seríamos dos y viviríamos aisladas y nos caeríamos cada una por su lado en el borde de la acera. Confío en ti. Hace mucho que no nos enfrentamos, pero confío. ¿Cómo puedes confiar? ¿Cómo puedes pensar que? Lo que pasa es que has soñado algo tan horrible.

No se lo contaré a nadie. No importa. Son fragmentos vividos: se quedan en secreto. Eso te pregunto. Si quieres. Si prefieres. Porque es tan horrible. Y no van a entenderlo. No como yo, niña loca. No como yo. Yo sí que te sé. Yo sí que lo sé todo.
 

jueves, 7 de enero de 2016

nota a (introducir aletas)

 
"Si el lenguaje
este modo austero
de convocarte
en medio de fríos rascacielos
y ciudades europeas
fuera
el modo
de hacer el amor entre sonidos
o el modo
de meterme entre tu pelo"
(Cristina Peri Rossi)
 
 
Para un pez, de nuevo. Lenguaje. No conozco buenos poetas franceses (lo confieso) y no he leído a Virginia Woolf, pero mi lenguaje es mi lengua que tiembla nerviosa cuando me salgo de amor por los costados. Tú vas más despacio, quizá porque sabes más que yo de rascacielos que todavía no he construido. Yo no me asusto. Es lo que tenía que haber dicho aquel día, pero lo he tirado al pozo de mi estómago. Y tú piensas en convocarme. No, mentira: y tú piensas en lo que pasaría si ya me hubieras convocado y me hubieras asido por las vértebras y me hubieras llevado con los labios cerrados hasta la esquina de tu barrio. ¿Te asustas? Yo, repito, no me asusto. Solo pienso. Escucho, leo y pienso. Debajo de las mantas. Estoy estropeando el poema. Vivo estropeando el poema. Pero un poema estropeado, amor. Un poema hecho hebras y migas y estrellas. 
 
Por alguna razón, sé que me acordaré de ti durante mucho tiempo.
 
Y mira que me gustabas. Y mira que eras la palabra que tenía clavada en los tobillos.

Corto y cambio.

(La vida es siempre unilateral, querida niña rota)

 

sábado, 6 de junio de 2015

carta de bombilla


Dice clac la bombilla en su carta. Nada más. Solo que clac, que requeteclac, que taponazo cortado y caligrafía horrorosa, muy redonda, pequeña y escupida. Dice clac. Está rota y cascada y breve. Ya no brilla más. Es contraseña epistolar. Solo clac, pero al tanto una historia, al tanto un cuento y un destino, un futuro ahuecado en el sobre cobrizo y el ser de bombilla. No hay senda. No hay vías. Solo queda un silencio sin luces, sin luces, porque se apagaron los brillos del portón denso. La calle se ha vuelto loca y ve figuras que la andan por encima y van descalzas, van con dedos blandos que la tocan como un piano. Ya no hay luces y no vemos. Y lo vemos todo. Porque clac. Porque requeteclac. Y ahora yo, que estoy sentada y tengo el folio en la rodilla, soy lava. Te he querido volcán. Sin giros ni carreras. Pero las luces ya no van a contarme la nariz de las ovejas, piedra mía, y me sostengo atada a ti para que la ola no me revuelque. Y no hay luz, sin embargo, y la humedad no está. Porque no la veo. Porque clac, bombilla, el sol de noche. Te he querido tiempo, y creí verme sorber relojes con una pajita amarilla. De esas de cine y butaca, de esas que me pido por reírme un poco y comprender bajito, muy por debajo, que en lo oscuro no hay amarillos ni azules ni rojos ni líneas verticales sin sentido. Yo ya no aspiro arena de minutero. Aunque te haya querido a hora marchita, a hora caducada, a hora para consumir preferentemente antes de hace años, tres, cuatro, no lo sé. Clac, clac dice la bombilla, clac escribe mientras la espero apagarse en beso oscuro. Ya la luz no brilla, ya no sé seguir con el camino, lo confieso, no tengo ni idea. Y te marcho. Te ando lejos. Te subo a aviones. Te viajo desde mi vértice de mesa, desde la espalda de una taza sin humo ni café, taza de garganta corrediza, de pimienta estornudada. Te adioseo. Te despido volcán. Dice clac la bombilla. Y muere. Quizá nos quedamos sin luz sin habernos navegado. En la noche de sol triste. En el abrazo último, el abrazo solo, el abrazo pre-aviones y pre-tiempo que ha pasado y ha mordido y por qué carajo me escriben las bombillas.

jueves, 4 de junio de 2015

silencio



Silencio, Caótica. ¿Puede algo frío ser picante? Silencio. No sueltes palabras. No maquetes el aire. Solo respira. Cada pulso es un cuento, y cada cuento es un pulso, la leve constancia de vivir y contar y contar y vivir, que es lo mismo. Pero cállate. Eres mala. Siempre serás mala. Te hicieron mala y ahora no escapas. Por eso te pido silencio, Caótica, y solamente una respiración vital, pequeñita. Aire que va y viene y viene y va. No cuentas con números. Ni con los dedos. No cuentas, Caos, solo respiras.

