Por una vez la quemazón no es un reflejo de las palabras amontonadas en el filo del hidrostato muscular. El líquido baja por el esófago y se reúne triunfante con el interior de su anatomía. El vacío, al recibir el chocolate caliente a una temperatura digna de la roca derretida, entra en ebullición. Borbotea y se mueve y se extiende y quema; y tal vez al fijarnos podríamos adivinar el vapor de vacío que asciende libertario hasta dar con la salida y abandonar el cuerpo. Ya tuvo el gusto de abusar del crepitar del fuego entre los huesos. Nadie, ni el más brillante experto en la materia, podría atisbar en su rostro de corte romano ni un solo indicio del vacío que le hierve dentro del tronco. El cuerpo se calienta, el vapor que no sale permanece, la vida pasa entre sorbos de chocolate caliente con el que las penas esperan ahogarse; pero siempre hierve algo y le baja por la garganta algún salvavidas que no es más que el eco de una idea que en realidad nadie pensó. Y como el cuerpo arde y el tiempo se consume hasta volverse ceniza, se vacía las costillas con paciencia. Alimenta el fuego. Sube la temperatura. Y la ebullición sigue y sigue, ablandándole la carne desde dentro, quemando, arrasando. Nuestra tetera humana abandona por un instante el verano mental y clava la mirada en el reloj de pared. Son las seis y trece de la mañana y las manillas quietas de un reloj que podría ser una ventana al mundo le obligan a asegurar que ya llegó al punto de odiar por amar demasiado.
Las mejores historias son las que hablan de lo que no cuentan, ésas que tienen otras letras impresas en los márgenes y entre los huecos de los renglones. Las mejores historias son las que dejan rendijas, grietas pequeñas por las que descubrir qué es lo que se mueve dentro de todo.
¿Qué significará el tiempo sin relojes?
lunes, 29 de abril de 2013
de ánimo caliente
miércoles, 24 de abril de 2013
más allá de mí
Me dan igual las excusas. Me parecen una pérdida de tiempo, una bonita forma de engañar y engañarnos, de poner máscaras que a veces arden por sí solas. Y no me importa no ponerlas porque a veces soy incapaz de pensarlas; a veces soy sincera por pura desgana, por inutilidad.
Cometo errores. Muchos. Los cometo a montones y la mayoría de las veces no soy consciente de que estoy actuando mal hasta que la situación me explota en la cara (porque los errores son burbujas y las burbujas siempre, pero siempre explotan). Y a veces me gusta pensar que puedo lanzar los errores a la estratosfera y dejarlos para siempre allí, mirándome desde arriba, en un eterno ángulo cenital tras el cual no puedan hacerme daño ni hundirse en mí como dagas envenenadas. No tengo ni idea de cómo hacerlo. No sé alejarme de nadie ni de nada porque, qué quieres que te diga, a veces la distancia que puedo poner entre mi persona y lo ajeno a ella puede significar un distanciamiento con esta loca que tengo dentro y a la que tengo que soportar cada día. Cada día, cada semana, cada mes, cada año; no caduco pero sí tengo marcado el consumo preferente. Y lo peor de todo es que no me canso del zigzag de mis pensamientos tontos dentro de esta cabecita mía que está hueca y no se llena.
No soy capaz de pensar con normalidad si no es a rastras. Tengo que agarrarme por las muñecas y lanzarme con fuerza hacia el camino que creo bueno y lógico. Tengo que volverme dos personas en una, comprimidas, existiendo de la mano pero arañándose las piernas, y lo hago casi sin querer. Y es que no puedo concebir una vida llevada únicamente por la parte que hoy teclea; la parte que no sabe pensar si no es por escrito, que no se entiende si no se lee. Lo sé. Tal vez esto sea un problema. Tal vez esto pueda llevarme a la tonta paradoja de que cualquiera que me lea (y que soporte leerme) llegue a conocerme tanto como yo lo hago. Porque al fin y al cabo no soy más que un personaje ajeno a mí, alguien que me ve desde fuera, que mira con un telescopio pequeñito a través de mi ventana. Me espío a mí misma y así intento saber quién, qué, cómo y por qué soy. Y a veces lo consigo.
Tres ideas tontas. Estúpidas. Hoy mi cabeza me abandonó, ignorando mis gritos, mis peticiones, y agarró un jetpack para salir propulsada hacia las nubes y quedarse ahí a dormir. Por eso no sé pensar.
No sé pensar, pero de nuevo me importa una mierda.
(Y me despido hoy así,
con una de estas palabras feas que no sé por qué digo tanto.
Me despido de ti, que me lees, que me soportas, que me conoces,
y lo hago casi sin querer.
Y hoy te hablo directamente a ti
que te pasas por aquí
a ver qué te cuenta esta desequilibrada que se contradice por lo menos una vez cada dos segundos
y cambia de opinión igual que de color de uñas.
Lo sé.
A veces puedo ser irritante.
Puedo deprimir.
Puedo cansar.
Porque no sé pensar.
Y cuando no pienso, soy como un tren descarrilado.
Así que gracias por soportarme, por estar, por conocerme, por no marcharte aunque te ametralle con mis historias tontas
y mis palabras feas fuera de contexto.
y mis palabras feas fuera de contexto.
Buenas noches.)
Reina del Drama.
PD: Se busca cabeza perdida. Recompensa a negociar.
lunes, 22 de abril de 2013
casinoexistes
Vamos a omitir que no conoces estos diecisiete míos que me hacen querer parar el tiempo y guardármelo entre las zanjas de la mano.
Vamos a omitir ese mundo estratosférico de fuego líquido y sonrisas no tan limpias al que viajamos aquel día en el que empezaban mis dieciséis. Vamos a omitir que esos mismos dieciséis fueron los que terminaron alejándome de ti y se convirtieron en un año de mierda que quería aparentar estar pintado de flores.
Vamos a omitir que cumplieras la veintena mientras me reprochabas que no iba a acordarme (cuando lo cierto es que aún recuerdo la fecha y lo he hecho siempre).
Vamos a omitir aquellos quince míos de quererte en un susurro y no saber no recordarte al pensar en mí misma.
Vamos a omitir mis catorce de tenerte sólo un poco y perderte sin que tú me perdieras, de que aparecieras de vez en cuando y me agarraras con anzuelos las comisuras de los labios para hacerme sonreír.
Vamos a omitir mis trece de casinoexistes, de rebuscar entre mis cajones por si te encontraba de repente aunque, qué quieres que te diga, no sabía qué buscaba (mis trece de aquella conversación nada importante que los dos recordábamos al llegar los quince).
Vamos a omitir mis doce de conocerte sin querer y reírme por lo bajo de tus chistes, del chico mayor, de no saber a qué me enfrentaba.
Vamos a omitir que siempre estuvimos presentes pero que no lo sabíamos.
Vamos a omitir que tal vez el destino (si es que existe) quisiera darnos una lección de ésas con las que en teoría deberíamos aprender algo.
Vamos a omitirlo todo porque ya no importa, porque el tiempo borró con una goma áspera todo lo que significaron las llamas frías de una adolescencia que todavía no ha terminado.
Vamos a omitirlo porque no queda más remedio.
Pero no puedo omitir que hoy me acordé de ti al abrir cierto libro y encontrarme un pétalo seco de rosa que no sé cómo se coló de nuevo en mi vida. No puedo omitir que la primavera me jode un poquito cuando te paseas por mi cabeza con las manos en los bolsillos y colorines en los ojos. No puedo pero quiero, y la impotencia de no quererte pero recordar lo que era hacerlo (una puta montaña rusa) me trae una sensación que nunca entenderé.
