¿Qué significará el tiempo sin relojes?

martes, 26 de febrero de 2013

03


Siempre he odiado las promesas, y eso es, básicamente, porque odio las mentiras piadosas. Prometer es mentir a largo plazo; es hacer daño, porque cuando todo se rompe y tú también, recordar que te prometieron que nunca te dejarían es una puta mierda (y esto, dicho suavemente). Así que, como las palabras se las lleva el viento y odio que las líneas apunten al suelo, prometo no volver a hacerte promesas porque mentirte es algo de lo que jamás podría estar orgullosa. Porque sé que ese tipo de mentiras edulcoradas pueden llegar a cortar como cuchillas y, a la larga, en vez de convertirse en lo que se dice que llegará a ser, una promesa puede convertirse en una tortura, una ruptura con la que era tu realidad entonces, un dolor irremediable que tiene como cumbre la impotencia más maquinal y absoluta.
Y sí, conozco tu forma de hacer caso a lo que te pido. 

viernes, 22 de febrero de 2013

Y así, cerramos.


A terminó rompiéndose los huesos y B las ideas.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Tendiendo a gris





Te dejo buscarme sólo si me traes la vida a gritos,
si compartes conmigo un par de tragos de amagura
y me prometes que al  marcharte no dejarás palabras flotando en el aire.
Te dejo buscarme, pero haz el favor de encontrarme.
Y si no me encuentras grita,
que cuando se trata de tu voz el sonido conspira conmigo
y te trae siempre directo a mis oídos.

















Y vuelta a empezar.

00



Me enseñaste que la vida tiene dos caras y que yo tengo cien. Me enseñaste a soñar despierta, con las pestañas llenas de amargura y el dolor marcado en las ojeras; a reírme de la vida si no soy consciente de que me estoy cayendo; a vivir de pie, sin inventar mil maneras para no hacerlo; a seguir siendo yo y no dejar de serlo jamás, porque soy quien soy y ya dejé de preguntármelo. Me enseñaste a quererme aunque no pudiera y a quererte si podía. Me enseñaste que todo fluye y todo se marcha, y si nada importa es porque nada dura; que la vida entre momentos también existe; me enseñaste el mundo más allá de lo que yo sabía, porque podías. Me enseñaste, de muchas formas, que la vida no son círculos concéntricos. Lo hiciste sin darte cuenta, solamente regalándome tus suspiros y dejando que te arrancara la paz que encontré en lo más hondo de la noche de tus pupilas. La arañé y me quedé con ella, la guardé para mí y tú, sin ella, seguiste mirándome fijamente y no bajaste la guardia regalándole al mundo una de tus eternas caídas de pestañas (aquellas pestañas que eran mías y sólo mías, que enmarcaban aquellos ojos que quería guardarme y las estrellas que siempre quise ver en ellos). Me enseñaste todo sin esfuerzo y me obligaste a echar una mirada al desastre que llevo dentro, me hiciste ver lo que tengo y verme a mí. 
Tal vez pueda agradecértelo algún día, pero hasta entonces seguiré recordándome a mí misma que me robaste parte de lo que siempre fui, que si yo te robé la paz tú te quedaste con mi alegría y que los milagros son sólo cosa de la Biblia.

domingo, 17 de febrero de 2013

Hacer, destruir.


Cuando la noche cae, caigo yo. Oscurece y me rompo en pedacitos muy pequeños, salen disparados y no hacen ruido. Y yo me encargo de recogerlos y pegarlos con celo, uno a uno, poco a poco, con paciencia y desgana, olvidándome de todo y olvidándome de mí. Así paso las horas, volviéndome a hacer, montando el peor puzzle de todos y dejando de pensar. Centrándome en mí, en lo que soy y en lo que quiero llegar a ser; centrándome en lo que podría llegar a ser si, cada noche, no me diera por romperme. Sé perfectamente que nunca podré arreglarme del todo y volver a ser lo que era al salir el Sol. Nunca podré ser la misma pero, a la vez, no podré ser diferente porque siempre sigo el mismo esquema, las mismas instrucciones nunca escritas; porque aunque no sea la misma, me parezco tantísimo que casi duele. Así, cada noche vuelvo a nacer y me recreo en un orden distinto, de distinta forma, pero siempre con las mismas piezas, siempre con la base que vuelve a romperse y a caer. Hacer, destruir. Y así una y otra vez, sin romper nunca el círculo vicioso, el ciclo imparable de noches frías y días llenos. Una y otra vez, dando vueltas como una ruleta, montada en la noria y recordando siempre aquella montaña rusa de la que decidí bajarme; recordando el vaivén, los cambios de velocidad; recordándome. Siempre cayendo a una velocidad de vértigo si aparece la Luna, mi alarma lejana.

jueves, 14 de febrero de 2013

La belleza de lo difícil



¿Entenderlo y entenderte? Nunca seré capaz.

miércoles, 13 de febrero de 2013

¿Qué me cuentas hoy?


Me encanta esa mirada tuya de "podría destrozarte ahora mismo con dos palabras, pero te escucho y no lo hago porque me divierten tus ojillos de cordero degollado y porque, qué demonios, nunca he sido tan mala persona. Creo. A veces lo dudo, pero es simplemente porque a veces creo que no me conozco lo suficiente, y sé que si algún día me diera por abrir la caja de Pandora esas dos palabras se multiplicarían y, entonces, llorarías de pura impotencia. Y, ¿qué haría yo? Reírme y luego arrepentirme, preguntarme de dónde brotaron las palabras e intentar tapar el agujero con un corcho. Seguir y luego reaccionar, y volver a guardarme, doblarme poquito a poco y meterme de nuevo dentro de mí misma para, así, volver a ser una perfecta desconocida para mí. O no. A veces lo dudo, pero en la duda hay esperanza y aquí sigo yo, mirándote con los ojos entrecerrados y la vida concentrada en las yemas de mis dedos".
Pero, claro, de lejos.

martes, 12 de febrero de 2013

38



Lo peor es la impotencia. Saber que algo va mal, que lo que tanto te esforzaste en guardar se te escurre e intenta echar el vuelo, y no ser capaz de hacer absolutamente nada. Y tener que ver cómo los lazos se destruyen y el hilo se tensa, sin hacerse esperar, sin esperarte. Impotencia al ver cómo ya no soy yo la que lleva esto, siempre de pie y estable. Ya no soy yo; no quería pasarte el testigo pero me lo arrancaste de las manos. No quiero volver a caer en lo de siempre y volverme otra vez frágil, cerrarme y sobrevivir. Quiero escaparme poquito a poco, como humo, en un grito fugaz que se quede colgado en el aire para siempre. Un grito invisible hecho de miradas mudas; un grito indeciso lleno de vacío. Y así, ser capaz de seguir. Destruir la impotencia sin destruirte. Quererme sin odiarte. Ser sin que seamos. Avanzar sin movernos. Existir sin tonos grises. 
¿Sabes una cosa? Odio encontrar en tus ojos lo que siempre hallé en los míos. 

miércoles, 6 de febrero de 2013

paso a paso



Sigo esperando el día en el que sobren las palabras entre tú y yo; el momento, la parte mínima de ese día infinito y deseado, en el que puedas decírmelo todo sin decir una palabra. Cuando ocurra, cuando el día llegue y yo -la eterna duda viviente- me de cuenta de que mi espera mereció la pena, podremos romper las normas y seguir, marcar el ritmo y dejar de vivir a medias. Podremos, porque siempre se puede, olvidar el pasado y construir un nuevo presente con las piezas de Lego más grandes del mundo. Construirnos, o reconstruirnos, y empezar a hacer camino al andar; andando en línea recta, no en círculos, aunque la costumbre siempre gane. Y poder para siempre decir que lo intentamos, que devoramos las palabras y dejaron de flotar, de mezclarse con el aire y meterse dentro de nosotros. 
Algún día. Suena cercano, pero no callamos nunca y todavía no me he cansado de escuchar tus palabras huecas.

lunes, 4 de febrero de 2013




En el mundo de los desvaríos, las constantes no quedan bien.

