¿Qué significará el tiempo sin relojes?
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lunes, 22 de abril de 2013

casinoexistes



Vamos a omitir que no conoces estos diecisiete míos que me hacen querer parar el tiempo y guardármelo entre las zanjas de la mano. 
Vamos a omitir ese mundo estratosférico de fuego líquido y sonrisas no tan limpias al que viajamos aquel día en el que empezaban mis dieciséis. Vamos a omitir que esos mismos dieciséis fueron los que terminaron alejándome de ti y se convirtieron en un año de mierda que quería aparentar estar pintado de flores. 
Vamos a omitir que cumplieras la veintena mientras me reprochabas que no iba a acordarme (cuando lo cierto es que aún recuerdo la fecha y lo he hecho siempre). 
Vamos a omitir aquellos quince míos de quererte en un susurro y no saber no recordarte al pensar en mí misma. 
Vamos a omitir mis catorce de tenerte sólo un poco y perderte sin que tú me perdieras, de que aparecieras de vez en cuando y me agarraras con anzuelos las comisuras de los labios para hacerme sonreír. 
Vamos a omitir mis trece de casinoexistes, de rebuscar entre mis cajones por si te encontraba de repente aunque, qué quieres que te diga, no sabía qué buscaba (mis trece de aquella conversación nada importante que los dos recordábamos al llegar los quince). 
Vamos a omitir mis doce de conocerte sin querer y reírme por lo bajo de tus chistes, del chico mayor, de no saber a qué me enfrentaba.
Vamos a omitir que siempre estuvimos presentes pero que no lo sabíamos. 
Vamos a omitir que tal vez el destino (si es que existe) quisiera darnos una lección de ésas con las que en teoría deberíamos aprender algo. 
Vamos a omitirlo todo porque ya no importa, porque el tiempo borró con una goma áspera todo lo que significaron las llamas frías de una adolescencia que todavía no ha terminado. 
Vamos a omitirlo porque no queda más remedio.
Pero no puedo omitir que hoy me acordé de ti al abrir cierto libro y encontrarme un pétalo seco de rosa que no sé cómo se coló de nuevo en mi vida. No puedo omitir que la primavera me jode un poquito cuando te paseas por mi cabeza con las manos en los bolsillos y colorines en los ojos. No puedo pero quiero, y la impotencia de no quererte pero recordar lo que era hacerlo (una puta montaña rusa) me trae una sensación que nunca entenderé.
Vamos a omitir que hace calor. Centrémonos en el frío de aquel diciembre que lo rompió todo. Tal vez así me dé por volver a reírme de todo y de mí. 

