¿Qué significará el tiempo sin relojes?

domingo, 30 de enero de 2011

Una de esas desiciones estúpidas que se toman por motivos asficciantes:

''Deja de fumar. He encontrado el cenicero lleno de colillas y ya sabes lo que opino de ello.
PD: Me marcho a Barcelona. Cuando leas esta nota, ya estaré en el aeropuerto. No sabía como decírtelo, no pienses que estoy huyendo.''
Solté el post-it, aunque se me pegó al dedo en vez de caer, y tuve que despegarlo. Pensé que estaba de broma. O pensé que quería pensarlo.
Andé por toda la casa, estresada, esperando verle tirado en la cama o viendo la tele. Nada. Entré en su habitación y abrí el armario; estaba vacío. Abrí los cajones, tirándolos al suelo. Vacíos.
Me senté en la cama, anonadada, intentando explicármelo, intentando buscar algo en mi cabeza que tuviera forma de respuesta.
Y fijándome en la mesilla de noche, pude ver otro papel amarillo. Estaba pegado a la lámpara y había una sola línea escrita en él. ''Mira encima del armario.''.
Encima del armario había otra nota. El papel era más grande y la letra más torcida, más insegura. Ahí, ahí estaban mis respuestas.
''Vale, sí estoy huyendo.
Decidí irme a Barcelona hace dos meses, no quería decírtelo porque no estaba seguro de que quería irme. Tampoco quería que tuviéramos que despedirnos, porque odio verte llorar.
Y, llámame cobarde, pero escribiendo soy más valiente, y soy capaz de decírtelo todo. Te preguntarás, ¿qué quiere decirme este imbécil? ¿de qué huye? ¿por qué hace todo esto?
Me han encantado estos años de amistad. Han sido tanto como toda una vida para mí, no sé si para ti lo han sido. Hemos tenido nuestros más y nuestros menos, nuestras verdades y nuestras mentiras, nuestras confesiones y nuestras omisiones. Como cuando yo hacía como que no me importaba nada de lo que me decías, que no me sentía mal cuando me hablabas de tu mal de amores y yo te decía que siempre hay luz al final del túnel.
Hoy no es un día cualquiera, hoy es catorce de febrero, San Valentín, y por eso, aunque me marche, tengo que decírtelo. Aunque pueda que no nos volvamos a ver por mi cobardía y mis estupideces, por mis ganas de complicarlo todo. O de no sufrir teniéndote a mi lado sin poder tenerte al completo.
Eres una persona fascinante, ¿no te lo he dicho nunca? Siempre me ha gustado mirarte mientras cocinas o, simplemente, mientras no haces nada. Te reirás de mí por esto. Quiero que sepas que te amo y siempre lo he hecho, de lejos, de cerca, del revés y con lágrimas de por medio. De eso huyo: de todo lo que siento, para que las heridas no puedan calar más hondo y destrozarme más. Me marcho para intentar olvidar y sanar, para seguir mi vida...
Te voy a echar tanto, tantísimo de menos. Pero esta es mi desición, porque sé que no sientes lo mismo por mí, ¡y soy un idiota!
Perdóname.''
Las lágrimas me bajaban por las mejillas. ¿Pero qué mierda estaba haciendo ese idiota?
Otra vez... sola.

sábado, 29 de enero de 2011

Vale, está bien. Está es la última vez que pienso en ti de este modo, que escribo sobre ti. La última de muchas.
Lo siento, pero ya se hace duro, demasiado duro.
Y ya está. No eres nadie.

miércoles, 26 de enero de 2011

Dícese de un día ochenta y cuatro.

¿Sabes que cuando me miro los pies me acuerdo de ti? No sé por qué será, tal vez porque hemos hablado de zapatillas tanto como de otras cosas.
Y sólo puedo decir que es injusto, ¡tan injusto! Somos... éramos... almas gemelas. Pero nos separa un oceano. A veces me preguntas por qué nos colocaron así, y yo pienso que son estrategias del destino. Sin toda esta distancia, ¿crees que nos habríamos conocido y nos habríamos querido como nadie?
Pero las cosas cambian, las peronas también, y las relaciones se oxidan, ¿sabes? Así, lentamente, nos fuimos alejando, el hilo plateado se fue tensando, y ahora no sé si está roto del todo.
No soy de te quiero fácil pero... te quiero, duende púrpura.

martes, 25 de enero de 2011

Uno de esos días... de invierno.

Salía de casa sin prisa, sólo quería pasear, disfrutar del domingo, aunque sola. Porque quería estar sola, tenía la sensación de que si pasaba tiempo con ella misma conseguiría entenderse un poco. Además, Sofía opinaba que las cosas más bonitas se veían a solas.
Andaba despacio, prestando atención a todo: Al aire que corría, a la temperatura, al color de los árboles y de la acera, a los niños que jugaban en el parque y a los sonidos, sobretodo a los sonidos.
''Así no duele tanto recordar, pero sólo si me fijo bien en las personas que están tristes.''
Un mendigo tenía su campamento al lado del árbol grande del parque. Sofía le dio dos euros para que comiera algo; el mendigo le dio las gracias y se fue corriendo -cojeando-.
Una chica lloraba en uno de los bancos, con el móvil en la mano. Sofía no pudo hacer nada por ella, y aunque suene egoísta, se sintió mejor al descubrir que alguien compartía con ella la soledad, el hastío.
Siguió andando, de vez en cuando sacando las manos de los bolsillos para mirar si se habían puesto moradas por el frío.
Y... de pronto comenzó a llover. En seguida supo que esa lluvia no traería cosas buenas; no sería solamente una tormenta de rayos y truenos... sería una tormenta interior. Dentro de ella.
Entró en la primera cafetería que encontró, sin mirar ni siquiera cuál era, y se sentó en la mesa que estaba al lado del baño.
Pidió un café con leche y un vaso de agua. Y cuando se alejaba la camarera -que tenía un caminar bastante feo- salió un chico del baño. Sofía le miró y sólo vio su espalda. Llevaba una camiseta gris, de manga corta (¡con el frío que hacía!) y unos vaqueros. El pelo era castaño oscuro, casi del color del chocolate caliente que la camarera servía ahora a la mesa de al lado. Él se giró y Sofía se percató de que tenía los ojos marrones, la piel morena, el flequillo mal cortado y la mirada de un hombre mayor...
-¿Damien?
-Sofía. -ella preguntó; él no, él no era de las personas que usaba el tono de pregunta para estupideces. Damien no preguntaba, Damien creía, Damien observaba.- Sofía, estás empapada. Te vas a resfriar.
-Eso -dijo con acento duro, inflexible- no te importa.
-Oh, venga, no seas tan dura conmigo -se sentó-. Sof, ¿cómo estás?
Le miró. La miró. Estuvieron así durante casi un minuto, el mundo moviéndose y ellos en pause. En ese momento sintió el ambiente cálido, sintió que caía en un agujero y...
-¡No! Damien, no quiero hablar contigo...
-Sofía, sé que me has echado de menos.
''Joder. Joder. Joder.''
''Claro que te he echado de menos, Damien, claro que lo he hecho. Cuando pienso en ti me duele el pecho, ¿sabes? Me falta algo, me falta desde hace tiempo, y ya se lo que es. Eres tú. Aunque me cueste admitirlo. Ya no me importa que me odies. Yo no te odio. No te guardo ningún rencor, aunque quisieras alejarme de todo, de todos... Te quiero, Damien. Vuelve y no te vayas nunca, porfavor...''
-No. No te he echado de menos. Lo siento.
-¿Sabes? No te creo. También lo siento.
-Eres un idiota. Déjame tranquila. -en ese momento se dio cuenta de que ya había llegado el pedido.
-Venga ya, Sofía. ¿Sabes qué? Sabía que íbamos a encontrarnos hoy. Lo presentía.
-Ojalá me hubiera pasado lo mismo. Me habría quedado en casa.
-Vámonos.
-¿Eh?
-Vámonos del bar. Ha parado de llover. Demos una vuelta.
Se nubló todo. A ella le volvía a doler el pecho, porque teniéndolo ahí, delante, le echaba más de menos que antes... Porque le tenía delante y sabía que nunca podría tenerle realmente. Porque la vida es así, porque el destino está escrito, porque no era para ella ni ella para él.
Pagó y salieron. Era cierto que había dejado de llover fuerte, pero lloviznaba.
-Oye, Damien -se paró en seco. Desde que comenzó la breve conversación, pensaba en decírselo, pero Sofía no había tenido las fuerzas suficientes.-. Quiero que sepas una cosa. Creo que... Bueno, tú sabes que yo creo en el destino, y esas cosas.
-Lo sé. Eso te hace ser Sofía. Si no fueras tan paranoica, no serías ni dos letras de tu nombre.
-Bueno. Creo que este encuentro no ha sido totalmente casual. Porque...
-Porque crees que todo ha sido cosa del destino. Hoy me echabas más de menos que de costumbre, hoy pintabas mi nombre en las nubes y, cuando me viste, sentiste un parón, una nueva línea en tu vida, un nuevo comienzo. Sentiste que ésta era la oportunidad definitiva, que debías retenerme, aunque no quisieras por eso de tu corazón roto. Sentiste que, aunque las veces anteriores, a pesar de que nos amáramos, nos dejamos ir y nos anulamos, esta vez sería diferente porque tú lo eres, porque yo parecía serlo.
-¿Cómo...?
-Yo sentí lo mismo.

jueves, 20 de enero de 2011

Ver como todo se desmorona y no poder hacer nada, por no tener la capacidad ni el permiso para hacerlo.

miércoles, 19 de enero de 2011

-Piénsalo. Todo en la vida es un puzzle, con seis mil millones de piezas en grupos de dos. Cada pieza... cada persona... tiene que encontrar la pieza que le complementa. Así, las conexiones que faltan en el universo se establecen, y los grupos de dos piezas conseguirán el premio: La felicidad.
Sacó la pulsera de cuero de su bolsillo.



Siempre va a ser tuya. Espero poder dártela algún día, aunque eso es tan improbable como que nos veamos.

Lo siento.

martes, 18 de enero de 2011

Estoy anclada a ti;
el ancla es mi alma,
las rocas tu electricidad.

domingo, 16 de enero de 2011

Estoy aquí, siempre he estado...

