Hay suelo bajo el suelo. Garajes. Zulos. Cloacas. Todo un sistema, un ramaje oculto que perfora la calle. Yo piso, y puedo hacerlo con fuerza, puedo dar un golpe a la acera con la suela de las botas para demostrar que no caigo más, que estoy en el tope. Y si lo hago con mucha fuerza me duelen los pies. Se quejan dentro de los zapatos. Eso podría ser prueba suficiente: estoy dándole un golpe a una mole de cemento y piedra y lava muy vieja, a la dureza hecha materia, a la isla, al globo, a la Tierra. Lo próximo, las antípodas. Y sin embargo, hay suelo bajo el suelo. Y lo que piso sólo es la piel, una pequeña capa, y debajo de ella hay vacío, aire, espacio. Piso el suelo y sólo eso me sostiene; el suelo está casi suspendido, apenas sujeto por un pequeño pilar, por el lado de una vena del ramaje. Y qué más. Corre agua debajo de mis pies, a veces. Yo no la siento. Ando sobre ella.
Las mejores historias son las que hablan de lo que no cuentan, ésas que tienen otras letras impresas en los márgenes y entre los huecos de los renglones. Las mejores historias son las que dejan rendijas, grietas pequeñas por las que descubrir qué es lo que se mueve dentro de todo.
¿Qué significará el tiempo sin relojes?
martes, 18 de noviembre de 2014
suelo
martes, 11 de noviembre de 2014
76
Está sentada en el sofá largo. Prende cigarros con una vela. Los pitillos se encienden, pero se queman. La punta se ennegrece. Los fuma a sorbos, como si bebiera. Intenta no tragarse el humo, pero no puede evitar hacerlo. Y le sale por la nariz. Le brota de dentro. En qué chimenea me he convertido, piensa. Y se arrepiente. Pero sigue quemando la punta de uno, dos, tres cigarros con la llama de esa vela con olor a talco; sigue chamuscando y preguntándose si alguna vez, en algún momento, un cigarrillo podría arder demasiado. Entonces saca uno de la caja y lo hila a la llama. Lo deja ahí. No pasa nada. Ella, sin embargo, sigue sentada en el sofá largo, fumando cigarrillos con el papel ennegrecido.
viernes, 24 de octubre de 2014
mi vida agua
Mi vida agua. Sin espacio, y miles de grietas alrededor. Que se expanda y haga fuerzas siempre para romper, para reventar el molde. Que se revuelva con el movimiento y pelee siempre por buscar su forma. Que se desparrame. Mi vida catarata. Fuerza, y ruido, y corrientes rápidas. Que nada más allá de la física pueda columpiarla. Mi vida lluvia. Que caiga, que moje, que llene. Sin normas. Mi vida ola. La subida, y después el golpe, golpe contra sí misma y contra todo. Mi vida mía.
merienda de dolores
Tu dolor es como mi dolor, y a veces nuestros dolores se encuentran y se miran al centro de las pupilas. Mi dolor se encoge un poco y se curva hacia dentro, y se vuelve anzuelo. Tu dolor respira por la boca, y un pequeño hilo de aire sale disparado y le da al mío en el centro de la frente. Nunca consiguen pescarse. Se miran, se miran los dolores, y tienden un puente de cemento que los une pero jamás los acerca. Eres un dolor muy bonito, exhala el mío. El tuyo suelta qué dolencia tan guapa, y una química de dolores surge de la parte más profunda de la garganta. A veces se encuentran, y el aire se vuelve un poco menos repulsivo, y el puente tiembla aunque sea del cemento más duro, y del más improbable. Toman café y comen galletas de limón, aunque a mí no me gusten. Pero mi dolor se las traga de golpe mientras con una mano tamborilea en la mesa y recrea La vereda de la puerta de atrás. El tuyo las desmigaja y las mira y habla muy bajo y sólo responde cuando cree que el puente puede temblar más que la fiebre. A veces nuestros dolores quedan para merendar y hablan del tiempo. Intentaron hablar de metafísica, pero no saben qué coño significa.
domingo, 12 de octubre de 2014
teleceguera
En un programa de la tele, un ordenador cuenta los golpes que sacuden a dos cuerpos. Están quietos, sentados en una habitación blanca. Se miran a los ojos. De vez en cuando a uno se le expanden las aletas de la nariz, y alza la mano y le pega al otro en la cara. Nadie hace nada más. Hasta que un golpe vuelve a surgir de las articulaciones. Es quizás azar, pero el ordenador pone número a cada tortazo. No cuenta más. Ni el tiempo ni la frecuencia cardiaca ni la cifra de espectadores que se indignan con una violencia tan fácil y cambian de canal. Sólo cuantifica los golpes. Uno, dos, tres. Cuatro. Y no numera la respiración, ni la mota de azufre que corre con la sangre, ni una determinada cadencia en la voz mental, ni un tenue rubor en las orejas, ni un estremecimiento de las articulaciones, ni la arruga de los párpados cuando un recuerdo dilata la pupila, ni nada. Sólo cuenta el golpe.
para qué peleas
Te lo robo. Me lo quedo. Ahora es mío. Me hago con un segundo de tu vida y lo uso como a mí me da la gana, y para qué peleas. Para qué te mueves. Quédate quieta, cierra los ojos, relaja los pulmones. No pasa nada. No voy a hacerte daño. Mira, ahora solamente cojo el pincel con las yemas de los dedos. Lo estoy agarrando muy suavemente, y con un leve movimiento lo mojo en pintura. Es amarilla, ¿ves? A ti te gusta el amarillo. Es el color de los girasoles, tía. Que te gusta. Sólo voy a agarrar el pincel, nada más, sólo mis dedos y el mango de madera, y espera un momento, déjame ver lo que pasa si me acerco... No, no. Quieta. Que me toca. No te va a doler, sólo voy a deslizar los pelillos del pincel por tu mejilla y... Joder, ya está, te estoy diciendo que no te va a doler, que no pasa nada. Es algo que tarde o temprano va a pasar, ¿lo entiendes?, va a pasar por mucho que lo dilates en el tiempo. Así que para qué coño peleas. Venga, mira, poquito a poco, despacio deslizo el pincel por tu mejilla, ahora te dejo sólo un trazo, ¿vale?, un trazo amarillo, es muy fino, no lo va a ver nadie. Sólo tú y yo sabremos que tienes la cara un poco pintada, ¿sí? Sólo tú y yo. Un secreto. Es bueno tener secretos, aligera la carga de la vida y nos une a los demás. Si quieres, no sé, si quieres te enseño a pintar caras. Es algo súper básico en la vida, pero mucho, si no sabes pintar caras estás perdida. Coge este pincel, que es un poco más grueso y traza mejor. Toma. Ahora sujétalo con fuerza, con ímpetu, y mójalo en la pintura. En la azul. Sí. Yo dirijo tu mano. Ahí, al lado del ojo. Aprieta un poco. Dale. Sí, lo estás haciendo de puta madre, creo que si sigues así podrías pintar un cuadro. ¿Te imaginas?, la Mona Lisa en tu cara, la Trinidad en los pómulos, El Beso en la barbilla. ¿Te gustaría? No arrugues la frente. Tienes que tenerla bonita para poder... No, no, no. No te muevas. Me toca pintarte, ¿recuerdas? Joder, pero si hasta tú misma lo haces. Si tú te pintas. ¿Cómo vienes a decirme que no quieres más? ¿Eres tonta o qué? ¿No ves que no pasa nada? Para. Que sigo. Esta vez te toca verde, y además te voy a pintar toda la nariz, para que veas que no duele. Que no duele. Que no. Que te estés quieta. Que me toca pintarte. Que le voy a decir a todo el mundo que ese tajo azul te lo hiciste tú. Déjame, venga, sólo un momento, un trazo más y después te dejo en paz para siempre, en serio, no vuelvo a coger un pincel en mi vida, no vuelvo a acercarme a ti con un bote de pintura, te regalo cosméticos para que te limpies los colores y te hago la cama un mes. En serio. Sí, ¿me dejas?, venga, verde, verde. Esta vez cojo este pincel, que no lo hemos estrenado y es nuevo. Cómo me gusta pintarte. Algún día podrás pintarme tú, y todo será... ¿Cómo que no? ¿Cómo que no, joder? Pero para qué peleas. Que ya tienes tres colores. Para qué te mueves. Este segundo es mío, y te tengo aquí, a mi lado, y puedo hacer contigo lo que me salga de la punta de la polla. Puedo pintarte la cara y el vientre e incluso el culo, y tú no puedes hacer nada, porque si lo haces le voy a decir a todo el mundo que ese trazo azul... Joder, que no te muevas, que te estés quieta. Que cierres los ojos, puta. Que te calles ya. Mira, me importa una mierda. Coge este pincel. Ahora. Que lo cojas. Cógelo, joder, pedazo de puta. Que no vales para nada, hostia. No sabes ni pintar. Mójalo en rojo. Acércatelo. Ahora, justo ahora te vas a pintar la frente. Con el pincel y la pintura roja. Te vas a dibujar la frente y vas a escribir: puta. Y cuando salgas a la calle todos lo verán. Si hubieras estado quieta todo habría sido amarillo, y no habría rojo en tu conciencia. No te habrías jodido, imbécil. Porque este segundo de tu vida es mío. Para qué peleas. Para qué te mueves.
