¿Qué significará el tiempo sin relojes?
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domingo, 6 de septiembre de 2015

los pájaros muertos



I

Mi vecino se llama Jaime. Tiene un bigote grande y salado y juega con las latas como si todavía estuviera chico. Come chocolate con kikos a todas horas. Y no me ofrece. Si paso a su lado, no saluda. Yo me ofusco y me miro las bailarinas. Las pienso en danza sobre mí. Es como si no me viera: Jaime se sube el gorro y aspira su bigote. Érase una vez un hombre pegado a un kiko. Un kiko pegado a un hombre. Al chocolate. A mí. 

II

Anoche soñé que a Jaime le salían un montón de estrellas en la cara y se las tragaba. Todas. De golpe. Como una aspiradora. Le miraba desde la ventana, y las persianas aleteaban y hacían como que querían que Jaime se las comiera, pero yo no, yo aguanté como una heroína. Soy una heroína de manga, una gladiadora, una forzuda y todo lo demás. Todo el césped y todas las hormigas se comió Jaime. Yo en casa. Yo mirándolo por la ventana y él no viéndome. No viéndome para no reconocer que soy la más fuerte de la calle y de la casa y de nosotros dos.

III

Mamá está histérica porque perdí las llaves y no sabe cómo voy a hacer ahora al salir de clase. Papá no dice nada. Creo que tienen que llegarle los grumos de los gritos de mamá, pero él sigue ahí con su libro y las gafas como escurriendo la nariz y casi rotas. Y nadie te puede abrir, dice mamá, nadie nadie nadie te va a abrir la puerta si no estoy. ¿Dónde las llaves?

IV

Mi vecino tiene un perro cojo y el perro cojo tiene una caseta y la caseta está llena de pulgas y pájaros muertos. Yo tengo una perra bulldog que juega conmigo y es la más graciosa de toda la calle pero ayer Jaime la miró desde las orejas hasta las patas y soltó un suspiro como si mi perra fuera un perro cojo con la caseta llena de pulgas y pájaros muertos. Después me vio a mí y quise escaparme pero se acercó a hablar conmigo. Me dio chocolate. Sabía a asco. Y a cigarro.

V

Todavía no hay llave, pero Jaime me abre la puerta del portal y allí espero a mamá. Ella no quiere que pierda su copia también y así me castiga. No le acepto más chocolate al bigotudo porque creo que tiene gusanos.

VI

Me duele la barriga.

VII

Me duele la garganta.

VIII

Me duele ahí.

IX

Soy un perro cojo y tengo la cama llena de pulgas y de pájaros muertos. Soy una estrella y me como las uñas pero no quiero ir más al colegio, no quiero cerrar más la puerta y salir a la calle y que todos me vean, que me coman todos, que se me caigan los ojos y se partan contra la calle y ya no, ya se me ha caído la última muela de la última encía de mi última boca. Tengo sangre debajo de las uñas pero no oigo nada y me estoy haciendo rayos y centellas y érase una vez una yo una yo una yo pegada a un kiko pegado a una mano. Que no, mamá, que no: no quiero salir, no quiero salir, no tengo llave y no voy a poder volver. Ya nada. Ya no. Las terminaciones nerviosas al aire. Tengo catorce años, tengo catorce muelas, todas se me han caído. Se me ha roto algo.

X

El suelo sabe a cigarro. 



viernes, 24 de julio de 2015

boca callejera



Sigue tu beso de eclipse guardado en mi boca. Todos los días me golpea. Me ensancha la garganta, me escupe palabras de luto y espera de mí que me calle. No es mío. Es un moratón hinchado, loco, y lleva dentro un dolor de beso roto. Así ya no puedo, boca callejera. Así no camino, así no como, así no hay vida detrás del eclipse que empuñaste en mí. Fue aquel baile, fue aquel susurro, mi cuello como para esconderte los ojos de la luz que no querías. Por poco rozaste el hueco, con la gélida punta de la nariz repasaste el contorno, un arco, la arquitectura de mí (que se rompe ahora, que tiembla ahora, que no es ya mía con este beso invasor y maligno). No puede ser. No puede ser todavía que salieras del pozo y miraras mi mirada de vista, que posaras al menos la esquina de tu labio de calle en el filo de mi boca bailarina. Sonrisa de eclipse en mi seriedad más absoluta. Pero tronaba la música en la sala, y todos reían, y nadie sospechaba que tú guardabas aquí, en mi fondo, un beso de eclipse mortal. Me está matando, carajo, me mata: es puntiagudo como el cielo, huele a tiempo, sabe a sal. Boca callejera. Algún día tendrás que venir a recoger tus pertenencias. Quiero decir tu estela. Quiero decir que intento por todos los medios escupir tu luna ensombrecida. En la noche, sueño siempre que se va. Y sonrío. Pero entonces. Entonces el pincho de tu beso de eclipse me tira de un hilo, me deforma la forma de la risa. Aquí estoy, grita, estoy aquí y solo te salvará la muerte. Para siempre viviré en la espera del beso que no reclamas, del beso que ya no esperas, del beso muerto para todos excepto para mí. 


