¿Qué significará el tiempo sin relojes?

miércoles, 29 de abril de 2015

hueco-lavadora-resurrección fatal



Fue así: me peleo de pronto con la lavadora, con una cesta de ropa que vomita un tope blando, y empujo y empujo para que quepa, para que entre la última sábana de la última tanda de ropa. Y parece que no se acomoda nunca, es como un puzzle que no calza, una pieza que perdió la forma en un diluvio y se hinchó, plaf, no quiere más huecos. La sábana. La sábana tiene que entrar. Con las manos voy haciendo pliegues. Concentro el tirón del cuerpo en hacer pequeña, cada vez más chica, la fina carpa de tela rosa. Sudo por la frente y los cachetes. Y así me paso más de cinco minutos, con los dedos agarrotados de tanto hacer fuerzas hacia dentro. Hacia el tambor de una lavadora que es vieja y es pequeña y es inútil. Mi madre lo hacía todo deprisa, era como una locomotora de lo limpio y recorría la casa buscando más ropa, más sábanas sucias, más toallas que se hubieran quedado fuera de la cesta-agujero del mal. Después iba hacia la lavadora y, ¡zas!, todo dentro. Si me viera, si pudiera al menos verme tirando y volviendo a doblar una jodida sábana que no entra y me descoloca todo, me descoloca, me descoloca. Recorro las arrugas de mamá en la memoria mientras introduzco sin gritar, sin ningún gesto de victoria, la esquina más rebelde en la lavadora. Soy una cabezota, qué le hago, y los botones me miran mal. No les voy a dar ni un hola.

¿Y de qué sirve? ¿De qué sirve? Como si nada, porque después termina el programa y ando feliz hacia la solana. El sol se filtra por la rejilla y el día vuela de viento, y me agacho, abro la lavadora, toca tender. Así que saco todo y lo introduzco en un barreño que heredé de mamá, por cierto, y que no se ha roto en 20 años. El apasionante mundo del plástico bueno. Voy ahorcando calcetines y bragas de colores con pinzas. Silbo una canción de Queen. El olor a detergente me coloca. Pero entonces. Pero entonces. Entonces termino y veo que he dejado para el final la maldita sábana, y la miro con calor de ojo torcido porque al final cupo, al final se lavó. La huelo con gesto de eh, gané, y entonces. Entonces le toca al tendedero, eso es lo que pasa. Que no hay caso. Que no hay más paz. La sábana del demonio no cabe en el tendedero endemoniado, la sábana del maldito y burgués demonio no cabe en las rejas y no hay nada, nada. Me paro, me siento. El sudor que me brotó. La fuerza. La rabia. ¿Y todo para que el puto-tendedero-de-plástico-malo no tolere una sábana más, un trozo más de tela, a mí? Mamá siempre decía que tender era terapia.

Es culpa de la sábana. La sábana, que es mala. Que ha dormido conmigo y me ha calzado los sueños. Y me ha visto bajar las manos hacia el más puro dolor. No le gusta cómo duermo y me quiere matar. La lavadora, la cesta, el tendedero. ¿Qué hago ahora? Mamá siempre decía que las ventanas tragan. ¿Qué significa? Estudio las cuerdas de tender y no, no hay hueco. Puedo tirar los calcetines. Y esos pantalones. Pero no sé. ¿Prefiero sábanas o pies? No encaja nada. Estiro las piernas para pensar en línea. Me veo de pronto como la tela olvidada, la que no cabrá jamás. Y siento pena de una sábana que quiere terminar con mi vida útil y hacer que me hunda en el más puro hueco-lavadora-resurrección fatal.

La señora que me ha denunciado dice que le debo el arreglo del coche. El policía, que cómo sucedió. Pero los testigos me observan con risa contenida. La sábana era de Hello Kitty, y me avergüenzo. 

viernes, 13 de marzo de 2015

escena



Triste juega con la lengua entre los dientes. Triste mira la ventana.
Caótica bebe. Caótica pregunta.
-¿Las puertas sirven para algo?
Triste no sabe.

miércoles, 11 de marzo de 2015

caótica dice


Será que el mar siempre fue mi fuego

miércoles, 4 de marzo de 2015

hablar


La conversación es parar la vida un momento y tender un puente. Cuando dos personas hablan, se bajan del viaje de la vida (de la cocina, del futuro, del dolor de la gripe) y se descubren. Van ciegos porque todo anda demasiado deprisa, pero si un saludo, un perdón, un qué tal les toca, entienden. Que hay otras vidas y otros cuerpos y bajo otras pieles corren también esas hormigas que muerden. Hablar es frenar el coche y construir un círculo, una doble pasarela que no es ni de uno ni de otro. Es compartida, y eso la hace de nadie. Cuando dos personas se comunican, corren a golpes por los ladrillos del puente y se hacen saber lo que pasa dentro, lo que hay en el viaje, cómo va la soledad de la mirada. Entienden (entienden, entienden) que igual no importa tanto ir deprisa. Que quizás. Al fin y al cabo, dicen dos personas cuando hablan, puedo morir mañana. Porque hablar es comprender que las palabras nunca se acaban. Lo que se agota es el tiempo.

martes, 3 de febrero de 2015

hojas, líneas



Todos los días veo en la ciudad folios con la misma forma, la misma posición, que andan hacia la panadería. Hojas solas y divididas, pero unidas por el regustillo que llega al ojo. Alguien las calza con un golpe contra la tabla de la mesa. Todos los días las filas de hojas pasan por mi lado y cantan canciones populares, bailan con la mirada, construyen una hoguera de tiempo y de costumbre que tuesta mi piel por los bordes. No existe el fuego, y sin embargo el miedo me hace flojear, tropezar, torcer los pies porque mi cuerpo es de chicle y es espeso, turbio, un pliegue accidental en la corteza. Todos los días los veo alineados. Y soledad, soledad.
No están solos. La estrucutura del montón de hojas y la muralla de una funda plástica les dan la opción de ser un todo. El contenedor, plástico blando, les come. Pero no es natural. Nada tragó nunca con tanta belleza. Es como cuando arrancas una hoja del tocho y la ves sola y te preguntas, después, en qué parte va. Y buscas el número impreso en el pie, identificación absoluta, lugar en el mundo. No están solos, y yo los miro andar en manada, siempre con las manos en los bolsillos y un incoherente vapor de tristeza que exhudan las narices, los labios curvados en comisura. No están tristes. Van a por el pan. Y al llegar a casa, lo guardan en la panera. Y al día siguiente vuelvo a verles en fila como indios o soldados o estrellas de una constelación que tiene mil formas.
Pero yo. Pero yo. Yo no sé alinear los folios sobre la mesa con un golpe y dictar orden. Se me enredan. Descolocan mi paciencia. Nunca compro pan. La gravedad no me ha dejado caer todavía por ese pozo. Soy esquina y soy página sin número. Soledad. Soy saliente. Me siento saliente. Dibujo que crea su forma en la casualidad, mano que no termina el boceto y lo deja. Y nunca lo encuentra. Y me vienen a decir de qué color es la tristeza. Me vienen a decir a mí. Todos los días me agazapo en el filo de una calle cualquiera. Y les veo ir a por el pan. Todas las mañanas. Estoy fuera de la fila, sola, sola, sola. Quiero imitarles, mimetizarme, ordenarme en el matojo de hojas, darme golpes en la base contra el tablero para poder recolocarme; y hablo y sonrío y beso, beso para ordenar. Pero yo no sé alinear. Y respiro sola.

sábado, 24 de enero de 2015

3456




Que sí, que tuve que amoldarme, acomodarme al podrido asiento de la verdad. Que me duelen los huesos. Que yo no puedo, yo no sé darles vueltas a las extremidades para conjugar una postura sin salientes, sin aristas. Que pulir la arista es condenar. Y romper. Y deformar.
Que no, que no quiero que me cures las grietas de la espalda. Que te vayas. Que yo soy, siempre soy bajada. Y te despeñas. Y es más fácil. Yo no soy un ser de circo. Deja de mirarme. No sé doblarme en esta caja, al final siempre la rompo con el codo y se me desdobla una rodilla, y muerdo sin querer, y me grita la boca sola que las peceras no me quieren.
Pues yo a ellas tampoco. Que les den. Quiero nadar en el mar y extender los brazos y las piernas, hacer el ángel en el fondo de un tapón azul. Que sí, que tuve que amoldarme. Contorsionista yo, a esta edad. Que no puedo buscar. Que el mar no está, es solo la evocación que me revela un escupitajo. Existe y no está. Y ojalá yo, ojalá un día.
Y uno y dos y tres, pero fuera de esta caja. No soy un pez. No nado. No me retuerzo en el mismo ángulo. Los peces no tienen conciencia, y yo sé que debo, no que tengo, sino que debo parar y frenar y calzarme porque tú, tú no puedes rozar por los dedos mis aristas. Pero, ¿entiendes?, yo nunca te pondría pecera. Yo jamás condenaría. Libertad. Solo eso, y otro día...

martes, 13 de enero de 2015

99


Buscas consuelo.
Las esquinas duelen cuando las tocan. Y es sangre lo que humedece.
Encuentras sed. Garganta seca bajo la bufanda, la lengua que rasga una botella de agua mineral. No es lo que buscas.
Dónde estás, partícula de miedo. Dónde escondes la salvación que no encuentro.

