¿Qué significará el tiempo sin relojes?

miércoles, 21 de agosto de 2013

astronomía



miro tu foto, me doy el tiempo y el espacio para mirar tu foto un instante antes de clickar la "x" y que la marea de píxeles se disuelva, antes de que el contenido de mi pantalla cambie y vuelva a mostrarme algo totalmente ajeno a ti. pero miro tu foto porque ahora los píxeles te recrean a ti, son como un minúsculo collage de granos de arena que recrea la silueta y el relieve de tus facciones. y veo tu nariz, la montaña de tu cara; atisbo tu boca, la perfección trasmutada en labios, en carne y en rojo, en las ventanas de una garganta raspada de tanto guardar el habla; oteo tus pecas, píxeles oscuros de tu cara y tu piel, la tecnología en la maravillosa recreación de una playa, arena y piedras; diviso tus ojeras, profundas cicatrices de tus superficiales noches sin dar tregua al incesante movimiento de tu mundo; acecho tu cuello, la pálida piel que asoma por encima de esa camisa tan fea, tu garganta a la que corona un pequeño alien que piensa si ahorcarte, sí, hay quien lo llama nuez; espío tu piel, tus poros, la marca de tu afeitado mal hecho. miro tu foto, contemplo tu imagen, ésa que decías que era sólo carne, ésas de la que querías que no me fiase porque las viejecillas te tomaban por una buena persona. y me maravillo con la magia de la tecnología, con el hecho de tenerte en mi pantalla, sonriéndome como si nunca me hubieses, ¿cómo se dice? ¿fallado o follado? qué importa, como si nunca hubieses escapado de la ebullición de mi existencia. cómo le habría gustado a julieta golpear con el dedo un óvalo de plástico y tener a su alcance todo un álbum de fotos de romeo, o a ulises poder contemplar el suave y lejano cabello de penélope estático en el tiempo, o a apolo poder ampliar sus recuerdos sobre el rostro de dafne antes de que tuviese ramas. qué magia la del siglo actual, con qué facilidad podemos evocar el rostro que nos partió la vida y observarlo o espiar lo que ya creíamos olvidado o tirarle dardos con la mente. y siempre está ahí, esperando tu visita, quizá provocándote, haciendo que te jodas al pensar que las pantallas no son portales de ciencia-ficción ni máquinas del tiempo, y el instante congelado en la fría superficie del pc te hace revivir en el circo de la mente tantísimas otras fotos que nunca tomaste... pero, ¿realmente puede esta marea de minúsculos puntos acercarse, de alguna manera, a ti? ¿te estoy mirando o fijo la vista en una falsificación, en la carcasa vacía de un hombre, en un simple cuerpo pegado a una foto que alguien subió y que yo bajo a mis suburbios? falta ese telescópico brillo de tus ojos, la estrella polar que me gustaba encontrar mientras te miraba muy de cerca y me concentraba en redescubrir los rincones de tu yo presente, y esa otra versión, la nebulosa de cuando te quedabas un poco ido y mirabas al infinito y parecías discernir el alma del aire o de los pajaritos de papel. quizá por eso mire tu foto, quizá por eso haya tecleado el nombre que al comenzar tu existencia te fue asignado, quizá no sea como todas esas veces que miré nuestras fotos mientras bebía una o dos o tres o cuatro o cinco o seis cervezas, tal vez éste no sea un arranque de nostalgia de ésos capaces de tumbar la muralla china y joder siglos de defensa bien planeada. podría ser esto una misión de reconocimiento, yo en busca de destellos en el cielo, sólo astronomía.

lunes, 19 de agosto de 2013

sobre Jane Eyre y radiografías



Hablamos, hablamos del oscuro caserón del señor Rochester, de la risa aguda que Jane oía en el pasillo, de cómo la mente puede jugar con el mundo y conjugarlo como un verbo, de cómo aquella muchacha de dieciocho años parecía tener treinta, de cómo el amor podía darse en las circunstancias menos adecuadas para nacer pero en las más propicias para cuajar si lo hacía, de una historia pasional de ésas que inspiran el correr de la vida. Hablamos de vestidos de época y de la hostilidad que una familia acomodada podía llegar a mostrar por la sobrina huérfana, y él intercaló aquella primera frase de Ana Karenina, "todas las familias felices se parecen, pero las desdichadas lo son cada una a su manera". Me contó que escribía pero que no había nacido para ello; se hacía radiografías del alma, dijo. Escribía como si tocase el piano, a la velocidad de la mente, la dejaba libre. Quizá como leer pero al revés: no adaptaba su vida al ritmo, sino que adaptaba el ritmo a la vida. Después lo leía todo despacito y volvía a meterse dentro lo que había echado a golpes del interior del pecho. Y aquella lectura le ayudaba a conocerse, a construirse a partir de quien ya era. 
Me olvidé de todo: del ruido, del sitio, del olor, del dolor de mis dedos, del tiempo, de lo injusto, de lo mío, de lo ajeno, de mis dramas, de mis comedias, de la eterna imposición en la que mi vida había mutado. Aquel muchacho parecía tener el don de vaciarme la cabeza hablándome de literatura. Y es que su lengua era pluma y el aire tintero, y yo miraba embelesada cómo se movía aquella boca de tapas duras e intoxicaba la estancia con el rumor de las vivencias no vividas.

miércoles, 24 de julio de 2013

acto y forma

Me pregunto si en nuestros objetos residirá nuestra presencia. Si es posible que, entre los hilos de la materia, quede algo, una pequeña hebra de la parte más pura de nuestro ADN. Quizá en los objetos personales, en los cercanos, en los que disfrutamos. Me pregunto si es posible tener cerca la presencia de una persona solamente teniendo entre tus manos un objeto al que ha mimado de forma bilateral. Puede ser, no sé cómo ni por qué, una especie de consuelo; pensar que ahí donde tú posas los dedos el dueño del objeto también los ha posado, y darte cuenta que tal vez de alguna forma y por algún desbarajuste del espacio-tiempo, rozas sus dedos al rozar la caricia de la que se deshicieron. Cerrar un libro ajeno y posar levemente los labios sobre el conjunto de hojas, sobre la historia cerrada, el mundo encerrado; girar el reloj de arena blanca que no es mío; escuchar un CD cuyas notas han llenado ya los oídos de alguien que también tuvo mis palabras embutidas en el cerebro; rozar el papel con un lápiz que alguien olvidó entre mis cosas; intentar arreglarme el pelo con una horquilla que alguien me prestó cualquier noche de ésas que se hacen pasar por día. Gestos, actos insignificantes pero que, de una manera u otra, te acercan a los dueños de lo que, casi sin querer, por un momento proclamas como tuyo. Ya alguien amontonó las páginas leídas, la arena del reloj ya se consumió marcando el tiempo de otro, alguien ya tarareó al ritmo de Dire Straits mientras el CD giraba y era golpeado por el láser del reproductor, el lápiz ya esbozó otra letra, la horquilla ya sirvió para que a otro no se le amontonase el cabello frente a los ojos.

¿Para qué queremos objetos si no es para mimarnos? ¿Qué coño me importa que La Metamorfosis quede bonito, tan fino y pequeño, en el estante si no voy a crearme un nudo en la garganta con la agonía de Gregorio Samsa? ¿Y no quedo yo dentro de ese mimo, del disfrute, como si el tiempo que he gastado arañándome la vida frente al papel se quedase grabado a fuego entre la tinta? ¿De qué me sirve la lámpara si la luz me importa un carajo? ¿No puedo evocar las mil y una noches que pasé con ella antes de que la obsolescencia programada terminase de cuajar, o los días que quise convertir en noche cerrando fuerte las persianas para aislarme y, como una línea paralela, no llegar a tocar nunca el mundo que me esperaba fuera? Es el acto, no la forma. Es la vida, no el tiempo. Y me pregunto si no es bonito llevar contigo un pedacito de las horas que alguien que consumió las tuyas gastó con un acto de ésos que le definen. Quizá sea mi única manera de recordar, de agarrarme al poste para que no me arrastre la marea. Quizá sea solamente una forma de clavarle las uñas al tiempo para que tenga piedad y no pase tan deprisa. Un plan no tan estratégico para que la corriente del río no me lleve tan deprisa hacia el mar.

¿Y si puedo reconstruir tu vida, a ti, a base de objetos que nunca creíste que necesitarías? ¿Y si el reloj de la mesilla de noche te define mil veces mejor que cualquier curriculum vitae? ¿No has pensado nunca que, al darle uso a algo, lo cambiamos para siempre? Exactamente como nosotros. Las personas, cuando somos usadas tanto por otros como por nosotros mismos, cambiamos. Nos volvemos más competentes o más experimentados o más hijos de puta, y nos vamos quedando marcados con todos y cada uno de nuestros pasos sobre cualquier tipo de superficie. Como los objetos. Tal vez, de alguna manera, no seamos más que ellos.