Otro día más.
María se levantó de la cama y, descalza, recorrió la habitación pareciendo buscar algo sin querer encontrar nada. Se sentó, por fin, delante de la ventana y apartó las cortinas. Echó la cabeza hacia atrás y pude ver esa marca de nacimiento en su cuello. El pelo rojizo le caía por la espalda como una cascada de óxido.
Bajó la cabeza y la apoyó en una de sus manos, triste, cansada. Tenía la mirada fija en algún punto de la calle, buscaba algo, pensé. Desde la cama distinguí como sus ojos se abrían con rapidez y su cuerpo parecía tensarse. Entonces, sin hacer ruido me levanté y me situé detrás de ella. Lo comprendí todo.
Él salía del edificio que quedaba en frente, ataviado con ropa con la que ni yo ni ella le reconocería; con aires de abogado.
Había pasado tanto tiempo... años, quizá, aunque el tiempo en esta habitación parecía pasar más deprisa. Durante todo ese tiempo, parecía que sólo existíamos María, yo y los pedazos de su corazón. Pero en realidad, siempre hubo un intruso: Paul, el hombre que momentos antes me había parecido una hormiguita trajeada, desde este sexto piso.
María no era totalmente ella. Era una sombra de lo que había sido. Porque ella era luz, era un pedazo de estrella, pero sólo cuando tenía a quien iluminar de veras. No quedan personas como María, no quedan personas capaces de irradiar ese tipo de alegría fundido con tristeza, capaces de guardar el cielo en una mirada. Ni siquiera la misma María era ya así. Porque era así por Paul, lo sé. Cuando él la abandonó, María cayó en un estado de apatía, y yo, sin éxito, intenté sacarla de ese hueco. Pero nunca he podido. Siempre me mantuve a su lado, pensando que algún día María volvería a ser la chica de la que me enamoré, la chica por la que respiré durante más de cinco años. Finalmente, nunca tuve a esa chica. Ella, cada mañana, pasaba el tiempo mirando por la ventana, y yo sin comprender, sonreía como un idiota. Hasta hoy. Pero no me importó, aunque pueda sonar estúpido.
Cuando él desapareció, subiéndose en un coche, María destensó su cuerpo y se percató de mi presencia detrás de ella, o en la habitación. Me miró con esa mirada vacía que parecía gritar su nombre y pareció pedirme que no me fuera nunca.
Supongo que para ella yo siempre seré lo que le queda de mi hermano Paul, y ella para mí siempre será lo que me queda de ella misma.

jueves, 13 de enero de 2011

J u l i e t t e

Sobre una fina línea entre el cielo y tus zapatos, estoy yo. Cuando la línea imaginaria se quiebre y tú te marches de donde nunca has estado, ¿dónde quedará mi sitio?

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Era nochevieja, habían pasado las doce y bajábamos en coche. Yo apoyaba la cabeza en la ventana y pensaba en mis propósitos para el año nuevo, cuando oí algo que me resultó familiar y levanté la vista. Ahí estabas, de pie en la acera... Como si el destino me odiara y quisiera que te viera entonces, para no comenzar el año sin hacerlo. Yo, tan idiota, sonrío, como si no se pudiera hacer nada, como si tuviera que evitar las ganas de llorar.
En tus zapatos negros y el cielo.
Juliette.

sábado, 8 de enero de 2011


Y...

Puedo imaginarte sin ni siquiera intentarlo.
(Porque) Invocar tu imagen es la mejor manera de pasar el rato.
(Tal vez) Debería dejar de hacerlo; no digo que sea incómodo desdoblar los recuerdos y pintar tu cuerpo estático.
(No) Te pienso buscar hasta debajo de las piedras, puedo preguntar a un erkling si ha engullido tu cuerpo caucásico.
(Ahora me toca decir mentiras hasta cansarme, para alcanzar el interruptor de la luz con la nariz) Necesito volver a verte así, de perfil, mirando al cielo como si lo quisieras para ti. Fijarme en la curva de tu nariz y sonreír, ¡sonreír porque sé lo que estás pensando! No me estremecía, podía apartar la vista. Quiero que vuelvas a alzar la mano y verla a contraluz. Quiero más recuerdos en los que aparezcas, para poder torturarme con ellos cuando llueva, porque a ti te gusta la lluvia. Creo. No me como el coco, y te quise sólo un poco. ¡Lluvia! De verdad, ¡no parece hecha para ti! Lluvia... no se ve en tus ojos.

(No quiero decir) Adiós.

(Sensación) Eléctrica.



lunes, 27 de diciembre de 2010

No cabemos en la caja


Te entierras sin pensar
en el barro de mi alma,
y queriendo sin querer
mientras despunta el alba
con la sonrisa a cuestas
y las mejillas rojas,
te deslizas en el aire por mí,
y dices que me regalas
tus estrellas y tu calma.


Calma, que me llenó de paz.
Que dolía, asfixiante.
Sólo somos pájaros
sin alas, caídos.
Sólo sabemos ser fríos
con una intensidad
amarga, cortante.
Pero no me importó,
nunca lo hizo; y ése,
ése fue el error.


Entonces se abrió
el vórtice azulado
y caímos; tú caíste,
yo caí; siempre así...
Y el azul se volvió gris
porque no cabemos
ni cabremos en la caja.


viernes, 24 de diciembre de 2010

Lluvia.

Llovía. No sólo en las calles, que estaban llenas de paraguas y charcos, de deseos y huellas borradas por el agua... también llovía dentro de mí, dentro de mi cabeza. Apoyé la cabeza en la cristalera del balcón y acudieron las lágrimas. Más agua. Más lluvia.

¿Qué estaba -estoy- haciendo? Cerré los ojos con fuerza y sentí que debía gritar. ¿Dónde me había perdido y qué coño estaba haciendo allí?

Antes, era parte del momento. Antes, podía sonreír sin intentarlo. Antes, no lloraba, antes no llovía tan fuerte...




Ahora me quedo aquí, esperándole, siempre...

Juliette.

miércoles, 22 de diciembre de 2010


Te quiero.
Sólo eso.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Es tan fácil decir adiós, pero tan difícil hacerte a la idea...

Estimado Damien:
Ante todo, quiero puntualizar que si este asunto no te importa lo más mínimo, puedes dedicarte a hacer papiroflexia con esta carta en vez de leerla.
Nos merecemos más que esto, Damien. Somos sol y luna, día y noche, no podemos vivir en el mismo plano, nos anulamos... Siempre terminará pasando algo y volveremos a separarnos, volveremos a creer que nos odiamos y nos buscaremos... y nos encontraremos. Yo te diré ''creía que me habías olvidado'', y tú dirás ''yo sabía que tú no lo habías hecho''. Entonces, porque donde hubo fuego siempre quedan cenizas, volveremos a sentir un anuncio de lo que puede volver a pasar, de lo que podemos volver a sentir.
Y tendré (tendremos) miedo. Y no podremos querernos, porque nunca hemos podido... o sí hemos podido, pero mínimamente. ¿Entiendes? Debemos decirnos adiós definitivamente. No un adiós a medias, no un hasta pronto... debemos decirnos hasta nunca. O más bien hasta siempre... Por eso te escribo.
Por eso, debemos separarnos. Para idealizarnos y querernos pensándonos, para dejarnos huella pero no cicatriz, para no podernos hacer daño sino sonreír cuando nos recordemos. Porque no me voy a olvidar de ti, y te pido, aunque sé que no hace falta, que me recuerdes. Quiero formar parte de tu vida aunque no de tus días. Sé que parezco egoísta pero, Damien, siempre lo he sido. Esta situación en la que nos hemos visto estos últimos dos años, es horrible. No me gusta. Porque el otro día cuando me llamaste, cuando me dijiste que estabas en el portal y yo no quise bajar, sentí algo que creía olvidado desde hace tiempo. Y me duele, joder.
Tengo que darte las gracias por enseñarme a querer de esa manera, por enseñarme también que del amor al odio hay un paso y que también se puede retroceder...
Adiós, Damien. Suerte en todo.
Recuerda: Idealicémonos, querámonos como se quiere a alguien que ha muerto.
Y ahora vendría un te quiero, pero no quiero admitir nada.
Sofía.


(Sigue en www.asesinandocorazones.blogspot.com)

jueves, 16 de diciembre de 2010

Heart project.

Es que no comenzó así. Quiero decir, por mi parte comenzó así, por la suya comenzó ese día catorce de mi abatimiento. O tal vez el primero. Empezamos a jugar a querer y ser querido y terminamos jugando a herir y cubrirse. ¡Qué mes aquél! Bailamos al compás del tiempo y bebimos mar... soñamos de la mano o eso pareció. Tal vez me mienta el subconsciente y nada fue así. Quién sabe. Parecía que el mundo se descolgaría de su hilo invisible y caeríamos. Me pareció que la tierra ya no me sostenía del mismo modo si no estaba para ayudarla. ¡Qué triste! Se llama dependencia, cariño, se llama quererte, se llama tropezar. Tropezando nos volvemos de hierro... o de papel cebolla.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Mentiras, son tan dulces...

No me gustan los ojos marrones, odio los pingüinos, me gustan los domingos por la noche y las siete y media de la mañana, no te echo de menos...

Faltan catorce.

lunes, 13 de diciembre de 2010

... et Lemoine.