Vamos a omitir que hace calor. Centrémonos en el frío de aquel diciembre que lo rompió todo. Tal vez así me dé por volver a reírme de todo y de mí.
domingo, 21 de abril de 2013
que nuestra historia se deslice semana a semana, bajando por mis manos y recorriendo tu espalda de hielo y horas rotas
conocerte un lunes
sin morder los martes,
siempre riéndonos el miércoles
(a quemarropa)
y querernos un poco el jueves,
y estirar un "adiós" de viernes
para creer el sábado que te he olvidado
y el domingo morderme las uñas
sabiendo que el lunes
todo volverá a empezar.
sábado, 20 de abril de 2013
23
¿De qué manera medir mi vida, el pequeño tren que corre y a veces se para porque no tiene ganas de seguir? ¿De qué manera seguir adelante, sin mirar nunca hacia atrás pero sin proyectar mi mirada hacia un futuro tal vez inmediato en el que ya no estés a mi lado? ¿De qué manera conservarte?
¿De qué manera vivir?
miércoles, 17 de abril de 2013
normal
Quizá mañana encuentre adrenalina escondida entre los azulejos, agazapada, acechándome, esperando el momento de saltar y morderme. Quizá mañana, sólo mañana y ojalá mañana...
¿Por qué mañana?
No lo sé. ¿Por qué no? ¿Por qué no pronto? ¿Por qué no mañana?
Ah. Ya.
Hoy no sé pensar, así que no sabré si pensármelo.
Quizá mañana encuentre razones para volver a mirar tus pecas. Quizá estén entre las sábanas.
¡Hoy no sé pensar
y me importa una mierda!
miércoles, 10 de abril de 2013
y ya no sé
Que quién soy, dices. Que en quién me he convertido.
No soy nada. Soy un trozo de materia fría que no sabe ser estable, que rompe con todo, que no sabe estar callada, que no te dejará pasar delante. Soy un poquito de nada dentro de una taza manchada de café, y no me importa porque sé lo que soy y sé por qué. Sé a dónde voy, a dónde quiero ir. Sé en todo momento dónde estoy. Y saberlo es lo único que pido; sólo eso y poder levantarme cada día y decirme a mí misma que no tengo nada que esconderme, que soy quien soy y no quien debo ser. Porque no creo en nada que no mueva lo que llevo dentro. No creo que nada que no sea de verdad. Tal vez (y sólo tal vez) me equivoque. Sé que siempre me llamo idiota. Sé que siempre digo que no me entiendo, que no sé nadar dentro de mí. Pero nada de eso quiere decir que no sepa que soy quien quiero ser, quien soy por dentro.
Así que si tú, precisamente tú, me preguntas quién soy te contestaré con un silencio espeso (de ésos que odias). Y lo haré porque a veces también soy silencio. No esperes más de mí. Al fin y al cabo, no soy ni seré nunca quien debo ser (quien tú quieres que sea).
Gracias por darme lecciones que antes no entendía. Y discúlpame por no abrirte la puerta de mi cabeza. Perdí la llave.
martes, 9 de abril de 2013
decisiones de tarde y café con leche
Ya no estás.
Y no sé si exponerte educada y dignamente que me importa una mierda tu ausencia o hacerme la buena para que me eches de menos y decidas volver.
Ya no estás.
Y me importa una mierda, cariño mío.
Así de rápido decido.
sábado, 6 de abril de 2013
círculos concéntricos y poco más
"Olvídalo. La vida no son círculos concéntricos."
No puedo evitar reírme cuando sus palabras resuenan en mi cabeza. Me río como una loca, sola en el sofá con una revista abierta sobre las piernas y la mente cerrada sobre los hombros. Le recuerdo. Su imagen aparece poquito a poco, haciéndose esperar y yo no me impaciento. Primero son sus ojos, negros como el cielo que me espera en el balcón; luego aparece su rostro al completo y vuelvo a reírme. Soy así de simple. Ya sé cuántas pestañas tiene y no tengo por qué seguir contándolas. No me importa recordarle a medias mientras le cuento a mi amigo envuelto en cristal lo que pasó.
-Fue todo una mierda -le susurro, rascando su etiqueta con la uña del dedo índice.
Miro el reloj. Son las doce en punto. Ni un minuto más ni uno menos. Le hago una peineta, harta de preguntarle por qué conspira con el mundo para romperme los días y atraer mi mirada justo cuando son las en punto y puede darme por pensar que he perdido otra hora sin hacer nada. Observo la botella. No sé cuándo la compré, pero estoy segura de que lo hice en esa tienda tan fea que está a dos calles. Pensar que viene de ahí me pone el vello de punta, y no precisamente de la emoción. Me imagino al dependiente colocándola en la estantería, preguntándose si la compraría un ejecutivo importante o una mujer con tacones. Premio: una idiota en chanclas; una idiota sin corazón. Supongo que malgastar una bonita noche de primavera sentada en el sofá, botella en mano -o en boca, según el momento-, recordando estupideces es no tener corazón. Por lo menos sé que hacer daño a las personas que quieres es no tenerlo. ¿Y a quién voy a querer más que a mí misma?
Vuelvo a reírme porque la ocasión lo merece y su imagen no me deja. La tengo tatuada en el cerebro. He intentado arrancarla miles de veces y sólo he conseguido abrirme heridas y rasgar mis cicatrices. Bebo otro sorbo y ya la garganta no me pica; tal vez la tenga quemada de guardarme las palabras. Trago y a la vez intento doblarme, volverme el mínimo y perderme entre la oscuridad de mi propio cabello. Y no lo consigo. Últimamente soy un conjunto de despropósitos pegados con superglue.
-Fue una mierda, y mi hermana siempre me decía que toda la mierda es pasajera. Entonces, ¿por qué yo no avanzo?
Miro la botella. Me doy cuenta de que estoy esperando su respuesta. Me doy cuenta de que ya la tengo yo, dentro de mí. Y me da igual. Me da igual porque sé que responderme no va a servir de nada; si ya tengo la respuesta y me aporta más bien poco, ¿para qué sacarla a la luz? ¿Para qué darme más motivos para hacerme un ovillo en el sillón y morderme los labios entre tanto autoengaño? Me he convertido en esto. En sábados por la noche en pijama, en botellas que se vacían a la velocidad del tren, en pañuelos manchados de rimmel. Me he convertido en otra persona, en aquélla que siempre odié. Y a fuerza de haberme convertido en ella me doy cuenta que nunca tuve que odiarla; a fuerza de ser alguien que no soy me doy cuenta que ser yo era difícil. Y puede que me dé pereza volver a vivir de la misma forma. Puede que me deje ganar. Al fin y al cabo, mi vida la manejo yo. Me miro las muñecas en busca de algo parecido a un hilo. Y no encuentro nada. Lo que yo decía: no tengo mi un pelo de marioneta.
La vida no son círculos concéntricos... ¿Cuántas veces habré intentado entender cuál fue el desvarío que le llevó a escupir esas palabras? Ni siquiera fui yo quien se las arrancó. Simplemente las soltó como si llevase muchísimo tiempo guardándoselas debajo de la lengua, y yo le miré con los ojos entrecerrados, esperando disculpas o explicaciones. Pero no las hubo. No hubo nada, sólo su sonrisa de niño malo y la mía de medio lado que se esforzaba en disimular lo que realmente me hizo gracia. ¿La vida no son círculos concéntricos? ¿Nada influye en lo que ocurre? ¿Los episodios vividos van aparte, puedes dejarlos de lado o guardarlos en cualquier cajón para seguir viviendo? En fin.
No se puede bucear en unos ojos que el recuerdo te regala. No se puede leer una mente que está dentro de la tuya. Así que asumo que se me acabó el tiempo de hacerlo. Se escurrió por mi piel y cayó al suelo como gotas de sangre. Y el tiempo que ya no está me hace pensar en las gafas de buceo emocional que nunca llegué a ponerme. Nunca llegué a satisfacer mi curiosidad y meterme dentro de la mente más profunda de nuestros dos centímetros habituales de distancia. Y no lo hice porque creía que nunca me faltaría tiempo para hacerlo; no lo hice porque pensaba que era preferible descifrar el acertijo poco a poco. Me quedé así, cosiéndome a él, arañando nuestros lazos y pegándome al vacío. Se movió algo dentro de mí. Estoy segura.