No sé si juguetear con un simple y fácil de encontrar moño rojo sea la forma idónea de evocar a quien me lo prestó y a quien, naturalmente, nunca se lo devolví. Al fin y al cabo, sólo es una coleta. Lo importante es el tiempo que se ha usado y el cabello que ha sujetado. Nada más. O tal vez sí importe que sea un moño rojo y lo otro sea un desvarío. Quizá sólo sea yo, que necesito ayuda para recordar y que, paradójicamente, necesito hacerlo para no perderme. Pero lo que sé es que siento más cerca mi vida y a los que entraron en ella con una fuerza de ocho en la escala Richter si me quedo un pedacito.

Me pregunto si no influirá en la composición de la pintura de uñas verde fluorescente del chino que alguien con quien el tiempo perdido era y es tiempo encontrado y yo pasásemos por delante y amenazásemos con comprarla algún día. Así, por reírnos, porque era fea. Quizá quien tenga el mal gusto de comprarla no se entere de que ese bote de pintura es también nuestro porque, aunque nunca fue de nuestra propiedad (y menos mal), disfrutamos de él. Y es que no es la forma, es el acto.

Las viejas llaves de mi padre siguen colocadas en el mismo hueco del mismo cajón donde las dejó. El llavero es rectangular, de metal y muy pesado, como supongo que deben ser los llaveros antiguos para poder ser calificados de medianamente viejos. “O'neill, Santa Cruz, 1952”, dice, lo primero con una tipografía azul que me hace recordar las olas, “Santa Cruz” en letra roja y cuadrada y la fecha dentro de una estrella amarilla que parece una explosión perfectamente calculada. Tiene seis llaves. Sé perfectamente cuáles son las de mi casa por la forma dentada, las dos con grandes picos hacia dentro que, desde que tuve las mías, me parecieron peculiares. El manojo de llaves lleva años en el cajón. Y sí, las llaves son perfectamente válidas. Hemos hecho decenas de copias, y muchas veces nos hemos visto en un apuro por no tener una llave de sobra. Y éstas seguían ahí, llenas de polvo, esperando quizá que a mí me diese un arranque de nostalgia y las sacase del cajón para hacerlas tintinear. Pero no es la llave. Me da igual hacer mil copias. Es el acto. Es él volviendo a casa y metiendo la llave en la cerradura. Soy yo corriendo a la puerta. Es él, cuando le conocía menos pero era más mío. ¿No puede un pedacito suyo estar sujeto a la parte dentada de la llave, como el tiempo que se congeló sobre el frío del metal cuando las llevaba en el bolsillo y salía del trabajo? ¿No es lógico que nadie se haya atrevido ni vaya a atreverse jamás a abrir la puerta con esa llave? ¿No somos un poquito lo cotidiano, los actos que repetimos día a día como si de una coreografía a cámara superlenta se tratase?


Me veo totalmente incapaz de conservar eternamente a quienes consiguen que se me dilaten las pupilas o que los lugares se vuelvan menos feos. Sin embargo, puedo guardar el acto que lleva implícito la forma y así, cuando doy la vuelta al reloj de arena, sentir que quien me lo pasó sigue delante viendo cómo la arena cae en un chorro no líquido hacia la parte baja, cómo pasan los tres minutos que contabiliza, y solaparme con ella durante 180 segundos para sentir que, de alguna manera, entiendo su rutina. Puedo quedarme con los pasajes subrayados de Diez Negritos, con el mimo, la mirada, la lectura, el segundo. Y es que no es la forma, es el acto. 

viernes, 5 de julio de 2013

tiempo poco fugaz



Me disparó. Lo único que hice fue dirigir la vista al cielo, y el azul de sus esquinas me trajo a la cabeza fragmentos de pedazos de trocitos de mi vida. No suelo arrepentirme de nada. Me obligo a no hacerlo. Me estrujo los sesos para ser capaz de pensar que las cosas que hago las hago por algo. Y así quizá pueda llegar a convertirme alguna vez en mi propia heroína, en la chica que no falla nunca. Pero acababa de fallar. La bala salió disparada como un pájaro de su pupila derecha y me perforó la piel (aunque tal vez pudiese parecer, en un perfecto mundo a cámara superlenta, que me acariciaba). Jamás supe salir de aquel segundo. Me quedé oscilando en él, nadando por sus canales, reviviendo una y otra vez la mirada que, en un suspiro, me condenó a una eternidad digna del filo de un caleidoscopio. Y aquel cielo al que dirigí mis ojos, armas descargadas de mi alma, no hizo sino apretarme el pecho, hacerme revivir (sin vivirlos) instantes de una vida que no iba a repetirse. No lo haría porque acababa de quedarme embutida en una escena muy fea. Y es que en vez de guardar el tiempo conseguí que el tiempo me guardase a mí.

martes, 18 de junio de 2013

Hay palabras que no merecen ser pronunciadas en voz alta.
"Adiós" es una de ellas.

lunes, 17 de junio de 2013

porque sí



Me dijiste una vez que todo tiene que terminar a su tiempo, que a veces no es bueno empeñarse en seguir con algo que ya no da más. Y aquí estoy yo, estirando tu ausencia como si aquello pudiese haber durado para siempre. Y es que a veces pienso que podríamos hacer retroceder las agujas del reloj y ser de nuevo simplemente tú y yo. Pero todo tiene que terminar a su tiempo, incluso eso. Me dejaste ir, nos dejamos ir, y decidimos no empeñarnos en seguir con algo que, créeme, agotamos.
Buenas noches, estés donde estés, hagas lo que hagas, quieras lo que quieras, pienses lo que pienses. Hoy no estoy guerrera. Tal vez ya empiece a ser la buena chica de la que quisiste haberte enamorado. O quizá siga siendo yo. Una buena chica no te escribiría precisamente a ti.

qué más da si es sin ti o sin mí





te quiero y me quiero;
tal vez no tenga nada que ver, quizá sea otro de mis líos cerebrales...
y es que tal vez nada de esto tenga sentido.
pero dentro de cada 'tal vez', de cada duda, hay esperanza.
dentro de cada 'tal vez' hay otro más pequeño, la otra cara de la moneda, la cara oculta de una luna que brilla con luz propia y arrincona el desasosiego en una esquina del espacio.
y así, dudando incluso si dudamos, preguntando por qué igual que los niños pequeños, siendo precavidos, dejando un pequeño margen por y para nosotros, obligamos a crecer a la esperanza.
va cumpliendo añitos, celebrando logros, madurando, rompiéndose la cabeza en resolver los puzzles que nos coloca cada período de tiempo, corre, destraba las esquinas del tiempo, cumple sus sueños, olvida sus dramas, vive, se abre paso, recorre su camino (¿con o sin brújula?), salta obstáculos.
y empieza y pasa la vida gracias a aquel 'tal vez', a aquel 'quizá' que convirtió la más deprimente de las oraciones en un conjunto de palabras que llena los ojos de rayos de sol.
y todo por quererte y quererme,
por pensar que tal vez no tenga nada que ver, que quizá sea otro de mis líos cerebrales.
y es que dicen que todo pasa por algo.
te quiero y me quiero.
tú y yo somos la esperanza.

jueves, 13 de junio de 2013



¿Y si te enseño a caer?

Quiero decir, soy totalmente incapaz de enseñarte eso que siempre predicas no saber. No puedo enseñarte nada inútil, nada con lo que llenarte la cabeza para nada.

Y es que yo de cosas inútiles no sé (si eliminamos lo que sé de mí).

¿Te enseño a caer? De eso sí que sé. Y tal vez te pueda enumerar cincuenta y dos formas de levantarte del suelo. O quizá sólo quieras aprender a caer como las gotas de lluvia.

No lo sé.

El caso es que caer es una arte y levantarse solamente es la admiración de la obra que creas con cada traspiés, es ser capaz de volver a ponerte a disposición del efecto de la gravedad. Ponerte de pie es prepararte para caer de nuevo. Y el caso es no quedarte en el suelo esperando que sea el mundo quien te levante.

No, eso no.

Debes hacerlo tú.

Y a base de repetir aprenderás a apreciar el arte de la caída, del descontrol, del vaivén, del mareo, el arte de tropezar.