sábado, 6 de abril de 2013

círculos concéntricos y poco más


"Olvídalo. La vida no son círculos concéntricos."
No puedo evitar reírme cuando sus palabras resuenan en mi cabeza. Me río como una loca, sola en el sofá con una revista abierta sobre las piernas y la mente cerrada sobre los hombros. Le recuerdo. Su imagen aparece poquito a poco, haciéndose esperar y yo no me impaciento. Primero son sus ojos, negros como el cielo que me espera en el balcón; luego aparece su rostro al completo y vuelvo a reírme. Soy así de simple. Ya sé cuántas pestañas tiene y no tengo por qué seguir contándolas. No me importa recordarle a medias mientras le cuento a mi amigo envuelto en cristal lo que pasó. 
-Fue todo una mierda -le susurro, rascando su etiqueta con la uña del dedo índice. 
Miro el reloj. Son las doce en punto. Ni un minuto más ni uno menos. Le hago una peineta, harta de preguntarle por qué conspira con el mundo para romperme los días y atraer mi mirada justo cuando son las en punto y puede darme por pensar que he perdido otra hora sin hacer nada. Observo la botella. No sé cuándo la compré, pero estoy segura de que lo hice en esa tienda tan fea que está a dos calles. Pensar que viene de ahí me pone el vello de punta, y no precisamente de la emoción. Me imagino al dependiente colocándola en la estantería, preguntándose si la compraría un ejecutivo importante o una mujer con tacones. Premio: una idiota en chanclas; una idiota sin corazón. Supongo que malgastar una bonita noche de primavera sentada en el sofá, botella en mano -o en boca, según el momento-, recordando estupideces es no tener corazón. Por lo menos sé que hacer daño a las personas que quieres es no tenerlo. ¿Y a quién voy a querer más que a mí misma? 
Vuelvo a reírme porque la ocasión lo merece y su imagen no me deja. La tengo tatuada en el cerebro. He intentado arrancarla miles de veces y sólo he conseguido abrirme heridas y rasgar mis cicatrices. Bebo otro sorbo y ya la garganta no me pica; tal vez la tenga quemada de guardarme las palabras. Trago y a la vez intento doblarme, volverme el mínimo y perderme entre la oscuridad de mi propio cabello. Y no lo consigo. Últimamente soy un conjunto de despropósitos pegados con superglue 
-Fue una mierda, y mi hermana siempre me decía que toda la mierda es pasajera. Entonces, ¿por qué yo no avanzo? 
Miro la botella. Me doy cuenta de que estoy esperando su respuesta. Me doy cuenta de que ya la tengo yo, dentro de mí. Y me da igual. Me da igual porque sé que responderme no va a servir de nada; si ya tengo la respuesta y me aporta más bien poco, ¿para qué sacarla a la luz? ¿Para qué darme más motivos para hacerme un ovillo en el sillón y morderme los labios entre tanto autoengaño? Me he convertido en esto. En sábados por la noche en pijama, en botellas que se vacían a la velocidad del tren, en pañuelos manchados de rimmel. Me he convertido en otra persona, en aquélla que siempre odié. Y a fuerza de haberme convertido en ella me doy cuenta que nunca tuve que odiarla; a fuerza de ser alguien que no soy me doy cuenta que ser yo era difícil. Y puede que me dé pereza volver a vivir de la misma forma. Puede que me deje ganar. Al fin y al cabo, mi vida la manejo yo. Me miro las muñecas en busca de algo parecido a un hilo. Y no encuentro nada. Lo que yo decía: no tengo mi un pelo de marioneta.  
La vida no son círculos concéntricos... ¿Cuántas veces habré intentado entender cuál fue el desvarío que le llevó a escupir esas palabras? Ni siquiera fui yo quien se las arrancó. Simplemente las soltó como si llevase muchísimo tiempo guardándoselas debajo de la lengua, y yo le miré con los ojos entrecerrados, esperando disculpas o explicaciones. Pero no las hubo. No hubo nada, sólo su sonrisa de niño malo y la mía de medio lado que se esforzaba en disimular lo que realmente me hizo gracia. ¿La vida no son círculos concéntricos? ¿Nada influye en lo que ocurre? ¿Los episodios vividos van aparte, puedes dejarlos de lado o guardarlos en cualquier cajón para seguir viviendo? En fin. 
No se puede bucear en unos ojos que el recuerdo te regala. No se puede leer una mente que está dentro de la tuya. Así que asumo que se me acabó el tiempo de hacerlo. Se escurrió por mi piel y cayó al suelo como gotas de sangre. Y el tiempo que ya no está me hace pensar en las gafas de buceo emocional que nunca llegué a ponerme. Nunca llegué a satisfacer mi curiosidad y meterme dentro de la mente más profunda de nuestros dos centímetros habituales de distancia. Y no lo hice porque creía que nunca me faltaría tiempo para hacerlo; no lo hice porque pensaba que era preferible descifrar el acertijo poco a poco. Me quedé así, cosiéndome a él, arañando nuestros lazos y pegándome al vacío. Se movió algo dentro de mí. Estoy segura. 
Clavo la mirada en la botella. Llena se veía más bonita. No tenía dibujados estigmas de culpa. La lanzo contra la pared con tanta fuerza que me asusto, y una lluvia de cristales acuna las nebulosas de mis ojos. Oigo como caen al suelo pero no lo escucho; solamente escucho mis propios pensamientos, que en estéreo se repiten con el ímpetu de una tormenta de las que suspenden conciertos. Ojalá pudiera quitarme estos auriculares internos y dejar de oírme un rato, ya que parece que no soy capaz de callarme.    
Me pongo de pie y, joder, me clavo un cristal. No me duele tanto porque ya soy inmune a cualquier tipo de dolor; soy como una armadura viviente que, sin nadie dentro, camina por sí sola; soy algo que está roto y ya no puede volver a romperse, a consumirse, porque no puede ir a peor. O tal vez sólo esté un poquito borracha. Quién sabe. Y es que la vida son círculos concéntricos y yo estoy encerrada en uno. 


viernes, 1 de febrero de 2013

Los sentimientos, si los multiplicas por tres, dan cero.