-Buenas tardes, señora Lemoine. ¿Está su hija en casa?
La madre de Alicia me miró como si hubiera visto a un fantasma. Había envejecido veinte años en cuatro y parecía más sola que nunca. Alicia me comunicó en una de sus cartas que sus padres estaban en proceso de divorcio.
-Alicia no vive aquí. -se me quedó mirando dubitativa, como si masticara dudas- ¿Eres Allan?
-Sí. Llegué a París hoy y quería... bueno... saludar a Alicia. ¿Podría decirme dónde vive ahora, porfavor?
-Espera un momento.
Entró a la casa y emparejó la puerta. Observé el jardín: Ya no habían columpios ni barbacoa, y prácticamente tampoco habían flores. No parecía ni siquiera un eco del jardín en el que pasé horas tumbado, mirando el cielo. El césped estaba seco en algunas zonas y una montaña de escombros saludaba desde una esquina. Pensé que el jardín había envejecido de la misma forma que la dueña de la casa, veinte años en cuatro.
-Toma. Espero que tengas suerte con ella, chico. Últimamente está más difícil que nunca.
Tomé el papel y le di las gracias. Me disponía a voltearme cuando puso su mano sobre mi hombro.
-Sé que te ha echado de menos.
-Gracias de nuevo, señora Lemoine. Ha sido un placer volver a verla.
Andé por las calles que tanto conocía, con ganas de convertirme en un Spiderman viajero y ascender por las paredes de los gastados edificios. Aún recordaba con una intensidad de cuento como jugaba con las llaves al recorrer estas calles, como hablaba por teléfono o como, simplemente, andaba. Pasé por la vieja heladería y me detuve a, prácticamente, saludar al anciano helado gigante que hacía de portero. Di un rodeo para no pasar por casa y, maleta en mano, llegué al Boulevard Sébastopol. Saqué el pequeño papel que la madre de Alicia me había dado y me adentré en uno de los edificios. El portal olía a amoníaco y a muerte. Subí hasta el segundo piso y me deleité leyendo la placa de la puerta: ''2º F. Alicia Lemoine.'' Toqué la puerta con los nudillos y no se oyó nada. Solté la maleta, que hizo más ruido del que esperaba. Esperé hasta que se oyó el ruido de varios cerrojos. Tres. La puerta se abrió y la mayor de mis sonrisas acudió a mi rostro. Pero se desvaneció de repente. No era ella quien abría la puerta. Era un hombre de unos veinticinco años. Tenía el pelo oscuro, los ojos verdes, sarcásticos, barba de tres días. En ese momento se me antojó el rostro del mismísimo diablo.
-Disculpe... -carraspeé- ¿la señorita Alicia?
-Ha salido. ¿Eres amigo suyo?
Sonreí sarcásticamente, respondiendo a su mirada.
-Sí. Me llamo Allan. Allan Bonnet. ¿Y tú eres...? -Estiré mi nombre deseoso de que me reconociera. De que Alicia le hubiera hablado de mí y se le borrara la sonrisa.
-Yo me llamo Louis. Soy el compañero de piso de Alicia.
-¿Y por qué no está tu nombre en la placa?
-Oh, hemos encargado otra. Acabo de mudarme.
-¿Sabes a dónde ha ido, Louis? -Dejé pasar el hecho de que ese hombre de ojos verdes viviera con ella, y, siendo totalmente optimista, imaginé que sólo era eso, su compañero de piso.
-No lo sé... nunca dice a dónde va cuando está así.
-¿Qué quieres decir con así?
-Pues... estaba triste, ya sabes. Mencionó algo sobre que echaba de menos a alguien que quería mucho y que presentía algo. Pero fue después de estar viendo fotos de... -puso cara de haber recordado algo, puso ojos de miope y adiviné que debía usar gafas- ¿Tú te llamas Allan, has dicho? ¿Allan Bonnet?
Hice un gesto afirmativo con la cabeza y Louis abrió mucho los ojos.
-¿Acabas de... volver de Dublín?
-Sí...
-Oh, mon dieu. Ve a buscarla... No te entretengo más. No sé dónde está, pero tú debes saber a dónde va en estos momentos. Al fin y al cabo -sonrió- la conoces mucho mejor que yo. Suerte.
Cerró la puerta antes de que tuviera tiempo de darme la vuelta. Comenzó a sonar algo de Love Of Lesbian, un grupo español que solía escuchar antes de marcharme.
Debería sentirme aturdido y comenzar a buscar a Alicia en todos los rincones, pero yo ya sabía donde estaba. Había ido al callejón... estaba seguro. Y tan seguro. Ella me dijo que iba a volver sólo en dos casos: Si yo volvía o si se enamoraba. Creería que no lo había cumplido por ir por otras razones, pero lo que ella no sabía es que había cumplido la primera condición. Y que tenía una cita con el destino.
Bajé corriendo las escaleras y no cesé el ritmo hasta salir del bulevar. El callejón quedaba bastante cerca y adiviné que era mejor estirar el momento. Estaba realmente nervioso. Sentía mariposas en el estómago; todo un enjambre de ellas. Entré al viejo edificio abandonado y salté el hueco -en el que iría un ventanal, supongo- que daba a la entrada del callejón. Me destuve antes de doblar la esquina y me di cuenta de que me había olvidado la maleta en algún sitio. Tanto daba. Oí un suspiro y... lo reconocí al instante. El callejón era una especie de mirador olvidado. Era un espacio entre dos edificios, que quedaba alto, y al final había una caída bastante grande. Desde ahí podías ver la ciudad, observarla, imaginar qué estaba pasando. Y, sentada al final, con los pies colgando, estaba ella. Se había cortado el pelo y ahora lo llevaba un poco por debajo de los hombros. Seguía tan perfectamente negro como siempre, tan perfectamente suyo. Llevaba un jersey gris y unos vaqueros oscuros, por lo que podía verse.
Andé lentamente todo el callejón para que no me oyera... Me sentí con casi diecinueve años y los versos al hombro... me sentí perdido como solía estar, en los ojos más azules que he visto nunca. Miré la pared y sonreí. Seguía allí. ''I will follow you forever''.
Me senté, despacito, a su lado. Miré a mi izquierda y vi a una Alicia sorprendida. Pestañeaba mucho y tenía los ojos muy abiertos. Tenía el flequillo como siempre. Los ojos, como siempre. Los labios... como siempre. El rostro, en fin, como siempre. Miré hacia delante y moví los pies.
-No ha cambiado nada... -susurré.
De pronto, Alicia me abrazó, como si acabara de reaccionar. Correspondí el abrazo y noté lágrimas en mi hombro.
-¿Qué pasa, Alicia? ¿No te alegra que haya vuelto? -Mi voz sonó como un suspiro, como una noche de tormenta.
-No seas idiota... yo... oh Dios, Allan, espero que seas tú de verdad, que no me esté volviendo loca... ¿Por qué no me llamaste? Podría... podría haberme puesto otra cosa, y... te habría preparado algo de comer y te habría invitado a casa...
-Entonces... ¿me has echado de menos, de verdad?
-Con cada célula de mi cuerpo, Allan... -me abrazó más fuerte. No pude evitar llorar yo también. Lloramos durante un rato, como idiotas. Como dos idiotas llorando de felicidad por estar juntos de nuevo, por encontrar su hogar de nuevo en los brazos del otro.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Podéis elegir: O vivir perdiéndote ocasionalmente en el pasado o terminar por no recordar quién eres, terminar anclado en planificaciones.

-Recuerdo un día en especial. Ella llevaba una camiseta color mostaza y unos vaqueros gastados. Se había recogido el pelo con un lápiz... esas cosas de mujeres, ya sabes. La miré y me miró y pensé que mis ojos eran los más afortunados en ese preciso instante; esa era la visión más bonita que podría estar viendo. Dijo algo sobre Neruda que no escuché y sonreí por inercia. Idiota de mí. Émi me preguntó, entonces, si creía en el destino. En medio de una biblioteca, recogiendo los bolígrafos y guardando los apuntes, esa no es la pregunta más adecuada. Pero Émi era así: impredecible. Le dije que creía en algo parecido... -algo parecido, algo completamente ridíclo; una especie de energía que dicta las desiciones importantes, como cambiar de país o con quién te casarás-. Ella me contó que el destino la había separado de sus padres con ocho años debido a una enfermedad que terminó con la vida de su madre, y después al suicidio de su padre. Por eso ella no quería creer en el destino. ''Puede traerte cosas buenas, Émi. Repasa los momentos que te han parecido agradables, de tu vida. Cosa del destino.''. Al final, por cosas de éste, me vine a España sin haberle confesado a Émi lo que realmente me hacía sentir, ¿entiendes? Dejé muchas cosas en París, pero eso es otro asunto. Ése fue el peor error de mi vida, porque realmente yo sabía que ella no sentía nada por mí en ese sentido, pero no importa. Ella tenía que haberlo sabido.
-¿Sigues pensando en Émi?
-Buenas noches, Damián.


martes, 30 de noviembre de 2010

Por qué, porqué. Por qué no.

Why do I love you?


Nunca me había parado a preguntarme por qué pasan las cosas. Porque nunca me di cuenta de las cosas que han pasado, nunca me paré a pensar que realmente soy afortunada; nunca me he dado cuenta de que he amado y me han amado y eso es lo más importante. Supongo que todo pasa porque tiene que pasar. Cada desición, cada conversación... todo da paso a algo. Soy de esas personas que creen en el destino... una de esas personas que piensan ''¡eh! no hay mal que por bien no venga''.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Varias docenas de veces.

Una calle llena de gente. Rebosante. Solía ser silenciosa hasta que llegaron las tiendas. Ahora ni siquiera las abejas guardan silencio. Se cuentan a puñados de gigante las señoras que desfilan por aquí con sus exagerados contoneos. Nadie se siente, pero todos se miran. De arriba a abajo, como si intentaran demostrar algo. ¿No lo entienden? Todos son iguales. Quiero decir, siguen el mismo patrón.
Mientras me perdía en mi torpe análisis de la calle, alguien se sentó a mi lado. Pude percibir un vago olor a perfume de mujer. Me giré descaradamente (aunque en ese momento no creí que fuera de esa manera) y vi a una chica de cabello ligeramente claro y largo y ojos marrones. Miró hacia mí y sonrió, tal vez por educación. No le devolví la sonrisa. Me quedé ahí, tan descarado y torpe como siempre, analizándola.
Descubrí que ya la había visto varias docenas de veces. La había visto llorar, reír, la había visto caer y volar. La había visto varias docenas de veces, varias docenas de noches, en sueños. Era la chica del vestido azul, la chica con la que soñaba en mis noches de selectiva soledad. La amiga de las ratas sentaba en un par de tablones llamados banco, a mi lado. Siempre a mi lado.
En lo que dura un pestañeo abrí los ojos y me tapé la cara con las sábanas. Me di cuenta, un rato después, de que tenía la cara mojada. Me pregunto por qué lloraba. ¿Lloraría por el dolor de cabeza? ¿Por la vida que se me iba entre humo e infelicidad? ¿O porque tal vez, sólo tal vez, me estaba enamorando de alguien que sólo existía en mi cabeza?

domingo, 21 de noviembre de 2010

Bonnet.

Allan salió del aeropuerto con una sonrisa que parecía pintada en su cara. Ni siquiera se molestó en ponerse el abrigo, estaba demasiado ocupado como para tener frío. Por fin respiraba de nuevo el aire de su ciudad. Por fin vivía en el mismo marco en el que había nacido. Corrió arrastrando las dos maletas, que eran más de la mitad de altas que él. Subió al taxi y no dio la dirección de su casa. Estaba deseando llegar y abrazar a su madre por primera vez en cuatro años, pero había algo que deseaba aún más. Dar una sorpresa. Quería ver a alguien, quería comprobar que estos cuatro años de distancia y penumbra no había dejado rastro en su rostro. Que sus ojos seguían brillando con la misma intensidad.
Ni siquiera podía pestañear. Estaba en París, ¡en París! Su estancia en Dublín ahora no era más que un recuerdo. Las noches de nostalgia, las cartas y la sensación de vacío ahora no eran más que recuerdos no muy felices. Irlanda quedaba ya lejos.
Bajó del taxi y sintió que rozaba el cielo, ahí estaba la casa del color de éste. Subió los tres escalones hasta la puerta lentamente, como si quisiera estirar este momento. En realidad, se sentía nervioso. Tras cuatro años volvería a verle la cara... Se tocó la perilla y sonrió, ya frente la puerta. Bajó un poco y agarró el collar que, colgado de su cuello, destacaba sobre su camiseta oscura. Una chapa de botella.
Estiró la mano y tocó el timbre de Alicia. Por fin estaba en casa.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Cristales de sal

Somos frágiles. No lo creía, ni lo creías, pero es cierto. Nuestro refugio, los suspiros del otro. Sus palabras; los días en los que ni tú ni yo nos poníamos de acuerdo y terminábamos mintiendo para que lo pareciera. Tan frágiles. Cristales de sal. ¿Qué puedo decir? nuestro ''nosotros'' era indesición. Siempre de puntillas sobre la cuerda floja, gritando para poder prestarnos atención. Nos llamábamos luz y oscuridad. Creí que no, pero en realidad sí que éramos opuestos. Tú querías ver luz estando ciego, yo quería rozar la noche con la punta de los dedos. Y cada uno quería que el otro le llevara a ello. ¿Nos decepcionamos? Diría que no. Tanto da. ¿Nos hicimos daño? Diría que tal vez. Así somos. Frágiles.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Marcos y Julia




''-¿Sí?
-Te echo de menos. -la voz suena clara, rápida. Como si llevara tiempo planeando esas palabras. Obviamente la reconozco, y se me curva el alma.
-...¿Qué quieres?
Silencio. Oigo un suspiro por el teléfono y sé que Marcos se resigna al otro lado.
-Necesitaba oírte. Incluso si hubiera oído insultos, o amenazas por tu parte, mi llamada habría sido exitosa. Necesitaba oírte, joder. Pero ahora necesito recorrer la curva de tu cuello, acariciarte el pelo... Necesito quererte de cerca; no me basta con quererte a medias. -Temblaba, con el auricular del teléfono en una mano y mis lentes para leer en la otra, amenazando con caer al suelo. Si hubieran caído no me habría inmutado. En ese momento no. - Pero qué estoy haciendo... No. No me permito perderme de nuevo en tus ojos. No voy a caer.
-Marcos...
-Cállate. Cállate, no digas nada. Eres como una droga, joder. Como una puta droga.
-Marcos, escúchame; tenemos que dejar de hacer esto...
-¿A qué te refieres?
-Nos hacemos daño, ¿no lo ves? Pasan meses, y me llamas... Me llamas con la voz rota y me torturas así. Y yo vuelvo hacia atrás y pienso que soy la misma, que somos los mismos, que te quiero...
Suspiro y el silencio vuelve a hacer su aparición. Agradecido silencio. Podría darle a ese botoncito rojo y colgar, podría dejar de coger sus llamadas. Pero yo también necesitaba oírle. Sólo para saber que su voz rota seguía teniendo la misma intensidad, el mismo tono de domingos con tormenta. Egoista es lo que soy. Por interesarme por un corazón que yo he roto. Quién me iba a decir que cuando rompes un corazón, cargas el peso de éste a tu espalda...''

jueves, 11 de noviembre de 2010

-Quiero decir... no era inexplicable. Era extraño, eso sí, pero no cruzaba esa línea. No era más que frío intentando ser calor. Palabras, mis trazos intentando recrear la magia de sus facciones. Nada se detenía, aunque el cine, las canciones y los libros te hagan creerlo... Sus palabras, sólo eran palabras, nada más. Y sus saludos, saludos. No eran ninguna especie de escalera hacia la luna. Era algo más sencillo y menos extravagante. En un día normal, ¿cuántas personas pueden llegar a saludarte? Pongamos 25. Cuando 24 de esas personas te sonríen, o te saludan, sonríes con los labios. Cuando la persona restante -oséase, el quid de la cuestión- lo hace, es algo parecido a sonreír con todo, con el alma, los labios, y demás. Sólo eso. Nada surrealista. ¿Entiendes, Julia? No es inexplicable. Es tan sencillo como querer, y tan complicado como que todo te conduzca a ello.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Una historia de penumbra, de despedidas, de noches de insomnio...