sábado, 10 de enero de 2015

las manos de Caótica



Una vez a Caótica se le ocurrió que las manos tenían que ser algo más. Que las suyas, a veces, no las reconocía en fotos. Y a veces tampoco se entendía a sí misma si se sonreía desde la pantalla; ella siempre se veía en las manos. Todo lo que hacía lo entendía desde la doblez de los dedos. Y cuando se pintaba las uñas, se miraba de otra forma. Las manos, eterno límite, siempre estaban ahí. Como una muralla por la que se asomara para mirar el mundo. Desde que lo pensó, Caótica se dedicó a contemplar las manos de todo el mundo. Cómo las movían, cómo las paraban, qué forma tenían los nudillos. Empezó a dibujar palmas y dedos. Es lo más difícil de hacer, cuentan los artistas. Pero ella observaba y las captaba al vuelo, y después les daba forma con sus propias falanges en un papel que alguien, en algún momento, había cortado con las manos. 
Ya llevaba un par de meses así cuando se sentó en la esquina de un bar y un tío se le quedó mirando. Tenía el pelo largo, las manos grandes. Ella también lo miraba, escondida detrás de un vaso de cerveza. Caótica era amarilla, dorada, tenía un borde de espuma en el instante en que él, dispuesto, se colocó a su lado. ¿Puedo hacerte una foto?, preguntó. Y Caótica se quedó parada. No entendía, pero en los dientes de él brillaba algo, era una sonrisa como de anuncio, como de dibujo animado. Le dijo que sí y dio un sorbo; intentaba parecer natural. Pero él encendió la cámara y el obturador eructó mientras Caótica bebía. Dejó el vaso sobre la mesa, y la mesa se volvió tambor. Le había sacado una foto a su mano izquierda. ¿Qué acabas de hacer?, soltó ella. El tío sonrió de nuevo y se sentó a su lado, y le explicó que era fotógrafo de manos. Que estaba haciendo una colección de imágenes de manos.
Follaron. Muchas veces. Con él acariciándole la columna vertebral con la yema de un dedo. Con ella rozándole la palma por encima del ombligo. Y se masturbaban a veces, y él fotografió una vez la mano de ella dentro de su ropa interior. La cámara se empachó hasta casi reventar de fotos de las manos de Caótica: haciendo un zumo, tendiendo, encendiendo un cigarrillo. Quietas, a veces. Estaba ensimismada; le enseñaba sus dibujos cada vez que podía, y estuvieron estableciendo durante días una lista de tipos de dedos, de formas de uñas, de muñecas. Siempre que él pasaba a su lado mientras cocinaba, le daba un golpecito en el culo, y ella pensaba, sonriente, que la tocaba con todo. Porque las manos tenían que ser algo más. Porque las manos tenían que ser el rasgo humano total, lo más parecido a la autoimagen que ella podía dibujar de alguien. O mirar. O sentir.
Caótica iba un sábado a hacer la compra y se detuvo de nuevo en la esquina de mismo bar. Parada, sonreía. Un café fuerte, le dijo al camarero, y abrió el periódico. Echó el ojo a los titulares, pero ninguno le decía nada, así que empezó a mirar sus dedos por encima de las letras, y a rozar la tinta, a mancharse. Y al camarero se le cayó el café. El ruido de la taza rompiéndose en cachos la apartó del papel de periódico. El camarero contemplaba el destrozo, sin moverse. Y justo detrás de él había un hombre que también miraba. Su hombre, el fotógrafo de manos. Y le asía por encima (como una bufanda, como un cinturón, como el anillo que parece proteger Saturno) la muñeca a una rubia. Con los dedos. De repente, un flashback: esos dedos en las bragas de Caótica, que ahora le apretaban la piel, grilletes por siempre. Ella, experta ya en engaños, lo entendió en seguida. Y se puso en pie. Todo ocurrió deprisa: alzó la mano y le dio al fotógrafo una soberana torta en la cara, trazando un ángulo perfecto; él intentó pararla, pero Caótica seguía sintiendo cómo la tela se hacía cada vez más pequeña, cómo a cada instante se le clavaba más y más. Y seguía pegándole, dándole de hostias con las manos abiertas. Porque le pegaba con lo de dentro. Con su autoimagen. Porque darle con las manos era una ofensa de verdad. Y entonces él la tiró al suelo, y con el reborde de otro periódico, exactamente igual al que había estado leyendo, le golpeó en la cara. Sin manos. Sin dedos.
Al día siguiente, Caótica se compró unos guantes.

jueves, 8 de enero de 2015

entender



Ahora entiendo cosas que antes me daban jaqueca.
La inflación es lo que pasa cuando sobra y falta el dinero (igual que la crueldad).
La Geografía es un enfoque (como el miedo).
Los números no me sirven (tampoco las marcas de los dientes)
Los besos hinchan la memoria (y también la rabia, que dilata las paredes del cerebro de hacer tanta fuerza, de llenarlas como el agua que se cuela por un hueco a través de la garganta de la manguera, agua que no riega, agua que no alimenta los pulmones de la tierra).



33




Quedamos en el centro
de mis orejas,
colgando del péndulo
de los lóbulos
para colmar
de música soluble en vino tinto
 la conciencia.

sábado, 3 de enero de 2015

para que yo




la otra mañana me desperté, había soñado contigo, me doblé en la cama, no podía moverme porque en mi cabeza me habías echado, apenas te habías inclinado para despedirte de mí antes de que me marchara escaleras arriba, una subida poco ascenso, una bajada sin ti a través de un canal hacia las nubes y una mano encerrada para siempre en el bolsillo, los dedos que sudan, y tú, yo te sueño, me doblé en la cama y abracé mis costillas, no podía cerrar los ojos del todo pero los muy hijos de puta tampoco querían abrirse, me volví la muñeca que siempre me mira desde la antigua habitación de mi madre, con los ojos como líneas, cerrados apenas, y me vi desde fuera porque yo ya no era una chica que dormía sino un cuerpo de porcelana, se me había ido la vida por los huecos de los dientes, me había fumado toda mi existencia porque tú, en mi coco, me dijiste que era mejor que me fuera, así, nada más, y yo me desperté asqueada y me miré por fuera y respiré y me vi sin filtros, sin nada, por qué coño te quiero, pensé, no sé por qué pero lo hago, y te me clavas por dentro de los párpados, tengo los ojos llenos de sangre y por eso no veo, tengo los ojos tintados en rojo porque una astilla me da vueltas en la piel, un tornillo de madera que no es de nada, sólo de olor y sueños que terminan siendo pesadillas en las que no hay monstruos ni vampiros ni nada, alguien que pide que me vaya, me desreclama, por qué no es todo distinto, por qué no encaja todo para que yo, para que yo, para que yo no sea más la muñeca con los ojos casi cerrados, inerte, blanca, mirando poco.



viernes, 2 de enero de 2015

goodbye poesía



El Estado decidió nacionalizar la poesía. Se la entregó al pueblo: a partir de ese momento, preciso instante, todo lo dicho debía ser verso. El país se convertirá en poema, declaraban desde la frente de las tarimas. Querían tener la nación más culta del continente. Sería todo tan romántico. Salir a la calle y parar un instante, y descubrir en el bullicio una cadencia, cantinela eterna de ciudad concentrada en soneto, sílabas medidas, una cadena. Nadie podría hablar sin seguir al que habló antes. Al tiempo, los cuidadanos del poético país se habituarían a medir las sílabas, y se convertirían en máquinas de versos. Serviría para fomentar el turismo. Todos querrían escuchar ese ruido y su estructura, el aire y los susurros y la estética de una discusión. El gobierno estuvo listo enseguida. Informaron a los ciudadanos, redactaron el pertinente Boletín Oficial del Estado, radiaron cursillos básicos de poesía. Sólo faltaba establecer cómo iban a empezar. Alguien tenía que lanzar el primer verso, maquetar el cuerpo del gran poema. No podía hacerlo el Presidente. Eso iba en contra de toda aquella ideología. Cuando se dieron cuenta (entre tanto barullo desorganizado no se habían parado a pensarlo), salieron a buscar un voluntario. Buscamos alguien que hile el primer eslabón de la cadena, el primer verso del poema, la primera manifestación del orden en el que vamos a nadar. Eso buscamos, eso buscamos, chillaban los megáfonos. Les recibió una calle vacía, y el papel de una chocolatina escachado en el suelo. El ministro encargado de supervisar la búsqueda recogió el papelillo. El chocolate, según descubrió, estaba seco. Nadie se había atrevido a salir a la calle después de la noticia de la nacionalización de la palabra. Se habían enterado de que alguien tenía que empezar, quien fuera, soltando alguna frase, cualquiera. Qué miedo les daba. Si el voluntario se equivocaba y decía algo que no encajaba con el gusto de todos, iba a fastidiarla. El país entero tendría que hablar en base a un verso muy corto, o muy largo, o muy solemne, o muy atávico, o demasiado ilustrativo, o feo. No sólo era la forma: el poema debía seguir un ritmo, un tono, una sucesión lógica de temas. ¿Y si los demás no querían hablar de la belleza, del tiempo, de economía? Nadie salía del escondite. Nadie quería, nadie, y el ministro tiró el papel al suelo, lo pisoteó. Esto no se queda así, dijo. Abrió la puerta de una casa con una patada al más puro estilo Kung-fu Panda. Allí había una familia escondida. El señor ministro pidió a los cámaras que se pusieran detrás de él, y soltó: ustedes son los voluntarios, y estas palabras son las últimas que articulo libremente, así que lo próximo que digan será el primer verso del poema. Era una familia convencional: padre, madre, hijo, hijo segundo. Se miraron entre ellos y ay, ay, ay. Con los ojos grabaron el tácito pacto de que a ninguno de ellos le iba a dar la puñetera gana de hablar, pero eso no se lo iban a decir a los irruptores, porque una palabra implicaba la horca. Así lo dejó claro la madre cuando frunció el ceño de cara a su hijo mayor, y después al menor, y cuando, al instante, miró a su marido. El señor ministro se sentó. Y pasaron las horas, él fumaba cigarros de los caros, los niños sudaban mucho, los cámaras estaban cansados, ya casi nadie veía la tele, les daba lo mismo cómo hablar cuando pasaron dos horas, la atención era poca. Tres, cuatro, siete horas. Estaban como secuestrados; cuando se levantaban al baño, un escolta les acompañaba. Comieron muy poco. Los cámaras no probaron ni el café. El silencio era terrible, pero a los miembros de la cuadrilla del gobierno les complacía pensar en lo que ocurriría después, en la poesía flotando en la calle. A las nueve horas, al ministro se le ocurrió que podía hacer algo para que hablasen. Se puso en pie y empezó a tocar los objetos que decoraban el hogar de la familia. Una figurita de porcelana con forma de dragón, un platillo chino, un marco con la foto de una señora mayor. El padre casi no podía respirar, estaba cardiaco; el ministro se estaba acercando a la cajita donde guardaba la maría, y qué miedo, le podían hacer algo, pero qué era peor, la cárcel o el linchamiento, así se debatía. Joder. Entonces su mujer se puso en pie, quería hacer pis. El escolta la siguió. Todo estaba en silencio. Ya casi no había telespectadores conectados. Era el momento. Mientras andaban hacia el baño, cuando ya habían salido del salón, el guardaespaldas le colocó llanamente una mano en el culo a la señora. Ella se giró y le miró y pensó ay, habrá sido una equivocación, tonterías mías. Y él le puso una mano en la teta izquierda y la señora, cabreada, chilló: ¡ah! Cejas del ministro enarcadas. Sorpresa de los cámaras. Gente que se reconecta al canal de televisión. Presentadora en el lejano estudio se atusa el cabello. Primer verso. Primera célula del poema. Nunca más hubo poesía.