Nadie preguntó por mis ojeras,
esas que llevaban tu nombre escrito a fuego
y una noche oscura guardada
para siempre en el filo de su curva,
torturándome por la mañana,
recordándome lo que la vida me prohibía,
que me faltabas y que sin ti
también faltaba yo a medias.
Nadie preguntó, doy las gracias en silencio
porque no sé mentir ni decir la verdad.
A medias, también te llevo,
y te llevo en los bolsillos
porque no sé dónde guardarte.
Puedo cegarme
si no me dejas ver la luz.

domingo, 2 de diciembre de 2012

55



Le molestaba que él no fuera capaz de decirle quién era ella misma; que no fuera capaz, o que sólo lo fuera a medias, de romper la barrera de su mente para entrar y bucear y contarle todo lo que había visto en su eterno viaje a sus antípodas. Le molestaba y le dolía tanto que la rabia crecía dentro de ella. Quería destruir todo lo que les unía, llenar el agujero que aquello dejaría en su pequeño y oscuro corazón y seguir, caminar, correr y vivir.
Se volvió una guerra sin ganas de terminar y él, inacabado, hizo acto de presencia en su cabeza. Colocó explosivos y cuando empezaron a sucederse las explosiones, ella no gritó. Se quedó muy quieta, sin darse cuenta de que, a simple vista, él había solucionado todo lo que había puesto en peligro la falsa -pero dulce- estabilidad que habían conseguido. Pero, como estaban en guerra y ella no perdonaba ofensas ni vacilaciones, tampoco sonrió. Aquello se extendió hasta los límites de lo imposible, siempre sin llegar a comenzar, y su historia se volvió parte del vaivén, del devenir irracional que lo llenaba todo.
En el punto más alto, en el principio del -supuesto- fin, ella se dio cuenta: tampoco sabía quién era, no era capaz de traspasar su propia barrera. Pero, cómo no, era demasiado tarde.

martes, 27 de noviembre de 2012

Recuerdos nulos



-Te reto a que me quieras -soltó él, regalándome una de sus sonrisas pícaras, en la estación de tren.
Seguramente le parecí una loca cuando empecé a reírme. Al fin y al cabo, en la vieja estación nadie se reía nunca; estaba pintada del gris más oscuro, y no me refiero a sus paredes, sino a su atmósfera. Era un lugar de tránsito, donde los viajes terminaban o comenzaban. Y parecía que la primera opción eclipsaba a la segunda y la euforia de viajar quedaba disminuida por la presión de verte rodeado de personas que fruncían el ceño y niños que lloraban por el ruido de los trenes que se acercaban o se marchaban. Yo misma me había visto presa de ese efecto (llamémoslo efecto empatía), parándome a pensar al ir a coger el tren en las horas que tendría que esperar para llegar a mi destino; en el aburrido traqueteo del tren sobre los raíles, que no iban a dejarme dormir y en que el cosquilleo de mi estómago no era de alegría, sino de nervios (mentira). Y ahí estaba, riéndome a carcajadas con un vagabundo a metro y medio de mí, dos señoras vestidas de azulón detrás, un tren que llegaba y él mirándome, enarcando una ceja.
-Te reto a que me dejes hacerlo -contesté, después de soltar toda mi controversia interna en aquella sucesión absurda de carcajadas.
Me miró desconcertado; no me entendía y aquélla no era la primera vez que sucedía, aunque, y a riesgo de parecer de nuevo una lunática, me gustaba esa mirada.
¿Cómo me retaba a que le quisiera, si cada vez que le veía para mí se apagaba el mundo y sólo quedaba la pequeña -y cálida- luz que él emitía? ¿Cómo me retaba a que le quisiera, si siempre fue mi as de corazones y yo siempre fui su invierno? ¿Cómo me retaba a que le quisiera, sonriéndome de aquella manera tan pura y cruel? ¿Cómo me retaba a que le quisiera si cada vez que intentaba hacérselo saber se cerraba, creaba una muralla a su alrededor y yo me derretía como un cubito de hielo en pleno agosto?
Nunca le expliqué aquella respuesta, me limité a apoyar mi cabeza en su hombro y sigo preguntándome cómo se lo tomó. Sólo sé -sabemos- que acababa de llegar nuestro tren y subimos por los pelos, "gracias" a las señoras de azul. El otro tren lo perdimos.