viernes, 29 de mayo de 2015

bajadas

Yo no, Triste. No esperes de mí un asentimiento, la aprobación llorona de tu ser y tu alma o de nada, o de nada, Triste. Yo no voy a moder las nubes con la luna arrepentida por no dejarme derretir la leve respiración del sueño. No estrujaré ninguna esquina. No bailaré fuegos ni sombras y te puedo asegurar, te aseguro en lo profundo, que no seré una cosa eterna. Yo no. De mí no insinúes idas. Mi mirada no va a partirte poros, pieles, y jamás me voy a fundir contigo para ser una cosa sola, una sola playa con mil pedazos de arena que solo llenan medio vaso. Jamás, Triste, yo jamás. De mí no vas a aprender la costosa flor de la subida, del ascenso, de los pies machacados en la punta y rojos, rojos, rojos como tu boca de Triste triste y tus filos filosos que no, que yo nunca.
Pero sí, Triste, quizás me encuentres en la bajada, y quizás me esté despeñando y todo sea fácil, todo muy fácil si entiendes que yo no. Yo soy bajada. Yo soy una pendiente. Por mi superficie puedes gritar, puedes no tocarte el pelo porque está difuminado por una velocidad que corta escamas. Por mí vas a dolerte en puentes abiertos, pero las montañas rusas sacan todo el aire de dentro, y el aire es nuevo, se renueva, y yo nunca llevo encima la misma corriente. Y tienes que saberlo, Triste, porque no voy a sonreírte desde ninguna cima, no voy a decirte ven, ven conmigo, desde aquí se ve toda la ciudad. Yo caigo. Yo busco el aire de las cosas que despeinan. Soy bajada, y es más fácil, y a la vez parece imposible, y no me voy a colgar de tus codos. Pero Triste, nunca he visto una playa en subida. Jamás la arena ha peleado con la luna. Cuando bajas la montaña, lo haces con la sonrisa infinita del que consiguió escalar y halló, justo antes del descenso, el beso morado del tiempo.

miércoles, 27 de mayo de 2015

915



Pero sí. Tengo miedo de levantarme un día y decir ya no te quiero, ya no me apetece verte. Me asusto. Tengo miedo de cambiar la mente de repente. De obligar a la vida a mutar por mí, para mí, y a vivir en un pliegue controlado siempre, configurado siempre por mi cabeza. Mi cabeza o mi centro, no lo sé, o solo la revelación de lo que quiero de verdad. Tengo miedo, sin embargo. Un miedo que me pincha. Que atornilla. Gira el miedo, gira en curvas de muerte inmortal, y una capa de sangre que es agua que es sal me corta, me corta, me dice que me corté. Tengo tanto miedo de mí. Tanto miedo conmigo. Miedo de dinamitarme, de boicotearme, de hacerme la vida imposible desde el núcleo de mi propia capacidad de vivir. Y qué si hay una rotonda en la entrada al pueblo, y qué. Al final, al final yo termino condenándome siempre porque las cosas cambian y yo cambio, y me doy cuenta despacio, desde el filo de mi casa huesuda. Pero no es así. No es así. Soy yo la que hace que todo, todo dé vueltas y se revuelva y cambie de forma. Yo. La obstinación que produce levantarme una mañana y mirar por la ventana y coger aire en lo profundo y decir no, ya no quiero esto, ya no soy igual. No es que la vida me defraude, no es que la vida pierda sentido en un día concreto, es que yo misma siento que ya no pertenezco, que ya no vuelo con la misma cometa a la espalda porque me he soltado y no hay cuerdas, no hay soporte, solo mi cuerpo que cae a través del aire y ríe. Ríe, ríe porque disfruta del momento preciso, exacto de estar cortando en dos, en tres, en cinco el aire, porque disfruta de pulmones llenos y ojos que no ven la realidad. Solo formas distorsionadas por lo veloz. Vivir siempre en la caída, dicen. Siempre como Alicia. Cavando agujeros para poder caer más, más lejos, más abajo. No es el fondo. Es el despliegue. Es la sensación de estar volando cuando lo que pasa, lo que de verdad sucede, es que te vas a despeñar sin remedio contra un suelo escarpado. Soy más barranco escarpado que río de ondas suaves. El fondo soy yo. Soy lo hondo, lo profundo. Cavo para encontrarme. Caigo para encontrarme. Pero estoy. Yo ya estoy. Yo estoy en el fondo de mí cuando descorro la cortina y respiro mucho, respiro más e hiperventilo y creo que puedo volar como los globos. Cuando decido que ya no quiero, que ya no puedo, que ya no hay caso. Y quiero tanto. Quiero tanto, esa es la verdad. Tengo bordes que se distorsionan en un amor intenso a voces, a personas, a pulmones que respiran y ojos que dilatan pupilas por la luz. Quiero todo lo humano y se me hincha el estómago cuando alguien llora, es lo cierto, carajo, es la verdad. Sería capaz de rajarme la pierna para que me duela solo a mí, porque no importa tanto, porque yo sé que puedo soportarlo y quizás otros no puedan, y eso es amor. ¿Es amor? A veces, a veces pues voy en el tranvía y me pongo a observar a los demás, y entonces sé que los quiero. Que me conecto. Porque una mujer baila sola y lo que pasa es que lleva una mochilita con un bebé, y una señora se mira los zapatos y se sujeta a la barra para no caerse, y dos amigas van vestidas de playa y se miran como si la sal fuera la última meta de la vida. Y las quiero a todas, a todas, porque son personas y sienten como yo y la vida es maravillosa, todo vale la pena, la calle da calor y siempre hay alguien esperando para sonreír. Y la sonrisa es más, más, más que un simple levantamiento de comisura. Pero no sé. No sé, no sé, no sé. Al día siguiente me levanto y ya no quiero. Ya no. Porque estoy sola. Porque me dejan sola. Porque reprocho. Porque me vuelvo dura por dentro y ya no siento tanto. Y me da miedo. Me da miedo cuando lo único que noto más allá del calor es un dolor macizo detrás del ojo izquierdo, mi ojo nulo, un ojo que alcanza menos del 90% de visión incluso con las gafas adecuadas. ¿Soy mi ojo? ¿Soy yo mi ojo vago? ¿Y si a veces, aunque tenga delante la lente perfecta, el instante de verdad, el amor condensado y alguien que tiene que importarme hasta que se me tranquen las vías, nos reduzco a mi mirada y a mí a una no-totalidad, una no-capacidad? ¿Y si lo que pasa es que soy un poco nula? No lo sé. Porque a veces en la calle siento calor, y a veces siento desde el centro que lo único que vale la pena en la vida es arrancarle pelos al césped con alguien al lado, alguien que te cuenta cómo se ve el mundo desde sus ojos capaces, alguien que te importa, alguien por quien te rajarías la pierna. A veces sé que quiero tanto, tanto, que intento tocarles a los demás algún punto, un brazo, algo, solo para dejarles entrar todo lo bueno que siento, para eliminar de ellos cualquier negrura y compartir, compartirme, darme. Solo eso. Y me siento global, total, completa. Libre. Pero, ¿sabes lo que pasa? Que cuando cierro el ojo izquierdo y miro solo con el derecho y las gafas, parece que mi visión alcanza un 100%. Que los contornos son nítidos. Aunque mi ojo malo, ojo nulo, siga ahí, encerrado en la jaula-párpado. Y a veces también pienso ya no quiero, ya no siento, prefiero encerrarme a mirar el techo y no ver a nadie. Y no cojo el teléfono. Y no me río. Y digo pues sí, yo hago lo que me da la gana, yo soy así, me da lo mismo. Y lo peor, sinceramente, lo peor es que sí, me da lo mismo. 