99456



-Como esos audios en vivo, ¿sabes? Justo así. Los graban en conciertos, o en salas, o en bares. Se prepara todo para grabar, los equipos, y para que el sonido sea bueno dentro del recinto. Imagínate que un tío empieza a tocar. Se sienta en un taburete alto, con el micrófono delante, sólo él y una guitarra, y recorre las cuerdas con los dedos, alza la voz, desgrana una canción. El técnico de sonido tiene que regular la voz que sale por los altavoces, al menos la intensidad del sonido. Tiene que equilibrar al vocalista con la guitarra. Todo eso para que el sonido quede bien grabado, para que el audio se escuche y después alguien pueda exprimirse con la repetición cansina de lo que pasó en una sala llena de cabezas. Tal vez el cantante esté un poco pedo. Y eso, en la voz, se nota. Y se repite, se repite, se repite. Una chica se estira en el sillón, introduce los dedos en el elástico de las bragas, escucha el glup, la cadencia de la nota borracha. Al rato se cansa y le da a la flecha que la lleva al pasado, y selecciona un audio de estudio. Y por qué. Porque en el título del archivo le dice que el audio es en vivo, que es imperfecto, que no se abstrae de una realidad normal y crea un clip fuera de la garganta, de los dedos. Que el audio en vivo es más humano. Y eso no mola. Pero en realidad lo que pasa es que en el estudio hay personas que están tocando la guitarra, la batería, cantando a gritos; antes de llegar, el vocalista se tomó dos gin tonics y tiene un puntillo ligero, pequeñito de tambaleo. Y qué. Graban y editan, tiene que escucharse todo con equilibrio, se regulan los niveles, se pulen los ruidos. Y la calidad se dispara porque después, al escuchar, sentimos que la canción existe como algo, un concepto, y que está ahí, rueda con el reproductor. Las etiquetas, dicen. Yo no sé. Pero somos igual de humanos en una sala de conciertos que en un estudio de grabación. Como esos audios en vivo, exactamente como los audios en vivo. Porque tengo una vida de estudio y no me lo creo, en realidad mi vida corre en vivo. En realidad mi vida es más humana y está borracha y nadie tiene fe en ella, le dan a pausa justo cuando empieza, buscan la verdad que se abstrae. De mí, del globo. Eso quieren, la legitimidad que otorga una casa de discos, y no entienden que tal vez al vocalista se le oiga mejor en una sala porque le alimenta el calor de quien escucha, sus ojos cerrados, los labios mordidos, los dos que se besan mientras suena el estribillo. No. No comprenden. Lo bueno está establecido, y dime tú por quién. Porque soy yo quien vive. Y mis juicios, qué coño importan mis juicios. Sólo son susurros grabados en la esquina de un pub. no-megustan-laspuertasquegiran-no. ¿Será que las palabras en vivo se transcriben todas en minúscula? ¿Será que mi vida es más pequeña y resulta que...? Como esos audios en vivo. Como esa gente que aplaude y respira con los acordes. Y molestan. Embrutecen. Hay un botón cuadrado que significa parar. Ése es mi botón. Como el de esos audios en vivo.

martes, 30 de diciembre de 2014

004



Estos muslos no son míos. Ya no me soy. Y yo miro al fondo del pozo y grito y siento vértigo y soy consciente, de tanto leer, de que el vértigo sólo significa que siento deseos de caer. Por qué lo de fuera se parece tan irremediablemente a lo que tengo dentro. Extraviar la postura, perder para siempre el cuerpo en uve. No vibra el teléfono encima de la caja. Lo dejé lejos, en otra habitación, pero puedo escucharlo. Baile de dedos, mensaje. Que dolía, que ahora ya no. Es sólo la cola de un golpe, mareo, como la laxitud después del orgasmo. El no negado. Y tengo derecho a pensarme indiferente, yo lo sé. En la cabeza puedo ser, ser, ser. Pero ahora coloco un dedo en esa pierna que no es mía, que encaja con el puzzle de mi esqueleto y se me pega como el arco romano, sin pegamento, sin cemento, sin calor. Respirar te va a matar, pienso, y qué. Me limpio el cuello. Con lija gris, sentada encima de la tapa cerrada del water. Refugio. Hogar en mí, no hay más casa, sólo un edificio en la garganta, una bomba víctima del tiempo escondida en el sótano. Y un teléfono apagado. Por qué no llama nadie. Por qué no saben que estoy aquí colgándome de los azulejos, contándome los dedos, limpiando los restos. Que ya no duele, pero sigo sentada y el tiempo, clac, me insulta. Yo ya no puedo mirarme al espejo. Sólo sabe mostrarme fotografías. No soy la niña que me mira y se mueve si lo pienso, y los muslos, yo no soy... Sólo el papel que barre la vergüenza, un arañazo rouge tras la blusa. Y tal vez al teléfono se asome. Tal vez al teléfono le nombren. Tal vez al teléfono le cuenten...
Nadie llama. Yo no lloro. Ahora sólo soy niña para los idiotas.


miércoles, 24 de diciembre de 2014

dos minutos




Tengo dos minutos para escribir. ¿Qué se escribe en dos minutos? Puedo mirar el techo y acariciar las paredes, y descender hacia la ventana, observarla, repensar. Puedo contar las teclas, calcular las letras, olvidar. Puedo golpear, dar tortazos, prenderme y prensar el aire en el fondo de los pulmones. Uf. Puedo tocar el piano del teclado y darle, darle, darle hasta tener algo, oro, la solución a mi vida o solamente la expresión de ella. Puedo escribir un poema o un ensayo. Una noticia o un diario. El mundo o yo. Sobre qué se escribe en dos minutos. Sobre una peli, sobre el vecino, sobre sexo. Cómo se escribe en dos minutos. Estilo, registro, tono. En dos minutos puedo salvar mi vida, o puedo no hacer nada. El tiempo es una estupidez. El tiempo, los relojes. Tic-tac. No hay más. Dos minutos. Qué son dos minutos. Qué significará el tiempo sin relojes. Qué sé sobre los minutos. Tengo dos minutos, sólo dos minutos. Tenía.

sol



vivir la soledad/sentarme sola/y pensar sola/mirarme sola/contemplarme/en futura soledad/la música suena mejor/cuando estás sola/y te miras los pies/y te sabes/vivir la soledad/que se rompe/con una llamada/y un café de repente/que sólo planea/la cafetera/nadie conoce/las formas del humo/lo que derramo/cuando me caigo/una llamada/y un paseo pero ya/y hablar/de soledades encontradas/tejer destejer tejer destejer/volver después/menguar la compañía/y volverme sola/andando a casa/tras los besos y un chispazo/en los antebrazos/que llueva o resbale/volverme sola otra vez/mutar/a solas/sentarme sola/y sentir tan sola/que me sube a los brazos/la compañía/reposar el beso/en la cima labial/y en la sima/descender a mordidas/al núcleo astral/de las caderas/y sentir a solas/resentir a solas/el paseo el café el beso/y llorar a solas/llorarme sola/porque sólo sola/comprendo que soy/cuando llaman/y me dicen sal, sal, sal/y salgo, salgo, salgo/para prenderme sólo a algo/nadie conoce/los caprichos que yo/guardo en los calcetines/en las medias/en la esquina/de mi pupila/vivir la soledad/entenderme a solas/sentir para sentir/llorar por nada/creer en nada/vivir

lunes, 22 de diciembre de 2014

99



y no podría yo/vivir dentro de ti/e inventar tus ecos/y contar tus rectos/entender los sueños/mirar a través/y no creyendo que/veo porque sé/y sé porque comprendo/no podría yo/mudarme como tú/colarme como tú/completar la serie/y encajar/y articular/y sincronizar/y beberme el agua/en la que nadas/la piscina/vaciarla/y pensar/que debajo/hay/olas...