A caer ya te enseño yo.


jueves, 6 de junio de 2013

manifiesto del que llueve




Caigo en picado desde el filo de mi casa de algodón. Y a mis pies veo que el mar está gris; no hay olas ni barcos que rompan con la armonía del eterno gigante que siempre espera una revolución. Me deslizo entre el aire que, juguetón, me abre paso entre sus cuerdas y me susurra bajito que allí abajo está la vida. Y sobre el mar, justo ahí, donde no hay olas, aterrizaré. Descansaré sin descarrilar sobre las aguas grises que reflejan lo que ocurre en las alturas; y volver, respirar, fluir... 
A mi lado, compañeros se desploman como yo en este viaje que podría llevarnos hacia el mismísimo núcleo de la Tierra o, quizá, hacia el agua. ¿Cómo no ser como ellos? ¿Cómo desafiar las leyes de la física y caer en el océano sin fundirme con gotas que, aunque viven de este ciclo, no tienen nada que ver conmigo? ¿Cómo estirar el tiempo y vivir en él y de él sin transfigurarme en el arquetipo de la gota que se vuelve agua que a su vez se vuelve mar? ¿Cómo no ser parte del todo? 
Así me deslizo, eterna y fría, fruto de la tormenta perfecta. Corro hacia abajo y, aunque no hallo una corriente de aire que me guíe, me abro paso entre el destino. Y es que es deseable caer y descansar sobre el mar aun sabiendo que volveré a ascender a las nubes, y quedarme flotando entre gemelos que no conozco y mirar los peces y jugar con las estrellas de mar. Pero, ¿y desafiar al destino? ¿Y si no quiero aquello que me imponen por ser quien soy, por estar abocada a desprenderme del mismísimo cielo? Quiero y no quiero, y por no desearlo, lo ambiciono. Y aunque pienso, sigo desplomándome y echo una mirada a mi ineludible destino. Me acerco cada vez más, centímetro a centímetro, y el mar sigue siendo gris y yo sigo estando viva. Y entonces, casi sin querer, con ojos de miope veo azoteas y carreteras que se unen y se separan, que parecen las venas de un cuerpo quieto pero lleno de vida. Es aquel océano que desde lo alto me pareció grisáceo; el destino. No hay mar, sólo yo y los edificios. A mis pies hallo historias, y me parece que sobre cada cubículo habitable se alza una nube distinta a la que me sirvió de alojamiento; una nube más traslúcida y tangible.

Cierro los ojos y me solapo con el muro del edificio más alto. Patino por sus ladrillos y ya no sé qué soy; escalo a la inversa y, cada vez que me topo con un cristal, siento frío y veo el origen de esas nubes cotidianas que sólo vemos si aprendemos a mirar. Diviso dolor, angustia y amor; vacío, indecisión y esperanza; partículas que evitan un destino que les fue otorgado nada más ser extraídas del cuerpo caliente que les dio la vida. Me deslizo, lo hago con lentitud, saboreando el momento, acariciando el hormigón. Desconcho la pintura, marco las paredes, dejo mi huella. Y cuando llego al asfalto, cuando la vida se me vuelve horizontal, cuando las corrientes me llevan por las venas de la ciudad, tomo constancia de que esquivé el destino al que me orientó la naturaleza. O quizá me evitó él a mí. O tal vez, sólo tal vez, siempre estuve equivocada. Termino así, sobre la carretera, sin ser una más. Siendo sólo yo.

miércoles, 5 de junio de 2013

el arte de sentir

Y, quién sabe, tal vez todo esto sea una tontería. Pero un día -uno bueno- me di cuenta que sientes demasiado. El hecho de que me dé cuenta verifica precisamente mi teoría; a veces, y sé que sin querer, los sentimientos se te agolpan -muy ruidosos- en el filo de los poros y tú, incapaz de guardártelos de nuevo, los dejas salir. Ellos ascienden libertarios por el aire que ocupa el radio de acción de todo tu ser; suben, corren, galopan, te marean. Y es que cuando quieren salir y fluir y volar por el mundo como pájaros que no tienen alas ni plumas, cuando se amarran la cuerda y la lanzan al exterior esperando que se agarre a cualquier roca más dura que tú, justo en ese momento, crecen. Crecen, lo hacen deprisa y sin pausa, crecen corriendo, como sólo ellos saben hacerlo; se multiplican y brotan de lugares insospechados y se unen con la cinta adhesiva del autoengaño. Y entonces, de repente, ya no caben dentro de ti. Lo único que puedes hacer es dejarlos salir. Es en ese momento cuando dejas patente que eres de sentir y callar, de guardártelo todo en los bolsillos que el cuerpo no deja ver y, cómo no, sentir. Sentir mucho en poco tiempo.
¿Podría alguien, en una de esas fugas sentimentales, robarte un pedacito de eso que dejas ir con facilidad y fragilidad? Yo querría. Tal vez para comprobar cómo es sentirlo todo de golpe y seguir teniendo tiempo para aparentar que aquello que te oprime los párpados no es más que creatividad. Querría. Pero no tengo pasamontañas ni saco; sólo tengo córneas y un sueño por el que mereció la pena pasarse la vida en una eterna fase REM (Rapid Eye Movement, quizá lo que me haría falta para robar algo que va más deprisa que yo). ¿Podría yo recibir un poco de ese sentir, de ese dolor agudo, y guardármelo para siempre como un souvenir del interior de tus costillas? Querría.

martes, 4 de junio de 2013

¿sabes?


Me refería a vivir de puntillas para tener los pies un poquito más lejos del suelo.  
 

dos


Esa pregunta que parece parir preguntitas, que me muerde, no es más que la acusación que siempre llegaba a mí. "¿Pienso en ti cuando me rompo o me rompo cuando pienso en ti?". Y es que a veces necesitamos echarle a alguien la culpa para sacárnosla de dentro.
Lo sé perfectamente. Tú no sabes una mierda de mí. No tienes ni idea. Sigo siendo para ti la chica fría, racional, continúas haciendo gala de aquel argumento rancio mío de "todo lo que hago es por algo". Exactamente lo contrario a lo que soy.
Ni pienso en ti cuando me rompo ni me rompo cuando pienso en ti. Pero me obligo a intentarlo. 
 

uno



Hoy vengo a hacerte preguntas.
Una, en concreto; llevo tanto tiempo masticándola que ya parece abarcar más de lo que debería.
¿Pienso en ti cuando me rompo o me rompo cuando pienso en ti? 
¿Pienso en ti cuando me rompo o me rompo cuando pienso en ti? ¿Pienso en ti cuando me rompo o me rompo cuando pienso en ti? ¿Pienso en ti cuando me rompo o me rompo cuando pienso en ti? ¿Pienso en ti cuando me rompo o me rompo cuando pienso en ti? ¿Pienso en ti cuando me rompo o me rompo cuando pienso en ti? ¿Pienso en ti cuando me rompo o me rompo cuando pienso en ti? ¿Pienso en ti cuando me rompo o me rompo cuando pienso en ti? ¿Pienso en ti cuando me rompo o me rompo cuando pienso en ti? ¿Pienso en ti cuando me rompo o me rompo cuando pienso en ti? ¿Pienso en ti cuando me rompo o me rompo cuando pienso en ti? ¿Pienso en ti cuando me rompo o me rompo cuando pienso en ti? ¿Pienso en ti cuando me rompo o me rompo cuando pienso en ti? ¿Pienso en ti cuando me rompo o me rompo cuando pienso en ti? ¿Pienso en ti cuando me rompo o me rompo cuando pienso en ti? ¿Pienso en ti cuando me rompo o me rompo cuando pienso en ti? ¿Pienso en ti cuando me rompo o me rompo cuando pienso en ti? ¿Pienso en ti cuando me rompo o me rompo cuando pienso en ti? ¿Pienso en ti cuando me rompo o me rompo cuando pienso en ti? ¿Pienso en ti cuando me rompo o me rompo cuando pienso en ti? ¿Pienso en ti cuando me rompo o me rompo cuando pienso en ti? ¿Pienso en ti cuando me rompo o me rompo cuando pienso en ti? ¿Pienso en ti cuando me rompo o me rompo cuando pienso en ti? ¿Pienso en ti cuando me rompo o me rompo cuando pienso en ti? ¿Pienso en ti cuando me rompo o me rompo cuando pienso en ti? ¿Pienso en ti cuando me rompo o me rompo cuando pienso en ti? ¿Pienso en ti cuando me rompo o me rompo cuando pienso en ti? ¿Pienso en ti cuando me rompo o me rompo cuando pienso en ti? 

jueves, 30 de mayo de 2013



Te llevo siempre en esa canción,
y cuando te necesito, con una voz ajena te hago viajar de nuevo al interior de mi cabeza. 

sábado, 25 de mayo de 2013



Conozco personas capaces de deshacerse de los golpes al momento. La vida les jode y ellos, ¿qué hacen? Lanzan una sonrisa, así, de ésas con flash, y siguen con lo de siempre. Y lo peor de todo no es eso, no. Lo peor es que, aunque borren las patadas y putadas, aprenden de ellas. Aprenden y resetean, o resetean y aprenden. 
Yo no soy así. Me caigo, me caigo y me caigo y el dolor de la caída se me queda para siempre grabado en el hipotálamo; pero, aunque el recuerdo del arañazo se repita y se repita, vuelvo a dar un traspiés. Y, cómo no, me caigo. Llevo aprendiendo a no caerme desde el 95; más de 17 años de curso intensivo y todavía no llego al cinco. 
Díganme la receta o me pongo ahora mismo a romperle las manillas al reloj. Tal vez así, sin tictac, no tenga tiempo de volver a rasparme las rodillas. 




Error 404: ganas de ti not found

martes, 21 de mayo de 2013

color limón




Quizá llevasen meses planeando aquello. Tal vez el plan hubiese nacido en el mismo instante en que la cabecita pensante que decidió llevarlo a cabo fue extraído del cuerpo caliente y siempre afín de su progenitora. ¿Qué era, el destino, una infamia, parte de la vida o un instante que alguien arrancó de sus canales? 