sábado, 4 de octubre de 2014
prisma
Entonces descubro que la niebla de la carretera sale de mi garganta. Que se me escapa cuando exhalo, y la construyo al inhalar. Es el vaho de mi respiración, una pequeña secuela de cada movimiento que hacen mis pulmones. Porque respiro fuerte, y me agarro al volante como si nada más en la vida mereciera la pena. Sólo el coche y yo, que corremos a una velocidad que no tiene nada que ver. Mi cabeza hacia detrás, y las ruedas siempre, siempre hacia delante. Y si no fuera por la física, si no fuera por el movimiento de este automóvil que arrastra mis huesos, yo podría reventar. Y a la mierda el cuerpo. A la mierda los huesos y los órganos y el tejido muscular. Pero no exploto, y no lo hago porque tengo que centrar mi atención y la fuerza de mis dedos en la conducción, en un monstruo metálico que me comió y que ahora camina hacia donde yo quiero, hacia donde yo debo querer. No puedo romperme porque estoy viajando. No soy un cuerpo. Y sin embargo, respiro. Y vomito aire. Y la niebla soy yo, son mis pulmones que se contraen y tiemblan y dejan pasar, dejan salir una nube. Vapor. No soy un cuerpo, pero soy humana y me deslizo, me traslado, y a cada paso que doy, a cada vuelta de la rueda, voy dejando mi humo y mi mierda y mi estela. Dejo mi huella y soy la niebla, y si me quejo de que no veo, si me quejo de que no puedo conducir porque en la carretera no hay nada, sólo puedo poner los faros largos y callarme la puta boca. Porque todo lo que pasa, todo lo que ocurre es culpa mía.Yo soy el prisma con el que miro. Sólo eso. Ni humanidad ni coche ni pollas en vinagre. Sólo soy una lente. Y así vivo, y así creo, y así me muevo.
sábado, 20 de septiembre de 2014
glup
Me bebes, nadador,
como una copa de cerveza.
Prendes mi hilo a tus labios
y doblegas mi cuerpo
al centro gravitatorio.
Y yo caigo, me derramo,
derrapo en tu garganta
y me vacío.
Tú me bebes, nadador,
como si yo sólo fuera vino.
Me abres,
me descorchas,
y mi cuerpo queda al aire.
Yo me expongo,
y tú me miras con el ojo vago
antes de paladearme
preguntándote si estoy picada.
Tú me bebes, nadador,
como una copa de cerveza.
Yo corro y corro y corro por tu garganta,
y voy parándome y examinando
lo que tienes por dentro,
y me ensimismo en cada paso y cada vena
y en cada arteria y cada exhalación.
Estoy bajando y en tu estómago,
después,
me recuesto.
Tú me bebes, nadador,
como si yo sólo fuera vino.
Mides mi calidad y mis años de cultivo.
Examinas mis adornos y mi molde,
y revisas si es cierto
lo que escribo en mí.
Me exhibes de vez en cuando
y crees que no me doy cuenta
porque sólo soy inerte.
Tú me bebes, nadador,
como una copa de cerveza.
Y yo, tumbada en tu barriga,
sabiendo a tus labios,
me pregunto de qué color
serán tus ojos.
jueves, 18 de septiembre de 2014
espacio
Estábamos sentadas en el borde del muro de la autopista, justo frente a la puerta de mi casa. Jimena se mordía las uñas, y lo hacía de tal manera que la pintura no llegaba a desconcharse, a ponerse fea y a caerse como las escamas de un pescado. No era así, sino que sus dientes hacían un corte tajante en el filo de los dedos, y el pequeño trocito duro se desprendía de los demás, y la manicura quedaba intacta, sólo que las uñas eran más cortas, menos afiladas. Es un truco que aprendes con el tiempo, supongo, y con la edad, porque yo aún no soy capaz de morderme las uñas sin que un pequeño trozo de esmalte, siempre negro o rojo o azul, conquiste la periferia de mi encía y se ancle a mi mordida. Cuando estoy nerviosa no me pinto las uñas, así es mi vida, porque sé que se me van a colar los dientes en la estética, que voy a profanar la feminidad y el recuerdo del pincel manchándome los dedos y la colcha de la cama. Yo lo sé, y Jimena también, ella sabe que va a hacerlo, y lo hace, pero no pasa nada, pero nada pasa... Se mordía las uñas y yo pensaba en eso, y miraba mis dedos naturales, blancos, y sentía en mi estómago ese acceso de culpa, ese acceso de quemazón, como si el chispón de la cocina hubiera echado a andar por la noche y hubiese abierto con el mango la cerradura de mi cuarto, y se hubiera colado entre mis sábanas y se me hubiera metido en toda la garganta. No sentía el fuego ni el ardor ni las quemaduras, sólo el presentimiento de que en algún momento mis dedos cerebrales iban a volverse unos putos suicidas, e iban a dar, a apretar, a machacar el botón para que una lengua de fuego confinara mi estómago y mi propia lengua. Me sentía casi quemada, casi jodida, y sentir ese casi, ese quizás, esa tensión era peor, peor que perderlo todo en el incendio. Y entonces, justo entonces ella habló, y yo di un respingo.
–Qué mierda.
No dije nada, y me miré la punta de las botas, y un coche rojo pasó a toda velocidad debajo de las plantas de mis pies. Yo los puse encima, y mi ojo en un despiste pensó que me movía, que andaba en monopatín, que podía salir corriendo o deslizándome por el asfalto y huir, irme, dejar el muro, dejar mi casa, dejar mi vida, dejar mi fuego. Qué mierda, repetí para mí. Qué mierda más grande. Puedes moverte, pero jamás te irás. Puedes irte, pero no dejarán que te muevas. No hay espacio en el ser, y no hay ser en otro espacio...
–Qué mierda.
No dije nada, y me miré la punta de las botas, y un coche rojo pasó a toda velocidad debajo de las plantas de mis pies. Yo los puse encima, y mi ojo en un despiste pensó que me movía, que andaba en monopatín, que podía salir corriendo o deslizándome por el asfalto y huir, irme, dejar el muro, dejar mi casa, dejar mi vida, dejar mi fuego. Qué mierda, repetí para mí. Qué mierda más grande. Puedes moverte, pero jamás te irás. Puedes irte, pero no dejarán que te muevas. No hay espacio en el ser, y no hay ser en otro espacio...
sábado, 6 de septiembre de 2014
Hay palabras que detesto
Bizarro. Hubiera (cuando se cuela donde sólo cabre 'habría'). Lente. Excreción. Confidencia. Lacónico. Tópico. Quiéreme. Entiéndeme. Trastocar. Mosaico. Agravio.
Hay palabras que me encantan
Mar. Razón. Idea. Utópico. Oquedad. Diente. Cávea. Puta. Reventar. Habría (cuando le pega una patada a 'hubiera' y entra en casa). Arañazo. Coco.
martes, 2 de septiembre de 2014
Esta chispa enlatada, cerveza que sólo es cerveza, que no explota en la punta de la lengua, que no emborracha ni marea ni quita la sed. Una cerveza que yo no puedo beberme ni tirar por el fregadero. Todo implica abrirla, destaparla, y yo no quiero, joder, no quiero vivir con las venas al aire, o las burbujas, yo qué sé...
sábado, 30 de agosto de 2014
hielo
Nunca me quitas la sed. Eres como, no sé, como chupar un cubo de hielo. Te tengo en la punta de la lengua y pareces agua, y cuando empiezo a moverte dentro de la boca me dejas fría. La boca me duele. Y te muevo y me siento vacía, porque dentro de la cávea de mi habla es como si el agua me estuviera derrapando por los dientes y la garganta. De vez en cuando te caliento mucho y me das un poco, sólo un poco de líquido, y yo lo mantengo un segundo en la boca y después trago, y me llueves un poquito en el esófago. Pero es peor, porque no me quita la sed. Sólo son un par de gotas tontas, demasiado frías para que yo note su necesaria falta de sabor. Y te muevo y vuelvo a moverte y te revuelvo, y tengo dentro de la boca algo que parece agua, la solución a esta garganta rota y rasgada, pero no lo es. Tengo algo que no es nada, y en realidad lo es todo, y yo sigo provocando terremotos con mi lengua, que no está afilada. Más gotas y cada vez tengo más sed, y convulsiono de rabia, y vuelvo a dejarte en el vaso y espero a que te derritas unos segundos. Vuelvo a mover el vaso y me bebo lo poco que hay, y te meto dentro de mi boca y entonces por puro ahogo muerdo. Y te me rompes, y te mastico y me alivias, pero te vas. No te bebo. Sólo te desgarro.
miércoles, 27 de agosto de 2014
m&m mundo y mierda
¡Mundo!,
cuando yo nací mis padres me esperaban. Fui la primera hija, y me recibieron con los brazos abiertos, así, en cruz. Me estaban esperando. Y salí toda asquerosa y mojada y después unas enfermeras de las que no me acuerdo me bañaron. Me quitaron de encima lo que delataba que acababa de pasar por un horror como nacer. Y me convirtieron en persona. Me insertaron en el mundo de repente, como si mi cuerpo de bebé fuera una bala loca, recién disparada, que corría y corría y corría por el aire e impactaba en un cuerpo yerto.