Eras penumbra. Gris, discreto. Eras humo, papel.
Localicemos la locura. La sangre de tus venas. Decías que no servías para nada, te gustaba salir de noche, solo, a observar cómo la ciudad se bañaba con la luz de las farolas. Soledad era tu segundo nombre. Mirabas a la muerte a los ojos y te reías, érais iguales. Pequeño trozo de tortura, te llamaban.
''Te amo'', decías, con tu acento de dolor. No te respondía. Me limitaba a poner excusas y colgar el teléfono. ¿Cómo podías, siquiera, pensar en dedicarme esas palabras? Pensarlo es como si me dedicaras mil suspiros...
''Te quiero'', alcancé a decir una vez. Distinto grado, supuse. Cerré los ojos y me arrepentí de todo. Supongo que lo peor de caer siempre es el momento en el que tocas el suelo. El momento en el que el brillo de tus ojos me conduce a la más profunda irrealidad.
Y pensé que tal vez estaba bien que me dedicaras esas palabras. Pensé que sería capaz de olvidar todo lo que había pasado y quererte, así, sin más. De soportar la penumbra.
Entonces, creyendo que ya había caído, que ya había pasado lo peor, caí de veras, con dos palabras que no soy capaz de admitir que dije.
Y ahora, ¿no seremos más que recuerdos?

lunes, 25 de octubre de 2010

-¿Recuerdas? Nos queríamos.
-Antes.
-Antes, ¿de qué?
-Del efecto de congelación de mi corazón.

sábado, 23 de octubre de 2010

Tormenta.

Es tarde; la noche te obliga
Fúndete con la tormenta
Llegas tarde, llegamos tarde
¿Deberíamos volar, ser como cometas?
Cicatrices, ser maquinal
Y te vas, sin mediar palabra
Te retuerces entre cisnes,
Por tu amor virginal
Creces, vives, mueres; sigues siendo tú.
Armas cargadas de suspiros;
gritos de almizcle
Y si quemas margaritas,
¿puedes quemar las nubes?

martes, 19 de octubre de 2010

Nagligivaget


Sentimientos. Formas de mirar, de hablar, de reír. De querer.
Indiferencia. 101 maneras de sacudirme. Infinitas maneras de hacerme sonreír.
Lunares. En el labio inferior, ligeramente a la derecha.
Ojos. Color café. Color insobnio.
Decepciones. Posibilidad. Amor. Sonrisas. Palabras. Costumbres.


sábado, 16 de octubre de 2010

Marlene, la ladrona de corazones.

Tenía el cabello oscuro y magia en los ojos. Decían que en sus labios podías encontrar el Edén.
Arañaban asfalto por ella. Bebían del alcohol de sus palabras, y soñaban con el bajo de su falda. Era un pequeño trozo de infierno. Ella era de esas mujeres que no recomiendan. De esas que te muerden el corazón. Decían que era salvaje, obscena.
Creo que prácticamente nadie conocía su nombre. Se hacía llamar Marlene, pero siempre reía y hacía constar que ese no era su verdadero nombre.
Mientras me arañaba el alma me contó que había amado una vez. Él era escritor. Uno de esos hombres de los que nunca llegabas a conocer más de lo que él quería mostrarte. Almas gemelas, afirmaba Marlene. Decía que aún llegaba a estremecerse al recordarle. Bajó la mirada y me confesó que el escritor se había ido con una prostituta. ''Qué te voy a decir. Ella no era menos de lo que yo soy ahora. Me acuesto con hombres, con mujeres, me subo la falda y recorro las calles sonriendo a extraños.''
Ese día conocí el secreto de Marlene. La entendí, supongo. Entendí que nunca conseguiría ser para ella como ese escritor. La chica a la que todos señalaban no era más que una muchacha con el corazón roto.
El once de octubre, llamaron a mi puerta. Le habían robado la vida igual que ella robaba corazones...

lunes, 20 de septiembre de 2010

La vida avanza y yo siempre he corrido tras ella para alcanzarla.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Pedazos de cristal.

Se levantó del sofá, más cansado que cuando se fue a dormir. ¿Cuántas horas harían de ello? Tal vez cuatro.
Habían sido dos días horribles en los que dormir se había convertido en algo secundario. Habían sido los peores días, aunque ya hiciera un mes y medio de aquel día.
Caminó hasta el baño, esquivando los trozos de cristal que habían en el pasillo.
Se quitó el pijama y se metió en la ducha. Agua caliente. Por fin algo agradable.
Sintió las gotas de agua cayendo sobre él y deseó ser agua. Deseó ser agua y marcharse de esa casa de paredes con gotelé al ritmo al que cada gota entra en las tuberías.
Se secó con la misma toalla con la que se había secado el día en el que todo se torció (si torcerse es la definición adecuada) y sintió que no podía seguir así.
Fue hasta el salón, donde había puesto todo lo necesario para no tener que volver a entrar en su habitación en un largo periodo de tiempo. Cogió la primera ropa que encontró y se vistió apresuradamente.
Pero, ¿para qué?
Saldría, compraría el periódico y volvería a casa, esperando de nuevo que estuviera ahí. De nuevo, sin aceptarlo. Porque en el mismo momento en el que le interrogó la policía y desconectó, dejó de reaccionar. Parece que dejó de tener constancia de lo que había pasado, exceptuando el hecho de no querer entrar en su habitación.
En el primer momento había llorado, gritado, incluso había maldecido y roto botellas de cristal en el pasillo. Pero ahora, esperaba que al llegar a casa ella estuviera haciendo la cena o viendo la tele, esperándole. Esperaba meter la llave en la cerradura y pensar que había llegado a casa. Pero, ni de lejos podía pensar que aquel apartamento ahora sería su hogar. Sin ella, ese apartamento no era lo mismo. Nunca había sido un gran apartamento, claro. Pero al menos podían vivir tranquilos. Al menos podían intentar ser felices.
Sacó un papel del cajón donde guardaba las velas y desdobló un papel en el que habían dos palabras, y una letra escritos con tinta verde y letra temblorosa.
Se lo metió en el bolsillo y abrió la puerta.
Pero no salió. Se quedó mirando la escalera por la que había subido corriendo un mes y medio atrás. Por la que había subido de la mano de ella durante varios años.
Y sintió como las lágrimas le recorrían las mejillas.
Dio un portazo y fue con paso lento hasta su habitación.
Ahí estaba la cama todavía sin hacer, como la había dejado ella.
Se tumbó en la cama, que ya no olía a ella, y lloró todo lo que no había llorado ese mes y medio.
Cogió una bola de cristal que había en su antigua mesa de noche y la tiró contra la pared. Cerró los ojos, para no ver el espectáculo de cristales cayendo.
Volvió a tumbarse en la cama y contó mentalmente las razones por las que no tendría que hacer lo que ella hizo, ahora mismo. Consiguió dos razones para no hacerlo. Suficientes.
Sacó el papel de su bolsillo y volvió a mirarlo, esta vez con los ojos llenos de lágrimas.
''Te quiero, M.''

miércoles, 18 de agosto de 2010

Es el cuarto año, aunque pueda resumirlo en dos.

Sabes perfectamente que si pudiera, te diría adiós definitivamente. Pero no haces otra cosa que aparecer y desaparecer. Que obligarme a decir verdades que nunca deberían haberlo sido.
Y sabes que no es sana esta línea entre el cariño y el odio más teatral.
Espero que esta vez sea la definitiva y no vuelvas a hacer que vibre. Ojalá pudieras irte para siempre y, sobretodo, ojalá puedas irte definitivamente de mi cabeza.
Porque ya tengo la impresión de que ni siquiera te conozco. De que, lentamente, te has llevado un pedazo de mí y me lo has devuelto poco a poco, y con ligeros cambios en su estructura. Has conseguido cambiar -eliminar- mis pensamientos hacia ti casi por completo
Si me quieres, porfavor, si me quieres, no vuelvas. Y sé que me quieres. Me lo demuestras cada vez que vas y vienes, que me mientes para ocultarlo. Creo -sé- que yo también te quiero, pero no de la forma que los dos creemos.

viernes, 13 de agosto de 2010

Lies...

Ahora mismo, estoy dentro de una oscuridad que parece irreal. Sólo alcanzo a ver la pantalla del portatil y mis propias manos tecleando. Y sólo oigo eso, mis manos tecleando. Y mis pensamientos. Suenan demasiado fuerte esta noche. Ojalá pudiera apagarlos y dormir, pero no concilio el sueño. Es la una y media, exactamente. No es demasiado tarde para estar despierta pero, siempre es demasiado tarde para la melancolía. Siempre es demasiado tarde para la peor melancolía: cuando echas de menos algo que nunca has tenido. Ni siquiera puedes perderte en tus recuerdos, porque no tienes.
Comienzo este diario por dos simples razones: Esa melancolía y porque necesito leerlo más tarde y pensar que no era tanto. Pensar que podría haber pensado cualquier otra cosa y dormirme. Que podría haber evitado comenzarlo y desvelarme aún más. Y, esa razón, puede resumirse en una palabra: Mentirme. Mentirme para que más adelante no recuerde lo débil que soy ahora mismo.
Porque eso es lo que soy: débil. No soy capaz de pasar página y olvidar. No soy capaz de prosperar y crecer. De madurar.
Hoy, he respondido a una pregunta que me llevo haciendo durante varios meses. ''¿Por qué tanto?''. Ya sabía la respuesta, pero nunca estuve dispuesta a admitir que la sabía. Es por la manera que tiene de convertir algo cotidiano en fascinante. Por las palabras alegres que parecen cargadas de tristeza. Por la electricidad. Porque necesitaba una chispa, y la chispa evolucionó a llama demasiado deprisa.
Pero aún quedan muchas preguntas por responder, y muchas respuestas encerradas en esa prisión en la que se ha convertido mi cabeza.
Juliette.

miércoles, 11 de agosto de 2010

J u l i e t t e

-¿Duele mucho?
-¿El qué?
-Que te rompan el corazón.
Abrí el libro que tenía en las manos y dejé que el viento pasara las páginas. Me invadió un olor a libro antiguo, y comencé a hablar, pensando bien mis palabras.
-A todo el mundo le rompen alguna vez el corazón, y en ocasiones las personas cambian por ello. -Vacilé un momento, intentando dar forma a mis ideas- Cuando te rompen el corazón, simplemente se queda así, roto. Con una única cicatriz. Lo demás son simples rasguños. Pero no porque el corazón solo pueda romperse una vez, claro. Sólo que, cuando tienes el corazón realmente roto, lo demás no hace tanto daño. Ya sufres, ¿qué importa un poco más de dolor? Y, contestando a tu pregunta, duele muchísimo. Sientes un vacío asficciante y el mundo se vuelve un completo desconocido. Los días empiezan a pasar lento, y tú no avanzas con ellos. Es como si hubieras estado a un escalón de pisar la luna, y de repente te quitaran el derecho a hacerlo.
-¿Tú tienes el corazón roto?
Cerré el libro, y los ojos.
No era capaz de contestar.

martes, 10 de agosto de 2010

Confesiones.