Clavo la mirada en la botella. Llena se veía más bonita. No tenía dibujados estigmas de culpa. La lanzo contra la pared con tanta fuerza que me asusto, y una lluvia de cristales acuna las nebulosas de mis ojos. Oigo como caen al suelo pero no lo escucho; solamente escucho mis propios pensamientos, que en estéreo se repiten con el ímpetu de una tormenta de las que suspenden conciertos. Ojalá pudiera quitarme estos auriculares internos y dejar de oírme un rato, ya que parece que no soy capaz de callarme.
Me pongo de pie y, joder, me clavo un cristal. No me duele tanto porque ya soy inmune a cualquier tipo de dolor; soy como una armadura viviente que, sin nadie dentro, camina por sí sola; soy algo que está roto y ya no puede volver a romperse, a consumirse, porque no puede ir a peor. O tal vez sólo esté un poquito borracha. Quién sabe. Y es que la vida son círculos concéntricos y yo estoy encerrada en uno.
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cosas indescriptibles,
los detalles hoy me roban,
LotL
domingo, 31 de marzo de 2013
viernes, 29 de marzo de 2013
40
Ojos. Del color del café. Me moldean con los lásers de sus pupilas. Me cambian, pero por dentro. Así, dejo de ser la misma idiota de siempre para ser, cómo no, algo nuevo.
Pero idiota, al fin y al cabo.
sábado, 23 de marzo de 2013
43
Todo mi miedo reside en esa palabra, en esa despedida que sé que algún día tendrá que llegar. Vive ahí, dentro de mí, esperando el momento de salir al exterior y romperme del todo. Como si me odiase más de lo que ya lo hago yo. Como si pudiera evitarlo.
1:
QUERERNOS POCO Y MAL
viernes, 22 de marzo de 2013
-Mi voz sin ser la mía-
Me llega con el aire. Es la voz, aquélla que tengo clavada dentro, aquélla que ignoro pero escucho, que me vacía pero me llena, que detesto pero que siempre espero. Es la voz de las pequeñas cosas que, no sé por qué, traen grandes emociones. Es mi voz pero no es la mía; es la voz de todo lo que algún día me detuve a mirar y todo lo que, tal vez, se detuvo a mirarme. Es su voz y cuando la oigo, o cuando se oye en mí, se me llena el hueco del centro de todo. Es la voz, aquella voz inquebrantable, aquella voz irrompible, aquella voz que me persigue.Me llega con el aire e invade mis oídos con la fuerza de una tormenta. Llega a mí sin más, sin preguntar y sin anunciarse. Entra en mí con la prisa que siempre ha tenido y tira de mis hilos. Tira de mí y lo hace hacia arriba, intentando que me eleve. Pero yo, que siempre he sido testaruda, sigo bajando. Y lo hago sin ganas. Lo hago con los ojos cerrados, los puños tensos, el corazón en el bolsillo y la voz en los oídos. La voz que llega a mí como una bala; la voz, la risa, el llanto y la vida. La conozco y sé qué quiere. Me conoce y sabe qué no quiero. Ambas sabemos lo mismo e intentamos que la otra se retire, que gire y se muerda la lengua.La voz llega a mí deprisa y después me invade poco a poco. Se pega a cada uno de mis huesos, a mis venas, a mis órganos, se pega a mis córneas y me impide ver. Se funde con mi sangre pero no se vuelve roja. Se fusiona con mis dedos y mis rodillas, iniciando así el juego que nunca quiso parar. Me hace y me deshace veintidós veces por segundo y yo, ¿qué hago? Me rindo. Me dejo. Me abandono. Permito que la voz entre en mí y me sature los oídos, porque es mi voz sin ser la mía. Intento no volverme suya pero no puedo. Ya no soy."¿Qué fue lo que pasó?", me pregunta. Lo susurra a gritos dentro de mi cabeza hueca. Las palabras me llegan de la coronilla a los talones, consiguen fluir con mi sangre y me invaden un poquito más con cada latido. 'Pum', y luego soy voz. Le contesto con la voz gastada y áspera que jamás ha conseguido hacerle sombra, ésa que es mía y es mi voz. "Soy una chiquilla", le digo, y así intento excusarme y convencerme a mí misma de que es cierto. Intento convencerme a mí misma de que tengo excusa, aunque sea la más barata. "Soy una chiquilla", repito a conciencia, intentando llenar la habitación con esta voz que ya no uso. Y vuelve a preguntar. Lo hace con voz de noche, de lluvia, de blanco, de victoria, de humo. Me quedo sin palabras por primera vez en poco tiempo y entonces, sin motivo, la voz empieza a pellizcarme por dentro y empieza a doler. La siento como nunca antes, dentro del todo, arrancándome la esencia y llenándome de ella.Es la voz. La única que consigue entrar en mí. La única que puede cambiarme con tijeras y cinta adhesiva. La única de verdad, que miente sin máscara, que es luz y nada más. La voz, su voz, mi voz, la que llega con el aire y no se va. La voz, ésa que es mi voz sin ser la mía.Soy una marioneta y unas manos pálidas me guían. 'Pum', y después me caigo. Veintidós veces por segundo.
lunes, 18 de marzo de 2013
De nada.
Aquel "Gracias por existir" se me quedó clavado en las yemas de los dedos y mis ojos, en el fondo, dejaron de concentrar luz más allá de la oscuridad de las pupilas. Así, se nos terminó el tiempo y dejamos de ser uno, eternos, inmutables, sólo tú y yo bajo nada. Nuestras manos fueron sólo manos, nuestras vidas sólo vidas y nosotros fuimos sólo tú y yo. Nunca juntos. Separados por aquella fina e inquebrantable línea que me rompía en zigzag.
lunes, 4 de marzo de 2013
Las pupilas de Gerard y vivir dentro de ellas.
Hay algo mágico en las pupilas de Gerard. No sé decir con exactitud qué es, y eso hace que la magia de la que hablo crezca y me engulla de repente cada vez que las miro. Es algo que está dentro, en el fondo de todo, nadando con ira en la negrura de esas pupilas que tantas veces me han robado el sueño. Podría ser un remolino, espirales eternas que no terminan nunca y se unen y se separan, se funden y se alejan en una danza maldita y perfecta; pero no lo es. No se distingue del intenso negro de sus dos charcas de noche concentrada; está ahí, invisible, y de vez en cuando saca un tentáculo a la superficie y me agarra por el cuello para, así, convertirme en esclava de esa magia negra.
Ahora mismo le miro, e intento evitar mirarle a los ojos. Tiene los labios fruncidos mientras mira el pobre contenido de su plato. Su frente muestra esas arrugas que tanto me atrajeron cuando le conocí. Le miro y no veo nada, no siento nada, mi interior es como un enorme cuenco vacío o, si lo prefieres, lleno de nada. Y por eso evito mirarle a los ojos. Sé que en cuanto lo haga no podré escapar. Me quedaré aquí, clavada a esta silla que podría tener cien años; me quedaré paralizada y fría, y todo lo que hay a mi alrededor se convertirá en simples siluetas sin contenido, como un mundo a contraluz. Un mundo oscuro que, si lo pienso bien, podría rozar la perfección. Pero un mundo solitario, al fin y al cabo; un mundo en el que no podría ver nada más que sus ojos. Sus pupilas se dilatarían hasta el infinito y yo me quedaría eternamente dentro de ellas, en su radio de acción.