De destino inexistente y vacío incurable


Así, veo como todo se agota, y lo que yo creía una fuente inagotable de sueños se convierte en algo que debo cuidar. Me convierto, de repente y sin querer, en cuidadora de mí misma y dejo de ser libre porque llevo un lastre que me frena. Ya no creo armonía, no creo esperanza, ya no creo nada y tampoco creo en nada; soy como un cigarro que alguien terminó de fumar, como una botella vacía y una hoja llena hasta los topes. Hay algo, una de esas muchas cosas, que me pellizca desde dentro del alma y me hace fruncir el ceño. Es algo transparente, casi invisible; cuando creo que se ha ido vuelve, y cuando creo que lo llevo dentro, no lo encuentro. ¿Qué soy yo, si no puedo vivir con ello pero tampoco me conformo con que no esté? ¿Qué soy yo, o quién soy, si prefiero sentir pellizcos a no sentir nada, a gastarme del todo, a sentir que puedo evaporarme y ser como el humo de una vela? No hay nada más allá de lo que me obligo a creer, y la vida va girando como una peonza. ¿Y si me mareo? La cosa es girar. Seguir el ritmo del mundo para que, en apariencia, éste te siga a ti; ir siempre al mismo ritmo o un paso por delante, sin dejarte nunca pisarle los talones a la vida. Si tienes la valentía suficiente para nadar contracorriente, entonces inténtalo.
Pero si me vacío, si me gasto, si termino del todo con lo que llevo dentro y el aire se me escapa por los poros o, quizá, en un suspiro interminable, si la vida me adelanta y me quedo rezagada, siendo siempre la última, no pienso pensármelo. La vida va cambiando de color, y del rojo ardiente al azul oscuro no hay ni medio paso; del verde al gris, ¿qué puede haber? Si todo tiende a gris y las líneas apuntan al suelo, ¿qué puede haber? Estás tú, siempre ahí, marcando la diferencia, marcando el punto de partida y corriendo con fuerza, dejándote las suelas de los zapatos porque, si la vida se te escapa, tienes que ir tras ella. Si la vida avanza demasiado deprisa, vas a tener que ganar velocidad. Si te paras, no te va a esperar; si te paras, te vacías. No hay segundas oportunidades. Sólo hay una, y está ahí, puedes verla. Avanza, corre aunque te duelan las piernas y te quedes sin aire; corre aunque no veas nada, aunque te parezca que el suelo vaya a abrirse y a comerte. La única forma de caerte, es detenerte. La única forma de quedarte sin ganas, es quedarte atrás. La única forma de quedarte sin esperanza, es dejarla ir. La única forma de vivir es correr, girar, seguir. Siempre adelante, aunque lo que lleves dentro de lo impida, aunque quieran obligarte a parar.
Corre, avanza, no te pares nunca. Algún día llegarás a tu destino. 

Y tú, ¿buscas o esperas?


¿Qué hay debajo del miedo, de la ira y del dolor? ¿Qué hay en el fondo, justo en el núcleo, donde todo surge y todo termina? ¿De qué color son los malos sentimientos? ¿Cuál es el límite? ¿Existen los motivos, o solamente somos marionetas del momento, de nuestro propio instinto? ¿No es cierto que somos como el niño temperamental, la madre clemente, el abuelo que fuma en su pipa observando el infinito, como los que se ven vacíos y apretados, cada vez más, por unas cadenas que ellos mismos crearon tiempo atrás? ¿Y con qué materia? ¿Existe algo que podamos crear dentro de nosotros mismos, algo que persista, la base de todo, algo a lo que llamar nosotros, o somos, sin más, producto del azar? ¿Qué es el azar? ¿Existe? ¿Las casualidades están ahí o simplemente se empeñan en jodernos o alegrarnos la vida deliberadamente? ¿Quién soy? ¿Quién eres? ¿Quiénes somos? ¿Tenemos que conformarnos con lo que tenemos, con lo que somos, o podemos mirar más allá, perseguir un horizonte que podemos imponer nosotros mismos, ahora, aquí, de esta forma? ¿Podremos caminar hacia él, siempre con paso firme y la mirada puesta en la meta, o tendremos que quedarnos estancados, observando siempre ese horizonte infinito que jamás podremos alcanzar? ¿Se moverá a medida que avancemos, alejándose de nosotros poquito a poco, oponiendo resistencia y haciéndonos sudar? ¿O será benevolente y nos dejará llegar si tenemos ganas, si utilizamos ese intento de herramienta llamado "esfuerzo" que nos empeñamos en dejar a un lado? ¿Sentiremos algo cuando lleguemos o habremos dejado atrás los sentimientos -miedo, ira, dolor-, existiendo en un plano distinto, buscando una nueva víctima, como asesinos en serie? ¿Es eso la vida, decidir si buscas o esperas? 
Y tú, ¿buscas o esperas? ¿Buscas u observas? ¿Ves pasar la vida o intentas que ella te vea pasar a ti, difuminado por la velocidad? ¿Vas rápido o despacio? ¿Cambias, permaneces o estás siempre en el limbo, con el cambio buscándote y contigo evitándolo, huyendo de él por culpa de tus queridos amigos los opresores, Miedo, Ira y Dolor? ¿Buscas el cambio y la vida te pega al suelo, siempre sin dejar que te muevas, temiendo que huyas de ella y no vuelvas jamás? ¿Vas contra el mundo o giras con él, siempre respetando la armonía, sin romper las normas, sin romperte? Y tus esquemas, ¿están rotos? ¿Vives al margen de ti mismo? ¿Sigues tus normas o las que el trío fatídico te impone con mano de hierro y arte infame? ¿Quieres o no? ¿Esperas a que la puerta se abra o la abres de una patada? ¿Haces las cosas claras o llevas máscara, en un eterno carnaval urbano que funciona como invitación al purgatorio? ¿Te conoces, te conocen o te conocías? ¿Preguntas o respondes? ¿Eres un acertijo viviente o descifras otros? ¿Vida o supervivencia? ¿Amor propio o propiedad? ¿Suerte o consecuencia?



viernes, 1 de febrero de 2013

Los sentimientos, si los multiplicas por tres, dan cero.




Nadie preguntó por mis ojeras,
esas que llevaban tu nombre escrito a fuego
y una noche oscura guardada
para siempre en el filo de su curva,
torturándome por la mañana,
recordándome lo que la vida me prohibía,
que me faltabas y que sin ti
también faltaba yo a medias.
Nadie preguntó, doy las gracias en silencio
porque no sé mentir ni decir la verdad.
A medias, también te llevo,
y te llevo en los bolsillos
porque no sé dónde guardarte.
Puedo cegarme
si no me dejas ver la luz.

Hueco, vacío, infinito.




Sé que pierdo el tiempo pensando en nada,
omitiendo el mundo y olvidando olvidar,
olvidando que existe algo más allá,
que la vida sigue aunque pare de andar.

Pero si pierdo el tiempo ya lo encontraré,
y si la vida se me escapa, la dejo marchar,
que ya no colecciono momentos buenos
porque los desgasto antes de terminar.

Y algún día lograré entenderme
sin intentar explicarme.
Algún día lograré ser algo
que no se apague,
lograré algo dulce y amargo,
y que la llama se propague.


 

 

sábado, 19 de enero de 2013

El poder de las palabras.




