¿Qué significará el tiempo sin relojes?

domingo, 27 de julio de 2014

conmigo




-Yo no sé coser. No tengo ni idea. A veces oigo a la gente hablar de puntadas, de tipos de hilo, de nudos y cosas así, y no sé, me mareo un poco. No me gusta coser, y cuando agarro la aguja siempre tengo miedo a que me cree un hueco en las yemas de los dedos. Porque la aguja no es de piel; es de metal, y además de un metal duro y frío. Y es como si fuese a deslizarse por mis dedos, como si fuese a derrapar por mis huellas dactilares, y así no hay quien cosa, no hay quien arregle ni un mínimo agujero... Y me doy cuenta a veces de que en realidad ese miedo no es nada. Sólo es una excusa. Quiero decir, que te dé miedo una grieta en la piel es una gilipollez. Pero en realidad también es una gilipollez como una casa no saber coser. Porque coser es fácil, y es básico, y dentro de algunos años me hará mucha falta, y yo no voy a saber ni siquiera arreglar un calcetín o subir un vuelto, ¿y entonces qué? Es más fácil no querer coser que no saber hacerlo. Y sin embargo, pues, joder, me da lo mismo. Me da lo mismo, porque a mí no me atraen las agujas ni los hilos, no me atrae arreglar lo roto, sólo el instante de romperlo. Y todos me dicen, eh, Aida, qué pasa, las mujeres tienen dedos buenos para coser, ¿sabes?... ¿Qué coño es eso? Soy una mujer, pero eso no significa nada. Tengo los dedos largos, y tengo pestañas de tía, y en el núcleo de mi centro se halla la llama, la chispa femenina, y no sé tener la cabeza quieta, y sí, sí, sí, yo también lloro mucho cuando tengo la regla, el otro día se me cayó un huevo al suelo de la cocina y me rompí en gotitas saladas, y yo también disfruto del rimmel negro que me mancha los dedos como la tinta de una pluma cada vez que lloro y moqueo, también disfruto de ello, porque sé que estoy sintiendo. Yo también abro la boca cuando me pinto las pestañas. Tengo dedos de mujer, y con ellos hago muchas cosas. Pero coser, ¿por qué? ¿Por qué tengo que saber coser, por qué tengo que disfrutar del frufrú de la tela, del frenazo al clavar la aguja entre los hilos y apuñalar, apuñalar las vestiduras?... No lo entiendo. A veces me cuesta captar las cosas, ya lo sé. Soy un poco corta de eso que vive detrás del flequillo. Sin embargo, sé cuándo me están diciendo una gilipollez. ¿Qué significa, venga, qué cojones es ser mujer? No hay nada. No hay nada que defina lo que somos, sólo una biología obtusa, y a veces ella tampoco acierta. No hay nada que me obligue a ser quien soy, y tampoco a ser quien no soy o ésa que debo ser. Y puedo asegurarte, te lo digo en serio, que yo no tengo dedos buenos para coser. ¿Los ves? Míralos. No significan nada. Lo único que importa es lo que hago con ellos. Por sí solos no són más que huesos, carne y piel. Y si yo no sé coser, entonces mis dedos no sirven para eso. Por mucho que sea mujer, hombre o lo que sea. Todo eso, todo lo que nos dicen, todo es cultura. Todo es una construcción social, la creación de unos papeles que a veces constriñen y joden. Me gusta ser mujer, y es quizás mi única naturaleza, la única forma en la que este ser raro y con manías que soy yo se desarrolle, y sin embargo no me siento orgullosa de serlo porque nacer mujer en realidad no es nada. No hay nada que pueda hacer un hombre que una mujer no pueda hacer, o sentir, y viceversa. Todo depende de lo que lleves dentro. De quien seas. De querer coser o no, no de tener buenos dedos. Y por cierto, que sepas que la tía que debo ser, esa imbécil, me cae como una patada en el culo.

miércoles, 23 de julio de 2014

yo



Yo no quiero aceptar las reglas del mundo, no quiero andar al compás del tiempo de los relojes y de las hojas de los calendarios. No quiero, me niego, no quiero revolverme el pelo con un viento que no es mío, que no me pega donde quiero. No quiero que el mundo me moldee, no quiero nada, nada, que yo no decida.
No hay consenso. No hay vida entre mis manos. No importa nada. Me rompo sin querer, y a la vez queriendo, y dibujo con los trozos de mi cuerpo un par de frases sin contorno, porque tampoco quiero, joder, aceptar las reglas de la morfología, de la sintaxis, de la gramática.
 ¿Por qué tenemos que vivir agarrando lo que viene de fuera, tomando entre las yemas de los dedos un par de condiciones laxas que nosotros no hemos decidido? ¿Por qué los actos de los demás tienen que recaer en las tiras de mi piel, en el rugir de mis tripas?... No quiero, no quiero, no quiero.
Que sólo me duela lo que yo araño. Que sólo me joda lo que yo elijo. Que sólo me reviente yo, yo, yo.

sábado, 12 de julio de 2014



Todo sucede deprisa.
En la calle, las gotas de lluvia derrapan por el aire, y tap, tap, tap. Caen sobre la multitud de latas desparramadas por el pavimento, latas vacías y cubos abiertos, envases que brotan en el ojo como si pudieran sofocar la gotera, evitar que la calle se llene de agua y se cree un pequeño río artificial. Y la lluvia sólo es eso, una gotera, un pequeño agujero en el cielo que se abre y deja pasar la riada, una tormenta que quizá suceda en el mismísimo espacio. La lluvia sólo es una gotera.
Pero todo, todo sucede deprisa.
Estoy sentada en el sofá, y apoyo los pies en la mesa de centro del comedor. Me miro las uñas, que están pintadas de negro. Y en realidad, la pedicura es una cosa muy absurda. Porque puedes hacértela mal, al trancazo, y nadie se dará cuenta. Los pies siempre están lejos, en las antípodas del cuerpo. Y quizá, si falla un trazo, no lo vea nadie. Mientras pienso esto, todo sucede.
¿Qué sucede?
Todo. 

viernes, 11 de julio de 2014

diálogos conmigo


-Y quizás mi problema sea, no sé, que tengo demasiado claro quien soy. Que sé con demasiada certeza qué es lo que me forma, cuáles son mis valores, cuáles son los raíles de mi locomotora. Y la certeza se vuelve roma con el tiempo, porque a veces tengo delante de mí una oportunidad, un buen plan, ¿sabes?, y lo mando a la mierda. Porque yo sé quien soy. Y no me da la gana de que venga alguien a decirme cuáles son mis vértebras. Tengo toda la vida por delante, ya lo sé, no me mires con esa cara. Que no me mires así, coño. Tengo toda la vida por delante, y algún día aprenderé a no ser tan soberbia, y seré capaz de aprender que lo que me corre por las venas sólo es sangre, que lo que me permite hablar sólo es saliva, no algo íntegramente mío... Pero es que yo creo en la igualdad. Y dentro de esa igualdad sólo cabe un mundo en el que todos, absolutamente todos seamos diferentes. Un mundo en el que cada uno sepa quien es, en el que cada uno pueda argumentar las cosas o las mierdas que le forman con concisión. Yo soy igual que tú, y sin embargo, tú y yo somos distintos, porque no vivimos dentro del mismo cuerpo, ni bajo la cúpula del mismo cerebro, ni hemos vivido igual. Que todos seamos iguales requiere que entendamos que tenemos valores diferentes, formas distintas de ver la vida, de tocar el mundo, de saborear el dulce, ácido o amargo de la existencia. Pero yo, no sé, creo que lo tengo demasiado claro, que me he formado una imagen de mí demasiado pronto. Y este mundo, que está vacío y podrido, nunca va a entender eso. Porque nunca entiende nada. Porque no somos iguales, porque la igualdad no es nada, sólo un vicio que tenemos algunos. Y la diferencia, entonces, tampoco existe. ¿Me das un poco de café?... Gracias. Mira. Tú tomas el café fuerte, y yo siempre pido un cortado flojito. Y el problema está en que yo sé que me gustan los cortados flojos y ya está, a la mierda los cortados duros, fuertes, concisos, de café y una manchita de leche. A tomar por el culo. ¿Tú cedes? ¿Tú puedes tomar el café flojo aunque te guste arrugar la nariz en el primer sorbo? Igual sí, yo qué sé, te he visto tomar cafés de todo tipo sin quejarte, sin decirle al camarero que es un gilipollas, o sin dejar que se te vea en la cara que estás lanzando tacos cerebrales... Pero yo tengo demasiado claro quien soy. Demasiado. Y si pruebo cosas nuevas es sólo porque sé que me gusta probarlas. Y en realidad soy muy joven, ¿no? Demasiado, también. En fin, tampoco tengo ni puta idea de por qué tengo que contarte esto ahora, pero con todo eso de que hoy haga fresco, de que la luna esté grande, yo qué sé. Supongo que, a la vez, te estoy explicando que tengo muy claro quien eres tú, quienes son todos. Y por eso me jode tanto, tantísimo que la gente a la que quiero se traicione. Me jode que hagan cosas que ellos mismos, lo que son y su arquitectura no merezcan. Me revienta. Tengo demasiada fe, ésa es la cosa, demasiada fe en los demás, demasiada fe en mí, que a veces me resulto tan inaccesible como todos los que no comparten tripas conmigo, pero me falta fe en el mundo. En este globo inservible con los polos achatados. Y me da por pensar a veces, no sé, así, a bocajarro, que no nos merecemos esta mierda de sitio. Que nosotros sí somos dignos, pero que no vamos a poder hacer nada, que vamos a seguir estancados, ahogándonos en nuestros propios fluidos, porque esto no va a marchar nunca. Porque hay demasiada división, demasiada intransigencia. Porque el mundo también tiene demasiado claro quien es. Y lo hemos ido formando a lo largo de una Historia que no ha sido sino una sucesión de peleas. Y, como se suele decir de coña, hemos creado un monstruo. Un ser que es diferente a nosotros, que difiere de nuestro concepto de vida, y que nos pega, y nos pega, y nos pega, y nos domina, y está siempre por encima de nosotros, de nuestros valores, de eso que somos, de eso de lo que estamos tan seguros. Un ser al que nadie puede arrebatarle nada, porque el orden ya está creado y hay demasiado cemento, demasiado hierro, demasiada burocracia. Y los que están con el sistema son aquéllos que tienen el poder, mira tú qué risa. Son ésos que nos miran en ángulo cenital, como siempre, y, como decía aquel texto, se frotan las manos. Ay, no sé... Nosotros podemos ser lo que nos dé la gana. Ahora y siempre. Podemos llevar dentro lo que queramos, del mismo modo en que podemos mover los dedos, hacer como si bailaran. Y dentro de nosotros podemos cargar estrellas, y chispas, y fuego líquido. Pero ¿y el sistema? ¿Qué pasa con él? ¿Por qué no se mueve, por qué no avanza, por qué no levanta las piernas y se echa a correr de una puta vez? ¿No somos nosotros, el sistema? ¿No se compone de un montón de personas, de un montón de cuerpos con fe, convicciones, con el problema de tener demasiado claro lo que son? No. No, no y no. La estructura es un bicho. Un bicho de mierda. Y nosotros le echamos de comer, y le damos el café como le gusta, siempre como le apetece. Le gusta fuerte, ¿sabes? Duro. El mundo es un poco sádico. Lo hemos hecho así. Porque a él lo hemos hecho nosotros, y romperlo nos haría tambalearnos, nos haría sudar, y escurrirnos como gotas, gotitas... Y sin embargo, ¿no crees que merece la pena? ¿No crees que vale la pena desajustarnos un rato, marearnos y girar como trompos, sólo un poco, para poder ser libres, para poder ser siempre iguales, iguales y distintos, y dejar de echarle de comer al bicho, o de tolerar que otros lo hagan? Yo creo que sí... Pero no sé, joder, no sé cómo hacerlo. Tengo demasiado claro lo que soy, y lo que somos, y ése es mi problema. Y ahora, sólo porque sé que quiero torturarme, me voy a pedir un café como ése. Pero sin leche condensada. Nunca cederé a la leche condensada.