Eternamente. Sopeso el significado de esa palabra cuando, sólo por un momento, mi mirada abandona los ríos de la frente de Gerard y se posa sin querer en sus ojos. Acepto mi derrota y digo adiós. No me queda otra.
martes, 26 de febrero de 2013
03
Siempre he odiado las promesas, y eso es, básicamente, porque odio las mentiras piadosas. Prometer es mentir a largo plazo; es hacer daño, porque cuando todo se rompe y tú también, recordar que te prometieron que nunca te dejarían es una puta mierda (y esto, dicho suavemente). Así que, como las palabras se las lleva el viento y odio que las líneas apunten al suelo, prometo no volver a hacerte promesas porque mentirte es algo de lo que jamás podría estar orgullosa. Porque sé que ese tipo de mentiras edulcoradas pueden llegar a cortar como cuchillas y, a la larga, en vez de convertirse en lo que se dice que llegará a ser, una promesa puede convertirse en una tortura, una ruptura con la que era tu realidad entonces, un dolor irremediable que tiene como cumbre la impotencia más maquinal y absoluta.
Y sí, conozco tu forma de hacer caso a lo que te pido.
viernes, 22 de febrero de 2013
miércoles, 20 de febrero de 2013
Tendiendo a gris
Te dejo buscarme sólo si me traes la vida a gritos,
si compartes conmigo un par de tragos de amagura
y me prometes que al marcharte no dejarás palabras flotando en el aire.
Te dejo buscarme, pero haz el favor de encontrarme.
Y si no me encuentras grita,
que cuando se trata de tu voz el sonido conspira conmigo
y te trae siempre directo a mis oídos.
Y vuelta a empezar.
00
Me enseñaste que la vida tiene dos caras y que yo tengo cien. Me enseñaste a soñar despierta, con las pestañas llenas de amargura y el dolor marcado en las ojeras; a reírme de la vida si no soy consciente de que me estoy cayendo; a vivir de pie, sin inventar mil maneras para no hacerlo; a seguir siendo yo y no dejar de serlo jamás, porque soy quien soy y ya dejé de preguntármelo. Me enseñaste a quererme aunque no pudiera y a quererte si podía. Me enseñaste que todo fluye y todo se marcha, y si nada importa es porque nada dura; que la vida entre momentos también existe; me enseñaste el mundo más allá de lo que yo sabía, porque podías. Me enseñaste, de muchas formas, que la vida no son círculos concéntricos. Lo hiciste sin darte cuenta, solamente regalándome tus suspiros y dejando que te arrancara la paz que encontré en lo más hondo de la noche de tus pupilas. La arañé y me quedé con ella, la guardé para mí y tú, sin ella, seguiste mirándome fijamente y no bajaste la guardia regalándole al mundo una de tus eternas caídas de pestañas (aquellas pestañas que eran mías y sólo mías, que enmarcaban aquellos ojos que quería guardarme y las estrellas que siempre quise ver en ellos). Me enseñaste todo sin esfuerzo y me obligaste a echar una mirada al desastre que llevo dentro, me hiciste ver lo que tengo y verme a mí.
Tal vez pueda agradecértelo algún día, pero hasta entonces seguiré recordándome a mí misma que me robaste parte de lo que siempre fui, que si yo te robé la paz tú te quedaste con mi alegría y que los milagros son sólo cosa de la Biblia.
domingo, 17 de febrero de 2013
Hacer, destruir.
Cuando la noche cae, caigo yo. Oscurece y me rompo en pedacitos muy pequeños, salen disparados y no hacen ruido. Y yo me encargo de recogerlos y pegarlos con celo, uno a uno, poco a poco, con paciencia y desgana, olvidándome de todo y olvidándome de mí. Así paso las horas, volviéndome a hacer, montando el peor puzzle de todos y dejando de pensar. Centrándome en mí, en lo que soy y en lo que quiero llegar a ser; centrándome en lo que podría llegar a ser si, cada noche, no me diera por romperme. Sé perfectamente que nunca podré arreglarme del todo y volver a ser lo que era al salir el Sol. Nunca podré ser la misma pero, a la vez, no podré ser diferente porque siempre sigo el mismo esquema, las mismas instrucciones nunca escritas; porque aunque no sea la misma, me parezco tantísimo que casi duele. Así, cada noche vuelvo a nacer y me recreo en un orden distinto, de distinta forma, pero siempre con las mismas piezas, siempre con la base que vuelve a romperse y a caer. Hacer, destruir. Y así una y otra vez, sin romper nunca el círculo vicioso, el ciclo imparable de noches frías y días llenos. Una y otra vez, dando vueltas como una ruleta, montada en la noria y recordando siempre aquella montaña rusa de la que decidí bajarme; recordando el vaivén, los cambios de velocidad; recordándome. Siempre cayendo a una velocidad de vértigo si aparece la Luna, mi alarma lejana.
jueves, 14 de febrero de 2013
miércoles, 13 de febrero de 2013
¿Qué me cuentas hoy?
Me encanta esa mirada tuya de "podría destrozarte ahora mismo con dos palabras, pero te escucho y no lo hago porque me divierten tus ojillos de cordero degollado y porque, qué demonios, nunca he sido tan mala persona. Creo. A veces lo dudo, pero es simplemente porque a veces creo que no me conozco lo suficiente, y sé que si algún día me diera por abrir la caja de Pandora esas dos palabras se multiplicarían y, entonces, llorarías de pura impotencia. Y, ¿qué haría yo? Reírme y luego arrepentirme, preguntarme de dónde brotaron las palabras e intentar tapar el agujero con un corcho. Seguir y luego reaccionar, y volver a guardarme, doblarme poquito a poco y meterme de nuevo dentro de mí misma para, así, volver a ser una perfecta desconocida para mí. O no. A veces lo dudo, pero en la duda hay esperanza y aquí sigo yo, mirándote con los ojos entrecerrados y la vida concentrada en las yemas de mis dedos".
Pero, claro, de lejos.
martes, 12 de febrero de 2013
38
Lo peor es la impotencia. Saber que algo va mal, que lo que tanto te esforzaste en guardar se te escurre e intenta echar el vuelo, y no ser capaz de hacer absolutamente nada. Y tener que ver cómo los lazos se destruyen y el hilo se tensa, sin hacerse esperar, sin esperarte. Impotencia al ver cómo ya no soy yo la que lleva esto, siempre de pie y estable. Ya no soy yo; no quería pasarte el testigo pero me lo arrancaste de las manos. No quiero volver a caer en lo de siempre y volverme otra vez frágil, cerrarme y sobrevivir. Quiero escaparme poquito a poco, como humo, en un grito fugaz que se quede colgado en el aire para siempre. Un grito invisible hecho de miradas mudas; un grito indeciso lleno de vacío. Y así, ser capaz de seguir. Destruir la impotencia sin destruirte. Quererme sin odiarte. Ser sin que seamos. Avanzar sin movernos. Existir sin tonos grises.
¿Sabes una cosa? Odio encontrar en tus ojos lo que siempre hallé en los míos.
miércoles, 6 de febrero de 2013
paso a paso
Sigo esperando el día en el que sobren las palabras entre tú y yo; el momento, la parte mínima de ese día infinito y deseado, en el que puedas decírmelo todo sin decir una palabra. Cuando ocurra, cuando el día llegue y yo -la eterna duda viviente- me de cuenta de que mi espera mereció la pena, podremos romper las normas y seguir, marcar el ritmo y dejar de vivir a medias. Podremos, porque siempre se puede, olvidar el pasado y construir un nuevo presente con las piezas de Lego más grandes del mundo. Construirnos, o reconstruirnos, y empezar a hacer camino al andar; andando en línea recta, no en círculos, aunque la costumbre siempre gane. Y poder para siempre decir que lo intentamos, que devoramos las palabras y dejaron de flotar, de mezclarse con el aire y meterse dentro de nosotros.