¡Mundo!,
yo crecí un poco y me convertí en una niña un poco más formal. Jugaba a las casitas con las cucharas y los tenedores, y cuando estaba en clase me entretenía en imaginar que mis lápices eran personas pequeñitas a las que habían obligado a mutar. Y a veces colocaba la goma de pie enfrente del lápiz, y la ponía como si fuese un atril. Me ponía a mover la cabeza e imaginaba que el lápiz estaba dándole un discurso al mundo, que iba a cambiar las cosas (no sabía el qué) con las palabras que le salían por la boca. Y dentro de mi coco ese discurso estaba compuesto sólo de frases sueltas. Pero eran brillantes, coño.
¡Mundo!,
después me hice un poco mayor y descubrí que esas frases eran mierda. Que los lápices no hablaban y que la proporción no era la adecuada, porque la goma-atril sólo le habría llegado al lápiz-político hasta las rodillas. Yo era una niña normal, como todas, y quería ser lo que querían ser todas.
¡Mundo!,
yo quería ser una chica buena, ¿eh? Que a mí me decían que era mala, así, cuando era pequeñita, y se me caía la vida a los tobillos. Me portaba estupendamente y nunca contestaba a mis mayores. Aunque tuviera que morderme los nudillos. Yo sólo quería ser buena. Quería que mi madre y mi padre asintieran al mirarme, y quería vivir sin tener que reprocharme nunca nada. Yo quería ser buena. Y lo era.
¡Mundo!,
todos querían lo mismo para mí.
¡Mundo!,
eso es lo que tenía que haber sido.
¡Mundo!,
después salí a ti y descubrí que todo lo que tú proclamas, todo lo que tú llevas dentro es mierda. Que no hay modelos ni referentes que valgan la pena si eres tú, justo tú quien los señala. Me di cuenta de que yo no era buena, de que yo no llevaba dentro nada de eso, porque lo que tú consideras una mujer buena es una puta mierda, y yo valgo más que eso.
¡Mundo!,
me rompiste todos los sueños, fuiste quebrando las extremidades de mis delirios una a una, y doblaste las articulaciones y las dejaste inútiles. Te cargaste todos mis sueños, todos y cada uno. Me demostraste que nada de lo que yo soñaba era posible, porque en el mundo no quedan más de cien personas capaces de deslizarse dentro de lo que yo considero algo bueno, algo íntegro, algo justo.
¡Mundo!,
lo bueno es malo y lo malo es bueno, y hasta que no entendamos eso vamos a seguir matándonos a golpes con el muro. Vamos a seguir creciendo sólo para que nos rompan los sueños uno a uno, poquito a poco.
¡Mundo!,
yo quería ser buena.
Te lo juro.
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pre-19
Me dijo el camarero -qué cliché- que todos tenemos una lágrima guardada en la comisura del ojo. Que la gotita está ahí, obcecada, y no quiere salir. Que no le da la gana, y se agazapa y se esconde dentro del lacrimal, y nada dentro de sí misma y se revuelve. Es una lágrima pequeña y deforme. Porque las lágrimas siempre son deformes. A mí no me vale esa mierda de las gotas de cristal que resbalan sólo porque la superficie de una cara cuarteada no sujeta el vidrio. Qué mierda es ésa. Las lágrimas son deformes porque no tienen un contorno fijo, y resbalan por la cara y la llenan de residuos tontos, y van cambiando y mutando y creciendo a medida que la gravedad les coge por los huevos. Y las lágrimas nunca son las mismas, me dijo el camarero, y me sirvió un chupito. Nunca son las mismas, y la misma lágrima puede ser cien mil lágrimas más, escucha, cien mil, puede ser tantas otras mientras derrapa por la comisura de una piel, por el filo de unas células que se estiran como chicles, la misma lágrima puede transformarse si la gravedad le da un toque, y si la física revienta, y en una sola gotita salada podemos llorarlo todo, todo... Y te tienes que beber eso, me espetó, te lo tienes que beber, porque no puedes seguir así, siendo siempre una niña.
Que todos tenemos una lágrima guardada en la comisura del ojo. Que la gota se expande y forma un velo, y nos cubre la mirada y sólo vemos, sólo observamos a través de ella. Que esa lágrima nunca sale, que nunca muere, que sólo empuja y empuja y pone zancadillas a las demás para que se vayan a ver mundo, para que lluevan, para que lloren.
Que no puedo ser siempre una niña.
Y me bebí el chupito. Derrapó por mi garganta, yo escuché el sonido de las ruedas del alcohol, las partículas cogieron una curva muy cerrada y el chupito chirriaba y corría y no se paraba, y el alcohol me dejó marcas en el fondo de la garganta. Me bebí el chupito, y el tío me miró por encima de las gafas. Sonrió. Sonreí. No se me saltaron las lágrimas. No me brotó esa gota puta que se agarra con las uñas a mí, a mi cuerpo, a mis pasos. Quizás en eso consista crecer.
Y sin embargo estoy aquí, ¿sabes?, y me veo en este espejo tan chiquito, sólo el rostro, mi cara enmarcada por madera oscura y de imitación. Me arrastro el párpado con el dedo índice y pienso en esa gota. Sólo en la gota. Se me está borrando la raya del ojo, y como siga así voy a parecer un mapache, pero me importa una mierda, y las pestañas me hacen cosquillas en el dedo, y yo pienso en esa gota, en ese camarero, en ese trago.
Que no puedo ser siempre una niña.
Me alejo un poco del espejo y contemplo mi cara, y entonces cierro los ojillos y no me veo pero me siento a mí misma con dos medias lunas pintadas en la piel. Los abro, y me oteo, me miro fijamente, soy una niña a medias y no puedo serlo siempre, y estoy a punto de cumplir los 19, y tengo en la garganta las marcas del derrape de un chupito que a saber qué más llevaba. La lágrima puta empuja y hace fuerzas, la oigo gritar, y una pequeña gota que no es la que quiero me sale del fondo del lacrimal. Yo no puedo ser siempre una niña, pero ahora me miro al espejo y lloro, y la primera lágrima baja por mi cara y va mutando, y va siendo otra, y a cada milímetro de mi piel que conquista, mala colonizadora, la lágrima llora algo distinto. Llora en mi cara y llueve en mis tripas, y baja y baja y baja como una gotita de agua suicida que pinta la fachada de un edificio de ésos tan feos. Y salen más más más lágrimas de este cuerpo, más más más agua que fabrico sin pensarlo, y lloro porque no puedo ser siempre una niña y estoy creciendo, pero me repliego sobre mí misma y pienso en mí, me pienso, y barro con el láser de la mente todo lo que tengo dentro, todo, todo, y al final me lloro. Lloro porque soy, y también lloro lo que soy. Todo eso, todo.
Quizás, como no puedo ser siempre una niña, en algún momento pueda pararme a coger aire. Una bocanada de aire que me congele las vísceras y sofoque el fuego que llevo siempre dentro. Tal vez pueda detenerme ratito y tomar conciencia de mí misma, justo como cuando lloro. Ya está bien de saber que existo sólo cuando tengo la cara llena de agua y mocos y trazos de rimmel. Los adultos no lloran tanto, o al menos eso pensaba yo cuando era una chiquilla, pero tengo la sensación de que cada día lloro menos pero lo necesito más. Que yo no puedo ser siempre una niña, pero ¿y esa lágrima que lleva desde siempre ahí, toda la vida, esa lágrima que ha crecido conmigo y se ha bebido todos mis cafés y ha escrito enviando impulsos eléctricos a mis dedos, esa gota de agua que me ha fallado y follado y se ha educado con mi falta de educación?... ¿Qué pasa con ella? Puto camarero de los cojones, no puedo crecer sin soltarla. Va a seguir cambiándome de forma dentro de los ojos, ¿verdad? Seguirá jodiéndome, y seguirá marcándome, y yo no voy a crecer nunca, nunca, pero sí dejaré de ser una niña.
...¿no?
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jueves, 21 de agosto de 2014
3
Yo soy una de ellas, y los gritos me comen y me joden y se enmarañan en el fondo de mis oídos. Soy una de ellas, y sé lo que sienten, son como espejos que reflejan todo lo que tengo, todo lo que llevo entre las costillas y en los bolsillos y dentro de los zapatos. Soy una de ellas, y no quiero serlo.