lunes, 25 de mayo de 2015

para caer al fondo



¿Por qué soy yo siempre el ente rebelde, la que no se conforma y mete siempre un re, rehacer, reincidir, remontar, recaer, re, re, re y más re como una pánica nota musical? Me voy a caer, lo siento por mí pero sé que mi centro coloca la punta del pie en la orilla del barranco. Se está asomando porque quiere ver, quiere entender qué hay debajo. Y estira el cuello, aprieta bien los ojos. Se desdibujan contornos y cáscaras en lo hondo, en el culo de un barranco que es taza sin café o bañera que no tupe. ¿Qué es, qué es?, pregunto, repregunto, y re re re, todo en re otra vez, todo rehecho y redicho y me reafirmo en los mismos ciclos, vicios, en las mismas certezas. Dime, centro, qué habrá cuando me caiga.

Aunque, si lo pienso, todo está ya. Está todo. Un colchón de no sé qué espera mi cuerpo, mi silueta en impacto duro y la última respiración consciente, la carrera venosa de la sensación de partir en dos el aire y borrar el re. Todo nuevo, a estrenar bajo la tapa del pozo o taza o tubo de escape. Tras la última respiración, la primera. 

Dime, centro, ¿me quiero caer? ¿Y si dentro, muy dentro, en la otra realidad, me espera un sueño de cuerda y asciendo hacia el otro lado? ¿Y si mi vida está en el fondo? Vivo con miedo a caerme, a no ceder y a seguir el trazado que me pides, núcleo de mí, pero no sé si debo o si quiero tener miedo, porque al final tú eres yo y quizás yo deseo... No lo sé. No lo sé. Dime qué es. Suena Vetusta Morla, es una señal. Suena mi pozo y re, re, remo hacia otra orilla hueca que tengo que llenar, y que me dice re, recuerda. Me voy a sentir sola cuando me caiga. Pero, me pregunto, ¿yo no estoy sola ahora?... Centro mío, yo te quiero. Aquí o en cualquier fondo. Pero dime, ¿queremos caernos o queremos que nos quieran?

sábado, 24 de enero de 2015

3456




Que sí, que tuve que amoldarme, acomodarme al podrido asiento de la verdad. Que me duelen los huesos. Que yo no puedo, yo no sé darles vueltas a las extremidades para conjugar una postura sin salientes, sin aristas. Que pulir la arista es condenar. Y romper. Y deformar.
Que no, que no quiero que me cures las grietas de la espalda. Que te vayas. Que yo soy, siempre soy bajada. Y te despeñas. Y es más fácil. Yo no soy un ser de circo. Deja de mirarme. No sé doblarme en esta caja, al final siempre la rompo con el codo y se me desdobla una rodilla, y muerdo sin querer, y me grita la boca sola que las peceras no me quieren.
Pues yo a ellas tampoco. Que les den. Quiero nadar en el mar y extender los brazos y las piernas, hacer el ángel en el fondo de un tapón azul. Que sí, que tuve que amoldarme. Contorsionista yo, a esta edad. Que no puedo buscar. Que el mar no está, es solo la evocación que me revela un escupitajo. Existe y no está. Y ojalá yo, ojalá un día.
Y uno y dos y tres, pero fuera de esta caja. No soy un pez. No nado. No me retuerzo en el mismo ángulo. Los peces no tienen conciencia, y yo sé que debo, no que tengo, sino que debo parar y frenar y calzarme porque tú, tú no puedes rozar por los dedos mis aristas. Pero, ¿entiendes?, yo nunca te pondría pecera. Yo jamás condenaría. Libertad. Solo eso, y otro día...

sábado, 3 de enero de 2015

para que yo




la otra mañana me desperté, había soñado contigo, me doblé en la cama, no podía moverme porque en mi cabeza me habías echado, apenas te habías inclinado para despedirte de mí antes de que me marchara escaleras arriba, una subida poco ascenso, una bajada sin ti a través de un canal hacia las nubes y una mano encerrada para siempre en el bolsillo, los dedos que sudan, y tú, yo te sueño, me doblé en la cama y abracé mis costillas, no podía cerrar los ojos del todo pero los muy hijos de puta tampoco querían abrirse, me volví la muñeca que siempre me mira desde la antigua habitación de mi madre, con los ojos como líneas, cerrados apenas, y me vi desde fuera porque yo ya no era una chica que dormía sino un cuerpo de porcelana, se me había ido la vida por los huecos de los dientes, me había fumado toda mi existencia porque tú, en mi coco, me dijiste que era mejor que me fuera, así, nada más, y yo me desperté asqueada y me miré por fuera y respiré y me vi sin filtros, sin nada, por qué coño te quiero, pensé, no sé por qué pero lo hago, y te me clavas por dentro de los párpados, tengo los ojos llenos de sangre y por eso no veo, tengo los ojos tintados en rojo porque una astilla me da vueltas en la piel, un tornillo de madera que no es de nada, sólo de olor y sueños que terminan siendo pesadillas en las que no hay monstruos ni vampiros ni nada, alguien que pide que me vaya, me desreclama, por qué no es todo distinto, por qué no encaja todo para que yo, para que yo, para que yo no sea más la muñeca con los ojos casi cerrados, inerte, blanca, mirando poco.