por qué será



Por qué será que te llevo dentro como la vesícula, con todo el peligro de que revientes y me envenenes, de que me mates desde el centro de mi cuerpo. Tan mía como ese trozo de mí, y tan ajena, tan de lo demás. Por qué será que sé que puedo llevar los dedos al fondo de la garganta y apretarlos y tirar. Que puedo zafarte de mí, de mí, de mí. Que no vas a agarrarte, no vas a pelear, no vas a arañarme para que me achique y te diga, bueno, sigue. Tú estás quieta y no importa dónde. No sabes que soy yo la fachada de esa pared que pellizcas. Que mi cara es el azulejo que puede resquebrajarse si al final el gas abierto explota. Soy la casa que habitas, pero tú no lo sabes. Por qué será. Y si respiras, me quedo sin oxígeno. Y si te dejas el grifo abierto, lloro. Y si te aburres, me muevo. Sólo porque me da miedo que estalles y me mates y aun muerta, aun cadáver y vacía y fría... Por qué será que me estoy despellejando la boca. ¿Lo recibes, si pienso? Me encontré contigo anoche. En el súper. Hablamos un rato. Estabas guapa. Creo que volvías de casa de alguien, algo así. No te entendí bien; en la sección de cosméticos nunca se puede dialogar con propiedad. Por qué será. Nos dimos un beso en el cachete y después cogiste la cesta y seguiste andando. Te vi marchar y me pregunté por qué no te dabas cuenta de que no estabas ahí fuera. De que no eras más que un holograma. Tengo tanto miedo de ti. Tanto miedo contigo.

 (ya no creo a los espejos)

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Ya no creo en los espejos. A todos los tomo por mentirosos. Me voy de ellos. Quién es capaz de decirme que ahí, donde sólo se ve mi cara, estoy yo. Si me miro veo un rostro. Sólo veo a alguien. Pero yo no sé si ese alguien está pensando, o si le duele el estómago o tiene inquietudes metafísicas. No lo sé. Y lo que a mí me distingue de los demás, lo que me hace saber que yo soy yo, es precisamente eso. Que me veo en lo que pienso. Y los espejos, qué cosa. Sólo una mujer.
Renuncio. Yo no soy lo que veo. 
Y ella tampoco merece que la obligue a ir por donde iría yo.

martes, 9 de diciembre de 2014

333


Suspiré. El aire se me escapó del cuerpo y coronó los agujeros de mi nariz. Me hinchó la cara. Corrió por la habitación y se puso a dar vueltas alrededor de los muebles, del gotelé de las paredes, de las pelusas. Salió por la ventana, que estaba abierta de par en par, y se subió a horcajadas sobre una corriente de aire más grande, más viva, más sucia. El aire de mi cuerpo se contaminó con los gases de la calle, y mi exhalación se convirtió en viento. Se mimetizó con el aire que había salido del tubo de escape de un camión de fruta, o de un aire acondicionado que hace tap, tap, tap, o de la nariz de otro. Mi aire dejó de ser mío en el preciso instante en que decidí que quería respirar, y suspirar, y limpiarme el alma en lo profundo. Yo suspiro, y una parte de mí vuela, y puede llegar a cualquier sitio, a cualquiera. Y mi aire, entonces, sólo es libre cuando sale de mí. Sólo yo, sólo partes de mí son libres cuando ya no están conmigo, cuando se escapan, cuando echan a volar porque yo, entretenida, les doy un pequeño empujón. Con los pulmones, o con los dedos, o con el habla. Soy de todos si respiro. Si respiro, puedo volar.

33

 
 
Tú tienes los ojos caídos y la boca cerrada y las comisuras colgantes y baja una lágrima y corre derrapa avanza deprisa por tu mejilla y tú tienes los dedos en la tierra y las uñas debajo y las piernas estiradas y las pestañas rizadas y el mundo en la lengua y me lo das y me lo envías y me lo pasas y rozas y tocas y miras y yo espero y digo y esto qué es y siento y consiento tu vida y rueda por mis dientes y atraca en mi garganta y yo tengo los ojos caídos y la boca cerrada y las comisuras colgantes...

lunes, 8 de diciembre de 2014

breve y profunda



soy breve 

un pulso

un soplo

tengo huecos

poros

rotos

me despego

en las costuras

que ya nunca

tienen hilos

sólo puntos

infinitamente hondos

que en lo ancho

son chiquitos

ínfimos

exactos

y en los que después

al soplar

se pierde el aire

yo soy breve

y profunda

soy un pozo

y una gota

caída

brevedad

distancia

yo

nada


(para ng
por reconocimiento de sus rotos
en la mujer breve y profunda
que también yo soy)





 

domingo, 7 de diciembre de 2014

yo rotonda


Están construyendo una rotonda en la entrada a mi pueblo. Cada semana, al volver a casa, veo la obra. Yo no la busco. Me olvido de que ahí se mueve algo, de que mientras yo ando o como o pregunto unos obreros arman una curva de mentira. Solo la recuerdo cuando regreso. La veo y es más grande y más perfecta y cada vez más redonda. Los trabajadores son rápidos. La rotonda es distinta todas las semanas. Y cuando la oteo, el mundo se achica y se reduce a ese segundo. Los regresos se me funden, son viscosos. Mi abuelo me sube en coche a veces. Pasamos rodando por el paritorio de cemento. Me dice, mira qué avanzada va la rotonda, y cavila sobre cómo será cuando la terminen, qué les falta para que la rotonda sea rotonda. Dentro de poco acaban, cierra siempre. Yo fijo la vista en los bloques medio desnudos y me callo. La obra me da miedo. Me asustan los ladrillos. Crece, y yo no sé cómo crecen las rotondas.
Intento no mirarla. Lo intento con ganas. Cuando voy por la gasolinera, lanzo la vista hacia el techo del coche o de la guagua y me concentro. Bizqueo. Pero se me vuelan las cuencas y la falsa curva me sacude desde dentro, esta vez ya vestida con cemento, con la altura perfecta. Y más lisa. La semana pasada se le veían maderas y trozos de bolsa, y el cemento era rugoso como la piel del techo de la guagua. Me asusto porque vivo fuera y las rotondas crecen y las flores brotan y cuándo pusieron las luces de navidad, cuándo las encendieron. Mi pueblo parece otra cosa, y todo empieza en el filo de una rotonda que aún no sirve para girar. La ansiedad me muerde, un gusano dentro, porque la guagua va despacio y allí en el muro hay un cartel de un concierto del que no me he enterado. Me da miedo no leerlo.
Construyen la rotonda al lado de la gasolinera. Justo delante de la entrada al pueblo. Como una bandera que baila y me grita que no soy, que no vivo, que no estoy. Que vengo para irme como un extrajero o el técnico de la Telefónica. Mi abuelo imagina cómo será la rotonda cuando esté acabada y yo sé que tengo miedo y me muerde el coco.
Me asusta, me asusta, me asusta. Un día llegaré y querré no mirar pero lo haré, y la falsa curva estará terminada y resplandeciente y algún concejal la habrá inaugurado, y en el periódico ondeará una foto de ésas de corbata y manos, besos. Y miraré y la veré. La rotonda estará hecha, lisa, alta. La guagua seguirá rodando, y eso es lo que me asusta. Me asusta entrar al pueblo, que será ya un pueblo con rotonda nueva, y ver que las casas son más grandes y no hay bancos en las plazas y hay agua corriendo por los carriles y los viejos ya no me saludan porque son otros y el sendero a la montaña no tiene esas piedras que te agarran los pies para que no resbales. Me asusta la rotonda y me escondo, me arrebujo en el asiento como un ovillo de persona. No voy a mirar, porque si aprieto bien los ojos ya no hay obra, desaparece, se va y vuela y solo permanece la entrada que me saludó cada tarde, la puerta que me guardó de lo que no era mi cosmos. Si retuerzo los párpados y no veo, ya no hay supermercado nuevo ni farolas altas ni obra parada, solo la nave que ya nadie derrumba, y la señora que se sienta en el escalón de mi calle me sonríe porque no he bebido caldo de pollo en su velatorio ni he observado las ventanas cerradas de su casa. Si no miro, la rotonda ya no está. Y todo sigue igual.
 

martes, 18 de noviembre de 2014

suelo



Hay suelo bajo el suelo. Garajes. Zulos. Cloacas. Todo un sistema, un ramaje oculto que perfora la calle. Yo piso, y puedo hacerlo con fuerza, puedo dar un golpe a la acera con la suela de las botas para demostrar que no caigo más, que estoy en el tope. Y si lo hago con mucha fuerza me duelen los pies. Se quejan dentro de los zapatos. Eso podría ser prueba suficiente: estoy dándole un golpe a una mole de cemento y piedra y lava muy vieja, a la dureza hecha materia, a la isla, al globo, a la Tierra. Lo próximo, las antípodas. Y sin embargo, hay suelo bajo el suelo. Y lo que piso sólo es la piel, una pequeña capa, y debajo de ella hay vacío, aire, espacio. Piso el suelo y sólo eso me sostiene; el suelo está casi suspendido, apenas sujeto por un pequeño pilar, por el lado de una vena del ramaje. Y qué más. Corre agua debajo de mis pies, a veces. Yo no la siento. Ando sobre ella.
¿Es eso? ¿Es eso volar? 
No. Volar no es sólo andar sobre el vacío.
¿Y si de repente un muro me dice que yo soy el subsuelo?