Aquellas palabras se convirtieron en espíritu y, aunque nacieron de la nada, vivieron siempre en la inconsciencia de personajes ajenos a la causa de su vida. Aquellas palabras no quisieron ser tema de conversación, solamente parte de la misma. Pero yo no tengo miedo ni paciencia y la noche es demasiado corta para detenerse a pensar. Y ocurrió: las palabras se volvieron líquidas y fluyeron por sus propias cañerías.
La frase más breve el mundo llevó consigo la peor decepción de todas.

viernes, 18 de enero de 2013

Cosas que...



Quiero tener el poder de bucear en las personas. Quiero poder entrar en la mente de cualquiera, rebuscar y encontrar ese mundo que todos llevamos dentro. Quiero pasearme por mentes que no conozco y conocer, saber, entender. Y no hablo de detalles escabrosos de cualquier vida mal vivida. Hablo de formas de ver el mundo, de entender y de entenderse, de historias con trasfondo y moraleja, de palabras que se quedan a medias, de maneras de pensar, de valentía que puede esconderse en lo más hondo del alma, de imágenes, de personas tal y como son, sin máscaras, sin fachada. Sólo pensamientos y nada más allá; bucear, conocer, arriesgar y no ser parte, no cambiar nada. Quiero ser capaz de descifrar los acertijos que la vida disfraza de personas. Quiero y no puedo, y aunque poder hacerlo sería bonito, ¿dónde quedaría la gracia de descubrir esas cosas poco a poco, siguiendo las pistas y dando tú las tuyas? ¿Dónde quedaría la gracia de vivir, de descubrir y buscar detalles que jamás tendrían sentidos por sí solos?
Así que, ahí voy, poquito a poco, aceptando las reglas y jugando limpio. Como debe ser, o eso dicen.


 

jueves, 17 de enero de 2013

Consecuencias de tus paseos a media mañana



Cuando te vi caminando bajo mi ventana con las manos en los bolsillos, me volví incapaz de apartar los ojos. Andabas con aire serio, implacable; tal vez ni siquiera recordaras que estabas deambulando por mi calle, debajo del edificio en el que perdiste parte de tu vida aquellos días. Y mientras, yo, que me quedé el tiempo que perdiste y lo guardé para mí, te miraba pensativa. No esperaba que miraras hacia mí, hace tiempo que mi mirada dejó de ser un imán para la tuya. No lo hiciste, no miraste, y como siempre me tocó a mí asimilar que no vas a volver a mirar a mi ventana y que, tal vez, no lo hagas porque eres perfectamente consciente de que la fachada azul de mi casa podría clavarse en tus pupilas y hacerte preguntarte qué es de mí. Sin embargo, te detuviste, frío como el hielo, y te sentaste sin ganas en el banco. En mi banco. El que ya no es tuyo, el que ya no es nuestro; como dos padres que se divorcian y comienzan una desarmada guerra por la custodia de los niños, luchamos por ese territorio. Le grabaste aquella frase que tanto odio esperando que acercarme a él pudiera proporcionarme una tristeza asquerosa (simplemente por la satisfacción que pudiera darte que lo más cercano a mi puerta me trajera malos recuerdos) y yo, menos predecible que de costumbre, empecé a sentarme en el banco de la discordia la mayoría de las mañanas mientras tú pasabas por delante. Después, concediéndome la victoria, cambiaste de ruta y no te volví a ver en meses. Hasta el feroz momento en que te vi, hace horas, sentado en el puto banco, mirando el móvil. Me apoyé en el alféizar de la ventana, cansada de todo y de nuevo de ti, de mí y de la materia oscura que siempre me oprime el pecho cuando pienso en ti. De echarte de menos cuando no sé hacer otra cosa. De recordarte y recordarme, y de ponerme a revivir momentos que nunca me han llevado a ninguna parte.
Te observaba, ahí, sentado a unos metros de mi ventana. Sabía que no me estabas provocando. Parecías una persona nueva, totalmente distinta, a la que le hubieran vaciado la cabeza y, después, se hubieran olvidado de guardarme. Se llama amnesia selectiva y la sufren los que son como tú, pensé, regalándome a mí misma un poco de autocompasión. Pensar en que algún día nos quisimos y lloramos por perdernos, en que algún día separarnos era algo imposible y la idea de poder llegar a odiarnos podía hacerte daño, me parecía una locura. Son cosas que ocurrieron, hechos de mi vida que tengo bien guardados en el cajón de las cosas inútiles; son pasajes del libro de mi vida que alguien se ha encargado de emborronar. El tiempo, con sus garras ponzoñosas, se metió dentro de mí -y de ti, tal vez- y se dedicó a jugar con los hilos de mi cabeza, de mi corazón y de mi alma hasta dar con la combinación perfecta, aquella que pudiera hacernos caer en la indiferencia más maquinal y absoluta. O quizá, simplemente, no lo premeditara y somos producto del azar. Quizá no haya nada más allá e, igual que te miraba desde la ventana con ojos dubitativos, podría haber estado dándote una bofetada, contándote las pestañas o mirándote a los ojos. En cuanto lo comprendí, te miré de forma distinta. Te miré y te estudié, buscando algo en ti, algo tan pequeño como un grano de arena, a lo que agarrarme; algo estúpido, irracional, una locura pequeña pero significativa que pudiera mostrarme que el destino existe, que notabas mi presencia y que podía irme a dormir tranquila. Y, como esperaba, no encontré nada. Te pusiste en pie y comenzaste a andar de nuevo, llevándote mi esperanza debajo de las suelas de tus zapatos negros. Te llevaste mis delirios contigo, tanto aquella noche como esta mañana y me dejaste hueca, insuficiente. Me devolviste al devenir irracional de mi vida; a la velocidad que me lleva y me maneja; al mareo constante, por culpa del movimiento; a la tortura de sentirme como me sentía antes, dolorida; a la horrible sucesión de imágenes que son mis días cuando pienso en ti e intento recordar mis errores. Te llevaste muchas cosas, pero con tu presencia y con la palpitante demostración de tu olvido -de tu amnesia selectiva- me trajiste recuerdos, el dolor de una herida a la que le han echado sal. Sin saberlo, hiciste que volviera a preguntarme quién eres, quién soy, quiénes fuimos. Hiciste que volviera, después de mucho tiempo, a cuestionarme a mí misma y a compararme con esa versión pasada de mí -y totalmente ajena a la actual- a la que tantas veces he odiado. Y no quiero pensar en nada que tenga que ver con la oscuridad de tu mirada sobre mis manos de dedos largos. No quiero sentirme vulnerable. Y es que, cada vez que apareces de nuevo, consigues devolverme al pasado a mí y sólo a mí, convirtiéndome en un complemento vintage de mi vida, que no tiene lugar entre la novedad y el avance.

martes, 15 de enero de 2013






Ella lleva la vida a rastras, siempre dentro de la maleta.



Cuando se le olvida, nunca se pregunta dónde. Construye otra y la lanza al aire, dejando que se pierda. Se vuelve de hielo y observa cómo se aleja, despacito, y a la misma velocidad comienza a derretirse. Oculta sus enigmas y, sin pensar, busca a tientas un horizonte que le devuelva los fulgores a sus ojos. Lo ve, no se lo plantea y lo sigue, buscando algo que jamás encontrará, construyendo otra vida más y volviéndose de granito. Lleva el mundo en las líneas de su mano; lleva magia, alegría, velocidad.


¿Y?



Zhanna corre hacia Edgar; es sólo una mancha que se desdibuja a través del montón de paranoias disfrazadas de personas. Las puntas de su pelo van siempre detrás de ella, en una especie de carrera improvisada contra sí misma; sus brazos oscilan hacia delante y hacia atrás, buscando el momento de abrirse; sus piernas se mueven con rapidez y maestría, y los golpes de sus pies contra el asfalto son casi dolorosos. Sus ojos podrían estar contemplando cualquier cosa, pero intenta sonreír de esa forma. Corre con ganas, con fuerza. El olor a humo que proporciona al ambiente un toque agridulce le hace correr más, desear ser un pájaro y echar el vuelo. Llega a él. Sin detenerse cierra los ojos, abre los brazos y cae al vacío.

lunes, 14 de enero de 2013

raros con manías




Un avión pasaba encima de nosotros la primera vez que me miró de aquella forma. Ahí, en la sede del infierno, me di cuenta de que jamás podría volver a vivir sin esa mirada.