Confieso que odio los días calurosos. Que siempre hago las cosas en el mismo orden y de la misma forma. Que no me gusta dormir, me gusta soñar; me gusta soñar y sentir que, dentro de ese sueño, dentro de mi burbuja, puedo atar una estrella y meterla en una caja de madera. Confieso que me gusta esa electricidad que tiene. Que no soy capaz de mantener el equilibrio. Que me engaño a mí misma. Confieso que siempre doy un saltito al bajar de la acera, o al final de la escalera. Que al abrir los ojos por la mañana, lo primero que hago es repasar el día anterior. Que me gusta que sean las cinco de la tarde, o las cuatro y media. Que cuando anochece me abraza la melancolía. Confieso que no puedo sentarme sin pensar en una determinada canción. Que antes de irme a dormir, siempre oigo Somewhere Over the Rainbow. Que me fijo en los pequeños detalles, siempre. Que canto cuando nadie puede oírme, o cuando estoy relajada. Confieso que no me conozco a mí misma. Confieso que me encanta tener toda la vida por delante. Que no se me da bien hablar de mí misma. Que me pongo nerviosa en las situaciones más absurdas. Que me encanta el sabor a café y el olor a vainilla. Confieso que, por alguna razón que no entiendo, me llama la atención ver a una persona suspirar. Que siempre me quedo mirando los ojos de los demás. Que la estabilidad es muy importante para mí. Que no es verdad todo lo que digo.
Confieso que hoy me siento bien.

sábado, 7 de agosto de 2010

Azul.

Carrie se había pasado todo el día mirando el cielo. Como si deseara, por un momento, volar hacia allí. Como si admirara el azul que presentaba el cielo, ese azul que incluso aplasta al azul lapislazuli de sus ojos.
Por un momento me miró y, fijándome mucho, pude ver como sonreía. Esa sonrisa me proporcionó una sensación cálida. Yo también sonreí ante ese extraño gesto. Llevaba varios días, tal vez semanas, intentando que Carrie me sonriera así.
Porque Carrie llevaba todo ese tiempo sin sonreírme. Sin sonreír a nadie. A nada.
Ella veía pasar la vida como un espectador ve una película en el cine. O al menos, así quería verla. No quería participar en la vida de los demás, no quería que nadie participara en la suya. Y si pudiera, Carrie dejaría de participar en su propia vida.
Recuerdo cuando ella me decía que me quería y me sonreía de aquella forma que haría palidecer incluso al sol.
Y si no hubiera recordado esa sonrisa, no habría deseado que esos ojos del color del lapislazuli volvieran a mirar directamente a los míos.
-¿Podemos enamorarnos otra vez...?- susurré, como pregunta retórica.
Carrie me miró. No sonrió, sino que me miró con toda la tristeza del mundo concentrada en su rostro.
-Andrew... -suspiró, como si esto le doliera, y volvió a concentrarse solamente en respirar y en mirar al cielo.

jueves, 5 de agosto de 2010

Lo que me decías antes de destrozarme poco a poco.

Solías decir que lo único que puede llegar a hacernos felices es lo que está en el límite de lo inexplicable.
Pero también aclarabas, sutilmente, que lo inexplicable suele estar al borde de lo irracional.

miércoles, 4 de agosto de 2010

¿Nunca terminarás esa carta?

''Querida Alicia:
Las cosas no van bien.
Desde que recibí tu última carta he caído en un estado de inconformismo que me sorprende. Sabes que no soy así.
Me he dado cuenta de bastantes cosas en estas semanas. Por eso mismo no te he escrito. He estado tan encerrado en mí mismo que me daba miedo lo que pudiera decirte.
Y me sigue dando miedo, pero por ese mismo motivo te escribo.
Teníamos una promesa. Nos contaríamos todas las cosas importantes que nos pasaran. Y siempre contestaríamos a las preguntas del otro.
Esta carta está relacionada con las dos partes de esa promesa, Alicia.
Quiero que me cuentes, para empezar, de quién estás enamorada. No me había atrevido a preguntarlo. Ni siquiera a plantearme de quién se trataba. No quería caer en una espiral de melancolía, simplemente.
También tengo algo que contarte.
Creo, que siento demasiadas cosas a la vez. Y eso no me agrada. Si tuviera que describir mis sentimientos con un color (como solíamos hacer, ¿recuerdas?) sería el blanco.
Concretamente siento demasiadas cosas por una persona cercana a mí. Desde que vine a Dublín no consigo sacarme a esa persona de la cabeza. Sé que es una frase muy típica, pequeña, pero no puedo describirlo de otra manera. Cada vez que respiro, cada vez que me muevo, cada vez que pestañeo, ella está presente. Presente y con bastantes kilómetros de por medio.
No puedo dejar de recordar la última vez que la vi. Me es imposible no recordar el olor que había en el ambiente y su vestido azul cielo.
Creo, que algo crece con tanta fuerza dentro de mi corazón que me oprime el pecho. Lleva creciendo bastante tiempo, pero no me había dado cuenta hasta hace poco.
Alicia, me refiero a que no puedo sacarte de mi cabeza.
Si hubieras mencionado el beso en alguna de tus cartas, creo que habría tenido fuerzas para decirte lo que sentí.
Pequeña, creo que estoy''

Arrugué el papel y lo tiré al otro lado de la habitación. Me tumbé en la cama suspirando y cerré los ojos.
No tenía valor ni siquiera para escribir las palabras exactas y terminar la carta.

martes, 3 de agosto de 2010

Si con tus palabras consigues que el sueño se pose en mis pestañas, tendré cinco motivos para quererte aún más.

Invéntame una historia y haz que la noche se estremezca con tus palabras.
Cuéntame cómo cruzabas las nubes de norte a sur y cómo viajabas por sitios inexistentes.
Miénteme, miénteme tanto que no sepas dónde comienza la habitación sin inventártelo.
Cuéntame cómo te sentías al soñar que cruzabas el mar en un barril.
Y tendrás que embriagarme para que consiga dormir sin soñar con cristal.

jueves, 29 de julio de 2010

Demasiada fe en que había llegado el día. (M&H6)

Estaba embarazada.
Había comprado un predictor ayer en la farmacia, y decidí usarlo cuando Matt se fue.
Volví a mirar el predictor, esperando que antes lo hubiera visto mal. No. Sin duda era positivo.
Un par de lágrimas me recorrían las mejillas.
Noté como cada vez iba entrando menos aire en mis pulmones, y empecé a temblar. Ansiedad.
Cada vez me faltaba más aire, y comencé a sudar.
No podía estar embarazada. No iba a cargar con el peso de tener un hijo. No iba a abortar. No podía hacer nada. No podía matar al que sería mi futuro hijo y seguir viva. Me sentiría culpable, siempre.
Cerré los ojos y me tumbé boca abajo en el suelo, concentrándome en respirar. No conseguía pensar nada coherente.
En este momento, era como si todo el universo hubiera aumentado de tamaño. Todo, menos yo. Me sentía pequeña, demasiado pequeña.
Pensé en la muerte, de pronto. Era una idea atractiva. Siempre me lo pareció, claro. Esperaba algo que me hiciera reaccionar. Algo que me hiciera desearlo. Y ese algo, era estar embarazada. Podía no parecer un problema. Podía parecer maravilloso, para algunas personas. A otras no les parecería algo bueno, pero lo afrontarían. Saldrían adelante y lo afrontarían. Pero yo no iba a hacer eso. Las personas que lo hacían, que lo afrontaban, eran más fuertes que yo. Mucho más fuertes.
Levanté un poco la cabeza. Tenía nauseas y seguía sin aire.
Encima de la mesa, había un cuchillo.
Y yo tenía demasiadas ganas de morir.
Y demasiada fe en que había llegado el día.

...