lunes, 7 de julio de 2014


No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. No. Sí...

Sístole
Fue la primera vez, y la más puta...
Diástole
Yo no quería nada, pero esa vez fue tan puta...
Sístole
Tenía los labios hinchados, y la cabeza roma,
Diástole
y las yemas de los dedos llenas de huellas en forma de nube,
Sístole
y yo no quería nada, pero qué puta.
Diástole
Me agarró los vueltos,
Sístole
se me soltaron las costuras,
Diástole
la aorta se me rompió.
Sístole
Y tan puta, joder.
Diástole
Después, el corazón me fue despacio,
Sístole
arritmia psicosomática. 

domingo, 6 de julio de 2014

de preguntas



 A veces me hago preguntas, y antes de terminarlas, antes de cerrar la interrogación, ya sé lo que me voy a responder. Pero a mí, desde siempre, se me dan mejor las preguntas que las respuestas. Y en realidad qué importa, si una respuesta jamás va a influir en la cadencia del ritmo, en la bajada de las cuerdas vocales cuando la lengua pregunta. Qué más da, si a mí me gusta sentir cómo me derrapan los fonemas por la boca mientras me cuestiono todo, mientras ignoro que ya tengo las respuestas dentro de mi coco, y que si están ahí y no hacen nada, hacerlas salir no va a significar una mierda. Y qué, si a mí me gustan las palabras, y mi vida tiene más que ver con las preguntas que con las respuestas. Qué me importa, si en algún momento alguien puede escucharme y aspirar la cadencia de la interrogación con el caracol del oído, y puede que me dé una contestación distinta a la que yo, desde las esquinas de mi cráneo, diseño. Y ésa es, de alguna manera, la gracia. Que puede llegar alguien, cualquiera, y aportarme algo más, algo que se salga de lo que yo sé. Porque en mi cabeza cabe poco, y puedo procesar muy poquito. Y tal vez, no sé, tal vez pueda agarrar con imperdibles lo que los demás me dan. Y quizás por eso, sólo por eso mi vida tenga más que ver con las preguntas. Mi vida y también yo. Porque soy humana. Y quizás mis ojos, más allá de la miopía y el astigmatismo, tengan una arquitectura perfecta. Tal vez mi nariz aspire como es debido, y mi lengua sea perfecta, y yo sea un ser humano como los demás, y mi cuerpo funcione así, como la máquina mejor construida por la naturaleza. Pero yo, mi alma, lo que soy, lo que somos todos, está torcido. Y ahí, justo ahí, está lo bueno.
Y no sé, ¿seguirás leyéndome?...

agua I

Y si yo fuera una gota de lluvia, entonces me aferraría con fuerza al algodón, y crecería agarrada, y me volvería cada vez mayor, y pasaría los años con las uñas clavadas al filo de las nubes. Si yo fuera una gota jamás dejaría que me obligaran a desparramarme sobre un prado en el que no quisiera terminar mis días. Aunque supiera que después me evaporaría, que subiría sin remedio y gracias al calor. Clavaría las uñas y los dientes, y los dedos y los pies, y me volvería parte de la nube, porque nunca, nunca, nunca nadie podría separarme de lo que quiero, de lo que pido, de lo que merezco. Y gritaría, y me oirían desde el suelo, incluso allí donde no quiero llover, donde no quiero que me lleven. Y quizás, no sé, quizás me deformaría, y me importaría poco, porque yo no tendría la culpa de que la gravedad hiciese con mi cuerpo lo que le diera la gana. Mi cuerpo sin contorno sería el símbolo de mi terquedad, de mi victoria silenciosa, de lo que se dejaría leer en los cardenales que me crecerían debajo de las uñas, gracias a la fuerza de mi cuerpo evitando caer, caer, caer siempre hacia abajo... Seguiría ahí. Y sería libre, porque estaría gritando que no quiero, que no me da la gana, y en esa falta de querer estaría mi resistencia. Si yo fuera una gota y quisieran hacerme llover sobre los muertos, nadie sacaría de mí ni un puto asentimiento, ni una sonrisa, ni una mínima, ínfima condescendencia... Yo no dejaría que me echaran del cielo. Porque si lo hiciera me caería, y tendría que aguantar el aire cortándome los cachetes, y me dolería la punta de tanta gravedad, de tanta inercia. ¿Y para qué quiero yo dolor, si puedo complacerme a mí misma mientras grito y grito y grito, o mientras se alza el ruido de mi silencio embravecido, de mi rebeldía muda?... ¿Para qué quiero dolor, si yo puedo más que él, si soy más fuerte que la pereza o la angustia o las ganas de que todo termine? ¿Para qué quiero que me duela, si puedo hacer que el único dolor que desgarre mi piel y mi alma sea el dolor con sentido, ése que me apriete las yemas de los dedos?

martes, 24 de junio de 2014

18



Buenas noches, 
las noches nunca son buenas porque hace frío, y las estrellas están tapadas por una puta capa de luces que son de mentira, que no alumbran como el sol, que no dan calorcito. Nunca son buenas porque a veces estás contenta, entretenida, bien, y tienes que irte a dormir porque al día siguiente tienes que madrugar y entonces con la noche te viene la certeza de que las madrugadas y las mañanas nunca son buenas... Las noches nunca son mejores que los días, porque hay poca luz en la calle y no ves dónde pisas, y no puedes hacer ruido ni beber café, ni sentirte radiante y tumbarte para que el sol te dé en toda la espalda. Nunca son buenas porque siempre terminas manchándote con algo, y no ves que te manchas, y no puedes acudir corriendo al baño para limpiarte con un papel mojado, y la mancha penetra y penetra y penetra en la tela, y cuando llegas a casa y te acogen esas luces también artificiales, pero que al menos no roban estrellas, te das cuenta de que estás hecha una mierda. Las noches nunca son buenas porque te vas a dormir sola y no puedes salir a la calle a buscar un poco de calor, nunca son buenas, no lo son...