Porque no deberíamos existir.
No tendríamos que ser una categoría distinta ni tendríamos por qué reflejarnos como espejos. Y sin embargo...
yo
Crecer significa perder poquito a poco la posibilidad de cerrar los ojos, apretarlos con fuerza, hacerte daño en las palmas con las uñas y mandarlo todo a la mierda, al demonio, a tomar por culo. Crecer significa no poder apagar el móvil, o encerrarte en tu cuarto, o en una esquinita de la cabeza. Significa tener responsabilidades, y subir y subir y subir el timbre del teléfono para poder escucharlo mientras te duchas. Significa perder la libertad de hacerle un corte de manga al mundo, y a todos, y sin embargo también significa sentir cada vez más esa necesidad de liarte a cabezazos con todo.
Pero yo aún soy lo suficientemente joven como para poder mandarlo todo a tomar por culo por un ratito.
miércoles, 20 de agosto de 2014
limpiar
-Límpialas.
-¿Eh?
-Que las limpies.
Me tira una gamuza y yo la miro, y después miro el paño, y me quedo pillada, colgada del aire. Y el aire se enquista, y yo no siento nada. Que las limpie. ¿Que limpie qué? La mesa no tiene nada. Está limpia. Ya recogí los platos y pasé un paño mojado, y después uno seco, y ella no puede mirarme ahora, de repente, y decirme que las tablillas de la mesa están sucias. Porque están limpísimas. Y ya está.
-¿Qué cosa?
Magdalena retrocede y lanza la coleta como un látigo. Se gira sobre los talones. Me clava las pupilas y levanta una ceja, sólo una.
-Las gafas.
-Las gafas...
Las gafas. A veces me pasa, no sé, que me olvido de que las llevo. Y todo el mundo me recuerda que las tengo sucias, asquerosas, llenas de mierda. Que no saben cómo cojones veo con tantos lamparones y tantas manchas y tanto brillo opaco. Y yo me olvido, y ya está. Y ahora Magdalena me mira y espera una respuesta, no una verbal, no una repetición del sintagma que ella escupió antes que yo. No espera eso, sólo que agarre la gamuza, que está medio doblada y estrujada encima de la mesa, y que limpie los cristales. Sólo eso.
-Siempre las llevas asquerosas. Y no te entiendo.
Se sienta delante de mí. Apoya la barbilla en la base de la mano y me escruta, y escruta los cristales blanquecinos de mis gafas, y yo me pregunto en qué momento esto dejó de ser un consejo, un recordatorio.
-No me entiendes -recito.
-No.
Y un dedo se alza sobre los demás, y es la revolución dactilar, un golpe de estado, el dedo índice se posa deprisa sobre los labios, y se desliza por la piel, y el dedo rebelde hace que el semblante mute, ya no es el mismo, esto ya no es un consejo, un recordatorio.
-¿Tú notas cuando se te ensucia la piel, Magda?
Me pongo recta. Meto hacia dentro la parte baja de la espalda, y convierto mi cuerpo en un ángulo recto que desafía todas, todas las leyes de la geometría. Pero yo estoy recta, y respiro mejor. Por mis canales se desliza el aire. Magdalena tarda en contestar. Está pensando. Desvía los ojos a la derecha. El dedo sigue ahí; me reta y le reto, y reto al cuerpo entero.
-Cuando la miro y está sucia. Pero tengo que mirármela, ¿no? Es mi cuerpo, y mi cuerpo es mi responsabilidad.
-Yo me olvido de que llevo gafas, igual que tú te olvidas de que tienes piel. Es así como funciona el cerebro. Si yo tuviera siempre en la cabeza que llevo un puente de pasta encaramado encima de la nariz y las orejas, ¿crees que no me obsesionaría? Y si tú, o yo, o quien coño sea, se pasa el día pensando que tiene piel, pielecitas muertas encima de otras que dentro de poco la palmarán, entonces tenemos delante a un obsesivo. Así funciona el mundo. Así funciona la mente, y mi mente es mi responsabilidad, ¿no crees?
Suelta todo el aire en una bocanada, y el aire anida en el gas y me azota en la cara.
-Y yo qué sé. Límpialas ya -y se pone en pie, y da un paso, y se para un momento-. Que nos vamos.
Está de espaldas. Yo me pongo más y más recta, cada vez más, y no toco la gamuza ni quiero limpiar las gafas. Porque veo bien, porque no me da la gana, porque esto es más que un consejo, que un recordatorio.
-Me olvido de que llevo gafas, y las gafas son parte de mí. Van conmigo a todas partes. Y cada lamparón cuenta mi día. Cuando me las quito por la noche están asquerosas, yo lo sé. Pero esa suciedad es sólo una expresión de mí misma. Como todo. Como la piel llena de tierra, o de grasa, o de arañazos. O como el pelo cuando huele a humo o está lleno de salitre o de hojas secas. Y, qué sé yo, me olvido de que las tengo y me olvido de limpiarlas, y lo hago porque ver la suciedad encima de mis ojos, esa película blanquecina y semiopaca que me cubre la vista, es como tener encima un residuo del día. Es decir... Vivo, y se acumula mierda, y a mí puede parecerme que la vista sólo se me nubla por lo vivido, que no es porque tengo ahí unos cristales adherentes que se quedan con todas las motas de polvo y con todas las huellas dactilares. Yo vivo, y a veces me parece que crecer es acumular, que lo que veo o lo que me impide ver es la suciedad de vivir. Que el cuerpo se vuelve imperfecto con el tiempo y salen arrugas y estrías y nos hacemos daño, y eso no le quita valor. Lo dignifica. La vida al final es como, no sé, como un tatuaje, ¿no?, y tener mierda encima significa que has sentido cosas. Que has tenido algo delante. Y si tengo las gafas sucias es porque me olvido de que las llevo, y si me olvido de que las llevo es porque quiero crecer. Y ser mejor. Y vivir. Así que déjame en paz, joder.
Paso, paso, paso. Magdalena arranca a andar cuando paro, y oigo cómo cierra la puerta del baño de un portazo. Y después el fechillo. Y esto es más, más que un simple consejo, que un simple recordatorio. Y yo no sé si con la suciedad del alma las palabras esconden más. Si una escena normal puede convertirse en una guerra, en bombas y pólvora y sangre. No lo sé. Pero Magdalena está abriendo el grifo de la ducha, yo lo escucho, y yo sigo en la mesa de la cocina, y sé que se va a quedar en casa porque a mí no me apetece limpiar las gafas. Porque yo me olvido de que miro a través de dos cristales. Porque yo necesito refuerzos para ver mejor. No sé...
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sábado, 16 de agosto de 2014
arriba
¿Qué pasará mañana?
¿Me cambiará la cara, pensaré distinto, dejaré atrás la mierda de siempre, querré ser otra, seré otra, encontraré la vía, seré menos curiosa o más discreta o hablaré de otra forma?
¿Qué pasará? ¿Tiene que pasar algo? ¿Y si le hago caso a Murakami y bailo, bailo, bailo aunque no suene la música, aunque tenga que pararme? ¿Y si sigo moviéndome aunque no pase nada y logro que todo convulsione a mi alrededor, que mi vida sea más fructífera o mejor o más agradable? ¿Y si sigo preguntando sólo por el placer de escuchar, y de saber, y de levantarme?...
Levántate salvaje
como una planta que nace
a la sombra de la sierra
(La Raíz)
viernes, 15 de agosto de 2014
el tiempo sin relojes (número mil, creo)
-Y si yo me fiara del reloj, ¿sabes lo que pasaría? Que me explotaría la cabeza. Que me saldría humo por las orejas y tendría que cambiarme de ropa, porque el calor penetraría en la tela y la dejaría apestando. Si yo me fiara de ese círculo con manecillas sin dedos, si le hiciera caso al tictac o a la distancia entre los números, entonces podría estar en Gran Bretaña. Podría estar en Londres bebiendo y bebiéndome los días, y mi vida podría ser distinta, y yo podría ser otra persona. Y sin embargo, estoy dentro de una isla chica a la que llaman la Isla Grande. A mí el reloj no me dice quién soy ni dónde estoy ni por qué. Y yo quiero saber por qué. Mi vida se basa en las putas ganas de saber por qué. El reloj es inútil, y el sonido del mecanismo es tonto y me da ganas de romper cosas. El tiempo no debería medirse, y tendría que poder estirarse como un chicle o escacharse como cualquier otra cosa. El tiempo debería ser dúctil y laxo y mío, mío, sólo mío. No de un par de agujas o de carteles con números o de los trazos en la pantalla de mi móvil. No quiero fiarme del reloj porque cuando fijo la vista en los números siento que todo lo que tengo alrededor es un decorado, cartones y trazos de brocha gorda, todo de mentira, todo hecho con un presupuesto muy bajo. Los husos horarios no miden la distancia, sólo son creaciones de un tío con bigote y gafas de culo de botella. No hay verdad en la hora, no hay hora en la verdad. Y yo estoy cansada de mentiras, ¿entiendes?, porque vivo en un mundo en el que todas las paredes son falsas y todo es un truco y no hay nada, nada que sea real. Vivo en un mundo en el que todo se tapa, todo se esconde, todo se esquiva. Un mundo de cartón piedra y papel de ése duro, joder, que no sé cómo se llama. Pero ¿sabes lo que pasa?... Que yo vivo y tengo una rutina, y la sociedad me obliga a desbloquear el móvil y mirar la hora, a darme prisa cuando se me hace tarde y a esperar de vez en cuando a que pasen los minutos y los microsegundos. No entiendo por qué no puedo rebelarme contra los relojes. Pero a veces pienso, no sé, que hasta en la revolución hace falta saber qué hora es... ¿Qué significará el tiempo sin relojes?
el ojo de la calle
En la calle se retuercen los sabores
que el asfalto cubre como un párpado caído.