Algún día. Suena cercano, pero no callamos nunca y todavía no me he cansado de escuchar tus palabras huecas.
lunes, 4 de febrero de 2013
De destino inexistente y vacío incurable
Así, veo como todo se agota, y lo que yo creía una fuente inagotable de sueños se convierte en algo que debo cuidar. Me convierto, de repente y sin querer, en cuidadora de mí misma y dejo de ser libre porque llevo un lastre que me frena. Ya no creo armonía, no creo esperanza, ya no creo nada y tampoco creo en nada; soy como un cigarro que alguien terminó de fumar, como una botella vacía y una hoja llena hasta los topes. Hay algo, una de esas muchas cosas, que me pellizca desde dentro del alma y me hace fruncir el ceño. Es algo transparente, casi invisible; cuando creo que se ha ido vuelve, y cuando creo que lo llevo dentro, no lo encuentro. ¿Qué soy yo, si no puedo vivir con ello pero tampoco me conformo con que no esté? ¿Qué soy yo, o quién soy, si prefiero sentir pellizcos a no sentir nada, a gastarme del todo, a sentir que puedo evaporarme y ser como el humo de una vela? No hay nada más allá de lo que me obligo a creer, y la vida va girando como una peonza. ¿Y si me mareo? La cosa es girar. Seguir el ritmo del mundo para que, en apariencia, éste te siga a ti; ir siempre al mismo ritmo o un paso por delante, sin dejarte nunca pisarle los talones a la vida. Si tienes la valentía suficiente para nadar contracorriente, entonces inténtalo.
Pero si me vacío, si me gasto, si termino del todo con lo que llevo dentro y el aire se me escapa por los poros o, quizá, en un suspiro interminable, si la vida me adelanta y me quedo rezagada, siendo siempre la última, no pienso pensármelo. La vida va cambiando de color, y del rojo ardiente al azul oscuro no hay ni medio paso; del verde al gris, ¿qué puede haber? Si todo tiende a gris y las líneas apuntan al suelo, ¿qué puede haber? Estás tú, siempre ahí, marcando la diferencia, marcando el punto de partida y corriendo con fuerza, dejándote las suelas de los zapatos porque, si la vida se te escapa, tienes que ir tras ella. Si la vida avanza demasiado deprisa, vas a tener que ganar velocidad. Si te paras, no te va a esperar; si te paras, te vacías. No hay segundas oportunidades. Sólo hay una, y está ahí, puedes verla. Avanza, corre aunque te duelan las piernas y te quedes sin aire; corre aunque no veas nada, aunque te parezca que el suelo vaya a abrirse y a comerte. La única forma de caerte, es detenerte. La única forma de quedarte sin ganas, es quedarte atrás. La única forma de quedarte sin esperanza, es dejarla ir. La única forma de vivir es correr, girar, seguir. Siempre adelante, aunque lo que lleves dentro de lo impida, aunque quieran obligarte a parar.
Corre, avanza, no te pares nunca. Algún día llegarás a tu destino.
Y tú, ¿buscas o esperas?
¿Qué hay debajo del miedo, de la ira y del dolor? ¿Qué hay en el fondo, justo en el núcleo, donde todo surge y todo termina? ¿De qué color son los malos sentimientos? ¿Cuál es el límite? ¿Existen los motivos, o solamente somos marionetas del momento, de nuestro propio instinto? ¿No es cierto que somos como el niño temperamental, la madre clemente, el abuelo que fuma en su pipa observando el infinito, como los que se ven vacíos y apretados, cada vez más, por unas cadenas que ellos mismos crearon tiempo atrás? ¿Y con qué materia? ¿Existe algo que podamos crear dentro de nosotros mismos, algo que persista, la base de todo, algo a lo que llamar nosotros, o somos, sin más, producto del azar? ¿Qué es el azar? ¿Existe? ¿Las casualidades están ahí o simplemente se empeñan en jodernos o alegrarnos la vida deliberadamente? ¿Quién soy? ¿Quién eres? ¿Quiénes somos? ¿Tenemos que conformarnos con lo que tenemos, con lo que somos, o podemos mirar más allá, perseguir un horizonte que podemos imponer nosotros mismos, ahora, aquí, de esta forma? ¿Podremos caminar hacia él, siempre con paso firme y la mirada puesta en la meta, o tendremos que quedarnos estancados, observando siempre ese horizonte infinito que jamás podremos alcanzar? ¿Se moverá a medida que avancemos, alejándose de nosotros poquito a poco, oponiendo resistencia y haciéndonos sudar? ¿O será benevolente y nos dejará llegar si tenemos ganas, si utilizamos ese intento de herramienta llamado "esfuerzo" que nos empeñamos en dejar a un lado? ¿Sentiremos algo cuando lleguemos o habremos dejado atrás los sentimientos -miedo, ira, dolor-, existiendo en un plano distinto, buscando una nueva víctima, como asesinos en serie? ¿Es eso la vida, decidir si buscas o esperas?
Y tú, ¿buscas o esperas? ¿Buscas u observas? ¿Ves pasar la vida o intentas que ella te vea pasar a ti, difuminado por la velocidad? ¿Vas rápido o despacio? ¿Cambias, permaneces o estás siempre en el limbo, con el cambio buscándote y contigo evitándolo, huyendo de él por culpa de tus queridos amigos los opresores, Miedo, Ira y Dolor? ¿Buscas el cambio y la vida te pega al suelo, siempre sin dejar que te muevas, temiendo que huyas de ella y no vuelvas jamás? ¿Vas contra el mundo o giras con él, siempre respetando la armonía, sin romper las normas, sin romperte? Y tus esquemas, ¿están rotos? ¿Vives al margen de ti mismo? ¿Sigues tus normas o las que el trío fatídico te impone con mano de hierro y arte infame? ¿Quieres o no? ¿Esperas a que la puerta se abra o la abres de una patada? ¿Haces las cosas claras o llevas máscara, en un eterno carnaval urbano que funciona como invitación al purgatorio? ¿Te conoces, te conocen o te conocías? ¿Preguntas o respondes? ¿Eres un acertijo viviente o descifras otros? ¿Vida o supervivencia? ¿Amor propio o propiedad? ¿Suerte o consecuencia?
viernes, 1 de febrero de 2013
Los sentimientos, si los multiplicas por tres, dan cero.
Nadie preguntó por mis ojeras,
esas que llevaban tu nombre escrito a fuego
y una noche oscura guardada
para siempre en el filo de su curva,
torturándome por la mañana,
recordándome lo que la vida me prohibía,
que me faltabas y que sin ti
también faltaba yo a medias.
Nadie preguntó, doy las gracias en silencio
porque no sé mentir ni decir la verdad.
A medias, también te llevo,
y te llevo en los bolsillos
porque no sé dónde guardarte.
Puedo cegarme
si no me dejas ver la luz.
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Pensamientos
Hueco, vacío, infinito.
Sé que pierdo el tiempo pensando en nada,
omitiendo el mundo y olvidando olvidar,
olvidando que existe algo más allá,
que la vida sigue aunque pare de andar.
Pero si pierdo el tiempo ya lo encontraré,
y si la vida se me escapa, la dejo marchar,
que ya no colecciono momentos buenos
porque los desgasto antes de terminar.
Y algún día lograré entenderme
sin intentar explicarme.
Algún día lograré ser algo
que no se apague,
lograré algo dulce y amargo,
y que la llama se propague.
sábado, 19 de enero de 2013
El poder de las palabras.
Aquellas palabras se convirtieron en espíritu y, aunque
nacieron de la nada, vivieron siempre en la inconsciencia de personajes ajenos
a la causa de su vida. Aquellas palabras no quisieron ser tema de conversación,
solamente parte de la misma. Pero yo no tengo miedo ni paciencia y la noche es
demasiado corta para detenerse a pensar. Y ocurrió: las palabras se volvieron
líquidas y fluyeron por sus propias cañerías.
La frase más breve el mundo llevó consigo la peor
decepción de todas.
viernes, 18 de enero de 2013
Cosas que...