martes, 30 de diciembre de 2014

004



Estos muslos no son míos. Ya no me soy. Y yo miro al fondo del pozo y grito y siento vértigo y soy consciente, de tanto leer, de que el vértigo sólo significa que siento deseos de caer. Por qué lo de fuera se parece tan irremediablemente a lo que tengo dentro. Extraviar la postura, perder para siempre el cuerpo en uve. No vibra el teléfono encima de la caja. Lo dejé lejos, en otra habitación, pero puedo escucharlo. Baile de dedos, mensaje. Que dolía, que ahora ya no. Es sólo la cola de un golpe, mareo, como la laxitud después del orgasmo. El no negado. Y tengo derecho a pensarme indiferente, yo lo sé. En la cabeza puedo ser, ser, ser. Pero ahora coloco un dedo en esa pierna que no es mía, que encaja con el puzzle de mi esqueleto y se me pega como el arco romano, sin pegamento, sin cemento, sin calor. Respirar te va a matar, pienso, y qué. Me limpio el cuello. Con lija gris, sentada encima de la tapa cerrada del water. Refugio. Hogar en mí, no hay más casa, sólo un edificio en la garganta, una bomba víctima del tiempo escondida en el sótano. Y un teléfono apagado. Por qué no llama nadie. Por qué no saben que estoy aquí colgándome de los azulejos, contándome los dedos, limpiando los restos. Que ya no duele, pero sigo sentada y el tiempo, clac, me insulta. Yo ya no puedo mirarme al espejo. Sólo sabe mostrarme fotografías. No soy la niña que me mira y se mueve si lo pienso, y los muslos, yo no soy... Sólo el papel que barre la vergüenza, un arañazo rouge tras la blusa. Y tal vez al teléfono se asome. Tal vez al teléfono le nombren. Tal vez al teléfono le cuenten...
Nadie llama. Yo no lloro. Ahora sólo soy niña para los idiotas.


miércoles, 24 de diciembre de 2014

dos minutos




Tengo dos minutos para escribir. ¿Qué se escribe en dos minutos? Puedo mirar el techo y acariciar las paredes, y descender hacia la ventana, observarla, repensar. Puedo contar las teclas, calcular las letras, olvidar. Puedo golpear, dar tortazos, prenderme y prensar el aire en el fondo de los pulmones. Uf. Puedo tocar el piano del teclado y darle, darle, darle hasta tener algo, oro, la solución a mi vida o solamente la expresión de ella. Puedo escribir un poema o un ensayo. Una noticia o un diario. El mundo o yo. Sobre qué se escribe en dos minutos. Sobre una peli, sobre el vecino, sobre sexo. Cómo se escribe en dos minutos. Estilo, registro, tono. En dos minutos puedo salvar mi vida, o puedo no hacer nada. El tiempo es una estupidez. El tiempo, los relojes. Tic-tac. No hay más. Dos minutos. Qué son dos minutos. Qué significará el tiempo sin relojes. Qué sé sobre los minutos. Tengo dos minutos, sólo dos minutos. Tenía.

martes, 9 de diciembre de 2014

33

 
 
Tú tienes los ojos caídos y la boca cerrada y las comisuras colgantes y baja una lágrima y corre derrapa avanza deprisa por tu mejilla y tú tienes los dedos en la tierra y las uñas debajo y las piernas estiradas y las pestañas rizadas y el mundo en la lengua y me lo das y me lo envías y me lo pasas y rozas y tocas y miras y yo espero y digo y esto qué es y siento y consiento tu vida y rueda por mis dientes y atraca en mi garganta y yo tengo los ojos caídos y la boca cerrada y las comisuras colgantes...