jueves, 16 de julio de 2015

amor que se desnutre


Este amor condenado a ser chiquito, a no aprender a andar, a chuparse el dedo. Amor mínimo, mi amor que gatea hasta la mesa y se abraza a la pata y llora. Por qué vamos a hacerle pensar que va a ser como las plantas de lenteja. Mi abuela tiene una hija con síndrome de down y nadie le ha dicho nunca, nunca jamás, que va a poder vivir aislada y salir a hacer footing sola en la mañana; nadie le ha dicho que los demás la mirarán con odio o misericordia o temblor ahogado. Es triste la historia de mi tía. Es triste la historia de este amor. Pero yo lo acaricio, lo acaricio y le canto por lo bajo como hacen las madres con sus hijos cuando todavía están pequeños. Soy la mamá de mi microamor. Lo alimento, le enseño cosas, veo caer por su cuerpo niño gotas de ducha. Sus fracasos son los míos, aunque sea injusto, aunque él quiera rebelarse y decirme que no me meta en su vida (¿o no?, está tan chiquito...). Claro que lo entiendo, a mí me pasa igual: mis problemas no son cosa de este amor, que es solo una bolita alojada tras el oído, muy al fondo, con las algas. Todo va por fuera, la vida es más grande. Este amor está acabado, roto desde el comienzo. Pero yo lo cuido y le sonrío y le leo mis cuentos más fáciles, menos míos, y me muevo como una cuna para que me suenen los ronquidos de este amor deshilachado. Afectos más pesados me placan y me lloran y me trepidan el sexo. Luchadores de terreno acuático, buceadores de mi mar acongojado. Vengan, vengan: los espero mordiéndome la boca bajo la barca. Quiero más a otros, lo confieso. Pero este amor es tan chiquito, tan que se desnutre, que no lo saco nunca. Y siempre le doy de comer. Si no, se me muere.


lunes, 13 de julio de 2015

escena cruel en un espejo


El retrovisor enfoca una caída. Pestaña que se recorre en la distancia y ahoga lluvia. Un antifaz de ojos humanos, solo el espacio del espejo: allí ocurre todo, detrás del párpado-infierno, el minuto embutido en la línea del horizonte humano. Mamá, ella solo dice mamá muy bajito, un esbozo. Pero se pierde en el infierno del coche, no hay retrovisor que se lo guarde, y la vida es el jugo de dos ojos que se abren y miran al vacío. Un punto infinito, de choque, y de repente se atisba otra cabeza, un cráneo de cabello oscuro y muy corto que atraviesa el rectángulo de espejo muy, muy deprisa. Por trayectoria, ha bajado: debe estar más acá de la cara de ella, ese marco que entorna pupilas demasiado conscientes. Echa la cabeza hacia atrás; ahí está la nariz, enrojecida y sorbiendo ahora esa especie de agua que la hace rebosar. La piel, pálida, no tiembla, pero sigue trazando la curva y aparece la boca en el espejo. Boca retorcida, boca que se muerde para doler, boca que evita algo, boca desesperada y en silencio. Pero mamá, repite, mamá, ahora está claro. Mamá, mamá, mamá, como esperando un socorro de arriba, ya no a la madre sino a un ser que pueda protegerla. Es la cabeza, se adivina, es la cabeza que se atisbó, un intruso que rompe el cuadro de los ojos y la nariz y la boca y las dos sílabas, ma-má. Y pasa: los labios se abren, enseñan los dientes, retuercen la lengua, y sale un sonido muy agudo pero a la vez gutural. El ruido llena el espejo y luego, luego se va. El lago sólido enfoca mano que tapa los labios y arruga la piel, violencia y uñas marcadas en el pedazo que se ve de las mejillas. Se mueve, el rostro se mueve, va de un lado a otro, pero olvida el reposo y otra vez se le ven los ojos que tienen encima unas cejas contorsionadas. Los globos están aguados, rebosan, una gota cae y al tanto hay una tela que pasa fugaz como el dedo que se despoja de un anillo. Capa a capa, pasan líneas arrugadas y gruesas enfrente del espejo retrovisor. Hay dolor en las pupilas. Hay un mamá que ya no se dice, que se ha olvidado, una espera frustrada, un nadie te va a sacar de este coche. Entonces todo se lía, todo se enrolla, hay colores difusos y locos y de pronto plaf, quietud, todo ha cambiado: es un rostro de perfil el que se enfoca, un rostro de hombre y un cuello desnudo, cara que contrae los rasgos y da de repente una sacudida y se le ve soltar el aire y no dice mamá, no dice mamá. Ya no hay palabras, solo espejo y un sonido como de manos aplaudiendo lento, como de dolor entrechocando, brindando en el rectángulo-ventana. 





martes, 23 de junio de 2015

cucaracha y flor



I



Las flores de la abuela lloran y chillan cuando las mete en esos jarrones. Hay lloros y chillidos que corren por toda la casa y la llenan de un ruido caliente y como de metal roto. Así no puedo más. Le digo a mamá que me quiero ir a la otra casa. Pero que no, me dice, que aquí estamos bien y huele a rosas recién cortadas. A rosas con las venas recién cortadas, le quiero responder, pero tengo los pies de motor y me voy corriendo a esconderme en mi pieza y a dejar de escuchar. De escuchar a las flores que berrean en esos jarrones pintados con otras flores, jarrones autónomos que pueden ser sin que haya nada dentro. Pero nada. Que la casa se llena de jardines y jardines a escala mínima y es insoportable. 

Y encima me dice mamá que si les pones demasiada agua a las flores se ahogan. Ahora mamá se parece a la abuela en los ojos y en las arrugas. Yo le pido menos agua porque ya ellas se han regado de tristeza y de ahogo y creo que están un poco marchitas. Sé que ellas quieren que las reguemos solo para disimular, para que no veamos que se están deshaciendo en otros goterones que son salados, que son como de mar pero no han visto jamás una ola. El caso es que las flores se están muriendo. Y lloro yo. 

Les he puesto un reloj al lado para que se den cuenta de que todavía no tienen que morirse. Pero dice mi abuela que las flores tienen que estar cerca de la ventana y que no se puede poner relojes al lado de las flores, porque a las cucarachas les encanta el ruido de las agujas y entonces los relojes siempre tienen que estar impregnados de matabichos. Eso dice ella. Creo que voy a hacer guardia delante del reloj del salón.