Quiero tener el poder de bucear en las personas. Quiero poder entrar en la mente de cualquiera, rebuscar y encontrar ese mundo que todos llevamos dentro. Quiero pasearme por mentes que no conozco y conocer, saber, entender. Y no hablo de detalles escabrosos de cualquier vida mal vivida. Hablo de formas de ver el mundo, de entender y de entenderse, de historias con trasfondo y moraleja, de palabras que se quedan a medias, de maneras de pensar, de valentía que puede esconderse en lo más hondo del alma, de imágenes, de personas tal y como son, sin máscaras, sin fachada. Sólo pensamientos y nada más allá; bucear, conocer, arriesgar y no ser parte, no cambiar nada. Quiero ser capaz de descifrar los acertijos que la vida disfraza de personas. Quiero y no puedo, y aunque poder hacerlo sería bonito, ¿dónde quedaría la gracia de descubrir esas cosas poco a poco, siguiendo las pistas y dando tú las tuyas? ¿Dónde quedaría la gracia de vivir, de descubrir y buscar detalles que jamás tendrían sentidos por sí solos?
Así que, ahí voy, poquito a poco, aceptando las reglas y jugando limpio. Como debe ser, o eso dicen.
jueves, 17 de enero de 2013
Consecuencias de tus paseos a media mañana
Cuando te vi caminando bajo mi ventana con las manos en los bolsillos, me volví incapaz de apartar los ojos. Andabas con aire serio, implacable; tal vez ni siquiera recordaras que estabas deambulando por mi calle, debajo del edificio en el que perdiste parte de tu vida aquellos días. Y mientras, yo, que me quedé el tiempo que perdiste y lo guardé para mí, te miraba pensativa. No esperaba que miraras hacia mí, hace tiempo que mi mirada dejó de ser un imán para la tuya. No lo hiciste, no miraste, y como siempre me tocó a mí asimilar que no vas a volver a mirar a mi ventana y que, tal vez, no lo hagas porque eres perfectamente consciente de que la fachada azul de mi casa podría clavarse en tus pupilas y hacerte preguntarte qué es de mí. Sin embargo, te detuviste, frío como el hielo, y te sentaste sin ganas en el banco. En mi banco. El que ya no es tuyo, el que ya no es nuestro; como dos padres que se divorcian y comienzan una desarmada guerra por la custodia de los niños, luchamos por ese territorio. Le grabaste aquella frase que tanto odio esperando que acercarme a él pudiera proporcionarme una tristeza asquerosa (simplemente por la satisfacción que pudiera darte que lo más cercano a mi puerta me trajera malos recuerdos) y yo, menos predecible que de costumbre, empecé a sentarme en el banco de la discordia la mayoría de las mañanas mientras tú pasabas por delante. Después, concediéndome la victoria, cambiaste de ruta y no te volví a ver en meses. Hasta el feroz momento en que te vi, hace horas, sentado en el puto banco, mirando el móvil. Me apoyé en el alféizar de la ventana, cansada de todo y de nuevo de ti, de mí y de la materia oscura que siempre me oprime el pecho cuando pienso en ti. De echarte de menos cuando no sé hacer otra cosa. De recordarte y recordarme, y de ponerme a revivir momentos que nunca me han llevado a ninguna parte.
Te observaba, ahí, sentado a unos metros de mi ventana. Sabía que no me estabas provocando. Parecías una persona nueva, totalmente distinta, a la que le hubieran vaciado la cabeza y, después, se hubieran olvidado de guardarme. Se llama amnesia selectiva y la sufren los que son como tú, pensé, regalándome a mí misma un poco de autocompasión. Pensar en que algún día nos quisimos y lloramos por perdernos, en que algún día separarnos era algo imposible y la idea de poder llegar a odiarnos podía hacerte daño, me parecía una locura. Son cosas que ocurrieron, hechos de mi vida que tengo bien guardados en el cajón de las cosas inútiles; son pasajes del libro de mi vida que alguien se ha encargado de emborronar. El tiempo, con sus garras ponzoñosas, se metió dentro de mí -y de ti, tal vez- y se dedicó a jugar con los hilos de mi cabeza, de mi corazón y de mi alma hasta dar con la combinación perfecta, aquella que pudiera hacernos caer en la indiferencia más maquinal y absoluta. O quizá, simplemente, no lo premeditara y somos producto del azar. Quizá no haya nada más allá e, igual que te miraba desde la ventana con ojos dubitativos, podría haber estado dándote una bofetada, contándote las pestañas o mirándote a los ojos. En cuanto lo comprendí, te miré de forma distinta. Te miré y te estudié, buscando algo en ti, algo tan pequeño como un grano de arena, a lo que agarrarme; algo estúpido, irracional, una locura pequeña pero significativa que pudiera mostrarme que el destino existe, que notabas mi presencia y que podía irme a dormir tranquila. Y, como esperaba, no encontré nada. Te pusiste en pie y comenzaste a andar de nuevo, llevándote mi esperanza debajo de las suelas de tus zapatos negros. Te llevaste mis delirios contigo, tanto aquella noche como esta mañana y me dejaste hueca, insuficiente. Me devolviste al devenir irracional de mi vida; a la velocidad que me lleva y me maneja; al mareo constante, por culpa del movimiento; a la tortura de sentirme como me sentía antes, dolorida; a la horrible sucesión de imágenes que son mis días cuando pienso en ti e intento recordar mis errores. Te llevaste muchas cosas, pero con tu presencia y con la palpitante demostración de tu olvido -de tu amnesia selectiva- me trajiste recuerdos, el dolor de una herida a la que le han echado sal. Sin saberlo, hiciste que volviera a preguntarme quién eres, quién soy, quiénes fuimos. Hiciste que volviera, después de mucho tiempo, a cuestionarme a mí misma y a compararme con esa versión pasada de mí -y totalmente ajena a la actual- a la que tantas veces he odiado. Y no quiero pensar en nada que tenga que ver con la oscuridad de tu mirada sobre mis manos de dedos largos. No quiero sentirme vulnerable. Y es que, cada vez que apareces de nuevo, consigues devolverme al pasado a mí y sólo a mí, convirtiéndome en un complemento vintage de mi vida, que no tiene lugar entre la novedad y el avance.
martes, 15 de enero de 2013
Ella lleva la vida a rastras, siempre dentro de la maleta.
Cuando se le olvida, nunca se pregunta dónde. Construye otra y la lanza al aire, dejando que se pierda. Se vuelve de hielo y observa cómo se aleja, despacito, y a la misma velocidad comienza a derretirse. Oculta sus enigmas y, sin pensar, busca a tientas un horizonte que le devuelva los fulgores a sus ojos. Lo ve, no se lo plantea y lo sigue, buscando algo que jamás encontrará, construyendo otra vida más y volviéndose de granito. Lleva el mundo en las líneas de su mano; lleva magia, alegría, velocidad.
¿Y?
Zhanna corre hacia Edgar; es sólo una mancha que se desdibuja a través del montón de paranoias disfrazadas de personas. Las puntas de su pelo van siempre detrás de ella, en una especie de carrera improvisada contra sí misma; sus brazos oscilan hacia delante y hacia atrás, buscando el momento de abrirse; sus piernas se mueven con rapidez y maestría, y los golpes de sus pies contra el asfalto son casi dolorosos. Sus ojos podrían estar contemplando cualquier cosa, pero intenta sonreír de esa forma. Corre con ganas, con fuerza. El olor a humo que proporciona al ambiente un toque agridulce le hace correr más, desear ser un pájaro y echar el vuelo. Llega a él. Sin detenerse cierra los ojos, abre los brazos y cae al vacío.
lunes, 14 de enero de 2013
raros con manías
Un avión pasaba encima de nosotros la primera vez que me miró de aquella forma. Ahí, en la sede del infierno, me di cuenta de que jamás podría volver a vivir sin esa mirada.