38

"Podríamos ser antenas, compartir ondas y, así, lanzar un pensamiento y enviarlo, mandarlo lejos y, también, compartirlo. Podríamos ver avanzar la noche, poco a poco, ver como la vida va entrando en penumbra. ¿Conoces ese sentimiento, verdad? Todo va cambiando de apariencia y la noche comienza a envolver el mundo, regalándote ese efecto magnífico; todo muta, y tal vez no en apariencia, sino en trasfondo; ocurre todos los días y te hace darte cuenta de que, pese a todo, existe un equilibrio, algo que va más allá y que siempre está ahí, aunque tú y todo lo que tienes se esté rompiendo en pedazos. El orden invariable del mundo se convierte, a veces, en una señal que parece decirnos que seguimos vivos, que esto sigue en marcha. Podríamos compartir esa señal, ese sentimiento, esa certeza. Magnificar el efecto magnífico. Así, si tienes el privilegio de reordenarte con cualquiera de estos detalles, podrías agarrarte con todas tus fuerzas al equilibrio -aunque déjame decirte que él se agarra a ti por sí solo- y empezar a trabajar. Podrías detenerlo todo por un momento, llenarlo todo de paz, podrías ser, por ti mismo, el mensaje más bonito del mundo y trascender, quedarte para siempre dentro del equilibrio del mundo.
Podríamos ser antenas, compartirnos."

domingo, 13 de enero de 2013


Quiero ir hacia atrás, volver a conocerte y vivirlo todo exactamente como pasó.












Mentira. 
Quiero deshacer mis errores y tenerte para siempre, que me digas que no hay sin mí y poder creérmelo, poder compartir mis sonrisas contigo y que nunca quieras que





(Hay cosas que están mejor sin terminar)

miércoles, 9 de enero de 2013





estoy aquí,
robando días al hastío
sin olvidar los (d)años
que nunca fueron míos;


estás ahí,
dolor en la mirada,
cicatrices sin coser,
parches en el núcleo
de tu alma de papel.










domingo, 6 de enero de 2013


Tú, con la mirada vacía y el corazón roto. Yo, con la mirada rota y el corazón vacío. Llegamos, con olor a adivinanza y los nervios a flor de piel. Me transformas en una versión de mí que nunca he entendido, me invitas a leerte la mente un rato y después, de la nada, cierras las puertas. Y me dejas así, electrificada, con algo dentro de mí que me golpea para poder salir. Me frenas en seco y lo único que hago es mirarte, así, rota. Y soy yo la difícil. Soy yo quien es imposible de leer, quien tiene mil caras y te hace daño. 
Por desgracia, ninguna historia tiene cara B.

Puedo romperme
si me miras con ojitos tristes,
si esperas más de mí,
si no puedo llegar,
si me arrancas el dolor tirando de él,
si me buscas
y si no,
si me olvidas,
si me esperas,
si me atas,
si me sonríes,
si recuerdo,
si olvido,
si retrocedo,
si avanzo,
si escapo,
si me quedo,
si me vacío,
si me lleno,
si me derrito,
si me congelo,
si me irrito,
si me enamoro,
si me dueles,
si me dejas,
si te quedas,
si me cuentas,
si me susurras,
si respiras,
si te rompes,
si te ahogas,
si soy o no,
si eres tú,,
si lo veo,
si lo oigo,
si hay distancia,
si estás cerca,
si lo sé,
si no lo sé,
si me amargo,
si soy dulce,
si soy mala,
si soy buena,
si soy lo que soy,
o lo que pretendo ser.

Puedo romperme
porque ya no sé quién soy y me duele la cabeza de tanto preguntármelo.
Puedo romperme porque soy frágil y tú eres de hielo,
y ya no me funcionan las excusas porque sabes leerme los ojos.
Puedo romperme porque ya me faltan partes.

lunes, 31 de diciembre de 2012

31



Chica del reloj de arena,
no me gusta terminar un año sin pararme a pensar qué lo ha hecho especial, cuáles han sido los momentos buenos y qué quiero conservar. Por eso, quiero darte las gracias -una vez más-. Porque tú, aunque no lo creas, me haces sentir especial. Me haces sentir bien cuando lo único que quiero es arañar la pared y arrancarme la cabeza; haces que quiera llegar lejos solamente porque alguien -tú- confía en que yo, un desastre andante, lo consiga. Haces que sonría -o que me ría a carcajadas- en los momentos más absurdos, más emocionalmente estúpidos. Y, por encima de todo, eres la única persona en la que me veo capaz de confiar en todos los sentidos.
Te lo he dicho muchas veces: eres especial. A simple vista ya pareces genial. Pero, ¿qué voy a decirte? Cuando se empieza a profundizar en ti, a quitar las capas y capas que tienes -¿una cebolla, tú?-, aparece la parte realmente especial, ésa que no quiero llegar a perder nunca. Cuando quito una capa, encuentro algo. Y así, si voy quitando tus capas -¿escudos?- y accedo a partes de ti que no conozco, me sorprendo cada vez más. Eres increíble. No voy a parar hasta que te lo creas, y me da igual. Hay miles de cosas por las que eres especial para mí, por las que eres mi mejor amiga y lo serás siempre. Tú; la única persona a la que ni siquiera tengo que ponerle nombre, porque es obvio que te escribo a ti y sé que lo sabes. Tú; la única persona que me entiende cuando le digo que no sé qué coño me pasa. Tú; la única persona de la Tierra con la que puedo entenderme solamente echando una mirada tonta.
En fin, tú, que quiero hacer muchas cosas contigo este año o el que sea, y cosas pendientes nos sobran. Hay muchos días en la vida y podemos hacer buenos un puñado de ellos o la inmensa mayoría, y si consigues soportarme un par de años más, haremos lo que nos dé la gana. Bristol anda cerca.
Gracias por hacerme un poquito más feliz.
Te quiere,

      la de las estrellas de papel.

two peas in a pod.



sábado, 29 de diciembre de 2012

95 wanna be your sunshine


Si me miras, me vuelvo transparente. Me vuelvo algo borroso y poco común, poquito a poco, cuando me disparas con los ojos. Me cruzo con tu mirada brillante y, dentro de mí, algo se enciende; mis manos van volviéndose negruzcas y la oscuridad me sube por los brazos como fuego líquido. El asfalto debajo de mí, que parece una mala imitación del espacio, se va volviendo visible a través de mis extremidades. Los rayos de sol que antes me abrazaban y me rodeaban van pasando a través de mí como si hubieran estado haciendo cola y yo, pequeña e impotente, me limito a mover los dedos. Me veo a mí misma fundiéndome con el escenario; te miro, desesperada. Apartas la mirada siguiendo un patrón: me miras un segundo, me liberas otro. Tus ojos se convierten en un metrónomo de dolor, de presión, de peligro. Giras la cabeza y me miras intensamente, volcando en mí todo lo que llevas dentro. Me tiras los neones de tus ojos, que son como lanzas que me atraviesan como la mismísima luz que me rodea. No soy más que una sombra bajo tu mirada asesina. No soy más que una silueta, algo que se desdibuja sobre los apagados colores de la ciudad en invierno; sólo soy un puñado de nada.
Corro. Me alejo de ti. Corro tan deprisa que, por un momento, creo que floto sobre la acera porque no siento mis pies tocar el suelo. Deprisa, me alejo del carbón de tu mirada; del miedo a perderme, a dejar de ser yo para tender a gris.

sábado, 22 de diciembre de 2012

42


Tienes dos opciones:
  1. Sobrevivir.
  2. Vivir, en el pleno sentido de la palabra: agarrando tu propia felicidad con los puños apretados, con el alma oscureciéndose por las esquinas, con los ojos brillantes, con el aire revolviéndote el pelo los días de viento, enamorándote poquito a poco de todo y de ti. Es como montarte en una montaña rusa; con subidas y bajadas. Pero, como es tu vida y eres tú quien la maneja, ¿por qué no disfrutar de la bajada, aunque te duela la garganta de tanto gritar?


viernes, 21 de diciembre de 2012

jueves, 20 de diciembre de 2012

*




Odio ese nudo en la garganta.