II


Ahora una cucaracha se hace la dormida. Tiene las patitas estiradas y mira al frente. Me como tres almendras por cada vez que le digo que es bonita y que tiene el mundo mecido en los pies. Pies blandos y marrones como el mundo mismo. Le hablo bajito. Que hoy he comido macarrones, que Alberto quiere que vayamos mañana al parque a ver los lagartos. Y que le he dicho que no. Porque los lagartos, no sé, son así como un poquito raros. ¿Verdad, cucaracha? Pero no responde porque se le destrozaría el plan. Todo el plan. Todo lo de hacer como que duerme para que yo le siga diciendo cosas bonitas como si creyera que no las va a oír nunca. Eso lo escuché en algún disco, en algún libro, creo. No sabía que a las cucarachas les gustaran los cuentos. 

Ay no. Ya está. Las flores a berrear. Que esto no es así. Me levanto y con el dedo delante de la boca les hago como para que se callen. Que se le va a joder el plan a la cucaracha, les advierto con una mirada fría fría fría como el cristal del reloj. Silencian por fin su tristeza y me vuelvo, pero no hay cucaracha viva y sin embargo. Sin embargo.

Pero no. Jarrón asesino. Jarrón homicida. Jarrón que cae en trozos sobre el cuerpo marrón de mi amiga. Y es mi abuela y es mi madre y son las mismas arrugas ahora que alzan la porcelana o yo qué sé y dan golpes golpes golpes sobre el semanario. No quiero mirar, no quiero mirar, no quiero mirar. Las flores vuelven a gritar, desnudas ahora en la mesa céntrica, mesa de justa mitad, mesa de distancia. Me uno a ellas y berreo. Lloro y me riego. Lloro y me marchito. Lloro y el jarrón-muerte acaba de separar a la cucaracha de cabeza y antenas y boquita humilde.

Mi bella durmiente.

Fui yo quien puso el reloj al lado para que supiera que ya le tocaba morirse.

Fui yo quien mandó a callar a las flores y las sacó con orgullo del jarrón-eclipse.

Soy yo quien pisa el cadáver húmedo.

Y huele a matabichos. 



sábado, 6 de junio de 2015

carta de bombilla


Dice clac la bombilla en su carta. Nada más. Solo que clac, que requeteclac, que taponazo cortado y caligrafía horrorosa, muy redonda, pequeña y escupida. Dice clac. Está rota y cascada y breve. Ya no brilla más. Es contraseña epistolar. Solo clac, pero al tanto una historia, al tanto un cuento y un destino, un futuro ahuecado en el sobre cobrizo y el ser de bombilla. No hay senda. No hay vías. Solo queda un silencio sin luces, sin luces, porque se apagaron los brillos del portón denso. La calle se ha vuelto loca y ve figuras que la andan por encima y van descalzas, van con dedos blandos que la tocan como un piano. Ya no hay luces y no vemos. Y lo vemos todo. Porque clac. Porque requeteclac. Y ahora yo, que estoy sentada y tengo el folio en la rodilla, soy lava. Te he querido volcán. Sin giros ni carreras. Pero las luces ya no van a contarme la nariz de las ovejas, piedra mía, y me sostengo atada a ti para que la ola no me revuelque. Y no hay luz, sin embargo, y la humedad no está. Porque no la veo. Porque clac, bombilla, el sol de noche. Te he querido tiempo, y creí verme sorber relojes con una pajita amarilla. De esas de cine y butaca, de esas que me pido por reírme un poco y comprender bajito, muy por debajo, que en lo oscuro no hay amarillos ni azules ni rojos ni líneas verticales sin sentido. Yo ya no aspiro arena de minutero. Aunque te haya querido a hora marchita, a hora caducada, a hora para consumir preferentemente antes de hace años, tres, cuatro, no lo sé. Clac, clac dice la bombilla, clac escribe mientras la espero apagarse en beso oscuro. Ya la luz no brilla, ya no sé seguir con el camino, lo confieso, no tengo ni idea. Y te marcho. Te ando lejos. Te subo a aviones. Te viajo desde mi vértice de mesa, desde la espalda de una taza sin humo ni café, taza de garganta corrediza, de pimienta estornudada. Te adioseo. Te despido volcán. Dice clac la bombilla. Y muere. Quizá nos quedamos sin luz sin habernos navegado. En la noche de sol triste. En el abrazo último, el abrazo solo, el abrazo pre-aviones y pre-tiempo que ha pasado y ha mordido y por qué carajo me escriben las bombillas.

jueves, 4 de junio de 2015

filo filoso



Tenemos un filo filoso en los ojos. Esquina perdida. Siempre sube a la azotea y nos arrastra, nos corre con piernas nuestras por escaleras-vórtice. En lo alto de todos los edificios hay una escalinata blanca, blanca y neutral, que no dice nada. Nunca solloza. Nunca rebosa en holas. Y el filo filoso nos despunta con un brazo al bajo del primer escalón. Dice suban. Dice suban. Dice arrastro con palabras sus cuerpos de huecos. El ojo esboza una sonrisa boba. Sonrisa de loco. Como una media luna curvada en la piel rostriza. Tenemos una esquina podrida. Y miramos con el filoso filo a lo alto del subidero. A lo alto, lo lunar. El cielo raso.
Investigamos como detectives de lo punzante. Libros, libros y hojas llenan los vértices de mi mesa escalonada. Subimos y bajamos, bajamos y subimos. Arrastradas. Pero quietas. Y salimos a la calle. Calle mordida. Hay luces que ciegan y coches veloces y personas que enseñan dientes de pincho, dientes de caminos hacia estómagos de colchón y piezas. Saludamos y miramos. Y partículas condenan el filo filoso del ojo: no entra igual, no sabe igual, la mirada hace siempre esquina y el redondo señor que vende redondas sandías con su redonda risa de redondez circular parece un cuadro, un Mondrian, un azulejo. Tenemos filo filoso en ojos y cuadros cuadrados y boca dice no entender y siempre la azotea, siempre escalinata, siempre el cielo que no tiene forma, cielo que corre más allá de la esquina perdida.
De lo alto de un árbol bajan los dedos. Hacen pasitos. No hay misterio. Yo no me retiro del cielo raso. Siento piernas en suelo-azotea. Espero plurales. Decido que no, que no. La luna es cuadrada. Pero redonda. La luna es un cuadro. Pero sin marco. Porque tenemos en los ojos un filo filoso. Pero llegas. Pero te sientas. Pero me hablas. Pero el túnel pupilar te atraviesa por el fondo. Y te veo. Tú siempre eres redonda.  