38
"Podríamos ser antenas, compartir ondas y, así, lanzar un pensamiento y enviarlo, mandarlo lejos y, también, compartirlo. Podríamos ver avanzar la noche, poco a poco, ver como la vida va entrando en penumbra. ¿Conoces ese sentimiento, verdad? Todo va cambiando de apariencia y la noche comienza a envolver el mundo, regalándote ese efecto magnífico; todo muta, y tal vez no en apariencia, sino en trasfondo; ocurre todos los días y te hace darte cuenta de que, pese a todo, existe un equilibrio, algo que va más allá y que siempre está ahí, aunque tú y todo lo que tienes se esté rompiendo en pedazos. El orden invariable del mundo se convierte, a veces, en una señal que parece decirnos que seguimos vivos, que esto sigue en marcha. Podríamos compartir esa señal, ese sentimiento, esa certeza. Magnificar el efecto magnífico. Así, si tienes el privilegio de reordenarte con cualquiera de estos detalles, podrías agarrarte con todas tus fuerzas al equilibrio -aunque déjame decirte que él se agarra a ti por sí solo- y empezar a trabajar. Podrías detenerlo todo por un momento, llenarlo todo de paz, podrías ser, por ti mismo, el mensaje más bonito del mundo y trascender, quedarte para siempre dentro del equilibrio del mundo.
Podríamos ser antenas, compartirnos."
domingo, 13 de enero de 2013
miércoles, 9 de enero de 2013
domingo, 6 de enero de 2013
Tú, con la mirada vacía y el corazón roto. Yo, con la mirada rota y el corazón vacío. Llegamos, con olor a adivinanza y los nervios a flor de piel. Me transformas en una versión de mí que nunca he entendido, me invitas a leerte la mente un rato y después, de la nada, cierras las puertas. Y me dejas así, electrificada, con algo dentro de mí que me golpea para poder salir. Me frenas en seco y lo único que hago es mirarte, así, rota. Y soy yo la difícil. Soy yo quien es imposible de leer, quien tiene mil caras y te hace daño.
Por desgracia, ninguna historia tiene cara B.
Por desgracia, ninguna historia tiene cara B.
Puedo romperme
si me miras con ojitos tristes,
si esperas más de mí,
si no puedo llegar,
si me arrancas el dolor tirando de él,
si me buscas
y si no,
si me olvidas,
si me esperas,
si me atas,
si me sonríes,
si recuerdo,
si olvido,
si retrocedo,
si avanzo,
si escapo,
si me quedo,
si me vacío,
si me lleno,
si me derrito,
si me congelo,
si me irrito,
si me enamoro,
si me dueles,
si me dejas,
si te quedas,
si me cuentas,
si me susurras,
si respiras,
si te rompes,
si te ahogas,
si soy o no,
si eres tú,,
si lo veo,
si lo oigo,
si hay distancia,
si estás cerca,
si lo sé,
si no lo sé,
si me amargo,
si soy dulce,
si soy mala,
si soy buena,
si soy lo que soy,
o lo que pretendo ser.
Puedo romperme
porque ya no sé quién soy y me duele la cabeza de tanto preguntármelo.
Puedo romperme porque soy frágil y tú eres de hielo,
y ya no me funcionan las excusas porque sabes leerme los ojos.
Puedo romperme porque ya me faltan partes.
lunes, 31 de diciembre de 2012
31
Chica del reloj de arena,no me gusta terminar un año sin pararme a pensar qué lo ha hecho especial, cuáles han sido los momentos buenos y qué quiero conservar. Por eso, quiero darte las gracias -una vez más-. Porque tú, aunque no lo creas, me haces sentir especial. Me haces sentir bien cuando lo único que quiero es arañar la pared y arrancarme la cabeza; haces que quiera llegar lejos solamente porque alguien -tú- confía en que yo, un desastre andante, lo consiga. Haces que sonría -o que me ría a carcajadas- en los momentos más absurdos, más emocionalmente estúpidos. Y, por encima de todo, eres la única persona en la que me veo capaz de confiar en todos los sentidos.Te lo he dicho muchas veces: eres especial. A simple vista ya pareces genial. Pero, ¿qué voy a decirte? Cuando se empieza a profundizar en ti, a quitar las capas y capas que tienes -¿una cebolla, tú?-, aparece la parte realmente especial, ésa que no quiero llegar a perder nunca. Cuando quito una capa, encuentro algo. Y así, si voy quitando tus capas -¿escudos?- y accedo a partes de ti que no conozco, me sorprendo cada vez más. Eres increíble. No voy a parar hasta que te lo creas, y me da igual. Hay miles de cosas por las que eres especial para mí, por las que eres mi mejor amiga y lo serás siempre. Tú; la única persona a la que ni siquiera tengo que ponerle nombre, porque es obvio que te escribo a ti y sé que lo sabes. Tú; la única persona que me entiende cuando le digo que no sé qué coño me pasa. Tú; la única persona de la Tierra con la que puedo entenderme solamente echando una mirada tonta.En fin, tú, que quiero hacer muchas cosas contigo este año o el que sea, y cosas pendientes nos sobran. Hay muchos días en la vida y podemos hacer buenos un puñado de ellos o la inmensa mayoría, y si consigues soportarme un par de años más, haremos lo que nos dé la gana. Bristol anda cerca.Gracias por hacerme un poquito más feliz.Te quiere,
la de las estrellas de papel.two peas in a pod.
sábado, 29 de diciembre de 2012
95 wanna be your sunshine
Si me miras, me vuelvo transparente. Me vuelvo algo borroso y poco común, poquito a poco, cuando me disparas con los ojos. Me cruzo con tu mirada brillante y, dentro de mí, algo se enciende; mis manos van volviéndose negruzcas y la oscuridad me sube por los brazos como fuego líquido. El asfalto debajo de mí, que parece una mala imitación del espacio, se va volviendo visible a través de mis extremidades. Los rayos de sol que antes me abrazaban y me rodeaban van pasando a través de mí como si hubieran estado haciendo cola y yo, pequeña e impotente, me limito a mover los dedos. Me veo a mí misma fundiéndome con el escenario; te miro, desesperada. Apartas la mirada siguiendo un patrón: me miras un segundo, me liberas otro. Tus ojos se convierten en un metrónomo de dolor, de presión, de peligro. Giras la cabeza y me miras intensamente, volcando en mí todo lo que llevas dentro. Me tiras los neones de tus ojos, que son como lanzas que me atraviesan como la mismísima luz que me rodea. No soy más que una sombra bajo tu mirada asesina. No soy más que una silueta, algo que se desdibuja sobre los apagados colores de la ciudad en invierno; sólo soy un puñado de nada.
Corro. Me alejo de ti. Corro tan deprisa que, por un momento, creo que floto sobre la acera porque no siento mis pies tocar el suelo. Deprisa, me alejo del carbón de tu mirada; del miedo a perderme, a dejar de ser yo para tender a gris.
sábado, 22 de diciembre de 2012
42
Tienes dos opciones:
- Sobrevivir.
- Vivir, en el pleno sentido de la palabra: agarrando tu propia felicidad con los puños apretados, con el alma oscureciéndose por las esquinas, con los ojos brillantes, con el aire revolviéndote el pelo los días de viento, enamorándote poquito a poco de todo y de ti. Es como montarte en una montaña rusa; con subidas y bajadas. Pero, como es tu vida y eres tú quien la maneja, ¿por qué no disfrutar de la bajada, aunque te duela la garganta de tanto gritar?
viernes, 21 de diciembre de 2012
jueves, 20 de diciembre de 2012
miércoles, 19 de diciembre de 2012
Historias de una noche sin estrellas.
Delante de mí, parece una sombra y parece escurrirse. Sólo veo su silueta, que se recorta imperfectamente sobre la ventana abierta. Le veo apoyado y el resto me lo imagino: mira la calle con cansancio y la luz de las farolas se refleja en sus ojos negros. Me acerco despacio, temiendo por un momento que sólo sea una sombra y nada más; él no se mueve, aunque sé que oye mis pasos sobre el parqué. Le pongo una mano en la espalda y el movimiento es casi imperceptible. Me quedo ahí, parada y tratando de no hacer ruido al respirar.
Se gira deprisa y, antes de darme cuenta, me cruzo con su mirada oscura, negra como la noche.
-Tengo que llevarte al campo -dice-. Me parece increíble que nunca hayas ido; eres el prototipo de chica de ciudad, ¿sabes? -sonríe-. Te llevaré al campo y nos sentaremos en el suelo cuando comience a hacerse de noche. Cuando veas las estrellas, Zhanna, se meterán dentro de ti y te enamorarás de ellas.