Pero entonces llegas a la cama y cierras los ojillos, y sólo ves la oscuridad de lo que tapa tu mirada, y ves como un vacío, como si fuera el espacio, que se llama espacio porque no hay nada y caben muchos muebles, muchas cortinas que en casa sí que no terminan de caber. Espacio, eso es lo que es, lo que tienes. Espacio para desparramarte, para ser tú al completo y entrar en ese mundo único que albergas dentro del coco. Espacio, espacio, el espacio de tu cráneo. Y te duermes, y el espacio se hace más grande, y se llena de imágenes y sensaciones y a veces de sabor, olor, tacto. Te duermes y sueñas, materializas lo que siempre llevas dentro aunque no lo parezca. Porque siempre llevamos dentro los sueños, imágenes inconexas de lo que somos y el airecillo que tenemos dentro del esqueleto. Siempre somos los mismos, lo mismo, y cuando nos dormirmos las noches dejan de ser malas y se convierten en simple espacio que llenar. Porque quizás amanezca dentro de ti, y tú serás una cáscara que reposa sobre el colchón, y mostrarás al mundo la dualidad de tu cuerpo. Quizás amanezca y ya no sea de noche, y se salve el momento y seas, dentro de ti, tú al completo.

sábado, 14 de junio de 2014

cuepo, alma y chispa



Hundo las yemas de los dedos en mi muslo, me clavo las uñas y me palpo el dolor con la mismísima mano que lo provoca. El dolor es caliente, y me cubre la piel como una crema espesa, dura, turbia. El dolor es caliente porque rompe las células. Y mis células gritan, gritan como locas, porque están desnudas y yo les parto el eje, y sigo cavando con los dedos un agujero infinito por el que caer, como Alicia... Me duele, y entonces soy carne, soy músculo, soy huesos, soy el cuerpo que grita bajito porque siente. Hundo las yemas de los dedos en mi muslo y me palpo la dureza de los huesos. Entones sé que soy esqueleto, y soy lengua y uñas y piel, y el fondo de mis ojos, y cartílago y un corazón que late a destiempo. Sigo apretando, palpando, rebuscando, y entonces también soy tripas.
¿Qué quiero ser?, pienso, repienso, requetepienso. ¿Qué quiero ser?... Ahora, justo ahora soy este cuerpo, este trozo de carne que camina y corre y vive, que siente dolor y placer y la hinchazón de la respiración. Soy todo esto, un cuerpo humano, y comprendo dentro de mi ser todo lo que la anatomía puede querer de mí. Soy un cuerpo completo, y tengo muchas partes. Y cientos, miles de personas han dedicado su vida a desentrañar cómo funciono, qué es lo que llevo dentro, por qué navega la sangre y a santo de qué tienen que hinchárseme los pulmones para poder vivir. Miles de personas sentadas delante de una mesa, espiando mi naturaleza, que también es la tuya, y la de la vecina. Todos somos iguales, y tantos se han consagrado a saber cómo somos todos, qué coño tenemos por dentro.
Así que soy este esqueleto. Un esqueleto humano, quizás aburrido, porque no tenemos alas ni cola. Pero es lo que soy, lo que tengo. Y es lo que adivino cuando me clavo las uñas en la piel. Y sin embargo, aunque soy todo esto, ¿qué quiero ser?...
Me pregunto qué quiero ser porque sé que dentro de mí también llevo corrientes de viento, y de ceniza, y de chispas. Yo siento más, mucho más que este dolor calentito que me recorre las venas y las arterias. Yo siento más que la sístole y la diástole, más que la respiración ahogada, más que los golpes de tos. Yo siento más placer que el del sabor, o el del olor, o el del sexo. Y soy tanto, y a la vez tan poco... Porque las cosas que llevo dentro, ésas, precisamente ésas, nadie se ha preocupado por contármelas. Y nadie ha estudiado con un microscopio por qué la sangre que me llena no es sólo sangre, ni por qué la piel que me cubre no es sólo una capa de tejido. 
Me palpo los huesos de las piernas, la clavícula, las costillas. Me voy tocando poco a poco, paso a paso, despacito, y no me acaricio pero sí aprieto mi cuerpo cada vez más. Esta vez no duele, porque sólo es una misión de exploración, sólo soy otro cuerpo más que se interesa por la anatomía y hace un recorrido científico por su cascarón. Me toco los pies, las manos, la cara, el cráneo, la nuca, la coronilla, me toco la espalda, los talones, los tobillos, la rodilla, me toco el vientre, y los pechos, y el cuello, y la barbilla... Me toco toda, repaso mi esqueleto y mi piel, toda mi piel. 
Joder, no encuentro nada, nada, nada... Sigo sintiendo, y sigo siendo así, un porro mal liado, y sigo llevando la esperanza cosida al cráneo, y los sueños encajados en la mandíbula, y sigo cargando con estas chispas inútiles en las yemas de los dedos. Quizá se hallen en mi huella dactilar, pienso, y quizás por eso sea única, quizás por eso sea sólo mía... Pero entonces con la punta de un dedo toco la yema del otro, y no siento chispazos, ni corriente, no la siento allí en la piel, pero sí la siento dentro.
 ¿Qué quiero ser? ¿Mi cuerpo, mi alma o la chispa? ¿Por qué seremos todos tan iguales, y a la vez tan distintos?... Somos lo mismo, el mismo cuerpo, los mismos fluidos, la misma fragilidad. ¿Por qué debería quererme más, y por qué no iba a hacerlo? Nunca hallaré la diferencia, jamás conoceré lo que llevo en las entrañas, aunque me lo ilustren en libritos con dibujos de cuerpos abiertos, macabros y a la vez didácticos. Nadie se esforzará jamás en estudiarme. Pero yo, yo, sólo yo puedo disfrutar del calorcito de mi dolor y mi placer, y también de lo que guardo en las córneas. Es un secreto, y lo sé.

martes, 10 de junio de 2014

ojos



–Oye, ¿sabes?... -dijo ella-, me gustaría tener una visión global, no sé, como un superpoder. Un prisma clavado en la córnea, que se abra y se expanda y lance mis pupilas hacia todos lados. Como un embudo, algo así, que mi ojo se abra un poco más a cada centímetro y tenga en el extremo un tamaño totalmente distinto al de la mierda de agujero por el que estoy condenada a mirar. Y que sea redondo, que me dé la vuelta a la cabeza, y al cuerpo, y a los brazos, y que me deje verlo todo, todo. Que no me corte la mirada. Quiero poder ver más allá de mí y de mi percepción, que mi vista no sea jamás limitada, que nadie pueda acusarme de tener una simple y rácana mirada de sujeto. No saberlo todo, pero sí tener los medios para hacerlo; no me importa no ser capaz de comprender lo que hay a mi alrededor, qué son esas figuritas que traspasan el velo de mis ojos y navegan a través de mis nervios oculares. No me importa. Pero quiero tener la opción, ser capaz de mirar, de traspasar las fronteras, y si algún día, por casualidad, me da por meditar, podré entender tanto, tantísimo como abarquen mis ojos-embudo. Y si no quiero, si no me apetece hacer gimnasia mental, darle cuerda al coco, entonces simplemente puedo buscar la amplia belleza en el sentido más primario.
 
Lo dijo, juro que lo dijo, convencida y todo. Lo dijo. Y justo después me miró y sonrió, y repitió algo sobre la belleza. Y yo pensé, joder, esta tía no comprende que lo dulce de la belleza y de la vida está en no abarcarlo todo, en no tenerlo todo. No entendía que el sujeto siempre parcializa, y que si tienes opción de verlo todo, entonces estás jodidamente ciego...

viernes, 6 de junio de 2014

06 06


Y joder, joder, joder... Hoy me levanté de la cama, y puse los pies en el suelo, y desdoblé las muñecas, y ya no era la misma. 
 Voy aprendiendo, tal vez.
O creciendo.
Y quizás me equivoque, quizás me equivoque siempre, porque puede que me haya torcido en algún punto del camino, así, un poquito, y puede que esa ínfima desviación me lleve a chocarme alguna vez con las líneas que tendrían que ser paralelas a mi cuerpo. Quizás me equivoque, pero no importa.

Qué coño

miércoles, 28 de mayo de 2014

las cosas compartidas jamás serán de nadie



Y entonces rozó su boca con mi boca, y nos acariciamos en un beso lento, de fogueo, y suspiré despacio, y le besé y me besó y nos besamos... Aquel beso no era para él, no era suyo, pero tampoco era mío. Yo le tocaba, a ratos con furia, a ratos con ternura, y mientras lo hacía, mientras ahogaba el alma en la carne, iban desfilando por mi cabeza todos los cuerpos, todas las almas a las que yo regalaba aquel beso que escupía deprisa. Y de repente le mordía, y manaba de mis dientes un deseo hueco que nada tenía que ver conmigo, y el beso se tejía en el espacio y en el tiempo y se esparcía por el recuerdo de todas esas personas a las que pertenecía. Yo había querido, no importaba a quién ni cuándo, ni tampoco con qué fuerza o en qué frecuencia, pero lo había hecho, y ahora no podía abandonarme al simple placer de la carne. Cada vez que besaba, cada vez que mordía, cada vez que tocaba, cada vez que me abandonaba al cuerpo, me sentía imbécil. No lo toleraba, no podía, y con los labios se movía la vida, y supuraba todo lo que había llevado dentro y besaba a tantos a la vez, tantas bocas, y en mi lengua se juntaban tantas salivas distintas que ya no sabía qué sabor guardarme.
Las cosas compartidas jamás serán de nadie, y aquel roce labial en apariencia era nuestro, de los dos. Mordía, lamía, besaba... Las cosas compartidas jamás serán de nadie, y al compartir el instante no era suyo ni mío, no tenía dueño, y quizás por eso yo lo esparcía como si estuviese hecho de esporas y le besaba con más fuerza, con más ganas, y se me calentaba el interior de los huesos, porque no era él, no era él, eran todos.
Jamás serán de nadie... Cuando las compartimos, las cosas se deforman, y no tienen la esencia que tendrían si fuesen mías, sólo mías, si se hallasen solamente dentro de mi coco. Tampoco son como deberían ser dentro de las múltiples cabecitas que las reciben, porque las cosas compartidas se fusionan, se moldean a sí mismas, y crean algo nuevo que no habría existido si no lo hubiésemos creado a traspiés. Me di cuenta entonces, y pensarlo no atenuó nada.