(para Andrea Abreu
entiendo la forma del ojo
por el que miras y ves)

 

miércoles, 29 de abril de 2015

hueco-lavadora-resurrección fatal



Fue así: me peleo de pronto con la lavadora, con una cesta de ropa que vomita un tope blando, y empujo y empujo para que quepa, para que entre la última sábana de la última tanda de ropa. Y parece que no se acomoda nunca, es como un puzzle que no calza, una pieza que perdió la forma en un diluvio y se hinchó, plaf, no quiere más huecos. La sábana. La sábana tiene que entrar. Con las manos voy haciendo pliegues. Concentro el tirón del cuerpo en hacer pequeña, cada vez más chica, la fina carpa de tela rosa. Sudo por la frente y los cachetes. Y así me paso más de cinco minutos, con los dedos agarrotados de tanto hacer fuerzas hacia dentro. Hacia el tambor de una lavadora que es vieja y es pequeña y es inútil. Mi madre lo hacía todo deprisa, era como una locomotora de lo limpio y recorría la casa buscando más ropa, más sábanas sucias, más toallas que se hubieran quedado fuera de la cesta-agujero del mal. Después iba hacia la lavadora y, ¡zas!, todo dentro. Si me viera, si pudiera al menos verme tirando y volviendo a doblar una jodida sábana que no entra y me descoloca todo, me descoloca, me descoloca. Recorro las arrugas de mamá en la memoria mientras introduzco sin gritar, sin ningún gesto de victoria, la esquina más rebelde en la lavadora. Soy una cabezota, qué le hago, y los botones me miran mal. No les voy a dar ni un hola.

¿Y de qué sirve? ¿De qué sirve? Como si nada, porque después termina el programa y ando feliz hacia la solana. El sol se filtra por la rejilla y el día vuela de viento, y me agacho, abro la lavadora, toca tender. Así que saco todo y lo introduzco en un barreño que heredé de mamá, por cierto, y que no se ha roto en 20 años. El apasionante mundo del plástico bueno. Voy ahorcando calcetines y bragas de colores con pinzas. Silbo una canción de Queen. El olor a detergente me coloca. Pero entonces. Pero entonces. Entonces termino y veo que he dejado para el final la maldita sábana, y la miro con calor de ojo torcido porque al final cupo, al final se lavó. La huelo con gesto de eh, gané, y entonces. Entonces le toca al tendedero, eso es lo que pasa. Que no hay caso. Que no hay más paz. La sábana del demonio no cabe en el tendedero endemoniado, la sábana del maldito y burgués demonio no cabe en las rejas y no hay nada, nada. Me paro, me siento. El sudor que me brotó. La fuerza. La rabia. ¿Y todo para que el puto-tendedero-de-plástico-malo no tolere una sábana más, un trozo más de tela, a mí? Mamá siempre decía que tender era terapia.

Es culpa de la sábana. La sábana, que es mala. Que ha dormido conmigo y me ha calzado los sueños. Y me ha visto bajar las manos hacia el más puro dolor. No le gusta cómo duermo y me quiere matar. La lavadora, la cesta, el tendedero. ¿Qué hago ahora? Mamá siempre decía que las ventanas tragan. ¿Qué significa? Estudio las cuerdas de tender y no, no hay hueco. Puedo tirar los calcetines. Y esos pantalones. Pero no sé. ¿Prefiero sábanas o pies? No encaja nada. Estiro las piernas para pensar en línea. Me veo de pronto como la tela olvidada, la que no cabrá jamás. Y siento pena de una sábana que quiere terminar con mi vida útil y hacer que me hunda en el más puro hueco-lavadora-resurrección fatal.

La señora que me ha denunciado dice que le debo el arreglo del coche. El policía, que cómo sucedió. Pero los testigos me observan con risa contenida. La sábana era de Hello Kitty, y me avergüenzo. 

miércoles, 4 de marzo de 2015

hablar


La conversación es parar la vida un momento y tender un puente. Cuando dos personas hablan, se bajan del viaje de la vida (de la cocina, del futuro, del dolor de la gripe) y se descubren. Van ciegos porque todo anda demasiado deprisa, pero si un saludo, un perdón, un qué tal les toca, entienden. Que hay otras vidas y otros cuerpos y bajo otras pieles corren también esas hormigas que muerden. Hablar es frenar el coche y construir un círculo, una doble pasarela que no es ni de uno ni de otro. Es compartida, y eso la hace de nadie. Cuando dos personas se comunican, corren a golpes por los ladrillos del puente y se hacen saber lo que pasa dentro, lo que hay en el viaje, cómo va la soledad de la mirada. Entienden (entienden, entienden) que igual no importa tanto ir deprisa. Que quizás. Al fin y al cabo, dicen dos personas cuando hablan, puedo morir mañana. Porque hablar es comprender que las palabras nunca se acaban. Lo que se agota es el tiempo.

