Estaba embarazada.
Había comprado un predictor ayer en la farmacia, y decidí usarlo cuando Matt se fue.
Volví a mirar el predictor, esperando que antes lo hubiera visto mal. No. Sin duda era positivo.
Un par de lágrimas me recorrían las mejillas.
Noté como cada vez iba entrando menos aire en mis pulmones, y empecé a temblar. Ansiedad.
Cada vez me faltaba más aire, y comencé a sudar.
No podía estar embarazada. No iba a cargar con el peso de tener un hijo. No iba a abortar. No podía hacer nada. No podía matar al que sería mi futuro hijo y seguir viva. Me sentiría culpable, siempre.
Cerré los ojos y me tumbé boca abajo en el suelo, concentrándome en respirar. No conseguía pensar nada coherente.
En este momento, era como si todo el universo hubiera aumentado de tamaño. Todo, menos yo. Me sentía pequeña, demasiado pequeña.
Pensé en la muerte, de pronto. Era una idea atractiva. Siempre me lo pareció, claro. Esperaba algo que me hiciera reaccionar. Algo que me hiciera desearlo. Y ese algo, era estar embarazada. Podía no parecer un problema. Podía parecer maravilloso, para algunas personas. A otras no les parecería algo bueno, pero lo afrontarían. Saldrían adelante y lo afrontarían. Pero yo no iba a hacer eso. Las personas que lo hacían, que lo afrontaban, eran más fuertes que yo. Mucho más fuertes.
Levanté un poco la cabeza. Tenía nauseas y seguía sin aire.
Encima de la mesa, había un cuchillo.
Y yo tenía demasiadas ganas de morir.
Y demasiada fe en que había llegado el día.
...
Salía del trabajo, un poco más tarde de lo normal. Malditas horas extra. Estaba deseando llegar a casa y abrazar a Helena.
Empezó a sonar el móvil. Miré la pantalla y me sorprendí al ver que era Caroline, una de las mejores amigas de Helena.
-¡Hola, Caroline! Si llamas para localizar a Helena, ella no está conmigo.
-No te llamo para localizarla. Necesito que vengas.
La voz de Caroline sonaba tensa y ronca, como si hubiera llorado.
-¿A dónde quieres que vaya? ¿Pasa algo?
Silencio. Por lo menos medio minuto.
-Sí, pasa algo. Ven a tu casa. Te espero en el portal. Ven rápido e intenta no hablar con nadie.
Colgó el teléfono.
¿Qué habría pasado?
Decidí ir rápido y sin pensar. Seguro que si me lo preguntaba, pensaría en lo peor. Seguro que no era nada. Helena y Caroline se habrían peleado, sería eso. Caroline me llamaría para arreglarlo, sí.
Diez minutos más tarde estaba frente al portal y vi a Caroline apollada contra la pared. Me extrañó su cara. Tenía los ojos rojos y aguados, y miraba al suelo. También me percaté de que estaba temblando.
-¿Qué pasa, Caroline?
Me miró a los ojos. Abrió la boca, como para hablar, pero comenzó a llorar, poniéndose las manos en la cara.
-Caroline, ¿tan grave es?
-Sí ¡sí! ¿Crees que yo lloraría por algo sin importancia, Matthew? Matthew, hazme el favor entrar y sentarte en un escalón.
Eso hice.
-Cuéntame, por Dios.
Empezaba a temer que le hubiera pasado algo a Helena. Si no fuera así, Helena estaría ahí con Caroline. O estaríamos en mi casa.
-He decidido decírtelo antes de llamar a la policía. No hables. No me interrumpas. He decidido contártelo antes porque no quería que te enteraras por terceras personas, Matthew -suspiró-.
-¿Helena está bien?
-He dicho que no me interrumpas. Matthew, no está bien. -Rompió a llorar.
Le había pasado algo a Helena. A mi Helena.
-¿Qué le ha pasado? -Utilicé toda mi fuerza en decir esas palabras.
-Helena está muerta -susurró-. Yo... entré en el piso, con mi llave, con la llave que ella me dio... y la encontré... así. Se ha suicidado, Matthew. Se ha cortado las venas...