martes, 20 de mayo de 2014

escenas para entendernos




"Los pies me cuelgan. Los coches oscilan debajo de mis plantas, como hormiguitas en combustión. Corren, derrapan, frenan. Yo estoy lejos, en la esquina más fea de la azotea, y con cuidado poso las puntas de los dedos de mis pies sobre los vehículos. Los muevo un poco, y cuando en mi córnea se solapan el cuerpo y el metal, me desdoblo. Y llevo las piernas deprisa en dirección al final de la calle, como si montara en monopatín... Siento que me muevo, y en ese momento soy feliz"


"Soñé que el mundo se quedaba preñado. Ya no era una esfera, sino que tenía forma de ocho acostado. Cuando me desperté, la sopa estaba fría y en la tele hablaban de Europa. Y pensé, joder, a la primera contracción nos fastidiaron el día... "


"Magdalena soñó que paría un bicho. Nunca me dijo cómo era, así que me lo imaginé un poco sin forma, como a Gregorio Samsa. Era un bicho, me dijo, un bicho malo, y ya está... Estaba de siete meses, y dicen que es lo normal, que son sueños de embarazada. Que cuando esperas que algo salga de ti, piensas que puede salir cualquier cosa. ¿Será lo mismo soñar con un bicho humanoide que con un bicho de sociedad?... "

"En el platillo, la camarera me dejó un euro de más. Lo tomé como una invitación del destino, como un regalo de cumpleaños un poco, sólo un poquito retrasado. Era un euro, cien céntimos, dos veces cincuenta, diez veces diez. Quise donarlo, comprar una de esas tarjetitas de ayuda del súper. Quise regalarlo, invertirlo, llegar con él al cambio. Pero entonces se coló en mi vida una máquina de chicles, y yo tenía la garganta tan, tan seca..."


"El trapecista quería agarrar la estrella. Construyó un artefacto, un trapecio gigante, con cuerdas industriales, y se embutió en un traje ignífugo. Compró un montón de grúas y las amontonó. Cuando la altura fue adecuada y la tierra ya era redondita, colgó las cuerdas en el tope y desescaló la torre. Antes de agarrar el trapecio, lo lanzó como hacen los niños para darle la vuelta al columpio. Y las cuerdas se quemaron, se volatilizaron. El trapecista se sentó en el suelo, llorando como una breva, y no alzó la vista para descubrir que la punta de la última grúa, allí donde sus manos habían atado la cuerdecilla, rozaba la esquina de la estrella"


"Manolo, así se llamaba el tío que quiso pintar en la carretera una línea discontinua que llegara hasta el otro lado del mundo. Porque le daba la gana de pararse en cualquier punto. Se llamaba Manolo, y cuando Manolo, tras un arduo trabajo, se topó con el principio de otra línea discontinua, casi casi donde él recordaba haber comenzado, se cabreó y empezó a borrar las endemoniadas rayitas que un tío llamado Manolo, copiándole el trabajo, había empezado a pintar"


"La bota pisa el alma, y estruja, y se jacta. El alma convulsiona, se retuerce de dolor, chilla y supura y sangra. El pie por fin consigue vencer al zapato mortífero, y tira fuerte, y al final la bota se retira, con mucho esfuerzo, y el alma queda libre. Entonces abre un ojo, y después el otro, se limpia las babas y pregunta, desconcertada, por qué la bota siempre tiene que correrse primero"


"La vida imita al arte, dijo el modernillo mientras tomaba sopa en lata y fumaba maría en una pipa de viejo..." 



domingo, 11 de mayo de 2014

345





Le da la vuelta, y lo hace con la mano izquierda, la mano inútil, la mano idiota. No lo mira. Me clava las pupilas a mí, y el alma a mí, y se vierte por los ojos sobre mi cuerpo. Se desparrama en mis costillas. Y, sin embargo, permanece tan entera, tan íntegra, que aparenta que no se está derritiendo, que no se le vuelven agua las vísceras, que no se le escapan los sentidos por los poros, que no se suda a sí misma.
Gira el reloj de nuevo. La arena, que ni siquiera había empezado aún a caer, se afianza de nuevo en la que antes era su base. Esta vez sí lo mira, deja de mirarme y lo mira, y yo oteo cómo su espalda se vuelve hierática y los dedos se aprietan a sí mismos para después, pum, destensarse...
Yo intento acercarme, y tocarle la espalda, y ponerle un dedo encima y sentir que no es agua, que su cuerpo no se desliza en forma de gotas suicidas. Y no puedo, porque de pronto se gira, y me mira y la miro, y entonces sé que le ha dado la vuelta al reloj, y pienso en lo tristes que deben de sentirse los granos de arena, que siempre van de una casa a otra, como los niños maleta.
Puta. 
Tres minutos, suspiro con voz, tres minutos, el reloj dura tres minutos... La arena tarda tres minutos en caer, y durante tres minutos los granitos de desparraman contra el vidrio, y quizás sólo esos tres minutos de acción compongan la tranquilidad. Tres minutos. Pero tú, suspiro callada, tú no dejas que avance, no dejas que ande, tú no dejas que el reloj me chille que aún hay tiempo. Tiempo para no hacer nada, o para salvarme. Tiempo de mierda, que no sé cómo voy a utilizar, pero que me dará un momento, espero, para pensar. 
Sólo es un reloj de mierda, y es feo, y no me gusta. Y nunca lo utilizo, porque no entiendo de qué me va a servir cuantificar tres minutos que sólo dan para lavarse los dientes, o para dibujar un ojo, o para andar a casa. Y es sólo eso, tres minutos, un segmento de tiempo tan pequeño, tan, tan nimio que se vuelve estúpido. Qué más da, son tres minutos, tres minutos, tres...
¿Qué significará el tiempo sin relojes?, exhalo, ¿qué significará, sin relojes?... ¿Y si es una idea vaga, y si al final el mundo se desmorona, y si, al no haber tiempo, ya no hay imposición social? ¿Y si nadie me dicta el ritmo, y si no envejezco, y si da igual que me vuelva vieja y se me arruguen las manos y tenga experiencia, y si nunca soy demasiado joven, y si nunca debo crecer del todo, y si nunca tengo certeza de que soy yo, soy yo y nadie más? ¿Y si al final no es nada, y si el mundo se basa en el tiempo, y si la vida es más corta y los días más largos? 

jueves, 1 de mayo de 2014

42




Es que yo estoy un poco torcida, y a veces por la mañana ni siquiera intento peinarme para tratar de remediar el desastre que crea la propia naturaleza de mi cabellera, y dejo que me crezcan las uñas y sólo me las limo cuando ya están irremediablemente feas, y tengo la nariz grande, y el pelo rizado y de varios colores, y a veces pienso demasiado, y escribo de tal forma que al final me acaban doliendo los dedos porque es la única forma de flagelarme un poco, y me importa una puta mierda no tener edad para beber tanta cerveza y para decir tantas palabras feas, y me gusta ver a los demás fumar pero soy incapaz de hacerlo porque cada vez que me llevo el cigarro a los labios siento un tirón en la garganta, y tengo los pies grandes y las orejas pequeñas y trazo todas las mañanas una gruesa línea negra alrededor de las curvas cerradas de mis ojos, y los ojos los tengo gastados ya de leer cada vez que se me abre un oasis en el reloj, y duermo mucho, y madrugo poco, y siempre llego tarde a clase, y tengo una teta más grande que la otra, y tengo un ojo vago, y a veces hablo gritando, y tengo la voz un poco rota, así, como si me saliera de algún punto que se encarama en lo hondo de mi garganta y raspa el habla, y hablo un poco raro, y no sé pronunciar la 'ch', y tengo los dedos gruesos pero largos, y no me sé, y no me conozco, y no me veo, y a veces en vez de intentar decidir espero a que la idea venga sola, a que nazca sola, a que aparezca de repente en el foro de mi puto coco, y soy leal hasta los huesos, y no me lo soy a mí misma, y tengo embutido dentro del cráneo un inefable complejo de culpa que se regenera como la cola de un lagarto, y tengo la barbilla redonda, y los labios finos, y entre mis dientes se abren profundos huecos que llegan hasta donde acaba la garganta, y la línea que define el rostro me la cubre un lunar, y tengo las pestañas en una eterna curva cerrada, y a veces soy una zorra, y otras me paso de buena, y siento a veces que el airecillo de la calle no me entiende, y entonces no me entiende nadie, y ya está, a la mierda, nadie comprende nada, y me siento sola a veces, y de vez en cuando encuentro una baldosa, así, en el suelo, que me refleja desde dentro, que me refleja las tripas y la sangre y las vísceras y un alma en la que siempre me cuesta penar, y en la baldosa también se encarama la figura de alguien más, como si surgiera de su núcleo, y entonces hallo un doble, y llega alguien que también se tuerce un poco, alguien a quien también se le rompe el fondo de la voz en algún punto de la garganta, alguien que sueña despierto y se araña los brazos para cerciorarse de que no tiene por qué mierda estar durmiendo, alguien que también se desliza por el tiempo y no cambia nunca y tiene sueños y siente sin filtros y duerme con dificultad y no sigue cánones y escribe a martillazos y lee a latigazos y se cose a las pestañas las horas que quedan para que el futuro llegue y se lo cargue todo, todo y a todos y explote, alguien que se engancha a la vida, alguien que llora de repente, alguien que ríe de rebote, alguien que jode sin querer, alguien que disfruta de sus propias heridas, alguien que sabe dónde está pero no para qué, alguien como yo, así, que se peine poco el alma, y, no sé, la vida es un poco menos puta...