Él se ajusta la corbata,
gris, añil y morada.
Una y otra vez rehace el nudo
que le cubre la garganta.
Tira del párpado.
Las aceras nunca gritan de dolor,
el piche jamás se calienta,
y pasa la cortina
con la punta de los dedos.
Y después agarra las pestañas,
las cose con aguja roma,
se hilvanan y se rozan
y el aire las cruza
sin saber
que no hay sonido entre los huecos.
No escucha los gritos.
No tiene oídos ni ojos ni boca.
Y hay sonidos, olores, huellas,
hay dentadas y arañazos,
en la calle todo es una herida
que supura sangre y mierda.
Nadie sabe quién hirió a la acera
ni por qué chillan las esquinas,
nadie descifra la voz de la calle,
el grito abortado,
la muerte callada.
¿Dónde están los oídos,
y los ojos,
y la boca?
Allí arriba no hay abajo,
ni azules ni marrones ni esmeralda.
Sólo la imagen congelada de un ojo durmiente,
de una ventana caída,
de una puerta cerrada.
No hay motas en el iris,
ni pupilas llenas de chispas.
¿Dónde están?
La calle grita con la fuerza entre los dedos,
y en cada decibelio vuela un poco el alma
que se derrite con el sol de las mañanas
y en la noche, se congela.
Nadie se atreve a escuchar
porque él nos cubre la vista
con un párpado que no es nada,
nada,
sólo miedo, dolor y pestañas
que nunca se anegan en estrellas.
Allí arriba no importa la pupila,
y qué más dan las manchas en el café
y las sombras chinescas
que en la córnea se tuestan.
La política no sirve para nada.
Agarra el párpado por las pestañas,
por la punta,
y arrastra la piel hasta la piel,
y cierra el ojo de la calle,
y después todo se esconde.
No hay nada.
Sólo decisiones.
El ojo está cerrado
pero ve.
La garganta, hecha un nudo
y no grita.
En la calle se retuercen los tambores
que el asfalto cubre como un párpado caído.
martes, 12 de agosto de 2014
grítame
Grítame
hazme pequeña
como un dedal
introduce la yema
en mis venas
hazme chica
como un grano de arena
como una partícula
gota de lluvia
hazme pequeña
del tamaño exacto
para que hogaño
nadie pueda contarme
Grítame
hazme pequeña
no quiero ser número
ni siquiera decimal
quiero ser materia
sin cuantificar
quiero ser pequeña
que los oídos me achiquen
que los días me piquen
que la sangre me mastique
Grítame
cosas malas
cosas feas
dime que soy una puta
la puta más pequeña
la anónima
y la más bonita
la puta más puta
no hay mujer más santa
que la puta arrepentida
Grítame
yo nunca seré buena
nunca quise ser buena
quiero ser pequeña
una tenue exhalación
el soplo de aire
la hiperventilación
el gramo del suspiro
cualquier pulsación
Grítame
no me voy a ir
me quedo en el grito
con las costuras rotas
y el dolor en la glotis
yo soy tu limón
si me bebes
y me gritas
que soy ácida
y te pica
Grítame
después yo te curo
como una pastilla
que recorre el muro
de tu piel y cosquillas
de tu sangre y tus tripas
el muro vacío
que se prende y se enfría
cada vez que respiras
y gimes y gritas
Grítame
hazme pequeña
dame la voz
si no ya me callo
grito o te engaño
grito o te engaño
hazme chica
seré tu dedal
si me coges por dentro
y me robas me muerdo
Grítame
chíllame
jódeme
que después puedo levantarme
con la pierna
las rodillas
y después los dedos
de mis pies quemados
grítame
que me levanto
lunes, 11 de agosto de 2014
gíglico
Y allí se desliza la balanza, se mide a sí misma y se pesa, y descubre que un lado es más, siempre más que el otro, y nunca sabe por qué... Yo nunca quise ser surrealista, no me gustan los atavíos ni las cosas incomprensibles, y sin embargo a veces pienso que hay cosas que no se pueden expresar ni escribir, pero que tenemos dentro de la barriga esa necesidad hueca y sorda y cotorra, y tenemos que decirlo de alguna manera. De ahí salen los poemas que no entiende nadie, y los libros que no llegan dentro pero que sin embargo tienen pasajes viscerales, así nacen los escritores incomprensibles y así se inventó Cortázar el gíglico. A veces las palabras convencionales no son nada. Sólo son normas que alguien tiene que romper para que se refuercen. A veces te toca escribir sobre algo que, haciendo gala de un egoísmo raro, piensas que sólo llevas dentro tú. Y sacas las palabras feas y raras y las apiñas y construyes metáforas que sólo tienen sentido dentro de tu cabeza porque sólo son la e y la f, y a quien lee le falta pasar por a, b, c, d. Pero eso también es escribir, y hay que saber diferenciar qué texto escupes para que se columpie en las córneas de los demás y cuál vomitas desde muy, muy, muy dentro para ti, sólo para ti. Sólo el acto de escribirlo, sólo el hecho de leerlo y saber que no se entiende, que no se comprende nada, nada. Nada, porque faltan partes. Y así nos masturbamos con palabras y puntos y comas que suelen faltar, y lo hacemos a escondidas y contamos hasta diez antes de volver a salir al mundo porque quizá nos pillen en la cara ese regustillo feliz y se den cuenta de que estamos solos, y qué te pasa, por qué estás tan feliz, y cuéntame, y no puedo, sólo es mío, sólo yo, yo y mis edificios...
domingo, 10 de agosto de 2014
reflexiones inconexas
Adiós siempre me ha parecido una palabra que se vuela. Se hace cada véz más chica, y el acento se retuerce y se tambalea. El viento la arrastra, y por eso se va. O quizá sólo esté echándose a correr y la tilde sea como una coleta que se mueve por la inercia, como una bandera libre que ondea por culpa de la velocidad, la velocidad, siempre la velocidad.
(y a mí no me gustan las banderas, y las banderas libres no son de verdad.la única bandera libre que se me ocurre son unas bragas colgadas en una antena parabólica, con la tozudez escrita en las costuras. y sin embargo, colgarla sería una promesa, y las promesas son cadenas)
(promesas a una idea. promesas a un hecho. promesas a un tío. promesas a una tía. promesas a una misma. promesas a la distorsión. promesas a la libertad. promesas al hipotálamo. promesas al hueco de los ojos. promesas a la dignidad. promesas a la sociedad. promesas a la mierda.
a la mierda, sobre todo. no me gustan las banderas)
(imagínate unos carnavales. cerveza, cubatas, una hoja del mojito enganchada a la pajita, y la calle abarrotada, y todos se conocen pero nadie reconoce a nadie, y saltas por encima de los bancos y de los cuerpos desparramados por un suelo borracho, y nunca pasa nada porque nadie sabe quién eres, de dónde vienes, qué hay debajo, debajo, debajo. imagínate el sudor, y las risas y la adrenalina, y el humo del tabaco y los porros y los papeles quemados, y qué hago, dónde están todos, dónde estoy, qué me bebo, a quién beso. imagínate unos carnavales, todos barren la fachada y en vez de usar disfraz se desnudan. arrastramos la piel y desmaquillamos la conciencia social, y debajo, justo debajo de las florituras queda lo que somos todos, una máscara nueva, máscara desenmascarada, y todo regado con cerveza, y todo aliñado con un chupito de tequila, y nadie conoce a nadie porque todos son lo que son, y nos dejamos hacerlo todo, todo lo que queremos porque somos anónimos, porque vernos sin fachada es exactamente igual que otear un cuerpo embadurnado con una capa espesa de crema de maquillaje muy blanco. ¿te lo imaginas? una noche sin banderas, quitando y no añadiendo más, más mierda, más mentiras, más promesas a un papel de monja o de mimo o de lady gaga)
(si las balas son de papel entonces dispárame, reviéntame, aprieta y mira como si fueses a hacer volar mi esqueleto. si las balas son de papel entonces dispárame, quiero decir que lo viví)
(ahora estaba pensando que escribir es como ese carnaval sin huesos en el pelo. que tal vez sea la única forma de desterrar lo que no es nuestro y ofrecer todo lo que llevamos en los bolsillos del cuerpo. porque cuando escribes estás solo. pero no es así, yo lo sé. la bandera ondea, sólo hace falta soplar)
(caótica)
viernes, 8 de agosto de 2014
despresurización
-Oye, niña. ¿Adónde lleva esto?