viernes, 9 de noviembre de 2012

60


Un minuto más. Ése es el estúpido margen que me doy, como si esperar fuera a solucionar algo. Me sudan las manos, cómo no. Tal vez todo cambie a partir de aquí y no tenga que volver a dar pasos en falso, puede que mi vida se convierta en algo dulce y no en algo defectuoso y agrio. Aún sabiendo que es un buen cambio, el miedo me rasga la valentía por el centro. Cuando te acostumbras a algo, aunque sea lo peor y duela y no avances, ¿cómo no va a darte miedo cambiar, salir de lo que conoces y deshacerte de un momento de tu vida? La maldita costumbre marca mi vida. 
Cierro los ojos con fuerza e intento respirar. Voy a cruzar la línea. ¿Voy a cruzar la línea?
Mi vida pasa por mi mente, deprisa y con malas intenciones, como -según he oído siempre, y ahora no me veo capaz de cuestionar nada que no sea a mí misma y mi modo de vivir- ocurre cuando crees que vas a morir. No hago caso de nada de eso. No quiero recordar -otro de esos vicios, eh- porque es lo peor que podría hacer ahora. Por un momento creo que puedo caer y perderme porque le veo. Pero no es mi mente, no soy yo, es que he abierto los ojos y le sigo teniendo delante. Está encorvado sobre la mesa, escribiendo algo con un bolígrafo verde.
Decidida, con la energía fluyendo por todo mi cuerpo, abro la boca para hablar. Y rompo a llorar. Porque sé que no soy capaz de dar el paso, estar sola y averiguar qué sería de mi vida sin el veneno más dulce del mundo.

jueves, 11 de octubre de 2012

012

Ahí le tengo otra vez: ojos color café, piel morena, el pelo que le cae sobre la frente haciendo pequeñas ondas, la cicatriz debajo del ojo derecho, el lunar encima del labio superior, los labios carnosos, sexys, la misma mirada triste que me eriza el vello de los brazos. Un completo desconocido que me mira y me llena de recuerdos que siempre me veo obligada a sacar de mi cabeza. Un desconocido. Me toca la mejilla con la punta de los dedos y parece que va a explotarme la cabeza. Imágenes sin sentido me nublan la vista: sus ojos castaños muy de cerca, barba de tres días, él corriendo hacia el mar mientras atardece, la luna llena, pompas de jabón que vuelan muy alto y se pierden en la inmensidad del cielo, mis manos intentando cogerle mientras corro. Me doy cuenta de que he cerrado los ojos y los abro. Me encuentro con su mirada, fría, neutral e inexplicable.
Las emociones se mezclan: sé que es el mismo pero no soy capaz de reconocerle. Está más delgado y es como si se le hubiera olvidado sonreír. Deja de tocarme y me trago los recuerdos. Bajan por mi garganta y la raspan.
Es triste, pero ya no le conozco. Antes sabía leer sus ojos y me sabía de memoria todos los mensajes que podían darme. Descifraba sus palabras sin esfuerzo y las guardaba dentro de mí. Ahora, deja de mirarme y la pérdida de contacto visual se siente en mi piel como un chorro de agua helada. Y no sé lo que significa. No sé por qué se está mordiendo el labio, no sé por qué tiene el labio inferior partido, no sé por qué suspira, no sé por qué no me mira otra vez. Yo no dejo de mirarle, pero le miro de forma diferente; expectante,  inquieta, nerviosa, plástica. Ahora mismo soy un trozo de plástico del malo, que está inmóvil y va a romperse, me estoy empezando a agrietar y la parte de mí que se dobla se va poniendo blanca y blanda. No me acuerdo de sus manos. No soy capaz de recordarlas, no sé si se le marcan las venas, si tiene lunares, pecas, cicatrices, si son suaves o ásperas. Me quedo blanca y él vuelve a mirarme. Esta vez su mirada es más vacía, menos enérgica. Tiene un tic en el ojo.
Y me doy cuenta. Me doy cuenta de que sí, él es un completo desconocido para mí ahora, el tiempo ha borrado esas cosas que tenía que me marcaron. Y sí, él es distinto y eso duele y ya no huele a hierba recién cortada sino a menta y a tabaco, pero yo también he cambiado. Siente lo mismo que yo. Somos dos extraños que comparten un trozo de su pasado. Nuestros caminos se cruzaron y ahora van en direcciones distintas, hacia delante, pero sin tocarse. 

martes, 2 de octubre de 2012

Corazones y corazas. Y nada más. Aunque busques, nada más.