domingo, 13 de abril de 2014



cámbialo de lugar, de momento, mueve las agujas, estrújalo, quítale la cáscara, míralo de lejos, decolóralo, baja el volumen, cierra los ojos...
descontextualiza.
piensa que no somos tú y yo, que no, que son otras personas en otra época y en otro sitio, con otro olor y otro sabor en la punta de la lengua, que son otras personas con otros dientes y otras manos, otras personas con otra vida y otro color de ojos.
borra nuestros rostros, borra nuestras voces, elimina nuestras pupilas.
míranos de lejos, así, en tercera persona, míranos un poco y piensa que no somos tú y yo, que somos solamente dos cuerpos que andan por la calle delante de ti, que lo que decimos no es más que una conversación furtiva que se cuela dentro de tus oídos cuando viajas en guagua.
no somos tú y yo.
vamos a olvidarlo, vamos a mandarnos a tomar por culo de una puta vez, vamos a dejar que todo fluya y se marche y que el viento se lleve lo que está suelto y sólo se mantiene en pie porque alguien se empeña en que esté sano. vamos a dejar que se desgaste, a permitir que sea la erosión quien termine con lo que un día creó la inercia, vamos a dejar que todo acabe sin haber empezado a vibrar.
no somos tú y yo, qué importa; sólo estamos robándole la oportunidad a dos cuerpos sin rostro que se deslizan por una calle fría y sucia de noche y en silencio. sólo estamos poniendo el mundo en orden, ajustando, arreglándoles la vida a dos idiotas que no saben cómo manejar la situación simplemente porque son ellos y no otros y se conocen de mil maneras.
descontextualízame... 

jueves, 10 de abril de 2014

¿quiénes son las mujeres buenas?


Las mujeres buenas, ¿sabes?... son aquéllas que hablan poco. Muy poquito. Son las que lanzan vocablos al aire como si los paladearan, como si nadie más en el mundo mereciera un fonema procedente de la glotis femenina. Una buena mujer jamás, repito, jamás obliga al esófago a derretir el habla, a hacer salir a golpetazos lo que se esconde en el centro del costillar. Las mujeres buenas, bueno, pues son aquéllas que se callan, que contemplan los signos gramaticales que otros imprimen en el aire, aquéllas que se sientan con las piernas bien cerradas para que no se suba la falda, ésas que sólo ven ritmo en la música y no en la letra, en las palabras, en la melodía verbal. Una mujer buena nunca derrocha nada, ni la memoria ni las especias. La buena mujer, ésa de verdad, construye la feminidad en el fondo del silencio. 
Y, en fin, mírame. Mírame ahora. Estoy intentando desviar la mirada porque no me da la gana, no me da la puta gana de verme reflejada en el espejo. ¿Qué gano con verme? Sólo soy una mujer, no una mujer buena, sino simplemente una fémina tumbada en el sofá sin ningún tipo de orden en la colocación del cuerpo. Y la copa... En fin, ¿para qué quiero verla en el reflejo? Hoy me apetece beber sin ver. Con los ojillos cerrados, con el trago mudo, con el tacto intacto. Sólo el vino... El paladar y el vino. Sin imagen. Así que a ratos cierro los ojos, y también a ratos desvío las pupilas para que no se topen otra vez conmigo. 
Las mujeres buenas no beben vino tan temprano. Soy total e irrevocablemente consciente de ello. Sólo beben alcohol de noche, acompañado de una buena cena, y es el hombre quien lo sirve en la copa, como en aquel libro japonés... 
Aunque no la veo, sé que la imagen del espejo oscila, que se le levanta el pecho y los labios con regustillo etílico se le curvan. Me río un poco, bajito y a solas. Las mujeres buenas... no sé, no creo que las mujeres buenas se fumen a medias los libros, que los inhalen y no los exhalen nunca. No creo que lleven dentro del coco tanta materia como para poder obstinarse con un pasaje, con la pequeña estrofa de un poema sin métrica pero esquemático. Y, la verdad, no sé si las mujeres buenas, o los hombres buenos, o cualquier ser humano con un poquito de bondad o inteligencia podría cuestionarse los versos. No sé si podría contradecir la verdad absoluta de la poesía, el rumor intrínseco de lo escrito, la estructura que desprenden las palabras y esa forma de hacernos saber, mediante el ritmo, que el autor lo conoce todo. Tampoco sé si las mujeres buenas leen poesía. “Por ejemplo/una mujer es buena/cuando entona desafinadamente los salmos/y cada dos años cambia el refrigerador/y envía mensualmente su perro al analista/y sólo enfrenta el sexo los sábados noche”, escribió una vez Benedetti. 
No tengo ni idea de cómo escribir poesía. Pero sé leerla. Y soy consciente de que los versos no son estáticos. Son como el agua, como agua en desnivel. Fluyen, corren, escapan. Y no tienen una forma fija. No sé si esto lo sabrán las mujeres buenas. Pero, cuando leo o cuando escribo, tengo muy claro que los dibujos que forman las palabras no serán nunca los mismos para mí que para quien lee conmigo. Todo depende del marco, del entendimiento de quien se chuta el pensamiento o la emoción de otros. Y por eso al leer a Benedetti, al llegar a esa estrofa de un bonito poema, puse atención al ruido de mi nevera rota y me di cuenta de que jamás he tenido perro, de que el sexo no se enfrenta, y, aunque me cueste admitirlo, me pregunté lo que era un salmo. Entonces vino a mi mente la imagen de una mujer que es buena, de una mujer cuya nevera anda como la seda, de una mujer que nunca se atreve a cuestionar los versos que otros escribieron. 
Y yo... Yo, pues nada, me puse a hablar conmigo. Por codos y rodillas. Ya me ves. 
Apuro el último sorbito de vino y, con todo el pesar del mundo, me pongo en pie. Camino hasta la cocina, lavo la copa y la poso sobre la encimera de granito. Me apoyo en la mesa y, con los ojos entrecerrados por puro teatro, la miro. La flor de mi cocina. Y el ruido del viento, el del refrigerador...  
Sí, la copa tiene pinta de flor. La raíz geométrica que penetra en la encimera y clava el cristal al frío, el tallo enhiesto que sólo se curva con elegancia en lo bajo, y el capullo translúcido de tulipán defectuoso... La verdad es que le falta algo para evocar la primavera. Algo sencillo, pequeño, ínfimo. Sólo un toque que convierta la copa vacía en flor. Agarro la botella de vino, me deslizo con supuesta elegancia y, con un suave golpe de muñeca, lleno la copa. Y voilà. Un romántico tulipán violáceo, una flor exuberante que comparte con las de verdad la provocación de la pulsión de asomar la nariz al precipicio cristalino y aspirar un olor narcotizante. 
Las mujeres buenas llenan la casa de flores. 
Hago círculos con el dedo índice en el filo del cristal. Mis uñas, de un violeta electrizado, no hacen justicia al color del líquido. Bajo por el capullo del tulipán, poso mis dedos en el tallo transparente y, tras pensarlo una milésima, me llevo la copa a los labios. Y, ¡zas!, una copa de vino nuevecita para mí, sólo para mí. Un tulipán muy caro. 
Me dirijo de nuevo al salón. Por el camino arreglo un par de velas sin llama que se tambalean. Las coloco con cuidado, intentando compensar la gravedad y el ángulo del desgaste en la base de la cera. 
La azul un poco a la izquierda, y la blanca así, un poquito más allá... 
Entonces me giro, con la misión ya terminada, y me veo en el espejo. Podría irme, dirigirme al sofá y volver a obstinarme y a permitirme desviar la mirada de mi figura. Sin embargo, me quedo ahí, de pie frente al espejo de cuerpo entero.  
Suspiro. Una mujer en pijama. Pantalón corto, camiseta de poca tela. Sujetador ausente. Un tulipán granate en la mano izquierda. La postura inquieta. El peso apoyado en una de las caderas. Yo. Maletín inexplicable de feminidad truncada. 
Bebo un sorbo de la copa, sin dejar de contemplarme. 
Me acerco un poco. Bebo de nuevo. Me acerco un poco más. Y vuelvo a beber. A cada paso, un sorbo. Y así termino viéndome solamente el rostro en el espejo, no sé si por ganas de hacerlo o por las machaconas ganas de beber. Allí, unas ojeras ocasionales endurecen los rasgos. Bajo un poco la cabeza. Tras las pestañas que la naturaleza se encargó de rizar en la genética, unos ojos muy marrones se escrutan a sí mismos. Metamirada. Me alejo un poco, y vuelvo a beber. Cada vez tengo más cerca el fondo de la copa. Es como si le estuviese arrancando, pétalo a pétalo, un sí o un no al cristal. 
Con esa nueva idea en la cabeza, me arrellano en el sofá. Esta vez sí me miro. 
Una mujer buena... 
Una mujer buena no se miraría mientras bebe vino por la mañana, aún en pijama. No buscaría respuestas en la sombra del alcohol. No bebería a sorbitos por seguir el ritual y no por guardar la compostura. 
No soy una mujer buena. Quizá, si lo fuese, podría echarme a llorar ahora mismo; tal vez el jugo ocular que me habría arrancado la imposibilidad de hacer feliz a la sociedad se derramase por mis mejillas. Y tal vez, sólo tal vez, el tinto esté rico con un poco de sal. 
Las mujeres buenas, ¿sabes?...  son aquéllas que intentan complacer al mundo con actos que no las representan. Al menos, creo, si adaptamos los parámetros del adjetivo “bueno” a la anquilosada melodía del reproche social. Las mujeres buenas son ésas, ésas que hacen lo que dictan las convulsiones ajenas y se anudan los imperativos a la espalda. Ésas que cambian el refrigerador cada dos años para que nadie vea que está feo, ésas que anteponen el mundo a la vida, ésas que se guardan las palabras para cuando sirvan o simplemente encajen.
Ahora miro la punta de mis dedos, y los muevo como si bailaran. Y pienso, entonces, que sí. Que hablo demasiado, que pienso demasiado, que bebo demasiado. Que cuestiono lo que leo, oigo y digo. Que no acumulo palabras para guardarlas, para usarlas después con fuerza y contundencia cuando queden bien, sino que las vomito a cada rato. Que no dibujo una línea imaginaria en la rodilla para decirme que de ahí no sube el corto de la falda. 
Sin embargo, y debajo de toda esa capa de nula adecuación social, tengo algo. Va más allá de las copas de vino antes de mediodía, de la postura incómoda en el sofá. Intento encontrarlo ahora en el fondo del cristal. Deshojo la copa a sorbos, tragando poco a poco el líquido sólo por seguir el ritual. Tal vez habría sido más adecuada la cerveza.
Y me hallo buscando, me hallo intentando recabar qué es lo que tengo dentro, me hallo haciendo algo tan egoísta como pensar íntegramente en mí. Y me pregunto, entonces, si las mujeres de verdad, las que no necesitan ser buenas, no serán ésas que se olvidan de conformarse simplemente con lo que otros encontraron en ellas.  