Habían acordado la sucesión de los hechos. Quizá la hubiesen repasado con insistencia por culpa de un tonto llamado Antonio que, rascándose la coronilla con el dedo corazón, predicaba a viva voz que no entendía una mierda. Y aquel repaso pudo haber conducido hacia la perfección más macabra del glosario. Habían buscado el lugar. Habían cogido el coche y, esquivando semáforos en rojo, habían conducido como serpientes que se deslizan hasta esta caja con pinta de purgatorio de la que ya me avergüenzo. Quizá días, semanas, meses, años; quizá toda la vida definiendo los parámetros de un día que, para ellos, estaba marcado en rojo en catorce calendarios.

Y nosotros bebíamos y comíamos y veíamos pasar la vida con la dignidad de los que nunca pensaron que temerían perderla. El bar se llenaba de gritos, risas, conversaciones dispersas y dispares que se unían como notas musicales y convergían en una melodía solamente digna de una fiesta sin supervisión parental. Los insultos danzaban con las palabras de cariño, las injurias corrían de la mano de las alabanzas a la decoración, los ya borrachos habían entrado en ese estado en el que la inteligencia prima en las conversaciones y sube como la espuma hasta que, como siempre, araña el gotelé del techo y se queda ahí a hibernar, yo alzaba el vaso lleno hasta los topes y reía sin pararme a respirar. Éramos ajenos a la realidad que condenaba el panorama exterior al local y que se acercaba a nosotros segundo a segundo, a golpe de rueda. Distantes, felices, borrachos.

Olivia agarraba su improvisado vaso de plástico rojo y se lo llevaba con sumo cuidado a los labios. Ingería el líquido como una señora, haciendo gala de su siempre innegable finura que contrastaba de forma casi tosca con la melodía terrenal de nuestra nueva pecera. Yo, tonta, inestable y ya con fuego en las venas, me llenaba la cabeza con la idea de que los labios de la chica eran exactamente del mismo color que el recipiente. Y entonces, cuando su garganta dejó ver que tragaba, el ruido eliminó cuatro de los cinco sentidos.

Llevaban tiempo viajando hacia nosotros, tiempo preguntándose cuál sería la mejor manera de entrar, la mejor manera de terminar con todo, tiempo con la certeza de que lo harían a sangre fría agarrada con las uñas al interior de las pupilas. Y nosotros, que habíamos bebido hasta tener que demostrar cuánto a base de carcajadas, ni siquiera gritamos. Y después seguimos callando.

lunes, 20 de mayo de 2013

baja, cae



un segundo y ya no hay nada









(nunca hubo razones para hacerlo,
aunque no nos importase.



y entonces, cuando bajábamos a toda velocidad por los raíles de la montaña rusa más vertical del mundo,


cuando me mordía los labios para no desgarrarme la garganta en un grito que sólo oiría yo,


cuando se rompía el aire para dejarnos pasar, como pájaros cayendo en picado, entre sus cuerdas,




cuando agarraba con el rojo de las uñas el movimiento que ya no me pertenecía


cuando dejábamos los dedos marcados en el metal de la barandilla de seguridad,



temiendo caer, temiendo bajarnos,
                                                                                                                                                                                  
   

cuando moría de ganas de mirarte pero el exterior, el entorno, lo nuestro, me decía que no,


cuando reíamos y soñábamos y la sal no nos proyectaba más lágrimas hacia el mundo
y tú contemplabas extasiado cómo me volvía una contorsionista de velocidad y cabeza bien alta,


entonces y sólo entonces
éramos felices) 





¿alguna vez mereció la pena vivir de las dolencias para poder aspirar a una bajada infinita?

sólo si no es sola.

sábado, 18 de mayo de 2013

22




Estaba ciega.
Mi inconsciente, actuando por sí solo y librándose de las cadenas que mi paupérrima parte racional podría haberle impuesto, me había cosido al interior de las pupilas un trozo de la tela más barata del mercado. Al ser barata, era mala; al ser mala, la luz entraba en mí por sus eternas irregularidades que nadie se esforzaría nunca en arreglar. Y así era: se colaban en mis ojos, en mi cuerpo, en mi alma, en mi cascarón, rayos de luz juguetones que distorsionaban aquello que podría haberme hecho darme cuenta que ya no veía nada. Se convirtió en disfraz; el disfraz, en certeza; la certeza, en ilusión; la ilusión, en esperanza. Y así, ciega y creyéndome autosuficiente, tropecé.
Muy ciega.
"Hago lo que quiero y así quiero todo lo que hago", decía.
Qué ciega.
"¿Y qué haces ahora, qué quieres hacer?", contestabas.
"Verte", mentía.
Estaba ciega y presumía.
¿Qué era lo peor de la ceguera?







La luz. 


 
 
 
 
 
 

viernes, 10 de mayo de 2013

de huracanes sin destino

Dejas tu huella en ellos, la prueba clave de tu existencia.

Arrugas sin querer sus apéndices y órganos; doblas las esquinas de sus páginas.

Dejas impresas con rimmel tus huellas dactilares mientras acoges en el devenir infinito de la vida un par de minutos en los que arremolinarte en el despreocupado gesto de dar la vuelta al papel y pasar página.

Subrayas los pasajes o frases o palabras que convirtieron tus ojos en platillos volantes y los vuelves únicos, irrepetibles, tuyos; te solapas con ellos.

Cuando alguien, despreocupado y decente, suyo y de nadie, lleva a las córneas de paseo por las hojas que rozaste con el alma y con los dedos y ve en ellas el reflejo de tu caricia, tu presencia, parte de tu vida, las manchas de maquillaje, las de chocolate, la portada que doblaste sin querer, el amor que desprendía tu lectura, consigue imaginarte agazapada sobre una historia que se abre de piernas.

Y si nace de su lectura alguna idea, alguna esperanza, algún rescoldo de ilusión, un buen sentimiento, y si se le clavan las palabras en el hipotálamo y las guarda bajo llave en los cajones, quedará siempre ahí la huella de su lectura fusionada con la cicatriz de cuando tú, digna, espléndida, completa, enérgica, abstraída, tuya, unilateral, esnifabas las letras para no perderlas jamás.

Y las horas de lectura serán compartidas, dejando en las páginas, las compañeras, la constancia de que ahí estuviste bailando con hipérboles, devorando metáforas, arañando comas, disfrutando historias, esquivando el tiempo sentada en la cama con el mundo sobre las piernas y la vida redoblada en la punta de los dedos.

Quedarás siempre materializada entre los rotos del papel, en la acogedora textura de las partes de una historia, y te irás tejiendo poquito a poco mientras la haces tuya, ya sea con lápiz, bolígrafo o ese pequeño cerco dibujado por la gota de agua que brotó de tus ojos y que nadie reconoce. Sólo el libro.

domingo, 5 de mayo de 2013

gestos que delatan


Tal vez algún día me pillen las palabras en el fondo de la mente y, al haber pasado tiempo, se hayan dado cuenta que las palabras bien dichas pueden causar adicción. Quizá al registrar las palabras como droga se hayan dado cuenta que la más dura del catálogo es la medicina no legal que nace en algún lugar de un cerebro demasiado productivo, recorre el cuerpo en una corriente eléctrica, sube por la garganta y sale de forma cálida, con acento y expresiones propias, con elegancia y expresividad, como un torrente de letras y sílabas que encandila y emociona. Quizá al descubrir que personas inquietas y que no atienden a nada, como yo, como él, como ella, como algunos, se quedan escuchando frases aleatorias como si fuesen niños escuchando Caperucita Roja, se alarmarían. Y entonces, en alguna sala de alguna comisaría de algún lugar que todavía no quiero saber dónde está, yo estaré declarando porque me han pillado un cargamento kilométrico de palabras dobladas con cuidado en una esquina de mi mente cuadrada. Y saldrá en algún periódico local de algún lugar de algún país cuyo nombre no me importa que han pillado a una mujer cuya vida no quiero desvelarme con un alijo de la droga más dura conocida hasta el momento: las palabras escuchadas que brotaron de unos labios que fueron la puerta de salida de las ideas que ya no le cabían. No van a pillarme sólo palabras. Encontrarán en mi cabeza una colección de libros digna de la biblioteca más grande del mundo, un archivo completo, algo de lo que no podrán librarse con facilidad. Y tal vez ese rumor de que los policías consumen lo que requisan sea verdad y en este futuro que no quiero saber de qué va siga ocurriendo, y tal vez esnifen, fumen y se pinchen las letras y aterricen dentro de ellos para no moverse de ahí. Se colocarán con los años que regala y expone sólo en sus palabras, en las pupilas y en el mechón de su pelo; años que se esconden donde nadie los ve pero a los que nadie obligó a ocultarse. Lo hacen por decisión propia, porque las grandes personas no tienen edad ni nacionalidad ni posición social. Las grandes personas son. Simplemente eso. Y no me importará que se chuten mi archivo personal y me lo arranquen  de dentro de las venas con las uñas. Todos los que hemos sido agarrados por una lluvia de palabras bien dichas por la que en un futuro se habrá convertido en nuestro camello sabemos que en este caso robar es compartir. Y las palabras están dentro de nosotros porque no pueden sacarse, porque están pegadas a conciencia por el pegamento de las miles de reproducciones que han tenido en nuestro recuerdo y las miles de cosas aprendidas con las miles de palabras que brotaron de una boca que nadie pensó que escondiese tanta información debajo de la lengua. Las letras mágicas de pólvora y sal consiguieron, nadie sabe cómo, fusionarse con nuestros huesos y músculos y volverse en un suspiro parte de nosotros. Se convirtieron en parte de la configuración del aparato electrónico en el que nos volvemos cada año que pasa; se volvieron nosotros y nosotros nos volvimos ellas, porque así es la vida y así somos. Podemos no recordar el momento, el lugar o las circunstancias en las que los sonidos que le rasparon la garganta invadieron el interior de nuestros oídos y empezaron a bailar con nuestra vida; podemos ignorarlo todo pero recordar siempre el mensaje, lo que quería decir, lo que dijo, lo que no calló. Nosotros, los eternos interlocutores que tal vez en algún momento hayan dejado de oírla pero que siempre la estarán escuchando, sabemos que jamás podrán quitarnos esta adicción a las palabras bien dichas. Y es que a veces una palabra deja huellas imborrables, imposibles de tapar, irreprimibles; a veces las palabras son dolencia y medicina; a veces podemos convertir sin querer una conversación en un libro nunca escrito publicado por la editorial del recuerdo y leído por una sola persona.