Salía del trabajo, un poco más tarde de lo normal. Malditas horas extra. Estaba deseando llegar a casa y abrazar a Helena.
Empezó a sonar el móvil. Miré la pantalla y me sorprendí al ver que era Caroline, una de las mejores amigas de Helena.
-¡Hola, Caroline! Si llamas para localizar a Helena, ella no está conmigo.
-No te llamo para localizarla. Necesito que vengas.
La voz de Caroline sonaba tensa y ronca, como si hubiera llorado.
-¿A dónde quieres que vaya? ¿Pasa algo?
Silencio. Por lo menos medio minuto.
-Sí, pasa algo. Ven a tu casa. Te espero en el portal. Ven rápido e intenta no hablar con nadie.
Colgó el teléfono.
¿Qué habría pasado?
Decidí ir rápido y sin pensar. Seguro que si me lo preguntaba, pensaría en lo peor. Seguro que no era nada. Helena y Caroline se habrían peleado, sería eso. Caroline me llamaría para arreglarlo, sí.
Diez minutos más tarde estaba frente al portal y vi a Caroline apollada contra la pared. Me extrañó su cara. Tenía los ojos rojos y aguados, y miraba al suelo. También me percaté de que estaba temblando.
-¿Qué pasa, Caroline?
Me miró a los ojos. Abrió la boca, como para hablar, pero comenzó a llorar, poniéndose las manos en la cara.
-Caroline, ¿tan grave es?
-Sí ¡sí! ¿Crees que yo lloraría por algo sin importancia, Matthew? Matthew, hazme el favor entrar y sentarte en un escalón.
Eso hice.
-Cuéntame, por Dios.
Empezaba a temer que le hubiera pasado algo a Helena. Si no fuera así, Helena estaría ahí con Caroline. O estaríamos en mi casa.
-He decidido decírtelo antes de llamar a la policía. No hables. No me interrumpas. He decidido contártelo antes porque no quería que te enteraras por terceras personas, Matthew -suspiró-.
-¿Helena está bien?
-He dicho que no me interrumpas. Matthew, no está bien. -Rompió a llorar.
Le había pasado algo a Helena. A mi Helena.
-¿Qué le ha pasado? -Utilicé toda mi fuerza en decir esas palabras.
-Helena está muerta -susurró-. Yo... entré en el piso, con mi llave, con la llave que ella me dio... y la encontré... así. Se ha suicidado, Matthew. Se ha cortado las venas...
Al principio pensé que era una broma. Esperé que lo fuera. Pero cuando Caroline cerró los ojos y suspiró, supe que era verdad.
Todo se desvaneció. Fue como si toda mi vida acabara en ese preciso momento. Como si toda mi vida hubiera sido en vano.
Me levanté del escalón y subí corriendo las escaleras. No pensé, simplemente actué. Caroline me cogió de la camiseta, pero conseguí soltarme.
Helena no podía haber muerto. Helena, no. No podía haberse suicidado. No podía haberme dejado solo en este mundo de locos. No podía. Helena no me haría eso. Nunca. Helena me quería. Yo lo sabía.
Abrí la puerta. Caroline no la había cerrado con llave.
Y lo que vi fue como un balazo. Me tiré de rodillas y grité. Grité tan alto que me dolió.
Frente a mí estaba el cadáver de Helena, encima de un charco de de sangre. A su lado había un cuchillo lleno de ésta.
-Helena, ¡Helena! Helena, porfavor... -Me acerqué a ella y le puse la mano en la mejilla- Helena no. Vuelve. Te lo ruego. Helena, si vuelves te juro que no te volveré a dejar sola. Te lo juro. Llegaré antes a casa, y pasaremos todo el tiempo que quieras juntos... Despierta porfavor, Helena -mi voz se oía entrecortada por el llanto-. Helena, te quiero. Eres lo único que tengo -agaché la cabeza y puse ver como mis lágrimas caían una a una al suelo- de verdad. Sé que no es suficiente. Sé que no te gusta tu vida, cariño... pero haré que tu vida sea la más perfecta del mundo. ¡Vuelve, porfavor! No me dejes solo. No puedo vivir en un mundo en el que tú no estés, ¿me entiendes, Hel? Es imposible. El mundo sería para mí un desconocido. Nunca podré volver a ser yo. Te necesito. Necesito que vuelvas, ¡Helena, porfavor! -La cogí de la mano y me manché los dedos de sangre.- Helena, no voy a poder seguir viviendo sin tu electricidad. Sin tu sonrisa cansada. Sin que me despiertes por la mañana poniéndome la mano en el pecho. Sin esperar que me digas algo bonito, sin reprimirte. Sin tu obsesión con la vainilla. Sin oirte cantar mientras te duchas. Sin que me digas que soy lo único que hace tu vida soportable. Sin que uses mi ropa para dormir y te enfades si digo algo. Sin que me dejes notas por todas partes. Sin verte dormir. Sin que me cuentes lo que sueñas cada noche. Sin echarte de menos y saber que te veré al volver a casa. Sin tus planes de última hora. Sin ti...
Volví a gritar. No podía dejar de llorar. Helena estaba muerta. Estaba muerta frente a mí. Llena de sangre.
-¡¿Pero por qué me haces esto?! -No sé a quién se lo decía. Si a Helena, si a mí mismo, o si a Dios.
Al lado de Helena, vi un papel blanco perfectamente doblado y un objeto que no supe bien qué era. Me acerqué y cogí ambas cosas.
Era un predictor. Positivo. Helena estaba... embarazada. ¿Se había matado por ello? Suspiré.
Abrí el papel, y lo manché de sangre y de lágrimas.
''Te quiero, M.'' Estaba escrito con letra temblorosa y en color verde.
Terminé de romperme por dentro.
No habían explicaciones. Solamente tres palabras, y una letra.
Miré el cuerpo de Helena y me tumbé a su lado, manchándome de sangre.
-Ya lo sabía, Hel... Ya lo sabía...

miércoles, 28 de julio de 2010

Materia de los sueños.

Me gustaba ver como el sol se iba y dejaba paso a la luna. Varias veces me había hecho calificar a todas las personas importantes de mi vida como sol, o como luna. Y otras veces, menos, muchas menos, intentaba calificarme a mí misma. Supongo que si tuviera que elegir entre ser sol o luna -luz u oscuridad, pesimismo u optimismo- cogería un pedazo del sol y un pedazo de la luna, y los pegaría con celo para fabricarme a mí misma.
También la luna -no, la noche- me suele hacer reflexionar sobre sueños. Si los sueños estuvieran hechos de alguna clase de materia, tus sueños serían de color azul envolvente, y los míos de un azul verdoso -o de un verde azulado, tal vez-.
Creo que si el universo estuviera tejido de la supuesta materia de los sueños, existiría un astro intermedio, ni sol ni luna, para las personas como nosotros. Pero también me gusta pensar que eso es demasiado rebuscado, puede que demasiado obvio. Punto intermedio, ¿no es mejor imaginárselo?
Creo, que la materia de la que están hechos mis sueños está más lejos de lo adecuado.

domingo, 25 de julio de 2010

She's so high.

Lo peor no es romperse por dentro. Lo peor es no saber qué hacer cuando te sientes tan vacía que suenas a hueco.
Necesito que se vayan las mariposas...
Necesito gritar.
Necesito dejar de caer en tu apatía.
Necesito que SEPAS que el silencio aquí duele.

sábado, 24 de julio de 2010

V

De verde a rojo, vuelve a ser azul y regresa a rojo de nuevo.
As de corazones y cristales triangulares.
Metamorfosis, jardín, obligación, desastre, monotonía, recuerdos. Simples palabras, no tan simples acepciones.
Ventanas cerradas, puertas entreabiertas.
Canciones grises y nubes llenas de acordes.
Árboles de plástico y personas de madera.
Fresas azules y vainilla morada.
Carmín y humo.
Vidas del color del cielo.

El principio de todo. Diciembre de 2002.

Era invierno, en el 2002.
Yo esperaba a mi amiga Patricia en uno de los parques de mi cuidad.
Llevaba una carpeta gris, llena con mis dibujos (iba a regalarle algunos a Patt).
Hacía muchísimo frío. Habían restos de nieve a los lados de la carretera, aún. Yo llevaba un abrigo azul oscuro y el pelo recogido en una coleta. Tenía dieciséis años y ni la más remota idea de a quién conocería ese día, de la forma más extraña.
Empezó a soplar viento y mi amiga no llegaba. Llevaría esperando por lo menos veinte minutos. Busqué mi móvil en los bolsillos. Entonces, recordé que lo había metido dentro de una de las fundas de la carpeta. Cuando fui a sacar el teléfono, uno de los dibujos salió volando. Era uno de mis favoritos.
Salí corriendo tras la hoja, hasta que la perdí de vista.
-¡Mierda!
Volvía hacia el banco, con la cabeza gacha, cuando sentí una mano en mi hombro. Me giré rápido (no me gustaba el contacto físico con desconocidos).
-¿Esto es tuyo?
Era un chico un poco más alto que yo. Debía tener más o menos mi edad. Lo que me llamó la atención de él fueron sus grandes ojos negros. Tenía los ojos negros y la luna guardada en uno de ellos.
-Eh, sí. Gracias. Se me había ido volando y lo había perdido de vista.
-Es muy bonito. -Miró el dibujo detenidamente antes de dármelo. -Yo también dibujo, pero nunca he sabido dibujar flores, ¿sabes?
-Vaya. Gracias otra vez por recogerme el dibujo, tengo que irme.
-Eh, espera. ¿Estás esperando a alguien? Te he visto sentada en aquel banco, un poco nerviosa. ¿Una cita o algo así?
No entendía por qué este desconocido se preocupaba por mi vida personal.
-No, no. Estoy esperando a una amiga, pero parece que no llega. Tal vez no vaya a venir. Creo que me iré a casa, he esperado demasiado.
-Bueno, a mí no me han plantado, pero también voy solo. ¿Te acompaño a casa?
-¿Por qué tanto interés en mí? -No pude evitar preguntar, además, no me importaba demasiado ser maleducada.
-Porque me gusta conocer gente, supongo -rió-. Además, no todos los días conozco a una chica que dibuje así de bien. ¿Sabes que dicen que los trazos pueden llegar a mostrar el alma de una persona, de alguna forma? -Me miró a los ojos. -Creo que tienes un alma muy bonita.
¿Qué? Eso había sonado a loco. A muy loco. Pero me fié del chico del pelo alborotado y los ojos negros.
-Bueno, acompáñame, pues.
-¿Cómo te llamas?
-Helena, ¿y tú?
-Matthew.

...

Era invierno, en el 2002.
Caminaba por el parque, solo. Me había levantado con una sensación de grandeza abrumadora. Sentía que hoy pasaría algo.
Miré hacia mi derecha y me sorprendí. Ahí estaba ella. Llevaba unos días observándola.
Había venido el lunes, el martes y el miércoles a dibujar. Se sentaba en cualquier banco, sacaba un lápiz y un papel, y dibujaba. A veces pasaba disimuladamente y miraba de reojo que estaba dibujando.
Y hoy, viernes, también estaba quí, con la carpeta gris. Pero no estaba dibujando. Por su cara, estaba esperando a alguien que no llegaba.
Llevaba su bonito pelo rubio recogido en una coleta. Tenía la cara adornada con pecas y los ojos azules. Era muy bonita.
Empezó a rebuscar en la carpeta, cuando un dibujo salió volando. Salí corriendo tras el dibujo -no dudé en hacerlo, y me alegro de ello- hasta que lo alcancé.
Era un dibujo muy bonito. Una mano sosteniendo una flor. Puede parecer realmente simple, pero estaba tan bien hecho que se me pusieron los pelos de punta. Yo nunca supe dibujar flores.
Me giré para buscar a la chica rubia. Estaba regresando al banco, con la cabeza gacha. Seguramente perdiera el dibujo de vista y se resignara.
Me acerqué por detrás y le toqué el hombro.
-¿Esto es tuyo?
Se giró, como enfadada. Tardó unos segundos en contestar.
-Eh, sí, gracias. Se me había ido volando y lo había perdido de vista.
-Es muy bonito. Yo también dibujo, pero nunca he sabido dibujar flores, ¿sabes?
-Vaya. Gracias otra vez por recogerme el dibujo, tengo que irme.
¡No! Había logrado hablar con ella, ¿y se iba?
-Eh, espera. ¿Estás esperando a alguien? Te he visto sentada en ese banco, un poco nerviosa. ¿Una cita o algo así?
-No, no. Estoy esperando a una amiga, pero parece que no llega. Tal vez no vaya a venir. Creo que me iré a casa, he esperado demasiado.
Creo que le molestó un poco que me interesara por ella. A mí también me extrañaba, pero lo hacía.
-Bueno, a mí no me han plantado, pero voy solo. ¿Te acompaño a casa?
Enarcó una ceja.
-¿Por qué tanto interés en mí?
¿Qué le diría ahora? ¿Que llevaba días observándola y quería conocerla? Parecería un loco. Aunque, por mis actos, tal vez lo estuviera. O tal vez solo fuera un chico de diecisiete años que se fijaba demasiado en los demás.
-Porque me gusta conocer gente, supongo -reí-. Además, no todos los días conozco a una chica que dibuje así de bien. ¿Sabes que dicen que los trazos muestran el alma de las personas, de alguna forma? -Sí, me lo acababa de inventar- Creo que tienes un alma muy bonita.
Ahora sí que parecía un loco. Y por la cara que puso, lo pensaba.
-Bueno, acompáñame, pues.
-¿Cómo te llamas?
-Helena, ¿y tú?
-Matthew.

miércoles, 21 de julio de 2010

Última noche.