Al principio pensé que era una broma. Esperé que lo fuera. Pero cuando Caroline cerró los ojos y suspiró, supe que era verdad.
Todo se desvaneció. Fue como si toda mi vida acabara en ese preciso momento. Como si toda mi vida hubiera sido en vano.
Me levanté del escalón y subí corriendo las escaleras. No pensé, simplemente actué. Caroline me cogió de la camiseta, pero conseguí soltarme.
Helena no podía haber muerto. Helena, no. No podía haberse suicidado. No podía haberme dejado solo en este mundo de locos. No podía. Helena no me haría eso. Nunca. Helena me quería. Yo lo sabía.
Abrí la puerta. Caroline no la había cerrado con llave.
Y lo que vi fue como un balazo. Me tiré de rodillas y grité. Grité tan alto que me dolió.
Frente a mí estaba el cadáver de Helena, encima de un charco de de sangre. A su lado había un cuchillo lleno de ésta.
-Helena, ¡Helena! Helena, porfavor... -Me acerqué a ella y le puse la mano en la mejilla- Helena no. Vuelve. Te lo ruego. Helena, si vuelves te juro que no te volveré a dejar sola. Te lo juro. Llegaré antes a casa, y pasaremos todo el tiempo que quieras juntos... Despierta porfavor, Helena -mi voz se oía entrecortada por el llanto-. Helena, te quiero. Eres lo único que tengo -agaché la cabeza y puse ver como mis lágrimas caían una a una al suelo- de verdad. Sé que no es suficiente. Sé que no te gusta tu vida, cariño... pero haré que tu vida sea la más perfecta del mundo. ¡Vuelve, porfavor! No me dejes solo. No puedo vivir en un mundo en el que tú no estés, ¿me entiendes, Hel? Es imposible. El mundo sería para mí un desconocido. Nunca podré volver a ser yo. Te necesito. Necesito que vuelvas, ¡Helena, porfavor! -La cogí de la mano y me manché los dedos de sangre.- Helena, no voy a poder seguir viviendo sin tu electricidad. Sin tu sonrisa cansada. Sin que me despiertes por la mañana poniéndome la mano en el pecho. Sin esperar que me digas algo bonito, sin reprimirte. Sin tu obsesión con la vainilla. Sin oirte cantar mientras te duchas. Sin que me digas que soy lo único que hace tu vida soportable. Sin que uses mi ropa para dormir y te enfades si digo algo. Sin que me dejes notas por todas partes. Sin verte dormir. Sin que me cuentes lo que sueñas cada noche. Sin echarte de menos y saber que te veré al volver a casa. Sin tus planes de última hora. Sin ti...
Volví a gritar. No podía dejar de llorar. Helena estaba muerta. Estaba muerta frente a mí. Llena de sangre.
-¡¿Pero por qué me haces esto?! -No sé a quién se lo decía. Si a Helena, si a mí mismo, o si a Dios.
Al lado de Helena, vi un papel blanco perfectamente doblado y un objeto que no supe bien qué era. Me acerqué y cogí ambas cosas.
Era un predictor. Positivo. Helena estaba... embarazada. ¿Se había matado por ello? Suspiré.
Abrí el papel, y lo manché de sangre y de lágrimas.
''Te quiero, M.'' Estaba escrito con letra temblorosa y en color verde.
Terminé de romperme por dentro.
No habían explicaciones. Solamente tres palabras, y una letra.
Miré el cuerpo de Helena y me tumbé a su lado, manchándome de sangre.
-Ya lo sabía, Hel... Ya lo sabía...
Las mejores historias son las que hablan de lo que no cuentan, ésas que tienen otras letras impresas en los márgenes y entre los huecos de los renglones. Las mejores historias son las que dejan rendijas, grietas pequeñas por las que descubrir qué es lo que se mueve dentro de todo.
¿Qué significará el tiempo sin relojes?
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jueves, 29 de julio de 2010
sábado, 24 de julio de 2010
El principio de todo. Diciembre de 2002.
Era invierno, en el 2002.
Yo esperaba a mi amiga Patricia en uno de los parques de mi cuidad.