(párrafo 2)

lunes, 29 de abril de 2013

de ánimo caliente




Por una vez la quemazón no es un reflejo de las palabras amontonadas en el filo del hidrostato muscular. El líquido baja por el esófago y se reúne triunfante con el interior de su anatomía. El vacío, al recibir el chocolate caliente a una temperatura digna de la roca derretida, entra en ebullición. Borbotea y se mueve y se extiende y quema; y tal vez al fijarnos podríamos adivinar el vapor de vacío que asciende libertario hasta dar con la salida y abandonar el cuerpo. Ya tuvo el gusto de abusar del crepitar del fuego entre los huesos. Nadie, ni el más brillante experto en la materia, podría atisbar en su rostro de corte romano ni un solo indicio del vacío que le hierve dentro del tronco. El cuerpo se calienta, el vapor que no sale permanece, la vida pasa entre sorbos de chocolate caliente con el que las penas esperan ahogarse; pero siempre hierve algo y le baja por la garganta algún salvavidas que no es más que el eco de una idea que en realidad nadie pensó. Y como el cuerpo arde y el tiempo se consume hasta volverse ceniza, se vacía las costillas con paciencia. Alimenta el fuego. Sube la temperatura. Y la ebullición sigue y sigue, ablandándole la carne desde dentro, quemando, arrasando. Nuestra tetera humana abandona por un instante el verano mental y clava la mirada en el reloj de pared. Son las seis y trece de la mañana y las manillas quietas de un reloj que podría ser una ventana al mundo le obligan a asegurar que ya llegó al punto de odiar por amar demasiado.



miércoles, 24 de abril de 2013

más allá de mí



Me dan igual las excusas. Me parecen una pérdida de tiempo, una bonita forma de engañar y engañarnos, de poner máscaras que a veces arden por sí solas. Y no me importa no ponerlas porque a veces soy incapaz de pensarlas; a veces soy sincera por pura desgana, por inutilidad. 
Cometo errores. Muchos. Los cometo a montones y la mayoría de las veces no soy consciente de que estoy actuando mal hasta que la situación me explota en la cara (porque los errores son burbujas y las burbujas siempre, pero siempre explotan). Y a veces me gusta pensar que puedo lanzar los errores a la estratosfera y dejarlos para siempre allí, mirándome desde arriba, en un eterno ángulo cenital tras el cual no puedan hacerme daño ni hundirse en mí como dagas envenenadas. No tengo ni idea de cómo hacerlo. No sé alejarme de nadie ni de nada porque, qué quieres que te diga, a veces la distancia que puedo poner entre mi persona y lo ajeno a ella puede significar un distanciamiento con esta loca que tengo dentro y a la que tengo que soportar cada día. Cada día, cada semana, cada mes, cada año; no caduco pero sí tengo marcado el consumo preferente. Y lo peor de todo es que no me canso del zigzag de mis pensamientos tontos dentro de esta cabecita mía que está hueca y no se llena.
No soy capaz de pensar con normalidad si no es a rastras. Tengo que agarrarme por las muñecas y lanzarme con fuerza hacia el camino que creo bueno y lógico. Tengo que volverme dos personas en una, comprimidas, existiendo de la mano pero arañándose las piernas, y lo hago casi sin querer. Y es que no puedo concebir una vida llevada únicamente por la parte que hoy teclea; la parte que no sabe pensar si no es por escrito, que no se entiende si no se lee. Lo sé. Tal vez esto sea un problema. Tal vez esto pueda llevarme a la tonta paradoja de que cualquiera que me lea (y que soporte leerme) llegue a conocerme tanto como yo lo hago. Porque al fin y al cabo no soy más que un personaje ajeno a mí, alguien que me ve desde fuera, que mira con un telescopio pequeñito a través de mi ventana. Me espío a mí misma y así intento saber quién, qué, cómo y por qué soy. Y a veces lo consigo.



 Tres ideas tontas. Estúpidas. Hoy mi cabeza me abandonó, ignorando mis gritos, mis peticiones, y agarró un jetpack para salir propulsada hacia las nubes y quedarse ahí a dormir. Por eso no sé pensar. 
No sé pensar, pero de nuevo me importa una mierda.


(Y me despido hoy así,
con una de estas palabras feas que no sé por qué digo tanto.
Me despido de ti, que me lees, que me soportas, que me conoces,
y lo hago casi sin querer.
Y hoy te hablo directamente a ti
que te pasas por aquí
a ver qué te cuenta esta desequilibrada que se contradice por lo menos una vez cada dos segundos
y cambia de opinión igual que de color de uñas.
Lo sé.
A veces puedo ser irritante.
Puedo deprimir.
Puedo cansar.
Porque no sé pensar.
Y cuando no pienso, soy como un tren descarrilado.
Así que gracias por soportarme, por estar, por conocerme, por no marcharte aunque te ametralle con mis historias tontas
 y mis palabras feas fuera de contexto.
Buenas noches.)
Reina del Drama.




PD: Se busca cabeza perdida. Recompensa a negociar.

lunes, 22 de abril de 2013

casinoexistes



Vamos a omitir que no conoces estos diecisiete míos que me hacen querer parar el tiempo y guardármelo entre las zanjas de la mano. 
Vamos a omitir ese mundo estratosférico de fuego líquido y sonrisas no tan limpias al que viajamos aquel día en el que empezaban mis dieciséis. Vamos a omitir que esos mismos dieciséis fueron los que terminaron alejándome de ti y se convirtieron en un año de mierda que quería aparentar estar pintado de flores. 
Vamos a omitir que cumplieras la veintena mientras me reprochabas que no iba a acordarme (cuando lo cierto es que aún recuerdo la fecha y lo he hecho siempre). 
Vamos a omitir aquellos quince míos de quererte en un susurro y no saber no recordarte al pensar en mí misma. 
Vamos a omitir mis catorce de tenerte sólo un poco y perderte sin que tú me perdieras, de que aparecieras de vez en cuando y me agarraras con anzuelos las comisuras de los labios para hacerme sonreír. 
Vamos a omitir mis trece de casinoexistes, de rebuscar entre mis cajones por si te encontraba de repente aunque, qué quieres que te diga, no sabía qué buscaba (mis trece de aquella conversación nada importante que los dos recordábamos al llegar los quince). 
Vamos a omitir mis doce de conocerte sin querer y reírme por lo bajo de tus chistes, del chico mayor, de no saber a qué me enfrentaba.
Vamos a omitir que siempre estuvimos presentes pero que no lo sabíamos. 
Vamos a omitir que tal vez el destino (si es que existe) quisiera darnos una lección de ésas con las que en teoría deberíamos aprender algo. 
Vamos a omitirlo todo porque ya no importa, porque el tiempo borró con una goma áspera todo lo que significaron las llamas frías de una adolescencia que todavía no ha terminado. 
Vamos a omitirlo porque no queda más remedio.
Pero no puedo omitir que hoy me acordé de ti al abrir cierto libro y encontrarme un pétalo seco de rosa que no sé cómo se coló de nuevo en mi vida. No puedo omitir que la primavera me jode un poquito cuando te paseas por mi cabeza con las manos en los bolsillos y colorines en los ojos. No puedo pero quiero, y la impotencia de no quererte pero recordar lo que era hacerlo (una puta montaña rusa) me trae una sensación que nunca entenderé.
Vamos a omitir que hace calor. Centrémonos en el frío de aquel diciembre que lo rompió todo. Tal vez así me dé por volver a reírme de todo y de mí. 

domingo, 21 de abril de 2013

que nuestra historia se deslice semana a semana, bajando por mis manos y recorriendo tu espalda de hielo y horas rotas





conocerte un lunes
sin morder los martes,
siempre riéndonos el miércoles
(a quemarropa)
y querernos un poco el jueves,
y estirar un "adiós" de viernes
para creer el sábado que te he olvidado
y el domingo morderme las uñas
sabiendo que el lunes
todo volverá a empezar.








sábado, 20 de abril de 2013

23


¿De qué manera medir mi vida, el pequeño tren que corre y a veces se para porque no tiene ganas de seguir? ¿De qué manera  seguir adelante, sin mirar nunca hacia atrás pero sin proyectar mi mirada hacia un futuro tal vez inmediato en el que ya no estés a mi lado? ¿De qué manera conservarte?