domingo, 12 de octubre de 2014

para qué peleas



Te lo robo. Me lo quedo. Ahora es mío. Me hago con un segundo de tu vida y lo uso como a mí me da la gana, y para qué peleas. Para qué te mueves. Quédate quieta, cierra los ojos, relaja los pulmones. No pasa nada. No voy a hacerte daño. Mira, ahora solamente cojo el pincel con las yemas de los dedos. Lo estoy agarrando muy suavemente, y con un leve movimiento lo mojo en pintura. Es amarilla, ¿ves? A ti te gusta el amarillo. Es el color de los girasoles, tía. Que te gusta. Sólo voy a agarrar el pincel, nada más, sólo mis dedos y el mango de madera, y espera un momento, déjame ver lo que pasa si me acerco... No, no. Quieta. Que me toca. No te va a doler, sólo voy a deslizar los pelillos del pincel por tu mejilla y... Joder, ya está, te estoy diciendo que no te va a doler, que no pasa nada. Es algo que tarde o temprano va a pasar, ¿lo entiendes?, va a pasar por mucho que lo dilates en el tiempo. Así que para qué coño peleas. Venga, mira, poquito a poco, despacio deslizo el pincel por tu mejilla, ahora te dejo sólo un trazo, ¿vale?, un trazo amarillo, es muy fino, no lo va a ver nadie. Sólo tú y yo sabremos que tienes la cara un poco pintada, ¿sí? Sólo tú y yo. Un secreto. Es bueno tener secretos, aligera la carga de la vida y nos une a los demás. Si quieres, no sé, si quieres te enseño a pintar caras. Es algo súper básico en la vida, pero mucho, si no sabes pintar caras estás perdida. Coge este pincel, que es un poco más grueso y traza mejor. Toma. Ahora sujétalo con fuerza, con ímpetu, y mójalo en la pintura. En la azul. Sí. Yo dirijo tu mano. Ahí, al lado del ojo. Aprieta un poco. Dale. Sí, lo estás haciendo de puta madre, creo que si sigues así podrías pintar un cuadro. ¿Te imaginas?, la Mona Lisa en tu cara, la Trinidad en los pómulos, El Beso en la barbilla. ¿Te gustaría? No arrugues la frente. Tienes que tenerla bonita para poder... No, no, no. No te muevas. Me toca pintarte, ¿recuerdas? Joder, pero si hasta tú misma lo haces. Si tú te pintas. ¿Cómo vienes a decirme que no quieres más? ¿Eres tonta o qué? ¿No ves que no pasa nada? Para. Que sigo. Esta vez te toca verde, y además te voy a pintar toda la nariz, para que veas que no duele. Que no duele. Que no. Que te estés quieta. Que me toca pintarte. Que le voy a decir a todo el mundo que ese tajo azul te lo hiciste tú. Déjame, venga, sólo un momento, un trazo más y después te dejo en paz para siempre, en serio, no vuelvo a coger un pincel en mi vida, no vuelvo a acercarme a ti con un bote de pintura, te regalo cosméticos para que te limpies los colores y te hago la cama un mes. En serio. Sí, ¿me dejas?, venga, verde, verde. Esta vez cojo este pincel, que no lo hemos estrenado y es nuevo. Cómo me gusta pintarte. Algún día podrás pintarme tú, y todo será... ¿Cómo que no? ¿Cómo que no, joder? Pero para qué peleas. Que ya tienes tres colores. Para qué te mueves. Este segundo es mío, y te tengo aquí, a mi lado, y puedo hacer contigo lo que me salga de la punta de la polla. Puedo pintarte la cara y el vientre e incluso el culo, y tú no puedes hacer nada, porque si lo haces le voy a decir a todo el mundo que ese trazo azul... Joder, que no te muevas, que te estés quieta. Que cierres los ojos, puta. Que te calles ya. Mira, me importa una mierda. Coge este pincel. Ahora. Que lo cojas. Cógelo, joder, pedazo de puta. Que no vales para nada, hostia. No sabes ni pintar. Mójalo en rojo. Acércatelo. Ahora, justo ahora te vas a pintar la frente. Con el pincel y la pintura roja. Te vas a dibujar la frente y vas a escribir: puta. Y cuando salgas a la calle todos lo verán. Si hubieras estado quieta todo habría sido amarillo, y no habría rojo en tu conciencia. No te habrías jodido, imbécil. Porque este segundo de tu vida es mío. Para qué peleas. Para qué te mueves.


sábado, 30 de agosto de 2014

hielo



Nunca me quitas la sed. Eres como, no sé, como chupar un cubo de hielo. Te tengo en la punta de la lengua y pareces agua, y cuando empiezo a moverte dentro de la boca me dejas fría. La boca me duele. Y te muevo y me siento vacía, porque dentro de la cávea de mi habla es como si el agua me estuviera derrapando por los dientes y la garganta. De vez en cuando te caliento mucho y me das un poco, sólo un poco de líquido, y yo lo mantengo un segundo en la boca y después trago, y me llueves un poquito en el esófago. Pero es peor, porque no me quita la sed. Sólo son un par de gotas tontas, demasiado frías para que yo note su necesaria falta de sabor. Y te muevo y vuelvo a moverte y te revuelvo, y tengo dentro de la boca algo que parece agua, la solución a esta garganta rota y rasgada, pero no lo es. Tengo algo que no es nada, y en realidad lo es todo, y yo sigo provocando terremotos con mi lengua, que no está afilada. Más gotas y cada vez tengo más sed, y convulsiono de rabia, y vuelvo a dejarte en el vaso y espero a que te derritas unos segundos. Vuelvo a mover el vaso y me bebo lo poco que hay, y te meto dentro de mi boca y entonces por puro ahogo muerdo. Y te me rompes, y te mastico y me alivias, pero te vas. No te bebo. Sólo te desgarro.

miércoles, 27 de agosto de 2014

m&m mundo y mierda


¡Mundo!,
cuando yo nací mis padres me esperaban. Fui la primera hija, y me recibieron con los brazos abiertos, así, en cruz. Me estaban esperando. Y salí toda asquerosa y mojada y después unas enfermeras de las que no me acuerdo me bañaron. Me quitaron de encima lo que delataba que acababa de pasar por un horror como nacer. Y me convirtieron en persona. Me insertaron en el mundo de repente, como si mi cuerpo de bebé fuera una bala loca, recién disparada, que corría y corría y corría por el aire e impactaba en un cuerpo yerto.

¡Mundo!,
yo crecí un poco y me convertí en una niña un poco más formal. Jugaba a las casitas con las cucharas y los tenedores, y cuando estaba en clase me entretenía en imaginar que mis lápices eran personas pequeñitas a las que habían obligado a mutar. Y a veces colocaba la goma de pie enfrente del lápiz, y la ponía como si fuese un atril. Me ponía a mover la cabeza e imaginaba que el lápiz estaba dándole un discurso al mundo, que iba a cambiar las cosas (no sabía el qué) con las palabras que le salían por la boca. Y dentro de mi coco ese discurso estaba compuesto sólo de frases sueltas. Pero eran brillantes, coño.

¡Mundo!,
después me hice un poco mayor y descubrí que esas frases eran mierda. Que los lápices no hablaban y que la proporción no era la adecuada, porque la goma-atril sólo le habría llegado al lápiz-político hasta las rodillas. Yo era una niña normal, como todas, y quería ser lo que querían ser todas.