-Antes de que llegaras -digo despacio-, no sabía a dónde ir. Solía quedarme mirando la calle desde mi azotea, veía como la gente caminaba rápido, a un ritmo frenético, y sentía que estaba a años luz de todos ellos. No les sentía míos, no sentía que la calle que ellos cruzaban era la misma que cruzaba yo cada mañana para coger el bus. No pertenecíamos al mismo mundo, porque la persona en la que me fijaba siempre iba con paso solemne y andaba en línea recta. A veces eran hombres, a veces mujeres, a veces jóvenes, viejos... La persona en cuestión no importaba, porque, en el fondo, para mí todos ellos eran iguales: eran ajenos a mí, como si yo no perteneciera a la raza humana, o tal vez yo sí y ellos no. Podría haberme odiado a mí misma por no ser como ellos. Podría haberles odiado por no ser como yo. Pero la verdad es que no lo hacía. Lo único que sentía era una nube negra en mi interior que crecía y me pellizcaba el alma, así, como pellizcan los niños pequeños: pellizcaba y retorcía. Podría haberlo llamado vacío. Pero el vacío implica no sentir y, qué quieres que te diga, yo sentía aquella diferencia todos los días de mi vida. Sentía que andaba como un pato, que la calle no pertenecía a mi mundo, que no podía conectar con ninguna de esas personas porque estábamos en un distinto plano. Y entonces, en invierno, llegaste tú.
Le miro y me mira. Nuestras miradas se funden y bailan juntas, se vuelven una realidad física y casi puedo sentirlas moviéndose a nuestro alrededor en una danza mecánica y, a la vez, cálida.
-Y te hice ver que no eras la única persona que estaba en ese plano -me dice, sonriendo. Sus ojos brillan bajo la luz de los fluorescentes y me veo reflejada en su oscuridad.
-No. Me demostraste que no hay planos diferentes, que todas las personas somos iguales y a la vez somos diferentes. Me hiciste darme cuenta de que yo también era una persona cualquiera para alguien como yo, que yo también soy una de esas hormiguitas que caminan a un ritmo frenético y que parecen llenas y felices. Pero no lo soy -sonrío-, porque nadie lo es. Las personas nos forjamos una coraza casi sin darnos cuenta. Aparentamos ser felices, nos reímos, abrazamos a los demás, sonreímos, pero eso no tiene por qué ser real. Porque somo todos unos putos mentirosos. Llevo toda mi vida mintiéndome a mí misma, tratando de convencerme de que era feliz y tenía todo lo que necesitaba para serlo; aparentaba ser feliz, me reía, abrazaba a los demás y sonreía. Pero nada de aquello era real y nadie lo sabía, ni siquiera yo, que me convertí en una mentirosa tan perfecta que me terminé creyendo mis propias mentiras. Pero, maldita sea, seguía viendo felices a los viandantes y ellos me seguían viendo feliz a mí. El único lugar donde no fingía, era en la azotea.
Me tomo un momento para observarle. Su cara es totalmente inexpresiva, por lo que sé que me está escuchando.
-Llegaste -retomo mis palabras- y vi todo lo que eras, porque eras la única persona en la faz de MI Tierra que no se ponía la coraza antes de salir. Cuando estabas triste, se leía en tus ojos; cuando estabas enfadado, en tus labios; cuando estabas contento, se leía en todo tu ser. Y me hiciste plantearme por qué yo siempre parecía ser feliz. Me hiciste darme cuenta de que, como ya te he dicho, todos somos iguales. Excepto tú, que eres la única persona que es quien debe ser.

(Hubo palabras que no le dije. Y es que, al final, son esas las que recordamos: las que se quedaron dentro de nosotros y no encontraron consuelo en el frío del ambiente. 
Creo que esas palabras también se merecen estar dentro de ese recuerdo y no en uno aparte, creo que es justo incluirlas  ya que dejarlas de lado sería cruel y no haría justicia a lo que era mi cabeza en aquel instante feroz:
-Excepto tú, que eres la única persona en la que puedo bucear aunque lo tenga todo a simple vista, que eres la única persona a la que jamás podría sacar de mi cabecita desordenada. Excepto tú, que me haces ser mejor persona.