-Los chalecos salvavidas se encuentran situados debajo de sus asientos. Se introduce la cabeza por la abertura, se abrocha el cierre de la parte delantera y se ajusta a la cintura tirando del extremo. Para inflarlo tire fuertemente de la palanca roja. Siempre en el exterior del avión. En caso necesario puede inflarlo soplando por el tubo.
-No sé qué hago aquí. La vida se me cae a trozos. No a mí, al mundo. Por las mañanas, cuando enciendo el televisor, la pantallita condensa una ínfima parte de toda la tristeza que brotó en el mundo el día anterior. O el mismo, qué sé yo. El caso es que es tristeza, aunque esté caducada; y ese pequeño chupito de tristeza me emborracha, y me da para todo el día. Y al día siguiente, cuando ya se me pasa el efecto etílico de las lágrimas ajenas, vuelvo a encender la tele y vuelvo a poner las noticias y vuelvo a ver niños que pasan hambre y gente que grita y un altruismo que se pasa de egoísta y faltas y excesos. Y otra vez. Otra vez me lo bebo todo.
-En caso de despresurización, se abrirá automáticamente un compartimento situado encima de sus asientos que contiene las máscaras de oxígeno. En ese caso, tire de la máscara, colóquela sobre la nariz y la boca y respire con normalidad.
-Creo que no me entiendes, ¿eh? Yo hablo de cicatrices, no de accidentes. Cicatrices de hoy y de ayer. Quizás, pensándolo mejor, la peor sea la tristeza que está caducada, ¿no? La que se pudre y huele mal. Que la tristeza sea vieja, que siga siendo reconocida como tal implica que sigue existiendo la desesperanza. Que aún hay líquido en la botella, ésa que ahoga y aprieta. Si no hubiera tristeza nueva la antigua sería simplemente un picor. Una roncha.
-Cada asiento dispone de un cinturón que se abrocha insertando la trabilla en el enganche correspondiente. Para soltarlo, simplemente levante la lengüeta del enganche. Como medida de precaución adicional, le recomendamos que permanezca con el cinturón abrochado durante el vuelo. Muchas gracias por su atención, y feliz vuelo.
-A la mierda...
domingo, 3 de agosto de 2014
glup
Tomate, queso, jamón, champiñones, alcaparras, pepperoni y orégano. La pizza perfecta. Sólo pizza, una compra cuantiosa, un capricho. El viejo me miró de arriba a abajo. Como si me estuviese comprando unos zapatos de suela roja. Las córneas de Gustavo derraparon por mi cuerpo a la velocidad del estornudo. Y yo podría haber pensado, no sé, que me estaba mirando las tetas, o que llevaba puesta una camiseta fea. No sé qué prefiero. Pero sabía a ciencia cierta que lo que le extrañaba a Gustavo era mi compra. Un círculo de pan, queso e ingredientes, de la marca más cara. Tres noventa y cinco. Todo pagado con monedas, moneditas de diez céntimos. Y la mujer que esperaba detrás de mí, casi solapada a mi culo, porque mira que el súper es pequeño, también oteaba mi cuerpo. Y no puedo confirmarlo, pero notaba sus ojos clavados en mi nuca y en el contorno trasero de un brazo que desmenuzaba una pila de monedas.
Tomate, queso, jamón, champiñones, alcaparras, pepperoni y orégano. La coloco en la nevera. En el segundo estante, justo encima de las dos latas de cerveza. Y de nada más. Cierro la nevera de un portazo, ando hacia el sofá y me tiro encima. Mi cáscara cae con fuerza sobre los cojines, y apoyo la cabeza en el brazo de un sillón viejo, feo, que algún día, pero alguno, debería cambiar. La tela me pica en la oreja. Pienso en el tomate, los champiñones, el queso. Están apelotonados en el cuadro frigorífico de la nevera. Y justo debajo las cervezas siguen borboteando. Las latas están cerradas; las anillas, intactas; el material, liso. Alguien fabricó el líquido, ideó la receta que una marca cualquiera utilizaría para crear un fluido capaz de emborrachar, capaz de pelear en las campañas de marketing, en la competencia monopolística, en el capitalismo. Alguien vertió el agua, alguien fermentó la cebada, alguien gaseó la mezcla. Y otra persona formó en papel el esquema de una lata perfecta que no consintiera que el líquido vital se desparramara en una bolsa de supermercado antes de cruzar la bahía de cualquier garganta mayor de edad. En teoría. Alguien tatuó la información en el envase, colocó la anilla, lo cerró a presión. Todo para que yo un día me beba la cerveza. Eso sí, bien fría.
Y sin embargo, a mí no me gusta la cerveza sin comida. A mí sólo me gusta beberla mientras ceno, o mientras almuerzo. Y acumulo las latas en la nevera, porque nunca quiero tomarlas solas. Al final, terminé comprando la pizza más cara porque tengo que beberme dos latas, dos putas latas, y necesito algo que me propulse. Estoy en la cuerda floja, y no puedo permitir que el líquido termine reposando en una lata abierta sobre la mesa de mi cocina. No, eso no.
Son las nueve. Me levanto. Abro la nevera, que está muy vacía. Cuando saco la pizza ya sólo duermen dentro las dos latas rojas de cerveza especial. Pongo la pizza sobre la encimera. Apoyo las palmas en el poyo, estiro los brazos y suspiro... Suspiro con fuerza, desgarrándome los órganos con el aire de mi cocina. Y mientras mi cuerpo procesa el aire, el oxígeno en los canales más profundos a los que sólo llega la magia del suspiro, arranco el plástico que cubre el pan, tomate, queso, jamón, alcaparras, champiñones, pepperoni, orégano. Saco la pizza con cuidado, porque el pan siempre es frágil, aunque sea la más cara del súper de Gustavo. Puto Gustavo. Abro el horno con el codo y meto el pan redondo dentro, después cierro y doy calor. Y mientras giro la rueda, mientras programo cómo se cocerá la cena, pienso en esas puñeteras cervezas apiñadas en el estante bajo de una nevera que siempre fue barata, que siempre enfrió poco, que siempre estuvo llena. Dentro de la lata hay gas. Durante cada hora, cada minuto, cada segundo de mi vida unas burbujas ácidas suben y bajan, corren dentro de un envase opaco. En un líquido frío que ni siquiera cubre las expectativas necesarias de un fluido en ebullición. No hay nada natural ahí dentro. Sólo burbujas, una reacción creada por el hombre, por aquel loco que estudio cómo fabricar cerveza, por aquel visionario que una vez ideó la primera, la primerísima. Un caos de pompas enanas.
Es eso... Eso es lo que me jode. Que en mi nevera, que es mía, haya un montón de burbujitas sin dirección, sin metas, sin cumbre. Que esa reacción no la pueda controlar ni sofocar, y que a mí no me guste la cerveza sin comida. Y no puedo terminar con el movimiento. No puedo tragarme el estrés, el nerviosismo de algo que nunca se para. Porque no puedo llegar con toda mi cara a casa de mamá y sacar del bolso dos cervezas, dos, con lo que ella las odia, y abrir la anilla y hacer clac, y tumbar la lata en la mesa, y sentarme a comer y llevarme a los labios el aluminio que contiene la perdición más absoluta de papá. Yo no puedo, y si al menos comiera en casa, si al menos almorzara aquí todos los días, o dos, aunque sea, entonces podría servir la cerveza en un vaso, y disfrutar un instante de la libertad de las putas burbujas, y ver cómo ascienden y descienden, y sentirme mía al momento, porque iría a terminar con ello, y podría vaciar la nevera del todo, y podía dejar de guardar siempre en el fondo del electrodoméstico que menos uso dos envases de mierda, de algo que no me gusta sin comida. Pero estoy al paro, y cuando las compré tenía pasta, y me chuté las otras cuatro en cuatro almuerzos distintos, y ahora ya no puedo, ahora ya no debo.
Pero la pizza va a empezar a crepitar en el horno. Y me la voy a comer. Y las cervezas van a desaparecer del fondo de la nevera.