martes, 11 de noviembre de 2014

76



Está sentada en el sofá largo. Prende cigarros con una vela. Los pitillos se encienden, pero se queman. La punta se ennegrece. Los fuma a sorbos, como si bebiera. Intenta no tragarse el humo, pero no puede evitar hacerlo. Y le sale por la nariz. Le brota de dentro. En qué chimenea me he convertido, piensa. Y se arrepiente. Pero sigue quemando la punta de uno, dos, tres cigarros con la llama de esa vela con olor a talco; sigue chamuscando y preguntándose si alguna vez, en algún momento, un cigarrillo podría arder demasiado. Entonces saca uno de la caja y lo hila a la llama. Lo deja ahí. No pasa nada. Ella, sin embargo, sigue sentada en el sofá largo, fumando cigarrillos con el papel ennegrecido.


viernes, 24 de octubre de 2014

mi vida agua




Mi vida agua. Sin espacio, y miles de grietas alrededor. Que se expanda y haga fuerzas siempre para romper, para reventar el molde. Que se revuelva con el movimiento y pelee siempre por buscar su forma. Que se desparrame. Mi vida catarata. Fuerza, y ruido, y corrientes rápidas. Que nada más allá de la física pueda columpiarla. Mi vida lluvia. Que caiga, que moje, que llene. Sin normas. Mi vida ola. La subida, y después el golpe, golpe contra sí misma y contra todo. Mi vida mía.

merienda de dolores


Tu dolor es como mi dolor, y a veces nuestros dolores se encuentran y se miran al centro de las pupilas. Mi dolor se encoge un poco y se curva hacia dentro, y se vuelve anzuelo. Tu dolor respira por la boca, y un pequeño hilo de aire sale disparado y le da al mío en el centro de la frente. Nunca consiguen pescarse. Se miran, se miran los dolores, y tienden un puente de cemento que los une pero jamás los acerca. Eres un dolor muy bonito, exhala el mío. El tuyo suelta qué dolencia tan guapa, y una química de dolores surge de la parte más profunda de la garganta. A veces se encuentran, y el aire se vuelve un poco menos repulsivo, y el puente tiembla aunque sea del cemento más duro, y del más improbable. Toman café y comen galletas de limón, aunque a mí no me gusten. Pero mi dolor se las traga de golpe mientras con una mano tamborilea en la mesa y recrea La vereda de la puerta de atrás. El tuyo las desmigaja y las mira y habla muy bajo y sólo responde cuando cree que el puente puede temblar más que la fiebre. A veces nuestros dolores quedan para merendar y hablan del tiempo. Intentaron hablar de metafísica, pero no saben qué coño significa.

domingo, 12 de octubre de 2014

teleceguera



En un programa de la tele, un ordenador cuenta los golpes que sacuden a dos cuerpos. Están quietos, sentados en una habitación blanca. Se miran a los ojos. De vez en cuando a uno se le expanden las aletas de la nariz, y alza la mano y le pega al otro en la cara. Nadie hace nada más. Hasta que un golpe vuelve a surgir de las articulaciones. Es quizás azar, pero el ordenador pone número a cada tortazo. No cuenta más. Ni el tiempo ni la frecuencia cardiaca ni la cifra de espectadores que se indignan con una violencia tan fácil y cambian de canal. Sólo cuantifica los golpes. Uno, dos, tres. Cuatro. Y no numera la respiración, ni la mota de azufre que corre con la sangre, ni una determinada cadencia en la voz mental, ni un tenue rubor en las orejas, ni un estremecimiento de las articulaciones, ni la arruga de los párpados cuando un recuerdo dilata la pupila, ni nada. Sólo cuenta el golpe.

para qué peleas



Te lo robo. Me lo quedo. Ahora es mío. Me hago con un segundo de tu vida y lo uso como a mí me da la gana, y para qué peleas. Para qué te mueves. Quédate quieta, cierra los ojos, relaja los pulmones. No pasa nada. No voy a hacerte daño. Mira, ahora solamente cojo el pincel con las yemas de los dedos. Lo estoy agarrando muy suavemente, y con un leve movimiento lo mojo en pintura. Es amarilla, ¿ves? A ti te gusta el amarillo. Es el color de los girasoles, tía. Que te gusta. Sólo voy a agarrar el pincel, nada más, sólo mis dedos y el mango de madera, y espera un momento, déjame ver lo que pasa si me acerco... No, no. Quieta. Que me toca. No te va a doler, sólo voy a deslizar los pelillos del pincel por tu mejilla y... Joder, ya está, te estoy diciendo que no te va a doler, que no pasa nada. Es algo que tarde o temprano va a pasar, ¿lo entiendes?, va a pasar por mucho que lo dilates en el tiempo. Así que para qué coño peleas. Venga, mira, poquito a poco, despacio deslizo el pincel por tu mejilla, ahora te dejo sólo un trazo, ¿vale?, un trazo amarillo, es muy fino, no lo va a ver nadie. Sólo tú y yo sabremos que tienes la cara un poco pintada, ¿sí? Sólo tú y yo. Un secreto. Es bueno tener secretos, aligera la carga de la vida y nos une a los demás. Si quieres, no sé, si quieres te enseño a pintar caras. Es algo súper básico en la vida, pero mucho, si no sabes pintar caras estás perdida. Coge este pincel, que es un poco más grueso y traza mejor. Toma. Ahora sujétalo con fuerza, con ímpetu, y mójalo en la pintura. En la azul. Sí. Yo dirijo tu mano. Ahí, al lado del ojo. Aprieta un poco. Dale. Sí, lo estás haciendo de puta madre, creo que si sigues así podrías pintar un cuadro. ¿Te imaginas?, la Mona Lisa en tu cara, la Trinidad en los pómulos, El Beso en la barbilla. ¿Te gustaría? No arrugues la frente. Tienes que tenerla bonita para poder... No, no, no. No te muevas. Me toca pintarte, ¿recuerdas? Joder, pero si hasta tú misma lo haces. Si tú te pintas. ¿Cómo vienes a decirme que no quieres más? ¿Eres tonta o qué? ¿No ves que no pasa nada? Para. Que sigo. Esta vez te toca verde, y además te voy a pintar toda la nariz, para que veas que no duele. Que no duele. Que no. Que te estés quieta. Que me toca pintarte. Que le voy a decir a todo el mundo que ese tajo azul te lo hiciste tú. Déjame, venga, sólo un momento, un trazo más y después te dejo en paz para siempre, en serio, no vuelvo a coger un pincel en mi vida, no vuelvo a acercarme a ti con un bote de pintura, te regalo cosméticos para que te limpies los colores y te hago la cama un mes. En serio. Sí, ¿me dejas?, venga, verde, verde. Esta vez cojo este pincel, que no lo hemos estrenado y es nuevo. Cómo me gusta pintarte. Algún día podrás pintarme tú, y todo será... ¿Cómo que no? ¿Cómo que no, joder? Pero para qué peleas. Que ya tienes tres colores. Para qué te mueves. Este segundo es mío, y te tengo aquí, a mi lado, y puedo hacer contigo lo que me salga de la punta de la polla. Puedo pintarte la cara y el vientre e incluso el culo, y tú no puedes hacer nada, porque si lo haces le voy a decir a todo el mundo que ese trazo azul... Joder, que no te muevas, que te estés quieta. Que cierres los ojos, puta. Que te calles ya. Mira, me importa una mierda. Coge este pincel. Ahora. Que lo cojas. Cógelo, joder, pedazo de puta. Que no vales para nada, hostia. No sabes ni pintar. Mójalo en rojo. Acércatelo. Ahora, justo ahora te vas a pintar la frente. Con el pincel y la pintura roja. Te vas a dibujar la frente y vas a escribir: puta. Y cuando salgas a la calle todos lo verán. Si hubieras estado quieta todo habría sido amarillo, y no habría rojo en tu conciencia. No te habrías jodido, imbécil. Porque este segundo de tu vida es mío. Para qué peleas. Para qué te mueves.


sábado, 4 de octubre de 2014

prisma



Entonces descubro que la niebla de la carretera sale de mi garganta. Que se me escapa cuando exhalo, y la construyo al inhalar. Es el vaho de mi respiración, una pequeña secuela de cada movimiento que hacen mis pulmones. Porque respiro fuerte, y me agarro al volante como si nada más en la vida mereciera la pena. Sólo el coche y yo, que corremos a una velocidad que no tiene nada que ver. Mi cabeza hacia detrás, y las ruedas siempre, siempre hacia delante. Y si no fuera por la física, si no fuera por el movimiento de este automóvil que arrastra mis huesos, yo podría reventar. Y a la mierda el cuerpo. A la mierda los huesos y los órganos y el tejido muscular. Pero no exploto, y no lo hago porque tengo que centrar mi atención y la fuerza de mis dedos en la conducción, en un monstruo metálico que me comió y que ahora camina hacia donde yo quiero, hacia donde yo debo querer. No puedo romperme porque estoy viajando. No soy un cuerpo. Y sin embargo, respiro. Y vomito aire. Y la niebla soy yo, son mis pulmones que se contraen y tiemblan y dejan pasar, dejan salir una nube. Vapor. No soy un cuerpo, pero soy humana y me deslizo, me traslado, y a cada paso que doy, a cada vuelta de la rueda, voy dejando mi humo y mi mierda y mi estela. Dejo mi huella y soy la niebla, y si me quejo de que no veo, si me quejo de que no puedo conducir porque en la carretera no hay nada, sólo puedo poner los faros largos y callarme la puta boca. Porque todo lo que pasa, todo lo que ocurre es culpa mía.
Yo soy el prisma con el que miro. Sólo eso. Ni humanidad ni coche ni pollas en vinagre. Sólo soy una lente. Y así vivo, y así creo, y así me muevo.

 

lunes, 29 de septiembre de 2014



A mí las palabras nunca me han salvado.
Nunca, ni una sola vez. 

sábado, 20 de septiembre de 2014

glup


Me bebes, nadador,
como una copa de cerveza.