Y una vez me dijeron que las personas que merecen la pena
son exactamente esas, las que te hacen ser mejor.
Y que el hecho de que una persona sea buena,
no significa que sea la adecuada. Mídete a ti mismo, no midas al otro.
Si eres mejor, si te sientes mejor, sabrás que la perfección existe)

sábado, 29 de septiembre de 2012

420

Podría dibujar cada uno de tus gestos en viñetas kilométricas.

jueves, 29 de marzo de 2012

All the lonely people

-Míralos -dice Jeff mientras señala la calle, que está llena de gente (desde aquí parecen hormigas)-, la mayoría de ellos se sienten solos en este preciso instante.
Le miro y asiento aunque sé que no me ve. Observo su perfil perfectamente delineado. A veces pienso que Jeff fue esculpido de los pies a la cabeza por algún artista que intentara retratar la perfección (aunque ésta no exista, por eso sólo lo intentaba).
-Observa al hombre de rojo y a la mujer de verde, ¿los ves? -asiento de nuevo, esta vez él me mira. Esas dos hormigas van cogidas de la mano y por alguna razón que desconozco andan en zigzag- Apuesto lo que sea a que él está pensando en otra. Y ella, ella está con él porque no quiere verse sola.
-¿Y cómo sabes eso? -pregunto, enarcando una ceja.
-¿Y por qué no iba a saberlo? -sonríe.
Asiento de nuevo, como si eso fuera lo único que sé hacer. Le doy el poder de seguir hablando y me dedico única y exclusivamente a esperar sus palabras y a mirar por la ventana.
-Ese hombre trajeado... el que va hablando por el móvil, al lado del estanco, ¿lo ves?
-Lo veo.
-Está rodeado de gente y se siente solo. Es paradójico, ¿no? Hay personas que se sienten solas estando rodeadas de gente y acompañadas teniendo a una sola persona a su lado. Y después, hay personas que se sienten acompañadas entre el gentío y solas cuando están con una compañía reducida. Pero en realidad todo el mundo está sólo, Sofía, todos buscan alivio donde no lo hay, intentando encontrar una persona que les cure y sea, como todos dicen, importante. Pero ese vacío... ese vacío les va a perseguir siempre. Es incurable. Todos ellos -volvió a señalar la calle- están solos y son como nosotros.

lunes, 12 de marzo de 2012

N.

Un "te quiero". Uno en especial. Que en su momento lo significó todo, haciéndome cambiar de opinión, apaciguándome, haciéndome decirte la verdad: que yo también te quería. Que te necesitaba. Que siempre lo había hecho y en ese momento pensé que lo haría siempre. Que no quería perderte. Que me hacías feliz. Que todo iba a ir bien. Que me levantaba todos los días con una puta sonrisa en la cara gracias a ti. En fin, que quería quererte y lo hacía de verdad.
Digamos que recordarlo podría agradarme, pero no lo hace. Lo único que me provoca es un vacío terrible, porque allí donde tenía guardado el amor, ¿qué tengo ahora? Decepción y rabia, fundiéndose en una danza venenosa que lo nubla todo. Y que duele.


Joder, es que me he dado cuenta de que no te extraño a ti. Extraño la sensación. Extraño quererte.
Me extraño a mí misma.

miércoles, 29 de febrero de 2012

LoveOfTheLoveless

-¿Y qué hay de todo el tiempo que has malgastado? Dando vueltas a la cabeza, llorando, suspirando, gritando y, en fin, a veces incluso pensar es malgastar el tiempo. Tiempo precioso que podías haber empleado en algo más que intentar ocultar a los demás que te estabas rompiendo en pedazos muy pequeños, de esos que es casi imposible unir. En las hojas que empleaste para escribirle cartas podrías haber hecho el dibujo más bonito del mundo, que descansaría para siempre en la pared, o haber hecho la lista de la compra, o algo parecido. Podrías haber cogido el tiempo que gastaste estando con él y haberlo dedicado a escribir, por ejemplo. Te aseguro que te habría sobrado tiempo para escribir una novela. ¿Qué me dices de las ganas? Las ganas de estar con él podrían haber ido a otra cosa, como tener ganas de estudiar o qué sé yo. ¡Y la voz, por Dios! La que empleabas cuando llorabas pidiéndole que no se marchara. Y las sonrisas que malgastaste en él podrías habérselas dedicado a una persona que las aceptara con más alegría. ¿Y tú? Tú también te has malgastado, dándoselo todo a una persona que no te merecía, dejando tu corazón atrás y persiguiendo el suyo. Admítelo, te has vuelto una maldita carcasa. Ya ni siquiera eres capaz de sentir, todo se te va de las manos y no eres capaz de actuar. Simplemente te quedas ahí parada, viendo la vida pasar ante tus ojos, como si estuvieras viendo la película más aburrida del mundo. Existiendo sin vivir.

