Pero somos culpables de vivir en un mundo que no supo amparar a Alejandra. Se suicidó a los 36 años, después de haber intentado muchas veces llegar a lo más profundo: pastillas, una clínica, las perras palabras que ya no abrían huecos sino que. Qué tiene el poeta, qué, que se refugia en sí mismo. Qué tuvo Alejandra que prefirió dejar de respirar (con ese asma, ya lo sabes, con ese asma que recordaba al ahogo) antes que conectarse con lo de fuera de la ventana del negro hospital. Llegaban cartas, salían papeles. Todos anunciaban que se estaba cayendo, y Alejandra veía las lilas que se deshojaban, cada día se acercaba más el pétalo a la sombra. Comprendió que la caída era ella. Escribió sobre los bordes del silencio de las cosas. Vio en todo lo callado una presencia, y seguramente la presencia no sería más que ella, ella o alguien que había cerrado la boca en torno a sí y no había entendido nunca la materia de los pájaros. Atropelladamente escribía. Los libros y les cahiers esparcidos por el suelo. Las cartas de Julio, de Silvine, a León. Con todos ellos intentó compartir el fantasma, pero el fantasma seguía empeñado en quedarse entre las venas de Alejandra. Y una colilla podía contagiar la tristeza. Cualquier cosa, cualquiera, en esos días de grises templados y de cabeza convertida en pinza. El miedo, Alejandra, el miedo insoportable de las jaulas o tal vez del no saber qué hacer fuera de las jaulas. Se suicidó muy joven, pero ya había vivido. Ya se había contagiado de la sombra. De la sombra opaca que crecía dentro como un poema sin palabras. La muerte de Alejandra no estaba en un bordillo, en un cáncer, en un difuminarse. Ella era su muerte. Se llevaba dentro como si cargara un feto. Maduraba el morirse cada día, copiaba la longitud de su estirón. Yo soy mi muerte, quizá la frase que le dio más miedo y sin embargo la que gritan todos los ríos. No nos merecemos este mundo, este cielo en la noche hueca, sin Alejandra. Bichito. No podemos pretender vivir felices sin pensar en su agonía apagada, en un cuerpo herido por las palabras que giraban en la boca. Dónde está Alejandra, adónde huyó. En el lenguaje, tras los pliegues, vive Sombra: nos acecha, nos recuerda lo culpables que somos por haber dejado brotar un dolor metálico a la totalidad. El poema de la muerte más dulce está escrito en el cuerpo despojado de su boca. Ciego mis ojos por mi culpa. Ciego mi cuello y yo también insisto en abrazar al mundo.
Las mejores historias son las que hablan de lo que no cuentan, ésas que tienen otras letras impresas en los márgenes y entre los huecos de los renglones. Las mejores historias son las que dejan rendijas, grietas pequeñas por las que descubrir qué es lo que se mueve dentro de todo.
¿Qué significará el tiempo sin relojes?
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lunes, 10 de agosto de 2015
por alejandra pizarnik
sábado, 8 de agosto de 2015
tres poemas a rayuela
"sé que me acordaré
de un cielo raso"
(julio cortázar)
"¿quién está dispuesto a desplazarse,
a desaforarse, a descentrarse, a descubrirse?"
(rayuela,
horacio)
"yo aquí sostengo un espejo y creo que sos vos"
(rayuela,
la maga)
I
a horacio le asusta
la luz
tapa de lo oscuro
el cielo raso
invadido por la altura
de los ojos
un aleteo interminable
la eternidad
dios
y este paraguas roto
sin nadie que lo estreche
y le dibuje
una rayuela
y una maga riendo tan triste
como el corazón
de oliveira
o sus dedos o sus muros
o su centro
o Rocamadour
II
a la maga le asusta
horacio
mirando lejos la muralla
sin ladrillos
y un aire ruidoso
morado
con temor clausura la pieza
donde son tan sucios oh
y hacen tanto
el amor
tanto que le asusta
a la maga
cuando horacio tira y ella
piensa en el color morado y ella
es un miedo
que llora
frente al espejo
viendo a otra maga irrepetible
y tonta y mala y morada
sin ladrillos
III
a julio le asusta
un conejo meditabundo
alejandra
cristina
clínicas
y aviones
argentina el mate los clavos
los demonios
el mandala
aurora
la máquina de escribir está
cansada de mover su boca
de desesperación
recibirlo en los cafés
sería una ofensa:
a julio le asusta
que intenten comprender
por qué sus ojos se entornan
ante una taza
casi llena
y por qué a horacio le asusta la luz
y a la maga le asusta horacio
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