Prendes mi hilo a tus labios
y doblegas mi cuerpo
al centro gravitatorio.
Y yo caigo, me derramo,
derrapo en tu garganta
y me vacío.

Tú me bebes, nadador,
como si yo sólo fuera vino.

Me abres,
me descorchas,
y mi cuerpo queda al aire.
Yo me expongo,
y tú me miras con el ojo vago
antes de paladearme
preguntándote si estoy picada.

Tú me bebes, nadador,
como una copa de cerveza.

Yo corro y corro y corro por tu garganta,
y voy parándome y examinando
lo que tienes por dentro,
y me ensimismo en cada paso y cada vena
y en cada arteria y cada exhalación.
Estoy bajando y en tu estómago,
después,
me recuesto.

Tú me bebes, nadador,
como si yo sólo fuera vino.

Mides mi calidad y mis años de cultivo.
Examinas mis adornos y mi molde,
y revisas si es cierto
lo que escribo en mí.
Me exhibes de vez en cuando
y crees que no me doy cuenta
porque sólo soy inerte.

Tú me bebes, nadador,
como una copa de cerveza.

Y yo, tumbada en tu barriga,
sabiendo a tus labios,
me pregunto de qué color
serán tus ojos.

jueves, 18 de septiembre de 2014

espacio


 
Estábamos sentadas en el borde del muro de la autopista, justo frente a la puerta de mi casa. Jimena se mordía las uñas, y lo hacía de tal manera que la pintura no llegaba a desconcharse, a ponerse fea y a caerse como las escamas de un pescado. No era así, sino que sus dientes hacían un corte tajante en el filo de los dedos, y el pequeño trocito duro se desprendía de los demás, y la manicura quedaba intacta, sólo que las uñas eran más cortas, menos afiladas. Es un truco que aprendes con el tiempo, supongo, y con la edad, porque yo aún no soy capaz de morderme las uñas sin que un pequeño trozo de esmalte, siempre negro o rojo o azul, conquiste la periferia de mi encía y se ancle a mi mordida. Cuando estoy nerviosa no me pinto las uñas, así es mi vida, porque sé que se me van a colar los dientes en la estética, que voy a profanar la feminidad y el recuerdo del pincel manchándome los dedos y la colcha de la cama. Yo lo sé, y Jimena también, ella sabe que va a hacerlo, y lo hace, pero no pasa nada, pero nada pasa... Se mordía las uñas y yo pensaba en eso, y miraba mis dedos naturales, blancos, y sentía en mi estómago ese acceso de culpa, ese acceso de quemazón, como si el chispón de la cocina hubiera echado a andar por la noche y hubiese abierto con el mango la cerradura de mi cuarto, y se hubiera colado entre mis sábanas y se me hubiera metido en toda la garganta. No sentía el fuego ni el ardor ni las quemaduras, sólo el presentimiento de que en algún momento mis dedos cerebrales iban a volverse unos putos suicidas, e iban a dar, a apretar, a machacar el botón para que una lengua de fuego confinara mi estómago y mi propia lengua. Me sentía casi quemada, casi jodida, y sentir ese casi, ese quizás, esa tensión era peor, peor que perderlo todo en el incendio. Y entonces, justo entonces ella habló, y yo di un respingo.
–Qué mierda.
No dije nada, y me miré la punta de las botas, y un coche rojo pasó a toda velocidad debajo de las plantas de mis pies. Yo los puse encima, y mi ojo en un despiste pensó que me movía, que andaba en monopatín, que podía salir corriendo o deslizándome por el asfalto y huir, irme, dejar el muro, dejar mi casa, dejar mi vida, dejar mi fuego. Qué mierda, repetí para mí. Qué mierda más grande. Puedes moverte, pero jamás te irás. Puedes irte, pero no dejarán que te muevas. No hay espacio en el ser, y no hay ser en otro espacio...

sábado, 6 de septiembre de 2014



Hay palabras que detesto
Bizarro. Hubiera (cuando se cuela donde sólo cabre 'habría'). Lente. Excreción. Confidencia. Lacónico. Tópico. Quiéreme. Entiéndeme. Trastocar. Mosaico. Agravio.

Hay palabras que me encantan
Mar. Razón. Idea. Utópico. Oquedad. Diente. Cávea. Puta. Reventar. Habría (cuando le pega una patada a 'hubiera' y entra en casa). Arañazo. Coco.
 

martes, 2 de septiembre de 2014



Esta chispa enlatada, cerveza que sólo es cerveza, que no explota en la punta de la lengua, que no emborracha ni marea ni quita la sed. Una cerveza que yo no puedo beberme ni tirar por el fregadero. Todo implica abrirla, destaparla, y yo no quiero, joder, no quiero vivir con las venas al aire, o las burbujas, yo qué sé...

sábado, 30 de agosto de 2014

hielo



Nunca me quitas la sed. Eres como, no sé, como chupar un cubo de hielo. Te tengo en la punta de la lengua y pareces agua, y cuando empiezo a moverte dentro de la boca me dejas fría. La boca me duele. Y te muevo y me siento vacía, porque dentro de la cávea de mi habla es como si el agua me estuviera derrapando por los dientes y la garganta. De vez en cuando te caliento mucho y me das un poco, sólo un poco de líquido, y yo lo mantengo un segundo en la boca y después trago, y me llueves un poquito en el esófago. Pero es peor, porque no me quita la sed. Sólo son un par de gotas tontas, demasiado frías para que yo note su necesaria falta de sabor. Y te muevo y vuelvo a moverte y te revuelvo, y tengo dentro de la boca algo que parece agua, la solución a esta garganta rota y rasgada, pero no lo es. Tengo algo que no es nada, y en realidad lo es todo, y yo sigo provocando terremotos con mi lengua, que no está afilada. Más gotas y cada vez tengo más sed, y convulsiono de rabia, y vuelvo a dejarte en el vaso y espero a que te derritas unos segundos. Vuelvo a mover el vaso y me bebo lo poco que hay, y te meto dentro de mi boca y entonces por puro ahogo muerdo. Y te me rompes, y te mastico y me alivias, pero te vas. No te bebo. Sólo te desgarro.

miércoles, 27 de agosto de 2014

m&m mundo y mierda


¡Mundo!,
cuando yo nací mis padres me esperaban. Fui la primera hija, y me recibieron con los brazos abiertos, así, en cruz. Me estaban esperando. Y salí toda asquerosa y mojada y después unas enfermeras de las que no me acuerdo me bañaron. Me quitaron de encima lo que delataba que acababa de pasar por un horror como nacer. Y me convirtieron en persona. Me insertaron en el mundo de repente, como si mi cuerpo de bebé fuera una bala loca, recién disparada, que corría y corría y corría por el aire e impactaba en un cuerpo yerto.

¡Mundo!,
yo crecí un poco y me convertí en una niña un poco más formal. Jugaba a las casitas con las cucharas y los tenedores, y cuando estaba en clase me entretenía en imaginar que mis lápices eran personas pequeñitas a las que habían obligado a mutar. Y a veces colocaba la goma de pie enfrente del lápiz, y la ponía como si fuese un atril. Me ponía a mover la cabeza e imaginaba que el lápiz estaba dándole un discurso al mundo, que iba a cambiar las cosas (no sabía el qué) con las palabras que le salían por la boca. Y dentro de mi coco ese discurso estaba compuesto sólo de frases sueltas. Pero eran brillantes, coño.

¡Mundo!,
después me hice un poco mayor y descubrí que esas frases eran mierda. Que los lápices no hablaban y que la proporción no era la adecuada, porque la goma-atril sólo le habría llegado al lápiz-político hasta las rodillas. Yo era una niña normal, como todas, y quería ser lo que querían ser todas.

¡Mundo!,
yo quería ser una chica buena, ¿eh? Que a mí me decían que era mala, así, cuando era pequeñita, y se me caía la vida a los tobillos. Me portaba estupendamente y nunca contestaba a mis mayores. Aunque tuviera que morderme los nudillos. Yo sólo quería ser buena. Quería que mi madre y mi padre asintieran al mirarme, y quería vivir sin tener que reprocharme nunca nada. Yo quería ser buena. Y lo era.

¡Mundo!,
todos querían lo mismo para mí. 

¡Mundo!,
eso es lo que tenía que haber sido.

¡Mundo!,
después salí a ti y descubrí que todo lo que tú proclamas, todo lo que tú llevas dentro es mierda. Que no hay modelos ni referentes que valgan la pena si eres tú, justo tú quien los señala. Me di cuenta de que yo no era buena, de que yo no llevaba dentro nada de eso, porque lo que tú consideras una mujer buena es una puta mierda, y yo valgo más que eso.

¡Mundo!,
me rompiste todos los sueños, fuiste quebrando las extremidades de mis delirios una a una, y doblaste las articulaciones y las dejaste inútiles. Te cargaste todos mis sueños, todos y cada uno. Me demostraste que nada de lo que yo soñaba era posible, porque en el mundo no quedan más de cien personas capaces de deslizarse dentro de lo que yo considero algo bueno, algo íntegro, algo justo.

¡Mundo!,
lo bueno es malo y lo malo es bueno, y hasta que no entendamos eso vamos a seguir matándonos a golpes con el muro. Vamos a seguir creciendo sólo para que nos rompan los sueños uno a uno, poquito a poco.