¡Mundo!,
yo quería ser una chica buena, ¿eh? Que a mí me decían que era mala, así, cuando era pequeñita, y se me caía la vida a los tobillos. Me portaba estupendamente y nunca contestaba a mis mayores. Aunque tuviera que morderme los nudillos. Yo sólo quería ser buena. Quería que mi madre y mi padre asintieran al mirarme, y quería vivir sin tener que reprocharme nunca nada. Yo quería ser buena. Y lo era.

¡Mundo!,
todos querían lo mismo para mí. 

¡Mundo!,
eso es lo que tenía que haber sido.

¡Mundo!,
después salí a ti y descubrí que todo lo que tú proclamas, todo lo que tú llevas dentro es mierda. Que no hay modelos ni referentes que valgan la pena si eres tú, justo tú quien los señala. Me di cuenta de que yo no era buena, de que yo no llevaba dentro nada de eso, porque lo que tú consideras una mujer buena es una puta mierda, y yo valgo más que eso.

¡Mundo!,
me rompiste todos los sueños, fuiste quebrando las extremidades de mis delirios una a una, y doblaste las articulaciones y las dejaste inútiles. Te cargaste todos mis sueños, todos y cada uno. Me demostraste que nada de lo que yo soñaba era posible, porque en el mundo no quedan más de cien personas capaces de deslizarse dentro de lo que yo considero algo bueno, algo íntegro, algo justo.

¡Mundo!,
lo bueno es malo y lo malo es bueno, y hasta que no entendamos eso vamos a seguir matándonos a golpes con el muro. Vamos a seguir creciendo sólo para que nos rompan los sueños uno a uno, poquito a poco.

¡Mundo!,
yo quería ser buena.
Te lo juro.

pre-19



Me dijo el camarero -qué cliché- que todos tenemos una lágrima guardada en la comisura del ojo. Que la gotita está ahí, obcecada, y no quiere salir. Que no le da la gana, y se agazapa y se esconde dentro del lacrimal, y nada dentro de sí misma y se revuelve. Es una lágrima pequeña y deforme. Porque las lágrimas siempre son deformes. A mí no me vale esa mierda de las gotas de cristal que resbalan sólo porque la superficie de una cara cuarteada no sujeta el vidrio. Qué mierda es ésa. Las lágrimas son deformes porque no tienen un contorno fijo, y resbalan por la cara y la llenan de residuos tontos, y van cambiando y mutando y creciendo a medida que la gravedad les coge por los huevos. Y las lágrimas nunca son las mismas, me dijo el camarero, y me sirvió un chupito. Nunca son las mismas, y la misma lágrima puede ser cien mil lágrimas más, escucha, cien mil, puede ser tantas otras mientras derrapa por la comisura de una piel, por el filo de unas células que se estiran como chicles, la misma lágrima puede transformarse si la gravedad le da un toque, y si la física revienta, y en una sola gotita salada podemos llorarlo todo, todo... Y te tienes que beber eso, me espetó, te lo tienes que beber, porque no puedes seguir así, siendo siempre una niña.
Que todos tenemos una lágrima guardada en la comisura del ojo. Que la gota se expande y forma un velo, y nos cubre la mirada y sólo vemos, sólo observamos a través de ella. Que esa lágrima nunca sale, que nunca muere, que sólo empuja y empuja y pone zancadillas a las demás para que se vayan a ver mundo, para que lluevan, para que lloren.
Que no puedo ser siempre una niña.
Y me bebí el chupito. Derrapó por mi garganta, yo escuché el sonido de las ruedas del alcohol, las partículas cogieron una curva muy cerrada y el chupito chirriaba y corría y no se paraba, y el alcohol me dejó marcas en el fondo de la garganta. Me bebí el chupito, y el tío me miró por encima de las gafas. Sonrió. Sonreí. No se me saltaron las lágrimas. No me brotó esa gota puta que se agarra con las uñas a mí, a mi cuerpo, a mis pasos. Quizás en eso consista crecer.
Y sin embargo estoy aquí, ¿sabes?, y me veo en este espejo tan chiquito, sólo el rostro, mi cara enmarcada por madera oscura y de imitación. Me arrastro el párpado con el dedo índice y pienso en esa gota. Sólo en la gota. Se me está borrando la raya del ojo, y como siga así voy a parecer un mapache, pero me importa una mierda, y las pestañas me hacen cosquillas en el dedo, y yo pienso en esa gota, en ese camarero, en ese trago.
Que no puedo ser siempre una niña.
Me alejo un poco del espejo y contemplo mi cara, y entonces cierro los ojillos y no me veo pero me siento a mí misma con dos medias lunas pintadas en la piel. Los abro, y me oteo, me miro fijamente, soy una niña a medias y no puedo serlo siempre, y estoy a punto de cumplir los 19, y tengo en la garganta las marcas del derrape de un chupito que a saber qué más llevaba. La lágrima puta empuja y hace fuerzas, la oigo gritar, y una pequeña gota que no es la que quiero me sale del fondo del lacrimal. Yo no puedo ser siempre una niña, pero ahora me miro al espejo y lloro, y la primera lágrima baja por mi cara y va mutando, y va siendo otra, y a cada milímetro de mi piel que conquista, mala colonizadora, la lágrima llora algo distinto. Llora en mi cara y llueve en mis tripas, y baja y baja y baja como una gotita de agua suicida que pinta la fachada de un edificio de ésos tan feos. Y salen más más más lágrimas de este cuerpo, más más más agua que fabrico sin pensarlo, y lloro porque no puedo ser siempre una niña y estoy creciendo, pero me repliego sobre mí misma y pienso en mí, me pienso, y barro con el láser de la mente todo lo que tengo dentro, todo, todo, y al final me lloro. Lloro porque soy, y también lloro lo que soy. Todo eso, todo.
Quizás, como no puedo ser siempre una niña, en algún momento pueda pararme a coger aire. Una bocanada de aire que me congele las vísceras y sofoque el fuego que llevo siempre dentro. Tal vez pueda detenerme ratito y tomar conciencia de mí misma, justo como cuando lloro. Ya está bien de saber que existo sólo cuando tengo la cara llena de agua y mocos y trazos de rimmel. Los adultos no lloran tanto, o al menos eso pensaba yo cuando era una chiquilla, pero tengo la sensación de que cada día lloro menos pero lo necesito más. Que yo no puedo ser siempre una niña, pero ¿y esa lágrima que lleva desde siempre ahí, toda la vida, esa lágrima que ha crecido conmigo y se ha bebido todos mis cafés y ha escrito enviando impulsos eléctricos a mis dedos, esa gota de agua que me ha fallado y follado y se ha educado con mi falta de educación?... ¿Qué pasa con ella? Puto camarero de los cojones, no puedo crecer sin soltarla. Va a seguir cambiándome de forma dentro de los ojos, ¿verdad? Seguirá jodiéndome, y seguirá marcándome, y yo no voy a crecer nunca, nunca, pero sí dejaré de ser una niña.
...¿no?