Llevaba una carpeta gris, llena con mis dibujos (iba a regalarle algunos a Patt).
Hacía muchísimo frío. Habían restos de nieve a los lados de la carretera, aún. Yo llevaba un abrigo azul oscuro y el pelo recogido en una coleta. Tenía dieciséis años y ni la más remota idea de a quién conocería ese día, de la forma más extraña.
Empezó a soplar viento y mi amiga no llegaba. Llevaría esperando por lo menos veinte minutos. Busqué mi móvil en los bolsillos. Entonces, recordé que lo había metido dentro de una de las fundas de la carpeta. Cuando fui a sacar el teléfono, uno de los dibujos salió volando. Era uno de mis favoritos.
Salí corriendo tras la hoja, hasta que la perdí de vista.
-¡Mierda!
Volvía hacia el banco, con la cabeza gacha, cuando sentí una mano en mi hombro. Me giré rápido (no me gustaba el contacto físico con desconocidos).
-¿Esto es tuyo?
Era un chico un poco más alto que yo. Debía tener más o menos mi edad. Lo que me llamó la atención de él fueron sus grandes ojos negros. Tenía los ojos negros y la luna guardada en uno de ellos.
-Eh, sí. Gracias. Se me había ido volando y lo había perdido de vista.
-Es muy bonito. -Miró el dibujo detenidamente antes de dármelo. -Yo también dibujo, pero nunca he sabido dibujar flores, ¿sabes?
-Vaya. Gracias otra vez por recogerme el dibujo, tengo que irme.
-Eh, espera. ¿Estás esperando a alguien? Te he visto sentada en aquel banco, un poco nerviosa. ¿Una cita o algo así?
No entendía por qué este desconocido se preocupaba por mi vida personal.
-No, no. Estoy esperando a una amiga, pero parece que no llega. Tal vez no vaya a venir. Creo que me iré a casa, he esperado demasiado.
-Bueno, a mí no me han plantado, pero también voy solo. ¿Te acompaño a casa?
-¿Por qué tanto interés en mí? -No pude evitar preguntar, además, no me importaba demasiado ser maleducada.
-Porque me gusta conocer gente, supongo -rió-. Además, no todos los días conozco a una chica que dibuje así de bien. ¿Sabes que dicen que los trazos pueden llegar a mostrar el alma de una persona, de alguna forma? -Me miró a los ojos. -Creo que tienes un alma muy bonita.
¿Qué? Eso había sonado a loco. A muy loco. Pero me fié del chico del pelo alborotado y los ojos negros.
-Bueno, acompáñame, pues.
-¿Cómo te llamas?
-Helena, ¿y tú?
-Matthew.
...
Era invierno, en el 2002.
Caminaba por el parque, solo. Me había levantado con una sensación de grandeza abrumadora. Sentía que hoy pasaría algo.
Miré hacia mi derecha y me sorprendí. Ahí estaba ella. Llevaba unos días observándola.
Había venido el lunes, el martes y el miércoles a dibujar. Se sentaba en cualquier banco, sacaba un lápiz y un papel, y dibujaba. A veces pasaba disimuladamente y miraba de reojo que estaba dibujando.
Y hoy, viernes, también estaba quí, con la carpeta gris. Pero no estaba dibujando. Por su cara, estaba esperando a alguien que no llegaba.
Llevaba su bonito pelo rubio recogido en una coleta. Tenía la cara adornada con pecas y los ojos azules. Era muy bonita.
Empezó a rebuscar en la carpeta, cuando un dibujo salió volando. Salí corriendo tras el dibujo -no dudé en hacerlo, y me alegro de ello- hasta que lo alcancé.
Era un dibujo muy bonito. Una mano sosteniendo una flor. Puede parecer realmente simple, pero estaba tan bien hecho que se me pusieron los pelos de punta. Yo nunca supe dibujar flores.
Me giré para buscar a la chica rubia. Estaba regresando al banco, con la cabeza gacha. Seguramente perdiera el dibujo de vista y se resignara.
Me acerqué por detrás y le toqué el hombro.
-¿Esto es tuyo?
Se giró, como enfadada. Tardó unos segundos en contestar.
-Eh, sí, gracias. Se me había ido volando y lo había perdido de vista.