martes, 3 de febrero de 2015

hojas, líneas



Todos los días veo en la ciudad folios con la misma forma, la misma posición, que andan hacia la panadería. Hojas solas y divididas, pero unidas por el regustillo que llega al ojo. Alguien las calza con un golpe contra la tabla de la mesa. Todos los días las filas de hojas pasan por mi lado y cantan canciones populares, bailan con la mirada, construyen una hoguera de tiempo y de costumbre que tuesta mi piel por los bordes. No existe el fuego, y sin embargo el miedo me hace flojear, tropezar, torcer los pies porque mi cuerpo es de chicle y es espeso, turbio, un pliegue accidental en la corteza. Todos los días los veo alineados. Y soledad, soledad.
No están solos. La estrucutura del montón de hojas y la muralla de una funda plástica les dan la opción de ser un todo. El contenedor, plástico blando, les come. Pero no es natural. Nada tragó nunca con tanta belleza. Es como cuando arrancas una hoja del tocho y la ves sola y te preguntas, después, en qué parte va. Y buscas el número impreso en el pie, identificación absoluta, lugar en el mundo. No están solos, y yo los miro andar en manada, siempre con las manos en los bolsillos y un incoherente vapor de tristeza que exhudan las narices, los labios curvados en comisura. No están tristes. Van a por el pan. Y al llegar a casa, lo guardan en la panera. Y al día siguiente vuelvo a verles en fila como indios o soldados o estrellas de una constelación que tiene mil formas.
Pero yo. Pero yo. Yo no sé alinear los folios sobre la mesa con un golpe y dictar orden. Se me enredan. Descolocan mi paciencia. Nunca compro pan. La gravedad no me ha dejado caer todavía por ese pozo. Soy esquina y soy página sin número. Soledad. Soy saliente. Me siento saliente. Dibujo que crea su forma en la casualidad, mano que no termina el boceto y lo deja. Y nunca lo encuentra. Y me vienen a decir de qué color es la tristeza. Me vienen a decir a mí. Todos los días me agazapo en el filo de una calle cualquiera. Y les veo ir a por el pan. Todas las mañanas. Estoy fuera de la fila, sola, sola, sola. Quiero imitarles, mimetizarme, ordenarme en el matojo de hojas, darme golpes en la base contra el tablero para poder recolocarme; y hablo y sonrío y beso, beso para ordenar. Pero yo no sé alinear. Y respiro sola.

sábado, 10 de enero de 2015

las manos de Caótica



Una vez a Caótica se le ocurrió que las manos tenían que ser algo más. Que las suyas, a veces, no las reconocía en fotos. Y a veces tampoco se entendía a sí misma si se sonreía desde la pantalla; ella siempre se veía en las manos. Todo lo que hacía lo entendía desde la doblez de los dedos. Y cuando se pintaba las uñas, se miraba de otra forma. Las manos, eterno límite, siempre estaban ahí. Como una muralla por la que se asomara para mirar el mundo. Desde que lo pensó, Caótica se dedicó a contemplar las manos de todo el mundo. Cómo las movían, cómo las paraban, qué forma tenían los nudillos. Empezó a dibujar palmas y dedos. Es lo más difícil de hacer, cuentan los artistas. Pero ella observaba y las captaba al vuelo, y después les daba forma con sus propias falanges en un papel que alguien, en algún momento, había cortado con las manos. 
Ya llevaba un par de meses así cuando se sentó en la esquina de un bar y un tío se le quedó mirando. Tenía el pelo largo, las manos grandes. Ella también lo miraba, escondida detrás de un vaso de cerveza. Caótica era amarilla, dorada, tenía un borde de espuma en el instante en que él, dispuesto, se colocó a su lado. ¿Puedo hacerte una foto?, preguntó. Y Caótica se quedó parada. No entendía, pero en los dientes de él brillaba algo, era una sonrisa como de anuncio, como de dibujo animado. Le dijo que sí y dio un sorbo; intentaba parecer natural. Pero él encendió la cámara y el obturador eructó mientras Caótica bebía. Dejó el vaso sobre la mesa, y la mesa se volvió tambor. Le había sacado una foto a su mano izquierda. ¿Qué acabas de hacer?, soltó ella. El tío sonrió de nuevo y se sentó a su lado, y le explicó que era fotógrafo de manos. Que estaba haciendo una colección de imágenes de manos.
Follaron. Muchas veces. Con él acariciándole la columna vertebral con la yema de un dedo. Con ella rozándole la palma por encima del ombligo. Y se masturbaban a veces, y él fotografió una vez la mano de ella dentro de su ropa interior. La cámara se empachó hasta casi reventar de fotos de las manos de Caótica: haciendo un zumo, tendiendo, encendiendo un cigarrillo. Quietas, a veces. Estaba ensimismada; le enseñaba sus dibujos cada vez que podía, y estuvieron estableciendo durante días una lista de tipos de dedos, de formas de uñas, de muñecas. Siempre que él pasaba a su lado mientras cocinaba, le daba un golpecito en el culo, y ella pensaba, sonriente, que la tocaba con todo. Porque las manos tenían que ser algo más. Porque las manos tenían que ser el rasgo humano total, lo más parecido a la autoimagen que ella podía dibujar de alguien. O mirar. O sentir.
Caótica iba un sábado a hacer la compra y se detuvo de nuevo en la esquina de mismo bar. Parada, sonreía. Un café fuerte, le dijo al camarero, y abrió el periódico. Echó el ojo a los titulares, pero ninguno le decía nada, así que empezó a mirar sus dedos por encima de las letras, y a rozar la tinta, a mancharse. Y al camarero se le cayó el café. El ruido de la taza rompiéndose en cachos la apartó del papel de periódico. El camarero contemplaba el destrozo, sin moverse. Y justo detrás de él había un hombre que también miraba. Su hombre, el fotógrafo de manos. Y le asía por encima (como una bufanda, como un cinturón, como el anillo que parece proteger Saturno) la muñeca a una rubia. Con los dedos. De repente, un flashback: esos dedos en las bragas de Caótica, que ahora le apretaban la piel, grilletes por siempre. Ella, experta ya en engaños, lo entendió en seguida. Y se puso en pie. Todo ocurrió deprisa: alzó la mano y le dio al fotógrafo una soberana torta en la cara, trazando un ángulo perfecto; él intentó pararla, pero Caótica seguía sintiendo cómo la tela se hacía cada vez más pequeña, cómo a cada instante se le clavaba más y más. Y seguía pegándole, dándole de hostias con las manos abiertas. Porque le pegaba con lo de dentro. Con su autoimagen. Porque darle con las manos era una ofensa de verdad. Y entonces él la tiró al suelo, y con el reborde de otro periódico, exactamente igual al que había estado leyendo, le golpeó en la cara. Sin manos. Sin dedos.
Al día siguiente, Caótica se compró unos guantes.