lunes, 27 de febrero de 2012

    –En fin, deberías creerme cuando te digo que no te reconozco... al fin y al cabo, nadie te conoce mejor que yo. Bueno –corregí– nadie te conocía mejor que yo, porque tal y como están yendo las cosas, podrías haberte convertido en miembro de otra especie y no te habrías dado ni cuenta. ¿Por qué tuviste que irte, eh? –conseguí encender por fin el cigarro y me aplaudí mentalmente por ello– Y lo peor de todo es que lo hiciste como si me estuvieras haciendo un favor con tu marcha, ¡y sin despedirte! ¿qué me dices de eso? Nunca te pedí que te fueras, pero siempre te dejé claro que el día que lo hicieras, quería que te despidieras de mí. ¿Acaso sigues con el maldito juego de hacer lo contrario a lo que te digo? Entonces te voy a dejar algo claro: No me llames. No me devuelvas la llamada. No me contestes a este mensaje. Y, por encima de todo, no vuelvas. Por cierto, aún tengo tu dichoso CD. Cuídate.
     Colgué el teléfono y por una vez en mucho tiempo me sentí terriblemente estúpida.

jueves, 2 de febrero de 2012

Love of the loveless.

"-No te tengo porque no merezco tenerte. No seré nada, ni para ti ni para mí, aunque lo intente. Porque te tuve y te perdí y ni siquiera te retuve lo suficiente para conseguir odiarte después. Y ojalá toda la mierda (que ahora lo es) previa al dolor de haberte perdido hubiera sido más duradera, no sólo por el placer de que lo fuera, sino para poder detestarte y haber querido eliminarte de mi vida debido al dolor causado. Ahora te pregunto: ¿de qué sirve el amor si se termina? ¿de qué sirvió conocerte si ibas a abandonarme? y lo más importante, ¿por qué me sigue pareciendo injusta tu sola existencia?"

miércoles, 11 de enero de 2012

No hay más que verte.

-¿No crees que estaría bien quedarse siempre así? -sonreí mientras miraba el cielo estrellado y cerraba los puños para coger un poco de arena.
-La verdad es que no. -me senté, pensando que la había cagado. Le miré y él también lo hizo, con una mezcla de simpatía y maldad en los ojos y en la sonrisa incipiente.
-Ah...
-¿Sabes por qué? -porque te sientes incómodo, no me tortures con eso, pensé. Tierra, trágame. Negué con la cabeza.- Si nos quedáramos siempre así no podríamos vivir lo siguiente que nos toque -sonrió, dejando a la vista sus blancos dientes-. Nunca iríamos a París como dijimos antes ni volaríamos en globo.
-Entonces, avancemos, porque lo del globo es lo mejor que he podido oír nunca.
-¿Qué hay del "y lo sabes"?
Mis brazos se abrieron instintivamente y me abrazó. Poco a poco, en esa incómoda y a la vez cómoda postura nos volvimos a tumbar de nuevo en la arena para seguir contemplando el cielo estrellado y seguir haciendo planes que los dos sabíamos bien que no realizaríamos ni la mitad. Y yo a escondidas, en un rincón remoto de mi mente, seguí deseando quedarme así para siempre, exactamente en el mismo lugar en el que llevaba varias horas que se habían vestido de segundos, omitiendo su explicación. Omitiéndolo todo excepto el hecho de que ahí estaba él y ahí estaba yo, convertidos en una sola figura en aquel rincón solitario de la playa. En un momento le miré y sentí que podía ver a través de él. Aquélla fue la mejor sensación de todas.

viernes, 6 de enero de 2012

Senseless.