-Es muy bonito. Yo también dibujo, pero nunca he sabido dibujar flores, ¿sabes?
-Vaya. Gracias otra vez por recogerme el dibujo, tengo que irme.
¡No! Había logrado hablar con ella, ¿y se iba?
-Eh, espera. ¿Estás esperando a alguien? Te he visto sentada en ese banco, un poco nerviosa. ¿Una cita o algo así?
-No, no. Estoy esperando a una amiga, pero parece que no llega. Tal vez no vaya a venir. Creo que me iré a casa, he esperado demasiado.
Creo que le molestó un poco que me interesara por ella. A mí también me extrañaba, pero lo hacía.
-Bueno, a mí no me han plantado, pero voy solo. ¿Te acompaño a casa?
Enarcó una ceja.
-¿Por qué tanto interés en mí?
¿Qué le diría ahora? ¿Que llevaba días observándola y quería conocerla? Parecería un loco. Aunque, por mis actos, tal vez lo estuviera. O tal vez solo fuera un chico de diecisiete años que se fijaba demasiado en los demás.
-Porque me gusta conocer gente, supongo -reí-. Además, no todos los días conozco a una chica que dibuje así de bien. ¿Sabes que dicen que los trazos muestran el alma de las personas, de alguna forma? -Sí, me lo acababa de inventar- Creo que tienes un alma muy bonita.
Ahora sí que parecía un loco. Y por la cara que puso, lo pensaba.
-Bueno, acompáñame, pues.
-¿Cómo te llamas?
-Helena, ¿y tú?
-Matthew.
Yo esperaba a mi amiga Patricia en uno de los parques de mi cuidad.
Llevaba una carpeta gris, llena con mis dibujos (iba a regalarle algunos a Patt).
Hacía muchísimo frío. Habían restos de nieve a los lados de la carretera, aún. Yo llevaba un abrigo azul oscuro y el pelo recogido en una coleta. Tenía dieciséis años y ni la más remota idea de a quién conocería ese día, de la forma más extraña.
Empezó a soplar viento y mi amiga no llegaba. Llevaría esperando por lo menos veinte minutos. Busqué mi móvil en los bolsillos. Entonces, recordé que lo había metido dentro de una de las fundas de la carpeta. Cuando fui a sacar el teléfono, uno de los dibujos salió volando. Era uno de mis favoritos.
Salí corriendo tras la hoja, hasta que la perdí de vista.
-¡Mierda!
Volvía hacia el banco, con la cabeza gacha, cuando sentí una mano en mi hombro. Me giré rápido (no me gustaba el contacto físico con desconocidos).
-¿Esto es tuyo?
Era un chico un poco más alto que yo. Debía tener más o menos mi edad. Lo que me llamó la atención de él fueron sus grandes ojos negros. Tenía los ojos negros y la luna guardada en uno de ellos.
-Eh, sí. Gracias. Se me había ido volando y lo había perdido de vista.
-Es muy bonito. -Miró el dibujo detenidamente antes de dármelo. -Yo también dibujo, pero nunca he sabido dibujar flores, ¿sabes?
-Vaya. Gracias otra vez por recogerme el dibujo, tengo que irme.
-Eh, espera. ¿Estás esperando a alguien? Te he visto sentada en aquel banco, un poco nerviosa. ¿Una cita o algo así?
No entendía por qué este desconocido se preocupaba por mi vida personal.
-No, no. Estoy esperando a una amiga, pero parece que no llega. Tal vez no vaya a venir. Creo que me iré a casa, he esperado demasiado.
-Bueno, a mí no me han plantado, pero también voy solo. ¿Te acompaño a casa?
-¿Por qué tanto interés en mí? -No pude evitar preguntar, además, no me importaba demasiado ser maleducada.
-Porque me gusta conocer gente, supongo -rió-. Además, no todos los días conozco a una chica que dibuje así de bien. ¿Sabes que dicen que los trazos pueden llegar a mostrar el alma de una persona, de alguna forma? -Me miró a los ojos. -Creo que tienes un alma muy bonita.
¿Qué? Eso había sonado a loco. A muy loco. Pero me fié del chico del pelo alborotado y los ojos negros.