jueves, 21 de agosto de 2014

3



Yo soy una de ellas, y los gritos me comen y me joden y se enmarañan en el fondo de mis oídos. Soy una de ellas, y sé lo que sienten, son como espejos que reflejan todo lo que tengo, todo lo que llevo entre las costillas y en los bolsillos y dentro de los zapatos. Soy una de ellas, y no quiero serlo.
Porque no deberíamos existir.
No tendríamos que ser una categoría distinta ni tendríamos por qué reflejarnos como espejos. Y sin embargo...

miércoles, 20 de agosto de 2014

limpiar


-Límpialas.
-¿Eh?
-Que las limpies.
Me tira una gamuza y yo la miro, y después miro el paño, y me quedo pillada, colgada del aire. Y el aire se enquista, y yo no siento nada. Que las limpie. ¿Que limpie qué? La mesa no tiene nada. Está limpia. Ya recogí los platos y pasé un paño mojado, y después uno seco, y ella no puede mirarme ahora, de repente, y decirme que las tablillas de la mesa están sucias. Porque están limpísimas. Y ya está.
-¿Qué cosa?
 Magdalena retrocede y lanza la coleta como un látigo. Se gira sobre los talones. Me clava las pupilas y levanta una ceja, sólo una.
-Las gafas.
-Las gafas...
Las gafas. A veces me pasa, no sé, que me olvido de que las llevo. Y todo el mundo me recuerda que las tengo sucias, asquerosas, llenas de mierda. Que no saben cómo cojones veo con tantos lamparones y tantas manchas y tanto brillo opaco. Y yo me olvido, y ya está. Y ahora Magdalena me mira y espera una respuesta, no una verbal, no una repetición del sintagma que ella escupió antes que yo. No espera eso, sólo que agarre la gamuza, que está medio doblada y estrujada encima de la mesa, y que limpie los cristales. Sólo eso.
-Siempre las llevas asquerosas. Y no te entiendo.
Se sienta delante de mí. Apoya la barbilla en la base de la mano y me escruta, y escruta los cristales blanquecinos de mis gafas, y yo me pregunto en qué momento esto dejó de ser un consejo, un recordatorio.
-No me entiendes -recito.
-No.
Y un dedo se alza sobre los demás, y es la revolución dactilar, un golpe de estado, el dedo índice se posa deprisa sobre los labios, y se desliza por la piel, y el dedo rebelde hace que el semblante mute, ya no es el mismo, esto ya no es un consejo, un recordatorio.
-¿Tú notas cuando se te ensucia la piel, Magda?
Me pongo recta. Meto hacia dentro la parte baja de la espalda, y convierto mi cuerpo en un ángulo recto que desafía todas, todas las leyes de la geometría. Pero yo estoy recta, y respiro mejor. Por mis canales se desliza el aire. Magdalena tarda en contestar. Está pensando. Desvía los ojos a la derecha. El dedo sigue ahí; me reta y le reto, y reto al cuerpo entero. 
-Cuando la miro y está sucia. Pero tengo que mirármela, ¿no? Es mi cuerpo, y mi cuerpo es mi responsabilidad.
-Yo me olvido de que llevo gafas, igual que tú te olvidas de que tienes piel. Es así como funciona el cerebro. Si yo tuviera siempre en la cabeza que llevo un puente de pasta encaramado encima de la nariz y las orejas, ¿crees que no me obsesionaría? Y si tú, o yo, o quien coño sea, se pasa el día pensando que tiene piel, pielecitas muertas encima de otras que dentro de poco la palmarán, entonces tenemos delante a un obsesivo. Así funciona el mundo. Así funciona la mente, y mi mente es mi responsabilidad, ¿no crees?
Suelta todo el aire en una bocanada, y el aire anida en el gas y me azota en la cara.
-Y yo qué sé. Límpialas ya -y se pone en pie, y da un paso, y se para un momento-. Que nos vamos.
Está de espaldas. Yo me pongo más y más recta, cada vez más, y no toco la gamuza ni quiero limpiar las gafas. Porque veo bien, porque no me da la gana, porque esto es más que un consejo, que un recordatorio.
-Me olvido de que llevo gafas, y las gafas son parte de mí. Van conmigo a todas partes. Y cada lamparón cuenta mi día. Cuando me las quito por la noche están asquerosas, yo lo sé. Pero esa suciedad es sólo una expresión de mí misma. Como todo. Como la piel llena de tierra, o de grasa, o de arañazos. O como el pelo cuando huele a humo o está lleno de salitre o de hojas secas. Y, qué sé yo, me olvido de que las tengo y me olvido de limpiarlas, y lo hago porque ver la suciedad encima de mis ojos, esa película blanquecina y semiopaca que me cubre la vista, es como tener encima un residuo del día. Es decir... Vivo, y se acumula mierda, y a mí puede parecerme que la vista sólo se me nubla por lo vivido, que no es porque tengo ahí unos cristales adherentes que se quedan con todas las motas de polvo y con todas las huellas dactilares. Yo vivo, y a veces me parece que crecer es acumular, que lo que veo o lo que me impide ver es la suciedad de vivir. Que el cuerpo se vuelve imperfecto con el tiempo y salen arrugas y estrías y nos hacemos daño, y eso no le quita valor. Lo dignifica. La vida al final es como, no sé, como un tatuaje, ¿no?, y tener mierda encima significa que has sentido cosas. Que has tenido algo delante. Y si tengo las gafas sucias es porque me olvido de que las llevo, y si me olvido de que las llevo es porque quiero crecer. Y ser mejor. Y vivir. Así que déjame en paz, joder.
Paso, paso, paso. Magdalena arranca a andar cuando paro, y oigo cómo cierra la puerta del baño de un portazo. Y después el fechillo. Y esto es más, más que un simple consejo, que un simple recordatorio. Y yo no sé si con la suciedad del alma las palabras esconden más. Si una escena normal puede convertirse en una guerra, en bombas y pólvora y sangre. No lo sé. Pero Magdalena está abriendo el grifo de la ducha, yo lo escucho, y yo sigo en la mesa de la cocina, y sé que se va a quedar en casa porque a mí no me apetece limpiar las gafas. Porque yo me olvido de que miro a través de dos cristales. Porque yo necesito refuerzos para ver mejor. No sé...