(Te quise)

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Historias de una noche sin estrellas.


Delante de mí, parece una sombra y parece escurrirse. Sólo veo su silueta, que se recorta imperfectamente sobre la ventana abierta. Le veo apoyado y el resto me lo imagino: mira la calle con cansancio y la luz de las farolas se refleja en sus ojos negros. Me acerco despacio, temiendo por un momento que sólo sea una sombra y nada más; él no se mueve, aunque sé que oye mis pasos sobre el parqué. Le pongo una mano en la espalda y el movimiento es casi imperceptible. Me quedo ahí, parada y tratando de no hacer ruido al respirar.
Se gira deprisa y, antes de darme cuenta, me cruzo con su mirada oscura, negra como la noche.
-Tengo que llevarte al campo -dice-. Me parece increíble que nunca hayas ido; eres el prototipo de chica de ciudad, ¿sabes? -sonríe-. Te llevaré al campo y nos sentaremos en el suelo cuando comience a hacerse de noche. Cuando veas las estrellas, Zhanna, se meterán dentro de ti y te enamorarás de ellas.
Le sonrío y me sonríe. Vuelvo a fijarme en sus ojos y me imagino estrellas dentro de ese cielo nocturno -tal y como yo lo conozco- que tiene en la mirada. ¿Qué pasaría si decidiera meterme dentro de ellos y nadar? Podría decidirlo ahora, mientras le miro de frente y me tiemblan las piernas. Podría entrar sin llamar y hacerme dueña de todas sus historias, de sus virtudes y defectos, de su mente. Escaparía de la penumbra de una habitación que me parece infinita y entraría en la oscuridad profunda, donde todo y nada se unen para crear una realidad nueva. 
En lugar de hacerme pequeña y entrar, cierro los ojos y me pierdo en el silencio bajo el enigma de su mirada. Al fin y al cabo, siempre me han gustado los acertijos.

martes, 18 de diciembre de 2012


Algún día.

sábado, 15 de diciembre de 2012

Reconstruirse.


Con las manos frías como el hielo, cogió lo que quedaba y lo miró con curiosidad. No parecía ser suyo, ni siquiera parecía ser lo que fue tiempo atrás. Era, y sería durante mucho tiempo, como una mala imitación de lo que seguía dando vueltas en su cabeza; pero era lo único que tenía. Y era mejor que nada. Lo miró con los ojos entrecerrados (aquélla, aunque no te lo creas, era su mejor mirada y para ella era como soltar copos de nieve por las pupilas) y por costumbre intentó trazar un plan B, un plan C y, por si se terciaba, un plan D. Con sola una salida viable, falló y se dio cuenta. Vio una mota de color en uno de los extremos y dentro de ella, como por contagio, comenzó a crecer el color verde de la esperanza.
Comenzó con esa pieza. La colocó en su sitio y, cuando lo hizo, no sintió absolutamente nada. Naturalmente se decepcionó, pero sintiendo que no podía ser cierto y dejándose claro que dejarlo no era el plan A, agarró otra pieza y la colocó. Algo dentro de ella -algo pequeño, por el momento- se revolvió y se dio la vuelta. Cogió otra pieza, una redonda y la puso en su sitio. La misma sensación. Así hizo con más y más piezas, con más y más partes desgastadas. Pensó varias veces que alguna de las piezas no iba a encajar por el desgaste y, también, porque no reconocía ninguna como suya. Pero todas encajaban, todas le hacían sentir aquello y cada vez con más intensidad. Llegó a oír como encajaban, como se fundían con lo que eran por naturaleza y se volvían una; una que ya existía, pero que no estaba completa, que no era ni siquiera la mitad de lo que algún día fue. 
Reconstruyéndose desde los cimientos, algo se le escapó. Ella no lo vio, pero salió de su cuerpo como un cohete y se evaporó despacio.
Cuando terminó y sonreía por primera vez en mucho tiempo, se miró al espejo. Tenía los mismos ojos cansados, las mismas ojeras; su cabello seguía teniendo el mismo rubio oscuro que ella siempre calificaba de castaño; su nariz, con las mismas pecas, tenía la misma forma; tenía, aún, la cicatriz en medio del labio inferior, ayudándole siempre a recordar que ir en bicicleta sin manos era una estupidez; medía lo mismo; su ropa era exactamente la misma, naturalmente; sus manos seguían enrojecidas por el frío. Pero había algo. Estuvo un rato examinándose profundamente. En su rostro -que seguía igual de pálido que antes- había una luz nueva que no iluminaba nada, sólo brillaba por capricho. Pero, aunque no iluminaba, estaba ahí y constituía algo nuevo, distinto. Era lo que había estado buscando y nunca se había atrevido a encontrar. Era, por lo menos en aquel momento, lo más parecido a ella -esa versión pasada de ella misma, que era la adecuada- que veía desde hacía mucho tiempo. Y aunque no parecía del todo real y en vez de ser parte de ella el nuevo estado en el que se veía parecía coexistir con su falso yo, había triunfado. Aquélla era la semilla, el comienzo, el retroceso; era el final de la guerra consigo misma. Se había vuelto a hacer y esta vez se había hecho bien. Era como volver a nacer, sólo que con los errores ya cometidos, un futuro más brillante e, increíblemente, la conciencia totalmente limpia.



viernes, 14 de diciembre de 2012

Todo esconde algo.


Veo su mente a través del cuaderno. En la primera página, dibujadas con trazos tan finos que casi no puedo verlos, hay unas manos. Los dedos están estirados, relajados; son finos y largos, como dedos de pianista. En la segunda hay una taza de café humeante que me trae recuerdos. En la tercera, ojos verdes que miran de manera curiosa; uno de ellos está entrecerrado y me la imagino a ella, con la misma mirada inquieta y ese mismo verde intenso que se te mete dentro y nunca te abandona. En la siguiente, un árbol sin hojas parece saludarme y yo, tan simple, sólo veo invierno, sólo pienso en el frío y las luces de Navidad. En la quinta página, contra todo pronóstico, hallo palabras y algo dentro de mí se agita.

Nunca he encontrado un mundo entre el vacío de un folio en blanco. Nunca, te lo aseguro, voy a encontrarlo, porque allí donde nada existe y nada vive, yo no tengo cabida. No soy de esas personas que se frotan las manos y respiran hondo antes de agarrar fuerte el lápiz y apretarlo contra el papel y, en un abrir y cerrar de ojos, crean arte y crean armonía. Yo -y todo lo que tengo- soy un conjunto de esquemas que se repiten, flotan y abruman, y el conjunto no es ni grande ni pequeño. Sólo soy humana y tengo alma. Puedo cerrar los ojos y retraerme, nadar dentro de mí y encontrar algo, una cosa pequeña, que me haga sentir algo, algo grande. Cuando lo encuentro y lo agarro con fuerza, si no se me escapa puedo trazar líneas -siempre líneas con sentido, que coincidan y que parezcan desde el principio lo que van a llegar a ser, porque, como ya he dicho, no soy de esas que crean de la nada- y dibujarlo. Siento, siento de todo y los sentimientos se me escapan a borbotones por la punta de los dedos. Sangro dibujos. Supuro líneas, círculos, formas. Cuando miro mis trazos me veo a mí misma y nada más, y puedo ser tanto un gato como una silla. Me transformo, muto, cambio de forma y el lápiz es mi medio, mi máquina. Soy todo esto y soy una; soy hasta las hojas vacías. Soy humana, tengo alma y está aquí dentro, llena de borrones y trazos. Porque no encuentro un mundo entre el vacío de una hoja en blanco, pero puedo quedarme dentro.