Me siento en el sofá. Dentro de nueve minutos, la gloria. La pizza perfecta. Puto Gustavo. No se creía que le estuviera pagando, vamos. Qué gilipollas. Me toco el muslo derecho con la yema de los dedos, y aprieto hasta que siento la línea de las uñas a través de la ceñida capa de mis pantalones. Puto Gustavo, y deslizo los dedos, con que le pague, con eso tiene, y me araño, por mucho que conozca a mi padre, y me toco el borde, y levanto la camiseta y palpo la piel de mi vientre, por mucho que lo conozca, no tiene por qué desconfiar de mí, y la piel es suave, y está fría, y noto cómo se estremece bajo el incendio de mi propio contacto, porque yo no soy mi padre, y yo era maestra, y él lo sabe, y hago espirales en mi piel rabiosa, y después pasó todo aquello, y yo no tengo la culpa, mi padre es un borracho...
Dibujo remolinos, tatúo mi piel con los pensamientos de una cabeza llena de burbujas. Y pienso de repente que el fondo de mi coco es como las latas de cerveza. Que tengo miles de pompas creciéndome dentro, y suben y bajan y corren, y se deslizan a través de la porosidad de mi cerebro. Y pasan de hemisferio en hemisferio, y se divierten y navegan, y no hay leyes, no hay nada dentro que les haga parar. Sólo hay espacio. Sólo hay burbujas, burbujas de carreras. Y el mundo es mi nevera, y yo también soy opaca. Con la yema del dedo índice, trazo una línea desde el bajo del ombligo hasta el punto del estómago en que la piel se vuelve obscena. Frío, duro. A mí nadie me pensó. Yo vine de repente. Y sin embargo, también soy lata. Y también tuve precio, o valor, no sé. Y crecí con unos padres deficientes, y a los 12 años probé por primera vez el ron, y no me gustó. Y Gustavo lo sabe. Nunca comí pizza para cenar. Sólo bocadillos de paté y mermelada, y ahora no soporto el contraste de lo dulce y lo salado, de lo ácido y lo amargo. Nunca acumulábamos cervezas en el fondo de una nevera vacía, vacía porque no tengo dinero para llenarla, y porque la misma madre que me llevaba al parque para que no viera vomitar de pura resaca a mi padre, esa madre, ahora me hace de comer. Nunca acumulamos cervezas, porque en casa siempre faltaban y, a la vez, sobraban siempre.
Pero ahora, ahora lo sé. Lo sé ahora, mientras me toco las tetas, porque me apetece y me relaja. Yo era esa cerveza que sobraba, con una ebullición antinatural alojada entre las sienes. Y nadie podía controlar las burbujas que subían y bajaban. Nadie era capaz de hacer que yo dejara de pensar, que dejara de darme cuenta de lo que pasaba alrededor de mi cuerpo, un cuerpo que no era yo. Ni mi madre ni mi padre ni nadie. Y tal vez a ellos les ahogara que yo estuviera tirada en la cama, de noche, con los pies en alto y la cabeza en marcha. Quizá sintieran en su cráneo el repiqueteo del mío. Y yo ahora, aunque intento ahogar mis propias latas, aunque intento librarme de lo que acumulo en mi propia nevera, que ya no es mía, que no es mía desde que mi padre apareció por la academia y tuvo que usar el puto mechero, acumulo mierda.
Quiero beberme las cervezas. Porque en el fondo de esas dos latas de aluminio reside mi libertad. Justo ahí, con el brillo metálico, duermen mis derechos. Porque cuando me las beba dejaré de preocuparme por las burbujas. Y podré dormir tranquila, y las esquinas de mi cabeza no estarán en el fondo de la nevera. Y por eso necesité gastarme casi cuatro euros en una pizza. En la pizza perfecta. Porque si no, jamás podré bebérmelas. Porque a mí no me gusta demasiado la cerveza, sólo cuando como. Quiero bebérmelas. Dentro de un par de minutos, justo de un par, estaré sentada a la mesa con una pizza entera, toda para mí, y un vaso vacío y dos latas de cerveza. Y abriré la primera lata. Tendré delante las burbujitas, burbujas locas, disparadas. Y verteré el contenido en el vidrio, y el líquido cambiará de molde, de la lata a un cilindro que se estrecha en la base, y mi cabeza mutará en cuanto la cerveza caiga a través de mi garganta quemada, carbonizada.
Y sin embargo la pizza se está quemando en el horno, y a mí la cerveza sin comida no me gusta...
viernes, 1 de agosto de 2014
dibujos epiteliales
Quiero repasar tu cuerpo con las yemas de mis dedos. Dibujar tu boca, como en Rayuela, como en ese maldito capítulo siete que una vez me leíste en voz alta y que ahora no puedo consumir sin imaginar tu voz, tu voz, la cadencia del filo de tu garganta. Quiero dibujarte, construirte a partir de mi recuerdo, remover poco a poco las curvas de tu cáscara. Y quizás en esa pequeña seña de arte, en el roce de mis dedos en tu espalda, en el color de unos labios hinchados, quizás en el dolor de mis uñas en tus células pueda rozarte. Sólo un poco, voy a poner una mínima distancia entre mis dedos y tu piel, una de esas caricias que no tocan del todo pero que erizan el vello y cosen las pestañas. Sólo voy a tocarte un poco y a la vez no te estaré tocando. Nunca se me han dado bien las putas matemáticas, pero voy a calcular la distancia exacta. Quizá sepa convertir el cuerpo en el alma, en la chispa, en ti. Y tal vez nos conmovamos con ese roce del alma, y puede que me toque chillar, romperme la garganta. Quiero repasar tu cuerpo con las yemas de mis dedos, descubrirte en cicatrices y heridas pasajeras. La vida es tocar...
¿Sabes lo que quiero descubrir? Que por muy bien que construya tu cuerpo tú siempre serás mejor. Que puedo dibujarte y dejarme el alma en hacerte, en fabricarte a partir de lo que se acurruca en el fondo de mi coco, pero que tú siempre, siempre tienes más. Que aún puedo descubrirte. Que eres territorio inexplorado. Que eres el mejor misterio, y yo nunca me metería a detective.
domingo, 27 de julio de 2014
conmigo
-Yo no sé coser. No tengo ni idea. A veces oigo a la gente hablar de puntadas, de tipos de hilo, de nudos y cosas así, y no sé, me mareo un poco. No me gusta coser, y cuando agarro la aguja siempre tengo miedo a que me cree un hueco en las yemas de los dedos. Porque la aguja no es de piel; es de metal, y además de un metal duro y frío. Y es como si fuese a deslizarse por mis dedos, como si fuese a derrapar por mis huellas dactilares, y así no hay quien cosa, no hay quien arregle ni un mínimo agujero... Y me doy cuenta a veces de que en realidad ese miedo no es nada. Sólo es una excusa. Quiero decir, que te dé miedo una grieta en la piel es una gilipollez. Pero en realidad también es una gilipollez como una casa no saber coser. Porque coser es fácil, y es básico, y dentro de algunos años me hará mucha falta, y yo no voy a saber ni siquiera arreglar un calcetín o subir un vuelto, ¿y entonces qué? Es más fácil no querer coser que no saber hacerlo. Y sin embargo, pues, joder, me da lo mismo. Me da lo mismo, porque a mí no me atraen las agujas ni los hilos, no me atrae arreglar lo roto, sólo el instante de romperlo. Y todos me dicen, eh, Aida, qué pasa, las mujeres tienen dedos buenos para coser, ¿sabes?... ¿Qué coño es eso? Soy una mujer, pero eso no significa nada. Tengo los dedos largos, y tengo pestañas de tía, y en el núcleo de mi centro se halla la llama, la chispa femenina, y no sé tener la cabeza quieta, y sí, sí, sí, yo también lloro mucho cuando tengo la regla, el otro día se me cayó un huevo al suelo de la cocina y me rompí en gotitas saladas, y yo también disfruto del rimmel negro que me mancha los dedos como la tinta de una pluma cada vez que lloro y moqueo, también disfruto de ello, porque sé que estoy sintiendo. Yo también abro la boca cuando me pinto las pestañas. Tengo dedos de mujer, y con ellos hago muchas cosas. Pero coser, ¿por qué? ¿Por qué tengo que saber coser, por qué tengo que disfrutar del frufrú de la tela, del frenazo al clavar la aguja entre los hilos y apuñalar, apuñalar las vestiduras?... No lo entiendo. A veces me cuesta captar las cosas, ya lo sé. Soy un poco corta de eso que vive detrás del flequillo. Sin embargo, sé cuándo me están diciendo una gilipollez. ¿Qué significa, venga, qué cojones es ser mujer? No hay nada. No hay nada que defina lo que somos, sólo una biología obtusa, y a veces ella tampoco acierta. No hay nada que me obligue a ser quien soy, y tampoco a ser quien no soy o ésa que debo ser. Y puedo asegurarte, te lo digo en serio, que yo no tengo dedos buenos para coser. ¿Los ves? Míralos. No significan nada. Lo único que importa es lo que hago con ellos. Por sí solos no són más que huesos, carne y piel. Y si yo no sé coser, entonces mis dedos no sirven para eso. Por mucho que sea mujer, hombre o lo que sea. Todo eso, todo lo que nos dicen, todo es cultura. Todo es una construcción social, la creación de unos papeles que a veces constriñen y joden. Me gusta ser mujer, y es quizás mi única naturaleza, la única forma en la que este ser raro y con manías que soy yo se desarrolle, y sin embargo no me siento orgullosa de serlo porque nacer mujer en realidad no es nada. No hay nada que pueda hacer un hombre que una mujer no pueda hacer, o sentir, y viceversa. Todo depende de lo que lleves dentro. De quien seas. De querer coser o no, no de tener buenos dedos. Y por cierto, que sepas que la tía que debo ser, esa imbécil, me cae como una patada en el culo.