viernes, 2 de enero de 2015

goodbye poesía



El Estado decidió nacionalizar la poesía. Se la entregó al pueblo: a partir de ese momento, preciso instante, todo lo dicho debía ser verso. El país se convertirá en poema, declaraban desde la frente de las tarimas. Querían tener la nación más culta del continente. Sería todo tan romántico. Salir a la calle y parar un instante, y descubrir en el bullicio una cadencia, cantinela eterna de ciudad concentrada en soneto, sílabas medidas, una cadena. Nadie podría hablar sin seguir al que habló antes. Al tiempo, los cuidadanos del poético país se habituarían a medir las sílabas, y se convertirían en máquinas de versos. Serviría para fomentar el turismo. Todos querrían escuchar ese ruido y su estructura, el aire y los susurros y la estética de una discusión. El gobierno estuvo listo enseguida. Informaron a los ciudadanos, redactaron el pertinente Boletín Oficial del Estado, radiaron cursillos básicos de poesía. Sólo faltaba establecer cómo iban a empezar. Alguien tenía que lanzar el primer verso, maquetar el cuerpo del gran poema. No podía hacerlo el Presidente. Eso iba en contra de toda aquella ideología. Cuando se dieron cuenta (entre tanto barullo desorganizado no se habían parado a pensarlo), salieron a buscar un voluntario. Buscamos alguien que hile el primer eslabón de la cadena, el primer verso del poema, la primera manifestación del orden en el que vamos a nadar. Eso buscamos, eso buscamos, chillaban los megáfonos. Les recibió una calle vacía, y el papel de una chocolatina escachado en el suelo. El ministro encargado de supervisar la búsqueda recogió el papelillo. El chocolate, según descubrió, estaba seco. Nadie se había atrevido a salir a la calle después de la noticia de la nacionalización de la palabra. Se habían enterado de que alguien tenía que empezar, quien fuera, soltando alguna frase, cualquiera. Qué miedo les daba. Si el voluntario se equivocaba y decía algo que no encajaba con el gusto de todos, iba a fastidiarla. El país entero tendría que hablar en base a un verso muy corto, o muy largo, o muy solemne, o muy atávico, o demasiado ilustrativo, o feo. No sólo era la forma: el poema debía seguir un ritmo, un tono, una sucesión lógica de temas. ¿Y si los demás no querían hablar de la belleza, del tiempo, de economía? Nadie salía del escondite. Nadie quería, nadie, y el ministro tiró el papel al suelo, lo pisoteó. Esto no se queda así, dijo. Abrió la puerta de una casa con una patada al más puro estilo Kung-fu Panda. Allí había una familia escondida. El señor ministro pidió a los cámaras que se pusieran detrás de él, y soltó: ustedes son los voluntarios, y estas palabras son las últimas que articulo libremente, así que lo próximo que digan será el primer verso del poema. Era una familia convencional: padre, madre, hijo, hijo segundo. Se miraron entre ellos y ay, ay, ay. Con los ojos grabaron el tácito pacto de que a ninguno de ellos le iba a dar la puñetera gana de hablar, pero eso no se lo iban a decir a los irruptores, porque una palabra implicaba la horca. Así lo dejó claro la madre cuando frunció el ceño de cara a su hijo mayor, y después al menor, y cuando, al instante, miró a su marido. El señor ministro se sentó. Y pasaron las horas, él fumaba cigarros de los caros, los niños sudaban mucho, los cámaras estaban cansados, ya casi nadie veía la tele, les daba lo mismo cómo hablar cuando pasaron dos horas, la atención era poca. Tres, cuatro, siete horas. Estaban como secuestrados; cuando se levantaban al baño, un escolta les acompañaba. Comieron muy poco. Los cámaras no probaron ni el café. El silencio era terrible, pero a los miembros de la cuadrilla del gobierno les complacía pensar en lo que ocurriría después, en la poesía flotando en la calle. A las nueve horas, al ministro se le ocurrió que podía hacer algo para que hablasen. Se puso en pie y empezó a tocar los objetos que decoraban el hogar de la familia. Una figurita de porcelana con forma de dragón, un platillo chino, un marco con la foto de una señora mayor. El padre casi no podía respirar, estaba cardiaco; el ministro se estaba acercando a la cajita donde guardaba la maría, y qué miedo, le podían hacer algo, pero qué era peor, la cárcel o el linchamiento, así se debatía. Joder. Entonces su mujer se puso en pie, quería hacer pis. El escolta la siguió. Todo estaba en silencio. Ya casi no había telespectadores conectados. Era el momento. Mientras andaban hacia el baño, cuando ya habían salido del salón, el guardaespaldas le colocó llanamente una mano en el culo a la señora. Ella se giró y le miró y pensó ay, habrá sido una equivocación, tonterías mías. Y él le puso una mano en la teta izquierda y la señora, cabreada, chilló: ¡ah! Cejas del ministro enarcadas. Sorpresa de los cámaras. Gente que se reconecta al canal de televisión. Presentadora en el lejano estudio se atusa el cabello. Primer verso. Primera célula del poema. Nunca más hubo poesía.