-Bueno, acompáñame, pues.
-¿Cómo te llamas?
-Helena, ¿y tú?
-Matthew.
...
Era invierno, en el 2002.
Caminaba por el parque, solo. Me había levantado con una sensación de grandeza abrumadora. Sentía que hoy pasaría algo.
Miré hacia mi derecha y me sorprendí. Ahí estaba ella. Llevaba unos días observándola.
Había venido el lunes, el martes y el miércoles a dibujar. Se sentaba en cualquier banco, sacaba un lápiz y un papel, y dibujaba. A veces pasaba disimuladamente y miraba de reojo que estaba dibujando.
Y hoy, viernes, también estaba quí, con la carpeta gris. Pero no estaba dibujando. Por su cara, estaba esperando a alguien que no llegaba.
Llevaba su bonito pelo rubio recogido en una coleta. Tenía la cara adornada con pecas y los ojos azules. Era muy bonita.
Empezó a rebuscar en la carpeta, cuando un dibujo salió volando. Salí corriendo tras el dibujo -no dudé en hacerlo, y me alegro de ello- hasta que lo alcancé.
Era un dibujo muy bonito. Una mano sosteniendo una flor. Puede parecer realmente simple, pero estaba tan bien hecho que se me pusieron los pelos de punta. Yo nunca supe dibujar flores.
Me giré para buscar a la chica rubia. Estaba regresando al banco, con la cabeza gacha. Seguramente perdiera el dibujo de vista y se resignara.
Me acerqué por detrás y le toqué el hombro.
-¿Esto es tuyo?
Se giró, como enfadada. Tardó unos segundos en contestar.
-Eh, sí, gracias. Se me había ido volando y lo había perdido de vista.
-Es muy bonito. Yo también dibujo, pero nunca he sabido dibujar flores, ¿sabes?
-Vaya. Gracias otra vez por recogerme el dibujo, tengo que irme.
¡No! Había logrado hablar con ella, ¿y se iba?
-Eh, espera. ¿Estás esperando a alguien? Te he visto sentada en ese banco, un poco nerviosa. ¿Una cita o algo así?
-No, no. Estoy esperando a una amiga, pero parece que no llega. Tal vez no vaya a venir. Creo que me iré a casa, he esperado demasiado.
Creo que le molestó un poco que me interesara por ella. A mí también me extrañaba, pero lo hacía.
-Bueno, a mí no me han plantado, pero voy solo. ¿Te acompaño a casa?
Enarcó una ceja.
-¿Por qué tanto interés en mí?
¿Qué le diría ahora? ¿Que llevaba días observándola y quería conocerla? Parecería un loco. Aunque, por mis actos, tal vez lo estuviera. O tal vez solo fuera un chico de diecisiete años que se fijaba demasiado en los demás.
-Porque me gusta conocer gente, supongo -reí-. Además, no todos los días conozco a una chica que dibuje así de bien. ¿Sabes que dicen que los trazos muestran el alma de las personas, de alguna forma? -Sí, me lo acababa de inventar- Creo que tienes un alma muy bonita.
Ahora sí que parecía un loco. Y por la cara que puso, lo pensaba.
-Bueno, acompáñame, pues.
-¿Cómo te llamas?
-Helena, ¿y tú?
-Matthew.
domingo, 11 de julio de 2010
Lo suficiente para haberte echado de menos. (M&H 3)
Estaba sentada en el bordillo del balcón. Una posición aparentemente suicida. Pero lo único que ella buscaba era sentir el aire en la cara. Sentirse viva. Cerró los ojos, y respiró fuerte. Se sentía realmente bien. Casi había desaparecido esa presión constante que sentía... y esa tristeza que a veces le ahogaba. Era una persona poco conformista. Tuviera lo que tuviera, siempre querría más... y eso le había hecho perder muchas cosas. Suspiró.
Comenzaba a entrar la noche. En unos minutos, llegaría él. Algo así como su marido, pensó riendo para si misma. No se habían casado porque ella no creía en la institución del matrimonio. Rompía las parejas. Y la unión que ellos dos tenían, no era una de las más fuertes...