Era una noche de verano, de estas que ponen el vello de punta.
Era la última noche de Allan en París antes de irse a Dublín.
Me había escapado de casa para despedirme de él. Y no me arrepiento de haberlo hecho, aunque me cayeron un par de meses de castigo.
Nos pasamos la noche charlando y con los ojos llenos de lágrimas.
No podía creerme lo que pasaría la mañana siguiente. Allan cogería un avión y se iría. Después, nos olvidaríamos el uno del otro, y...
-Sabes que no te voy a olvidar, ¿verdad?
¿Me había leído la mente?
Le abracé. Ya debía de ser muy tarde. Deseaba que nuestro callejón desplegara su magia y estirara la noche...
-¿Seguirás viniendo al callejón?
-El único motivo por el que volvería sin ti sería por necesitar aclarar mis ideas. Por enamorarme. Sí, sólo pienso volver al callejón por dos motivos: Que vuelvas, o que me enamore.
-Alicia, es hora de irme... el avión sale a las ocho. Son las cuatro y mis padres estarán trinando.
Todo se detuvo. Sabía que este momento iba a llegar, obviamente... pero no esperaba que fuera tan pronto. Comencé a llorar, mojándole el hombro.
-¡No llores! Porfavor. No quiero llevarme ese recuerdo... no quiero verte llorar.
-¿Cómo no voy a llorar? -Levanté la cabeza de su hombro, y al parecer le afectó esa imagen.
-Alicia, te prometo que nunca me olvidaré de ti. Estaremos en contacto. Escríbeme cuando te veas en una situación extrema. Llámame si lo necesitas. Y recuérdame cuando puedas.
-Te quiero...
-Y yo a ti, pequeña, ya lo sabes.
Pasaron varios segundos hasta que yo pude contestar. Seguía llorando. Y él tenía los ojos aguados.
-Te prometo que cuando vuelvas tomaremos granizada de café y vendremos al callejón. Te abrazaré cuando tenga frío y tú me darás tu abrigo. Jugarás con mi pelo y yo me reiré de la cara de embelesado que pones cuando canto bajito. Meteré notas debajo de tu puerta. Iré a tu casa sin avisar y te gritaré desde la calle para que me abras la puerta. Te quitaré los cascos del iPod para que se oiga alto la música que estés oyendo. Te cogeré de la mano sin que te des cuenta. Veremos Alicia En El País de Las Maravillas. Tomaremos helado en la heladería de la esquina, esa que tiene un cuadro que siempre miras. Me agarraré de ti cuando bajemos unas escaleras, para no caerme. Nos tumbaremos en el césped de mi jardín e imaginaremos las formas de las nubes. Me acariciarás la espalda para que me den escalofríos. Es lo que hacemos todos los días. Y nunca me ha parecido tan especial
-Si pudiera quedarme te regalaría mis días para hacer esas cosas...
-¿Todos?
-Y cada uno.
-Que te vaya bien en Dublín...
Dije esas palabras con una resignación increíble. Me hicieron aceptar que se iba.
-Ali... me irá bien si tú me lo deseas.
No sé cómo ni por qué, cerré los ojos, suspiré, y terminamos a dos dedos de distancia. Y sentía como respiraba. Le besé, o me besó, no lo sé exactamente.
Pero ese beso me hizo sentir demasiadas emociones a la vez. Sentí -predije- que mi vida estaría realmente vacía sin Allan. Sentí que si viviera siempre en sus brazos, nunca tendría miedo. Sentí que estábamos hechos el uno para el otro, y que lo habíamos descubierto apenas cuatro horas antes de su marcha. Sentí que mi vida me había empujado a ese lugar. A ese momento.
El beso fue lento y me aceleró el pulso.
Esta escena era exáctamente lo que nunca imaginé. Allan y yo así. Allan apunto de marcharse. Y si eliminamos lo de que se iba, era la escena más bonita que podía haber imaginado.
Y en ese momento me di cuenta de demasiadas cosas. Cosas que ahora mismo no puedo recordar, ya que volverían a salir a la luz.
No sé cuánto duró ese beso, pero incluso si hubiera durado cien años, hubiera sido poco para los dos.
Después, nos quedamos mirándonos a los ojos, sin más, un rato. En sus ojos podía ver miedo endulzado con una pizca de... ¿amor?
-Me tengo que ir ya... -Susurró.
-Llévate esto. -Me quité el collar que llevaba puesto. Era una chapa de botella. Siempre llevaba ese collar, era algo así como mi amuleto.
-Ten tú esto. -Allan siempre llevaba un anillo de plata con una inscripción: ''Sueños rojos y de color café.'' Él solía decir que eso hacía referencia al amor. Cierta vez me dijo que se lo regalaría a alguien realmente especial en su vida. A alguien que quisiera de una forma distinta. Y al recordar esto, me sentí bien.
Me dio el anillo, me miró con los ojos aguados, se dio la vuelta y comenzó a andar. No me pareció mal que no dijera nada más. Con esa mirada me lo dijo todo.
-¡Allan, te quiero! -Grité cuando ya estaba a cuatro o cinco metros de mí. Se giró y pude ver que lloraba.
Ese instante me dolió tanto que se me quedó grabado en la memoria. No dije nada, él tampoco. Siguió andando con las manos en los bolsillos.
Me quedé ahí sentada, sola. Con los labios rojos aún. Con el anillo con la inscripción más extraña que había visto.

¡Buenas noches, mundo!

Últimamente me voy a dormir demasiado tarde. Tal vez me dé miedo encontrarme conmigo misma mientras doy vueltas en la cama. Tal vez, sólo tal vez, quiera estirar las horas y no lo consiga. O puede que simplemente haga demasiado calor.
Pero, de lo que estoy segura, es de que así mis sueños son más extraños (aún).
Soñé que te regalaba solamente diez segundos de mi vida y que las ventanas me saludaban.

Me voy a mi pequeña fábrica de sueños. A la que últimamente acudo tarde.
¡Buenas noches, mundo! Espero que sigas ahí cuando despierte. Y no me hagas soñar cosas que no estén cuando lo haga.

Miércoles 21. Tal vez sea un buen día.

J u l i e t t e.


Aceptó que se había equivocado.

Que sus ojos eran más tristes de lo que pensaba, y que nunca sería, ni siquiera, un error. Ni siquiera eso.

No pudo evitarlo. Una lágrima solitaria acudió a sus ojos.

No. No te dijeron que sería fácil.

Juliette, al menos ahora sabes que es peor intentar caer de pie.

Al menos ahora sabes qué es.

viernes, 16 de julio de 2010

Dublín-París. Allan-Alicia.

Allan, estoy desesperada. Siento que estoy al borde de un precipicio, y que podré caerme en cualquier momento.
Te dije que te escribiría en una situación extrema. Te lo prometí. Y aquí estoy, apretando fuerte en lápiz contra el papel y juntando fuerzas para no ponerme a temblar.
Necesito gritar. Con todas mis fuerzas y tan alto que me oigas allá en Dublín. Creo que haré eso después de escribir esta carta.
Allan, solías decir que la vida no es fácil. Que en cada esquina te esperaba una sorpresa, buena o mala. También solías decir que todo pasa por algo. Creo que eso es lo que más me he repetido desde tu marcha. E intento sacar fuerzas de tus palabras, ¿sabes?
No sabes cuánto te necesito ahora... necesito que me abraces y me digas que todo está bien. Volver a sentirme fuerte y útil entre tus brazos. Pero sé que, por mucho que desee eso, sigues en Irlanda.
Y después de todo, Allan, sigo teniendo sueños rojos y de color café. ¿Sabes a qué me refiero, verdad?
Siento que floto y caigo al vacío. Que las estrellas se han apagado y la luna se ha ido de vacaciones. Siento usar una frase hecha, sé que no te agradan, pero me siento como un pez fuera del agua. O tal vez en la pecera equivocada.
Hoy, he ido al callejón. ¿Lo recuerdas? Solíamos ir al callejón cuando teníamos que aclararnos las ideas. Estaba igual que siempre. Seguía ahí nuestra pintada -y promesa-. Por un momento pensé que podía oler la granizada de café. El callejón sigue teniendo ese efecto de verlo todo un poco más fácil. Pero al llegar, no pude evitar llorar. ¿Tienes idea de lo vacío que se ve sin ti sentado en el suelo? ¿Tienes idea de lo silencioso que se oye sin tu voz? Ojalá que no puedas imaginártelo.
Allan, ¿recuerdas que la última vez que fuimos al callejón, te dije cuál sería el único motivo por el que volvería sin ti? Si lo recuerdas, creo que no hace falta explicarte nada más. Pero por si tu memoria no llega a tanto, por si ese momento fue más especial para mí que para ti, te diré el motivo por el que te escribo.
Me he enamorado, Allan.
Me he enamorado y es una sensación tan desesperante que siento que me va a explotar el pecho.
PD: Te extraño.
Alicia Lemoine.


...


¡Alicia! Cuando vi que había recibido una carta tuya, me puse tan contento que tuve que saltar. Pero en cuanto leí el motivo, me preocupé muchísimo. Eso que me cuentas me ha descolocado. No el hecho de que te hayas enamorado, eso es perfectamente normal, y lo sabes. Lo que me descoloca es que te sientas así. Que tu maravillosa sonrisa se esté borrando. ¿Sabes lo que me gustaba esa sonrisa, querida Alicia? Ni te lo imaginas.
Gracias por recordar el escribirme en una situación extrema.
Pero, ¿qué te voy a decir que no te haya dicho antes, pequeña? Incluso el amor más doloroso -y veo que el tuyo te duele muchísimo- tiene su parte bonita. Solamente tendrás que buscarla, Ali. ¿Me prometes que lo harás, verdad? ¿Me prometes que no te derrumbarás, y seguirás con esa sonrisa en la cara?
Alicia, ¿sabes? en realidad me alegra que te hayas enamorado. No por tu sufrimiento, claro. Sino porque haya una persona tan maravillosa en este planeta como para merecerse tu amor.
Que sepas, pequeña, que sí que recuerdo lo que me dijiste del callejón. Recuerdo cosas sobre nosotros que seguramente tú no recuerdes. ¿Por qué? Porque lo especial permanece, con la misma intensidad que se vive. Recuerdo tantas tardes sentados en el suelo del callejón... en algunas tú llorabas. Y yo hacía lo que siempre solía hacer, abrazarte y decirte que todo iba a ir bien. Sí, Alicia, porque haré eso siempre que tú lo necesites. Decirte que todo irá bien. Porque sabes que irá bien, pero sólo necesitas que yo te lo recuerde.
No estés triste, ¿vale? Grita si lo necesitas.
Alicia, cierra los ojos e imagínate que estoy ahí... diciéndote que nada es fácil pero que todo se arreglará. Yo lo hago.
Y ve Alicia En El País de Las Maravillas. Eso te animaba. Solías imaginarte que eras tú la que vivía todas esas aventuras, ¿recuerdas? Y añadías un personaje, a ''un tal Allan'' (al que siempre invitabas a helado de yogur).
Pequeña, por muy difícil que lo veas todo, piensa que en tres o cuatro años, si puedo, estaré contigo allá en París. Es lo que más deseo.
Te quiero más que a nada. Recuérdalo siempre.
Allan Bonnett.

jueves, 15 de julio de 2010

She said goodbye too many times before.

-Lléname la maleta de despedidas y estrellas caídas y tal vez pueda irme sin sentir que me dejo algo.
-¿Y los sueños?
-¿No vienes tú conmigo?