domingo, 2 de marzo de 2014



A veces me gustaría ser diferente, y lo pienso de veras, como si pudiese reajustar mis engranajes y reinventarme. Y añado tantas veces ese prefijo, el "-re", y pienso tantas veces en mí como algo roto, como algo vacío... Hasta que me doy cuenta.
No diré de qué. 
Pero no necesito empezar de nuevo, porque puedo empezar ahora.

domingo, 16 de febrero de 2014

de la utilidad

-Camarero.
Ni puto caso.
Qué se le va a hacer. Me toca beberme el café amargo. Me lo llevo a los labios, cierro los ojos y bebo. Y bebo, y bebo, y bebo... y al final me termino el café de golpe, porque está asqueroso. Estoy pagando por algo que no me gusta; no soy capaz de hacer otra cosa porque el camarero, señor del delantal inútil, no me escucha. Y si no me lo bebo se enfría, y si se enfría no hay café. Yo, al contrario que él, sí presto atención a los dictámenes sociales y a lo que exige cada escena. Así que apuro el líquido como una señora. Y después poso la taza sobre la mesa. Y ni siquiera dejo que tintinee sobre el platillo.
Con el dedo llevo a mi boca los insuficientes granos de azúcar que quedaron en el fondo de la taza. No contrarrestan el sabor a café amargo, o poco dulce, qué más da. Y tampoco el regusto salado, saladito de las palabras que no sirvieron para nada más que para activar mi aparato fonador. La glotis se abrió en un intento desesperado de dejar pasar el aire, y ahí, el primer fonema, velar y sonoro, se unió a la complejidad de una vocal de apertura máxima, y después llega la nasalidad de la letra que interrumpe la explosión de la doble vocal que luego vibra, vibra, vibra y vuelve a cerrarse un poquito, y vuelve a vibrar, y después el fonema que convierte la boca en su representación gráfica deja paso al silencio. Y todo eso, todo ese despilfarro de aire en una vomitona bucal, todos los movimiento de la lengua, la lengua en suspensión, la lengua a los alveolos... todo eso para sofocar las palabras con un café de mierda, sin sabor a nada.
¿De qué coño sirve la lengua cuando no comunica?
Nos desgañitamos en dejar en el aire sonidos en forma de oraciones. Y esperamos, no sé, que llegue alguien y por arte de magia agarre el bullicio, que se lo meta dentro del cerebro y lo solape con sus conexiones neuronales. Nos derramamos por la garganta como idiotas, y pedimos más azúcar o menos frío o un poquito más de amor. Tiene que haber acción más allá de las palabras. Si no, simplemente estaremos poniendo en funcionamiento el sistema que tiene el cuerpo para que el monólogo interno se disipe un poquito. Qué gasto de tiempo. Qué despilfarro de energía. Me dan ganas de ponerle la zancadilla al camarero. Al camarero, a la dependienta de la perfumería, a aquel profesor del instituto, a la vecina pesada, a la policía, a mí. Yo quiero mi energía. Y un poco más de azúcar.
Quizás algunas veces no busquemos una acción. A veces soltamos las palabras esperando que, ¡pam!, recaigan en alguna cabecita y se queden ahí para siempre. A veces los vocablos son, simplemente, café dulce. Se beben, se disfrutan. Regalas las palabras, y no esperas que alguien llegue y te dé algo a cambio, ni siquiera las inviertes en tu supervivencia. Sólo esperas que el eco de tus palabras no se disipe, que el receptor se haga con ellas y le hagan un poquito más feliz. O que le jodan, vamos.
Sin embargo, ambos discursos necesitan predisposición. No sólo la mía al hablar; si no hay nadie que escuche, es imposible que las palabras cumplan su función. Y no habrá otro sobre de azúcar, ni tampoco una sonrisa de más. Las cuerdas vocales no son nada, absolutamente nada si no hay oídos cerca. Nada. Valen lo mismo que un caramelo dentro del papel. Sólo serán ruido. Sin nadie que escuche, las palabras solamente sirven para incrementar el bullicio del mundo, para hacer que otros no escuchen los fonemas que corren en manada hacia su entendimiento. Son un despilfarro.
Y yo he caído en el juego. Solté una palabra que nadie escuchó. O que alguien escuchó, pero hizo como que no oía nada. Y me siento inútil, porque las palabras son lo que conforman la imagen que doy al mundo, y si mis palabras son inútiles... pues eso.
A mi lado vuelve a pasar el camarero. El delantal ondea a su paso. Me pregunto para qué querrá un camarero el delantal si lleva el uniforme debajo. Supongo que importará exactamente lo mismo que se manche el delantal que los pantalones, si, al fin y al cabo, cuando termine la jornada se quitará la ropa y se embutirá en sus prendas de gala. ¿Qué más da? Alguien debería decírselo. Alguien a quien escuche. Alguien que sepa cómo articular más alto las palabras. Alguien que no se deje amilanar por el ruido que ahora lo cubre todo, que lo anula todo, el ruido del malestar y la deformación de las ideas y...
-¡Mierda!
La palabra sale de mi boca con desatino. Sale deprisa, veloz, indiferente... y se posa en el aire, y surfea por los canales del oxígeno, y se alza hacia el techo y acaricia el gotelé y juega con la luz del fluorescente que parpadea al compás del tiempo perdido. Y cojea, y se desinfla, y no es más que un poco de saliva que se mezcla con el espacio y termina disipándose y viajando poco a poco como un avión de papel con garabatos. Y se desliza, y va bajando despacito, y al final, sólo al final, recae de nuevo en mis oídos, y me oigo a mí misma decir una palabrota porque el gilipollas del camarero sordo me tira una manzanilla ardiendo sobre las piernas, y yo llevo una falda sin medias y...
-¡Joder!
Y nadie me escucha porque la taza choca contra el suelo y todo el mundo se alborota. El camarero se cae, tumba una mesa y le tira a una señora la bandeja en toda la cara. Yo, aún sobre la silla, maldigo sólo al aire, sólo en el aire. Y me quema, y también me quema la garganta, y digo más y hablo más y comunico cada vez menos. Soy una pistola de agua que derrocha su contenido, su cabeza, su utilidad. No puedo dejar de escupir sonidos malsonantes. Aunque nadie me oiga, porque soy consciente de que todos están pendientes del señor que se retuerce en el suelo y se agarra la pierna como si ésta, por alguna razón, fuese a desprenderse de su cuerpo. Él también chilla, pero no es capaz de hablar. Yo, por el contrario, hablo a solas. Y disfruto cada uno de los sonidos que se desprenden de mí, porque con cada uno de ellos se difumina un poquito el escozor y también lo que llevo dentro. Porque le doy forma.
Lo comprendo. Mientras suelto el enésimo taco, llega a mí la certeza. No sólo existe la comunicación, no sólo se funciona en la medida en que se transmite. Podemos dirigirnos las palabras a nosotros mismos, meter la pistola en la garganta y dejar que el ruido cause placer, dejar que la palabra vaya más allá de la mera utilidad para convertirse, cuando la cabeza desborda, en necesidad. 