¡Mundo!,
yo quería ser buena.
Te lo juro.

pre-19



Me dijo el camarero -qué cliché- que todos tenemos una lágrima guardada en la comisura del ojo. Que la gotita está ahí, obcecada, y no quiere salir. Que no le da la gana, y se agazapa y se esconde dentro del lacrimal, y nada dentro de sí misma y se revuelve. Es una lágrima pequeña y deforme. Porque las lágrimas siempre son deformes. A mí no me vale esa mierda de las gotas de cristal que resbalan sólo porque la superficie de una cara cuarteada no sujeta el vidrio. Qué mierda es ésa. Las lágrimas son deformes porque no tienen un contorno fijo, y resbalan por la cara y la llenan de residuos tontos, y van cambiando y mutando y creciendo a medida que la gravedad les coge por los huevos. Y las lágrimas nunca son las mismas, me dijo el camarero, y me sirvió un chupito. Nunca son las mismas, y la misma lágrima puede ser cien mil lágrimas más, escucha, cien mil, puede ser tantas otras mientras derrapa por la comisura de una piel, por el filo de unas células que se estiran como chicles, la misma lágrima puede transformarse si la gravedad le da un toque, y si la física revienta, y en una sola gotita salada podemos llorarlo todo, todo... Y te tienes que beber eso, me espetó, te lo tienes que beber, porque no puedes seguir así, siendo siempre una niña.
Que todos tenemos una lágrima guardada en la comisura del ojo. Que la gota se expande y forma un velo, y nos cubre la mirada y sólo vemos, sólo observamos a través de ella. Que esa lágrima nunca sale, que nunca muere, que sólo empuja y empuja y pone zancadillas a las demás para que se vayan a ver mundo, para que lluevan, para que lloren.
Que no puedo ser siempre una niña.
Y me bebí el chupito. Derrapó por mi garganta, yo escuché el sonido de las ruedas del alcohol, las partículas cogieron una curva muy cerrada y el chupito chirriaba y corría y no se paraba, y el alcohol me dejó marcas en el fondo de la garganta. Me bebí el chupito, y el tío me miró por encima de las gafas. Sonrió. Sonreí. No se me saltaron las lágrimas. No me brotó esa gota puta que se agarra con las uñas a mí, a mi cuerpo, a mis pasos. Quizás en eso consista crecer.
Y sin embargo estoy aquí, ¿sabes?, y me veo en este espejo tan chiquito, sólo el rostro, mi cara enmarcada por madera oscura y de imitación. Me arrastro el párpado con el dedo índice y pienso en esa gota. Sólo en la gota. Se me está borrando la raya del ojo, y como siga así voy a parecer un mapache, pero me importa una mierda, y las pestañas me hacen cosquillas en el dedo, y yo pienso en esa gota, en ese camarero, en ese trago.
Que no puedo ser siempre una niña.
Me alejo un poco del espejo y contemplo mi cara, y entonces cierro los ojillos y no me veo pero me siento a mí misma con dos medias lunas pintadas en la piel. Los abro, y me oteo, me miro fijamente, soy una niña a medias y no puedo serlo siempre, y estoy a punto de cumplir los 19, y tengo en la garganta las marcas del derrape de un chupito que a saber qué más llevaba. La lágrima puta empuja y hace fuerzas, la oigo gritar, y una pequeña gota que no es la que quiero me sale del fondo del lacrimal. Yo no puedo ser siempre una niña, pero ahora me miro al espejo y lloro, y la primera lágrima baja por mi cara y va mutando, y va siendo otra, y a cada milímetro de mi piel que conquista, mala colonizadora, la lágrima llora algo distinto. Llora en mi cara y llueve en mis tripas, y baja y baja y baja como una gotita de agua suicida que pinta la fachada de un edificio de ésos tan feos. Y salen más más más lágrimas de este cuerpo, más más más agua que fabrico sin pensarlo, y lloro porque no puedo ser siempre una niña y estoy creciendo, pero me repliego sobre mí misma y pienso en mí, me pienso, y barro con el láser de la mente todo lo que tengo dentro, todo, todo, y al final me lloro. Lloro porque soy, y también lloro lo que soy. Todo eso, todo.
Quizás, como no puedo ser siempre una niña, en algún momento pueda pararme a coger aire. Una bocanada de aire que me congele las vísceras y sofoque el fuego que llevo siempre dentro. Tal vez pueda detenerme ratito y tomar conciencia de mí misma, justo como cuando lloro. Ya está bien de saber que existo sólo cuando tengo la cara llena de agua y mocos y trazos de rimmel. Los adultos no lloran tanto, o al menos eso pensaba yo cuando era una chiquilla, pero tengo la sensación de que cada día lloro menos pero lo necesito más. Que yo no puedo ser siempre una niña, pero ¿y esa lágrima que lleva desde siempre ahí, toda la vida, esa lágrima que ha crecido conmigo y se ha bebido todos mis cafés y ha escrito enviando impulsos eléctricos a mis dedos, esa gota de agua que me ha fallado y follado y se ha educado con mi falta de educación?... ¿Qué pasa con ella? Puto camarero de los cojones, no puedo crecer sin soltarla. Va a seguir cambiándome de forma dentro de los ojos, ¿verdad? Seguirá jodiéndome, y seguirá marcándome, y yo no voy a crecer nunca, nunca, pero sí dejaré de ser una niña.
...¿no?

martes, 26 de agosto de 2014





Soy más barranco escarpado que río de ondas suaves.

jueves, 21 de agosto de 2014

3



Yo soy una de ellas, y los gritos me comen y me joden y se enmarañan en el fondo de mis oídos. Soy una de ellas, y sé lo que sienten, son como espejos que reflejan todo lo que tengo, todo lo que llevo entre las costillas y en los bolsillos y dentro de los zapatos. Soy una de ellas, y no quiero serlo.
Porque no deberíamos existir.
No tendríamos que ser una categoría distinta ni tendríamos por qué reflejarnos como espejos. Y sin embargo...

yo



Crecer significa perder poquito a poco la posibilidad de cerrar los ojos, apretarlos con fuerza, hacerte daño en las palmas con las uñas y mandarlo todo a la mierda, al demonio, a tomar por culo. Crecer significa no poder apagar el móvil, o encerrarte en tu cuarto, o en una esquinita de la cabeza. Significa tener responsabilidades, y subir y subir y subir el timbre del teléfono para poder escucharlo mientras te duchas. Significa perder la libertad de hacerle un corte de manga al mundo, y a todos, y sin embargo también significa sentir cada vez más esa necesidad de liarte a cabezazos con todo.
Pero yo aún soy lo suficientemente joven como para poder mandarlo todo a tomar por culo por un ratito.


Tengo el corazón de lejía;
cuando siento, me destiñe








miércoles, 20 de agosto de 2014

limpiar


-Límpialas.
-¿Eh?
-Que las limpies.
Me tira una gamuza y yo la miro, y después miro el paño, y me quedo pillada, colgada del aire. Y el aire se enquista, y yo no siento nada. Que las limpie. ¿Que limpie qué? La mesa no tiene nada. Está limpia. Ya recogí los platos y pasé un paño mojado, y después uno seco, y ella no puede mirarme ahora, de repente, y decirme que las tablillas de la mesa están sucias. Porque están limpísimas. Y ya está.
-¿Qué cosa?
 Magdalena retrocede y lanza la coleta como un látigo. Se gira sobre los talones. Me clava las pupilas y levanta una ceja, sólo una.
-Las gafas.
-Las gafas...
Las gafas. A veces me pasa, no sé, que me olvido de que las llevo. Y todo el mundo me recuerda que las tengo sucias, asquerosas, llenas de mierda. Que no saben cómo cojones veo con tantos lamparones y tantas manchas y tanto brillo opaco. Y yo me olvido, y ya está. Y ahora Magdalena me mira y espera una respuesta, no una verbal, no una repetición del sintagma que ella escupió antes que yo. No espera eso, sólo que agarre la gamuza, que está medio doblada y estrujada encima de la mesa, y que limpie los cristales. Sólo eso.
-Siempre las llevas asquerosas. Y no te entiendo.
Se sienta delante de mí. Apoya la barbilla en la base de la mano y me escruta, y escruta los cristales blanquecinos de mis gafas, y yo me pregunto en qué momento esto dejó de ser un consejo, un recordatorio.
-No me entiendes -recito.
-No.
Y un dedo se alza sobre los demás, y es la revolución dactilar, un golpe de estado, el dedo índice se posa deprisa sobre los labios, y se desliza por la piel, y el dedo rebelde hace que el semblante mute, ya no es el mismo, esto ya no es un consejo, un recordatorio.
-¿Tú notas cuando se te ensucia la piel, Magda?
Me pongo recta. Meto hacia dentro la parte baja de la espalda, y convierto mi cuerpo en un ángulo recto que desafía todas, todas las leyes de la geometría. Pero yo estoy recta, y respiro mejor. Por mis canales se desliza el aire. Magdalena tarda en contestar. Está pensando. Desvía los ojos a la derecha. El dedo sigue ahí; me reta y le reto, y reto al cuerpo entero. 
-Cuando la miro y está sucia. Pero tengo que mirármela, ¿no? Es mi cuerpo, y mi cuerpo es mi responsabilidad.
-Yo me olvido de que llevo gafas, igual que tú te olvidas de que tienes piel. Es así como funciona el cerebro. Si yo tuviera siempre en la cabeza que llevo un puente de pasta encaramado encima de la nariz y las orejas, ¿crees que no me obsesionaría? Y si tú, o yo, o quien coño sea, se pasa el día pensando que tiene piel, pielecitas muertas encima de otras que dentro de poco la palmarán, entonces tenemos delante a un obsesivo. Así funciona el mundo. Así funciona la mente, y mi mente es mi responsabilidad, ¿no crees?
Suelta todo el aire en una bocanada, y el aire anida en el gas y me azota en la cara.
-Y yo qué sé. Límpialas ya -y se pone en pie, y da un paso, y se para un momento-. Que nos vamos.
Está de espaldas. Yo me pongo más y más recta, cada vez más, y no toco la gamuza ni quiero limpiar las gafas. Porque veo bien, porque no me da la gana, porque esto es más que un consejo, que un recordatorio.
-Me olvido de que llevo gafas, y las gafas son parte de mí. Van conmigo a todas partes. Y cada lamparón cuenta mi día. Cuando me las quito por la noche están asquerosas, yo lo sé. Pero esa suciedad es sólo una expresión de mí misma. Como todo. Como la piel llena de tierra, o de grasa, o de arañazos. O como el pelo cuando huele a humo o está lleno de salitre o de hojas secas. Y, qué sé yo, me olvido de que las tengo y me olvido de limpiarlas, y lo hago porque ver la suciedad encima de mis ojos, esa película blanquecina y semiopaca que me cubre la vista, es como tener encima un residuo del día. Es decir... Vivo, y se acumula mierda, y a mí puede parecerme que la vista sólo se me nubla por lo vivido, que no es porque tengo ahí unos cristales adherentes que se quedan con todas las motas de polvo y con todas las huellas dactilares. Yo vivo, y a veces me parece que crecer es acumular, que lo que veo o lo que me impide ver es la suciedad de vivir. Que el cuerpo se vuelve imperfecto con el tiempo y salen arrugas y estrías y nos hacemos daño, y eso no le quita valor. Lo dignifica. La vida al final es como, no sé, como un tatuaje, ¿no?, y tener mierda encima significa que has sentido cosas. Que has tenido algo delante. Y si tengo las gafas sucias es porque me olvido de que las llevo, y si me olvido de que las llevo es porque quiero crecer. Y ser mejor. Y vivir. Así que déjame en paz, joder.
Paso, paso, paso. Magdalena arranca a andar cuando paro, y oigo cómo cierra la puerta del baño de un portazo. Y después el fechillo. Y esto es más, más que un simple consejo, que un simple recordatorio. Y yo no sé si con la suciedad del alma las palabras esconden más. Si una escena normal puede convertirse en una guerra, en bombas y pólvora y sangre. No lo sé. Pero Magdalena está abriendo el grifo de la ducha, yo lo escucho, y yo sigo en la mesa de la cocina, y sé que se va a quedar en casa porque a mí no me apetece limpiar las gafas. Porque yo me olvido de que miro a través de dos cristales. Porque yo necesito refuerzos para ver mejor. No sé...