viernes, 15 de agosto de 2014

el tiempo sin relojes (número mil, creo)



-Y si yo me fiara del reloj, ¿sabes lo que pasaría? Que me explotaría la cabeza. Que me saldría humo por las orejas y tendría que cambiarme de ropa, porque el calor penetraría en la tela y la dejaría apestando. Si yo me fiara de ese círculo con manecillas sin dedos, si le hiciera caso al tictac o a la distancia entre los números, entonces podría estar en Gran Bretaña. Podría estar en Londres bebiendo y bebiéndome los días, y mi vida podría ser distinta, y yo podría ser otra persona. Y sin embargo, estoy dentro de una isla chica a la que llaman la Isla Grande. A mí el reloj no me dice quién soy ni dónde estoy ni por qué. Y yo quiero saber por qué. Mi vida se basa en las putas ganas de saber por qué. El reloj es inútil, y el sonido del mecanismo es tonto y me da ganas de romper cosas. El tiempo no debería medirse, y tendría que poder estirarse como un chicle o escacharse como cualquier otra cosa. El tiempo debería ser dúctil y laxo y mío, mío, sólo mío. No de un par de agujas o de carteles con números o de los trazos en la pantalla de mi móvil. No quiero fiarme del reloj porque cuando fijo la vista en los números siento que todo lo que tengo alrededor es un decorado, cartones y trazos de brocha gorda, todo de mentira, todo hecho con un presupuesto muy bajo. Los husos horarios no miden la distancia, sólo son creaciones de un tío con bigote y gafas de culo de botella. No hay verdad en la hora, no hay hora en la verdad. Y yo estoy cansada de mentiras, ¿entiendes?, porque vivo en un mundo en el que todas las paredes son falsas y todo es un truco y no hay nada, nada que sea real. Vivo en un mundo en el que todo se tapa, todo se esconde, todo se esquiva. Un mundo de cartón piedra y papel de ése duro, joder, que no sé cómo se llama. Pero ¿sabes lo que pasa?... Que yo vivo y tengo una rutina, y la sociedad me obliga a desbloquear el móvil y mirar la hora, a darme prisa cuando se me hace tarde y a esperar de vez en cuando a que pasen los minutos y los microsegundos. No entiendo por qué no puedo rebelarme contra los relojes. Pero a veces pienso, no sé, que hasta en la revolución hace falta saber qué hora es... ¿Qué significará el tiempo sin relojes?

lunes, 11 de agosto de 2014

gíglico



Y allí se desliza la balanza, se mide a sí misma y se pesa, y descubre que un lado es más, siempre más que el otro, y nunca sabe por qué... Yo nunca quise ser surrealista, no me gustan los atavíos ni las cosas incomprensibles, y sin embargo a veces pienso que hay cosas que no se pueden expresar ni escribir, pero que tenemos dentro de la barriga esa necesidad hueca y sorda y cotorra, y tenemos que decirlo de alguna manera. De ahí salen los poemas que no entiende nadie, y los libros que no llegan dentro pero que sin embargo tienen pasajes viscerales, así nacen los escritores incomprensibles y así se inventó Cortázar el gíglico. A veces las palabras convencionales no son nada. Sólo son normas que alguien tiene que romper para que se refuercen. A veces te toca escribir sobre algo que, haciendo gala de un egoísmo raro, piensas que sólo llevas dentro tú. Y sacas las palabras feas y raras y las apiñas y construyes metáforas que sólo tienen sentido dentro de tu cabeza porque sólo son la e y la f, y a quien lee le falta pasar por a, b, c, d. Pero eso también es escribir, y hay que saber diferenciar qué texto escupes para que se columpie en las córneas de los demás y cuál vomitas desde muy, muy, muy dentro para ti, sólo para ti. Sólo el acto de escribirlo, sólo el hecho de leerlo y saber que no se entiende, que no se comprende nada, nada. Nada, porque faltan partes. Y así nos masturbamos con palabras y puntos y comas que suelen faltar, y lo hacemos a escondidas y contamos hasta diez antes de volver a salir al mundo porque quizá nos pillen en la cara ese regustillo feliz y se den cuenta de que estamos solos, y qué te pasa, por qué estás tan feliz, y cuéntame, y no puedo, sólo es mío, sólo yo, yo y mis edificios...