miércoles, 29 de enero de 2014

muñecas rusas que no acaban jamás


La mente es algo extraño. Es como si, dentro de nuestra cabeza, habitase otro ser. Un ser que no sé qué tendrá de divino, pero al que tratamos de dios. Yo le ruego a veces, le pido que materialice mis deseos en decisiones o palabras o hechos o iluminaciones repentinas. La comunicación intrapersonal puede ser fascinante. Todos tildamos de loco a quien oye voces, a quien se deja dominar por ellas y actúa siguiendo los dictámenes de los aullidos que bullen dentro del cráneo. Pero todos, absolutamente todos, poseemos un ser en el interior de la cabeza que nos habla, que nos contesta, que escucha nuestros ruegos y nos dice, a veces, que somos unos gilipollas y no merecemos ni pan. Y muchas, muchísimas veces tiene razón. Quizás demasiadas. Porque nadie en esta mandarina global nos conoce más que ese ser que oscila entre nosotros y el cielo, que se duerme cuando dormimos y aparece de nuevo junto al barullo de un despertador que se cae a trozos y que ojalá, joder, ojalá se caiga...
La mente, la conciencia. Yo. Yo soy dos. Mi parte embutida en órganos elásticos, mi interior más profundo. Soy lo que quiero, lo que busco, esas aspiraciones que me hacen agarrar la vida con las uñas o soltarla y pisarla para que se llene de tierra. Mis miedos, a la vez, que en realidad se funden con esas aspiraciones llevando delante la etiqueta o el prefijo del “no”. Todo va unido. Esos pequeños rasgos, esas decenas de muñecas rusas que, unas dentro de otras, bailan. Y tiemblan, y hablan a voces, y a veces, creo, a veces hacen el amor... Estas capas, al final, se reducen a una sola. Ésta es la visible, la matriuska madre, la que da la cara por las demás y sale y dice “estoy aquí”. Pero yo soy dos. Está también mi parte racional, mi parte divina, la que tiende al cielo, o al menos mi matriuska así lo cree. La parte con la que dialogo, con la que me peleo a veces, a la que de vez en cuando me apetece renunciar. Esa parte puta pero a la vez maravillosa. La razón humana. Yo. Yo.
Quién coño me manda ahora a meterme en consideraciones metafísicas. No quise estudiar Filosofía porque me emperré en ser periodista, y por lo visto ahora a mi cabeza hueca le da por llenarse de ideas tontas. Ideas sobre sí misma, que al final no sirven para nada.
Sólo hay una idea que me importa: que la mente es algo extraño. Que nos rogamos. Y, por alguna razón, el mundo no nos hace caso. No recibe nuestras ondas, y al final la esperanza que crea el deseo se disipa y sólo queda, sólo permanece un poco de humedad en la comisura de los labios.
Pienso que quiero verle, a veces. Lo pienso ahora, qué coño. Ojalá pase rápido y, no sé, me vea. Me da igual no verle. De hecho, quizás me haga la borde y me enfrasque en el refresco, o tal vez me ponga a mirarme la puntera de las botas para aparentar que me da igual. Que estoy cabreada. Que no me estoy rogando verle. Sí. La verdad es que me gustaría que pensase en mí un solo instante, aunque sólo lo hiciese en el preciso segundo en que mi figura entrase en su campo visual.
Oye, no. No quiero verle. Porque eso implicaría un cambio. No sé cómo explicarlo, pero así lo siento. Es como si cada vez que le viese, algo dentro de mí se ajustara. Como si viviese en la medida en que le veo, en que me ve. Cosas de la empatía. Me refugio en él ante la inexistencia de un recipiente dentro de mi cuerpo. Es mi conciencia, que se eleva y me araña los hombros, aunque tenga dos huequitos, dos yos donde asentarse. Y he creado un tercero, otro recipiente más, ajeno a mi cuerpo, que no tiene ni idea de que es una extensión de mí, de que necesito que conecte conmigo en la medida de la interacción para poder sentirme así completa. Es triste, soy triste; no quepo en mí, y me doy. No al mejor postor, sino al primero que me mostró, en las pupilas, una estrella. Un destello pequeñito, mínimo, que no tenía nada que ver con los dibujos estelares que, cuando niña, me enseñaban en el colegio. Sin embargo, supe que era una estrella, y pensé que, joder, a mí me gustaría vivir ahí dentro... Y, buscando una sede para mí, una delegación de mi existencia, reparé en la estrella. Pero hoy, ¿cómo lo digo? Me siento mía. Y me doy cuenta de que el vicio de verle sólo me trae reencuentros. Y pienso, no sé, que quizás la parte que guardé en sus costillas sea precisamente la parte de mí que yo desecho. Una parte podrida, asquerosa. Porque la mente es algo extraño, y el subconsciente también. Y puedo quedarme con estas dos partes, emoción y raciocinio, sin que mi parte de contenedor venga a mí. Así que no, no quiero verle. No quiero que se pase por aquí, ni siquiera que me eche una de esas miradas que me demuestran que no es mío, que jamás nadie guardó en mí un trozo de sí mismo.
Pasa un coche, dos, tres... y todos los miro con indiferencia, terca como una mula, bebiendo un buche de Coca-cola que me transporta hasta una dimensión de acidez. El mundo me importa una mierda. No escucho, dentro de mí, ningún gemido. No hay arañazos ni fricción. La matriuska ninfómana parece haber dejado en paz a las demás. Quizá se le haya cortado el rollo con tanto filosofeo. Yo qué sé. Al final, la metafísica palia el ansia de calor humano. Aunque, en realidad, siento un temblor. Oigo voces tenues. Echo un ojo, me contemplo; oteo mis cañerías un instante para, después, reírme un poco. Las matriuskas se revuelven, se quejan. Piden mi dimisión. Soy la muñeca rusa que recubre al resto, y no me quieren. Yo no me quiero. Porque soy dos, tres, y soy demasiadas pero, a la vez, si no me ve, no me completo. Pasa un coche blanco, uno gris, verde, rojo; un arcoíris urbano. Y todos los detesto. Porque no quiero verle. No voy a rogarle hoy a mi parte divina que me permita fijar los ojos en su cuerpo. Hoy el único cuerpo que me interesa es el mío. Yo, yo y mis matriuskas; yo y yo.
Aunque quizás no querer verle sea un mecanismo desesperado para que el mundo me conceda mi deseo.
¡Joder!

lunes, 6 de enero de 2014

321...


¿Cómo te cuento que hay algo que a veces me ahoga? ¿Cómo te relato que, de alguna manera, no soy esa persona que tú conoces, que lleva una vida en la que este tipo de detalles ni siquiera entran de manera consumible? ¿Cómo te lo explico? ¿Cómo te digo que tengo que hacerte saber algo porque necesito destrabarme de ello y echar a correr hacia un destino fructífero y no destructivo? 
Quizás sería mejor explicártelo sin palabras, con actos o gestos o detalles que te relaten, en un instante, la historia íntegra de mi vida de montaña rusa… 
Pero hay cosas que, por desgracia, el ser humano sólo puede comunicar mediante el lenguaje verbal. Y es precisamente por esto por lo que somos humanos y no monos sin pelo. 
Déjame escupir las palabras, y te pido que no muestres en tu rostro afectación sino, simplemente, aceptación. Porque, si te soy sincera, si tú no me aceptases o no lo entendieses ya no sé qué sería de ese párrafo emborronado de mi vida que yo, hoy, estoy decidiendo compartir contigo. 

sábado, 28 de diciembre de 2013

ese reloj se está tirando a mi esperanza


la opción. ¿cuál es?
la opción.
la opción de recuperarte, de volver a ti como si fuésemos imanes de polaridad opuesta.
y, sin embargo, mientras intento sacar fuerzas de flaqueza, calculo mentalmente la tormenta de acontecimientos que estoy apunto de desencadenar.
tú, yo.
tú yo.
tuyo.
yo qué sé...
creo que tenderíamos de nuevo hacia abajo, que no merecería la pena. que quizás al principio el cemento cuajase, pero más tarde volveríamos a tirar para librarnos de lo que nos une y desligar nuestros ciclos vitales. me mentirías un poco, y yo te colaría historias de ésas que mi cabeza produce para que no te aburras de las curvas de mi montaña rusa. nos inventaríamos de nuevo una realidad, y crearíamos, imaginando, un mundo en negativo en el que pudiésemos cambiar nuestra composición atómica para no ser los mismos pero, a la vez, serlo. y contaríamos las baldosas del cielo. catalogaríamos las flores que brotan en la acera. me reiría de ti un rato, y tú te reirías conmigo.
me deslumbra la posibilidad de acceder, de nuevo, a ti. o a nosotros, a lo que creábamos. a aquel universo alternativo que solamente era tuyo y mío, que se regía bajo nuestras normas nunca escritas pero totalmente interiorizadas. lo admito, quizá sería terriblemente acogedor volver a meterme bajo los rayos de tus pupilas. sería inefable permitir que fuésemos ambos quienes moldeásemos, como conjunto, nuestras vidas. es difícil, aburrido hacerlo sin ti. no. quizá no. quizá no es difícil hacerlo sola, sino que hacerlo contigo me parece una opción fácil, factible.
sin embargo, llegaría una bajada y volveríamos a tomar constancia de que el mundo en negativo comprende exactamente los mismos defectos, las mismas virtudes que el mundo real. dar una vuelta completa no importa, porque todo vuelve a su cauce. quizás al principio todo parezca distinto, pero todo se dilata con el tiempo, y el más mínimo fallo, la más mínima desviación en el camino se convierte en grande con el correr del reloj..
hay dos líneas paralelas. dos vías paralelas. y, en un arranque, las giro. 180 grados. les doy media vuelta, de manera exacta, medida, obsesiva. y mis vías no se juntan. quizás, si las mareo y les doy vueltas, pueda llegar a pensar que lo que veo es un círculo y, a causa de la velocidad, las propias líneas piensen que se tocan. y quizá rían, y lloren de alegría, y acaricien el aire, y conviertan esos instantes en vida, y giman y tiemblen y se retuerzan pensando que, entre las vueltas, están follando. pero, al parar, las líneas vuelven a mostrar su apariencia original. jamás van a tocarse. por mucho que anden, que crezcan, que tiendan hacia arriba, hacia detrás, hacia la izquierda, nunca, jamás se rozarán...
su distancia jamás disminuirá.
tú y yo somos así, ¿sabes? somos paralelos. cuando estamos juntos, damos tantas vueltas que nos mareamos, nos desconcertamos y nos embutimos en ese cuento, en esa realidad ajena que nos inventamos y que hacemos nuestra. y, mareados, no sabemos qué ocurre. así que nos ponemos en el mejor de los casos, y pensamos, atolondrados, imbéciles, terriblemente gilipollas, que esto tiene sentido. que podemos. que por fin hemos llegado a tocarnos, que hemos conectado, que nos hemos vuelto anillos con un pequeño roto por el que juntarnos y no aros herméticamente enteros y terriblemente solos.
entonces, ¿de qué sirve la opción? ¿de qué me sirve recuperarte un rato, girar como una loca y arquear la espalda en un plástico orgasmo que después me deje dando vueltas, desajustada al mundo real? ¿qué importa que me divierta el giro si después me caigo al suelo?
somos líneas paralelas, y lo malo del razonamiento es que, utilizándolo, podemos adelantarnos a lo que la experiencia va a enseñarnos. podemos saltarnos el paso, dejar de cometer errores simplemente basándonos en un razonamiento que parta de leyes ya demostradas, de conceptos refritos. no me hace falta girar para saber que voy a marearme, y no me hace falta correr hacia delante como una imbécil para corroborar que nunca llegaremos a tocarnos de verdad.
razono...
y me doy cuenta de que será lo mismo que haga uso de mi opción, porque volveremos a crear imágenes de mentira y, al final, terminaremos con las manos vacías y llenas de arañazos. puedo adelantarme, y mientras hago acopio de fuerzas, desisto. no es cobardía. es inteligencia.