Entonces, cuando volteo la página y me encuentro conmigo, con mi cara, tal y como ella me ve, se me escapa el alma por la boca.

martes, 11 de diciembre de 2012

43


Quiero que el suelo tiemble y, de repente, comenzar a caer en picado y sin remedio. Quiero caer y sentirme un Alicia sin vestido azul, precipitándome en un agujero que me parece infinito y pensar, como ella, que tal vez me dirija al mismísimo núcleo de la Tierra. Cuando esté cayendo, quiero cerrar los ojos y que el aire me corte los labios; quiero sentirme cada vez más cerca del final, más y más cerca, pero que éste tarde en llegar y, así, sentir que estoy volando. Quiero quedarme en silencio mientras caigo, no escuchar absolutamente nada y disfrutar de la ausencia de ruido; quiero aferrarme a la sensación y marearme, sentir como aquello me envuelve y dejarme llevar por el momento y por lo que llevo dentro. Quiero que el control se me escurra entre los dedos y no suspirar mientras caigo, mientras viajo hacia dentro; quiero que todo cambie entonces, entender lo que nunca me creí capaz de entender -entenderme- y convertirme en una versión distinta de mí misma, sin añadir nada, solamente eliminando. Y cuando esto ocurra y sienta que voy a terminar de caer, quiero despertarme, sonreír y acariciar el presente.

Caída libre



Me libero de todo y me vacío poquito a poco, me quedo sin recuerdos y empiezo de nuevo.



...y así es como vuelvo a ponerme a disposición de todos los errores que ya cometí.



Soy la noche y te envuelvo,
soy la mañana y te muerdo,
fluyo a destiempo

lunes, 10 de diciembre de 2012

255






En cualquier lugar,
en cualquier momento.










Las palabras vuelan a mi alrededor y, no sé por qué, hoy duelen.

Otras doce cosas.



  1. Dulce como la vainilla
  2. Verde azulado
  3. Sueños que terminan
  4. Nebulosas
  5. Áspero
  6. Rítmico
  7. Luz cegadora
  8. Rojo, muy rojo
  9. Gíralo
  10. Pártelo
  11. Volteretas
  12. Yo, rota y desordenada, que me arreglo y me vuelvo de hierro para la ocasión.

domingo, 9 de diciembre de 2012

La ciudad.



Una niña llora en un banco del parque sin saber por qué; un hombre compra el periódico y se pregunta, sin querer, si será el último que compre; un perro ladra bajo el balcón de Evelyn, que se atusa el pelo con gracia mientras intenta cantar algo por lo bajo; una mujer muerde una tostada quemada, mirando con recelo a su gato; un chico corre por la 55, como si le persiguiera el gigante con las piernas más largas del mundo; Margarite Evans se mira los zapatos, sentada en el muro de la azotea, sintiendo como se le escapa el humo de su último cigarrillo;  una chica de ojos azules como el lapislázuli ríe a carcajadas y se cae de la butaca; un chico escribe una carta al amor de su vida; otro, trata de aniquilar el hilo que cree que une a las personas que tienen un vínculo especial; tres amigos planean una escapada a Francia; Antonio cuelga el teléfono, furioso; un niño pelea con su hermana por el último helado, aún con solamente diez grados de temperatura y una madre enfurecida; un gato salta de un muro y cae de pie; una pareja se besa por primera vez en el parque; trece personas bailan la misma canción, bajo el mismo techo y sienten de igual manera como el vello de los brazos se les pone de punta; Amelia se golpea el dedo meñique del pie con la pata de la mesa; un chico mira el techo desde su cama, divagando; una mujer mira la tele; una niña se ata los cordones de los zapatos; un chico se muerde los nudillos; una anciana da de comer a sus periquitos; a una chica se le escapa todo el aire del cuerpo en un suspiro; a otra, el corazón le late deprisa cuando recoge el correo y ve un sobre azul; un hombre se ata el nudo de la corbata que ha elegido su mujer; un niño muerde una galleta; una paloma vuela sobre la ciudad; alguien sale del mar y se encuentra con la playa vacía; un jarrón se rompe y un chico se quema los dedos con la taza de café. La ciudad gris trata de avanzar, pero el instante se vuelve eterno. El tiempo se congela y, sin haber terminado, vuelve a comenzar. Sus 224.215 habitantes no saldrán jamás de lo que son. Así, la ciudad y el tiempo se vuelven dos cárceles que coexisten en la realidad de personas convencionales. No volverá a nevar, tampoco llegará la primavera. Sin cambios, sin destino, el mar grisáceo que es la ciudad parece cobrar vida y tragarse los sueños, la esperanza. Se vuelve un monstruo y, dando sacudidas, anuncia que ha llegado el fin.
Fin; una palabra corta, sin rostro ni color. Un instante pequeño, un error.




¿vas a poder vivir sin él,
cristal opaco y elástico
con armadura de papel
que dice ser de plástico?




viernes, 7 de diciembre de 2012

Mil maneras de imaginarlo


Grité con fuerza, hasta que pareció que se me iba a desgarrar la garganta. Grité preguntándole dónde estaba, si se había ido, por qué no podía encontrarle; grité pidiéndole que saliera de donde estuviera escondido, advirtiéndole que no tenía gracia, que me estaba enfadando; grité diciéndole que no me importaba, que estaba mejor sola, que no iba a echarle de menos. Y, finalmente, grité sin palabras, tratando de arañar lo que crecía dentro de mí. Me desplomé en el sofá, harta de verme de pie. Cuando apoyé la mano derecha sentí algo frío y regular: una foto. Había una maldita foto de un árbol en el sofá. El árbol tenía una enorme corona de hojas anaranjadas que parecían fuera de lugar sobre aquel cielo de un gris azulado totalmente neutro; a los pies del árbol había una chica sentada, mirándose los pies. Aquella chica era yo. Giré la foto esperando justo lo que encontré: caligrafía regular. Contra todo pronóstico, también había una mancha de café que rompía con la armonía de todo aquello, del color azul de las letras, de la firma bien hecha y de mí misma hecha trizas.
Antes de darme tiempo a meterme en la cabeza cualquiera de esas palabras, me puse en pie y tiré la foto a la basura. Y no grité. Guardé el silencio más absoluto, me puse el abrigo y, cuando cerré la puerta, di un portazo.

Paseo por tu línea de la vida.


Avanzo por las líneas de su mano y cada milímetro me cuenta una historia nueva. Camino por ellas, deseando perderme y quedarme para siempre a vivir en el laberinto de sus manos frías, sin saber cómo salir. Sería la vida más bonita del mundo, una versión  suave de mi propia vida, como una canción en acústico. Pero no me pierdo; conozco el camino y conocerlo se convierte ahora en una desgracia, en una decepción. Sé dónde estoy y sé cuál es la siguiente línea, sé cuándo me acerco a sus dedos y sé por dónde ir para no toparme con su lunar. Me paro un instante y, sin saber por qué, pienso en el cielo. Me imagino que esta mano sobre la que camino totalmente descalza de repente se alza y acaricia el cielo; me imagino a mí, todavía sobre ella, poniéndole de puntillas y uniéndome a esa deseada caricia. El viento me acariciaría las mejillas y la palma de su mano se volvería aún más fría. Lo dejo todo de lado en el momento en el que cierra el puño y, para mí, se vuelve de noche. Me regala, así, un momento de calor, de soledad; me regala oscuridad entre la que enredarme y soñar.
Vivir toda la vida caminando por las líneas de su mano, entrando en calor cada vez que la cierre.



miércoles, 5 de diciembre de 2012


Ahí va la gran pregunta: ¿quién soy?





