martes, 30 de diciembre de 2014

004



Estos muslos no son míos. Ya no me soy. Y yo miro al fondo del pozo y grito y siento vértigo y soy consciente, de tanto leer, de que el vértigo sólo significa que siento deseos de caer. Por qué lo de fuera se parece tan irremediablemente a lo que tengo dentro. Extraviar la postura, perder para siempre el cuerpo en uve. No vibra el teléfono encima de la caja. Lo dejé lejos, en otra habitación, pero puedo escucharlo. Baile de dedos, mensaje. Que dolía, que ahora ya no. Es sólo la cola de un golpe, mareo, como la laxitud después del orgasmo. El no negado. Y tengo derecho a pensarme indiferente, yo lo sé. En la cabeza puedo ser, ser, ser. Pero ahora coloco un dedo en esa pierna que no es mía, que encaja con el puzzle de mi esqueleto y se me pega como el arco romano, sin pegamento, sin cemento, sin calor. Respirar te va a matar, pienso, y qué. Me limpio el cuello. Con lija gris, sentada encima de la tapa cerrada del water. Refugio. Hogar en mí, no hay más casa, sólo un edificio en la garganta, una bomba víctima del tiempo escondida en el sótano. Y un teléfono apagado. Por qué no llama nadie. Por qué no saben que estoy aquí colgándome de los azulejos, contándome los dedos, limpiando los restos. Que ya no duele, pero sigo sentada y el tiempo, clac, me insulta. Yo ya no puedo mirarme al espejo. Sólo sabe mostrarme fotografías. No soy la niña que me mira y se mueve si lo pienso, y los muslos, yo no soy... Sólo el papel que barre la vergüenza, un arañazo rouge tras la blusa. Y tal vez al teléfono se asome. Tal vez al teléfono le nombren. Tal vez al teléfono le cuenten...
Nadie llama. Yo no lloro. Ahora sólo soy niña para los idiotas.


lunes, 22 de diciembre de 2014

por qué será



Por qué será que te llevo dentro como la vesícula, con todo el peligro de que revientes y me envenenes, de que me mates desde el centro de mi cuerpo. Tan mía como ese trozo de mí, y tan ajena, tan de lo demás. Por qué será que sé que puedo llevar los dedos al fondo de la garganta y apretarlos y tirar. Que puedo zafarte de mí, de mí, de mí. Que no vas a agarrarte, no vas a pelear, no vas a arañarme para que me achique y te diga, bueno, sigue. Tú estás quieta y no importa dónde. No sabes que soy yo la fachada de esa pared que pellizcas. Que mi cara es el azulejo que puede resquebrajarse si al final el gas abierto explota. Soy la casa que habitas, pero tú no lo sabes. Por qué será. Y si respiras, me quedo sin oxígeno. Y si te dejas el grifo abierto, lloro. Y si te aburres, me muevo. Sólo porque me da miedo que estalles y me mates y aun muerta, aun cadáver y vacía y fría... Por qué será que me estoy despellejando la boca. ¿Lo recibes, si pienso? Me encontré contigo anoche. En el súper. Hablamos un rato. Estabas guapa. Creo que volvías de casa de alguien, algo así. No te entendí bien; en la sección de cosméticos nunca se puede dialogar con propiedad. Por qué será. Nos dimos un beso en el cachete y después cogiste la cesta y seguiste andando. Te vi marchar y me pregunté por qué no te dabas cuenta de que no estabas ahí fuera. De que no eras más que un holograma. Tengo tanto miedo de ti. Tanto miedo contigo.

 (ya no creo a los espejos)

martes, 9 de diciembre de 2014

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Suspiré. El aire se me escapó del cuerpo y coronó los agujeros de mi nariz. Me hinchó la cara. Corrió por la habitación y se puso a dar vueltas alrededor de los muebles, del gotelé de las paredes, de las pelusas. Salió por la ventana, que estaba abierta de par en par, y se subió a horcajadas sobre una corriente de aire más grande, más viva, más sucia. El aire de mi cuerpo se contaminó con los gases de la calle, y mi exhalación se convirtió en viento. Se mimetizó con el aire que había salido del tubo de escape de un camión de fruta, o de un aire acondicionado que hace tap, tap, tap, o de la nariz de otro. Mi aire dejó de ser mío en el preciso instante en que decidí que quería respirar, y suspirar, y limpiarme el alma en lo profundo. Yo suspiro, y una parte de mí vuela, y puede llegar a cualquier sitio, a cualquiera. Y mi aire, entonces, sólo es libre cuando sale de mí. Sólo yo, sólo partes de mí son libres cuando ya no están conmigo, cuando se escapan, cuando echan a volar porque yo, entretenida, les doy un pequeño empujón. Con los pulmones, o con los dedos, o con el habla. Soy de todos si respiro. Si respiro, puedo volar.

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Tú tienes los ojos caídos y la boca cerrada y las comisuras colgantes y baja una lágrima y corre derrapa avanza deprisa por tu mejilla y tú tienes los dedos en la tierra y las uñas debajo y las piernas estiradas y las pestañas rizadas y el mundo en la lengua y me lo das y me lo envías y me lo pasas y rozas y tocas y miras y yo espero y digo y esto qué es y siento y consiento tu vida y rueda por mis dientes y atraca en mi garganta y yo tengo los ojos caídos y la boca cerrada y las comisuras colgantes...