-¿Y qué más da?
-¿Qué?
-¿Qué más da todo ya si tú no estás para compartirlo conmigo?
-Zhanna...
-Es que sin ti nada me importa una puta mierda y lo sabes, nada tiene el suficiente sentido como para acelerarme el pulso e incluso llenarme los ojos de lágrimas. Sin ti nada me eriza el vello, nada es capaz de hacerme vibrar ni de impulsarme a hacer tonterías. No hay nada que cuente con la maldita capacidad de sacarme una sonrisa de esas que no están vacías ni de hacerme encoger los dedos de los pies. No, sin duda no hay nada en este mundo que sea capaz de lograr lo que tú hacías: Hacerme sentir. ¿Qué soy yo sin ti? La mitad de mí, la mitad física, la mitad que está pero no es nada. La que no siente, la que se limita a existir, no a vivir. Sin ti (unque suene a tópico) no soy nada.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Dobles.

Él temblaba con el auricular en la mano mientras observaba como las frías gotas de agua borraban lentamente todo lo que había pasado aquel día. Sonreía de una forma casi imperceptible al perderse en la voz que salía del teléfono. 
Ella hablaba de una forma rápida y confiada. Le contaba que algún día se iría a vivir a Venecia y que entonces, sólo entonces, podría llegar a ser totalmente feliz. ¿Por qué? Ella tampoco lo sabía.
Él escuchaba de forma automática, intentando guardar cada palabra en algún rincón de su cabeza para poder entretenerse rememorando sus ocurrencias en cualquier momento.
-¿Y no entro yo en esos planes de futuro? -dijo él de una forma tímida (cuando su intención había sido sonar rudo y decidido).
-Oh... y qué sé yo. Tal vez sí, tal vez no. Al fin y al cabo aún no has superado el período de prueba y yo aún no estoy segura de poder acarrear en mis espaldas tu presencia en mi vida demasiado tiempo. -sentenció.
-¿Por qué?
-Nadie me garantiza que no vayas a huír de mí a la primera de cambio.
-Te lo garantizo yo. No podría, nos une algo más fuerte que todo eso que tú pareces evitar. Es más, te voy a hacer una promesa que pienso cumplir a rajatabla: No te haré daño jamás. Estaré siempre que me necesites, nunca me cansaré de ti.
Los dos suspiraron a la vez y de la misma forma, como si aquello no fuera más que una escena de naturaleza dudosa de una película. 
-Tengo que colgar. Buen provecho si vas a comer ya, y por si no hablamos, pasa buena tarde, buenas noches, buenos días y suerte con lo de tu hermana.
-¿Te estás...?
No le dejó terminar: colgó el teléfono enseguida.
No se estaba librando de él como él pensaba. Simplemente quería evitar el momento de decirle que no creía en nada de lo que él le decía, porque ya se lo habían dicho tantas veces que se lo sabía de memoria. No veía la forma de decirle que había llegado tarde a una función corta.

viernes, 27 de mayo de 2011

LotL IV

Reí sarcásticamente.
-¿De qué te ríes?
Te miré. Me miraste. Nadie sonreía. Nadie sonreía aquí desde hace tiempo.
-Mírate...
Me quité uno de mis dos anillos y te lo metí en el bolsillo del abrigo. Te besé la mejilla a la vez, y comencé a andar. Notaba tus ojos sobre mi espalda, y casi pude oír los insultos que me dedicabas mentalmente. Porque te conocía demasiado, y sabía que eras la persona más pacífica del mundo... para los demás. Excepto para mí. Entonces oí un murmullo, un sonido grave que me hizo imaginar (no sé por qué) palomitas dentro del microondas. Y Amélie. Y el sillón de mi casa. Y tu camiseta roja. Hablaste más alto, incluso gritaste, al comprender que no te escuchaba:
-¡No veo nada malo en mí!
Me giré, apartándome el flequillo de los ojos.
-¿Sabes esa sensación de creer que estás despierta y de repente, despertarte?
-Sí.
Volví a girarme, y continué andando, sintiendo que la calle se hacía eterna, pero a la vez agradeciendo que fuera así.
-Adiós.
Ahí... te dejé atrás (temporalmente, supongo). ¿No lo ves? Quítate la venda... Yo no soy lo que crees, no me conoces. Nunca podrás hacerlo.
Y en ese punto, al darme cuenta de que estaba temblando, deseé que recordaras que adiós nunca significó nada para mí, y me salvaras de nuevo de mí misma...