Mañana de domingo. (M&H 4)

Me desperté. Era domingo, así que ni Hel ni yo teníamos que ir a trabajar. Todo el día para nosotros solos.
Ahí estaba Helena, dormida. Su pelo rubio estaba esparcido desordenadamente por la almohada. Así, dormida, parecía feliz, aunque no lo fuera. ¿Qué estaría soñando?
Otra vez mirándola como tonto. Me reí. A veces me perdía en ella. Era tan complica, tan melancólica... Y la cosa más bonita que nunca había visto. Sí, ese rostro lleno de pecas era precioso.
Me levanté de la cama, tratando de no despertarla.
Comencé a preparar mi leche con Cola-cao y su café cargado con azúcar de vainilla. Cogí las tazas, y un plato con galletas de canela, puse todo en una bandeja, y lo llevé con cuidado a nuestra habitación.
-Señorita, despierte... -Susurré, mientras le acariciaba el brazo.
Abrió los ojos con un gesto lento y cálido.
-He hecho el desayuno, mira. Esta vez he recordado echar azúcar de vainilla a tu café, como a ti te gusta.
Se sentó en la cama, también lentamente. Tenía el pelo revuelto y los ojos un poco cerrados, por el sueño. Preciosa, como siempre...
-No hacía falta... de veras. Pero gracias, cariño.
Le sonreí. ¿Cariño? creo que era la segunda o la tercera vez que oía a Helena decir eso.
-Sólo ha sido un poco de café y unas galletas. Por cierto, Hel, ¿qué quieres hacer hoy?
Dio un gran sorbo al café antes de contestar.
-Cualquier cosa.
-¿No quieres hacer nada en especial? Recuerdo que tenías ganas de que te enseñara a montar en bici. Y hace un día de esos bonitos.
-Sabes que me caeré, ¡idiota! -Se rió. Vaya, creo que la felicidad que mostraba al estar dormida no era falsa. Hoy tenía un buen día. Me iba a gusta este domingo.
-Cogeremos el coche y nos perderemos, ¿qué te parece? seguiré las direcciones que me pidas.
-Y al final, no sabremos cómo volver a casa.
-Pero será bonito no saberlo.
-Como todo contigo.
-¿Qué has dicho? -Ella no acostumbraba a decir esas cosas, me sorprendió su comentario. Me iba a gustar MUCHÍSIMO este domingo.
Se quedó pensativa antes de contestar. Con sus ojos azules mirando a mis ojos negros. Con su pelo rubio haciendo competencia a mi pelo castaño. Con sus pecas compitiendo con mi perilla. Y ahí estaban el pesimismo y el optimismo personificados, sentados en una cama de matrimonio. Con el pesimismo pensando qué contestar, y el optimismo conmoviéndose con la alegría que mostraba hoy el pesimismo.
-Que me beses.

martes, 13 de julio de 2010

Cajas y cajas de recuerdos y basura.

Cajas y cajas de recuerdos y basura. Y yo, tan simple y melancólica como siempre, buscando algo salvable. ''Vaya, ¿qué es eso?'' En una de las cajas, en la más pequeña, había algo rectangular y azul, con letras en la portada, que aparentaban no decir nada. ''Una libreta...''. Cogí la libreta azul, llena de polvo. Según recordé, la había usado hace... ¿dos años?. La abrí cuidadosamente (porque estaba un poco rota) por la última página.
Garabatos. Esos típicos garabatos que haces, sin pensar, mientras hablas con alguien y tienes un lápiz en la mano. Dibujos. Y un nombre, escrito con una letra que parecía aún más de niña. Vaya, pero cuántas veces se repetía. ''Qué ingenua que era antes'', dije, esbozando una sonrisa.
Una libreta con su nombre escrito... una tontería que me acababa de alegrar el día. Recuerdo la sensación de estar flotando. Y mi máscara de felicidad absurda, que a él le gustaba. Aunque, ahora no comprendía para nada todo eso. ¿Amor? No. No era posible con tanta agua en medio.


Irracional. Aéreo. Distancia. Profundidad.
Maquiavélico. Corazón. Largo. Tiempo.

Nunca llegarás a entender qué hay realmente en mis sueños, en mi alma, y en mi cabeza.

domingo, 11 de julio de 2010

Lo suficiente para haberte echado de menos. (M&H 3)

Estaba sentada en el bordillo del balcón. Una posición aparentemente suicida. Pero lo único que ella buscaba era sentir el aire en la cara. Sentirse viva. Cerró los ojos, y respiró fuerte. Se sentía realmente bien. Casi había desaparecido esa presión constante que sentía... y esa tristeza que a veces le ahogaba. Era una persona poco conformista. Tuviera lo que tuviera, siempre querría más... y eso le había hecho perder muchas cosas. Suspiró.
Comenzaba a entrar la noche. En unos minutos, llegaría él. Algo así como su marido, pensó riendo para si misma. No se habían casado porque ella no creía en la institución del matrimonio. Rompía las parejas. Y la unión que ellos dos tenían, no era una de las más fuertes...
¿Que si no se querían? Claro que sí. Ella le quería tanto que le llegaba a doler. Pero eran demasiado distintos
Él era tierno, ella fría. Él era optimista, muy optimista; ella lo veía todo gris. Él tenía esperanzas, ella no. Y así una lista de cosas en las que ella salía desfavorecida, pensó. ¿Era malo ver el mundo como realmente es...? Porque, eso era lo que ella hacía. Su novio no estaba de acuerdo con eso. Él creía que el mundo era perfecto. Que nadie podía hacerle daño. Era tan inocente... eso hacía que ella le quisiera cada día más.
Estaba en una situación realmente suicida, recordó. ¿Qué pasaría si se caía? ¿Y si se tiraba? ¿Cambiaría en algo las cosas el hecho de que fuera un suicidio? Sí, solía debatirse si debía morir ya o no. No porque fuera infeliz, claro. Porque creía que la vida no tenía sentido. Porque el frío de su persona ya la estaba congelando hasta el punto de buscar el calor donde fuera. Incluso en la mismísima muerte. ''¿Qué pasaría?'' se repitió. Sabía que solamente su pareja la echaría de menos. Tal vez alguna amiga. Pero no su familia: había huído a los dieciocho con el chico que quería entonces, y que quiere ahora. No sabía nada de ellos, pero le alegraba. Le gustaba poder moverse por el mundo con las mínimas cadenas posibles. Y poder plantearse morir con las mínimas cadenas posibles, también.
-¡Helena! ¿Qué haces ahí colgada?
Vaya, había llegado. Estaba tan enfrascada en sus pensamientos, que no había oído la puerta. Giró la cabeza, como pudo.
-Dime, ¿qué estás haciendo? ¿O qué pensabas hacer?
Se preocupaba tanto por ella... Le conmovía. Nunca tuvo esa sensación de que nadie le quería. Bueno, al menos no desde que le conoció. En su adolescencia se sentía sola. Demasiado sola para poder soportarlo. Pero, aunque Helena parezca una suicidida nata, nunca atentó contra su vida, ni siquiera en la adolescencia. Esperaba el momento, simplemente. Y siempre, había una cosa que se lo impedía. Él. Matthew. Matt. SU Matt.
-¡Helena, reacciona! -Le puso la palma de la mano en la mejilla.- Pero, ¡estás helada! ¿Cuánto tiempo llevas aquí, cariño?
-Lo suficiente.
-¿Para qué? -Barajó varias respuestas. ¿Le iba a decir que lo suficiente para haberse planteado, otra vez, terminar con su vida? ¿Que llevaba lo suficiente para percatarse, una vez más, de que él era muchísimo mejor persona que ella? ¿Lo suficiente para comenzar a tiritar de frío?
Le miró a los ojos. A sus perfectos ojos negros.
-Para haberte echado de menos. -Le dijo prácticamente en un susurro.
Matthew le abrazó. Sintió, una vez más, la calidez de sus brazos. De su ser. Y se dejó embriagar por su olor. Si de verdad pudiera elegir un momento para morir (porque ella sabía que moriría de forma natural, no por suicidio), sería cualquiera en sus brazos.

Y una vez más, Helena se aferró a la vida, y a los brazos de Matt...

Pedacitos de mí.

En mi mundo se puede oler paz, a la vez que tensión, con un toque de dulzura. Es un perfume curioso. Es un perfume que no huele.
Y, ¿qué puedes ver? Todo, a la vez que poco. A simple vista, puede que veas sólo letras que anuncian que estoy viva, y flechas con carteles que señalan los lugares más recónditos de mi alma. Pero si miras bien, o con un simple catalejo, puedes llegar a ver incluso cosas que creí perdidas desde hace tiempo. Estrellas, pegadas cuidadosamente a un papel azul. Libros en blanco. Hojas y hojas con letras de canciones. Trozos de espejo. Cajas de madera llenas de recuerdos materializados. Fresales cubiertos de cristal. Tazas vacías. Libros manchados de alegría. Miles, millones de nombres grabados perfectamente en el árbol más alto que jamás podrás ver. Flores azules. Y, todos esos pedazos de mí, convertidos en algo físico.
Y, ¿qué se oye? Música. Las canciones de mi vida. Y todas las conversaciones que, por un motivo u otro, mereció la pena recordar siempre.

miércoles, 7 de julio de 2010

Verano.

Verano. Ese olor a granizado de limón y a ventanas abiertas. Verano. La razón de algunos esfuerzos. El período de tiempo que esperamos durante todo el año. Que esperamos, pero -como casi todo lo que se hace esperar- al final te sabe a poco. Tal vez por esa irreflenable sensación de echar de menos las cosas de las que querías librarte. O tal vez por echar de menos algo mucho más importante: personas. Personas que hacen un poco más cortas tus horas. Quizás alguna que las hace largas. U otras que, simplemente, te colocan en un punto intermedio, en el que lo que duren tus horas es lo menos que importa.
Es tan paradójico desearlo; querer que llegue septiembre, cuando llega el verano y después anhelar que vuelvan junio, julio y agosto.

viernes, 2 de julio de 2010

Febrero 2009.

Amanece fuera. Fuera, porque en mi corazón no hay amanecer que valga. Mi corazón está tan vacío, tan insultantemente vacío, que si le dieras golpecitos sonaría a hueco. No duele. Pero no es acogedor. Si tuviera que comprar la sensación con algo, sólo me atrevería a compararla con impotencia. Porque también la siento. Me siento impotente por haberte perdido, de pronto. Por no saber como reaccionar en ese momento. Porque ahora estoy sola y no te retuve. Aún está grabada tu sonrisa en las yemas de mis dedos y te siento... te siento demasiado. Es todo demasiado reciente. Hace sólo un par de horas que pasé a ser un personaje secundario en la obra de tu vida. Me lo habías advertido. Y no te creí. Me dijiste que dolía, y yo pensé que algo tan hermoso nunca podría convertirse en dolor.
Se ha hecho de día, pero lo sigo viendo todo tan oscuro... y se me olvidó dónde está el interruptor de la luz.

martes, 29 de junio de 2010

Pequeños detalles. Vidas enormes.

Y pensar que antes no me fijaba. Nunca me paré a mirar los pequeños detalles que la vida nos brinda día a día. Podría hacer una lista con esas maravillas ahora mismo. Pero, eso sería demasiado rebuscado.
Son simples. No te das cuenta hasta que los estás viviendo, y te comienza a embriagar una sensación realmente acogedora. Te sientes bien. Y por un momento, lo notas, como si no existiera nada más en el mundo (o en tu mundo, como prefieras).

Dicen que la vida es soportable gracias a ellos. Dicen que merece la pena vivir por esa sensación. Pero, yo no creo eso. Gracias a ellos recordamos que la vida es soportable. Que esa sensación de vivir de puntillas se prolongará todo lo que tú desees.
¿Sabes cuáles son mis detalles favoritos? Escribir y que tenga un sentido distinto para mí que para los demás. Hablar en ese idioma desconocido que es el amor. Que un olor te transporte a un mundo que tenías olvidado.
Y sobre todo, la historia que puede contarte una fotografía si tienes un poco de imaginación.
Aquí tienes una pequeña historia para tu soñador libro vacío: