¿Qué significará el tiempo sin relojes?

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Cambios de estación o algo así.



¿Qué es lo que pasa cuando se encuentran un gris y un verde?
Gris, que siempre se había sentido frío e inútil, siente como algo se va deslizando por las partes más cálidas e su alma. Se derrite.
Verde, que siempre se había sentido cálido y especial, siente como algo le va arañando las partes más frías de su alma. Se congela.
Y así todo se da la vuelta, se equilibra de nuevo. Gris se vuelve verde y se olvida de todo, dejan de gustarle las noches de lluvia y se enamora de la primavera; Verde, a la vez, se vuelve gris y lo amargo llega a él como un manguerazo. Cuando Verde -el nuevo- encuentre de nuevo a alguien gris volverá a lo mismo, y viceversa. Así, todo va rotando y las personas que estos encuentren no significarán sólo placer y diversión; les llenarán de su esencia muy deprisa y en un abrir y cerrar de ojos habrán cambiado de color y, con eso, de vida.

martes, 27 de noviembre de 2012

Recuerdos nulos



-Te reto a que me quieras -soltó él, regalándome una de sus sonrisas pícaras, en la estación de tren.
Seguramente le parecí una loca cuando empecé a reírme. Al fin y al cabo, en la vieja estación nadie se reía nunca; estaba pintada del gris más oscuro, y no me refiero a sus paredes, sino a su atmósfera. Era un lugar de tránsito, donde los viajes terminaban o comenzaban. Y parecía que la primera opción eclipsaba a la segunda y la euforia de viajar quedaba disminuida por la presión de verte rodeado de personas que fruncían el ceño y niños que lloraban por el ruido de los trenes que se acercaban o se marchaban. Yo misma me había visto presa de ese efecto (llamémoslo efecto empatía), parándome a pensar al ir a coger el tren en las horas que tendría que esperar para llegar a mi destino; en el aburrido traqueteo del tren sobre los raíles, que no iban a dejarme dormir y en que el cosquilleo de mi estómago no era de alegría, sino de nervios (mentira). Y ahí estaba, riéndome a carcajadas con un vagabundo a metro y medio de mí, dos señoras vestidas de azulón detrás, un tren que llegaba y él mirándome, enarcando una ceja.
-Te reto a que me dejes hacerlo -contesté, después de soltar toda mi controversia interna en aquella sucesión absurda de carcajadas.
Me miró desconcertado; no me entendía y aquélla no era la primera vez que sucedía, aunque, y a riesgo de parecer de nuevo una lunática, me gustaba esa mirada.
¿Cómo me retaba a que le quisiera, si cada vez que le veía para mí se apagaba el mundo y sólo quedaba la pequeña -y cálida- luz que él emitía? ¿Cómo me retaba a que le quisiera, si siempre fue mi as de corazones y yo siempre fui su invierno? ¿Cómo me retaba a que le quisiera, sonriéndome de aquella manera tan pura y cruel? ¿Cómo me retaba a que le quisiera si cada vez que intentaba hacérselo saber se cerraba, creaba una muralla a su alrededor y yo me derretía como un cubito de hielo en pleno agosto?
Nunca le expliqué aquella respuesta, me limité a apoyar mi cabeza en su hombro y sigo preguntándome cómo se lo tomó. Sólo sé -sabemos- que acababa de llegar nuestro tren y subimos por los pelos, "gracias" a las señoras de azul. El otro tren lo perdimos.

viernes, 23 de noviembre de 2012

307



Arráncame la nostalgia,
Derríteme el rencor,
Róbame el hastío,
Rómpeme los esquemas; que la noche pierde encanto sin estrellas que mirar y las estrellas pierden encanto sin nadie que quiera alcanzarlas.

Y con esto fin, principio y vuelvo a estar en medio.

¿Miedo? Daño.
¿Valiente? Te caes.
¿Nada? Todo.
¿Rompes? Creas.
¿Creas? Rompes.
¿Arriba? Abajo.
¿Bien? Vacío.

Momentos absurdos


Un remolino de folios y yo en medio. Mi propia letra, minuciosamente (des)ordenada, haciéndome correr. Alguien que corre y alza las manos, se agacha y, sin dejarme espacio, recoge los aburridos apuntes que surgieron de momentos más aburridos aún. Una bocanada de aire se me escapa, me abandona y vuela por ahí. Mis dedos tocan el suelo frío y me estremezco; suelo tener las manos calientes y el mínimo contacto con algo frío para mí es una tortura. Agarro un folio medio vacío, escrito con letra roja -así, como la sangre- y paso del rojo al verde cuando me encuentro con las esmeraldas de sus ojos. Sonrío por dentro y asiento por fuera, con los nervios a flor de piel. Despacio, me da las hojas que consiguió recuperar y me roza una mano; las tiene calientes como el café recién hecho. Suelto algo como "gracias" y sale disparado lejos de mí, como el aire que se escapa y el tiempo que se escurre. Y así es como el momento más absurdo se vuelve especial.

jueves, 22 de noviembre de 2012

12



Decías que te gustaba mi sonrisa. Tal vez por eso te la llevaste.

Noche vacía


Si hubiera cogido un pincel mágico y me hubiera dedicado a pintar la ciudad a mi antojo, la noche no sería tan mía como lo es ahora. Las calles están vacías, húmedas, oscuras. La única mota de color parecen mis manos sobre el marco de la ventana.
Hace un año andaste -o desandaste- el largo camino que tengo delante, con tu paraguas rojo y tu barba de tres días. Es curioso, también llovía. Me doy cuenta de repente y le doy la vuelta a todo; la noche deja de ser mía porque, si lo fuera, no estaría intentando recrear mentalmente tus pasos. Suelto todas sus horas y todas sus gotas de lluvia y vuelan a la deriva, alejándose de mí pero a la vez quedándose cerca para que no pueda huir. Y así me convierto en prisionera de la noche más perfecta del año. Comienzo a sentir como corre a mi lado y me empuja -tal vez al vacío, tal vez hacia dentro- con fuerza y violencia. Su velocidad me asusta y grito como una niña pequeña que cree que el coco vendrá a por ella. Y tal vez sea algo así, el miedo a la oscuridad, a los monstruos, a lo desconocido y, no sé por qué, a la soledad más profunda. Y a mí misma. Me he convertido en el coco. Nunca pensé que fuera a ocurrirme, pero me tengo miedo. Tengo miedo a hacerme daño equivocándome y a perderme. ¿No sería horrible no ser capaz de encontrarte a ti misma, no saber dónde estás ni a dónde vas, ni tener un plan? El descontrol es hermoso, pero significa estar expuesta, en peligro.
El frío comienza a entrar por la ventana, como si la noche volviera a cargar contra mí. Me veo a mí misma cerrándola y me veo ajena, como si no fuera yo. Pienso que me he perdido e intento gritar de nuevo, pero lo único que sale de mi garganta es un chirrido agudo y desesperado que tantas veces he oído y, aún teniendo que avergonzarme porque ni siquiera sé gritar, me relajo.
Aquí estoy de nuevo, con las ventanas cerradas y todas las luces encendidas, huyendo de la noche, de la lluvia, del camino y, si cabe, del coco.

martes, 20 de noviembre de 2012


Ya no sé qué hacer cuando tengo ganas de ti.

PD: Soy estúpida y no me cansaré de decirlo. Soy una egoísta. Y, después de todo, mientras yo pienso en ti tú piensas en ella y así todo se complica. Odio pensar que lo que algún día fue mío -tú- ya no lo es; no lo valoré y aunque no me arrepienta de nada, sigo siendo estúpida. No quiero mirar más al vacío y preguntarme qué sería de mí, qué sería de nosotros.
Voy pasando de odiarte a odiarme, cada día un poco más. ¿Sabes? me asusta lo que pasará al final, cuando llegue al límite y me pierda.
Sé feliz, vive con ganas, rompe los esquemas...

sábado, 17 de noviembre de 2012

Sólo yo.






No hay salida. No hay luz al final del túnel. No hay señales. No hay ovillo, ni siquiera hay Minotauro. Sólo yo y mi laberinto, mis piernas temblorosas y el miedo a la soledad.
No hay compasión. No hay unidad. No hay futuro. Y lo entiendo simplemente porque no tengo ganas ni tiempo de cuestionarlo. Sólo yo y rosas secas que conservan sus espinas. Hace tiempo que dejó de haber estrellas y se me encogió la esperanza.
No hay orgullo. No hay calor. No hay camino. No hay nada. Sólo yo, que ya he dejado de correr y me limito a existir sin nada que me sostenga y se convierta en el centro de mi Luna.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

*


Que echarte de menos es lo peor.

martes, 13 de noviembre de 2012

Ajá.


Ya me he resignado. No me entiendo. Por ahora, mi advertencia para mí misma es comenzar a hablar con un "¿sabes una cosa?" y ya después, a ver qué viene...

lunes, 12 de noviembre de 2012

9449


Y ahí estaba otra vez la indecisión de 9, su peor enemiga. Apareció cuando anochecía. Un par de gatos viejos empezaron a maullar debajo de su ventana y ella, sentada en la cama, no hacía nada. Y de verdad que no. Parecía una muñeca a la que se le había gastado la pila; había estado todo el día activa, corriendo de aquí para allá (huyendo del frío. Las mantas no funcionaban por ahí) y, de repente, se había quedado quieta. La energía se le escapó por los oídos. 9 se clavó las uñas en el muslo cuando, de repente, la indecisión entro en ella y sus pensamientos se volvieron negros como la noche. La sintió, áspera y pesada. 
Claro, 9 estaba acostumbrada a saber qué hacer, a seguir sus propias normas. Cuando -cada cierto tiempo- aquello ocurría, se sentía como una mierda. No quería rendirse sin luchar, pero era difícil cuando su enemigo era, precisamente, una parte de sí misma.
No quería seguir llevando la sonrisa triste a rastras. Aquello era cosa del pasado y, sin duda, así debía quedarse. Pero, ¿cómo renunciar a la mentira más dulce del mundo?
9 andó hacia la ventana y la noche le congeló el ánimo. Hacía tanto frío que se preguntó cómo los gatos podían estar ahí de pie. Un hombre paseaba un carro de la compra lleno de cartones sucios que ennegrecían. Tenía un chándal fluorescente y, por su expresión, estaba terriblemente contento. Tal vez sólo se pueda ser feliz estando como una cabra, pensó 9. Cuando creyó que había resuelto el misterio de la felicidad, se encontró con un enorme '4' rojo pintado en la fachada del edificio de en frente. Se le desencajó el alma.

sábado, 10 de noviembre de 2012

*



¿Qué quiero?
Fácil: descontrol.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Difícil


Sé que no tenías más razones para estar presente en mi vida que las que yo me inventaba; que, antes, hace mucho, creías que yo era una de esas chicas dulces que preparan magdalenas y siempre cogen el teléfono a la primera; que eres diferente que el resto del mundo y que éramos unos adictos a nosotros. Pero ni yo soy dulce ni tú eres un santo. Y nada me importaba hasta que, hace menos de cinco minutos, vi ese estúpido detalle que ni siquiera creíste que yo vería y me di cuenta que sigues siendo el mismo, que sólo te has cambiado la máscara. En cambio yo hace ya tiempo que reformé el interior, pero me dejé la máscara de siempre puesta, por seguridad.

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Un minuto más. Ése es el estúpido margen que me doy, como si esperar fuera a solucionar algo. Me sudan las manos, cómo no. Tal vez todo cambie a partir de aquí y no tenga que volver a dar pasos en falso, puede que mi vida se convierta en algo dulce y no en algo defectuoso y agrio. Aún sabiendo que es un buen cambio, el miedo me rasga la valentía por el centro. Cuando te acostumbras a algo, aunque sea lo peor y duela y no avances, ¿cómo no va a darte miedo cambiar, salir de lo que conoces y deshacerte de un momento de tu vida? La maldita costumbre marca mi vida. 
Cierro los ojos con fuerza e intento respirar. Voy a cruzar la línea. ¿Voy a cruzar la línea?
Mi vida pasa por mi mente, deprisa y con malas intenciones, como -según he oído siempre, y ahora no me veo capaz de cuestionar nada que no sea a mí misma y mi modo de vivir- ocurre cuando crees que vas a morir. No hago caso de nada de eso. No quiero recordar -otro de esos vicios, eh- porque es lo peor que podría hacer ahora. Por un momento creo que puedo caer y perderme porque le veo. Pero no es mi mente, no soy yo, es que he abierto los ojos y le sigo teniendo delante. Está encorvado sobre la mesa, escribiendo algo con un bolígrafo verde.
Decidida, con la energía fluyendo por todo mi cuerpo, abro la boca para hablar. Y rompo a llorar. Porque sé que no soy capaz de dar el paso, estar sola y averiguar qué sería de mi vida sin el veneno más dulce del mundo.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

79



Aquellas noches y el azul de su núcleo.
Aquellos días y el verde de sus ventanas.
Aquellas tardes y el negro de mi alma.



He llegado a preguntarme si merecieron la pena pero, ¿qué importa?

martes, 6 de noviembre de 2012

La más extraña de las medicinas.


El odio sólo existe más allá del amor, pero no hay amor más allá del odio. Es así: somos totalmente libres de dar el fatídico paso, pero es imposible retroceder. No es que esté prohibido y puedas saltarte la norma, ni es que hacerlo pueda implicar un dolor que te tumbe. Simplemente es imposible, como si algo te agarrara por el cuello y te impidiera andar hacia atrás. El odio es algo que te magnetiza y te hace depender de él, es algo pasional y maldito y sí, te hace avanzar y despegarte de lo que te llenaba de melancolía, pero si no ves tu avance, si no lo sientes, ¿de qué sirve estar cada vez más lejos de lo que un día amaste y te hizo daño si no puedes optar a sentirte mejor y, cómo no, a recuperarlo? No te voy a mentir, no es bonito. Pero, ¿sabes qué? Tal vez llegue un día, uno como otro cualquiera, en el que te pares a pensar y te des cuenta que esa llama viva que tenías en el pecho se ha apagado y que, con ella, se fue todo rastro de lo que podías haber llegado a sentir si no hubiera estado ahí. Y no será ni bueno ni malo, simplemente será mejor. 

jueves, 1 de noviembre de 2012

Quién sabe, ¿no? Sé que sólo lo sé yo.


  1. ¿Existen los errores?
  2. Pedacitos de nada
  3. Dinámico
  4. Naranja
  5. Luces de neón
  6. Hojas de eucalipto
  7. Estático
  8. Hielo
  9. Copas vacías
  10. Te da y te quita
  11. Agua que cae y no hace ruido
  12. Trozos de algo inestable y frío.

Cuando cambia y es igual.


Y de repente, todo cambia, como si el mundo se diera la vuelta. Todo empieza a fundirse y después se separa y, aunque la apariencia sea la misma, sé que todo es diferente. Lo oscuro se vuelve claro y viceversa y, por un instante tan corto como una batida de pestañas, pienso que sólo ocurre la mitad y que gano yo. Pero -nunca sabré por qué- lo oscuro vale, aunque sea sólo la mitad. Así, mi vida en negativo va cobrando sentido y se asienta todo de nuevo, engañándome, zarandeándome y enganchándome de nuevo a lo que siempre tuve que ignorar. Y me quedo yo colgada, atrapada como siempre y nunca a la vez en los alambres de lo que me rompe las ideas en pedacitos, me vuelvo otra vez de papel cebolla y, deseando convertirme en hierro, espero. 

domingo, 28 de octubre de 2012

...


"-Seamos claros: no tenemos nada nuevo que decirnos y el pasado no es bonito. ¿Por qué callar o hacernos daño?"

*


Gritos que desgarran lo más profundo del alma y te convierten en un pequeño trozo de algo reversible, agridulce y defectuoso.

jueves, 25 de octubre de 2012

32


La vida es una carrera de obstáculos, un bloque de cemento, un grito aguado, un desvío, una decisión, es toda la mierda que puedas encontrar, es lo que grabas en un árbol, lo que cantas al cielo, lo que olvidas y se pierde, las palabras que te guardas en los bolsillos, un pequeño agujero, asfalto, cristal, plástico, madera, piedras, una pisada en la nieve virgen, un libro con pasajes subrayados, una mirada que dura menos de dos segundos.
Al final, la vida somos nosotros con las manos en alto y las pupilas dilatadas. Podemos vivirla o podemos sobrevivir. Podemos ser o podemos estar. Somos dueños de todo lo que somos. No hay nadie que mueva los hilos porque no somos simples títeres con los brazos mustios.
Todo tiende a cero y los días se acaban, todo va tendiendo a gris, pero a veces las flores crecen en las pequeñas grietas de la acera. Quiero ser esa flor y poder, solamente poder y hacerlo donde y como nadie creyó que lo haría. No importa nada más, porque la vida somos nosotros y podemos resquebrajar la acera y crecer.
Quiero ser pompas de jabón y cubitos de hielo.


44

¿No puedes más? Pues sonríe y que le den al mundo.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Del efecto de congelación de mi corazón.


Estaba ahí, frente a mí. Me miraba con esos grandes ojos pardos y yo no sabía si salir corriendo o meterme dentro de ellos y nadar hasta ahogarme. Decidí sostenerle la mirada y comenzamos una especie de lucha absurda, o tal vez es que no queríamos parar. Sin palabras, estábamos hablando: yo le decía que no quería esto y él me contestaba que no quería más noches frías; yo le ofrecía una sesión de puertas abiertas en mi cabeza y él se negaba a entrar porque, como siempre decía, le gustaban los acertijos.
Y entonces un chasquido. Otro. Otro más. Y más. Al principio no lo entendí, pero era yo. Se me encogió algo dentro del pecho y cerré los ojos, tratando de no gritar. Empecé a sentir algo duro y pesado justo ahí, donde supuestamente nacen los sentimientos, y una corriente de frío áspero que me encogía el pecho y me subía por la garganta. 
Cuando abrí los ojos, ya no era capaz de leer en los suyos.




(Yo sí quiero noches frías)

*


Hoy quiero vaciarme la cabeza. Así, cuando vuelva a llenarla, tal vez me olvide de guardarte. 



martes, 23 de octubre de 2012

Dos.



5-12-11





–¿Conoce usted al señor Derek Hunt? –me dice el que, sin lugar a dudas, ha adquirido el rol de poli bueno.
Es un hombre de mirada vacía y voz llena de fingida ternura. Sus ojos verdes y hundidos oscilan por la habitación, deteniéndose en mí cada dos segundos. Tiene cara de lobo apunto de lanzarse a por su presa. En cambio, su compañero –el poli malo– tiene pinta de bonachón, con su barriga cervecera y sus mofletes rojos. No entiendo por qué no se han cambiado los roles. El poli malo no intimida, el poli bueno da miedo, y así la habitación entra en una sucesión de absurdos y a mí, como siga así, se me va a escapar la risa.
–Sí –contesto, mirándole fijamente–. Vivíamos en el mismo vecindario.
–¿Vivían? –pregunta el poli malo mientras tamborilea con los dedos.
–Cuando éramos niños.
–Entiendo –dice el poli bueno (el agente Stevenson, por lo que se lee en su placa de identificación)–. ¿Quiere agua o café? –hace amago de levantarse.
–No, muchas gracias.
"Lo que quiero es irme pronto", pienso y callo.
Tengo que recordar mi papel: soy una buena samaritana, no tengo nada que esconder y estoy dispuesta a ayudar cuando se me diga.
–Entonces, conoce a Derek Hunt. ¿Tienen algún tipo de relación en la actualidad? –mientras habla, el poli malo (el agente Rigby) se rasca la cabeza con fuerza, lo que le da aspecto de bulldog.
–No.
Silencio. El agente Rigby comienza a leer el tocho de documentos que tiene delante y el supuesto poli bueno bebe la taza de café que lleva revolviendo desde que llegué. Los dos hombres parecen sacados de un cómic (de uno malo) y yo debo parecer una idiota, con mis guantes rojos. Me los quito y apoyo los dedos en la mesa. Siento el tacto de la madera vieja, rugosa y dura. 
–Se le ha visto con él. El doce de noviembre en una cafetería del centro –comienza, por fin, Rigby–. No le conviene mentir, señorita Holloway. No le llevará a ninguna parte.
El otro enarca una ceja.
–Usted me ha preguntado si tengo relación con el señor Hunt. No me ha preguntado sobre encuentros casuales.
–¿Qué pasó el doce de noviembre? –pregunta el otro policía, el de los ojos hundidos.
El doce de noviembre. No ha pasado un mes entero y siento que una eternidad me separa de aquel día.
–Estaba esperando a alguien en la cafetería y Derek entró. Hablamos un rato, pero él tenía prisa, creo que nombró algo de una lavandería que estaba apunto de cerrar –los dos me miran pidiendo más. Hago una pausa y su expresión no cambia; es como si se hubieran quedado congelados para siempre así, uno con los brazos cruzados y el otro con las manos apoyadas en la mesa–. No hablamos de nada importante.
–Tal vez no sea importante para usted –susurra el poli bueno, como si me estuviera contando un secreto–, pero nos gustaría saber los detalles, Grace.
Me dan ganas de poner los ojos en blanco cuando dice mi nombre. "Recuerda, buena samaritana, nada que esconder, ayudar cuando se te diga".
–Derek se sentó y me preguntó por mi vida. Le pregunté por la suya y me dijo que le habían ofrecido un trabajo en Meg's, un garito de mala muerte en el centro de la ciudad.
–¿De qué era el trabajo?
–Querían dos funciones cada jueves por la noche. No sé exactamente la hora –me miran y, aunque se empeñen en llevar dos roles distintos que ni siquiera se diferencian, me miran con la misma expresión: duda–. Derek es ilusionista.
–Lo sabemos –suelta Rigby mirándome con desprecio–. ¿Algo más que declarar?
–No iba a aceptar el trabajo. Dijo que le parecía decadente.
El bueno asiente y apunta en la pequeña libreta que tiene en la mesa. Escribe demasiado despacio para una persona normal.
–¿Sabe usted que el señor Hunt está implicado en un robo y que está en busca y captura?
Pestañeo varias veces y tuerzo el gesto. Me rasco la mejilla y tardo un rato en contestar, como si estuviera dándole vueltas a las palabras hasta hacerlas puré.
–No lo sabía –digo, por fin.
Derek Hunt está ahora mismo en mi casa. Lo repito mentalmente cinco veces mirando a Rigby fijamente, regodeándome. Soy consciente de que le parezco una paleta, una niña buena. Sin quererlo, parezco una niña, repitiéndome a mí misma lo que sé, diciéndome que jamás podrán sacar nada de ahí dentro. He entrado en guerra con él.
–¿Puede repetir su nombre? –dice Stevenson con el bolígrafo aún sobre la libreta.
–Grace Lemon Holloway.





lunes, 22 de octubre de 2012

Uno.



¿Qué podía alguien como yo esperar de una noche como aquélla? Ni siquiera veía, caminaba prácticamente a ciegas por culpa de la bruma. La calle parecía sacada de una película de terror, parecía un bosque húmedo de árboles grises y gigantes. También hacía frío. Se me colaba por las mangas y el bajo del abrigo. Recuerdo eso como si mi cuerpo fuera capaz de revivirlo ahora: frío que me cortaba las mejillas y después un calor intenso e inhumano. Recuerdo también el momento exacto: yo con las manos en los bolsillos, un coche pasando a mi lado, una niña gritaba en la acera de en frente, una farola encima de mí y una mano helada que se calentó de repente al tocar un papel en un bolsillo. Casi como si me hubiera dado corriente, saqué la mano de mi bolsillo. Puse el papel cerca de mis ojos, sin abandonar la luz de la farola. Era del amarillo limón más perfecto del mundo, incluso entre la pesada y espesa neblina que me acorralaba.

"Y es que el grito siempre vuelve
y con nosotros morirá.
Frío y breve como un verso
escrito en lengua animal."

Más calor. Antes de leerlo lo agradecí, después lo detesté. En ese momento me hizo explicarme a mí misma que el calor estaba fluyendo con mi sangre y metiéndose en todo mi cuerpo. Me abrazaba, se paseaba por mis extremidades y se reía de mí, tanto a mis espaldas como en mi cara, porque estaba en todas partes.
Mis versos favoritos de mi canción favorita de mi grupo favorito. Lo releí cuatro veces y las cuatro pude sentir las palabras como un susurro cálido que me adormilaba los oídos.
Había algo de lo que estaba completamente segura: aquello no era un detalle, ni un símbolo, ni una indirecta. Tampoco era un simple gesto para sacarme una sonrisa espontánea. Pero, a sabiendas de que rompía las normas que yo misma acababa de establecerme, sonreí. No fue una sonrisa de gratitud, ni siquiera fue una buena sonrisa. Estaba llena de ironía e idiotez, por qué no decirlo.
Por encima de todas las cosas, aquello no era en absoluto una invitación. Pero cambié mi ritmo y mi rumbo y me dirigí, en la noche más fría (y cálida) del año, al número 42 de la calle Oz -¿puede existir un nombre más maravilloso para una calle?-. 


...

"¿Y tú crees que algo de esto es real? Sólo somos experimentos de nuestro yo futuro."

sábado, 20 de octubre de 2012

Y con esto, fin.

Querido Nathan:
¿Sabes eso de las personas venenosas? Personas que te miran con ojos tristes y te hacen querer acercarte a ellos. Te obligan a obligarte a formar parte de su historia. Y luego, cómo no, cuando empiezan a hacerte daño, así, poco a poco, no puedes dejarlas. Lo intentas, lo intentas y lo intentas, pero no puedes.
Una vez conocí a una persona así. En un aleteo de pestañas ya me había embaucado y se había vuelto parte de mí. Me contó historias que me creí, le conté las mías y, para colmo, siempre me consideré la que llevaba la situación.
Y empezó a envenenarme. Empezó a hacerme daño, a romperme el corazón. Y yo quería escapar de aquello, volver a pegar mis pedazos y olvidar.
Pero, ¿sabes qué es lo peor de las personas venenosas? Que cuando las tienes las odias, y cuando no las tienes, las quieres. Es un círculo vicioso que no te deja estar bien. O estás mal o estás peor, nunca puedes librarte del veneno, que se te mete dentro y no te deja vivir. Te agarra el corazón y te lo estruja. Te hace llegar a odiarte.
Lo peor de todo es que, aunque ha pasado mucho tiempo, sigo teniendo dentro parte de aquello. Sigo pensando en los buenos momentos, cuando el veneno todavía no había empezado con lo suyo (no es el veneno, es la dosis) y no sabía lo que podía pasar. Añoro esos días.
Eso es lo peor, Nathan, la nostalgia es la peor parte. La nostalgia te empuja a un pozo del que es casi imposible salir. 

viernes, 19 de octubre de 2012

Cabecita rota.



¿Podré yo -este ser irracional e impulsivo- llegar a ser alguna vez como quiero? Llegar a sentirme feliz por mi propio pie, llegar a tener siempre la maldita sonrisa contenida en la cara. Que llegue un punto en el que nada me afecte de verdad, no por mi coraza, no por fingirlo (me estoy convirtiendo en una actriz de primera con esto, por suerte o por desgracia), no por convencerme a mí misma de que todo va bien. ¿Podré yo -sin dejar de ser tan irracional e impulsiva- llegar a ser una de esas personas que crean su propia felicidad desde cero?
Esta vez no acepto un no lo sé. Me exijo un sí. Voy a machacarme y a luchar conmigo misma hasta conseguirlo, aunque, sin duda, no haya lucha más dura que la que se tiene con uno mismo.
¿Podré yo -agridulce y con el mismo desorden en la cabeza- llegar a sentirme plena, feliz y realizada?


(Sí)


Y el plan es: darle patadas al pasado y oportunidades al presente.
¿El futuro?
Importará en su momento.

miércoles, 17 de octubre de 2012

*




Te tengo en el aire pero no te respiro,
te tengo en los ojos pero no los abro,
te tengo en los labios pero no te beso,
te tengo en la mente pero no te pienso,

Te tengo muy dentro pero no te siento,
te tengo en el alma pero no en el centro,
te tengo en mil libros pero no los leo,
te tengo de recuerdo pero no me alegro.










(Odio ser tan malditamente imbécil)

44



"¿Por qué puede resumirse todo con un "no lo sé" del tamaño de una catedral?"


Fácil. Porque en la duda hay esperanza. Un no lo sé es mejor que un no y, a veces, que un sí. No es neutral, pero tampoco es capaz de escoger bando. Ni duele ni agrada. Pero tiene consecuencias.




(Y nada más...  porque hoy no sé pensar)


sábado, 13 de octubre de 2012

...Y el puto  MIEDO que te roba las ganas.

45

Maldita hipocresía.

jueves, 11 de octubre de 2012

012

Ahí le tengo otra vez: ojos color café, piel morena, el pelo que le cae sobre la frente haciendo pequeñas ondas, la cicatriz debajo del ojo derecho, el lunar encima del labio superior, los labios carnosos, sexys, la misma mirada triste que me eriza el vello de los brazos. Un completo desconocido que me mira y me llena de recuerdos que siempre me veo obligada a sacar de mi cabeza. Un desconocido. Me toca la mejilla con la punta de los dedos y parece que va a explotarme la cabeza. Imágenes sin sentido me nublan la vista: sus ojos castaños muy de cerca, barba de tres días, él corriendo hacia el mar mientras atardece, la luna llena, pompas de jabón que vuelan muy alto y se pierden en la inmensidad del cielo, mis manos intentando cogerle mientras corro. Me doy cuenta de que he cerrado los ojos y los abro. Me encuentro con su mirada, fría, neutral e inexplicable.
Las emociones se mezclan: sé que es el mismo pero no soy capaz de reconocerle. Está más delgado y es como si se le hubiera olvidado sonreír. Deja de tocarme y me trago los recuerdos. Bajan por mi garganta y la raspan.
Es triste, pero ya no le conozco. Antes sabía leer sus ojos y me sabía de memoria todos los mensajes que podían darme. Descifraba sus palabras sin esfuerzo y las guardaba dentro de mí. Ahora, deja de mirarme y la pérdida de contacto visual se siente en mi piel como un chorro de agua helada. Y no sé lo que significa. No sé por qué se está mordiendo el labio, no sé por qué tiene el labio inferior partido, no sé por qué suspira, no sé por qué no me mira otra vez. Yo no dejo de mirarle, pero le miro de forma diferente; expectante,  inquieta, nerviosa, plástica. Ahora mismo soy un trozo de plástico del malo, que está inmóvil y va a romperse, me estoy empezando a agrietar y la parte de mí que se dobla se va poniendo blanca y blanda. No me acuerdo de sus manos. No soy capaz de recordarlas, no sé si se le marcan las venas, si tiene lunares, pecas, cicatrices, si son suaves o ásperas. Me quedo blanca y él vuelve a mirarme. Esta vez su mirada es más vacía, menos enérgica. Tiene un tic en el ojo.
Y me doy cuenta. Me doy cuenta de que sí, él es un completo desconocido para mí ahora, el tiempo ha borrado esas cosas que tenía que me marcaron. Y sí, él es distinto y eso duele y ya no huele a hierba recién cortada sino a menta y a tabaco, pero yo también he cambiado. Siente lo mismo que yo. Somos dos extraños que comparten un trozo de su pasado. Nuestros caminos se cruzaron y ahora van en direcciones distintas, hacia delante, pero sin tocarse. 

lunes, 8 de octubre de 2012

2

Rómpeme los esquemas, no el corazón.

¿Déjate llevar?

Me enseñaste en su momento que odiar no es la salida, que lo único que hace es consumirte poco a poco, desde dentro. El odio es corrosivo. El odio es inútil.
Pero fuiste tú quien rompió su propia norma. Eso, en teoría, podría darme permiso para romperla yo, para romperlo todo en pedacitos tan pequeños que nadie sea capaz de unirlos jamás. Claro que podría.
Pero, ¿sabes qué? Yo tengo corazón. Y tú eres un lobo con piel de cordero. Eso mismo, exactamente eso, fue lo que terminaste enseñándome.

sábado, 6 de octubre de 2012

...

No todo significa algo. A veces, las mentiras sólo sirven para engañarnos a nosotros mismos.

martes, 2 de octubre de 2012

Corazones y corazas. Y nada más. Aunque busques, nada más.

-Antes de que llegaras -digo despacio-, no sabía a dónde ir. Solía quedarme mirando la calle desde mi azotea, veía como la gente caminaba rápido, a un ritmo frenético, y sentía que estaba a años luz de todos ellos. No les sentía míos, no sentía que la calle que ellos cruzaban era la misma que cruzaba yo cada mañana para coger el bus. No pertenecíamos al mismo mundo, porque la persona en la que me fijaba siempre iba con paso solemne y andaba en línea recta. A veces eran hombres, a veces mujeres, a veces jóvenes, viejos... La persona en cuestión no importaba, porque, en el fondo, para mí todos ellos eran iguales: eran ajenos a mí, como si yo no perteneciera a la raza humana, o tal vez yo sí y ellos no. Podría haberme odiado a mí misma por no ser como ellos. Podría haberles odiado por no ser como yo. Pero la verdad es que no lo hacía. Lo único que sentía era una nube negra en mi interior que crecía y me pellizcaba el alma, así, como pellizcan los niños pequeños: pellizcaba y retorcía. Podría haberlo llamado vacío. Pero el vacío implica no sentir y, qué quieres que te diga, yo sentía aquella diferencia todos los días de mi vida. Sentía que andaba como un pato, que la calle no pertenecía a mi mundo, que no podía conectar con ninguna de esas personas porque estábamos en un distinto plano. Y entonces, en invierno, llegaste tú.
Le miro y me mira. Nuestras miradas se funden y bailan juntas, se vuelven una realidad física y casi puedo sentirlas moviéndose a nuestro alrededor en una danza mecánica y, a la vez, cálida.
-Y te hice ver que no eras la única persona que estaba en ese plano -me dice, sonriendo. Sus ojos brillan bajo la luz de los fluorescentes y me veo reflejada en su oscuridad.
-No. Me demostraste que no hay planos diferentes, que todas las personas somos iguales y a la vez somos diferentes. Me hiciste darme cuenta de que yo también era una persona cualquiera para alguien como yo, que yo también soy una de esas hormiguitas que caminan a un ritmo frenético y que parecen llenas y felices. Pero no lo soy -sonrío-, porque nadie lo es. Las personas nos forjamos una coraza casi sin darnos cuenta. Aparentamos ser felices, nos reímos, abrazamos a los demás, sonreímos, pero eso no tiene por qué ser real. Porque somo todos unos putos mentirosos. Llevo toda mi vida mintiéndome a mí misma, tratando de convencerme de que era feliz y tenía todo lo que necesitaba para serlo; aparentaba ser feliz, me reía, abrazaba a los demás y sonreía. Pero nada de aquello era real y nadie lo sabía, ni siquiera yo, que me convertí en una mentirosa tan perfecta que me terminé creyendo mis propias mentiras. Pero, maldita sea, seguía viendo felices a los viandantes y ellos me seguían viendo feliz a mí. El único lugar donde no fingía, era en la azotea.
Me tomo un momento para observarle. Su cara es totalmente inexpresiva, por lo que sé que me está escuchando.
-Llegaste -retomo mis palabras- y vi todo lo que eras, porque eras la única persona en la faz de MI Tierra que no se ponía la coraza antes de salir. Cuando estabas triste, se leía en tus ojos; cuando estabas enfadado, en tus labios; cuando estabas contento, se leía en todo tu ser. Y me hiciste plantearme por qué yo siempre parecía ser feliz. Me hiciste darme cuenta de que, como ya te he dicho, todos somos iguales. Excepto tú, que eres la única persona que es quien debe ser.

(Hubo palabras que no le dije. Y es que, al final, son esas las que recordamos: las que se quedaron dentro de nosotros y no encontraron consuelo en el frío del ambiente. 
Creo que esas palabras también se merecen estar dentro de ese recuerdo y no en uno aparte, creo que es justo incluirlas  ya que dejarlas de lado sería cruel y no haría justicia a lo que era mi cabeza en aquel instante feroz:
-Excepto tú, que eres la única persona en la que puedo bucear aunque lo tenga todo a simple vista, que eres la única persona a la que jamás podría sacar de mi cabecita desordenada. Excepto tú, que me haces ser mejor persona.

Y una vez me dijeron que las personas que merecen la pena
son exactamente esas, las que te hacen ser mejor.
Y que el hecho de que una persona sea buena,
no significa que sea la adecuada. Mídete a ti mismo, no midas al otro.
Si eres mejor, si te sientes mejor, sabrás que la perfección existe)

domingo, 30 de septiembre de 2012

Sólo palabras.

Todos tenemos historias que contar... Cuéntame las tuyas con pasión, con dedicación, con euforia, sin que la melancolía se escape por los lados y te inunde. Cuéntame las tuyas y cuéntame hasta los detalles más estúpidos. Cuéntame tus ganas y tus sonrisas, relátame cómo has llegado a ser quién eres, escríbeme qué hay detrás de tu sonrisa. Haz que las palabras vuelen entre nosotros, que no podamos ver nada más allá de ellas... Creemos un mundo. Con tus locuras y las mías, tus sueños y los míos, tus recuerdos y los míos, tus palabras sin sentido y las mías, tus noches y las mías, tu futuro y el mío.
Deja que me pierda en ti.

sábado, 29 de septiembre de 2012

420

Podría dibujar cada uno de tus gestos en viñetas kilométricas.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

*

Y entonces sus días se convirtieron en noches oscuras como el carbón.
El problema es que sus noches no pasaron a ser días. Solamente eran eso, noches vacías, sin estrellas...

Tiempo de mierda.

El tiempo es tan caprichoso... Cuando necesitamos que se pare, corre. Cuando necesitamos que corra, se para. Cuando necesitamos quedarnos para siempre en cierto instante, nos aleja de él, nos lo quita. Cuando necesitamos dar un salto en él y avanzar muy deprisa, nos deja estáticos.



Propongo algo: cuando el tiempo nos dañe y nos obligue a correr detrás de él, a esperarle, a dejarle robarnos o a quedarnos muy quietos, hagámosle daño; vamos a romperlo. Rompamos las cadenas que nos unen a él y nos causan esa dependencia. Vivamos a nuestra manera, sin depender de un futuro y muchísimo menos de un pasado... a no ser que decidamos vivir para siempre en él.

sábado, 22 de septiembre de 2012

22/9/11.



Abril nos prometió ser nuestro. Prometió regalarnos sus flores, su olor, sus colores y toda la felicidad que pudiera darnos solamente con existir. Nos prometió ser siempre un símbolo de algo tan bonito como él, para recordar aquello cada vez que el calendario se atreviera a repetirlo. Nos lo prometió dos veces, la primera después de meditarlo mucho y la segunda totalmente de repente. Y tú me prometiste regalarme todos los abriles de tu vida para unirlos a los míos y así vivir siempre en el cálido murmullo de la primavera. Viví aquellas sensaciones con intensidad simplemente porque eran tuyas (todo lo que yo podía ser, sentir o vivir en ese momento era plenamente tuyo). Y no hablo de mayo, julio o septiembre. Hablo de abril, tanto aquel que imaginamos como el siguiente que vivimos de puntillas y con las pupilas dilatadas. Hablo de felicidad, de noches muy cortas, de inocencia, de mi cara sonrojada y tu sonrisa más tierna. Si abril hubiera sido eterno... No me habría importado vivir siempre en aquella historia mitad verdad, mitad mentira, vivir en tus ojos cuando salpicaban alegría.
Pero abril no duró para siempre. Nada lo hace porque no podríamos disfrutarlo con plenitud. Llegaron los demás meses y nos pusieron caras largas hasta dar la vuelta a nuestra sonrisa. Llegaron y nos llenaron de la más negra oscuridad que pueda haber jamás y me hicieron llegar a decirte que te odiaba. Te hicieron negármelo todo. Me hicieron chillar. Te hicieron hundirte en un vaso vacío. Me hicieron llorar. Te hicieron intentar salvarme de mí misma. Me hicieron decirte que me dejaras ir. Y al final, te hicieron odiarme. Nos placaron con fuerza y caímos al abismo de las historias sin final feliz, nos hundimos en él.
Y creí que todo tendría un final digno aquel día en el que quise romper el hilo plateado. Tiré la rosa seca a la basura y me deshice de aquella carta que te había escrito. Intenté tirar a la basura todo lo que tenía dentro (todo era tuyo, ¿recuerdas?) y ahí cometí mi gran error: no fui capaz. Seguí con los sentimientos fluyendo por mi cuerpo y dejando secuelas. Pero no quería quererte, no quería seguir sonriendo cuando me decías que me querías. Llegué a odiar abril por no cumplir su promesa, por esfumarse y regalarme un 22 de septiembre de sabor amargo. ¿Qué le había hecho yo, que lo viví con ganas y prometí recordarlo durante toda mi vida? ¿No es eso a lo que aspira un mes, a ser recordado, a contener felicidad? Pero todavía había esperanza. Eso era lo que yo creía, que seguíamos siendo el uno para el otro y que seguíamos teniendo permiso para querernos cuando llegó la verdadera tormenta (la que nos habría arrancado la cabeza si le hubiésemos dejado hacerlo): tres palabras. Tres palabras de mierda que se metieron dentro de ti y te obligaron a responderlas con cientos más. "Ojalá lo pareciera". Creo que nunca las voy a olvidar, que están grabadas en piedra dentro de mi cabeza y que siempre va a quedar ese arrepentimiento oscuro donde antes tenía guardados los colores de la primavera y el amor.
El calendario se ha atrevido a marcar de nuevo la fecha del principio del fin y yo... yo me quedo mirándolo como una tonta y pensando en lo que habría pasado si hubiera sabido quererte. Me gustaría volver y comprobarlo, pero ¿acaso no es esa la gracia de la vida?

LUZ/ -

jueves, 20 de septiembre de 2012

Palabras huecas y poco más.

Me llamo Amanda y veces la gente deja de escucharme. No hablo de que desconecten y no me hagan caso, simplemente dejan de oírme. Mi voz deja de sonar para ellos y mis labios dejan de moverse. Solamente yo sé lo que digo, pero no soy consciente de mis palabras. Salen a chorros de mi garganta y muchas veces agradezco que nadie pueda oírme. Puedo leerlas, el único sonido que emiten las palabras huecas es un pequeño chasquido cada vez que una sale de mis labios. Tienen todo tipo de tipografías, desde la más suave y cursiva hasta la más enérgica. Todo depende de lo que yo -esa versión mía ajena a mí- diga para mí.
Al principio era difícil, claro. La mayoría de las veces me pasaba en medio de una conversación y los demás me miraban como si estuviese loca. Leía de mi boca palabras incoherentes que no tenían ninguna clase de conexión entre sí. Cuando mi monólogo comenzaba a cobrar sentido y yo sabía que lo hacía, automáticamente las letras comenzaban a volverse rojas y cada vez más grandes; comenzaban a moverse. No era capaz de leerlas. No sé lo que me decían.
Pero eso era al principio. Ahora tengo un poco más de autocontrol: me ausento (porque no puedo describirlo con otra palabra) cuando no puedo más. Es como un vaso que se va llenando gota a gota; cuando llega la gota que colma el vaso, se acabó. Sé exactamente cuándo va a ocurrir porque mis palabras reales pierden intensidad y puedo verles la sombra. Porque las palabras tienen sombra, sólo hay que saber cómo buscarla y hacia dónde mirar. La sombra de nuestras palabras va creciendo y creciendo hasta cubrirte y cubrir a otros, entra dentro de ti y se aloja en una parte de nuestra cabeza para doblarse sobre sí misma y quedarse así. Vivimos de ellas, del hueco que nos dejan al entrar en nosotros y de los sentimientos que puedan provocarnos: las que son negras como el carbón nos causan ira, las grises tristeza y las blancas son las causantes de los buenos sentimientos. Nunca he encontrado una sombra de color blanco nuclear en mis palabras.
Creo que ése es el problema, que por eso puedo ver lo que yo misma quiero decirme y puedo ver exactamente cómo me hace sentir. Puedo ver las sombras entrar en mi cabeza sin esfuerzo y veo sus tonos grises, a veces más oscuros -la mayoría- y sólo a veces más claros. Cuando las veo acercarse a mí me siento que estoy borracha de pura oscuridad que me llena el alma y atraviesa su núcleo como un cuchillo. Y cuando mis palabras tienen picos y son negras también lo siento. Tal vez sea un efecto más, un método más para escucharme a mí misma, para demostrarme que todavía tengo muchas cosas que decirme.
Sólo sé que jamás tengo que tomar decisiones basándome en mis palabras huecas porque son dichas desde el centro y no desde arriba y no me harán ningún bien. Pero, si no tengo que arriesgarme, ¿por qué voy a tener miedo de escucharme a mí misma? ¿Acaso voy a decirme algo que no sepa?

martes, 18 de septiembre de 2012

Tiempo atrás...

"Así es la vida (la mía): algún día te irás de mi lado y no podré evitarlo. Te darás cuenta de que no soy lo que tú creías que era y lo único que podré hacer entonces será echarte de menos. Es aquel bucle del que te hablé: tener y extrañar. Siempre es lo mismo.
Y cuando te vayas, ¿qué haré? ¿qué puedo hacer sin ti? Nada. Absolutamente nada. Dices que somos iguales, que somos imparables, pero no es así. Tú eres imparable y a mí sólo puede pararme tu marcha. Qué triste por mi parte, depender de ti cuando siempre pensé que eras tú quien lo hacía.
¿Qué voy a hacer cuando te des cuenta de que no valgo nada sin ti? ¿Qué voy a hacer cuando te marches y me dejes sola e indefensa contra el mundo? Sé que es inevitable."


(Ya tienes todas las respuestas
aunque te niegues a hacerles caso)

lunes, 17 de septiembre de 2012

¿O sí lo sé?

No lo sé, ése es el problema. No sé qué hacer ni cómo hacerlo. No sé si voy a tener las fuerzas suficientes, cómo vas a reaccionar y qué va a pasar después. No sé de qué color pintar mis noches si decido que no, no sé si gritar o morderme las uñas, no sé si tú lo sabes. No sé qué camino seguir. Mi camino se bifurca y tengo dos opciones: el camino negro y menos arriesgado y el camino verde y vivo que no sé a dónde va a llegar. No sé si voy a conseguirlo.
Pero lo peor de todo siempre ha sido que no sé quererte. Y no sé si eso va a cambiar ahora.

...


Algún día encontraremos lo que estamos buscando, esa senda que nos guíe durante el resto del viaje. Pero mientras tanto tenemos luz verde para salirnos del camino, tropezarnos y perdernos.
Soñar es gratis y me sobran ganas.

Bleh.

Recuerdo perfectamente aquellas noches. Te alojabas en mi cabeza mientras intentaba dormir, te hacías un pequeño hueco en mi mente y me llenabas de recuerdos no muy lejanos, alegría presente y planes de futuro. Me hacías pensar que eras un pequeño cúmulo de esas tres cosas: un pasado dulce, un presente efímero y un futuro alegre. Qué ironía, porque recuerdo que una vez me dijiste que yo era un cúmulo de las cosas malas que te habían pasado en la vida. Tú mi supuesta vida y yo lo malo de la tuya.
Ahora tengo la cabeza vacía en esos momentos. Muchas veces, en los momentos malos, deseé no pensar en nada y conseguir así evadirme del mundo, pero no es tan dulce como yo creía. No me gusta concentrarme solamente en que tengo los pies fríos. Me parece una estupidez y, además, no me gusta que hayan recuerdos allí donde antes hubo sentimientos. Tal vez por eso me guste eliminarlos.
Dime, ¿en qué voy a pensar ahora cuando me esté quedando dormida? No me quedan más finales felices que inventar.

(...tal vez sólo sirviéramos para eso,
¿no? Ojalá...)

sábado, 15 de septiembre de 2012

De estupideces.

"-¿Alguna vez piensas en el futuro, Jeff?
-El futuro... -mira al infinito durante un minuto. El silencio entre nosotros se vuelve agridulce- No. La verdad es que no.
-Ya.
-¿Y tú?
Sonrío.
-Claro, suelo pensarlo mucho. Me imagino viviendo en una casa con ventanas enormes y flores en el jardín. Con hijos y con alguien como tú.
Jeff me mira igual que miraba al infinito hace un momento. Me mira tan fijamente que siento que sus ojos se multiplican y me miran desde cien perspectivas distintas. Espero una sonrisa que no llega.
-Alguien como yo, tú lo has dicho. Alguien como yo."

(¿No esperabas otra cosa?
A veces las cosas son así. Repentinas.
Lo que debemos hacer es coger el momento, hacerlo bolitas de papel
y mandarlo directo al vacío
en vez de dejar que se una al tuyo.)

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Ellas suben y bajan y nos dejan más quietos de lo que parecemos.

Me pregunta qué es lo que más odio en el mundo y lo único que hago es sonreír; ni siquiera soy capaz de catalogar esa sonrisa. Tendría que estar entre la ironía y la antipatía, pero sin embargo creo que le he sonreído con dulzura.
Me pregunta qué es lo que más odio en el mundo y no soy capaz de pensar una respuesta adecuada. Tal vez no crea en el odio o tal vez no haya sido capaz de amar lo suficiente algo como para poder llegar a odiarlo. Tal vez, sólo tal vez, no me han hecho el suficiente daño. 
¿O me da miedo? ¿Me da miedo odiar, que me coma la rabia y me consuma poco a poco? No creo que nadie pueda llegar a querer dedicar pensamientos a esa persona que le ha hecho algo, llegar a sentir algo, por muy poco que sea, por esa persona.
-Creo -respondo, al fin- que lo que más odiaría en el mundo sería odiar.
Pero sería odiarle. Porque lo que siento por él es lo más cercano al odio que jamás he experimentado.
Recuerdo sus llamadas a las doce de la noche, sus suspiros malintencionados, su sonrisa -que por cierto, era capaz de llenar toda la habitación-, el sonido del latido de su corazón y sus ojos llenos de lágrimas. Sí, creo que he llegado a sentir auténtica rabia por él alguna vez.
Es duro aceptar cuando el amor pasa a ser ira. Pero es algo que siempre ocurre. Aunque creamos que no, es inevitable.
Cuando salgo de la cocina doy un portazo y le oigo resoplar.

martes, 11 de septiembre de 2012

Adiósadiósadiósx

Querido Robert:
Hace tantísimo tiempo que no te escribo... diría que meses. No te voy a pedir disculpas por eso, si es lo que estás esperando.
Han sido los meses más fáciles de mi vida. Puedo respirar, puedo moverme con tranquilidad, puedo ser yo sin un tú que me defina. Creí que no podría vivir sin tu supuesta electricidad y tu sonrisa triste, pero lo conseguí y ahora puedo decírtelo con total seguridad: soy feliz sin ti. Muchísimo más feliz de lo que fui cuando te tenía a mi lado. Joder, no te necesito. Cuando me di cuenta de ello sentí que podía estirar la mano y tocar el cielo, me dieron ganas de gritar que estaba bien. Yo misma me había estado haciendo la vida imposible, obligándome a mí misma a preguntarme qué sería de mi vida si tú no te hubieras ido de ella (y ahora lo que me pregunto es qué habría sido de mi vida si tú no hubieras llegado). Me obligaba a sentirme mal, por raro que parezca, porque sentía que era lo que debía pasarme, porque al fin y al cabo durante un tiempo fuiste algo muy importante para mí. Casi como mi oxígeno. Pero casi.
Y ahora, ahora ya puedo sentir cosas sin ti para que las acentúes. Cuando camino oigo mis pasos, cuando toco la corteza de un árbol la siento, cuando me caigo siento dolor. Y cuando pienso en ti, Rob... cuando pienso en ti no siento absolutamente nada. Ni siquiera vacío. Nada. Una nada enorme y palpable que me llena y me hace reírme a carcajadas.
Entonces, solamente me falta una cosa por decirte: Gracias. Gracias por el daño causado, que me hizo muchísimo más fuerte. Gracias por las experiencias, que me hicieron aprender que nunca debo confiar en alguien que no me ha demostrado nada.
Tu existencia... ya no me parece injusta.
Y recuerda, Robert, que mi vida la controlo yo, no tu recuerdo.
Adiós,
Isabella



(¿Un mosquito puede resucitar?
Ya sabes de lo que hablo.
Y sabes que te hablo a ti.)

sábado, 8 de septiembre de 2012

...


Cuando desperté las lágrimas corrían ya una carrera. Llevaba meses sin llorar, pero lo hacían: salían de mis ojos y se deslizaban por mi piel muy deprisa. En mi cabeza se sucedían imágenes con una rapidez aterradora: tú, yo, el agua que mojaba nuestros pies aquella tarde; tú, yo, el mundo bajo nosotros; tú, yo, nuestros pies colgando de una azotea con cientos de hormigas humanas haciendo de suelo; tu, yo, corríamos por la acera sin saber qué perseguíamos. Tú, yo, tú y yo, nosotros.


Las cosas bonitas son las que más duelen.


viernes, 7 de septiembre de 2012

...

Ocultaba dos rosas secas en aquel libro. Exactamente dos, con los pétalos intactos.

miércoles, 29 de agosto de 2012

...

¿Sabes lo irónico? Que planeamos que fuera para siempre y ahora lo único que nos separa es el tiempo.

But...

martes, 28 de agosto de 2012

Vida vs. tú y yo.

El mundo se movía y nosotros nos quedábamos parados, muy quietos, respirando el momento y deseando que nunca se marchara. La vida avanzaba y nosotros no. Después hacíamos un pequeño esfuerzo y corríamos para alcanzarla. Pero nunca íbamos a su ritmo. Y tampoco nos esperaba. Podríamos haber perdido el camino si hubiéramos demasiado tiempo pendientes de nuestra respiración y de los colores del crepúsculo. Porque ella avanzaba, sutil y rápida, mientras nosotros simplemente creábamos recuerdos.

(que después cortarían como el filo de una navaja y además
nos dejarían profundas cicatrices
de esas que no se sienten, pero te recuerdan los golpes)




sábado, 25 de agosto de 2012

86



Apareció ella dejando la blanca estela que delataba su paso por mi pequeño rincón, llenando mi campo visual de copos de nieve que en vez de caer la seguían. Tenía los zapatos blancos impolutos. Su cabello también parecía desteñido, un flash eterno a modo de cascada que caía por su espalda y se fundía con todo lo demás. Se paró unos segundos y tosió. No era capaz de ponerse recta del todo, su espalda siempre dibujaba una pequeña curva que solamente podías ver si la mirabas con atención. Olía a chocolate caliente con canela. Me hizo recordar las noches en mi azotea quemándome los dedos con la taza y, como por accidente, el rojo de sus mejillas me trajo recuerdos mejores.
Podría haberse llamado de cualquier manera. Pero a mí me gustaba llamarla Invierno.

viernes, 24 de agosto de 2012

Raros con manías.



Un instante antes de gritar, me pregunta:
-¿Crees en mí?
Sonrío.
-Eres lo único en lo que creo.
Y mis palabras quedan amortiguadas por la fuerza de su voz. Escucho el eco de su grito como si pudiera contarme las historias que sus pupilas me ocultan (sin éxito).
No me importa que se quede para siempre en mi memoria y no en la suya, me da igual que no me haya escuchado. Sé que sólo lo sé yo.
Entonces, grito yo y creo oír un murmullo roto por debajo.

miércoles, 22 de agosto de 2012




No sirve de nada.
Siempre, tarde o temprano, ocurre. Lo ves y no lo evitas.


Ése es tu problema... Te paras a observar y a desmenuzar la situación, le das mil vueltas y la miras desde todas las perspectivas posibles. Te metes en la piel de los otros y analizas lo que se siente en la tuya, buscas mil soluciones viables o mil formas de hacer desaparecer el problema por arte de magia -la magia no existe-. Te frustras, te guardas las explicaciones en el bolsillo y lo dejas pasar. No actúas. Simplemente planeas -y ojalá lo hicieras en el otro sentido, para planear por encima de los molinos y aterrizar con suavidad en el césped- y le das vueltas. Pero, maldita sea, tus problemas no son peonzas. 
Con la misma pregunta siempre en la cabeza -¿por qué?- recorres los lugares que significan algo para ti como un fantasma. Andas despacio, a veces no tanto y te metes las manos en los bolsillos evitando que algo se te escape. Ni siquiera eres lo suficientemente valiente para llorar, gritar, patalear o arañar. Eso requiere valentía. Es aceptar.
No te escondas más... porque algo que es parte de ti estará contigo en cualquier sitio.

(Y yo debería dejar de escribirme cartas a mí misma y darle una patada a la verdad para ver si así se vuelve una de esas mentiras edulcoradas que, falsamente, te endulzan con entusiasmo)

martes, 21 de agosto de 2012

VII

1. Tienes. Cuando te sientes plena y única y sientes que eres capaz de hacer cualquier cosa solamente porque X puede empujarte a ello. Cuando la sonrisa se te estira tanto que te duele, eres feliz y quieres que todo el mundo lo sepa.
2. Temes. Cuando sientes que se te escapa por entre los dedos y sabes que no puedes hacer nada al respecto. Lo sabes, pero eso no evita que lo intentes: te dejas la piel en ello o al menos intentas aparentarlo. Te cubres con una máscara para intentar volver al paso 1. Los momentos buenos son más reconfortantes pero más escasos y los malos te cortan como una cuchilla.
3. Pierdes. Cuando eres incapaz de seguir. Abandonas o simplemente te obligan a abandonar (no es sólo tu juego). Sientes que no pasa nada, que puedes seguir, pero después...
4. Extrañas. No hay nada peor que extrañar. Recreas mentalmente los dos primeros pasos una y otra vez, te deleitas con los recuerdos de cuando tuviste y con el dolor de temer, que al lado de éste parece dulce y lejano. Y te vuelves fría.

viernes, 10 de agosto de 2012

Sloooowly...

Y dispara. Te pega un balazo de buzones vacíos y neveras sin fotos.





Hoy te daré las buenas noches para el resto de tu vida, sé que no puedo darte los buenos días porque nunca los tienes.










jueves, 9 de agosto de 2012

57.

"-A veces es más triste la idea de sentirte mal que la propia tristeza, ¿no?"