¿De qué manera vivir? 

miércoles, 17 de abril de 2013

normal



Quizá mañana encuentre adrenalina escondida entre los azulejos, agazapada, acechándome, esperando el momento de saltar y morderme. Quizá mañana, sólo mañana y ojalá mañana...



¿Por qué mañana?
No lo sé. ¿Por qué no? ¿Por qué no pronto? ¿Por qué no mañana?
Ah. Ya.
Hoy no sé pensar, así que no sabré si pensármelo. 


Quizá mañana encuentre razones para volver a mirar tus pecas. Quizá estén entre las sábanas.


¡Hoy no sé pensar
y me importa una mierda!

miércoles, 10 de abril de 2013

y ya no sé



Que quién soy, dices. Que en quién me he convertido.
No soy nada. Soy un trozo de materia fría que no sabe ser estable, que rompe con todo, que no sabe estar callada, que no te dejará pasar delante. Soy un poquito de nada dentro de una taza manchada de café, y no me importa porque sé lo que soy y sé por qué. Sé a dónde voy, a dónde quiero ir. Sé en todo momento dónde estoy. Y saberlo es lo único que pido; sólo eso y poder levantarme cada día y decirme a mí misma que no tengo nada que esconderme, que soy quien soy y no quien debo ser. Porque no creo en nada que no mueva lo que llevo dentro. No creo que nada que no sea de verdad. Tal vez (y sólo tal vez) me equivoque. Sé que siempre me llamo idiota. Sé que siempre digo que no me entiendo, que no sé nadar dentro de mí. Pero nada de eso quiere decir que no sepa que soy quien quiero ser, quien soy por dentro.
Así que si tú, precisamente tú, me preguntas quién soy te contestaré con un silencio espeso (de ésos que odias). Y lo haré porque a veces también soy silencio. No esperes más de mí. Al fin y al cabo, no soy ni seré nunca quien debo ser (quien tú quieres que sea).
Gracias por darme lecciones que antes no entendía. Y discúlpame por no abrirte la puerta de mi cabeza. Perdí la llave.

martes, 9 de abril de 2013

decisiones de tarde y café con leche


Ya no estás.
Y no sé si exponerte educada y dignamente que me importa una mierda tu ausencia o hacerme la buena para que me eches de menos y decidas volver.
Ya no estás.
Y me importa una mierda, cariño mío.
Así de rápido decido.












Quiéreme ahora.
Sólo ahora.
Después ya no,
que no me gustan tus pupilas dilatadas..

sábado, 6 de abril de 2013

círculos concéntricos y poco más


"Olvídalo. La vida no son círculos concéntricos."
No puedo evitar reírme cuando sus palabras resuenan en mi cabeza. Me río como una loca, sola en el sofá con una revista abierta sobre las piernas y la mente cerrada sobre los hombros. Le recuerdo. Su imagen aparece poquito a poco, haciéndose esperar y yo no me impaciento. Primero son sus ojos, negros como el cielo que me espera en el balcón; luego aparece su rostro al completo y vuelvo a reírme. Soy así de simple. Ya sé cuántas pestañas tiene y no tengo por qué seguir contándolas. No me importa recordarle a medias mientras le cuento a mi amigo envuelto en cristal lo que pasó. 
-Fue todo una mierda -le susurro, rascando su etiqueta con la uña del dedo índice. 
Miro el reloj. Son las doce en punto. Ni un minuto más ni uno menos. Le hago una peineta, harta de preguntarle por qué conspira con el mundo para romperme los días y atraer mi mirada justo cuando son las en punto y puede darme por pensar que he perdido otra hora sin hacer nada. Observo la botella. No sé cuándo la compré, pero estoy segura de que lo hice en esa tienda tan fea que está a dos calles. Pensar que viene de ahí me pone el vello de punta, y no precisamente de la emoción. Me imagino al dependiente colocándola en la estantería, preguntándose si la compraría un ejecutivo importante o una mujer con tacones. Premio: una idiota en chanclas; una idiota sin corazón. Supongo que malgastar una bonita noche de primavera sentada en el sofá, botella en mano -o en boca, según el momento-, recordando estupideces es no tener corazón. Por lo menos sé que hacer daño a las personas que quieres es no tenerlo. ¿Y a quién voy a querer más que a mí misma? 
Vuelvo a reírme porque la ocasión lo merece y su imagen no me deja. La tengo tatuada en el cerebro. He intentado arrancarla miles de veces y sólo he conseguido abrirme heridas y rasgar mis cicatrices. Bebo otro sorbo y ya la garganta no me pica; tal vez la tenga quemada de guardarme las palabras. Trago y a la vez intento doblarme, volverme el mínimo y perderme entre la oscuridad de mi propio cabello. Y no lo consigo. Últimamente soy un conjunto de despropósitos pegados con superglue 
-Fue una mierda, y mi hermana siempre me decía que toda la mierda es pasajera. Entonces, ¿por qué yo no avanzo? 
Miro la botella. Me doy cuenta de que estoy esperando su respuesta. Me doy cuenta de que ya la tengo yo, dentro de mí. Y me da igual. Me da igual porque sé que responderme no va a servir de nada; si ya tengo la respuesta y me aporta más bien poco, ¿para qué sacarla a la luz? ¿Para qué darme más motivos para hacerme un ovillo en el sillón y morderme los labios entre tanto autoengaño? Me he convertido en esto. En sábados por la noche en pijama, en botellas que se vacían a la velocidad del tren, en pañuelos manchados de rimmel. Me he convertido en otra persona, en aquélla que siempre odié. Y a fuerza de haberme convertido en ella me doy cuenta que nunca tuve que odiarla; a fuerza de ser alguien que no soy me doy cuenta que ser yo era difícil. Y puede que me dé pereza volver a vivir de la misma forma. Puede que me deje ganar. Al fin y al cabo, mi vida la manejo yo. Me miro las muñecas en busca de algo parecido a un hilo. Y no encuentro nada. Lo que yo decía: no tengo mi un pelo de marioneta.  
La vida no son círculos concéntricos... ¿Cuántas veces habré intentado entender cuál fue el desvarío que le llevó a escupir esas palabras? Ni siquiera fui yo quien se las arrancó. Simplemente las soltó como si llevase muchísimo tiempo guardándoselas debajo de la lengua, y yo le miré con los ojos entrecerrados, esperando disculpas o explicaciones. Pero no las hubo. No hubo nada, sólo su sonrisa de niño malo y la mía de medio lado que se esforzaba en disimular lo que realmente me hizo gracia. ¿La vida no son círculos concéntricos? ¿Nada influye en lo que ocurre? ¿Los episodios vividos van aparte, puedes dejarlos de lado o guardarlos en cualquier cajón para seguir viviendo? En fin. 
No se puede bucear en unos ojos que el recuerdo te regala. No se puede leer una mente que está dentro de la tuya. Así que asumo que se me acabó el tiempo de hacerlo. Se escurrió por mi piel y cayó al suelo como gotas de sangre. Y el tiempo que ya no está me hace pensar en las gafas de buceo emocional que nunca llegué a ponerme. Nunca llegué a satisfacer mi curiosidad y meterme dentro de la mente más profunda de nuestros dos centímetros habituales de distancia. Y no lo hice porque creía que nunca me faltaría tiempo para hacerlo; no lo hice porque pensaba que era preferible descifrar el acertijo poco a poco. Me quedé así, cosiéndome a él, arañando nuestros lazos y pegándome al vacío. Se movió algo dentro de mí. Estoy segura. 
Clavo la mirada en la botella. Llena se veía más bonita. No tenía dibujados estigmas de culpa. La lanzo contra la pared con tanta fuerza que me asusto, y una lluvia de cristales acuna las nebulosas de mis ojos. Oigo como caen al suelo pero no lo escucho; solamente escucho mis propios pensamientos, que en estéreo se repiten con el ímpetu de una tormenta de las que suspenden conciertos. Ojalá pudiera quitarme estos auriculares internos y dejar de oírme un rato, ya que parece que no soy capaz de callarme.    
Me pongo de pie y, joder, me clavo un cristal. No me duele tanto porque ya soy inmune a cualquier tipo de dolor; soy como una armadura viviente que, sin nadie dentro, camina por sí sola; soy algo que está roto y ya no puede volver a romperse, a consumirse, porque no puede ir a peor. O tal vez sólo esté un poquito borracha. Quién sabe. Y es que la vida son círculos concéntricos y yo estoy encerrada en uno. 


viernes, 5 de abril de 2013






¿Expresar lo que sientes
o sentir lo que expresas?