¿Que si no se querían? Claro que sí. Ella le quería tanto que le llegaba a doler. Pero eran demasiado distintos
Él era tierno, ella fría. Él era optimista, muy optimista; ella lo veía todo gris. Él tenía esperanzas, ella no. Y así una lista de cosas en las que ella salía desfavorecida, pensó. ¿Era malo ver el mundo como realmente es...? Porque, eso era lo que ella hacía. Su novio no estaba de acuerdo con eso. Él creía que el mundo era perfecto. Que nadie podía hacerle daño. Era tan inocente... eso hacía que ella le quisiera cada día más.
Estaba en una situación realmente suicida, recordó. ¿Qué pasaría si se caía? ¿Y si se tiraba? ¿Cambiaría en algo las cosas el hecho de que fuera un suicidio? Sí, solía debatirse si debía morir ya o no. No porque fuera infeliz, claro. Porque creía que la vida no tenía sentido. Porque el frío de su persona ya la estaba congelando hasta el punto de buscar el calor donde fuera. Incluso en la mismísima muerte. ''¿Qué pasaría?'' se repitió. Sabía que solamente su pareja la echaría de menos. Tal vez alguna amiga. Pero no su familia: había huído a los dieciocho con el chico que quería entonces, y que quiere ahora. No sabía nada de ellos, pero le alegraba. Le gustaba poder moverse por el mundo con las mínimas cadenas posibles. Y poder plantearse morir con las mínimas cadenas posibles, también.
-¡Helena! ¿Qué haces ahí colgada?
Vaya, había llegado. Estaba tan enfrascada en sus pensamientos, que no había oído la puerta. Giró la cabeza, como pudo.
-Dime, ¿qué estás haciendo? ¿O qué pensabas hacer?
Se preocupaba tanto por ella... Le conmovía. Nunca tuvo esa sensación de que nadie le quería. Bueno, al menos no desde que le conoció. En su adolescencia se sentía sola. Demasiado sola para poder soportarlo. Pero, aunque Helena parezca una suicidida nata, nunca atentó contra su vida, ni siquiera en la adolescencia. Esperaba el momento, simplemente. Y siempre, había una cosa que se lo impedía. Él. Matthew. Matt. SU Matt.
-¡Helena, reacciona! -Le puso la palma de la mano en la mejilla.- Pero, ¡estás helada! ¿Cuánto tiempo llevas aquí, cariño?
-Lo suficiente.
-¿Para qué? -Barajó varias respuestas. ¿Le iba a decir que lo suficiente para haberse planteado, otra vez, terminar con su vida? ¿Que llevaba lo suficiente para percatarse, una vez más, de que él era muchísimo mejor persona que ella? ¿Lo suficiente para comenzar a tiritar de frío?
Le miró a los ojos. A sus perfectos ojos negros.
-Para haberte echado de menos. -Le dijo prácticamente en un susurro.
Matthew le abrazó. Sintió, una vez más, la calidez de sus brazos. De su ser. Y se dejó embriagar por su olor. Si de verdad pudiera elegir un momento para morir (porque ella sabía que moriría de forma natural, no por suicidio), sería cualquiera en sus brazos.
Y una vez más, Helena se aferró a la vida, y a los brazos de Matt...
Comenzaba a entrar la noche. En unos minutos, llegaría él. Algo así como su marido, pensó riendo para si misma. No se habían casado porque ella no creía en la institución del matrimonio. Rompía las parejas. Y la unión que ellos dos tenían, no era una de las más fuertes...
¿Que si no se querían? Claro que sí. Ella le quería tanto que le llegaba a doler. Pero eran demasiado distintos
Él era tierno, ella fría. Él era optimista, muy optimista; ella lo veía todo gris. Él tenía esperanzas, ella no. Y así una lista de cosas en las que ella salía desfavorecida, pensó. ¿Era malo ver el mundo como realmente es...? Porque, eso era lo que ella hacía. Su novio no estaba de acuerdo con eso. Él creía que el mundo era perfecto. Que nadie podía hacerle daño. Era tan inocente... eso hacía que ella le quisiera cada día más.