La chica color limón.

martes, 4 de diciembre de 2012

42




¿Cómo voy a describir tus ojos de gato? Cada vez que me miras siento que el suelo tiembla y me meto de repente en el caleidoscopio de mi cabeza, donde tus ojos se repiten una y otra vez, para torturarme.


Noches de verano



-¿Sabes? Las cosas a las que no puedes poner nombre, son las mejores.

domingo, 2 de diciembre de 2012

*




Soy la maldita Reina del Drama.

*


Ahora que te he perdido,
 me doy cuenta de lo que gané.

55



Le molestaba que él no fuera capaz de decirle quién era ella misma; que no fuera capaz, o que sólo lo fuera a medias, de romper la barrera de su mente para entrar y bucear y contarle todo lo que había visto en su eterno viaje a sus antípodas. Le molestaba y le dolía tanto que la rabia crecía dentro de ella. Quería destruir todo lo que les unía, llenar el agujero que aquello dejaría en su pequeño y oscuro corazón y seguir, caminar, correr y vivir.
Se volvió una guerra sin ganas de terminar y él, inacabado, hizo acto de presencia en su cabeza. Colocó explosivos y cuando empezaron a sucederse las explosiones, ella no gritó. Se quedó muy quieta, sin darse cuenta de que, a simple vista, él había solucionado todo lo que había puesto en peligro la falsa -pero dulce- estabilidad que habían conseguido. Pero, como estaban en guerra y ella no perdonaba ofensas ni vacilaciones, tampoco sonrió. Aquello se extendió hasta los límites de lo imposible, siempre sin llegar a comenzar, y su historia se volvió parte del vaivén, del devenir irracional que lo llenaba todo.
En el punto más alto, en el principio del -supuesto- fin, ella se dio cuenta: tampoco sabía quién era, no era capaz de traspasar su propia barrera. Pero, cómo no, era demasiado tarde.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Cambios de estación o algo así.



¿Qué es lo que pasa cuando se encuentran un gris y un verde?
Gris, que siempre se había sentido frío e inútil, siente como algo se va deslizando por las partes más cálidas e su alma. Se derrite.
Verde, que siempre se había sentido cálido y especial, siente como algo le va arañando las partes más frías de su alma. Se congela.
Y así todo se da la vuelta, se equilibra de nuevo. Gris se vuelve verde y se olvida de todo, dejan de gustarle las noches de lluvia y se enamora de la primavera; Verde, a la vez, se vuelve gris y lo amargo llega a él como un manguerazo. Cuando Verde -el nuevo- encuentre de nuevo a alguien gris volverá a lo mismo, y viceversa. Así, todo va rotando y las personas que estos encuentren no significarán sólo placer y diversión; les llenarán de su esencia muy deprisa y en un abrir y cerrar de ojos habrán cambiado de color y, con eso, de vida.

martes, 27 de noviembre de 2012

Recuerdos nulos



-Te reto a que me quieras -soltó él, regalándome una de sus sonrisas pícaras, en la estación de tren.
Seguramente le parecí una loca cuando empecé a reírme. Al fin y al cabo, en la vieja estación nadie se reía nunca; estaba pintada del gris más oscuro, y no me refiero a sus paredes, sino a su atmósfera. Era un lugar de tránsito, donde los viajes terminaban o comenzaban. Y parecía que la primera opción eclipsaba a la segunda y la euforia de viajar quedaba disminuida por la presión de verte rodeado de personas que fruncían el ceño y niños que lloraban por el ruido de los trenes que se acercaban o se marchaban. Yo misma me había visto presa de ese efecto (llamémoslo efecto empatía), parándome a pensar al ir a coger el tren en las horas que tendría que esperar para llegar a mi destino; en el aburrido traqueteo del tren sobre los raíles, que no iban a dejarme dormir y en que el cosquilleo de mi estómago no era de alegría, sino de nervios (mentira). Y ahí estaba, riéndome a carcajadas con un vagabundo a metro y medio de mí, dos señoras vestidas de azulón detrás, un tren que llegaba y él mirándome, enarcando una ceja.
-Te reto a que me dejes hacerlo -contesté, después de soltar toda mi controversia interna en aquella sucesión absurda de carcajadas.
Me miró desconcertado; no me entendía y aquélla no era la primera vez que sucedía, aunque, y a riesgo de parecer de nuevo una lunática, me gustaba esa mirada.
¿Cómo me retaba a que le quisiera, si cada vez que le veía para mí se apagaba el mundo y sólo quedaba la pequeña -y cálida- luz que él emitía? ¿Cómo me retaba a que le quisiera, si siempre fue mi as de corazones y yo siempre fui su invierno? ¿Cómo me retaba a que le quisiera, sonriéndome de aquella manera tan pura y cruel? ¿Cómo me retaba a que le quisiera si cada vez que intentaba hacérselo saber se cerraba, creaba una muralla a su alrededor y yo me derretía como un cubito de hielo en pleno agosto?
Nunca le expliqué aquella respuesta, me limité a apoyar mi cabeza en su hombro y sigo preguntándome cómo se lo tomó. Sólo sé -sabemos- que acababa de llegar nuestro tren y subimos por los pelos, "gracias" a las señoras de azul. El otro tren lo perdimos.

viernes, 23 de noviembre de 2012

307



Arráncame la nostalgia,
Derríteme el rencor,
Róbame el hastío,
Rómpeme los esquemas; que la noche pierde encanto sin estrellas que mirar y las estrellas pierden encanto sin nadie que quiera alcanzarlas.

Y con esto fin, principio y vuelvo a estar en medio.

¿Miedo? Daño.
¿Valiente? Te caes.
¿Nada? Todo.
¿Rompes? Creas.
¿Creas? Rompes.
¿Arriba? Abajo.
¿Bien? Vacío.

Momentos absurdos


Un remolino de folios y yo en medio. Mi propia letra, minuciosamente (des)ordenada, haciéndome correr. Alguien que corre y alza las manos, se agacha y, sin dejarme espacio, recoge los aburridos apuntes que surgieron de momentos más aburridos aún. Una bocanada de aire se me escapa, me abandona y vuela por ahí. Mis dedos tocan el suelo frío y me estremezco; suelo tener las manos calientes y el mínimo contacto con algo frío para mí es una tortura. Agarro un folio medio vacío, escrito con letra roja -así, como la sangre- y paso del rojo al verde cuando me encuentro con las esmeraldas de sus ojos. Sonrío por dentro y asiento por fuera, con los nervios a flor de piel. Despacio, me da las hojas que consiguió recuperar y me roza una mano; las tiene calientes como el café recién hecho. Suelto algo como "gracias" y sale disparado lejos de mí, como el aire que se escapa y el tiempo que se escurre. Y así es como el momento más absurdo se vuelve especial.

jueves, 22 de noviembre de 2012

12



Decías que te gustaba mi sonrisa. Tal vez por eso te la llevaste.