sábado, 16 de agosto de 2014

arriba




¿Qué pasará mañana?
¿Me cambiará la cara, pensaré distinto, dejaré atrás la mierda de siempre, querré ser otra, seré otra, encontraré la vía, seré menos curiosa o más discreta o hablaré de otra forma?
¿Qué pasará? ¿Tiene que pasar algo? ¿Y si le hago caso a Murakami y bailo, bailo, bailo aunque no suene la música, aunque tenga que pararme? ¿Y si sigo moviéndome aunque no pase nada y logro que todo convulsione a mi alrededor, que mi vida sea más fructífera o mejor o más agradable? ¿Y si sigo preguntando sólo por el placer de escuchar, y de saber, y de levantarme?...

Levántate salvaje
como una planta que nace
a la sombra de la sierra
(La Raíz) 

viernes, 15 de agosto de 2014

el tiempo sin relojes (número mil, creo)



-Y si yo me fiara del reloj, ¿sabes lo que pasaría? Que me explotaría la cabeza. Que me saldría humo por las orejas y tendría que cambiarme de ropa, porque el calor penetraría en la tela y la dejaría apestando. Si yo me fiara de ese círculo con manecillas sin dedos, si le hiciera caso al tictac o a la distancia entre los números, entonces podría estar en Gran Bretaña. Podría estar en Londres bebiendo y bebiéndome los días, y mi vida podría ser distinta, y yo podría ser otra persona. Y sin embargo, estoy dentro de una isla chica a la que llaman la Isla Grande. A mí el reloj no me dice quién soy ni dónde estoy ni por qué. Y yo quiero saber por qué. Mi vida se basa en las putas ganas de saber por qué. El reloj es inútil, y el sonido del mecanismo es tonto y me da ganas de romper cosas. El tiempo no debería medirse, y tendría que poder estirarse como un chicle o escacharse como cualquier otra cosa. El tiempo debería ser dúctil y laxo y mío, mío, sólo mío. No de un par de agujas o de carteles con números o de los trazos en la pantalla de mi móvil. No quiero fiarme del reloj porque cuando fijo la vista en los números siento que todo lo que tengo alrededor es un decorado, cartones y trazos de brocha gorda, todo de mentira, todo hecho con un presupuesto muy bajo. Los husos horarios no miden la distancia, sólo son creaciones de un tío con bigote y gafas de culo de botella. No hay verdad en la hora, no hay hora en la verdad. Y yo estoy cansada de mentiras, ¿entiendes?, porque vivo en un mundo en el que todas las paredes son falsas y todo es un truco y no hay nada, nada que sea real. Vivo en un mundo en el que todo se tapa, todo se esconde, todo se esquiva. Un mundo de cartón piedra y papel de ése duro, joder, que no sé cómo se llama. Pero ¿sabes lo que pasa?... Que yo vivo y tengo una rutina, y la sociedad me obliga a desbloquear el móvil y mirar la hora, a darme prisa cuando se me hace tarde y a esperar de vez en cuando a que pasen los minutos y los microsegundos. No entiendo por qué no puedo rebelarme contra los relojes. Pero a veces pienso, no sé, que hasta en la revolución hace falta saber qué hora es... ¿Qué significará el tiempo sin relojes?

el ojo de la calle


En la calle se retuercen los sabores
que el asfalto cubre como un párpado caído.

Él se ajusta la corbata,
gris, añil y morada.
Una y otra vez rehace el nudo
que le cubre la garganta.

Tira del párpado.
Las aceras nunca gritan de dolor,
el piche jamás se calienta,
y pasa la cortina
con la punta de los dedos.

Y después agarra las pestañas,
las cose con aguja roma,
se hilvanan y se rozan
y el aire las cruza
sin saber
que no hay sonido entre los huecos.

No escucha los gritos.
No tiene oídos ni ojos ni boca.

Y hay sonidos, olores, huellas,
hay dentadas y arañazos,
en la calle todo es una herida
que supura sangre y mierda.

Nadie sabe quién hirió a la acera
ni por qué chillan las esquinas,
nadie descifra la voz de la calle,
el grito abortado,
la muerte callada.

¿Dónde están los oídos,
y los ojos,
y la boca?

Allí arriba no hay abajo,
ni azules ni marrones ni esmeralda.

Sólo la imagen congelada de un ojo durmiente,
de una ventana caída,
de una puerta cerrada.

No hay motas en el iris,
ni pupilas llenas de chispas.

¿Dónde están?

La calle grita con la fuerza entre los dedos,
y en cada decibelio vuela un poco el alma
que se derrite con el sol de las mañanas
y en la noche, se congela.

Nadie se atreve a escuchar
porque él nos cubre la vista
con un párpado que no es nada,
nada,
sólo miedo, dolor y pestañas
que nunca se anegan en estrellas.

Allí arriba no importa la pupila,
y qué más dan las manchas en el café
y las sombras chinescas
que en la córnea se tuestan.

La política no sirve para nada.

Agarra el párpado por las pestañas,
por la punta,
y arrastra la piel hasta la piel,
y cierra el ojo de la calle,
y después todo se esconde.

No hay nada.
Sólo decisiones.

El ojo está cerrado
pero ve.
La garganta, hecha un nudo
y no grita.

En la calle se retuercen los tambores
que el asfalto cubre como un párpado caído.




Y si he de morir yo muero, lo importante no es la huida, sino la ida. Si he de morir yo muero, pero me agarraré a la arena y gritaré que quiero vivir, que me quedo, que no me voy. Si he de morir yo muero, pero no pararé de moverme hasta que me expliquen por qué.

martes, 12 de agosto de 2014

grítame



Grítame
hazme pequeña
como un dedal
introduce la yema
en mis venas
hazme chica
como un grano de arena
como una partícula
gota de lluvia
hazme pequeña
del tamaño exacto
para que hogaño
nadie pueda contarme

Grítame
hazme pequeña
no quiero ser número
ni siquiera decimal
quiero ser materia
sin cuantificar
quiero ser pequeña
que los oídos me achiquen
que los días me piquen
que la sangre me mastique

Grítame
cosas malas
cosas feas
dime que soy una puta
la puta más pequeña
la anónima
y la más bonita
la puta más puta
no hay mujer más santa
que la puta arrepentida

Grítame
yo nunca seré buena
nunca quise ser buena
quiero ser pequeña
una tenue exhalación
el soplo de aire
la hiperventilación
el gramo del suspiro
cualquier pulsación

Grítame
no me voy a ir
me quedo en el grito
con las costuras rotas
y el dolor en la glotis
yo soy tu limón
si me bebes
y me gritas
que soy ácida
y te pica

Grítame
después yo te curo
como una pastilla
que recorre el muro
de tu piel y cosquillas
de tu sangre y tus tripas
el muro vacío
que se prende y se enfría
cada vez que respiras
y gimes y gritas

Grítame
hazme pequeña
dame la voz
si no ya me callo
grito o te engaño
hazme chica
seré tu dedal
si me coges por dentro
y me robas me muerdo

Grítame
chíllame
jódeme
que después puedo levantarme
con la pierna
las rodillas
y después los dedos
de mis pies quemados
grítame
que me levanto