Estaba en una situación realmente suicida, recordó. ¿Qué pasaría si se caía? ¿Y si se tiraba? ¿Cambiaría en algo las cosas el hecho de que fuera un suicidio? Sí, solía debatirse si debía morir ya o no. No porque fuera infeliz, claro. Porque creía que la vida no tenía sentido. Porque el frío de su persona ya la estaba congelando hasta el punto de buscar el calor donde fuera. Incluso en la mismísima muerte. ''¿Qué pasaría?'' se repitió. Sabía que solamente su pareja la echaría de menos. Tal vez alguna amiga. Pero no su familia: había huído a los dieciocho con el chico que quería entonces, y que quiere ahora. No sabía nada de ellos, pero le alegraba. Le gustaba poder moverse por el mundo con las mínimas cadenas posibles. Y poder plantearse morir con las mínimas cadenas posibles, también.
-¡Helena! ¿Qué haces ahí colgada?
Vaya, había llegado. Estaba tan enfrascada en sus pensamientos, que no había oído la puerta. Giró la cabeza, como pudo.
-Dime, ¿qué estás haciendo? ¿O qué pensabas hacer?
Se preocupaba tanto por ella... Le conmovía. Nunca tuvo esa sensación de que nadie le quería. Bueno, al menos no desde que le conoció. En su adolescencia se sentía sola. Demasiado sola para poder soportarlo. Pero, aunque Helena parezca una suicidida nata, nunca atentó contra su vida, ni siquiera en la adolescencia. Esperaba el momento, simplemente. Y siempre, había una cosa que se lo impedía. Él. Matthew. Matt. SU Matt.
-¡Helena, reacciona! -Le puso la palma de la mano en la mejilla.- Pero, ¡estás helada! ¿Cuánto tiempo llevas aquí, cariño?
-Lo suficiente.
-¿Para qué? -Barajó varias respuestas. ¿Le iba a decir que lo suficiente para haberse planteado, otra vez, terminar con su vida? ¿Que llevaba lo suficiente para percatarse, una vez más, de que él era muchísimo mejor persona que ella? ¿Lo suficiente para comenzar a tiritar de frío?
Le miró a los ojos. A sus perfectos ojos negros.
-Para haberte echado de menos. -Le dijo prácticamente en un susurro.
Matthew le abrazó. Sintió, una vez más, la calidez de sus brazos. De su ser. Y se dejó embriagar por su olor. Si de verdad pudiera elegir un momento para morir (porque ella sabía que moriría de forma natural, no por suicidio), sería cualquiera en sus brazos.
Y una vez más, Helena se aferró a la vida, y a los brazos de Matt...
viernes, 25 de junio de 2010
Aquí no huele a vainilla. (M&H 1)
-Voy a huír, Matthew.
Matthew me miró, perplejo. Nunca creí que llegáramos a tener una conversación así. Matthew y yo nos habíamos querido como nadie se quiso jamás. Solíamos bromear con que teníamos el record del mundo en querernos. Jurábamos, también, que nuestra vida siempre sería perfecta. Viviríamos en una casa con cristaleras que dejaran ver el bosque. Nuestra casa estaría llena de fotos. Retratos de la vida que habíamos pasado juntos. Todo olería a esa fragancia a vainilla que me encanta. Y a felicidad. Sí, eso pensábamos. Creíamos que tendríamos toda la felicidad del mundo, sin buscarla, siquiera. Pero terminamos viviendo en un piso de paredes blancas y sucias. A lo único que olía ese piso, era a tortura. También solíamos creer que pasaríamos los días juntos, abrazados, bebiendo batidos de vainilla tan dulces como la vida que compartíamos. Pero, él y yo sólo nos veíamos antes y después de irnos a dormir. Los días que no trabajaba, me iba a dar un paseo, que se prolongaba todo el día. No quería ver más de lo debido como mi burbuja había explotado, y mis cristaleras se habían vuelto paredes blancas con gotelé.
-Creía que huír era de cobardes. -Matt se sentó, como agotado, en una de las sillas blancas de la cocina.