Noche vacía


Si hubiera cogido un pincel mágico y me hubiera dedicado a pintar la ciudad a mi antojo, la noche no sería tan mía como lo es ahora. Las calles están vacías, húmedas, oscuras. La única mota de color parecen mis manos sobre el marco de la ventana.
Hace un año andaste -o desandaste- el largo camino que tengo delante, con tu paraguas rojo y tu barba de tres días. Es curioso, también llovía. Me doy cuenta de repente y le doy la vuelta a todo; la noche deja de ser mía porque, si lo fuera, no estaría intentando recrear mentalmente tus pasos. Suelto todas sus horas y todas sus gotas de lluvia y vuelan a la deriva, alejándose de mí pero a la vez quedándose cerca para que no pueda huir. Y así me convierto en prisionera de la noche más perfecta del año. Comienzo a sentir como corre a mi lado y me empuja -tal vez al vacío, tal vez hacia dentro- con fuerza y violencia. Su velocidad me asusta y grito como una niña pequeña que cree que el coco vendrá a por ella. Y tal vez sea algo así, el miedo a la oscuridad, a los monstruos, a lo desconocido y, no sé por qué, a la soledad más profunda. Y a mí misma. Me he convertido en el coco. Nunca pensé que fuera a ocurrirme, pero me tengo miedo. Tengo miedo a hacerme daño equivocándome y a perderme. ¿No sería horrible no ser capaz de encontrarte a ti misma, no saber dónde estás ni a dónde vas, ni tener un plan? El descontrol es hermoso, pero significa estar expuesta, en peligro.
El frío comienza a entrar por la ventana, como si la noche volviera a cargar contra mí. Me veo a mí misma cerrándola y me veo ajena, como si no fuera yo. Pienso que me he perdido e intento gritar de nuevo, pero lo único que sale de mi garganta es un chirrido agudo y desesperado que tantas veces he oído y, aún teniendo que avergonzarme porque ni siquiera sé gritar, me relajo.
Aquí estoy de nuevo, con las ventanas cerradas y todas las luces encendidas, huyendo de la noche, de la lluvia, del camino y, si cabe, del coco.

martes, 20 de noviembre de 2012


Ya no sé qué hacer cuando tengo ganas de ti.

PD: Soy estúpida y no me cansaré de decirlo. Soy una egoísta. Y, después de todo, mientras yo pienso en ti tú piensas en ella y así todo se complica. Odio pensar que lo que algún día fue mío -tú- ya no lo es; no lo valoré y aunque no me arrepienta de nada, sigo siendo estúpida. No quiero mirar más al vacío y preguntarme qué sería de mí, qué sería de nosotros.
Voy pasando de odiarte a odiarme, cada día un poco más. ¿Sabes? me asusta lo que pasará al final, cuando llegue al límite y me pierda.
Sé feliz, vive con ganas, rompe los esquemas...

sábado, 17 de noviembre de 2012

Sólo yo.






No hay salida. No hay luz al final del túnel. No hay señales. No hay ovillo, ni siquiera hay Minotauro. Sólo yo y mi laberinto, mis piernas temblorosas y el miedo a la soledad.
No hay compasión. No hay unidad. No hay futuro. Y lo entiendo simplemente porque no tengo ganas ni tiempo de cuestionarlo. Sólo yo y rosas secas que conservan sus espinas. Hace tiempo que dejó de haber estrellas y se me encogió la esperanza.
No hay orgullo. No hay calor. No hay camino. No hay nada. Sólo yo, que ya he dejado de correr y me limito a existir sin nada que me sostenga y se convierta en el centro de mi Luna.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

*


Que echarte de menos es lo peor.

martes, 13 de noviembre de 2012

Ajá.


Ya me he resignado. No me entiendo. Por ahora, mi advertencia para mí misma es comenzar a hablar con un "¿sabes una cosa?" y ya después, a ver qué viene...

lunes, 12 de noviembre de 2012

9449


Y ahí estaba otra vez la indecisión de 9, su peor enemiga. Apareció cuando anochecía. Un par de gatos viejos empezaron a maullar debajo de su ventana y ella, sentada en la cama, no hacía nada. Y de verdad que no. Parecía una muñeca a la que se le había gastado la pila; había estado todo el día activa, corriendo de aquí para allá (huyendo del frío. Las mantas no funcionaban por ahí) y, de repente, se había quedado quieta. La energía se le escapó por los oídos. 9 se clavó las uñas en el muslo cuando, de repente, la indecisión entro en ella y sus pensamientos se volvieron negros como la noche. La sintió, áspera y pesada. 
Claro, 9 estaba acostumbrada a saber qué hacer, a seguir sus propias normas. Cuando -cada cierto tiempo- aquello ocurría, se sentía como una mierda. No quería rendirse sin luchar, pero era difícil cuando su enemigo era, precisamente, una parte de sí misma.
No quería seguir llevando la sonrisa triste a rastras. Aquello era cosa del pasado y, sin duda, así debía quedarse. Pero, ¿cómo renunciar a la mentira más dulce del mundo?
9 andó hacia la ventana y la noche le congeló el ánimo. Hacía tanto frío que se preguntó cómo los gatos podían estar ahí de pie. Un hombre paseaba un carro de la compra lleno de cartones sucios que ennegrecían. Tenía un chándal fluorescente y, por su expresión, estaba terriblemente contento. Tal vez sólo se pueda ser feliz estando como una cabra, pensó 9. Cuando creyó que había resuelto el misterio de la felicidad, se encontró con un enorme '4' rojo pintado en la fachada del edificio de en frente. Se le desencajó el alma.

sábado, 10 de noviembre de 2012

*



¿Qué quiero?
Fácil: descontrol.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Difícil


Sé que no tenías más razones para estar presente en mi vida que las que yo me inventaba; que, antes, hace mucho, creías que yo era una de esas chicas dulces que preparan magdalenas y siempre cogen el teléfono a la primera; que eres diferente que el resto del mundo y que éramos unos adictos a nosotros. Pero ni yo soy dulce ni tú eres un santo. Y nada me importaba hasta que, hace menos de cinco minutos, vi ese estúpido detalle que ni siquiera creíste que yo vería y me di cuenta que sigues siendo el mismo, que sólo te has cambiado la máscara. En cambio yo hace ya tiempo que reformé el interior, pero me dejé la máscara de siempre puesta, por seguridad.

60


Un minuto más. Ése es el estúpido margen que me doy, como si esperar fuera a solucionar algo. Me sudan las manos, cómo no. Tal vez todo cambie a partir de aquí y no tenga que volver a dar pasos en falso, puede que mi vida se convierta en algo dulce y no en algo defectuoso y agrio. Aún sabiendo que es un buen cambio, el miedo me rasga la valentía por el centro. Cuando te acostumbras a algo, aunque sea lo peor y duela y no avances, ¿cómo no va a darte miedo cambiar, salir de lo que conoces y deshacerte de un momento de tu vida? La maldita costumbre marca mi vida. 
Cierro los ojos con fuerza e intento respirar. Voy a cruzar la línea. ¿Voy a cruzar la línea?
Mi vida pasa por mi mente, deprisa y con malas intenciones, como -según he oído siempre, y ahora no me veo capaz de cuestionar nada que no sea a mí misma y mi modo de vivir- ocurre cuando crees que vas a morir. No hago caso de nada de eso. No quiero recordar -otro de esos vicios, eh- porque es lo peor que podría hacer ahora. Por un momento creo que puedo caer y perderme porque le veo. Pero no es mi mente, no soy yo, es que he abierto los ojos y le sigo teniendo delante. Está encorvado sobre la mesa, escribiendo algo con un bolígrafo verde.
Decidida, con la energía fluyendo por todo mi cuerpo, abro la boca para hablar. Y rompo a llorar. Porque sé que no soy capaz de dar el paso, estar sola y averiguar qué sería de mi vida sin el veneno más dulce del mundo.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

79



Aquellas noches y el azul de su núcleo.
Aquellos días y el verde de sus ventanas.
Aquellas tardes y el negro de mi alma.



He llegado a preguntarme si merecieron la pena pero, ¿qué importa?