(Quiero añadir,
por el bien de tu salud mental,
que "a bocajaro" significa que no he tocado el texto.
Escribo, cuelgo,
y como salga el desvarío)



martes, 3 de diciembre de 2013



¿te has dado cuenta?
esa etiqueta, esa simple imposición social nos jodió. esa pizca de memoria ajena, ese inefable conocimiento del mundo nos puso la zancadilla.
y lo peor es que, aun habiendo llegado a esta conclusión, soy incapaz de desligarme de ello...

domingo, 1 de diciembre de 2013

99



Querer escribirte. Que se alineen los planetas o agujeros negros y yo sea capaz de agarrar un folio en blanco y convertirlo en parte de nosotros. Querer escribirte, querer que me leas. Ambicionar el movimiento de tus ojos sobre el producto de la oscilación de mi mano derecha, sobre la caricia que, sin acariciar, ejerzo sobre el lienzo. Desearlo. Desearte. Desearnos.
Más allá del deseo existe la aspiración de querer.
Te escribiría, hoy, que estoy abajo. Que el sillín se mueve demasiado. Que la barra de seguridad amenaza con ceder. Y yo siento vértigo. Un vértigo maldito y asqueroso que me muestra sutilmente que siento deseos de caer. Te escribiría que hace mes y medio que no bebo café porque no soy capaz de consumir nada que amenace con mantenerme despierta. Porque sólo cuando sueño soy capaz de pensarte como un ente y no como un concepto. El concepto de mis ojeras.
Podría escribirte la historia de mi vida. Cómo nací, cómo crecí y me convertí en la zorra que tiene que reprimir el impulso de quemar tus cartas. 
Te escribiría que te necesito. 
Te contaría que me dueles.
Sin café, sin nicotina, sin alcohol, sin ti. Sin mí.
¿Qué te escribo, si me faltas?
¿Qué te cuento, si no pienso?
Me gustaría a veces poder volverme de tinta y pegarme al papel, quedarme solapada para siempre con la creación de mi parte emocional para no ser jamás de mentira...
Me gustaría a veces poder hablar conmigo misma, escribirme cartas sin recordar que las he escrito y sorprenderme al ver un sobre en el buzón. Y así poder trasladarme conceptos sin atorrollarlos por el hecho de haberlos consumido ya al darles forma, de ser prosummer. Poder escucharme. Que mi habla no esté contaminada porque mi cerebro sepa lo que quiero contarme antes de verbalizarlo. Y sin embargo, hablar contigo quizá sea la forma más cercana.
Querer escribirte. Querer que me leas. Querer leerme. Querer que me escribas.
Y sentir el vaivén...

retales


1.
a veces me canso y me entran ganas de olvidarte, de sacarte de mis nudos y robarte mis sonrisas.
pero pienso, entonces, qué coño sería de mí sin tus tardes de alto voltaje,
sin tu azul eléctrico
y el aura que desprendes y que cambia la composición atómica de todo lo que pende en el mismo aire que tú.
me imagino sin ti y me analizo contigo,
me visualizo antes de ti y me recuerdo contigo.
y aquel primer libro, aquellas palabras que unieron nuestro habla e hicieron boom...
tú,
yo,
ajenos...

2.
y que me duela.
me importa una mierda que me duela, porque allí donde nace el dolor se encuentra la honda cicatriz de lo vivido.
que me duela. que me vibre la cabeza de pura impotencia. que raye en lo insoportable y mis pupilas chillen tacos. que el dolor se dé prisa y acuda en el preciso instante en que el golpe es dado para que mi cerebro hilvane golpe y dolor,
escenario y sujeto,
vida y vida.
que me duela y que recuerde tu cara inflingiéndome dolencias. que me quede claro que lo importante de una herida no es la marca que queda en la piel, sino el instante en que ésta es dañada. que me quede claro que mis cicatrices nunca serán tan mías como de quien me rasgó el cuerpo con uñas de león.

3.
ya no tienes en mí ese efecto desolador del alud que solapa mi existencia y la del suelo.
ya no me calcinas la vista ni haces que se me hundan las pupilas en una negrura superior a la absoluta;
la de tu pelo.
ya no me muestro pendiente de tu acento, de tu voz que se enreda, del color de tus palabras y tu mala memoria.
y tu caminar ya no nubla mis sueños, la parte más oscura de mi subconsciente. ya no me pregunto, tonta y muda, qué quiero de ti.
y es que me he zafado de ese infierno de cuestionario,
la inefable lista de preguntas que día a día me pasaba por un resquicio de la jamba de mi puerta
y que naturalmente me negaba a contestar sin evasivas.
he tumbado mis fronteras y ahora, como el pirata, soy libre y no tengo patria.

lunes, 18 de noviembre de 2013



quiero imaginarme mi vida sin ti, pero de verdad que no quiero. y quiero hacerlo, pero no quiero, y quiero querer, pero ni quiero ni quiero y ojalá quisiera, pero quiero. 

domingo, 17 de noviembre de 2013

vida


-No creo en problemas. No creo en dificultades, ni en heridas, ni en perjuicios; ni siquiera creo que exista un sufrimiento objetivo, un hecho que, sin importar la vida en la que se plante, pueda joder una existencia, tanto la del jeque indio como la del hijo del kiosquero. Así que no vuelvas a preguntarme, por favor, qué problema tienes. Porque así lo único que consigues es que te mire y me entren ganas de tirarte el café encima. Sí, y no me mires con esa cara, joder, que sabes que puedo hacerlo. No hay ninguna ley física que impida que mi mano, ésta que levanto ahora, agarre la taza por el, ¿cómo se llama?, ah, sí, agarradero, ¡qué casualidad!, y la mueva de una manera determinada y, gracias a la gravedad, la fuerza y la inercia, vaya todo a parar a tu pecho. El caso es, en fin, que no tienes ningún problema. Ni uno solo. ¿Y sabes por qué? Pues porque eso a lo que tú llamas problema, agravio, contratiempo, disgusto, contrariedad, obstáculo, impedimento o traba, se llama, simplemente, vida. O aprendizaje, como quieras. Y es el aprendizaje más especial de todos, porque a medida que lo aprendas, lo utilizarás. No existe diferencia entre la aplicación y el momento de asimilarlo; todo va unido, cosido. Y a medida que aprendas algo, aparecerán nuevos muros; y lo que debes hacer con los muros es, sin duda, saltarlos. Porque más allá del cemento siempre hay existencia, y la palabra ‘obstáculo’ no deja de ser sino una excusa para empequeñecer las posibilidades y volverte ínfimo para caber en cualquier rincón y así descansar. Descansar sin haberte cansado. Así que intenta que eso a lo que llamas ‘problema’ en realidad sea un simple capítulo de tu historia, que no se convierta en un impedimento, que te haga crecer, aprender. La vida, al fin y al cabo, es un cúmulo de experiencias, y nadie ha especificado jamás que las experiencias deban ser, por manual, satisfactorias. A veces toca joderse, y el simple hecho de que yo ahora te lance el café encima te enseñaría a quitar las manchas de una camisa blanca. Y si no saliese, aprenderías que no debes quedar conmigo llevando tus prendas de gala, y mucho menos si me vas a preguntar gilipolleces y después me vas a mirar con cara de culo, así, como si no quisieras que te conteste. ¿Para qué preguntas si después te asustas? O, mejor, ¿para qué te asustas, si tú has preguntado?... En fin, que no tienes ningún problema, y te pido por favor que te jodas y que sientas el dolor, que supures esperanza y crezcas con cada paso, pero que tus pasos sean rápidos, concisos, que no pegues nunca los pies al suelo más de lo inevitable. Porque, y vuelvo a incidir en la física, la única manera que cualquier cuerpo tiene de desprenderse un poco de la ley de la gravedad es correr, levantar los pies del suelo y no pararse; convertirse en un ente frenético que luche y ande y corra por decisión propia y no porque cualquier ley estúpida se lo imponga. Porque, ¿sabes?, yo podría tirarte el café. Una ley cualquiera me permite hacerlo. Pero no me da la gana, y ahí estás, seco y tranquilito. No te toca ahora aprender cómo lavar la ropa, sino cómo no ser el clip que se mueve tal y como dicta el imán.