-¿Sabes lo que es de cobarde, Matthew? Mi vida. No aguanto más. Tengo 24 años y vivo como una mujer de 50 deprimida. No quiero vivir así. Esta no es la vida que pensé que tendríamos. ¿Sabes todo lo que arriesgué al fugarme contigo siendo apenas mayor de edad? Y, ¿para qué? ¿Para que la única conversación que tengamos en un día, sea sobre cómo quieres el bistec? Oh no, Matthew. Te has equivocado de mujer.
-Haz lo que quieras, Helena.
No. A mí no me iba a engañar. Le había roto por dentro desde el principio de esta breve conversación. Él solamente intentaba disimularlo, y eso me hacía querer huír aún más. El Matthew que yo conocía, mi Matthew, no me dejaría ir. Éste no es más que una imitación barata de ese chico que me prometía cada milímetro del universo. Una imitación que intenta quedar bien. Que cree que no seré capaz de marcharme. Es decepcionante. Acababa de dejar al amor de mi vida, y ni siquiera me replicaba. Ni siquiera me hablaba.
-Ya volveré a por mis cosas.
Me marché, dando un portazo. Pude oírle sollozar a través de la puerta. Pasar la noche con las luces de neón como única compañía, y con las cicatrices de mi corazón doliendo como si fueran recientes, me parecía mejor que quedarme con la imitación barata de Matt.
De pronto, un olor a vainilla llamó mi atención... Sí, me gustará mi nueva vida. Nueva... suena bien.
Matthew me miró, perplejo. Nunca creí que llegáramos a tener una conversación así. Matthew y yo nos habíamos querido como nadie se quiso jamás. Solíamos bromear con que teníamos el record del mundo en querernos. Jurábamos, también, que nuestra vida siempre sería perfecta. Viviríamos en una casa con cristaleras que dejaran ver el bosque. Nuestra casa estaría llena de fotos. Retratos de la vida que habíamos pasado juntos. Todo olería a esa fragancia a vainilla que me encanta. Y a felicidad. Sí, eso pensábamos. Creíamos que tendríamos toda la felicidad del mundo, sin buscarla, siquiera. Pero terminamos viviendo en un piso de paredes blancas y sucias. A lo único que olía ese piso, era a tortura. También solíamos creer que pasaríamos los días juntos, abrazados, bebiendo batidos de vainilla tan dulces como la vida que compartíamos. Pero, él y yo sólo nos veíamos antes y después de irnos a dormir. Los días que no trabajaba, me iba a dar un paseo, que se prolongaba todo el día. No quería ver más de lo debido como mi burbuja había explotado, y mis cristaleras se habían vuelto paredes blancas con gotelé.
-Creía que huír era de cobardes. -Matt se sentó, como agotado, en una de las sillas blancas de la cocina.
-¿Sabes lo que es de cobarde, Matthew? Mi vida. No aguanto más. Tengo 24 años y vivo como una mujer de 50 deprimida. No quiero vivir así. Esta no es la vida que pensé que tendríamos. ¿Sabes todo lo que arriesgué al fugarme contigo siendo apenas mayor de edad? Y, ¿para qué? ¿Para que la única conversación que tengamos en un día, sea sobre cómo quieres el bistec? Oh no, Matthew. Te has equivocado de mujer.
-Haz lo que quieras, Helena.
No. A mí no me iba a engañar. Le había roto por dentro desde el principio de esta breve conversación. Él solamente intentaba disimularlo, y eso me hacía querer huír aún más. El Matthew que yo conocía, mi Matthew, no me dejaría ir. Éste no es más que una imitación barata de ese chico que me prometía cada milímetro del universo. Una imitación que intenta quedar bien. Que cree que no seré capaz de marcharme. Es decepcionante. Acababa de dejar al amor de mi vida, y ni siquiera me replicaba. Ni siquiera me hablaba.
-Ya volveré a por mis cosas.
Me marché, dando un portazo. Pude oírle sollozar a través de la puerta. Pasar la noche con las luces de neón como única compañía, y con las cicatrices de mi corazón doliendo como si fueran recientes, me parecía mejor que quedarme con la imitación barata de Matt.
De pronto, un olor a vainilla llamó mi atención... Sí, me gustará mi nueva vida. Nueva... suena bien.
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