 

domingo, 31 de marzo de 2013



Es fácil:

no te delata no saber expresarlo en palabras,
te delata tener la necesidad de hacerlo. 

viernes, 29 de marzo de 2013

40




Ojos. Del color del café. Me moldean con los lásers de sus pupilas. Me cambian, pero por dentro. Así, dejo de ser la misma idiota de siempre para ser, cómo no, algo nuevo.


Pero idiota, al fin y al cabo. 

sábado, 23 de marzo de 2013

43






Todo mi miedo reside en esa palabra, en esa despedida que sé que algún día tendrá que llegar. Vive ahí, dentro de mí, esperando el momento de salir al exterior y romperme del todo. Como si me odiase más de lo que ya lo hago yo. Como si pudiera evitarlo.







1:

QUERERNOS POCO Y MAL 

viernes, 22 de marzo de 2013

-Mi voz sin ser la mía-


Me llega con el aire. Es la voz, aquélla que tengo clavada dentro, aquélla que ignoro pero escucho, que me vacía pero me llena, que detesto pero que siempre espero. Es la voz de las pequeñas cosas que, no sé por qué, traen grandes emociones. Es mi voz pero no es la mía; es la voz de todo lo que algún día me detuve a mirar y todo lo que, tal vez, se detuvo a mirarme. Es su voz y cuando la oigo, o cuando se oye en mí, se me llena el hueco del centro de todo. Es la voz, aquella voz inquebrantable, aquella voz irrompible, aquella voz que me persigue.
Me llega con el aire e invade mis oídos con la fuerza de una tormenta. Llega a mí sin más, sin preguntar y sin anunciarse. Entra en mí con la prisa que siempre ha tenido y tira de mis hilos. Tira de mí y lo hace hacia arriba, intentando que me eleve. Pero yo, que siempre he sido testaruda, sigo bajando. Y lo hago sin ganas. Lo hago con los ojos cerrados, los puños tensos, el corazón en el bolsillo y la voz en los oídos. La voz que llega a mí como una bala; la voz, la risa, el llanto y la vida. La conozco y sé qué quiere. Me conoce y sabe qué no quiero. Ambas sabemos lo mismo e intentamos que la otra se retire, que gire y se muerda la lengua.
La voz llega a mí deprisa y después me invade poco a poco. Se pega a cada uno de mis huesos, a mis venas, a mis órganos, se pega a mis córneas y me impide ver. Se funde con mi sangre pero no se vuelve roja. Se fusiona con mis dedos y mis rodillas, iniciando así el juego que nunca quiso parar.  Me hace y me deshace veintidós veces por segundo y yo, ¿qué hago? Me rindo. Me dejo. Me abandono. Permito que la voz entre en mí y me sature los oídos, porque es mi voz sin ser la mía. Intento no volverme suya pero no puedo. Ya no soy
"¿Qué fue lo que pasó?", me pregunta. Lo susurra a gritos dentro de mi cabeza hueca. Las palabras me llegan de la coronilla a los talones, consiguen fluir con mi sangre y me invaden un poquito más con cada latido. 'Pum', y luego soy voz. Le contesto con la voz gastada y áspera que jamás ha conseguido hacerle sombra, ésa que es mía y es mi voz. "Soy una chiquilla", le digo, y así intento excusarme y convencerme a mí misma de que es cierto. Intento convencerme a mí misma de que tengo excusa, aunque sea la más barata. "Soy una chiquilla", repito a conciencia, intentando llenar la habitación con esta voz que ya no uso. Y vuelve a preguntar. Lo hace con voz de noche, de lluvia, de blanco, de victoria, de humo. Me quedo sin palabras por primera vez en poco tiempo y entonces, sin motivo, la voz empieza a pellizcarme por dentro y empieza a doler. La siento como nunca antes, dentro del todo, arrancándome la esencia y llenándome de ella.
Es la voz. La única que consigue entrar en mí. La única que puede cambiarme con tijeras y cinta adhesiva. La única de verdad, que miente sin máscara, que es luz y nada más. La voz, su voz, mi voz, la que llega con el aire y no se va. La voz, ésa que es mi voz sin ser la mía. 
Soy una marioneta y unas manos pálidas me guían. 'Pum', y después me caigo. Veintidós veces por segundo.



lunes, 18 de marzo de 2013

De nada.



Aquel "Gracias por existir" se me quedó clavado en las yemas de los dedos y mis ojos, en el fondo, dejaron de concentrar luz más allá de la oscuridad de las pupilas. Así, se nos terminó el tiempo y dejamos de ser uno, eternos, inmutables, sólo tú y yo bajo nada. Nuestras manos fueron sólo manos, nuestras vidas sólo vidas y nosotros fuimos sólo tú y yo. Nunca juntos. Separados por aquella fina e inquebrantable línea que me rompía en zigzag. 

lunes, 4 de marzo de 2013

Las pupilas de Gerard y vivir dentro de ellas.



Hay algo mágico en las pupilas de Gerard. No sé decir con exactitud qué es, y eso hace que la magia de la que hablo crezca y me engulla de repente cada vez que las miro. Es algo que está dentro, en el fondo de todo, nadando con ira en la negrura de esas pupilas que tantas veces me han robado el sueño. Podría ser un remolino, espirales eternas que no terminan nunca y se unen y se separan, se funden y se alejan en una danza maldita y perfecta; pero no lo es. No se distingue del intenso negro de sus dos charcas de noche concentrada; está ahí, invisible, y de vez en cuando saca un tentáculo a la superficie y me agarra por el cuello para, así, convertirme en esclava de esa magia negra. 
Ahora mismo le miro, e intento evitar mirarle a los ojos. Tiene los labios fruncidos mientras mira el pobre contenido de su plato. Su frente muestra esas arrugas que tanto me atrajeron cuando le conocí. Le miro y no veo nada, no siento nada, mi interior es como un enorme cuenco vacío o, si lo prefieres, lleno de nada. Y por eso evito mirarle a los ojos. Sé que en cuanto lo haga no podré escapar. Me quedaré aquí, clavada a esta silla que podría tener cien años; me quedaré paralizada y fría, y todo lo que hay a mi alrededor se convertirá en simples siluetas sin contenido, como un mundo a contraluz. Un mundo oscuro que, si lo pienso bien, podría rozar la perfección. Pero un mundo solitario, al fin y al cabo; un mundo en el que no podría ver nada más que sus ojos. Sus pupilas se dilatarían hasta el infinito y yo me quedaría eternamente dentro de ellas, en su radio de acción.
Eternamente. Sopeso el significado de esa palabra cuando, sólo por un momento, mi mirada abandona los ríos de la frente de Gerard y se posa sin querer en sus ojos. Acepto mi derrota y digo adiós. No me queda otra. 

martes, 26 de febrero de 2013

03


Siempre he odiado las promesas, y eso es, básicamente, porque odio las mentiras piadosas. Prometer es mentir a largo plazo; es hacer daño, porque cuando todo se rompe y tú también, recordar que te prometieron que nunca te dejarían es una puta mierda (y esto, dicho suavemente). Así que, como las palabras se las lleva el viento y odio que las líneas apunten al suelo, prometo no volver a hacerte promesas porque mentirte es algo de lo que jamás podría estar orgullosa. Porque sé que ese tipo de mentiras edulcoradas pueden llegar a cortar como cuchillas y, a la larga, en vez de convertirse en lo que se dice que llegará a ser, una promesa puede convertirse en una tortura, una ruptura con la que era tu realidad entonces, un dolor irremediable que tiene como cumbre la impotencia más maquinal y absoluta.
Y sí, conozco tu forma de hacer caso a lo que te pido. 

viernes, 22 de febrero de 2013

Y así, cerramos.


A terminó rompiéndose los huesos y B las ideas.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Tendiendo a gris





Te dejo buscarme sólo si me traes la vida a gritos,
si compartes conmigo un par de tragos de amagura
y me prometes que al  marcharte no dejarás palabras flotando en el aire.
Te dejo buscarme, pero haz el favor de encontrarme.
Y si no me encuentras grita,
que cuando se trata de tu voz el sonido conspira conmigo
y te trae siempre directo a mis oídos.

















Y vuelta a empezar.