domingo, 7 de diciembre de 2014

yo rotonda


Están construyendo una rotonda en la entrada a mi pueblo. Cada semana, al volver a casa, veo la obra. Yo no la busco. Me olvido de que ahí se mueve algo, de que mientras yo ando o como o pregunto unos obreros arman una curva de mentira. Solo la recuerdo cuando regreso. La veo y es más grande y más perfecta y cada vez más redonda. Los trabajadores son rápidos. La rotonda es distinta todas las semanas. Y cuando la oteo, el mundo se achica y se reduce a ese segundo. Los regresos se me funden, son viscosos. Mi abuelo me sube en coche a veces. Pasamos rodando por el paritorio de cemento. Me dice, mira qué avanzada va la rotonda, y cavila sobre cómo será cuando la terminen, qué les falta para que la rotonda sea rotonda. Dentro de poco acaban, cierra siempre. Yo fijo la vista en los bloques medio desnudos y me callo. La obra me da miedo. Me asustan los ladrillos. Crece, y yo no sé cómo crecen las rotondas.
Intento no mirarla. Lo intento con ganas. Cuando voy por la gasolinera, lanzo la vista hacia el techo del coche o de la guagua y me concentro. Bizqueo. Pero se me vuelan las cuencas y la falsa curva me sacude desde dentro, esta vez ya vestida con cemento, con la altura perfecta. Y más lisa. La semana pasada se le veían maderas y trozos de bolsa, y el cemento era rugoso como la piel del techo de la guagua. Me asusto porque vivo fuera y las rotondas crecen y las flores brotan y cuándo pusieron las luces de navidad, cuándo las encendieron. Mi pueblo parece otra cosa, y todo empieza en el filo de una rotonda que aún no sirve para girar. La ansiedad me muerde, un gusano dentro, porque la guagua va despacio y allí en el muro hay un cartel de un concierto del que no me he enterado. Me da miedo no leerlo.
Construyen la rotonda al lado de la gasolinera. Justo delante de la entrada al pueblo. Como una bandera que baila y me grita que no soy, que no vivo, que no estoy. Que vengo para irme como un extrajero o el técnico de la Telefónica. Mi abuelo imagina cómo será la rotonda cuando esté acabada y yo sé que tengo miedo y me muerde el coco.
Me asusta, me asusta, me asusta. Un día llegaré y querré no mirar pero lo haré, y la falsa curva estará terminada y resplandeciente y algún concejal la habrá inaugurado, y en el periódico ondeará una foto de ésas de corbata y manos, besos. Y miraré y la veré. La rotonda estará hecha, lisa, alta. La guagua seguirá rodando, y eso es lo que me asusta. Me asusta entrar al pueblo, que será ya un pueblo con rotonda nueva, y ver que las casas son más grandes y no hay bancos en las plazas y hay agua corriendo por los carriles y los viejos ya no me saludan porque son otros y el sendero a la montaña no tiene esas piedras que te agarran los pies para que no resbales. Me asusta la rotonda y me escondo, me arrebujo en el asiento como un ovillo de persona. No voy a mirar, porque si aprieto bien los ojos ya no hay obra, desaparece, se va y vuela y solo permanece la entrada que me saludó cada tarde, la puerta que me guardó de lo que no era mi cosmos. Si retuerzo los párpados y no veo, ya no hay supermercado nuevo ni farolas altas ni obra parada, solo la nave que ya nadie derrumba, y la señora que se sienta en el escalón de mi calle me sonríe porque no he bebido caldo de pollo en su velatorio ni he observado las ventanas cerradas de su casa. Si no miro, la rotonda ya no está. Y todo sigue igual.
 

martes, 11 de noviembre de 2014

76



Está sentada en el sofá largo. Prende cigarros con una vela. Los pitillos se encienden, pero se queman. La punta se ennegrece. Los fuma a sorbos, como si bebiera. Intenta no tragarse el humo, pero no puede evitar hacerlo. Y le sale por la nariz. Le brota de dentro. En qué chimenea me he convertido, piensa. Y se arrepiente. Pero sigue quemando la punta de uno, dos, tres cigarros con la llama de esa vela con olor a talco; sigue chamuscando y preguntándose si alguna vez, en algún momento, un cigarrillo podría arder demasiado. Entonces saca uno de la caja y lo hila a la llama. Lo deja ahí. No pasa nada. Ella, sin embargo, sigue sentada en el sofá largo, fumando cigarrillos con el papel ennegrecido.


viernes, 24 de octubre de 2014

mi vida agua




Mi vida agua. Sin espacio, y miles de grietas alrededor. Que se expanda y haga fuerzas siempre para romper, para reventar el molde. Que se revuelva con el movimiento y pelee siempre por buscar su forma. Que se desparrame. Mi vida catarata. Fuerza, y ruido, y corrientes rápidas. Que nada más allá de la física pueda columpiarla. Mi vida lluvia. Que caiga, que moje, que llene. Sin normas. Mi vida ola. La subida, y después el golpe, golpe contra sí misma y contra todo. Mi vida mía.

merienda de dolores


Tu dolor es como mi dolor, y a veces nuestros dolores se encuentran y se miran al centro de las pupilas. Mi dolor se encoge un poco y se curva hacia dentro, y se vuelve anzuelo. Tu dolor respira por la boca, y un pequeño hilo de aire sale disparado y le da al mío en el centro de la frente. Nunca consiguen pescarse. Se miran, se miran los dolores, y tienden un puente de cemento que los une pero jamás los acerca. Eres un dolor muy bonito, exhala el mío. El tuyo suelta qué dolencia tan guapa, y una química de dolores surge de la parte más profunda de la garganta. A veces se encuentran, y el aire se vuelve un poco menos repulsivo, y el puente tiembla aunque sea del cemento más duro, y del más improbable. Toman café y comen galletas de limón, aunque a mí no me gusten. Pero mi dolor se las traga de golpe mientras con una mano tamborilea en la mesa y recrea La vereda de la puerta de atrás. El tuyo las desmigaja y las mira y habla muy bajo y sólo responde cuando cree que el puente puede temblar más que la fiebre. A veces nuestros dolores quedan para merendar y hablan del tiempo. Intentaron hablar de metafísica, pero no saben qué coño significa.