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miércoles, 23 de julio de 2014
yo
Yo no quiero aceptar las reglas del mundo, no quiero andar al compás del tiempo de los relojes y de las hojas de los calendarios. No quiero, me niego, no quiero revolverme el pelo con un viento que no es mío, que no me pega donde quiero. No quiero que el mundo me moldee, no quiero nada, nada, que yo no decida.
No hay consenso. No hay vida entre mis manos. No importa nada. Me rompo sin querer, y a la vez queriendo, y dibujo con los trozos de mi cuerpo un par de frases sin contorno, porque tampoco quiero, joder, aceptar las reglas de la morfología, de la sintaxis, de la gramática.
¿Por qué tenemos que vivir agarrando lo que viene de fuera, tomando entre las yemas de los dedos un par de condiciones laxas que nosotros no hemos decidido? ¿Por qué los actos de los demás tienen que recaer en las tiras de mi piel, en el rugir de mis tripas?... No quiero, no quiero, no quiero.
Que sólo me duela lo que yo araño. Que sólo me joda lo que yo elijo. Que sólo me reviente yo, yo, yo.
sábado, 12 de julio de 2014
Todo sucede deprisa.
En la calle, las gotas de lluvia derrapan por el aire, y tap, tap, tap. Caen sobre la multitud de latas desparramadas por el pavimento, latas vacías y cubos abiertos, envases que brotan en el ojo como si pudieran sofocar la gotera, evitar que la calle se llene de agua y se cree un pequeño río artificial. Y la lluvia sólo es eso, una gotera, un pequeño agujero en el cielo que se abre y deja pasar la riada, una tormenta que quizá suceda en el mismísimo espacio. La lluvia sólo es una gotera.
Pero todo, todo sucede deprisa.
Estoy sentada en el sofá, y apoyo los pies en la mesa de centro del comedor. Me miro las uñas, que están pintadas de negro. Y en realidad, la pedicura es una cosa muy absurda. Porque puedes hacértela mal, al trancazo, y nadie se dará cuenta. Los pies siempre están lejos, en las antípodas del cuerpo. Y quizá, si falla un trazo, no lo vea nadie. Mientras pienso esto, todo sucede.
¿Qué sucede?
Todo.
viernes, 11 de julio de 2014
diálogos conmigo
-Y quizás mi problema sea, no sé, que tengo demasiado claro quien soy. Que sé con demasiada certeza qué es lo que me forma, cuáles son mis valores, cuáles son los raíles de mi locomotora. Y la certeza se vuelve roma con el tiempo, porque a veces tengo delante de mí una oportunidad, un buen plan, ¿sabes?, y lo mando a la mierda. Porque yo sé quien soy. Y no me da la gana de que venga alguien a decirme cuáles son mis vértebras. Tengo toda la vida por delante, ya lo sé, no me mires con esa cara. Que no me mires así, coño. Tengo toda la vida por delante, y algún día aprenderé a no ser tan soberbia, y seré capaz de aprender que lo que me corre por las venas sólo es sangre, que lo que me permite hablar sólo es saliva, no algo íntegramente mío... Pero es que yo creo en la igualdad. Y dentro de esa igualdad sólo cabe un mundo en el que todos, absolutamente todos seamos diferentes. Un mundo en el que cada uno sepa quien es, en el que cada uno pueda argumentar las cosas o las mierdas que le forman con concisión. Yo soy igual que tú, y sin embargo, tú y yo somos distintos, porque no vivimos dentro del mismo cuerpo, ni bajo la cúpula del mismo cerebro, ni hemos vivido igual. Que todos seamos iguales requiere que entendamos que tenemos valores diferentes, formas distintas de ver la vida, de tocar el mundo, de saborear el dulce, ácido o amargo de la existencia. Pero yo, no sé, creo que lo tengo demasiado claro, que me he formado una imagen de mí demasiado pronto. Y este mundo, que está vacío y podrido, nunca va a entender eso. Porque nunca entiende nada. Porque no somos iguales, porque la igualdad no es nada, sólo un vicio que tenemos algunos. Y la diferencia, entonces, tampoco existe. ¿Me das un poco de café?... Gracias. Mira. Tú tomas el café fuerte, y yo siempre pido un cortado flojito. Y el problema está en que yo sé que me gustan los cortados flojos y ya está, a la mierda los cortados duros, fuertes, concisos, de café y una manchita de leche. A tomar por el culo. ¿Tú cedes? ¿Tú puedes tomar el café flojo aunque te guste arrugar la nariz en el primer sorbo? Igual sí, yo qué sé, te he visto tomar cafés de todo tipo sin quejarte, sin decirle al camarero que es un gilipollas, o sin dejar que se te vea en la cara que estás lanzando tacos cerebrales... Pero yo tengo demasiado claro quien soy. Demasiado. Y si pruebo cosas nuevas es sólo porque sé que me gusta probarlas. Y en realidad soy muy joven, ¿no? Demasiado, también. En fin, tampoco tengo ni puta idea de por qué tengo que contarte esto ahora, pero con todo eso de que hoy haga fresco, de que la luna esté grande, yo qué sé. Supongo que, a la vez, te estoy explicando que tengo muy claro quien eres tú, quienes son todos. Y por eso me jode tanto, tantísimo que la gente a la que quiero se traicione. Me jode que hagan cosas que ellos mismos, lo que son y su arquitectura no merezcan. Me revienta. Tengo demasiada fe, ésa es la cosa, demasiada fe en los demás, demasiada fe en mí, que a veces me resulto tan inaccesible como todos los que no comparten tripas conmigo, pero me falta fe en el mundo. En este globo inservible con los polos achatados. Y me da por pensar a veces, no sé, así, a bocajarro, que no nos merecemos esta mierda de sitio. Que nosotros sí somos dignos, pero que no vamos a poder hacer nada, que vamos a seguir estancados, ahogándonos en nuestros propios fluidos, porque esto no va a marchar nunca. Porque hay demasiada división, demasiada intransigencia. Porque el mundo también tiene demasiado claro quien es. Y lo hemos ido formando a lo largo de una Historia que no ha sido sino una sucesión de peleas. Y, como se suele decir de coña, hemos creado un monstruo. Un ser que es diferente a nosotros, que difiere de nuestro concepto de vida, y que nos pega, y nos pega, y nos pega, y nos domina, y está siempre por encima de nosotros, de nuestros valores, de eso que somos, de eso de lo que estamos tan seguros. Un ser al que nadie puede arrebatarle nada, porque el orden ya está creado y hay demasiado cemento, demasiado hierro, demasiada burocracia. Y los que están con el sistema son aquéllos que tienen el poder, mira tú qué risa. Son ésos que nos miran en ángulo cenital, como siempre, y, como decía aquel texto, se frotan las manos. Ay, no sé... Nosotros podemos ser lo que nos dé la gana. Ahora y siempre. Podemos llevar dentro lo que queramos, del mismo modo en que podemos mover los dedos, hacer como si bailaran. Y dentro de nosotros podemos cargar estrellas, y chispas, y fuego líquido. Pero ¿y el sistema? ¿Qué pasa con él? ¿Por qué no se mueve, por qué no avanza, por qué no levanta las piernas y se echa a correr de una puta vez? ¿No somos nosotros, el sistema? ¿No se compone de un montón de personas, de un montón de cuerpos con fe, convicciones, con el problema de tener demasiado claro lo que son? No. No, no y no. La estructura es un bicho. Un bicho de mierda. Y nosotros le echamos de comer, y le damos el café como le gusta, siempre como le apetece. Le gusta fuerte, ¿sabes? Duro. El mundo es un poco sádico. Lo hemos hecho así. Porque a él lo hemos hecho nosotros, y romperlo nos haría tambalearnos, nos haría sudar, y escurrirnos como gotas, gotitas... Y sin embargo, ¿no crees que merece la pena? ¿No crees que vale la pena desajustarnos un rato, marearnos y girar como trompos, sólo un poco, para poder ser libres, para poder ser siempre iguales, iguales y distintos, y dejar de echarle de comer al bicho, o de tolerar que otros lo hagan? Yo creo que sí... Pero no sé, joder, no sé cómo hacerlo. Tengo demasiado claro lo que soy, y lo que somos, y ése es mi problema. Y ahora, sólo porque sé que quiero torturarme, me voy a pedir un café como ése. Pero sin leche condensada. Nunca cederé a la leche condensada.
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