00



Me enseñaste que la vida tiene dos caras y que yo tengo cien. Me enseñaste a soñar despierta, con las pestañas llenas de amargura y el dolor marcado en las ojeras; a reírme de la vida si no soy consciente de que me estoy cayendo; a vivir de pie, sin inventar mil maneras para no hacerlo; a seguir siendo yo y no dejar de serlo jamás, porque soy quien soy y ya dejé de preguntármelo. Me enseñaste a quererme aunque no pudiera y a quererte si podía. Me enseñaste que todo fluye y todo se marcha, y si nada importa es porque nada dura; que la vida entre momentos también existe; me enseñaste el mundo más allá de lo que yo sabía, porque podías. Me enseñaste, de muchas formas, que la vida no son círculos concéntricos. Lo hiciste sin darte cuenta, solamente regalándome tus suspiros y dejando que te arrancara la paz que encontré en lo más hondo de la noche de tus pupilas. La arañé y me quedé con ella, la guardé para mí y tú, sin ella, seguiste mirándome fijamente y no bajaste la guardia regalándole al mundo una de tus eternas caídas de pestañas (aquellas pestañas que eran mías y sólo mías, que enmarcaban aquellos ojos que quería guardarme y las estrellas que siempre quise ver en ellos). Me enseñaste todo sin esfuerzo y me obligaste a echar una mirada al desastre que llevo dentro, me hiciste ver lo que tengo y verme a mí. 
Tal vez pueda agradecértelo algún día, pero hasta entonces seguiré recordándome a mí misma que me robaste parte de lo que siempre fui, que si yo te robé la paz tú te quedaste con mi alegría y que los milagros son sólo cosa de la Biblia.

domingo, 17 de febrero de 2013

Hacer, destruir.


Cuando la noche cae, caigo yo. Oscurece y me rompo en pedacitos muy pequeños, salen disparados y no hacen ruido. Y yo me encargo de recogerlos y pegarlos con celo, uno a uno, poco a poco, con paciencia y desgana, olvidándome de todo y olvidándome de mí. Así paso las horas, volviéndome a hacer, montando el peor puzzle de todos y dejando de pensar. Centrándome en mí, en lo que soy y en lo que quiero llegar a ser; centrándome en lo que podría llegar a ser si, cada noche, no me diera por romperme. Sé perfectamente que nunca podré arreglarme del todo y volver a ser lo que era al salir el Sol. Nunca podré ser la misma pero, a la vez, no podré ser diferente porque siempre sigo el mismo esquema, las mismas instrucciones nunca escritas; porque aunque no sea la misma, me parezco tantísimo que casi duele. Así, cada noche vuelvo a nacer y me recreo en un orden distinto, de distinta forma, pero siempre con las mismas piezas, siempre con la base que vuelve a romperse y a caer. Hacer, destruir. Y así una y otra vez, sin romper nunca el círculo vicioso, el ciclo imparable de noches frías y días llenos. Una y otra vez, dando vueltas como una ruleta, montada en la noria y recordando siempre aquella montaña rusa de la que decidí bajarme; recordando el vaivén, los cambios de velocidad; recordándome. Siempre cayendo a una velocidad de vértigo si aparece la Luna, mi alarma lejana.

jueves, 14 de febrero de 2013

La belleza de lo difícil



¿Entenderlo y entenderte? Nunca seré capaz.

miércoles, 13 de febrero de 2013

¿Qué me cuentas hoy?


Me encanta esa mirada tuya de "podría destrozarte ahora mismo con dos palabras, pero te escucho y no lo hago porque me divierten tus ojillos de cordero degollado y porque, qué demonios, nunca he sido tan mala persona. Creo. A veces lo dudo, pero es simplemente porque a veces creo que no me conozco lo suficiente, y sé que si algún día me diera por abrir la caja de Pandora esas dos palabras se multiplicarían y, entonces, llorarías de pura impotencia. Y, ¿qué haría yo? Reírme y luego arrepentirme, preguntarme de dónde brotaron las palabras e intentar tapar el agujero con un corcho. Seguir y luego reaccionar, y volver a guardarme, doblarme poquito a poco y meterme de nuevo dentro de mí misma para, así, volver a ser una perfecta desconocida para mí. O no. A veces lo dudo, pero en la duda hay esperanza y aquí sigo yo, mirándote con los ojos entrecerrados y la vida concentrada en las yemas de mis dedos".
Pero, claro, de lejos.

martes, 12 de febrero de 2013

38



Lo peor es la impotencia. Saber que algo va mal, que lo que tanto te esforzaste en guardar se te escurre e intenta echar el vuelo, y no ser capaz de hacer absolutamente nada. Y tener que ver cómo los lazos se destruyen y el hilo se tensa, sin hacerse esperar, sin esperarte. Impotencia al ver cómo ya no soy yo la que lleva esto, siempre de pie y estable. Ya no soy yo; no quería pasarte el testigo pero me lo arrancaste de las manos. No quiero volver a caer en lo de siempre y volverme otra vez frágil, cerrarme y sobrevivir. Quiero escaparme poquito a poco, como humo, en un grito fugaz que se quede colgado en el aire para siempre. Un grito invisible hecho de miradas mudas; un grito indeciso lleno de vacío. Y así, ser capaz de seguir. Destruir la impotencia sin destruirte. Quererme sin odiarte. Ser sin que seamos. Avanzar sin movernos. Existir sin tonos grises. 
¿Sabes una cosa? Odio encontrar en tus ojos lo que siempre hallé en los míos. 

miércoles, 6 de febrero de 2013

paso a paso



Sigo esperando el día en el que sobren las palabras entre tú y yo; el momento, la parte mínima de ese día infinito y deseado, en el que puedas decírmelo todo sin decir una palabra. Cuando ocurra, cuando el día llegue y yo -la eterna duda viviente- me de cuenta de que mi espera mereció la pena, podremos romper las normas y seguir, marcar el ritmo y dejar de vivir a medias. Podremos, porque siempre se puede, olvidar el pasado y construir un nuevo presente con las piezas de Lego más grandes del mundo. Construirnos, o reconstruirnos, y empezar a hacer camino al andar; andando en línea recta, no en círculos, aunque la costumbre siempre gane. Y poder para siempre decir que lo intentamos, que devoramos las palabras y dejaron de flotar, de mezclarse con el aire y meterse dentro de nosotros. 
Algún día. Suena cercano, pero no callamos nunca y todavía no me he cansado de escuchar tus palabras huecas.

lunes, 4 de febrero de 2013




En el mundo de los desvaríos, las constantes no quedan bien.

De destino inexistente y vacío incurable


Así, veo como todo se agota, y lo que yo creía una fuente inagotable de sueños se convierte en algo que debo cuidar. Me convierto, de repente y sin querer, en cuidadora de mí misma y dejo de ser libre porque llevo un lastre que me frena. Ya no creo armonía, no creo esperanza, ya no creo nada y tampoco creo en nada; soy como un cigarro que alguien terminó de fumar, como una botella vacía y una hoja llena hasta los topes. Hay algo, una de esas muchas cosas, que me pellizca desde dentro del alma y me hace fruncir el ceño. Es algo transparente, casi invisible; cuando creo que se ha ido vuelve, y cuando creo que lo llevo dentro, no lo encuentro. ¿Qué soy yo, si no puedo vivir con ello pero tampoco me conformo con que no esté? ¿Qué soy yo, o quién soy, si prefiero sentir pellizcos a no sentir nada, a gastarme del todo, a sentir que puedo evaporarme y ser como el humo de una vela? No hay nada más allá de lo que me obligo a creer, y la vida va girando como una peonza. ¿Y si me mareo? La cosa es girar. Seguir el ritmo del mundo para que, en apariencia, éste te siga a ti; ir siempre al mismo ritmo o un paso por delante, sin dejarte nunca pisarle los talones a la vida. Si tienes la valentía suficiente para nadar contracorriente, entonces inténtalo.
Pero si me vacío, si me gasto, si termino del todo con lo que llevo dentro y el aire se me escapa por los poros o, quizá, en un suspiro interminable, si la vida me adelanta y me quedo rezagada, siendo siempre la última, no pienso pensármelo. La vida va cambiando de color, y del rojo ardiente al azul oscuro no hay ni medio paso; del verde al gris, ¿qué puede haber? Si todo tiende a gris y las líneas apuntan al suelo, ¿qué puede haber? Estás tú, siempre ahí, marcando la diferencia, marcando el punto de partida y corriendo con fuerza, dejándote las suelas de los zapatos porque, si la vida se te escapa, tienes que ir tras ella. Si la vida avanza demasiado deprisa, vas a tener que ganar velocidad. Si te paras, no te va a esperar; si te paras, te vacías. No hay segundas oportunidades. Sólo hay una, y está ahí, puedes verla. Avanza, corre aunque te duelan las piernas y te quedes sin aire; corre aunque no veas nada, aunque te parezca que el suelo vaya a abrirse y a comerte. La única forma de caerte, es detenerte. La única forma de quedarte sin ganas, es quedarte atrás. La única forma de quedarte sin esperanza, es dejarla ir. La única forma de vivir es correr, girar, seguir. Siempre adelante, aunque lo que lleves dentro de lo impida, aunque quieran obligarte a parar.
Corre, avanza, no te pares nunca. Algún día llegarás a tu destino.