Le sonrío y me sonríe. Vuelvo a fijarme en sus ojos y me imagino estrellas dentro de ese cielo nocturno -tal y como yo lo conozco- que tiene en la mirada. ¿Qué pasaría si decidiera meterme dentro de ellos y nadar? Podría decidirlo ahora, mientras le miro de frente y me tiemblan las piernas. Podría entrar sin llamar y hacerme dueña de todas sus historias, de sus virtudes y defectos, de su mente. Escaparía de la penumbra de una habitación que me parece infinita y entraría en la oscuridad profunda, donde todo y nada se unen para crear una realidad nueva.
En lugar de hacerme pequeña y entrar, cierro los ojos y me pierdo en el silencio bajo el enigma de su mirada. Al fin y al cabo, siempre me han gustado los acertijos.
martes, 18 de diciembre de 2012
sábado, 15 de diciembre de 2012
Reconstruirse.
Con las manos frías como el hielo, cogió lo que quedaba y lo miró con curiosidad. No parecía ser suyo, ni siquiera parecía ser lo que fue tiempo atrás. Era, y sería durante mucho tiempo, como una mala imitación de lo que seguía dando vueltas en su cabeza; pero era lo único que tenía. Y era mejor que nada. Lo miró con los ojos entrecerrados (aquélla, aunque no te lo creas, era su mejor mirada y para ella era como soltar copos de nieve por las pupilas) y por costumbre intentó trazar un plan B, un plan C y, por si se terciaba, un plan D. Con sola una salida viable, falló y se dio cuenta. Vio una mota de color en uno de los extremos y dentro de ella, como por contagio, comenzó a crecer el color verde de la esperanza.
Comenzó con esa pieza. La colocó en su sitio y, cuando lo hizo, no sintió absolutamente nada. Naturalmente se decepcionó, pero sintiendo que no podía ser cierto y dejándose claro que dejarlo no era el plan A, agarró otra pieza y la colocó. Algo dentro de ella -algo pequeño, por el momento- se revolvió y se dio la vuelta. Cogió otra pieza, una redonda y la puso en su sitio. La misma sensación. Así hizo con más y más piezas, con más y más partes desgastadas. Pensó varias veces que alguna de las piezas no iba a encajar por el desgaste y, también, porque no reconocía ninguna como suya. Pero todas encajaban, todas le hacían sentir aquello y cada vez con más intensidad. Llegó a oír como encajaban, como se fundían con lo que eran por naturaleza y se volvían una; una que ya existía, pero que no estaba completa, que no era ni siquiera la mitad de lo que algún día fue.
Reconstruyéndose desde los cimientos, algo se le escapó. Ella no lo vio, pero salió de su cuerpo como un cohete y se evaporó despacio.
Cuando terminó y sonreía por primera vez en mucho tiempo, se miró al espejo. Tenía los mismos ojos cansados, las mismas ojeras; su cabello seguía teniendo el mismo rubio oscuro que ella siempre calificaba de castaño; su nariz, con las mismas pecas, tenía la misma forma; tenía, aún, la cicatriz en medio del labio inferior, ayudándole siempre a recordar que ir en bicicleta sin manos era una estupidez; medía lo mismo; su ropa era exactamente la misma, naturalmente; sus manos seguían enrojecidas por el frío. Pero había algo. Estuvo un rato examinándose profundamente. En su rostro -que seguía igual de pálido que antes- había una luz nueva que no iluminaba nada, sólo brillaba por capricho. Pero, aunque no iluminaba, estaba ahí y constituía algo nuevo, distinto. Era lo que había estado buscando y nunca se había atrevido a encontrar. Era, por lo menos en aquel momento, lo más parecido a ella -esa versión pasada de ella misma, que era la adecuada- que veía desde hacía mucho tiempo. Y aunque no parecía del todo real y en vez de ser parte de ella el nuevo estado en el que se veía parecía coexistir con su falso yo, había triunfado. Aquélla era la semilla, el comienzo, el retroceso; era el final de la guerra consigo misma. Se había vuelto a hacer y esta vez se había hecho bien. Era como volver a nacer, sólo que con los errores ya cometidos, un futuro más brillante e, increíblemente, la conciencia totalmente limpia.
viernes, 14 de diciembre de 2012
Todo esconde algo.
Veo su mente a través del cuaderno. En la primera página, dibujadas con trazos tan finos que casi no puedo verlos, hay unas manos. Los dedos están estirados, relajados; son finos y largos, como dedos de pianista. En la segunda hay una taza de café humeante que me trae recuerdos. En la tercera, ojos verdes que miran de manera curiosa; uno de ellos está entrecerrado y me la imagino a ella, con la misma mirada inquieta y ese mismo verde intenso que se te mete dentro y nunca te abandona. En la siguiente, un árbol sin hojas parece saludarme y yo, tan simple, sólo veo invierno, sólo pienso en el frío y las luces de Navidad. En la quinta página, contra todo pronóstico, hallo palabras y algo dentro de mí se agita.
Nunca he encontrado un mundo entre el vacío de un folio en blanco. Nunca, te lo aseguro, voy a encontrarlo, porque allí donde nada existe y nada vive, yo no tengo cabida. No soy de esas personas que se frotan las manos y respiran hondo antes de agarrar fuerte el lápiz y apretarlo contra el papel y, en un abrir y cerrar de ojos, crean arte y crean armonía. Yo -y todo lo que tengo- soy un conjunto de esquemas que se repiten, flotan y abruman, y el conjunto no es ni grande ni pequeño. Sólo soy humana y tengo alma. Puedo cerrar los ojos y retraerme, nadar dentro de mí y encontrar algo, una cosa pequeña, que me haga sentir algo, algo grande. Cuando lo encuentro y lo agarro con fuerza, si no se me escapa puedo trazar líneas -siempre líneas con sentido, que coincidan y que parezcan desde el principio lo que van a llegar a ser, porque, como ya he dicho, no soy de esas que crean de la nada- y dibujarlo. Siento, siento de todo y los sentimientos se me escapan a borbotones por la punta de los dedos. Sangro dibujos. Supuro líneas, círculos, formas. Cuando miro mis trazos me veo a mí misma y nada más, y puedo ser tanto un gato como una silla. Me transformo, muto, cambio de forma y el lápiz es mi medio, mi máquina. Soy todo esto y soy una; soy hasta las hojas vacías. Soy humana, tengo alma y está aquí dentro, llena de borrones y trazos. Porque no encuentro un mundo entre el vacío de una hoja en blanco, pero puedo quedarme dentro.
Entonces, cuando volteo la página y me encuentro conmigo, con mi cara, tal y como ella me ve, se me escapa el alma por la boca.
martes, 11 de diciembre de 2012
43
Quiero que el suelo tiemble y, de repente, comenzar a caer en picado y sin remedio. Quiero caer y sentirme un Alicia sin vestido azul, precipitándome en un agujero que me parece infinito y pensar, como ella, que tal vez me dirija al mismísimo núcleo de la Tierra. Cuando esté cayendo, quiero cerrar los ojos y que el aire me corte los labios; quiero sentirme cada vez más cerca del final, más y más cerca, pero que éste tarde en llegar y, así, sentir que estoy volando. Quiero quedarme en silencio mientras caigo, no escuchar absolutamente nada y disfrutar de la ausencia de ruido; quiero aferrarme a la sensación y marearme, sentir como aquello me envuelve y dejarme llevar por el momento y por lo que llevo dentro. Quiero que el control se me escurra entre los dedos y no suspirar mientras caigo, mientras viajo hacia dentro; quiero que todo cambie entonces, entender lo que nunca me creí capaz de entender -entenderme- y convertirme en una versión distinta de mí misma, sin añadir nada, solamente eliminando. Y cuando esto ocurra y sienta que voy a terminar de caer, quiero despertarme, sonreír y acariciar el presente.
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